lunes, 30 de julio de 2018

GASPAR ENTRE CÁNCER Y LEO
Relato


La biopsia de Gaspar no parecía informar nada bueno.  Asustado la llevó al médico y este le dio la mala noticia; sí había un cáncer incipiente y sería necesario el tratamiento radiológico.  “No lo ordenemos ya, le dijo Gaspar, deme un pequeño plazo”.  “Claro que hay plazo, porque tienes que hacer unos trámites del seguro de salud.  Eso no se ordena de inmediato”.

Salió Gaspar algo tranquilo del consultorio, porque el tratamiento no empezaría todavía (¡cobarde!), pero lo que ignoraba, y lo vamos a saber nosotros de una vez, es que en el laboratorio fueron puestos a su nombre los resultados del examen de otro paciente.  Volvió a la ‘realidad’ y, meditabundo, pasó 24 horas sin saber que hacer, trabajando como un autómata, andando como un zombi y conduciendo como un loco.

Por fin, la noche del día siguiente tiene el valor de informarlo a su esposa Leticia, lo que no la asombra ni poquito.  “¿Qué le pasará a esta?  ¿No es solidaria conmigo?  ¿No entiende la gravedad del caso?”  ¡Qué noche la que pasa Gaspar!  Se siente solo en el mundo, sin ningún apoyo.  Duerme muy pocas horas, se levanta con ojeras y todavía andando como un zombi.  Desayuna callado y ella tampoco le dirige la palabra.  Sale acobardado para su trabajo.  La causa de todo es que Leticia se la juega con Alfredo, un compañero de tenis en el club, y ya ha perdido todo interés por Gaspar, hasta el punto de no preocuparse por un asunto tan grave como es este del cáncer.

Volvió Gaspar muy nervioso al doctor.  “No te preocupes tanto, el caso no es tan serio, el mal está en su etapa inicial y con unas pocas irradiaciones será suficiente”.  No quedó satisfecho el hombre, siguió dándole vueltas al asunto y recordó que su amigo Enrique fue irradiado el año anterior.  Buscó a Enrique para informarse de pormenores; este, además de bebérsele cuatro cervezas en el bar más caro, le contó morbosamente sobre los aspectos mas crueles del tratamiento.  Gaspar, horrorizado, resolvió que esperaría un tiempo, para someterse a ello cuando acopiara fuerzas.  Pero, de momento, no las empezó a recoger; salió caminando cabizbajo por la larga avenida hacia su casa, imaginando sufrimientos y desdichas, derrumbando gratuitamente el mundo sobre sí y derrumbando también, descuidado, unos botes de basura y varias jardineras.

Entre tanto, su esposa Leticia comenta el caso en su tertulia de amigas, como por tener de qué hablar, y de una vez le llueven toda clase de sugerencias: baños con aguas de no-se-qué, bebidas de frutas exóticas, ungüentos amazónicos…  De vuelta a casa, le propone a Gaspar que se haga todos esos remedios; él le dice que no se va a prestar para esas hechicerías.  “Esas viejas son unas brujas y unas chismosas, ¿sabes qué fueron a decirme el otro día? que estabas saliendo con Alfredo”.  Ella palideció, cambió el tema y no le insistió más en los baños y bebidas.  Le picó el bicho de la desconfianza a Gaspar, se fue a espiarla al día siguiente y confirmó, para su dolor, la infidelidad; pero, por alguna razón, no se resolvió a enfrentar a su mujer.

Leticia siguió preocupada por lo que Gaspar podía estar descubriendo y cambió radicalmente; lo compadeció por su enfermedad, le preparó comidas especiales, le tendió trampas de seducción que no se veían desde los primeros años de casados…  Un día se fue a esperarlo a la salida del trabajo; la recepcionista le anunció que tenía visita femenina, él respondió “dile a Leo que ya bajo”.  Cuando se la encontró de frente se ‘tragó la lengua’ del susto y la saludó trastabillando.  “¿A quién esperabas?   ¿Por qué te asustaste?”  “A tí, mi amor, ¿a quién más?”  “Pues, a esa Leo… ¿Quién es Leo?”  “Ese es un diminutivo de tu nombre; Leticia empieza por Le”  “¿Y de donde sale la o?”  “Es un redondeo, no más; recuerda que nuestro amigo Fernando le dice ‘Teo’ a su esposa Teresa, no te pongas tan desconfiadita”.

Por la noche, hace Gaspar una consulta electrónica de su cuenta bancaria y por poco muere de infarto antes que de cáncer: el saldo no pasa de mil pesos.  “Pero me depositaron el viernes la quincena y ayer la prima y solo he pagado el mercado del sábado. – ¡Leti! ¿Este retiro  de la cuenta es tuyo?”  “Sí, mi amor (ahora sí es un amor), diez mil pesitos”.  “Aquí dice un millón”.  “Eso es un error del banco, tienes que hacer el reclamo”.  “¿Y todas estas compras?”  “Eran cosas necesarias para la casa”.  “¿Una cuenta astronómica de un salón de belleza también es necesidad de la casa?”  “Fue un cortecito de pelo; yo no puedo mantenerme como una escoba”; tienen que estar equivocados en el banco”.  “¡Y qué escándalo esta cuenta de hotel!”  “¿De hotel?  ¡¿Cómo que de hotel?!  ¡Muéstrame!”  Cae en cuenta de algo y replica “¡No, no!  Esto sí es un error del banco”.  No irá al banco a averiguar nada, para que ella no le indague por la cuentecita de hotel…

Al día siguiente, el médico dudó seriamente examinando los resultados de otro paciente: “Yo no creo en estos valores tan normales; el cuadro clínico apunta a otra cosa; averigüe en el laboratorio si no hay algún error o si le pueden repetir el análisis”.  Este se fue a reclamar allí y la laboratorista Berta le anunció la confusión de exámenes y envió las correcciones para el doctor.  La realidad es que Berta, quien sabía de Gaspar, quiso hacerle la maldad porque acababa de descubrir que este era el hombre que andaba en amoríos con su hermanita Leonilde.

También los devaneos con Leonilde eran la causa de que Leticia le hubiera aceptado los reclamos amorosos a otro hombre, para no volver a entregársele al pervertido de su marido.  Al comienzo, lo hizo solo por vengarse en silencio, por chismes de amigas que le aseguraban que él salía con ‘una’, pero indicios de Gaspar y delicias de Alfredo la acercaron más al último, la alejaron del primero y, finalmente, el lapsus de ‘Teo’ y la cuentecita de hotel la afianzaron en su aventura.

Gaspar sale feliz del consultorio el día que va a llevarle todas las autorizaciones al médico y este le dice que no eran necesarias y le explica sobre el ‘error’ del laboratorio.  Mas, al llegar a casa esa noche, su mujer le rinde minucioso informe del hotel donde, no ella, sino él, había estado una noche, en qué fecha fue y con quién pasó su amoroso rato.

Carlos Jaime Noreña

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martes, 24 de julio de 2018

VIDAS RECICLADAS
Relato


Esa madrugada, extrañamente poco fría, comenzando a aclarar, apenas estaban en actividad unos pequeños grupos de recicladores; por aquí en una esquina, por allá en otra cuadra, alistando sus humildes enseres para empezar a llenarlos con lo escogido de las basuras de las viviendas.  Solo en un vano de la fachada de un edificio se daba un agite diferente; un hombre estaba como escondiendo a una adolescente y tratando de acosarla con caricias, aprovechando la ocultación que le daba lo recóndito del lugar.  “No más, don Salustino, estoy incómoda; déjeme que tengo que ir a ayudarle a mi papá”.  “No sea bobita, no nos demoramos”, y seguía buscándole con la mano abajo del abdomen y acercando su tosca cara de viejo de setenta y tantos al terso rostro de la niña.

“¿Qué pasa por aquí?”, llegó diciendo Álex, un hombre cuarentón que parecía más viejo por los desgastes sufridos en la dura vida entre basuras.  “Le estaba ayudando a Gilmita a amarrarse el cinturón, que se le soltó”, dijo turbado el Salustino y se escapó sin más explicación, pero andando con toda tranquilidad.  Álex abrazó a su hija como signo de protección y le indagó sobre lo sucedido; se dio cuenta de que había llegado oportunamente, cuando el otro apenas comenzaba su asedio.  “No te vuelvas a quedar sola lejos de mí”, y siguió andando con ella hacia su esquina, pero pensando en la realidad que se había revelado en ese momento: la niña de trece años ya estaba desarrollando formas muy atractivas que, sumadas a la belleza del rostro, suavidad de la piel y sus acompasados movimientos, la hacían presa apetecible para muchos.

La jornada siguió su curso; el hombre con su hija y un ayudante ocasional iban acercándose a las grandes canecas para material reciclable que sacaban de los edificios, de allí extraían los desechos y los apilaban en distintos montones según su naturaleza: los plásticos; los tarros y latas; los elementos de vidrio; todo lo de papel y cartón; los eléctricos y electrónicos; todo ello sin dejar de poner aparte los objetos que les parecían aprovechables, ya por estar en engañoso buen estado, ya por juzgarse de fácil reparación; estos elementos útiles iban a dar a sus casas, si les podían servir allí o, la mayoría de las veces, los destinaban a los revendedores de segundas, pues había muchos de estos en varios andenes y plazuelas del deteriorado centro de la ciudad.

A medida que separan, los van clasificando por tamaño y naturaleza e introducen todo en cajas grandes de cartón o contenedores más grandes artesanalmente elaborados con trozos de costales cosidos entre sí.  Unos de estos recipientes están sobre el suelo y otros dispuestos en la tosca carreta de tracción humana que les servirá para llevar ese ‘tesoro' a los lugares de destino.  El trajín del caliente medio día es, pues, colocar todo sobre la carreta, reacomodando lo que sea necesario, amarrando como se requiera para evitar derrames y con una prueba final para estar seguros de que ni se desparramará la carga en el camino ni se perderá una sola cosita.

Con todo ya listo, se sentaron a comer del tarro que trajeron de casa y al momento les cayó, apestando a alcohol, Rosaura, la mamá de Gilma, pidiéndoles comida; se asustó la niña al ver a esa mujer que solo recriminaciones tenía para ella las escasas veces que se encontraban desde que la abandonó a los tres años de edad; pero Álex la calmó con una caricia y una palabra dulce y compartió su comida con la mujer, quien luego le pidió dinero y le hizo un escándalo porque le respondió que no tenía, que todavía no se había realizado lo del día.  “¿No ve que aquí está todo empacado?”  Ella se alejó, amenazando con buscarlos al final de la tarde para que le dieran “¡mi platica!”  La angustia se apoderó de la niña que, calladita, se aferró al papá, su refugio, su norte.

Pasado el mal rato, salieron, halando Alex la carreta pensativo y Gilma empujando un poco cuando se hacía necesario; avanzaban por el carril derecho de las vías, se ganaban a cada rato insultos de conductores apurados y los apabullaba el tórrido sol, pero es cierto que en otras fechas les han tocado inclementes aguaceros.  Siempre tienen que soportar todas esas humillaciones de parte de los insensatos que viven en sus burbujas, viajan en sus burbujas y no conocen nada de su drama diario.  El papá aprovechó para comentarle a la hija sobre las torvas intenciones del viejo de la mañana, ella se ruborizó, pero pareció hacer buen caso de las recomendaciones y se acordó de su noviecito, Estiven, de 15 años, que nunca se ha atrevido ni a besarla en la mejilla.

Llegaron, por fin, al punto de recolección y debieron esperar con paciencia su turno, oyendo los entremezclados sones de las radiolas de las cantinas vecinas.  Mientras Álex va a buscar un orinal, le caen a Gilma tres o cuatro 'gallinazos’.  “Estás muy linda, mamita”…  “Mamazota, dígame por donde le empiezo, usted tiene mucho pa’ reciclar”…  “Venga a tomar fresquito conmigo mientras vuelve el cucho”…  Y no faltan unos fugaces, pero maliciosos roces.  Regresó pronto Álex y se esfumaron todos, no sin picarle el ojo a la chica desde la distancia.  Esta le dijo al papá estar cansada del ajetreo diario, del trato de esta gente; que ella quería estudiar, como sus amigas; pero él, pobre ignorante que apenas aprendió a leer y escribir en dos años de escuela primaria, tiene un mundo muy pequeño, no la comprende y le dice que le hace falta su ayuda y que entienda que ese trabajo lo necesitan para comer.

Pagó el intermediario lo que a él le pareció que podía dar por el material y no hizo caso de los insistentes reclamos de Álex, quien salió amargado pensando en lo poco que alcanzaría el ‘realizo’ del día para tantas necesidades.  La niña, sin entender todavía de cuentas, iba saltando alegre y canturreando algo ininteligible.  La Rosaura, afortunadamente no apareció, lo que le dio un respiro al Álex.  Subiendo la cuesta hacia el lejano barrio, la chica seguía cantando, los grillos colaboraban con la música de fondo, el esplendoroso crepúsculo les hacía marco y el hombre, como hechizado, olvidó sus preocupaciones.  Una hora después, ya cercanos a su humilde barrio de casuchas, la cargó Álex a sus espaldas, como siempre, confiando en que así no se la arrebatarían súbitamente en cualquier paraje oscuro, para llevársela a integrar alguno de los siniestros ‘combos’ o para venderla a traficantes de ‘blancas’.

Otro amanecer más bien tibio, la aguapanela de siempre para salir, un sobresalto al abrir la desvencijada puerta.  “No se asusten, soy Estiven; quería despedirme de Gilma; me voy pa’ la USA”.  “¡No llores, mocosa! – gritó el papá ofuscado – ¿y cómo vas a ingresar y de qué vas a vivir por allá?”  “Pregúnteme más bien de qué voy a vivir a todo lujo cuando vuelva lleno de dólares”.  “No te me vayas” dijo la chica.  “Ya todo está arreglado; salgo ahora con William James, nos vamos a colar en un camión hasta Buenaventura, allá nos metemos de polizones en un barco y en San Francisco buscamos trabajo.  Te voy a traer lindos regalos, Gilma”.  Álex cortó rápido, para que la ‘mocosa’ no sufriera más y se la llevó a la rutina diaria.

Desfilaban insensibles los días frente a sus esfuerzos y penurias, con la insistencia de Rosaura, con la necesidad de Álex de mantener los sentidos aguzados para evitar los acosos a la muchacha, que se ponía más linda y más ‘buena’ cada día.  Uno que no dejaba de buscar la manera de ‘involucrársela’ era el don Salustino; el papá tenía que hilar delgado con él, pues administraba el edificio más grande, que más materiales producía, era jefe de la junta del barrio y lo mantenía advertido de que cualquier día lo podía expulsar de ese entorno, solo para tratar de que le cediera con respecto a la muchacha.  A toda hora tenía que inventar coartadas para que ella estuviera alejada del viejo verde.

También desfilaron los años, que hicieron de Gilma una plena señorita; los acosos se multiplicaban, el intermediario del reciclaje no perdía oportunidad para decirle chocantes piropos, tocarla y tratar de robarle algún beso; solo su entereza y la vigilancia de su padre lo mantenían a raya, lo mismo que a otros ‘pretendientes’.  Bueno, claro que algún par de muchachos mejor dispuestos y más o menos respetuosos habían logrado atraer su complacencia; ella se encontraba con el uno o con el otro en lugares que juzgaban protegidos de miradas indiscretas, sobre todo las del solícito padre; conversaban animadamente y ella les permitía algunas mesuradas licencias; al fin de cuentas, la libido acosaba y la chica no tenía vocación religiosa, que digamos.

La seguía sofocando la pesada y desesperanzadora rutina; no veía un futuro halagüeño y quería dejar ese oficio de una vez por todas, pero ahora la necesitaba más su padre enfermo, quien ya no tenía todos los arrestos para las agotadoras tareas del día.  Al menos había logrado, presionando y amenazando, que él le diera permiso para estudiar en una escuela nocturna; ya había aprendido a leer y escribir y progresaba en matemáticas e historia; ya la respetaban un poco, solo un poco, los ‘gallinazos’ de siempre, pues entre la plebe, la instrucción da un halo especial a las personas; no le caían ya groseramente, sino que trataban de ganársela ‘a lo bien’.

Como suele ocurrir con frecuencia, coincidieron dos hechos significativos en una misma fecha: el regreso de Estiven y la muerte de Alex.  Un sábado por la tarde, después de la recolección, ya regresando a casa, este último se sintió mal, se aproximó a un barranco y vomitó copiosamente hasta que empezó a arrojar sangre y luego cayó sin fuerzas; como pudo, Gilma lo llevó hasta un puesto de salud; le aplicaron suero y lo remitieron a un hospital, donde no lograron salvarlo.  Cuando estaban en el puesto de salud, vio Gilma llegar a Estiven, quien la andaba buscando y alguien que los conocía lo había remitido hacia allí.  Se le alegró momentáneamente el alma a la muchacha, antes de que le informaran que el caso estaba muy grave.  Estiven la acompañó al hospital y después a todas las diligencias funerarias, mediando solicitud de caridad pública y uso de algunos dólares que le cedió el muchacho.

No quería Gilma seguir trabajando en el reciclaje un solo día.  “Fresca, que ya no lo necesita; pa’ eso estoy yo aquí” le dijo el Estiven.  Pasaron unos días gastando de los dólares del muchacho, pero a ella le extrañaba que él no se concretaba a trabajar ni a invertir capital (ella ignoraba cuanto tenía, pero él aseguraba haber traído mucha ‘lana’) y que, además, salía mucho a buscar con qué ‘trabarse’, pero a solas, intentando que ella no se enterara.  “Tu man está perdido en el vicio” le decían las vecinas y ella quería que no fuera verdad.  Un atardecer llegó él a buscarla.  “Estás todo raro”.  “No mamita, estoy es con unas ganas las berracas de vos”.  “Pero esperá que se te pase un poco el mareo”.  “¡Qué mareo ni que güevonadas! Venga p’acá”.  Y, aunque ya habían tenido sus devaneos casi a diario, la tomó por la fuerza; ella intentó suavizar las acciones, pero él estaba como llevado del diablo y la siguió forzando; ella gritó, él le pegó en la boca y continuó en lo suyo; ya estaba iniciando la penetración cuando ella logró soltársele, salió corriendo a la calle y corrió muchas cuadras.

Se refugió en casa de una prima, a quien empezó a ayudarle en su negocio de venta de arepas.  Un chofer que paraba a comprarles de vez en cuando, le echó el ojo, le regalaba piropos, la invitó por fin a salir a un baile y la siguió frecuentando.  Un día él le advirtió que las dichosas arepas eran una reventa de un combo que las confiscaba a tenderos de barrios vecinos, que era peligroso estar enredada en ese negocio, que él se la podía llevar a un lugar más seguro.  De otro lado, las vecinas y amigas de su prima le venían con advertencias sobre el conductor.  “Ese hombre tiene esposa y ocho hijos”.  “Ese tipo trató de abusar de la hermanita de Fulana”.  Pero su otra prima, Adelaida, le decía que el muchacho era ‘un buen partido’, que no lo dejara escapar.

Por fin, un día en que le dijeron que Estiven la estaba buscando, día en que también estuvieron rondando por la venta de arepas unos hombres extraños, supuestamente de un ‘combo’ rival, se resolvió a llamar a Rogelio, el chofer, para que se la llevara lejos.  Llegó, muy solícito, a las cinco y ella salió con sus trapos dentro de un morral de un color indefinido entre el verde, el azul y el gris más otros trebejos en una bolsa plástica de supermercado; los introdujo de inmediato al carro, cerraron puertas, rugió el motor… Las primas se quedaron observándolos, entre sorprendidas y llorosas, hasta que quedó solo polvo tras la última curva de la cuesta.

Unos dicen que Rogelio le ‘puso’ casita en Santa Elena, que allí viven ‘muy bueno’; otros, que vivió con ella ‘un tiempito’ en San Cristóbal y luego la abandonó a su suerte cuando la esposa los descubrió y armó un escándalo.  ¿A quién creerle?

Carlos Jaime Noreña

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sábado, 21 de julio de 2018


EL INVENTO DE NICO
Relato

En una tarde de holganza, estaba Nicolás saltando sin rumbo de una página web a otra cuando se le apareció la convocatoria a un concurso regional de innovación tecnológica y se le iluminaron los ojos.  Después de estudiar las condiciones (“¡aquí voy yo!”) se dio a la tarea de rebuscar en archivos de su computador y en papeles refundidos los diseños que dos años antes había presentado como trabajo de un curso y que el profesor no encontró novedosos ni practicables.  El estaba seguro de que la suya sí era una innovación significativa, construible, que tendría mucho impacto.  Se trataba de un dispositivo con cámara y sensores que memorizaba personas; se le podía indagar por alguien, bien con el nombre, la identificación, una foto o video y respondía si la persona se encontraba en el momento en el entorno.

Corrigió algo que había sugerido el profe, agregó mejoras que le recomendó un compañero y, sobre todo, modernizó el software con algoritmos recientes de ‘aprendizaje profundo’; al cabo de tres días de arduo trabajo, logró mandar su propuesta al concurso.  Soñaba despierto con el primer puesto, que le daba un viaje a un evento internacional en Francia para competir por el premio mundial.  En París, salía con una coqueta francesita que no lo había desamparado desde el coctel de inauguración; conocía con ella los más interesantes y los más maravillosos lugares de esa metrópoli y se divertían deliciosamente.

Unos días después, al reclamar su premio en el evento local, recibió una gran ovación y ¡oh casualidad!  Allí estaba una chica idéntica a la de sus sueños, ella le picaba el ojo, él la buscó en la fiesta de clausura, se gustaron mucho y salieron juntos a celebrar el gran triunfo; finalmente, llevándola a casa, ella le prometió acompañarlo a París…  Era solo un sueño y despertó con una amarga decepción, no sabía si por no haber ganado aún el premio o porque esa maravilla de mujer no fue real.  Siguió ansioso, consultó la página del concurso, estaba entre los cinco finalistas. Imaginó que le asignaban el primer premio y le daban instrucciones para el acto de entrega.  Su imaginación viajó de nuevo a Francia, se encontró con la muchacha y celebró que el sueño se hubiera hecho ‘realidad’.  

El día de publicación de resultados se informó de su puesto: el segundo.  Con viaje a un evento latinoamericano en Perú, para competir por el premio continental.  “Bueno,  hacer conocer mi artefacto en el continente también es gratificante; puedo gestionar un contrato con una multilatina para su producción y… seguro que también hay peruanas de rechupete!”  Pregonó el premio en su familia, a sus amigos y a sus amigas.  Tres días después, recibió una comunicación de los organizadores en que le informaban de un error del jurado; su puesto era el tercero,  se deshacían en disculpas, y doraban la píldora diciéndole que con su excelente calidad, seguramente al año siguiente ocuparía de sobra el primer lugar.  Se presentó a hacerles el reclamo, le dieron mil explicaciones, le pidieron de nuevo diez mil disculpas y remataron con “cualquiera comete un error; hasta en Miss Universo y en la entrega de premios Oscar se han equivocado”.

La gratificación del tercer puesto fue de dos millones más una cascada de elogios por su inteligente creación.  “Seguiré perfeccionando el invento y saliendo con mis amigas de la ciudad; varias me siguen la corriente”.   Poco después, se enteró de un simposio nacional en Manizales el mes siguiente; se le ocurrió que allí aprendería mucho y podría buscar la oportunidad de entusiasmar con su aparato a productores que, de seguro, estarían allí.  Decidió no invertir el dinero en fiestas y amigas, sino en la inscripción, gastos de viaje y hotel; ajustado al valor.

La noche de inauguración, moñona:  El representante de una compañía electrónica de la capital del país halló muy atractiva la descripción de su invento, le dedicó un rato largo y, además, una linda chica del comité de recepción cayó en sus requiebros y aceptó salir con él.  El segundo día, con la resaca de la inolvidable noche, apenas con esfuerzo, se logró concentrar en las presentaciones y mesas redondas; buscó mucho al bogotano, pero se le esfumó; todavía con más intensidad buscó a la manizaleña, que tampoco apareció; una chica de su entorno le sugirió buscarla con el people reminder; era infalible, decía, pero él no prestó atención a la sugerencia, ya estaba embotado.  Se escabulló pronto para el hotel y se acostó temprano.

El tercer día, muy concentrado; pero en los descansos siguió buscando a la chica; le insistieron en el people reminder y le aclararon de qué se trataba.  Le asombró que existiera un aparato como el suyo; indagó, era de fabricación alemana, con software estonio, inventado cuatro años antes; “no ha llegado a otras ciudades del país; lo tienen aquí en el teatro, en los hoteles de la ciudad, en el aeropuerto…  registra a las personas, les hace seguimiento, cuando se le indaga por alguien dice donde se encuentra, puede ser a mucha distancia, y ofrece la posibilidad de comunicarse con él”.

“¡Ese es mi aparato! Solo que alguien lo inventó dos años antes que yo”.  Olvidó Nicolás a la chica y se fue al aeropuerto a buscar un vuelo de regreso.


Carlos Jaime Noreña
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jueves, 12 de julio de 2018

JOSEFINA Y UN CUARTO
Relato
Elaborado para participar en la actividad de julio 2018 de Literautas


En una casita de un barrio de clase media, sobre una típica calle de viviendas de uno y dos pisos, con  andenes cuarteados que los vecinos disimulan con puertas y ventanas bien pintadas y macetas de bellas flores en los antepechos de estas últimas, vive Josefina, mujer que tiene que levantar cinco hijos que le dejó su esposo al morir.  Ellos se llaman Alejandra, Emilio, Irene, Ofelia y Urbano.  Josefina se defiende elaborando comestibles y le ayudan con las ventas los dos mayores y, de lejos, le colabora su mamá, otra Josefina, señora bastante robusta que mueve con dificultad todo ese cuerpo – le dicen Josefina y media.  Esta se consuela viendo engrosar también poco a poco a su hija, a quien ya le dicen Josefina y un cuarto.

Para ordenar su cocina, Josefina, que es muy metódica, empezó a utilizar unos tarros de cuarto de galón de pintura que se consiguió sin uso y, aunque luego agregó otros del mismo tamaño que originalmente contenían leche en polvo o algún otro alimento, a todos les dice los cuartos.  En unos guarda pequeños utensilios de cocina, en otros, confites; tiene uno secretamente habilitado como alcancía, sin ranura, para mejor ocultación; otro lo usa para lápices, en otros siembra plantas…  Los mantiene muy limpios y organizados, en concordancia con el orden de toda la casa; ha pintado unos de colores vivos, ha forrado otros con papeles policromos…  Se pone muy contenta cuando le llevan un tarro; “este cuartico me va a servir para guardar los moldecitos de cortar galletas”.

El día de la madre, sus hijos le regalaron cuatro recipientes de cristal muy transparente con tapa metálica roscada bien pulida “para que salga de todas esas latas”.  Ella les dio otro uso:   Uno para el cirio con que alumbra una imagen sagrada, así no lo apagan las corrientes de aire, y los demás en unas oquedades de la pared de su habitación que fueron abiertas para iluminación natural;  acostados ajustaron preciso; no entran bichos, no circula aire frío y no se pierde la luz.  Es que la construcción era originalmente muy oscura y, sin presupuesto para abrir una ventana, hicieron estas perforaciones “mientras tanto” para toda la vida.

Un día necesitaba dinero para comprar zapatos a uno de los niños.  Le pidió a la hija mayor, Alejandra, alcanzarle el cuarto decorado con florecitas amarillas.  “Mamá, alargué la mano a la tabla de los cuartos, tomé el de la alcancía, lo destapé y… ¡El cuarto estaba vacío!”  ¿Por qué lo abriste? ¿Por qué sabías que guardaba plata ahí?  La chica se ruborizó; alguna vez había visto a la mamá destapándolo y guardando un dinero allí.  Pero ¿qué pasó?  ¿Quién pudo ser?  Josefina hizo una extensa indagatoria a todos los hijos y a una muchacha que le ayudaba. Todos negaron haber sacado cualquier billete, desconocían la ‘alcancía’, pero se mostraban muy turbados.  “¡Ningún permiso de salida por todo el mes! ¡No pueden meter la mano al cuarto de los confites!  ¡No pueden mirar televisión!”

Al día siguiente, la buscó Irene, toda misteriosa, y le dijo en voz baja “mami, apuesto a que esa fue la plata que encontró Urbanito”.  El niño de tres años, un día que la mamá bajó los ‘cuartos’ para limpiar la cocina, cogió unos de ellos en un descuido, para jugar; eso lo vio Irene y al rato  le quitó los tarros y los tapó.  Dedujeron juntas que el niño destapó la alcancía de alguna manera y metió la plata en un carrito, porque unos dos días después sus cuatro hermanos le descubrieron el dinero en el juguete, no se intrigaron por el origen del mismo y decidieron comprar un regalo para celebrarle a mamá su fiesta; hasta les sobró para helados y quedaron todos muy felices.

Josefina apenas alcanzó a disimular unas lágrimas, regañó “sin querer queriendo” a Urbanito por jugar con los objetos de la casa y les dijo a todos que había tenido la mejor celebración de día de madres de toda su vida, que nunca la olvidaría. 



Carlos Jaime Noreña
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