jueves, 21 de marzo de 2019


APROVECHO LA EVENTUALIDAD

Leyendo en español un cuento traducido de un autor norteamericano, en el momento de llegarle a un hombre una hamburguesa que pidió, dice:
“Eventualmente llegó su comida y comió”.

Es muy frecuente el uso de la palabra “eventualmente”, no solo en traducciones, con el sentido de que se llega el momento de algo, lo que no es correcto.

En español, eventual significa, según el DLE, “sujeto a cualquier evento o contingencia” y eventualmente significa “incierta o casualmente”.
La hamburguesa no le va a llegar el señor casualmente o con incertidumbre, porque la pidió y la están preparando para él.

La confusión viene de que, en lengua inglesa, “eventual” significa “ocurring or resulting in due course of time”, es decir que sucede en el momento adecuado.

La traducción correcta sería algo como “Por fin llegó su comida y comió”.

Y al comienzo de esta nota pude haber dicho, de forma completamente correcta, "Leyendo eventualmente un cuento..."




miércoles, 6 de marzo de 2019

ARMANDO, BUEN MUCHACHO, DESPUÉS DE TODO
Relato


Son las diez de la noche.  Armando viene de fumarse un “cacho” con sus amigos del barrio.  Está envuelto en una sensación de placidez y piensa que ahora sí, relajado, puede estudiar.  Al entrar a casa, lo mira su mamá con desconsuelo, pero él le da un beso y sube a su cuarto; la quiere mucho.  Ahora viene el deber; se siente en buena disposición para estudiar, porque nunca se excede en las fumadas; nunca se embota, no pierde el sentido de las proporciones, sólo se alegra un poco.   Él desea estudiar, pero es que no le gusta la química; la deja a un lado, acabándola de tomar; piensa que tal vez sí tiene cabeza esta noche para la filosofía; se encuentra con los mismos discursos farragosos.  Mejor será ver la TV mientras llega el sueño.

Su grupito en el colegio es variado: solo dos la fuman, otro es un conquistador, otro más juega muy bien el fútbol y por último está el juicioso; no se le conocen vicios, deportes, novias, no va al cine, no sale a bailar; le dicen el “pilo”; pero cuando los matones lo molestan, el combito lo defiende.  Claro que se deleitan molestándolo por la falta de novia, porque no fuma ni toma, porque no sale con ellos; también se gozan entre ellos: se ríen de la nariz de la amiguita de Orlando, de las trabas de Armando, de la pésima puntería de Luis Emilio en el fútbol.  Un día, sus compañeros del curso les piden acompañarlos en un paseo que han programado para el fin semana.  Aceptado irrevocablemente.

Por la noche, va Armando camino a su esquina y se cruza con Anabel.  Le pica un ojo, ella sonríe pero trata de esquivarlo; la sigue, ella se deja alcanzar y se sientan en un muro a conversar.  Sin fumar, porque ella es sana y él respetuoso, hablan todo lo mal que se quiera de sus profesores y profesoras; este es un tirano en clase pero lo domina la esposa; aquella no sabe nada de Física; la de Música es muy coqueta, se rumora que persigue a Juan y a Felipe; el de Cálculo se emborracha todas las tardes en la tienda de la esquina y lanza dinero al aire…  También comentan sobre sus grupos musicales favoritos y descubren que ambos están ahorrando para comprar entradas al gran concierto que habrá dos meses después.  Le pregunta si va a ir con el novio; ella le dice “yo no tengo de eso; estorban, nada más”.  Acuerdan asistir juntos.  Él llega a casa animado esa noche.

Los viernes, Armando ayuda en el bar de un amigo.  Tiene que hacer de todo: lavar vajilla, barrer, limpiar el polvo y atender las mesas.  Las propinas dan lástima; él asegura que la clientela del negocio son los más pobres de la ciudad.  Y como es tan “pinta”, no le faltan propuestas de mujeres, al descuido de sus novios, que sabe rechazar muy diplomáticamente…  Y también uno que otro viejo lo mira morbosamente y le pide el WhatsApp “para que charlemos”; él les da números equivocados.

Se llega el día del paseo, a un sereno río que se abre en un amplio charco, al pie de un bosquecillo.  En un momento de quietud, después de muchos juegos y correteos, aprovecha el muchacho para fumarse un porrito con una chica que ya ha aspirado antes con él, cómodamente recostados en una pequeña pendiente y amenizados por el canto de los pájaros; están para terminar y casi se les pasa el embeleso al percibir que los ha visto un agente de policía, de ronda  allí cerca, quien amaga a venir hacia ellos.   Huyen ágilmente, cruzan por un vado y se internan en lo boscoso, donde buscan un sitio para estar bien camuflados.  En el escondite, aprovecha para tomarse sus confiancitas con la muchacha.  Ella lo deja llegar hasta cierto punto y lo frena.  Se oyen los pitos del conductor, hora de salida, y no puede avanzar Armando en el difícil terreno que conquistaba. 

Llega a las seis y media de la tarde y se va directo, en medio del naranja púrpura de esa hora, a buscar a Anabel, quien se deja invitar al parque del barrio.  Le cuenta del paseo (solo lo que se puede confesar); intercambian miedos respecto a los exámenes que se aproximan y se ríen nerviosamente de las caras que harán sus padres cuando les lleven las calificaciones.  El chico se decide por fin a mentirle que estuvo todo el día ansioso por verla, para no revelarle que quiere concluir con ella lo que no le dejó hacer la otra.  Ella le pone, a la luz de la luna llena, una de esas caritas que significan “no te lo creo de a mucho, pero aquí estoy, a ver qué pasa”.  Él se desinhibe, pero después de unos besos y manipulaciones lo detiene y le huye para casa.  Armando llega al baño de su hogar a aliviar esos impulsos con la mano.

Se llega el lunes y, con él, la terrorífica semana de exámenes.  En los descansos, a diario, se ven caras largas, escenas de desconsuelo.  Cerca del final de la semana, se empiezan a escuchar, entremezclados, llanto y gritos de júbilo.  Armando está satisfecho, no perdió un solo examen; pero las notas no fueron como para mostrar con orgullo.  De repente hay alboroto en el patio de descanso; el “pilo” ha cometido el error de humillar con sus excelentes resultados a un ogro matón y este, junto con sus compinches, lo están “castigando” por engreído.  Armando se les enfrenta para defender al chico, quien logra escapar cojeando y con un ojo morado. Armando sale en iguales condiciones.  Los malandrines le dicen que ya las pagará por su obra de caridad.

Empieza la época de inscripciones a universidades; nuestro chico se presenta a las dos más prestigiosas de la ciudad.  Anabel, que es muy buena estudiante, le dedica buenos ratos para prepararlo, pero nunca le da “entrada”.  Él no se preocupa mucho porque ya está progresando con Alexia.  Los compañeros le quieren meter miedo; con la universidad y con el supuesto novio de Alexia.  A una, no va a entrar nada fácil, porque hay miles de aspirantes y él no es nada destacado en el estudio; a la otra, no le va a “entrar" nada fácil porque no tiene aspirante sino novio “oficial” que es muy teso y él no se destaca en nada que la convenza de hacer el cambio.

Durante las vacaciones, el muchacho se emplea en un almacén.  Trabajo duro le toca, moviendo objetos pesados, limpiando los anaqueles y las mercancías, una por una, y haciendo algunas entregas.  Sale bastante cansado por la noche y tiene que caminar varias cuadras desde donde lo deja el bus, absorto en los reflejos de las luces vehiculares en el pavimento, como hipnotizado.  En una de esas, lo paran cuatro muchachos armados de navajas en una esquina y le piden entregar su dinero.  ¿Qué hacer?  Tiene su pago de quincena en el bolsillo.  Por suerte, alcanza a distinguir entre ellos a un vago de su barrio; se vale de la amistad superficial que tiene con él para transarlos por unas cuotas semanales y llega ileso y “caleto” a casa.

El día de la publicación de resultados, sale saltando alegre por la casa y por todo el vecindario;  “¡fui admitido a la U!”  Es la locura entre sus amigos y amigas; es el descanso para su mamacita, que no ha parado de rezar todos esos días; “tengo que rezar el doble –decía– porque este muchacho es un descreído”.  Al día siguiente, ¡qué sorpresa! el dueño del almacén lo llama aparte para premiarlo con unos cuantos billetes y por la tarde Alexia le regala un fugaz beso.

Para el fin de semana, organiza una celebración con sus amigos.  Tal vez por estar ocupado en los preparativos o tal vez por reservar para los gastos, no les pasa la cuota a los del combo.  En todo caso, la fiesta es retumbante, la alegría es general, todos “se alzan la bata”.  Saliendo de la rumba, a las cuatro de la mañana, lo están esperando los pillos, para cobrarle.  En el grupo, alcanza a distinguir a uno de los matones del colegio.  Lo insultan y empiezan a pegarle, él resiste y pelea, pero le puede la fuerza de cuatro.  Una puñalada entra certera y  queda tendido en el pavimento; los malandrines huyen mientras él se desangra; sus dos conocidos recriminan al autor del delito, porque “hasta ahí” no querían llegar; “qué importa; a lo hecho, pecho”.  Mucho rato después, Armando es descubierto sin vida por un transeúnte.

En las honras fúnebres, dos de los pillos, el medio amigo de Armando y su compañero matón del colegio, se aparecen con cara afligida, fingiendo sorpresa por el suceso, pero, en el fondo, dolor por su amigo.  Otro conocido de Armando, que sabe que ellos saben que él sabe más de lo necesario, les comenta lo lamentable de sucederle al chico esa desgracia en la noche en que estaba de fiesta por su admisión a la universidad.  Cínica, y al tiempo compungidamente, le dicen “de haberlo sabido, no lo habríamos esperado esa noche; además, eso no era lo que queríamos con él, pero se puso duro”.

Carlos Jaime Noreña

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