jueves, 27 de junio de 2019


AMENAZA EN EL ESPACIO
Relato


Es el año 2040.  El asteroide 2035CJ11 sigue una trayectoria que, a juzgar por los astrónomos, cruzará la órbita de la Tierra.  No ha sido posible determinar si habrá colisión, pues el meteorito hace extraños cambios de rumbo, pero siempre dentro del mismo plano orbital.  Los científicos no han podido hallar la causa de esos cambios, ni han identificado un patrón que permita predecirlos; son completamente aleatorios.  Algún astrónomo ha propuesto un nombre femenino para este cuerpo celeste, por causa de su “comportamiento” y de inmediato le han llovido las más agrias críticas de todas partes del mundo, por su “machismo”.

Lo que sí está claro es una alta probabilidad de choque con nuestro planeta en un plazo de 18 a 19 meses.  Las máximas autoridades aeroespaciales de los países más avanzados en esa tecnología han estado evaluando todas las posibilidades de solución a la inminente catástrofe.  Nunca antes se había visto tanta unidad de objetivos entre los gobiernos de Estados Unidos, Rusia, Unión Europea, Canadá, China, India, Irán, Corea y Japón en pos de una salida apropiada a tan grave problema.  Se comenta que si hubieran ostentado la misma empatía para manejar el problema del hambre en el mundo, ya estaríamos viviendo el cielo en la tierra.

Una opción es fragmentar el cuerpo espacial  en miles de pedazos, muy pequeños y suficientemente lejos de la Tierra, de tal manera que se minimice la posibilidad de que lleguen hasta acá y, si algunos llegan, que ardan en la atmósfera igual a los que ingresan en ella todos los días.  Otra opción es la de “empujar” el asteroide, con explosiones cercanas a él, hacia una nueva órbita.  

Cualquiera de las dos misiones se tendría que llevar a cabo con misiles, pero no hay seguridad de acierto, por los súbitos cambios de trayectoria del monstruo.
Su masa ya ha sido estimada con buena precisión y por lo tanto se puede calcular el volumen necesario de explosivos nucleares, en especial para la primera opción; sobre la segunda, todavía hay diferencias entre los diversos grupos de ingenieros, pero se cree que se podrá llegar a algo confiable.  Lo que los tiene locos a todos es cómo desarrollar los algoritmos necesarios para recalcular sobre la marcha la trayectoria de los misiles cuando se presenten los caprichosos cambios de recorrido del intruso.  Muchísimo más fácil atrapar una bola lanzada con efecto.

Por fin, el resultado de muchos cálculos, innumerables simulaciones y acaloradas discusiones es que no se deben lanzar los misiles desde la Tierra, sino hacer el disparo desde una distancia de diez mil kilómetros del asteroide, es decir, en términos astronómicos, a un paso.  Las correcciones de rumbo se decidirán, entonces, en la nave o naves portadoras de los misiles, pues no se puede incurrir en los retrasos inherentes a examinar la órbita del asteroide desde Tierra y luego enviar la orden de corrección a las naves.

Nueva discusión para elegir entre naves inteligentes y naves tripuladas.  Se considera finalmente que los márgenes y frecuencias de error todavía presentes en la IA hacen riesgoso dejar en sus “manos” la misión y se decide utilizar naves tripuladas.  Se comisiona a Estados Unidos y Rusia para seleccionar los astronautas, por su ya larga tradición de colaboración en vuelos tripulados.

El astronauta norteamericano escogido, Warren White, reconoció a la prensa que su colega rusa era muy atractiva.  Esta, Valentina Yustinova, realmente muy bella, dijo que le habían asignado un compañero de misión muy hermoso y simpático; que un consultorio sentimental no le habría elegido uno mejor para esposo.

–¿Está previsto que se encuentren en la misión o después de ella?  ¿Aprovechará para hacerle ojitos a White?
–Lamentablemente, no está programado. –Respondió secamente.

Los “héroes” fueron lanzados del Centro Espacial Kennedy y de Baikonur en la misma fecha, con horas de diferencia y con rumbos divergentes, pues tenían que seguir dos trayectorias distintas, para aproximarse al asteroide desde puntos casi opuestos y así incrementar el efecto destructivo o bien, si uno fallaba, que fuera poco probable que fallara el otro.  El mundo estuvo expectante y el entusiasmo fue general cuando se informó del éxito de ambos lanzamientos y de su ingreso con precisión a sus respectivas órbitas.
No tardaron en saludarse ambos viajeros, en forma fría y protocolaria al comienzo, pero luego muy cálidamente:

–… (Saludo protocolario)
–… (Respuesta protocolaria)
–Atractiva compañera de aventura, ¿estás lista para lo que se nos deja venir?
–Interesante colega, ojalá se deje venir siempre todo lo bueno.
–Para el planeta será una inmensa dicha.
–Y para nosotros dos también.
–Bueno… No había pensado en eso… Será un maravilloso subproducto.
–Te recomiendo a Jonaas.
–¿Quién es él?
–Toma en cuenta la doble a.
–A ver… ¡Ya caigo!  Premio Abel.
–Por supuesto.  Tienes gran agilidad mental.

El estonio Jonaas Salulaid había ganado el premio Abel de matemáticas seis años antes por la creación de un código que él llamó de autocifrado pleno, porque para cada nuevo valor (mensaje) creaba automáticamente una nueva clave que se transfería junto con el objeto en cuestión a un solo destinatario y solamente este, sin haberla conocido previamente, la podía romper, procedimiento cuya explicación está por fuera de los propósitos de este escrito.

Demoró un poco el gringo para activar un algoritmo basado en código de autocifrado pleno de Jonaas, por su exigencia de semilla inteligente, pero lo logró y comenzó un diálogo que únicamente ellos dos podían leer (con muchos minutos de retraso, por la distancia que los separaba, pero esta dilación le ponía más ansia a la respectiva espera de cada respuesta).

–Hola, bella cosmonauta.
–Hola, guapo astronauta.  ¿Por qué te tenían que asignar a mi misión?
–¿“Tu” misión?
–No empecemos a discutir.  No lo decía en sentido posesivo.
–Tienes razón.  Vale la pena poseer algo mucho más valioso.
–Si poseer viene de tomar posesión, no me interesa.
–Lo digo en el sentido de poseer una esperanza.
–Ya comprendo.  Pienso lo mismo.
–Dime qué esperanza tengo de tomar un café contigo después de la destrucción de la que seremos culpables.
–Café con brandy, porque será todo un brindis.
–¡Enhorabuena!  Veo que mis deseos se cumplirán.
–Y ya nos están saboteando la plática desde Tierra pidiéndonos informes.  
–¡Qué insistencia!  Continuaremos dentro de un rato.

La tediosa misión de once meses siguió su marcha, pero los dos astronautas tenían el aliciente de sus charlas, a veces muy largas porque estaban muy compenetrados; se trataba, sencillamente de otro de esos amores por red; una red de solo dos puntos.  Por supuesto que ambos tenían un intenso programa de actividades, trazado por sus agencias espaciales, con gimnasia, observación astronómica, fotografía, experimentos a bordo, comunicaciones con Tierra y solución de problemas y crucigramas.  Casi todos los ratos libres los dedicaban a sus conversaciones, pero aun les quedaba tiempo para pintar y escribir versos, ella, y ensayarse en la redacción de cuentos, él.

Se va llegando la hora, ya se le han aproximado, cada uno, a unos 250.000 kilómetros por lados opuestos.  Sorpresivamente el asteroide hace explosión y se fragmenta en millones de pedazos.  Se sienten bruscamente sacudidos, por las perturbaciones gravitacionales generadas, pero no pierden el control.  La comunicación sí se pierde, pero no tienen tiempo de intentarla porque detectan que algunas rocas inmensas y ardientes se dirigen hacia ellos; ambos logran dispararles para destruirlas y momentáneamente sienten el rumbo perdido.

Cuando logran eludir todos los bólidos y comunicarse de nuevo entre sí (todavía está perdida la conexión con Tierra) deciden modificar sus respectivas órbitas para encontrar un camino expedito de regreso en el que puedan estar muy cercanos entre sí.  Cuando logran ese acercamiento, reciben la orden de seguir a uno de los fragmentos mayores, que va directo a la Tierra y destruirlo lo más pronto posible.  Ellos, decepcionados pero obedientes, acuerdan seguir dos trayectorias diferentes para tener mayor probabilidad de éxito.  Al llegar a la distancia apropiada, dispara él primero, según habían convenido, y acierta; pero uno de los nuevos fragmentos pasa rozando la nave de la rusa y la lanza lejos de su trayectoria.

El americano hace infructuosos intentos por comunicarse con ella y tampoco logra localizarla con sus instrumentos; recibe la orden de continuar su camino a Tierra, que ya se encargarán, desde todo el planeta, de encontrarla y prestarle la ayuda posible.  Warren sufre mucho durante los dos meses de recorrido sin información alguna sobre Valentina y ya piensa que la pobre mujer quedó vagando ad infinitum por el éter.

Cuando White está cercano a ingresar a la atmósfera recibe la buena noticia: ella pudo calcular una trayectoria de regreso, tuvo éxito en restablecer comunicación con su centro espacial y también está próxima a ingresar.  La cosmonauta logra aterrizar en las estepas rusas y él, en el desierto de Mojave, en California.

Paradójicamente estaban más cercanos uno al otro en el espacio que en la Tierra.  El revuelo de los periodistas, la cuarentena, la presentación de informes, no les han permitido moverse de sus respectivas bases y casi ni comunicarse.  Quieren verse; en sus declaraciones ante la TV lo dejan saber abiertamente.  Los respectivos presidentes manifiestan ante los micrófonos su “satisfacción” por esta relación que consideran una buena expresión del “acercamiento entre los pueblos”; pero parece que el viaje para reencontrarse va a ser más complicado que su travesía por el espacio, por las trabas que les ponen, unas tras otras, las burocracias de ambos países.  Es más fácil conquistar el espacio que conseguir moverse libremente en la Tierra.
Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com

domingo, 23 de junio de 2019



SEGUIR UNA LUZ
Relato




Eugenio se aliena con frecuencia; fuma de esa hierba; sus trabas son cada vez peores y su familia no sabe qué hacer por él. Tenía una enamorada y la dejó sin causa aparente; tal vez la perdió por dedicarle más tiempo a su vicio. Sus amigos lo rodean para tratar de alejarlo de su adicción, pero él no se deja ayudar. Parece que prefiere quedarse sin amigos.

Un día, llega a la tertulia muy fresco, muy lúcido y con un aire de alegría.

–¡Hola, Eugenio! ¿Por qué estás hoy tan distinto? Siempre llegas sombrío y hoy te vemos muy bien y muy contento.
–He visto una luz resplandeciente, deslumbrante, y la he seguido. Por eso me ven así.  Salí cambiado, soy otro. La Luz ha hecho milagros conmigo.
–(La traba de este, hoy, es diferente. ¿Qué estará consumiendo?).

Otro día, sus camaradas le inquieren por los cambios que han notado en él; están muy intrigados; tiene días en que está completamente lúcido, despierto y animado; con iniciativas, con ganas de trabajar; eso les gusta mucho, pero no lo entienden.

–Cuando me siento mal, voy en busca de la luz; la luz me inunda y me fortalece. Ya les dije que salgo cambiado, que me siento otro.

El muchacho sigue en franca mejoría; su familia está feliz porque ha retomado en serio sus estudios y ha empezado a dar buen rendimiento. Sus amistades le preguntan si es que todavía sigue la luz.

–Ella nunca pierde el brillo, nunca tiene sombras, siempre es radiante y cálida; me acoge dulcemente y me hace sentir dichoso.

A pesar de todo, Eugenio recae al poco tiempo; otra vez perdido, taciturno, de mala cara, de trato hosco. Su familia y amigos se descorazonan; estaban muy ilusionados; ahora piensan que el muchacho no tiene salvación. Un día llegan a casa dos amigos a avisarle que unos agentes de policía lo están buscando.

–Voy a refugiarme en mi luz –y se va corriendo.

Reaparece al cabo de tres días y, por toda explicación dice…

–Seguí la luz y encontré amparo.

Lo positivo es que no vuelve a la droga. Él dice que se lo debe a la luz, sin más
explicaciones. Pasan los días, pasan los meses y el muchacho sigue muy dedicado, termina su bachillerato, empieza a trabajar y todo va muy bien. Un día anuncia que se va a casar; convoca a todos en casa en cierta fecha, para que conozcan a su novia y llegado el día aparece del brazo de una hermosa mujer…

–Les presento a Luz Amparo.


domingo, 9 de junio de 2019


JOHNNY
Relato


Le gusta que le digan Johnny, pero se llama Juan.  Es un pintoresco asistente a la tertulia literaria a la que voy con unos amigos; es de mediana edad, pero aparenta ser más viejo, por su exigua salud y siempre va descuidadamente afeitado, mal vestido, con ropa muy usada y mal cuidada.  Cuando le dan la palabra dice cualquier incoherencia y cuando solicitan el pequeño trabajo asignado en la sesión anterior, siempre tiene una disculpa para no entregarlo.  Pero es sonriente, amistoso y conversador y se ha hecho al cariño de todos, que incluso le facilitan copias del texto de trabajo, pues nunca tiene con que comprarlo o sacarle una copia.

En lo poco que ha contado sobre su vida personal, ha dado a entender que es muy solitario y que no le atrae la idea de buscar trabajo, pues esa esclavitud no va con su talante “intelectual”.  Siempre está con libros viejos y revistas ajadas bajo el brazo, como para confirmar esa categoría, y si le inquieren sobre su contenido sale con un galimatías.  En una ocasión que le pidieron mostrar los ejemplares, se negó rotundamente.

Se mete en todas las actividades que no tienen costo.  Se inscribió en una de acuarela, donde siempre promete que comprará elementos y entre tanto le prestan paleta y pinceles, una y otra vez.  En el curso de inglés, pronuncia letra por letra y no le valen todas las indicaciones de la profesora; cuando hay que hacer ejercicios, se une al mejor del grupo, para que le dé las respuestas.  Va a los aeróbicos matinales de los domingos, siempre con su eterna ropa sucia de calle y sus zapatos rotos; algunos asiduos le insisten en llevar ropa ligera y tenis, para siempre recibir por respuesta que un amigo le prometió que se los regalaría “un día de estos”.

Cuando en Inglés o Acuarela recogen para un piscolabis colectivo, él nunca tiene dinero, pero sí traga de lo que se consume.  Le han ido cogiendo fastidio y lo esquivan por fuera de clase.  En una ocasión, una compañera que va en su vehículo para el curso, lo ve por la calle, no lo recoge y lleva el carro adrede hacia un charco, para salpicarlo.  Él la distingue a ella y ella nota que él se dio cuenta, mas no siente ningún remordimiento.

Un domingo, la plataforma de aeróbicos está con varias tablas sueltas; el hombre pide un martillo y se pone en acción, la deja firme y todos pueden disfrutar de la actividad.  Allí, siempre recoge todas las basuras, igual que en la tertulia y en las clases de salón.  El hombre es de buen corazón y de mucho sentido cívico.  En una ocasión, llegando a clase de inglés, Josefina, que acostumbra llevar su perrito, pide auxilio porque el animal está atragantado.  Johnny, con fría calma, le abre las fauces y le extrae una astilla de hueso.

Otro día, en plena clase, Félix sufre un desmayo, le aflojan las ropas e intentan darle agua, mas no responde.  Johnny se abre paso y ante la mirada incrédula de todos, se luce con un masaje cardíaco que revive al desgraciado.  Este se deshace en agradecimientos y le pide que lo acompañe en la ambulancia, que ya fue llamada.

En fin, otras acciones generosas y espontáneas del hombre le cambian los corazones a sus accidentales compañeros  y, en algún momento,  la Josefina, que ahora sí tiene complejo de culpa, los mueve a organizar una celebración para Johnny, aprovechando que se enteraron por casualidad de su fecha próxima.  Recogen el dinero y Josefina y Félix se encargan de adquirir la torta y demás consumos y de organizar el salón.  Finalmente, le hacen saber que el día de su cumpleaños se lo celebrarán en la clase de acuarela como una manifestación de gratitud.

Los organizadores, sabedores de su asidua asistencia a otras actividades, se ponen en la tarea de convidar a todos los inscritos en ellas, para que el homenaje al hombrecito salga mucho más pomposo.  Todos prometen asistir y efectivamente allí llegan el día señalado.  Diez minutos después de la hora, empiezan a preocuparse, pero algunos les recuerdan que Johnny no es nada puntual; podrá llegar a la media hora o a los tres cuartos.  Finalmente, todos tienen que consumir el banquete, sin cantar el happy birthday, y rifan entre ellos el regalito que le tenían comprado al Johnny, quien a partir de ese día no volvió a ninguna de las actividades.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

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