lunes, 23 de diciembre de 2019

Un cuento para la Navidad

CARMENCITA SOLITA

Relato



Doña Carmencita mora sola en su casita, que antes fue nido de amor, cuando vivía su esposo, y que fue cálido hogar, cuando su hijo los acompañaba.  Ahora está viuda y el hijo vive lejos, muy lejos y ya no viene a verla; tampoco le escribe, pero la vieja no ha dejado caer la casa: todavía están bien pintadas las paredes, les saca brillo a las puertas de madera, mantiene muy limpio el piso, deslumbrantes la cocina y los baños y no faltan los adornos y las plantas.

Su soledad se atenúa un poco con las visitas que recibe.  Los niños del barrio vienen con frecuencia a conversarle, a escuchar sus cuentos y a deleitarse con las exquisitas galletas que les reparte, acompañadas de leche o jugo de frutas.  Han aprendido también a hacerle algunas compras y ayudarle con pequeñas tareas de jardín.  Callan sobre el visitante que no falta los jueves: un señor ya maduro que ella hace entrar por la puerta trasera, siempre por la puerta de atrás, y que pasa toda la tarde allí; cuando él está, ellos no se presentan; es un pacto tácito.

¿A qué viene ese señor maduro que casi siempre trae unas flores o un paquetico?  Vaya usted a saber; es el secreto más guardado; ni siquiera los chicos, con la curiosidad propia de su edad, le preguntan por él o se asoman a hurtadillas.  Y el que esto escribe es mil veces más prudente, nunca lo ha sabido ni lo quiere averiguar.

Por las noches, piensa en su hijo, que se fue a buscar mejor vida en Australia, después de la muerte del padre, y le prometió no abandonarla; al principio la llamaba cada semana, después le escribía cada semana y venía a verla cada año, después cada dos años y le escribía cada mes y ahora ni llama, ni escribe ni la visita.  Dejó de mandarle cartas porque él no se las contestaba; los vecinos le sugerían comunicarse por esa mensajería instantánea, pero no sabía el número de su teléfono y se cansó de pedírselo.  Ella no deja de confiar en que al muchacho le va muy bien, no se comunica porque se mantiene muy ocupado y algún día se le aparecerá de sorpresa.

Se iba acercando la Navidad y los niños venían a ayudarle a engalanar la casa, costumbre que nunca perdió.  El árbol, las luces, las guirnaldas… y además los manjares que les preparaba.  Y ellos lo disfrutaban a mares, hacían qué algarabía y ofrecían más ayuda y pedían más de comer y se quedaban hasta la noche y solo se iban cuando los llamaban de sus casas y salían brincando, bailando y cantando.

La víspera de la víspera de Navidad, día viernes por más señas, al anochecer, los niños jugaban afuera y vieron una sombra junto a una de las ventanas de atrás; de momento no le prestaron atención, pero luego se acercaron, encontraron la ventana abierta y escucharon algunos ruidos adentro; vacilaron un momento, pero se decidieron a enviar a Gaspar, el mayor de ellos, a inspeccionar; en un minuto les estaba gritando, entraron todos por la ventana y encontraron a un hombre amarrando a la vieja, que ya estaba amordazada; le cayeron al tipo como hienas a su presa, lo imposibilitaron, lo amarraron con el mismo cordel con que quería atar a la señora y llamaron a la Policía.

La fiesta de Navidad que ofreció Carmencita a los niños y sus padres fue memorable; les elaboró los más deliciosos manjares; les ofreció las bebidas que más le gustaban a cada cual, incluidos el vinito y el ron para los mayores; les obsequió pequeños recordatorios elaborados con sus propias manos y se declaró madrina honoraria de todos los menores.  En los infaltables comentarios, con miles de detalles, sobre lo acaecido, Juanita mencionó que, al comienzo, no se atrevían a intervenir, porque pensaban que se trataba del señor que la visitaba, pero Sebastián los hizo caer en cuenta de que él nunca venía los viernes.  ¡Así se reveló el secreto mejor guardado!




jueves, 19 de diciembre de 2019

ELOGIO DE LA REDONDEZ
Relato



“Apenas un cinco, como por reconocer tu esfuerzo, pero no hay mérito para más; yo no veo ninguna elaboración geométrica que valga la pena en este trabajo.  Preséntalo al profesor de arte…  O al de literatura; eso es pura poesía, pero de la barata”.  Le dijo, arrogante, el profesor a Carolina cuando le devolvió su trabajo sobre el círculo, figura geométrica que le había tocado en suerte.  “¿Por qué no le reclamaste?” Le indagó su novio.  “No le ruego a nadie.  Mis méritos saldrán a flote”.

Las “dos bolitas del ocho” era lo que a la niña de cinco años más le atraía de los números que le enseñaban sus hermanos mayores; ella decía que representaban al Sol y la Luna, astros que le intrigaban, sobre los que no cesaba de formular interrogantes.  No es necesario describir el encanto que sintió cuando conoció ese mágico instrumento llamado compás que sacaba círculos de la nada y la fascinación que sentía en las clases de geometría en la primaria.

Con las órbitas de los astros comenzaba el malogrado trabajo de Carolina.  “Eran circulares para Tolomeo, Copérnico y Galileo, hasta que Kepler descubrió que son elípticas; al fin, de la misma familia”.  Me salto los detalles con que acompañó la chica estas afirmaciones, pero destaco su comentario sobre el parentesco de la circunferencia y la elipse, tema que desarrollaría más adelante.  No puedo pasar por alto su referencia a la esfera, sólido geométrico que resulta de la rotación de la circunferencia y que, para los mencionados astrónomos, era la matriz que contenía al sistema planetario.

Pasaba la muchacha a mostrar cómo el carácter cíclico del tiempo y la repetición de las estaciones provienen de la (aproximada) circularidad de las órbitas.  “Siempre volvemos a empezar cada año con un enero porque la Tierra ha completado su curva cerrada alrededor del Sol y luego volvemos a vivir un febrero, un marzo…  Denominamos las horas de la 0 a la 24 en una inagotable repetición porque la Tierra vuelve a empezar una rotación tras otra.  Las estaciones también vuelven gracias a un balanceo del planeta; balanceo este que también es cíclico, es decir, puede ser proyectado hacia un recorrido repetitivo a lo largo de una circunferencia”.

Los besos y caricias de la chica con su novio Nicolás (a quien llamaba Copérnico), sus peleítas y reconciliaciones, también mostraban un matiz cíclico, que era ajeno a sus conciencias pero siempre estaba ahí presente.  Nicolás, por cierto un tanto apartado de las matemáticas, le hacía la segunda a su queridita, cuando ella se lo pedía, entrando a consultar en la web, trayéndole libros de la biblioteca, ayudándole a trazar gráficos…

Se atrevió Carolina a formular la hipótesis de que los hombres primitivos no “inventaron” la rueda: la adaptaron de sus observaciones de la naturaleza; de la revolución de los astros en el cielo, del giro de los objetos que caían por una pendiente; pero, sobre todo, porque descubrieron que girando se puede avanzar linealmente; lo que no hallaron de la noche a la mañana, sino después de largo tiempo de maravillarse con las estrellas, de embelesarse con los atardeceres, de amarse a la luz de la Luna.

“Los deportes más entretenidos, más gratificantes, son los que se juegan con lo redondo” era otra intrépida afirmación de la muchacha en su tesis.  “El fútbol, basquetbol, voleibol, tenis… se juegan con esferas.  La libertad de movimiento de estos cuerpos, la dinámica de sus ‘efectos’, les introducen variantes inesperadas y emoción desbordada.  Con círculos se practica el ciclismo, el lanzamiento de disco, el frisbee, el hockey sobre hielo y no son menores las emociones.  Hasta circular es la forma de la medalla con la que son condecorados los triunfadores.  Siempre está ahí la redondez dándonos grandes satisfacciones”.

A propósito de una observación que le hizo Nicolás sobre la forma oblonga, nada circular, de los balones para algunos deportes, le respondió Carolina “también algunas partes del cuerpo que idealizamos como esferas son realmente oblongas, u ovoides; no te sientas aludido.  Ellas y los balones que mencionas son unos elipsoides; al fin, el círculo está jugando su papel: para producir un sólido de revolución hay que hacer un giro circular”.

Y aprovechó la chica este tema para pedirle algo al enamorado, cosa nada extraña en ellas:  “Invítame a un cono y te doy una clase muy interesante”.  Llegaron a la heladería y ella pidió dos bolas sobre el cónico barquillo (siempre las dos bolitas del ocho), una de limón y una de cereza.  Al terminar el muchacho su bola de coco, ella le arrebató el barquillo y lo puso bajo el suyo, punta con punta.  “Aquí está el cono completo; tiene dos cuerpos opuestos por un vértice”.  Acto seguido, pidió plazo para terminar su gélido placer; luego tomó prestada la navaja de Nico y empezó a dictar cátedra…

“Una línea que atraviese los conos por su centro y pase por el vértice se llama eje.  El borde de nuestros barquillos está en un plano perpendicular al eje y, como ves, tiene  forma de circunferencia; ahora, si hago un corte un poco inclinado respecto al eje (va cortando…) tendrás una elipse, pero cuando el corte se inclina más, se llega un momento en que la curva no es cerrada sino abierta y se llama parábola y cuando el corte se hace paralelo al eje, tendrás dos curvas opuestas y abiertas, una en cada cuerpo del cono; esas dos curvas forman la denominada hipérbola”.  “No me aburras más, dijo el muchacho, comamos los restos de las galletas y vamos a jugar algo”.

En su trabajo escrito, propuso la atrevida estudiante no buscar estas curvas en los tediosos cortes geométricos sino, más bien, en imágenes llenas de vida.  “En El Nacimiento de Venus, de Boticelli, viva y sensual pintura que perdurará milenios, nos llenan los ojos las circunferencias que rodean los pechos de la diosa; círculo, símbolo de la perfección; la forma de su vientre, una elipse no muy excéntrica, como las órbitas planetarias, símbolo del eterno retorno del tiempo; pubis, trazado en hipérbola, en rama  única, sin compañera, símbolo de soledad humana; en el traje florido de la Hora a su diestra, en la región púbica se hace un pliegue de bella parábola, símbolo de recolección”. 

“Sin conocer las matemáticas que posteriormente describirían a estas bellas formas, Sandro las sembró en todos los rincones de sus cuadros.  Una espléndida elipse es la concha que transporta a la diva.  En los mantos de Céfiro,  Cloris y la Hora, hay profusión de hipérbolas y parábolas.  En los mismos mantos, en las olas del mar, en la costa y la vegetación abundan las curvas más caprichosas que solo la geometría analítica podría describir más tarde”.

Sugerencias de Nicolás hicieron saltar a la chica a un artista contemporáneo que hizo suya la redondez en su más atrevida expresión.  “Fernando Botero supo juntar la redondez y lo pesado en sus creaciones, resaltando lo primero y redimiendo lo segundo.  Puede que no sea completamente original en su propuesta, pues los críticos le encuentran similitudes con su admirado Piero della Francesca, pero significó un radical cambio en el rumbo que tenía el arte en el siglo 20:  ante lo abstracto, hizo pensar de nuevo en lo figurativo; ante la necesidad de adivinar representaciones en las imágenes, mostró directamente lo que quería representar, pero nos puso a pensar en el significado que  él quería le diéramos a esas representaciones (lo que no es nuevo en el mundo del arte, por supuesto); sobre todo, puso a la redondez en el centro, como si quisiera producir un salto cualitativo de la manera aguda, cuadriculada de ver el mundo y sus problemas a una forma más suave pero más abarcadora; eso sin renunciar a la denuncia que claramente se da en sus obras.  Concluyo esta pequeña reseña llamando la atención hacia sus gafas de aros redondos, su barba haciendo círculo alrededor de boca y mentón, su figura corporal toda, ya redondeada por los años: él mismo es un personaje de Botero”.

Por la afición de su padre a la música clásica, le tocaba a la chica escuchar muchas piezas de ese género y, después de un concierto de obras de Beethoven al que él la invitó, ella quiso comentarle a Nicolás sobre la redondez en las sinfonías del genio alemán; él le pidió que lo dejaran para otro día y se fueran, más bien, al parque de diversiones a montar en la rueda.  Allí disfrutaron de esta y todas las demás redondeces que ofrecen en estos parques; disfrutaron de la dicha de estar juntos y de todos esos planes de los muchachos.


domingo, 15 de diciembre de 2019

OSWALDO Y SUS RUIDOS

Relato



Oswaldo vive solo en un apartamento espacioso y se da ínfulas, pero, en lo más íntimo, se mantiene en zozobra por los frecuentes ruidos y sombras que lo rondan cuando se encuentra allí solo.  Él no es supersticioso ni de creencias religiosas, pero le intrigan los crujidos que escucha cuando está en silencio, el sonido de una puerta que nadie ha abierto, la sensación de que alguien se ha sentado en su sofá, la idea de haber visto por el rabillo del ojo a uno que pasaba detrás de él, los maullidos angustiosos del gato.

Por las noches, concentrado al computador, le parece escuchar que caminan sobre el piso de tablas de la zona social; piso nuevo, que colocó para enlucir ese ambiente y darse tono frente a sus visitantes.  Apaga la música, para diferenciar bien el sonido; este cesa, vuelve a poner la música y vuelven los pasos.  Se levanta rápidamente y se va, prendiendo luces, a recorrer la vivienda; encuentra todo en paz, todo en orden; el gato está plácidamente dormido sobre su pequeño tapete.  “Fue mi imaginación; tal vez me he excedido en vino”, piensa, igual que todas las veces anteriores, y vuelve a su puesto.

Ha pensado en reclamar a los que le instalaron el piso, porque pueden ser desajustes de las tablas, pero también se le ha ocurrido que quizás algún antiguo habitante del apartamento, muerto trágicamente, esté haciendo rondas por sus lugares queridos.  “Lástima que ya no existe mi mamá, que tenía tan buena sensibilidad para esos fenómenos de ultratumba; ella sí me sacaría de la duda”

Entre tanto, se siguen presentando los hechos extraños; con frecuencia siente, de día o de noche, desde el dormitorio o desde la cocina, que alguien se sienta en el sofá, que descarga el cuerpo con energía, como si viniera muy cansado de la calle.  Oswaldo corre hacia la salita, pero no encuentra ningún visitante y todo está en orden.  Ha comprado el sahumerio que le recomendó su amiga Teresita, lo enciende y vuelve a su interrumpida ocupación, no completamente tranquilo.  Con Teresita coincide en que no se trata de almas del purgatorio ni de espíritus malignos, sino solamente incomprensibles energías que los humos incensales ayudan a disipar.  Por fin, la concentración en el trabajo le hace olvidar el ruido, vuelve la serenidad, se va a la cama a media noche y duerme plácidamente.

Otra noche es el turno de la puerta.  La puerta principal del apartamento.  Como si se hubiera quedado desasegurada y chirreara un poco al tratar de abrirse lentamente.  Oswaldo se apresura, llega a la entrada y encuentra que la puerta está muy bien cerrada; lo verifica con sus propias manos, para estar bien seguro.  Entonces, la indaga con los ojos.  Ella le responde en un susurro…

–Yo anhelo dejar salir a todos los que rechazas.
–¿A quién voy a rechazar si estoy solo?
–Me refiero a sentimientos, condiciones, lo negativo que llevas dentro.
–¿Cuáles no rechazo?
–En primer lugar, tus miedos.  No has querido deshacerte de ellos.  Deseo dejar salir uno cada noche.
–Yo no le temo a nada.
–Temer es otra cosa.  Pero sí tienes temores, aparte de miedos; yo los veo entrar, también, uno por noche; no sé cómo no te enloquecen.
–¿Y qué más quieres despachar, sabihonda?
–Tus culpas.  Son muchas y no las quieres abandonar.
–¡Qué tan servicial eres!  ¿Qué otros visitantes tengo?
–Tus dudas.  No me digas que no vives lleno de vacilaciones.

Oswaldo suda y tiembla y se abstiene de continuar el diálogo.  Abre su bar y se toma un trago fuerte.  Vuelve al estudio a retomar la tarea interrumpida.  Hace un rato estaba tratando de programar algo, pero ya no se concentra.  “¡Qué carajo!  Le perdí el hilo.  ¿Ahora qué pasa?  ¿Por qué chilla esta noche ese gato?”.  Sale furioso y le grita a su lustroso gato negro, llamado Tizne, pero este se queda mirándolo a los ojos, muy mansamente, con esa expresión de solicitud que saben mostrar ellos; el hombre, ya calmado, se va a revisarle sus recipientes de cuido y agua.

–Tenías comida, Tizne.  ¿Qué es lo que te pasa?
–Me ha visto a mí, dice una voz que viene de atrás.
–¿Quién está ahí?  Dice Oswaldo, girándose bruscamente, mas no ve a nadie.
–Soy tu ángel.
–¡¿Quéee?!  ¿Ángeles a mí?  ¿Quién quiere hacerme una broma?  ¡Salga de donde esté!
–Estoy alrededor de tí.  Te acompaño a todas partes.
–Mira, el ángel de la guarda era un cuadrito que mi mamá me tenía colgado en mi cuarto, pero ya lo lancé a la basura hace mucho tiempo.  Allá deberías estar.
–Quítale el contexto religioso.  No soy un ángel de la guarda.  Soy un espíritu gemelo al tuyo; él es interno, yo soy externo.  Pero nacimos contigo y moriremos contigo.
–¿Y para qué me eres útil?
–¿Por qué juzgarlo en términos utilitarios?  Yo voy a tu lado y estoy en todo momento coordinando con tu espíritu lo que son tus percepciones sobre lo que captas con tus sentidos; también indago, de los ángeles de las personas con las que entras en contacto, sobre la esencia de ellas y sus intenciones; por eso tu espíritu alcanza a formarse una idea de su naturaleza y su conveniencia para tí.
–No sé qué decir…
–Yo sí sé qué decirte sobre los ruidos y sucesos de los últimos días, que te han quitado la paz. 
–Ahora resulta que tengo guardián en mi heredad.
–No seas cínico.  Aunque llores, nunca me podrás desprender de tí.
–Háblame, pues, de mis tormentos.
–Empecemos por la puerta: ella es un ser inerte y no habla; te hablé yo; nunca debería intervenir en tu vida, pero quiero ayudarte a superar tu lado negativo.  Aproveché que te asustabas con los chirridos de la puerta del vecino.  También un vecino, el de arriba, descarga objetos en el piso que en lo tuyo se sienten como sobre un sofá.  ¡Mira las que te juega tu imaginación!
–Pero esos pasos en el entablado…
–Desajustes.  El trabajo no quedó bien hecho; las dilataciones por temperatura, el paso del gato, pequeñas vibraciones del edificio, producen esos crujidos que interpretas como pasos.  Sí debes hacer el reclamo antes de que se venza la garantía.

Con esto, Oswaldo se despojó de recelos y se atrevió a preguntarle por los miedos, culpas y otros asuntos íntimos.  Conversaron largamente, hasta que el muchacho quedó en un sopor y perdió toda noción de sí.

Despertó en el sofá, con la cara bañada por la luz del sol que se filtraba por entre las cortinas.  Estirando los brazos y bostezando larga y escandalosamente, le vino el recuerdo de aquel extraño ser, sus recomendaciones de quererse menos a sí mismo, dejar el egoísmo, salir más a la calle, tener verdaderos amigos, amar de verdad a su novia, dejar las aventuritas, convertir sus aficiones informáticas en proyectos productivos…  “¡Qué consejero espiritual me he conseguido!  Ojalá no empiece a echarme cantaleta todos los días.  Pero… ¿sí sería real?  ¿no fueron sueños?  ¿cuánto vino tomé anoche?”.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

PATRIOTAS TRASHUMANTES
Relato


Alguna  vez  le  había  dicho  a  Martín  que  podía  haber  cataclismos
en  tierras  remotas  y  sin  embargo  nada  significar  para  alguien…  
Ernesto Sábato
“Abaddón, el Exterminador”

Estrellita trabajaba en una pequeña venta de arepas rellenas.  Era eficiente en sus labores, pero tenía la mirada perdida y la expresión de aquellos que están insatisfechos con una situación que no saben cómo cambiar.  Armando llegó allí como por casualidad y le gustó la oferta del local; mucho más le gustó la chica y se volvió asiduo cliente.  Por el acento, adivinó que ella era del país vecino; se lo preguntó, por preguntar, y ella le confirmó.  “Allá no tenemos posibilidades de desarrollo; yo soy tecnóloga y pasé dos años desempleada; aquí, al menos, puedo trabajar de mesera”. La vez siguiente, la invitó a salir.  “Yo no me estoy vendiendo”.  “Esa no es mi intención; me gustas y te propongo un rato de charla y refrescos, para conocernos mejor”.

La segunda vez que la invita, vienen los besos.  Régulo, compatriota de la muchacha, los ve cuando la está dejando en la casa en que se aloja.  Es amigo de su hermano, que se quedó al otro lado; la busca para decirle “Ese hombre no te conviene; aquí están prostituyendo a las chamas; no seas ilusa, no te vayas con el primero que te hace ojitos”.

La vida sigue su marcha en la Ciudad de la Primavera; el calor de la temporada seca agobia a los transeúntes, quienes pronuncian la habitual queja “esta ciudad se volvió muy caliente ¡nos vamos a derretir!”; el ruido también pone su cuota para el estrés en las congestionadas avenidas, en cuyos cruceros intentan ganarse la vida los limpiadores de vidrios, los venteros de películas piratas y los frustrados saltimbanquis.

En el cruce de la Avenida Pobladillo, Luis toca el fagot y lo hace con maestría.  Se formó en la red de escuelas de música de aquel país.  Sus compatriotas Johnny, que estudió saxofón en el Conservatorio Superior de Música, Tomás, que se formó en violoncello y Jean Pierre, que ejecuta brillantemente la guitarra, tocan en conjunto en un miniparque adyacente a la misma avenida.  Transeúntes sensibles a la música o a la necesidad de estos exilados, les arrojan monedas y billetes de poco valor, que es inmenso en comparación con el valor de los billetes de su patria.

Armando va en el bus, de regreso del trabajo; los que suben a vender confites ya no tienen el acento tan peculiar de las comunas marginales; su entonación es la propia del país vecino; exponen su miserable caso y piden la colaboración ciudadana.  El muchacho se desprende de un pequeño billete sin aceptar la golosina y sigue absorto en la imagen de la linda Estrellita, quien le ha pedido tener la siguiente cita a escondidas.  Al parar frente a un semáforo, observa el cartel que exhiben los cuatro miembros de una familia empobrecida, también inmigrante.

El encuentro es en un cafecito alejado de la zona en donde viven, para eludir a Régulo.  Están embelesados conversando y los interrumpe un amigo de Armando, para saludarlo.  Al enterarse de la nacionalidad de la chica, le recomienda estar pendiente de la próxima feria de empleo para inmigrantes; “en la de hace unos meses ofrecieron mil doscientos empleos legales; claro que se presentaron a competir más de cuatro mil, pero tienes que hacer el intento, para que no te quedes vendiendo arepas”.  A continuación, Armando comentó que para la cosecha cafetera se estaban necesitando miles de recolectores; esto les podría servir, al menos, a los no calificados.

Los dos enamorados quedan en encontrarse el día siguiente para buscar toda la información en el computador portátil de Armando.  “Podemos buscar, no solo la feria de empleo, sino oportunidades en tu especialidad; puedes competir porque tienes tu PEP en regla”.  Aprovechan que ella tiene la tarde libre y que él puede pedir unas horas de permiso compensatorio y se dedican a buscar minuciosamente, mas saben hacer de ello una fiesta, porque el cielo está donde uno quiere; no faltan los besos, los diálogos dulces y los planes ambiciosos.

Allí cerca, Régulo salió de una entrevista de trabajo en un taller, se paró un rato a escuchar al conjunto compatriota, vio pasar a Estrella con su novio y los siguió.  Iban tomados de la mano y volando sobre las nubes, lo que puso a Régulo a todo vapor y continuó persiguiéndolos.  En un recodo, Armando atrajo a Estrellita para un beso; estaban todavía muy pegados cuando el otro la llamó a voces y la hizo estremecer.  Le reclamó por las “confiancitas” que se estaba tomando con ese “desconocido” y lo insultó delante del corrillo que se había formado.

Armando reaccionó, se giró y enfrentó decidido al intruso; este le sostuvo la mirada y le mostró los puños; el otro se puso también en posición de pelea; iban y venían los duros golpes; el corrillo crecía y las voces de aliento al uno y al otro retumbaban en toda la cuadra.  Cayeron pronto a la escena dos agentes de policía que detuvieron la trifulca y retuvieron a los púgiles hasta que llegó la radiopatrulla.  Se los llevaron, y también a Estrella, que estaba interviniendo con mucho empeño a favor de los muchachos.

En la inspección de policía, la chica miente que Régulo es su compañero sentimental, para tratar de evitar que lo deporten; de todos modos, los hacen pasar la noche allí “guardados”, incluso a la chica, porque no tiene a la mano el Permiso Especial de Permanencia.  Por la mañana, los dejan salir, tras la firma de una conminación para no enfrentarse de nuevo con violencia.  Régulo hace las paces con Armando, les desea suerte a ambos y se despide.  El chico y la chica se van caminando pensativos.

Entre tanto, los noticieros muestran que el presidente usurpador se afianza con el respaldo de potencias orientales y que al presidente que reclama el poder no le sirve de nada el respaldo de la potencia occidental.  Los ciudadanos de aquel país siguen llegando por miles, a diario, al nuestro y no son mal recibidos, en general.  La más suertuda es Estrellita, que ya tiene propuesta de matrimonio de Armando.  Y este relato va a terminar como los cuentos de hadas, con un feliz matrimonio, con gran fiesta y muchos regalos.

EL PRIMO AMARILLO Relato Presentado a Literautas en enero de 2020 Peleaba con la cuchara, para demorar lo más posible la ingest...