viernes, 14 de septiembre de 2018

CONFESIONES DE UNOS AMIGOS FIELES
Relato

Soy la impresora de Luciano.  Ya no puede vivir sin mi, pues las “impresiones” ya no son las que quedan en el cerebro sino las que se plasman en el papel; no en el pequeño trocito donde se rayaba afanosamente con el lápiz, sino en una hoja Bond pulcramente entintada.  Él busca un mapa en la web para localizar el sitio a donde debe ir y a continuación lo imprime; le dan instrucciones para una gestión y las imprime; por la noche, ambas cosas van a la basura.  Le gusta un poema de algún blog, lo imprime; los comprobantes de transacciones hechas por internet, no se contenta con guardarlos en archivos electrónicos, sino que los pasa al papel, para abultar su archivador.  El día que le anuncié de la tinta agotada, poco le faltó para llorar, el desespero fue grande y no se consoló hasta el día siguiente, cuando le llegó el cartucho de reemplazo.

Yo soy el computador de Luciano, donde se originan todos aquellos pecados que va a cometer con la impresora.  A través de mí hace compras, pagos de facturas, consultas, visitas a blogs y a páginas web.  Sin mi tampoco puede vivir Luciano; ya no sabe como salir a pagar una cuenta o buscar una noticia en el periódico.  Pero, además, soy su centro de entretenimiento: juegos de vídeo, películas, música y… bueno, confidencialmente les cuento, páginas de porno; buenos ratos pasa embelesado contemplando los más increíbles juegos eróticos de parejas, de tríos, de solitarios… y nunca se cansa, nunca se percata de las repeticiones disimuladas, siempre cree encontrar novedades y no pocas veces se trenza en calientes diálogos con personas desconocidas en el chat.

Luciano podrá escuchar mucha música en el computador, pero cuando se acuerda de mí, su equipo de sonido, me enciende y obtiene las más exquisitas sensaciones con la música que resuena a través de los potentes parlantes o los lujosos audífonos.  Me utiliza principalmente cuando está solo y puede subir el volumen para disfrutar de toda la potencia de salida.  Cuando se cansa de tocar discos, empieza la búsqueda de emisoras, pasa horas en ello y yo siento gran regocijo.

Le ofrezco mucho más que ese radio; yo le doy imágenes que acompañan la música, las noticias o los deportes y también tengo un sonido de alta fidelidad, que llena la casa; soy el televisor.  Conmigo también tiene acceso a picantes transmisiones de los canales eróticos, cuando se fatiga mirando deportes o series.

No se olviden de mí, la cámara fotográfica; ya me usa muy poco porque tiene ese vanidoso teléfono celular con lentes Leica, pero recurre a mí cuando va a salir de excursión fotográfica y me lleva de compañía un bolso lleno de lentes y filtros.  Retrata bellos paisajes, refinados detalles de la vegetación, cómicas poses de animales y no tan cómicas poses de las modelos ocasionales que levanta en el camino; yo no sé cómo hace para despertarles inspiración artística a estas espontáneas, pero le quedan muy bien.  Y más de una tarde, termina tomándose sus bebidas con una de ellas.

Despreciarán mis fotos (aunque ya las hago tan buenas como las de las cámaras), pero nunca podrán superar la intimidad que le proporciono a mi amo.  Él puede hacer sus llamadas sin que yo, su móvil, revele sus secretos.  ¡Y muchos que le conozco!  Pero no los vais a saber de mi, porque le soy muy fiel, a pesar de que él no les es tan fiel a su amada y a otros de los suyos.  Hay que ver las frases que tiene como acuñadas para repetirles a varias personas, como si fueran exclusivas para ellas.  Bueno, tampoco es que haya incurrido en nada grave, ¡ligerezas!

Yo no tengo tecnología, pero guardo una gran cantidad de textos y muchísimas imágenes, siempre a disposición de Luciano.  Soy su colección bibliográfica y puedo asegurar que soy su más amada compañía, más que esa mujer con la que anda.  Conmigo se encierra ratos muy largos, a mi me acaricia en todos mis componentes, me habla cuando estamos a solas, me hace con esmero todo lo necesario para mantenerme presentable, bonita.  Cuando retira uno de los libros para darse un rato de solaz, no me abandona; se sienta junto a mi en sus horas de lectura, con un café o un vino sobre la mesita, y yo lo miro tiernamente.

Tampoco me envanezco de tecnología alguna: soy una cama, el lecho al que Luciano trae sus secretos, donde ha llorado y soñado.  Son aromas para mi sus olores corporales; son caricias para mi todos sus movimientos nocturnos, suaves o bruscos.  Lo he acogido con su amada y les he regalado tibieza y blandura.  Conozco todo lo más recóndito de su conducta mutua, todo lo que les da placer, los detalles que los disgustan ocasionalmente a uno con otro, los momentos de éxtasis.  Y contrario a mis compañeros de habitación, no le conozco infidelidades; nunca ha venido con otra, nunca me ha hablado de otra.  Yo no sé en qué se basan ellos para acusarlo; sí, tal vez conductas exteriores que yo no he testimoniado; pero de una cosa estoy segura: me lo hubiera contado, como todos los demás secretos de su corazón.

El ropero de un hombre quizá parezca algo muy simple, pero yo soy el que le ofrece todas las mañanas unas atractivas propuestas para salir a encarar los retos del día.  Hay que ver como posa frente al espejo con una camisa que le he sugerido; vacila un momento, se quita el pantalón y se pone otro que ‘sale mejor con esta pinta de camisa’, luego se queda un buen rato decidiendo entre unos tenis y unos zapatos de calle.  Lo mejor son esas ocasiones en que se desnuda frente al espejo y se queda observando su cuerpo con gestos de desencanto en su rostro; ‘me está creciendo mucho esta barriga’, ‘se me están brotando unas venitas’, ‘esta rodilla se está hinchando’.  Quisiera poder hablar para decirle que no sea ansioso (¡ni vanidoso!), que muchas mujeres se quedarán aleladas viéndolo pasar y no le van a buscar venitas ni a reparar en su barriga, menos prominente que las ‘llantas’ suyas.

A ustedes los trata con cariño; a mí, a las patadas.  Soy su balón de fútbol.  Y no lo digo con sentido cómico; es que, de verdad, me tira duro.  Al salir de casa, me lleva tan abrazado que parecemos un par de enamorados; pero las jaculatorias que me reza cuando no paso por entre los tres palos prefiero no repetirlas aquí.  Además, cuando su equipo adorado pierde, me coge a las patadas, contra un muro, para descargar su rabia.  Él no sabe que todo eso me duele, pero debería suponerlo.

A mi me busca en las buenas y en las malas.  Cuando llega con amigos, me pide cervezas; con su amor, debo darle vino y en las noches amargas, un trago fuerte.  Soy su refrigerador licorero.  Me atiborra de bebidas de toda clase porque, dice, no puede pasar un mal rato por no poder ofrecerle a alguien su trago predilecto.  En la sección más fría, le guardo cervezas de varias marcas; en la siguiente, le conservo los licores con contenido de azúcar; en otra los vinos blancos y en la menos fría van los tintos y bebidas de alto contenido alcohólico, como el brandy, whisky y aguardiente.  Me asalta cuando está solo, para ‘tonificarse’ con un ‘traguito’.  Me busca cuando tiene visitantes, para ‘atenderlos como se debe’.  Me considero el componente más importante de esta vivienda.

Yo le conozco muchas facetas: la de hombre afanado para el trabajo, la de competidor inclemente con sus amigos, la de amoroso parejo de su pareja y, bueno, que esta no se entere, la de conquistador de fin de semana.  Soy su casco de motociclista.  Hay que temerle cuando sale decidido, cargándome bajo el brazo; ese día tiene ansias de velocidad.  Si se va solo directamente para la autopista es porque necesita quemar toda la adrenalina para olvidar un mal resultado en el trabajo, un altercado con alguien de la familia, un disgusto con su muchacha o, simplemente porque se siente bajo de autoestima.  Por fortuna, nada le ha pasado en esos escapes.  Si sale hablando por celular, va buscando compañía; su amada o alguna amiga va a ocupar el sillín trasero y el paseo va a ser suave, manejando cuidadosamente; pero también puede ser que se está citando con los compinches para un paseo de esos donde siempre terminan compitiendo; empiezan muy amistosos, andando suave, parando aquí y allí, pero en algún momento los pica el bicho machista y se ponen a volar.  Hasta yo me estreso, que soy un mero trozo de fibra de vidrio.

Y yo soy su principio de realidad.  Yo le digo cuando puede invitar a la pareja o salir de conquista; cuando puede rellenar el refrigerador; cuando se puede ir de concierto; cuando se tiene que quedar enclaustrado, solo leyendo o revisando las redes sociales, abrazado a su oso de peluche y haciendo rendir una cerveza toda la noche.  ¡Yo soy su billetera!


Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

sábado, 8 de septiembre de 2018

PARAÍSO PERDIDO
Relato


Las intensas luces de los faros les muestran de frente el camino que han querido seguir.  Viridiana está ansiosa; revisa y revisa el mapa vial sin encontrar una indicación sobre el ramal que deben elegir.  Tomás conduce tranquilo, si es que a su modo de oprimir el acelerador se le puede llamar tranquilidad; más bien, finge estar tranquilo para no asustarla más a ella.  Han salido hace horas, con un supuesto destino muy preciso, pero no han llegado después de tomar una ruta y otra y otra.

Todo empezó cuando salieron a buscar a las cuatro amigas de Viridiana que habían iniciado un pequeño viaje el día anterior y habían quedado aparentemente involucradas en un accidente con un tren, sin que se supiera más de ellas durante casi veinticuatro horas.  Llevaban ya cuarenta y cinco o cincuenta minutos recorridos hacia el sitio del siniestro cuando ella recibió en su móvil un mensaje de Alexa que decía “Estamos todas bien” y no contenta con aviso tan escueto la llamó; la otra le contó que el vehículo de adelante había embestido a un tren en movimiento, pero la pericia de Gracia con el volante y con los frenos las salvó de sumarse al choque y solo tuvieron raspaduras; demoraron porque primero tuvieron que esperar largamente en el lugar de los hechos, después fueron a dar declaraciones a la policía y después a un taller a revisar el vehículo.

Y bien, ¿por qué no avisaron antes? Preguntó Tomás.

–No me dio tiempo de preguntarle, me colgó.  Mira, aquí la estoy rellamando y no contesta.

–En fin, ya sabemos que no les pasó nada y seguramente continuarán su paseo.  Sigamos nosotros con el nuestro.

–¿Cuál ‘nuestro’?  Ya terminó; las buscábamos y ya las ‘encontramos’; volvámonos.

–Nooo, ya estaba psicológicamente preparado para un largo viaje, así que sigamos en ese largo viaje.

–¡Este hombre sí es impredecible!  ¿Qué propones? 

–He visto en una valla, allí atrás, un anuncio de unas cabañas ‘Paraíso’ junto al mar.

–¡El mar está lejos!

–Tenemos cuatro días por delante.

–No traemos ropa ni provisiones para cuatro días.

–No seas aguafiestas.  ¿Sabes para que sirven estas pequeñas tarjetas plásticas?

Él ganó la partida y continuaron devorando carretera en pos de las cabañas que significarían un plácido descanso después de la tensión.  Ella iba consultando en el mapa para que Tomás no se distrajese un instante.  Los árboles desfilaban raudos hacia atrás, las casitas querían alcanzar a los árboles, solo la luna seguía tras ellos.  Cansada de mirar el mapa, ella decidió coger otro tema…

–Oye, ¿Por qué estabas tan interesado; era por Alexa o por Gracia?

–Por todas las cuatro; podrían estar en un percance serio.  ¿Qué tengo yo que ver con Alexa o con Gracia?

–Les haces ojitos con frecuencia.  Te he visto mirándolas mucho cuando salimos en grupo, picándoles el ojo y con sonrisitas maliciosas.  Cuando me ausento, te encuentro muy acomodado con una de ellas, disfrutando de la charla, abrazándola a veces.

–Ya me vas a resultar celosa; somos un grupo de muy buenos amigos y nada más; yo también he visto a Jairo pasándote el brazo por la cintura.

–Pero nunca me he metido a las habitaciones de los hombres.  A ti te encontré muy echado sobre la cama de Alexa, ella sobándote el cabello y solo dijiste, todo cortado, que habías entrado a buscar tu móvil; ¿por qué lo iba a tener ella?

Y dale con las historias viejas, ya superadas.  Ese incidente nos costó una discusión muy seria, pero al final todo quedó claro.

–Sí, a mi me quedó claro que tenía que vigilarte más, ¡hombre coqueto!

Silencio por un largo rato.  Miradas furtivas del uno a la otra, de la una al otro; continuos reacomodos en las sillas, tos nerviosa.  Nítido murmullo del motor, desfile de alambrados a lado y lado.  Al frente, la silueta oscura, bajo cielo naranja sangriento, de las últimas colinas que faltaban para llegar a las planicies costeras.  De repente, carretera vallada y avisos de desvío por reconstrucción vial.

–¡Carajo!  ¡Solo faltaba esto!  Ahora ¿qué camino cogemos?

–Cálmate, mi amor; ya busco en el mapa la carretera de los Alcaravanes, que es la ruta 80.  Allí decía que nos debíamos desviar por esa.  (El contratiempo hizo desaparecer mágicamente el enfado de Viridiana y lo volvió a ver como su amor).

–Está bien, mi vida.  Busca con calma.  (La magia también lo alcanzó a él).

Hallado el supuesto camino hacia la ruta 80, enrumbaron veloces, con las luces plenas sobre la vía y con la búsqueda ansiosa en el mapa, mas pronto debió bajar Tomás la velocidad porque el piso era sin pavimento y por necesidad de liberar la mano derecha para hacerle caricias a Viridiana.  Esta suspiraba y descuidaba el mapa.  Muy concentrados en este juego, no se percataron del desvío por donde debían tomar hacia la 80 y siguieron muy de frente por esa carreterita perdida entre las breñas.  Cuando volvieron a la realidad, los asustó el entorno, muy oscuro y solitario.  “¿Dónde estamos?”  Ya el mapa no les servía de nada porque perdieron todo punto de referencia.

–¿Qué vamos a hacer?  No sé cómo reubicarnos, dijo Viridiana con voz temblorosa.

–Lo que se hace cuando uno se pierde: seguir para adelante, evitar quedarse dando vueltas en el mismo sitio.

–Hacia adelante está cada vez más difícil la vía.

–Para mi carrito y para mi pericia de conductor, no hay vía difícil, ya verás, dijo el muy engreído del Tomás.

Ella lo dejó que continuara en la ruta, pues concordaba con nosotros en que el muchacho era muy engreído y lo mejor sería dejar que la realidad lo pusiera en su sitio.  Avanzaron, pues, varios kilómetros, hasta que resolvieron que sería mejor pedir posada en alguna casita.  Muchos kilómetros más adelante no se les había presentado ni la más humilde choza y ya estaban muy fatigados y con hambre.  Tomás vio lo que le pareció una tersa sabana, la enfocó con los faros para comprobarlo y le propuso a su pareja parar allí, comer de lo poco que traían y quizás dormir sobre la hierba.

Ella lo vio por el lado romántico y aceptó irrevocablemente.  Estacionaron el vehículo y rebuscaron en las escasas provisiones, donde por fortuna no faltaban los líquidos; comieron pasabocas y bebieron y se tendieron sobre el prado.  La oscura noche de Luna Nueva, solo tachonada por las lucecitas de los cocuyos, era propicia para conciliar el sueño y la soledad del entorno era también el mejor cómplice para los juegos que Viridiana comenzó a hacerle a Tomás, con pronto aligeramiento de ropas.  La fatiga que vino después de la agitación les produjo un profundo sueño que acogieron estrechamente abrazados.  

Una serpiente que se deslizaba entre los dos cuerpos los despertó aterrorizados un rato después.  Corrieron a refugiarse dentro del vehículo, pero ya el pánico no les dejaba conciliar el sueño.  Les pareció mejor quedarse en el sitio esperando las luces del amanecer, para tratar de orientarse hacia una salida viable.  Estuvieron un rato en silencio hasta que Viridiana, digamos que por buscar tema, le recordó otra supuesta infidelidad a Tomás.

–No solo con Alexa.  ¿Te acuerdas de tus saliditas entre semana el año pasado?  Todavía no me convenzo de que estabas, unas veces tomando aire, otras con un compañero de trabajo en su casa completando informes urgentes…

–¡Dale con eso!  ¿No habíamos aclarado todo?  ¿Qué bicho te picó ahora?  ¡Ah!  ¡La serpiente!  ¡Cómo puede ser!  Ojalá ese veneno no sea letal.

–No me vengas con bobadas.  No desvíes la conversación.  Recuerda que Luciana te vio con una muchacha muy bonita en un bar.  Esas noches, al regresar, no respondías a mis caricias; estabas como exhausto, te habían absorbido todo tu calor.

–¿Quieres que yo también te recuerde unas cosillas?   En esos días te pregunté por tus encuentros vespertinos con un “vendedor” antes de mi hora de salida del trabajo y, además de enredarte en una retahíla incoherente, ‘olvidaste’ seguir molestándome con lo de Luciana y la chica del bar.  Tuve el valor de pedirte que pusiéramos un caso frente al otro y aclaráramos todo, me dijiste que no valía la pena, entre caricias, me llevaste a la cama, me enloqueciste de amor y me pediste jurarnos que cada uno era único para el otro.

–Bueno, ya hay luz del alba, iniciemos exploración, desvió Viri.

Despuntaba un precioso rosicler, contra el que se recortaban las colinas, ya muy cercanas, con siluetas de árboles sobre su cresta.  La vista de Tomás se posó en ese bello cuadro y tuvo efecto la distracción buscada por Viridiana: olvidó la discusión, sobre todo porque, mirando bien, se observaban casitas allá en la distancia, que significarían una oportunidad para averiguar donde estaban y comer algo.

Llegados con dificultad al primero de los ranchos, fueron cálidamente atendidos por una mujer cuarentona, que no sabía indicarles qué camino tomar, pero les ofreció ‘desayunito’ mientras regresaba el esposo de los primeros menesteres agropecuarios del día, quien los podría orientar.  El espumoso y humeante chocolate, acompañado de panochas recién asadas, untadas con mantequilla que chorreaba y cubiertas con casi media libra de quesito fresco, fue una bendición para los hambrientos peregrinos.  La señora los dejó con las manos estiradas cuando le quisieron pagar; “aquí atendemos bien al forastero”.

Crescencio llegó como a las 9, cargado de leche y hortalizas, los saludó muy amablemente y les dio las indicaciones para encontrar la carretera de los ‘carvanes’:

–Sigan trepando por la trocha y ojalá el carrito no se les ranche; cuando lleguen allá a ese alto, van a ver abajo una carretera pavimentada que va hacia el mar, esa es; tienen que bajar con mucho cuidado por esas curvas tan estrechas.  ¿Y ustedes por qué vinieron a dar aquí?  Nadie se mete por estas trochas.

–Misterios que tiene la vida, querido Crescencio.  Muchas gracias por todo.  Nos vamos, a ver si no nos coge la tarde en el camino; ¡queremos mar!

La trocha fue dura, pero el premio que tuvieron al llegar al alto fue fantástico; se divisaba en lontananza la línea azul verdosa del mar, coronada por nubecillas e iluminada por un sol como comprado nuevo para ese día.  La planicie que se tendía a sus pies estaba salpicada de pueblecitos y surcada por la cinta sinuosa de la ansiada ruta de Los Alcaravanes.  Bajar hasta esta tampoco fue fácil; como les dijo el campesino, las curvas estrechas y la pendiente pronunciada le cogían ventaja al ‘perito conductor’; Viri se llevó más de un susto, se quedaba callada para no contrariarlo, pero él le preguntaba por qué le enterraba las uñas en la pierna.

Ya en plena ruta 80, el Tomás volvió a ser “el as del volante”, pero el hambre del medio día de Viridiana lo obligó a abandonar la vía y entrar a un restaurante.  Después de un opíparo almuerzo, les dio por hacer ‘una siestecita’ en unas tentadoras hamacas colgadas entre la sombra de los árboles.  ¡Qué agradable sensación de dolce far niente!  De sus sueños los sacó el canto de los grillos y cigarras cuando estaba oscureciendo.  Tomás arrojaba chispas por los ojos y blasfemias por la boca.  “¡Otro día perdido!”  Viridiana tardó un buen rato en calmarlo.  Comieron algo rápido con un buen refresco y reanudaron la marcha.  Él no recordaba muy bien las señas de las Cabañas Paraíso, así que tardaron hasta las 10 para llegar allí, aunque ella le insistía en que podían quedarse en cualquier otro lugar.

–Todo está ocupado.  No podríamos ofrecerles ni el cuarto de las escobas.

–¿Cómo es posible?  ¡Dos días tratando de llegar y no encontramos albergue!

–¿Y es que vienen desde Alaska o desde la Tierra del Fuego?

–¡No se burle!

–Disculpe.  Pero no demorarán en encontrar sitio.  De aquí en adelante hay muchos lugares…

La dependiente fue interrumpida por voces cercanas:

–¡Hola, Tom y Viri!  Qué bueno encontrarlos por aquí.

–¡No faltaban sino los latosos de Juan y Josefina!

–Por favor, Tomás, que te escuchan.

–¿Qué los trae por aquí?

–Difícil de adivinar.  Lo mismo que a ustedes.  No venimos a misa ni a comprar mercado.

–Deja de ser sarcástico, Tomás.  ¿Cómo están J y J?  Qué coincidencia que escogimos el mismo lugar, pero nosotros no encontramos sitio; vamos a tener que salir a buscar.

–Estamos en las mismas, queridos, también acabamos de llegar y no habíamos hecho reservación.  ¡Vámonos juntos a la búsqueda!  Así será más divertido.

–Claro!  Vamos en caravana, dijo Viridiana.  ¿No, Tomás?

–Así toca.

–Pero hay un pequeño detalle, dijo Josefina.  Nuestro carro venía recalentado y Juan está consiguiendo permiso para dejarlo aquí guardado toda la noche, aprovechando que ustedes nos pueden llevar a buscar hotel y nos podrán traer mañana con un mecánico para revisar el vehículo.  ¿De acuerdo?

–Encantados.  Respondió Viridiana.  Tomás prefirió callar.

Ahora van, tarde de noche, cansados, insistiendo por albergue en los hoteles de la carretera y aguantando la cansona retahíla de Juan y Josefina.  ¿Cuál Paraíso?

Carlos Jaime Noreña

ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com


jueves, 6 de septiembre de 2018

SI PUDIERA HACERLO COMO QUIERO
Relato
I would prefer not to.

Herman Melville, Bartleby el escribiente.


Juan Diego, profesional joven, está muy satisfecho en su nuevo trabajo, donde lleva cuatro semanas.  Está a cargo de la sección de Externalidad, que se relaciona con la atención a los clientes: herramientas de servicio y los espacios en que se les recibe físicamente.  Su jefe, Alexa, bonita mujer, directora de Operaciones, le solicita un informe de realizaciones del mes, como es costumbre en la empresa.  Elabora Juan Diego un informe práctico y conciso, donde se refiere a: una mejora de procedimiento que implantó; cantidades de clientes y de reclamos; consumos de suministros; un breve viaje que le tocó realizar, y concluye con algunas sugerencias.

Alexa lo llama a su oficina y lo hace sentir como un escolar desaplicado por ese informe “tan simple y escueto”; le exige que lo refiera exclusiva y exhaustivamente a los indicadores adoptados en los protocolos de planeación y desarrollo de la compañía (una cantidad inconmensurable e incomprensible…), que son ‘los que sirven de guía para mantenerse bajo las normas ISO y para preparar la próxima certificación’; que eso de las mejoras, viajes y sugerencias no tiene peso frente a las pautas de recertificación.

–¡Ah! Y nada de cuatro paginitas; un informe jugoso, de siquiera veinticinco.

No lo quisiera, pero le toca cancelar una salida que tenía con sus amigos para esa noche y pasársela de claro en claro estudiando los indicadores de la empresa y planeando como va a calcular los que corresponden a su sección. 

Dos meses después, con base en un minucioso estudio del funcionamiento de la zona de atención a clientes, elabora Juan Diego una propuesta para ampliarla y redistribuirla, con inclusión de equipos informáticos, le hace un cuidadoso presupuesto y plan de implementación y la presenta al comité del departamento.  No disimula Alexa una sonrisita irónica cuando le dice, delante de todos, que el proyecto está muy cojo, que le falta mucho, que ese manojo de ocho páginas lo va a devolver la gerencia hasta sin mirarlo.  Le recorre un frío de pies a cabeza y contesta que entonces lo retira (diciéndose para sus adentros que va a renunciar y buscarse otro empleo).

–¡No señor!  Usted lo va a reelaborar hasta que le dé cuerpo y lo podamos presentar para aprobación, le dice, lanzándole una mirada que es más de admiración que de reproche; él no la alcanza a detectar y se retira turbado.

Samanta se entera y lo busca…

–No te dejes asustar de Alexa; ella posa de muy exigente, pero es por pura inseguridad; cuando le replican, cede.  Te recomiendo que vuelvas a ella y le digas, muy seguro de ti, que tu propuesta es fruto del conocimiento de tu sección y está bien sustentada.  Verás cómo cambia.

Juan Diego le agradece con una sonrisa que ilumina su rostro varonil; ella le devuelve otra sonrisa, coqueta, y un guiño malicioso.  Se aleja triunfante porque por fin se ha acercado a este muchacho que tanto le gusta, se ha atrevido a hablarle y ha sentido empatía de su parte.  Él se encamina hacia su jefe, aunque no lo quisiera hacer.

Lo recibe su jefe muy amable, casi cariñosa; él se siente desarmado pero acopia fuerzas para mostrarse tan seguro y contundente como le recomendaron.  Después de la diatriba, ella le dice que le disculpe lo dicho antes, que la propuesta es muy buena y por eso le pidió rehacerla, para, precisamente, convertirla en algo más parecido a un proyecto.

–Mire, mi querido, hay que configurarla con protocolo de proyecto para que sea acogida.  El hábito no hace al monje, pero el monje tiene que vestirse de hábito.  Vaya a la dra. Lucila, la directora de Planeación; ella le da las pautas.

Ahora J. D. sale respirando descansado, está muy agradecido con Samanta y no se le quita la imagen de Alexa de la mente.

El encuentro con la dra. Lucila es decepcionante; queda Juan Diego con esta pesadilla despierto:  Definición, naturaleza, antecedentes, objetivos, propósitos, metas, marco conceptual, resultados esperados, beneficios, población beneficiada, metodología…  Y, lo más grave, las ocho páginas se tienen que multiplicar ¡hasta cuatrocientas!  Porque el proyecto se le debe presentar a la Financiera del Desarrollo y tiene que impresionar por su tamaño.  Él recuerda que le interpeló:

–¿Por qué la Financiera del Desarrollo?  Este es un proyecto de una empresa privada.

–Tenemos buenos nexos en el ministerio.  En la ‘naturaleza’ hay que destacar su carácter social, porque aporta al bienestar de los clientes que se acercan a la empresa, al atenderlos con más comodidad y en menor tiempo y, en ‘población beneficiada’, hay que mostrar la cifra de solicitantes mensuales y destacar que pertenecen a estratos sociales medios y bajos.

Aterrado, regresa al día siguiente a donde la dra. Lucila a decirle que no sabe cómo definir todo eso…

–Vaya a Margarita, ella tiene los modelos; ella le ayuda a elaborar todos esos numerales del proyecto.  No se asuste, verá que va a ser muy fácil.

…Con eso lo despacha.  Él preferiría no hacerlo, pero va.  La Margarita lo recibe recelosa, pero cambia casi inmediatamente de actitud al contemplar esa ‘estampa de hombre’.

–No te preocupes, le hacemos juntos y nos va a quedar muy bueno.

–Bien, dime entonces qué puede ser la tal definición, si el título ya define el proyecto.  

–¿Cómo se te ocurre?  El título no es sino un título; a quien quiera que vaya a leer el proyecto hay que definirle claramente de qué se trata.  Mira, ¿qué te parece ‘El proyecto actual propende por la ampliación, redistribución y modernización informática de las salas de recepcionamiento de usuarios de la compañía Producciones Siglo 21 en su acostumbrado lugar de concurrencia y con mejor feeling’?  Da en el blanco, ¿no?

–¡No!  Empecemos con que la palabra ‘recepcionamiento’ no es castiza y feeling es un vocablo inglés.

–Son términos técnicos, te vas a ir acostumbrando.

Salió corriendo… No aguantaba más…

Cuando se le asentaron todos los pelitos erizados y volvió Juan Diego a donde Margarita, tuvo nuevos tragos amargos con la naturaleza, objetivos, propósitos, razón de ser… Cada uno se repetía en los otros, pero para cada cual ella esgrimía una justificación, apoyada en extraños sofismas.

–Es que los objetivos son más precisos, en cambio los propósitos dejan traslucir lo intencional; mira: ‘Objetivo: redistribución y modernización informática de las salas de recepcionamiento de usuarios de la compañía Producciones Siglo 21 sin traslado del lugar de concurrencia y con mejoramiento de la percepción del usuario’ - ‘Propósito: causar a los usuarios de la compañía Producciones Siglo 21 una mejor identificación con la misma al ofrecerles unas salas de recepcionamiento redistribuidas, modernizadas e informatizadas’.  ¿Ves la diferencia?
  
–¡Horror de los horrores!  No solo son idénticos, sino también iguales a la definición; es más, veo que también coinciden con la naturaleza sugerida por la dra. Lucila y, por supuesto, con el título.  ¿En eso se la pasan ustedes, en la repetición de la repetidera, con eso justifican su salario?

–No seas malito, Juan Diego; otra ya te habría lanzado un zapato a la cara, pero a un papacito tan lindo no se le puede hacer eso.

Más disgusto le dio el piropo y salió hacia su oficina tan turbado que no pudo trabajar más en todo el día.

Comentándolo con sus amigos, al son de las cervezas nocturnas, estos disfrutaban más de los lances femeninos que de los galimatías laborales.  “Déjate llevar”, le decían.  Se iba a la cama con el dilema de capitular o hacerse notar; no le veía valor alguno a las propuestas de Margarita, mas no encontraba una vía para imponerse.  En sus sueños defendía su proyecto ante un comité de evaluación, compuesto íntegramente por mujeres, que le hacían más preguntas sobre sus gustos, sobre su ropa interior, sobre su experiencia sexual, que sobre el proyecto.  Despertaba excitado y sudoroso y le costaba reanudar el sueño.

En fin, regresó a primera hora a donde Alexa a pedir auxilio y ¡qué recibimiento!  Más amable aun que la última vez, le dijo que le iba a pedir a Margarita escribir toda la literatura del caso, para que él solo se encargara de los pasajes puramente técnicos.

–Verás el ‘lujo’ de proyecto que vamos a presentar.  Con la calidad de tu propuesta y los adornos que le sabe poner esa chica, van a quedar convencidos en la financiera y nos lo van a aprobar sin ningún reparo.

…y empezó a indagarle por su equipo de fútbol favorito (“¡huy! Vas a tener que hilar delgado con el gerente, que es hincha del otro equipo de la ciudad”), por su familia y poco a poco fue entrando al campo de la música, el cine y otras aficiones.  Terminaron conversando animadamente toda la mañana, aplazando ella todos los compromisos de la agenda. 

Las revisiones y pruebas, lápiz rojo en mano, de lo elaborado por Margarita más algunos detalles que aportaron de otras secciones fueron motivo de varias interesantes charlas con Alexa, que despertaron celos de aquella (y de Samanta) e intriga entre todas las secretarias y auxiliares.  En Juan Diego también se despertaron algunas cosillas, como el entusiasmo por verla, el interés por saber más de su vida, el angustioso deseo de conocer si estaba enamorada, comprometida con alguien; pero poco después se ahuyentaron sus dudas cuando ella comenzó a aceptarle invitaciones a salir, primero a “cafecito”, después a comer, a espectáculos, a bailar, y se dieron los primeros besos y vino la fascinación y el enamoramiento y la identificación en todo y la exclusividad y la locura y la irresponsabilidad compartida…

Los chismes corrieron por toda la empresa; Samanta se enfureció y se puso a planear un desquite.  Al día siguiente echó a rodar el rumor de que Juan Diego había dormido con ella; le puso nombre al sitio de encuentro y dio algunos detalles que hacían muy creíble el cuento; Margarita, también defraudada, le llevó la especie a la propia jefe Alexa y salió con ese gozo que produce el causar mal a quien nos ha dado un motivo; todas empezaron a comentar el caso y a elaborar las más diversas conjeturas sobre el desenlace, que siempre era desfavorable al muchacho, desde un agrio desplante de Alexa hasta una expulsión de la empresa.

Entre tanto, llegó la noticia de la aprobación del proyecto, con la asignación del total del monto solicitado, y fue un motivo más de celebración íntima por Alexa y Juan Diego.  Al brindis llegó él con la noticia de un nuevo proyecto que estaba planeando.

–Genial, Juandi, pero lo podremos discutir en la oficina, no en este momento.

–No…. Yo quiero que sea ya, porque es el proyecto de mi vida.  Te voy a decir el objetivo: ‘consolidar una pareja’; el propósito: ‘alcanzar la felicidad juntos’; los beneficios: ‘enriquecer nuestras vidas’; los resultados esperados: ‘amor por cien años’.  El resto del proyecto lo podemos construir juntos, pero sin Lucila ni Margarita; es exclusivo de nosotros.

–¿Y qué hacemos con Samanta, querido?”

El derrumbe del ‘nuevo proyecto’ de Juan Diego lo dejó muy amargado, pues Alexa se negaba a creer en su inocencia y, aunque no le dio calabazas, sí le planteó las cosas como para seguir sólo con algunos encuentros agradables cuando estuviera en ‘vacaciones’ de aquella.  Esto le producía aun más disgusto, pues él no veía a Alexa como una ‘suplente’.  Pero la oportunidad del desquite de todas las chismosas se le presentó inesperadamente cuando el propio gerente general terció en el asunto; llamó a Juan Diego y Samanta a su oficina y los conminó a decir la verdad; cada uno se afirmaba en lo suyo; entonces les dijo que uno de los dos se tendría que ir de la empresa.

–Samanta, ¿tu, quién piensas que se debe ir?

–Por supuesto que Juan Diego, pues se ha aprovechado de mi.

–Ahora, Juan Diego, ¿tu piensas que debe ser así?

–Preferiría no decir nada.  Me voy.  No tengo manera de probar que ella miente.  

–Asunto resuelto; Samanta, recoge tus cosas y vienes mañana por tu liquidación; personas de tu baja moral no le hacen bien a la empresa.  Juan Diego, tienes toda mi confianza.

Preferiría no relatar cómo se compuso la relación de Juan Diego y Alexa, qué maravillosas cosas hicieron juntos y con qué cola de muchos metros se quedó la Margarita.


Carlos Jaime Noreña
Ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

domingo, 2 de septiembre de 2018

JORGE LUIS, EL MEMORIOSO
Relato


Son muchas las vueltas que da Jorge Luis para encontrar el sitio donde debería verse con Manuela, pero no recuerda en donde fue que se citó con ella.

– ¡Esta memoria!  ¿Cómo es el nombre de ese cafecito?  ¡¿Por qué no lo apunté?!  Porque “Es muy lógico, no se me va a olvidar”…

No es la primera vez que el muchacho se pierde de algo importante o placentero por causa de su volátil memoria.  Cuando era adolescente se le olvidaban las fechas u horas de los partidos que más le interesaban y se los perdía.  Ahora, acabando de conocer a esta linda chica, Manuela, ya olvidó por completo en qué lugar se citaron y se perdió del encuentro.

Las duras lecciones del colegio, apoyadas en aprendizaje de nombres y fechas al pie de la letra, eran su dolor de cabeza; pero aun más problemático era que no lo podían encargar de nada porque lo olvidaba.  No llevaba la casaca para representar a un héroe de la patria, a pesar de haber asegurado que en su casa había una, colgada en un ropero viejo; no conseguía la media libra de permanganato de potasio para el experimento de Química; olvidaba qué día le tocaba el uniforme de Educación Física.  Sus compañeros lo bautizaron ‘Funes, el memorioso’.

Cuando tuvo su primera noviecita, salió despedido después de haber olvidado, primero, su cumpleaños; después, la celebración de los primeros seis meses y, por último, ¡su nombre!  Se dispuso, entonces, el muchacho a realizar unos ejercicios de mnemotecnia que estaban de moda y algo progresó porque pasaron meses sin que volviera a olvidar los encargos de la mamá ni las fórmulas químicas y matemáticas.

En la universidad, comenzaron de nuevo los traspiés; ya sin una rutina fija en el día, como la del colegio, donde los timbrazos anunciaban el cambio de clase y el plan de cursos era prácticamente ejecutado por los profesores; empezó a equivocarse del aula, la hora y hasta del día de sus cursos; no recordaba cuando le tocaba una prueba y hubiera perdido todas las asignaturas del semestre de no ser por la encantadora compañera con la se trenzó en amistad (por llamarla solo así), con quien hacía los trabajos, iba a cine y a fiestecitas y preparaba los exámenes y hasta las trampitas. 

Un día vio en la librería una obra que recordó haber leído en edición resumida en su adolescencia y la compró para releerla completa.  ¡Cuál no fue su desazón al ir encontrando en su lectura que no recordaba nada de los personajes, nada sobre las situaciones, sobre el argumento general ni sobre el desenlace!  “¿He perdido el tiempo leyendo durante tantos años?”  Hizo el ejercicio de evocar libros leídos y tratar de recordar sobre ellos, pero a lo sumo recuperaba algunos rasgos de la esencia de la obra, sin detalles por completo.  Se trazó el plan de releer algunos de los libros con un máximo de atención, pero también buscar alguna terapia para la memoria.

Un concurso de declamación que lanzaron por esos días le pareció una excelente oportunidad para ejercitar esa facultad y adquirir buenas rutinas de recordación.  Consultó los requisitos, se inscribió y, en los primeros ejercicios, memorizó poemas de métrica precisa y rima muy consonante de un autor que le gustaba desde joven, por recomendación de uno de los asesores.  Pasó la primera selección y ahora se mudó a otro autor con formato más libre, con el que tuvo serias dificultades al no contar con la guía de la rima.  Su amiga querida le dio mucho apoyo y en su familia también se le pusieron al pie.

Se llegó el día de la semifinal; Jorge Luis, muy nervioso, pero bien acompañado, hizo lo que le tocaba y se llevó la gran dicha de salir seleccionado para la final.  Un gran beso se ganó y una exigencia de redoblar la intensidad de los preparativos, para salir victorioso de la ronda final.  Se dedicó muchos días a estudiar a fondo nuevos poemas del autor predilecto, más intensos, quizá por ello más difíciles, pero no quería ser inferior al reto; después de entenderlos muy bien (si es que se logra llegar a entender la poesía) comenzó la memorización y hasta pidió varios permisos en el trabajo, para dedicarle todo el tiempo necesario.

La presentación en la final fue toda una jornada épica.  Su madre le exigía que se presentara vestido “de pingüino”, como él decía; su padre menospreciaba el evento y le repetía que todo ese esfuerzo lo podía haber dedicado a algo más productivo; sus cinco tías querían invitaciones, pero él disponía de tres que eran para su novia, su mejor amigo y su mamá; las viejas se pusieron a llamar al director del concurso y solo lograron poner en ridículo al pobre Jorge Luis.   En camino al acto, el automóvil falló y debieron esperar a la grúa; la novia estalló en llanto, porque no iban a llegar a tiempo.  En fin, entrando al teatro, la chaqueta de Jorge se atoró en un gancho y salió con una pequeña rasgadura.  Nada de esto lo conmovió y llegó muy seguro a dar su declamación; salió triunfador y le anunciaron la entrega del premio para el día 30, con presencia del gobernador y el ministro de cultura.

Jorge Luis llegó dichoso a su trabajo, contando que el último día del mes le entregarían el premio de declamación 2018, dentro de la clausura de las jornadas culturales metropolitanas.  Dado que tenía algo de trabajo atrasado por los permisos obtenidos, se dedicó por esos días a cumplir el compromiso con su jefe de poner todo al día.  También se puso al día con su amiga del alma, con quien no había vuelto a hacer salidas mientras estuvieron juntos, o a ratos él solo, en las intensas jornadas de memorización.  Casi que se puso al día también consigo mismo y con su familia, pues estuvo cumpliendo con todo, sin olvidar el más mínimo detalle de las rutinas y de los compromisos.  “Y no olviden ustedes que el viernes me van a acompañar a recibir el premio”.

El viernes a primera hora, estando en su oficina, recibió el muchacho una llamada de la Secretaría de Educación y Cultura.

Señorita, no tienen que recordarme que esta noche debo ir a recibir mi premio.

–La premiación fue anoche y usted no se presentó.  Por cortesía, lo llamamos a su teléfono celular y parece que lo tenía descargado.

–¡Qué horror!  ¿No era el último día del mes?

–No, señor.  Era el 30 de agosto, ayer.

–Pido mil disculpas.  Confundo los meses de 30 con los de 31.  ¿A dónde puedo pasar a reclamar el premio?

–No señor.  Ayer mismo  se le concedió el galardón a quien había quedado en segundo lugar y hoy salió la resolución anulando el premio suyo.

–Pero, señorita, un olvido lo tiene cualquiera.

–Los olvidos son imperdonables en la declamación, señor.  Hasta pronto, que tenga un buen día.

Carlos Jaime Noreña

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martes, 28 de agosto de 2018

PASAPORTE AL EXOPLANETA
Relato

Elaborado para participar en la actividad de agosto 2018 de Literautas


Mientras otea el horizonte nocturno, Alejandro sueña con un viaje espacial para ir a conocer un fascinante planeta que le hace el cortejo a una remotísima estrella.  Sueña que con los avances de los telescopios orbitales se logra identificar un planeta en Trappist-1e que exhibe con orgullo un manto vegetal salpicado de alegres corrientes de agua que van a desembocar en un océano lleno de sirenas, pero no se han podido identificar otras formas de vida y se le ha encomendado la misión de exploración en compañía de la bella astronauta Artemisa, bajo el mando del gruñón capitán Armando.

Por otra parte, los avances de la Astrofísica han hecho posible a los ingenieros la construcción de una nave que se mueve mediante la absorción de antimateria, lo que la sacará de las tres dimensiones básicas y la catapultará a través del espacio sin recorrer en sucesión todos los puntos de una trayectoria convencional hacia el destino.  Así, los cuarenta años luz al sistema Trappist-1e se convierten en un viaje de nueve meses, que llegará a feliz término si la ingeniosa programación del rumbo de la nave, elaborada por un equipo de ingenieros y astrofísicos, efectivamente sirve de hilo de Ariadna en el  laberinto multidimensional que atravesará.

El día del lanzamiento, transmitido por TV a miles de millones de personas, el director de la misión revela que la selección del capitán Armando, entre candidatos intensamente entrenados, obedeció al significado de su nombre, derivado del germánico Hard-mann,hombre fuerte y valeroso’, porque “es necesario hacer énfasis en la valentía de nuestros astronautas y la fuerza de nuestra nación”.  Recordó Alejandro la no casual selección de Neil Armstrong para la conquista de la Luna, porque con arm-strong se quiso mostrar, en la época de la primera guerra fría, el fuerte brazo norteamericano.

Las sensaciones durante el ‘vuelo’ son inéditas:  físicamente, los recorre por todo el cuerpo una especie de cosquilleo muy agradable y los invade una arrobadora emoción, que no alcanzan a distinguir bien si es la propia de la aventura que viven o es algo inducido por el despegue hacia otras dimensiones.  Además, aunque se les había indicado que siempre observarían plena negritud en el exterior de la nave por causa de su ‘secuestro’ dimensional son testigos de un espectáculo de luces extraordinario; parecen viajando a través de brillantes volutas luminosas que cambian continuamente su coloración, disposición, formas; están tan desconcertados como niños que observan por vez primera unos juegos pirotécnicos; Alejandro siente un intenso deseo de unirse a Artemisa, no se reprime, la abraza y ella no lo rechaza, antes bien, se le pega a su cuerpo y así continúan absortos frente al espectáculo, sin percibir que Armando los observa turbado.

“¿Sabes que ya entiendo por qué fui seleccionada frente a tan meritorias candidatas? –le dice ella– por el significado de mi nombre: la diosa helénica de la caza, los animales salvajes, el terreno virgen… Eso es lo que buscaremos en aquel planeta”.  No alcanza Alejandro a preguntarle si a él lo enviaron al remoto astro como una reencarnación del conquistador macedonio, porque el capitán les ordena regresar inmediatamente a sus puestos de trabajo.  Ella sí alcanza a susurrarle al paso “nuestro pasaporte y visa fueron nuestras etimologías”.

De allí en adelante, los encuentros entre Alejandro y Artemisa son furtivos, mas el capitán logra rastrearlos con los instrumentos de a bordo, a pesar de los trucos con que ellos han intentado engañarlos.  Finalmente, se llega el momento en que Armando, presa de los celos (aunque se engaña diciéndose que es por mantener la disciplina del personal) interviene el complejo programa rector de la trayectoria con la intención de provocar unas fuertes sacudidas de la cápsula espacial que atemoricen a la pareja.  Logra su objetivo, mas el artefacto no deja de vibrar, el resplandeciente panorama exterior se pierde, la temperatura interna comienza a bajar y al cabo de unas horas los tres están a punto de congelarse.

Con restos de energías, Artemisa se abraza estrechamente con Alejandro y poco después pierden la consciencia.  El errático viaje de la nave continúa, pero súbitamente despiertan, ignorantes del tiempo que ha pasado; el control automático les informa que se acercan al destino de la misión.  Intrigados, le indagan las causas de lo ocurrido y reciben por respuesta que hubo ‘desajustes’ que fueron algo difíciles de corregir, pero que el modo automático del artefacto logró demostrar el éxito de la inteligencia humana que lo creó.

Carlos Jaime Noreña

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CONFESIONES DE UNOS AMIGOS FIELES Relato Soy la impresora de Luciano.   Ya no puede vivir sin mi, pues las “impresiones” ya no son ...