domingo, 9 de diciembre de 2018

Una Navidad amarga y dulce
Relato


Catorce años tiene Mauricio, cumplidos poco antes de la época navideña, esa temporada en la que hay tantas reuniones alegres con la disculpa de las festividades religiosas y paganas.  En una de estas celebraciones en casa, Mauricio se siente extraño entre los suyos y lo invade una tormentosa nostalgia de niñez.  Escucha a los mayores hablando animadamente al calor de las copas, riendo y cantando.  El muchacho envidia la alegría de ese grupo en el que todos se olvidaron de él; allí no encaja; todavía no toma licor ni maneja los temas que ellos, morbosamente, manosean.  Tampoco siente el menor interés en irse a jugar con los niños en el patio; eso ya no es para él.

No están allí los pocos primos y amigos de su edad.  Los imagina divirtiéndose y los envidia.  Se siente solo y triste.  Se encharcan sus ojos color miel y traga saliva con amargura.  Desesperado, intenta retomar una de sus lecturas, pero no lo asiste el ánimo para enfrascarse de la manera en que suele hacerlo.  Toma el teléfono para llamar a unos amigos y no halla a ninguno; les manda mensajes y nadie le contesta.  Se va al computador, pero este parece hacerle muecas de desprecio; no se le antoja ningún juego, no lo captura video alguno, no se le ocurre una búsqueda interesante.  La depresión lo tiene embotado.

El muchacho se decide entonces a salir a caminar; como si el cuerpo le reclamara ejercicio para producir endorfinas que le levanten el ánimo.  Sale arrastrando los pies, casi con deseos de regresarse inmediatamente.  La tarde está muy fresca, la calle más bien sola; a la triste luz del crepúsculo inviernoso se acentúan sus melancólicas sensaciones.  ¡Quiere volver a ser niño!  Para estar jugando, alegre, despreocupado.  No entiende por qué tiene esta edad en que los niños no lo quieren consigo y lo rechazan los mayores.  Sigue andando y rumiando aflicciones.

Se encienden las luces navideñas que la ciudad y sus comerciantes han repartido en parquecitos, fachadas, pasacalles.  El muchacho se deslumbra, pero no sabe si esto lo pone alegre o más triste; la pugna niño-hombre revive en su corazón.  Se siente casi mareado, mas sigue su caminata e intenta concentrarse en las figuras y mensajes luminosos.  Hay Papás Noel con renos, que le recuerdan las incursiones con sus padres por los centros comerciales; hay niños Jesús con María y José, ovejas, camellos, pastores y reyes, que lo retrotraen a sus navidades de pequeño, esperando con ansia la llegada del Niño Dios con el regalito debajo de la almohada.  Todo ello le produce más nostalgia.

Una chica que pasea un perrito lo distrae; ella le sonríe, él no se atreve a acercársele; lo llama; tiene unos trece años, es casi una niñita, pero con porte de mujer y muy linda; lo sigue mirando y él vacila, es muy tímido; se toma unos momentos, como pensando si se justifica acercarse.  Al fin se decide a acariciar el perro, se inclina a sobarle la cabecita y ella, a su vez, le acaricia a él sus hermosos cabellos ondulados; se levanta inmediatamente, con un sonrojo que compite con las luces navideñas, pero la chica le regala tiernas sonrisas y le ofrece una mano; él se la toma y luego se la aprieta ligeramente y la trae hacia una banca a la vera del sendero.

Ella tiene cabellos castaños oscuros, lacios, que caen hasta los hombros, y ojos verdes muy vivos; dice llamarse Marcela, le pregunta su nombre y, sin parar, también le pregunta por sus estudios, su familia, si tiene mascota, a dónde irá de vacaciones… Conversan animadamente por un rato largo; a Mauricio le llega luz al corazón, ya ve caer la melancolía hecha trizas y saborea la dulzura que irradia Marcela: no siente más frío, no ve que ha oscurecido totalmente, no añora volver a casa, no le hace falta ninguno de sus amigos.

Dialogan sobre cómo se celebrará en sus hogares la noche de Navidad.  Ella le cuenta de la reunión de la gran familia; la cena, las canciones, juegos, sorteos, aguinaldos, manjares…  Al día siguiente se irá con toda la familia a un largo paseo al mar lejano.  Él no sabe a dónde irá; en su casa no han mencionado ningún viaje todavía.  “Qué bueno sería llevarte conmigo”, dice ella.  Mauricio empieza a soñar despierto paseándose con la chica por la playa, recogiendo conchitas para ella, invitándola a un helado, jugando a lanzarse agua…

La chica le propone seguir paseando el perro un ratito.  Se levantan y lo van llevando por un sendero del parque, tomados de la mano.  Esa mano le arde en la suya; es la primera vez que tiene contacto femenino; él siente como que le ha entregado todo su ser y lo invade la dicha.  Ahora sí se ve a sí mismo en Navidad; en esa Navidad de él, que tiene derecho a vivir y que ya no es de niños.

Ven acercarse a un hombre; es el hermano mayor de Marcela, que va camino a casa; la convida y ella acepta irse con él.  Mauricio se queda paralizado.  Después de unos pasos, ella se vuelve a sonreírle, le agita la mano y él se descongela.  Está encantado, quisiera quedarse allí plantado guardando el recuerdo y esperando todo el tiempo necesario hasta que ella vuelva, pero tiene que regresar a casa, ¡qué decepcionante!

Resuelve, más bien, caminar otro poco y se va por el andén, sin pensar siquiera desde dónde se regresará.  Paso entre paso, lo invade nuevamente la tristeza .  “¿La volveré a ver?  Dijo que se iba por varias semanas; cuando vuelva ya no se acordará de mí.  No le pedí su teléfono, no le di el mío.  Va a encontrar a otro muchacho allá en la costa, se va encantar con él y se van a seguir encontrando”.

“¡No! –piensa enseguida– no voy a desistir”.  Se le ocurre que el 19, un día después del regreso de ella, esperará en el parquecito hasta que llegue paseando a su mascota, para hablarle de nuevo, para pedirle más datos, para invitarla a algún refresco y entablar una relación en forma.  Para hacerle olvidar al posible amigo que le ha imaginado.  Ahora el paso es firme, ahora está regresando a casa, con ánimos, viviendo esos momentos del futuro 19 de enero; pero por ratos se le escapan hondos suspiros de desencanto por no tenerla ahora mismo con él.  ¡Qué contraste entre la ilusión y las sensaciones!

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com


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