jueves, 19 de septiembre de 2019


Selecciones de "Light in August"
William Faulkner

En “Light in August” (“Luz de Agosto”, como ha sido traducido, o “Alumbramiento en Agosto”, como sostienen muchos que se debería llamar),  Lena Grove se va en busca de su amado Lucas Burch, de quien va a tener un hijo.  Cuando llega a Jefferson, se relaciona con Byron Bunch y queda inmersa en el mundo de Joe Christmas, hombre que vive una vida muy difícil. 

Voy a presentar algunos pasajes de la obra, sin intención de hacer un resumen o una crítica.  Solo son, así como en otras obras que he tocado en este blog, trozos que me llamaron la atención, por su belleza o por algún significado que muy subjetivamente les atribuyo.



La orfandad de Lena.

Her mother died first.  She said “Take care of paw”.  Lena did so.  Then one day her father said, “You go to Doane’s Mill with McKinley.  You get ready to go, be ready when he comes”.  Then he died.
Su madre murió primero.  Le dijo “cuida a pa”.  Así lo hizo Lena.  Hasta que un día su padre dijo “Te vas para la fábrica de Doane con McKinley.  Alístate para irte; que estés lista cuando él llegue”.  Y se murió.

El triste pueblo a donde la llevó su hermano.

There were perhaps five families there when Lena arrived.  There was a track and a station, and once a day a mixed train fled shrieking through it.  The train could be stopped with a red flag, but by ordinary it appeared out of the devastated hills with apparition like suddenness and wailing like a banshee, athwart and past that little less-than-village like a forgotten bead from a broken string.
Vivían, tal vez, cinco familias allí cuando Lena llegó.  Había una carrilera y una estación y una vez al día las atravesaba un tren mixto aullando.  Con una bandera roja, lo podían detener, pero usualmente salía como de repente de las devastadas colinas, gimiendo como una llorona, cruzando ese menos-que-un-pueblo, como una cuenta perdida de un collar roto.

El pecado de Lena.

It has a window which she learned to open and close again in the dark without making a sound… She had lived there eight years before she opened the window for the first time.  She had not opened it a dozen times hardly before she discovered that she should not have opened it at all.  She said to herself, ‘That’s just my luck’…Two weeks later she climbed again through the window.  It was a little difficult this time.  ‘If it had been this hard to do before, I reckon y would not be doing it now’, she thought.
Era una ventana que ella aprendió a abrir y volver a cerrar al oscuro y sin hacer ruido…
Había vivido ocho años allí antes de abrirla por primera vez.  No la habría abierto ni la docena de veces cuando descubrió que nunca lo debería haber hecho.  Se dijo “Es mi suerte”…
Dos semanas después volvió a trepar por la ventana.  Un poco difícil esta vez.  ‘Si hubiera sido tan difícil antes, creo que no lo estaría haciendo ahora’, pensó.

La huida.

Behind her the four weeks, the evocation of far is a peaceful corridor paved with unflagging and tranquil faith and peopled with kind and nameless faces and voices:  Lucas Burch? I don’t know.  I don’t know of anybody by that name around here…
Tras cuatro semanas, la idea de lejos es un apacible sendero pavimentado con una tranquila e incansable fe y lleno de amables voces anónimas:  ¿Lucas Burch?  No sé.  No conozco a nadie con ese nombre por aquí…

Un tramo en la carreta.

“How far you going?” he says.“I was trying to get up the road a pieceways before dark”, she says.  She rises and takes up the shoes.  She climbs slowly and deliberately into the road, approaching the wagon.  Armstid does not descend to help her.  He merely holds the team still while she climbs heavily over the wheel and sets the shoes beneath the seat.  Then the wagon moves on.  “I thank you”, she says.  “It was right tiring afoot”.
“¿Hasta dónde va?”, pregunta él.
“Quería subir un buen pedazo por el camino antes de oscurecer”, dice ella.  Se levanta y toma los zapatos.  Sube lenta y deliberadamente al camino, acercándose a la carreta.  Armstid no baja a ayudarle.  Se limita a tener a la yunta quieta mientras ella sube con dificultad por sobre la rueda y pone los zapatos bajo el asiento.  Luego la carreta reanuda la marcha.  “Le agradezco”, dice ella.  “Era muy fatigante a pie”.

La confesión a la mujer del cochero.

Después de posar de estar buscando al esposo que la embarazó, termina diciendo la verdad.

“I told you false.  My name is not Burch yet.  It’s Lena Grove”.They look at one another.  Mrs. Armstid voice is neither cold nor warm.  It is not anything at all.  “And so you want to catch up with him so your name will be Burch in time.  Is that it?”Lena is looking down now, as though watching her hands upon her lap.  Her voice is quite, dogged.  Yet it is serene.  “I don’t reckon I need any promise from Lucas.  It just happened unfortunate so, that he had to go away.  His plans just never worked out right for him to come back for me like he aimed to.  I reckon me and him didn’t need to make word promises.  When he found out that night that he would have to go, he–““Found out what night?  The night you told him about that chap?”.
“Yo le mentí.  Mi apellido no es Burch todavía.  Me llamo Lena Grove”.
Se miran entre sí.  La voz de la señora Armstid no es ni fría ni cálida.  No es nada en absoluto.  “Entonces, lo quieres pillar para adquirir el apellido Burch a tiempo.  ¿No es así?”
Ahora Lena baja la mirada, como si observara sus manos sobre el regazo.  Su voz es clara y testaruda, pero serena.  “Creo que no necesito ninguna promesa de Lucas.  Fue que infortunadamente ocurrió que tuvo que escapar.  Y no le salieron bien sus planes de volver por mí, como se lo proponía.  Creo que nosotros dos no teníamos que hacernos promesas.  Cuando se dio cuenta esa noche que se tenía que ir, él–“
“¿Se dio cuenta cuál noche?  ¿La noche que le dijiste de la criatura?”

El apoyo conmovido de la mujer.

…produces a small china effigy of a rooster with a slot in its back.  It jingles with coins as she moves it and upends it and shakes it violently above the top of the dresser, shaking from slot coins in a meagre dribbling.  Armstid in the bed watches her.“What are you fixing to do with your egg money this time of night?”  he says.“I reckon it’s mine to do with what I like”. She stoops into the lamp, her face harsh, bitter.  “God knows it was me sweated over them and nursed them.  You never lifted no hand”.…and drop them with the others into the sack and knot it and reknot it three or for times with savage finality.“You give that to her”, she says.  “And come sunup you hitch up the team and take her away from here.  Take her all the way to Jefferson, if you want”.
…extrae un gallito de porcelana con una ranura en su lomo.  Se oyen tintinear monedas cuando lo mueve, lo voltea, lo sacude violentamente a la altura del ropero y salen unas pocas monedas.
Armstid la observa desde la cama.
¿Qué se le va a ocurrir con los ahorros de los huevos a estas horas de la noche?, le dice.
“Creo que puedo hacer lo que me dé la gana”.  Se agacha hacia la lámpara, con cara dura, amarga.  “Solo Dios sabe lo que he sudado por ellos y los he cuidado.  Usted nunca dio una mano”.
…y las echa con las otras en el saquito y lo anuda y reanuda tres o cuatro veces con impetuoso empeño.
“Dele esto a ella”, dice.  Y, amaneciendo, engancha las mulas y se la lleva lejos de aquí.  Llévela hasta Jefferson, si quiere.

sábado, 14 de septiembre de 2019

JUEGOS Y SUSTOS
Relato


Estos alegres amigotes se reunían todas las noches de viernes o sábado en casa de Juan Esteban.  Objetivo: jugar.  Empezaron con las tradicionales cartas, pero pronto uno de ellos los entusiasmó con alguno de esos juegos de rol que se desarrollan con los curiosos meeples, cartas, dados y algunos otros elementos.  Fueron ganando destreza en tan complejas lides y cuando el juego ya se les hizo rutinario, lo cambiaron por otro muy diferente y quizá más complejo.

Las emociones del juego les arrancaban frecuentes expresiones, carcajadas, pataleos, que se hacían cada vez más fuertes y sonoros.  No tomaban en cuenta lo tarde que se les hacía en la noche y no se preocupaban por reducir el volumen de sus exclamaciones ni el de la música acompañante.  Así se llegó el momento en que un vecino llamó a la puerta, bastante molesto, para solicitarles que dejaran dormir.  Le pidieron mil disculpas, le prometieron comportarse adecuadamente y, en efecto, apagaron la música y, mal que bien, dejaron de hacer ruido.

En la reunión de la semana siguiente, se olvidaron de la prudencia; el vecino volvió a reclamarles, ya visiblemente disgustado; pero no había acabado de retirarse, cuando también la vecina del otro lado llegó a pedir silencio.  Ahora sí que se mostraron avergonzados, prometieron todas la bellezas posibles y continuaron el juego en tono pausado.

Otra semana después, los muchachos, dejándose llevar por las emociones del juego, armaron su alboroto, pero esta vez pareció que a nadie le afectaba.  Cuando dieron las doce y en medio de una jugada muy intrincada, que los tenía en silencio, la mesa empezó a moverse sola; cada uno le dijo a su compañero del lado que se quedara quieto, mas todos negaron el hecho, terminaron mirándose muy perplejos, olvidaron los detalles de la jugada y suspendieron el juego.

–Este piso es de tablas, dijo Juan Camilo; alguien las movió desde el sótano, para asustarnos.
–Bajemos a revisar, dijo Juan Esteban, el anfitrión.

Armados de linternas y hombro a hombro para ahuyentar el miedo, revisaron todo el sótano y no hallaron nada extraño.  Decidieron terminar el juego, de todos modos, y salieron intrigados para sus casas.

El viernes siguiente, después de una minuciosa revisión abajo, arrancaron con el juego y las bebidas y un poco después las dos chicas del grupo pidieron baile, animadas por la música que Juan Esteban había puesto.  No se hicieron rogar y se prendió un agitado baile.  Cuando estaban en lo más movido, se les pasó un gato negro por entre las piernas.

Las damas mostraron susto, pero los caballeros las calmaron diciendo que por cualquier ventana abierta se podía meter un gato callejero.  Se calmaron fácil, pero enseguida se apagaron todas las luces y apareció de nuevo el felino, despidiendo destellos por las fauces y por los ojos.  Después del revuelo, con las chicas dando alaridos y los hombres tragándose su miedo, regresó la energía y todos se miraron en silencio. 

–Es otra broma, sentenció Juan Camilo.  Es el mismo truco de “El Perro de los Baskerville” de Sir Arthur Conan Doyle: El animal, negro también, fue embadurnado con material fosforescente y soltado por la noche en aquellos parajes solitarios y oscuros donde se desarrolla la novela.

Nadie le prestó atención y decidieron dar la fiesta por concluida.

El día siguiente, acudió Juan Esteban a la estación de Policía a poner querella contra sus vecinos de ambos lados.  Después de miradas burlonas e interrogatorio igualmente ridiculizante, le prometieron visitar a los vecinos y pedir explicaciones.

No se supo si la Policía visitó a los vecinos, pero las reuniones continuaron.  Un sábado, en medio de lo más emocionante de un juego que incluía misteriosos asesinatos, se escucharon unos gemidos.  Juan Camilo hizo mala cara, pero a todos los demás, incluidos los hombres, se les erizaron los pelos.  Nadie se atrevió a moverse hacia el lugar desde donde parecían llegar los gemidos; estos pararon y ellos se quedaron largo rato, fijos en su sitio, aguzando los oídos y sin atreverse a pronuncias una palabra.

Cuando Juan Camilo se atrevió a abrir la boca, para descalificar el hecho, se reanudaron los gemidos, más lastimeros y en un lugar diferente.  La estampida fue inmediata; todos juraron no regresar nunca.  A uno de ellos se le quedó la chaqueta, a otra el bolso, a otra el chal y el celular.  Juan Camilo permaneció acompañando a su amigo y le aseguró que se trataba de grabaciones.

–Pero, ¿quién iba a entrar a mi casa a reproducirlas desde sitios diferentes?
–No tenía que entrar; las emitió a través de ventanas abiertas.  Tú las mantienes así para refrescar el apartamento y por ahí mismo entró el gato la otra noche e ingresó también el gracioso que nos movió la mesa.
–Puede que tal vez quién sabe.  Me vas a ayudar a convencerlos a todos para que vuelvan a la próxima sesión.

Por más que intentaron los Juanes reagrupar a los amigos de juego, nadie quiso volver; el programa se tuvo que trasladar para la vivienda de otro camarada y el silencio reinó para los atormentados vecinos.

Una noche que salía Juan Esteban para el nuevo sitio de encuentro, estaba su vecino frotándose las manos y diciéndose

–Por fin lo logré.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

RELATOS DE THOMAS MANN (Continuación)


Continúo la selección de pasajes, iniciada hace dos años, tomados de relatos de Mann.


DER KLEINE HERR FRIEDMANN.

El pequeño señor Friedmann.


Ist nicht das Leben an sich etwas Gutes, gleichviel, ob es sich nun so für uns gestaltet, dass man es “glücklich” nennt?
¿No es, de por sí, buena la vida, no importando si se nos presenta como algo que se pueda denominar “feliz”?


Das wären nun dreissig Jahre.  Nun kommen vielleicht noch zehn oder auch noch zwanzig, Gott weiss es.  Sie werden still und geräuschlos daherkommen und vorüberziehen wie die verflossenen, und ich erwarte sie mit Seelenfrieden.
Ya serán treinta años.  Y vendrán tal vez diez o veinte más, sabrá Dios.  Vendrán y se irán serenos y sin aspavientos como los pasados y los espero con paz de espíritu.


Er dachte an jenen Nachmittag seines dreißigsten Geburtstages, als er, glücklich im Besitze des Friedens, ohne Furcht und Hoffnung über den Rest seines Lebens hinzublicken geglaubt hatte.  Kein Licht und keinen Schatten hatte er da gesehen, sondern in mildem Dämmerschein hatte alles vor ihm gelegen, bis es dort hinten, unmerklich fast, im Dunkel verschwamm, und mit einem ruhigen und überlegenen Lächeln hatte er den Jahren entgegen gesehen, die noch zu kommen hatten – wie lange war das her?
Recordaba aquella tarde de su trigésimo cumpleaños, cuando, feliz de poseer la paz, creía haber mirado hacia el resto de su vida sin temores ni expectativas.  No había avistado luces ni sombras, sino visto todo ante sí en la penumbra, hasta que todo, casi imperceptiblemente, se deshizo en las tinieblas y entonces, con una sonrisa apagada había mirado a los años por venir – ¿cuánto hacía de eso?


DER TOD.

La muerte.

Ich will nicht, dass Alltäglichkeit und Langweile an meine letzten Tagen rühren.  Ich ängstige mich davor, dass der Tod etwas Bürgerliches und Gewöhnliches an sich haben könnte.   Es soll um mich her fremdartig und seltsam sein an jenem grossen, ernsten, rätselhaften Tage…
No quiero mis últimos días habitados por la rutina y el tedio.  Me angustia que la muerte pueda tener algo de ordinario y burgués.  Conmigo, tendrá que presentarse como algo extraño y curioso ese día grandioso, serio, enigmático…


DER WILLE ZUM GLÜCK.

Deseos de dicha.

Sie war von eleganter Gestalt, aber für ihr Alter reifen Formen und machte mit ihren sehr weichen und fast trägen Bewegungen kaum den Eindruck eines so jungen Mädchens.  Ihr Haar, das sie über die Schläfen und in zwei Locken in die Stirn frisiert trug, war glänzend schwartz und bildete einen wirksamen Kontrast zu der matten Weisse ihres Teints.  Das Gesicht liess zwar mit seinen vollen und feuchten Lippen, der fleischigen Nase und den mandelförmigen, schwarzen Augen, über denen sich dunkle und weiche Brauen wölbten, nicht den geringsten Zweifel aufkommen über ihre wenigstens zum Teil semitische Abstammung, war aber von ganz ungewöhnlicher Schönheit.
Ella tenía una figura elegante, pero formas ya maduras para su edad y, con sus suaves y casi indolentes movimientos, apenas daba la impresión de ser una mujer tan joven.  Su cabello, que llevaba por encima de las sienes y cortado en dos bucles sobre la frente, era negro brillante y hacía un nítido contraste con el blanco mate de su tez. Su rostro, con sus llenos y húmedos labios,  su carnosa nariz y los almendrados ojos negros, sobre los que se dibujaban unas oscuras y mullidas cejas, no dejaba la menor duda sobre su origen al menos parcialmente semítico, pero era de una belleza poco común.

Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.
Se aceptan observaciones y discusiones.

sábado, 7 de septiembre de 2019

El favorito de las hadas
Relato

Fue el primer hijo después de cinco años de matrimonio.  Era un bebé muy lindo y todos los parientes y conocidos bromeaban diciendo que el niño lo habían traído las hadas, como en una vieja leyenda irlandesa.  Creció muy consentido por sus padres, que lo habían ansiado tanto.  Cuando fue a la escuela se enteró, por sus compañeritos, del rumor sobre su origen en las hadas; inicialmente se asustó, pero luego se le ocurrió que podía comprobar su origen haciéndoles pedidos a ellas. 

Les pidió, entonces, los dulces de su predilección, en voz alta, comentándolo con sus padres, como poniéndolos de testigos; estos, fascinados con la ocurrencia del niño, compraron las golosinas y se las pusieron bajo la almohada mientras dormía.  ¡Gran alboroto el que hizo el chico por la mañana!  Mas no sabían los padres en la que se metían; continuó haciendo pedidos, casi cada semana, que eran satisfechos por “las hadas”; pequeños juguetes, helados, revistas…  Hasta que un día se antojó de un costoso equipo de videojuegos de última referencia y los “viejos” tuvieron que parar de satisfacerlo.

En esa ocasión, la pataleta fue grande; los viejos se deshicieron en explicaciones, inventadas, sobre un posible error en la entrega del aparato, sobre un límite de tolerancia de las hadas a los pedidos de sus protegidos, etc.  Al fin se dio al dolor el muchacho y, aunque reintentó con dos o tres pedidos pequeños más, al fin olvidó el asunto y sus papás se tranquilizaron.

Cualquier día, en la oficina donde trabajaba, hubo una rifa para recaudar fondos para atender una pequeña emergencia en un vecindario pobre.  Quintín, que así se llamaba nuestro protagonista, compró entusiasmado su boleta; poco después, comenzó a comentar a todos que había pedido a sus protectoras hadas el premio, y siguió mostrando tal seguridad en ganárselo, que sus compañeros estaban impresionados; en cierto momento, uno de ellos les propuso a los demás hacer algo para que la suerte favoreciera a Quintín, que era tan excelente compañero y merecía ese estímulo; al cabo de algunas discusiones, convinieron en hacer un truco en el sorteo para que él saliera ganador.

Ese “golpe de suerte” le acabó de despertar la obsesión por las hadas y ahora le dio por implorarles un aumento de sueldo.

–Hace dos años tengo el mismo salario y aquí no se preocupan por actualizármelo; les tienen sin cuidado los méritos que he hecho.
–Ni pienses que te van a mejorar el sueldo, porque consideran que la inflación está muy baja y ciertas prebendas oficiales nos han mejorado los ingresos.
–Pues yo se lo voy a pedir a las hadas y ya verás que tendré éxito.  Ellas no me desamparan; yo soy su niño mimado.
–¡Pobre iluso!  Bueno, al menos tendrás consuelo por un tiempo.

Todos se quedaron estupefactos cuando salió a la luz pública un inesperado decreto presidencial que disponía un aumento general de salarios en todo el país.  Quintín llegó al trabajo bailando de la felicidad y pregonando su entendimiento con las hadas.  Esa actitud despertó toda clase de comentarios, desde los más escépticos hasta los que le pedían su secreto para conseguir los favores de los seres misteriosos.

Cualquier día, en el bus, uno de esos trovadores que se dedican a perturbar la calma de los pasajeros con la disculpa de una supuesta necesidad hogareña, le dedicó un verso a la raída chaqueta de Quintín, quien cambió de colores, avergonzado ante la concurrencia.  Al llegar a casa, se lo comentó a su mujer y de allí en adelante siguió usando muy contadas veces la prenda y rogando, en secreto, a sus hadas, el regalo de una pintosa chaqueta nueva, de la marca de moda.  No estaba lejos el día de su cumpleaños, así que fue corta la espera del regalo de “las hadas”: su esposa le obsequió una bella chaqueta de la marca ansiada y del color favorito, además de la  tradicional torta con velitas, la cena con buen vino y muchos besos.
El día siguiente, impaciente Quintín por estrenarse su chaqueta, y para asegurarse de que no se le mojara, buscó la mejor predicción meteorológica: la observación del cielo desde las ventanas de su alto apartamento.  El día estaba sombrío y con muchas nubes; un poco desanimado, comenzó a recitar la fórmula que había inventado para hacer pedidos a las hadas, esta vez para que abriera bien el día y no le lloviera.  Mientras desayunó y se alistó, apareció un sol esplendoroso y huyeron todos los nubarrones; nuevamente las mágicas amigas le concedían sus deseos y el muchacho salió para el trabajo radiante de felicidad. 

El muy marrullero del Quintín profesaba un callado amor por Eliana, compañera trabajo, y había querido robarle un beso que ella siempre esquivaba muy diplomáticamente.  Ni en las fiestas de la oficina, al calor del ambiente; ni en su cumpleaños, con la disculpa de la felicitación, había podido el pobre hombre satisfacer su deseo ferviente y se había tenido que retirar muy triste.  Les tocó, pues, a las hadas el engorroso encargo de disponer que las mejillas y los labios, el corazón y el deseo de Eliana se dispusieran a aceptar, y con buen ánimo, el asedio del muchacho.

La gran dicha se produjo en la celebración navideña de la empresa: en el momento del brindis, al chocar su copa con la de ella, le hizo Eliana un guiño pícaro acompañado de una radiante sonrisa que desequilibraron al hombre; el corazón empezó a darle saltos y no veía el momento de encontrarse a solas con ella.  No fue a solas, sino que en el intercambio general de felicitaciones personales y tibios besos en mejillas, la chica le ofreció los labios en el momento de él acercarse a su cara y le convirtió el tímido beso que Quintín empezó a darle en un atornillamiento de bocas y cruce de lenguas que duró algo más de lo normal y a él le pareció una eternidad vivida en el mismísimo cielo.

Enloquecido después de el maravilloso suceso, Quintín quería que las hadas le acudieran en todo momento: deshacer un nudo de los cordones de los zapatos, hacer hervir rápido un agua para un café, quitarle el mal genio a la esposa, hacer llegar el bus demorado…  Pero las hadas se le rebelaron y no volvieron a concederle lo más mínimo; incluso le invirtieron lo anteriormente otorgado: le llovió sobre la chaqueta, perdió en todas las rifas y apuestas, le congelaron el salario y hasta Eliana, que se estaba mostrando muy cariñosa y le había aceptado invitaciones, lo mandó “a consolarse con su mujer”.

martes, 3 de septiembre de 2019


JAIMITO Y LAS ESTRELLAS


Jaimito quiere alcanzar las estrellas; es su obsesión.  Por las noches, desde su ventana, alza los brazos y estira los dedos tratando de llegar a tocar alguna de ellas.  El fracaso lo frustra y duerme mal, pero al día siguiente vuelve a hacer el intento.  De nada sirve que le expliquen la distancia tan grande que nos separa de los astros; en su insondable mente de niño autista hay algo que le impide comprender este concepto, a pesar de que tiene admirables habilidades para muchos otros temas.

Una noche, lo llevan a donde un conocido que tiene un telescopio y disfruta de una maravillosa sesión de observación astronómica, con profusión de explicaciones.  Al volver a casa, pide prestados los binóculos a su papá y se parapeta en el balcón a enfocar astros en el firmamento y tratar de alcanzarlos con las manos; pasa varias horas en ello, a pesar de que le ruegan que recuerde la explicación del amigo sobre lo imposible de llegar a las estrellas sin usar las naves espaciales y todo lo que estas demorarían para viajar hasta allí.  Es que no viajo hasta allá, las traigo aquí con los binóculos…

En su colegio especial tiene casi enloquecidas a las profesoras explicándoles astronomía, proponiéndoles formas de salvar la distancia hasta el cielo y pidiéndoles ayuda para arriesgados ensayos que se empeña en hacer, ayudado por binóculos y escalera, para alcanzar alguna nube, porque obviamente no “hay” estrellas a la luz del día.  Ellas, por supuesto, no le dan gusto, temerosas de un accidente.

En un paseo familiar a una finca, Jaimito se extravía por la noche; han dado las diez y el niño no aparece; arman brigadas de búsqueda, cada una con un hombre dos mujeres, un perrito y una linterna; recorren toda la finca de cabo a rabo y luego se internan en predios vecinos, lidiando hasta con perros bravos, por el desespero que crece al no aparecer el muchachito.  Él los observa malicioso desde la altura del árbol más alto, a donde se subió en busca de las estrellas.

Van pasando los días y al niño no se le quita la obsesión por los astros.  Tampoco le confiesa a la familia en donde pasó aquella noche, no importa que le insistan, que le prometan premios para que revele su secreto o que lo amenacen, para tratar de sacárselo a la fuerza.  Ahora está haciéndole visitas a un pino muy alto que hay en un parquecito cercano a su casa, quizás el doble de la altura del árbol de aquella noche.  Cada vez lo estudia mejor y perfecciona el plan de escalada que está urdiendo.  Por casualidad, una noche que pasa por allí con su padre, la perspectiva le hace ver, en el tope de la alta planta, un lucero muy brillante; para él, ese lucero está rozando la punta del árbol y así debe de ser todas las noches.

Una tarde, el muchacho ve que unos obreros están trabajando en alguna obra en el marco del parque.  Se aproxima con sigilo y “toma prestada” una escalera; la recuesta al tronco del pino, trepa hasta llegar a las primeras ramas y allí continúa escalando, de una rama a otra más alta, sin descanso, para llegar al tope.  Allí se las ingenia para acomodarse entre dos ramas y se relaja esperando el anochecer y la llegada del lucero a su sitio.  Entre tanto, los trabajadores han retirado la escalera sin percatarse de que alguien la usó para treparse.

Al llegar la noche, el muchacho, que se ha quedado dormido y milagrosamente no se ha caído, no se percata de la salida de Venus esplendoroso y despierta cuando el planeta ha subido lo suficiente para quedar, por casualidad, situado sobre la rama que está encima de su cabeza.  El regocijo es grande cuando descubre que tiene su estrella al alcance de la mano; se yergue y la estira para atrapar el lucero, mas un instante antes de alcanzarlo cruje la rama bajo sus pies.

Quería alcanzar las estrellas allá arriba y las encontró en dirección opuesta.

sábado, 31 de agosto de 2019



Alegres compadres
Relato

En una cuadra de mi barrio había seis muchachos que se reunían con frecuencia, sentados en el andén o en un muro, y conversaban animadamente, cosa extraña en esta época del aislamiento individual causado por los dispositivos electrónicos de comunicación y entretenimiento.  Estos chicos, aunque a veces sí se “unían” alrededor de celulares y tabletas, usualmente se dedicaban a pura charlatanería, se reían, se hacían bromas y lanzaban piropos a las chicas vecinas que pasaban haciéndoles ojitos pero fingiendo no prestarles atención.

Otro sitio usual de tertulia era la tienda de la esquina, donde tomaban algunos refrescos, que en un principio fueron bebidas gaseosas y con el tiempo pasaron a ser cervezas heladas.  Don Jenaro les fiaba cuando estaban “mal de efectivo”, como ellos decían.  Allí veían, en ocasiones, los partidos de fútbol internacionales y los partidos de su equipo local cuando jugaba en otra ciudad.  Cuando el cuadro jugaba de local, no fallaban al estadio todos juntos y, a la salida, hacían fiesta por la calle.

Fiestas también disfrutaban, y muchas, pues no se perdían ninguna de las de los amigos, ni tampoco las de los amigos de los amigos; fiestas de quince años y, en general,  de cumpleaños de cualquier cifra, de matrimonio, de fin de curso y también de fin de semana.  No les faltaban amigas de compañía para estos jolgorios y competían después a cuál había llevado a la más bonita, quién había bailado con la más movida, quién había hecho un “levante”, a quién habían tenido que sacar cargado hasta su casa…

En fines de semana más tranquilos, se juntaban en casa de alguno a jugar; estaban embebidos en esos juegos de mesa que representan batallas, epidemias, viajes por el mundo, búsqueda de tesoros, solución de asesinatos, etc., con tableros multicolores, figuras en tres dimensiones de los personajes, cartas y dados especiales.  Les daba la madrugada absortos en las consabidas fantasías y este era un programa regularmente sano, con poca o ninguna bebida alcohólica.

No todo era gozo; también tenían sus malos momentos, como el día que estaban “recochando” en la esquina y llegaron dos agentes de policía a exigirles sus documentos de identidad y someterlos a una requisa; en esta, uno de ellos exageró cuando palpaba a Ramiro y, cuando se terminó el procedimiento, Sebastián, muy dolido con ello, le insinuó al agente Campuzano, que así se llamaba, irse a buscar a los “mariquitas” en un parque cercano, frecuentado por homosexuales.  El policía, encendido de furia, los amenazó con unas cuantas cosas.

Otro día, un vecino llegó a la tienda muy alterado a reclamarles por el daño de unas plantas de su antejardín; los acusaba a ellos porque eran los que se sentaban en un murito del mismo; por más que le aseguraban haber respetado siempre su jardín, él insistía en que alguien los vio cuando arrancaban hojas del espécimen más costoso, que era muy delicado, lo había trasplantado con sumo cuidado y lo cuidaba mucho; los acusaría en la inspección y le tendrían que pagar una alta cantidad de dinero.

Y en el fin de semana siguiente, a la salida del partido de fútbol, tristes porque el glorioso equipo perdió, dieron rienda suelta a las pasiones pregonando “¡árbitro ladrón!”, “¡comprado por (…el otro equipo)!”, “¡violetas HP (color del otro equipo), se las vamos a cobrar!” …cosa extraña en ellos, que nunca habían sido violentos.  No habían andado una cuadra, cuando los interceptó un grupo de violetas y los tomó a los puños; tuvieron que defenderse y hubo ojos “violetas” de lado y lado; llegó un piquete de policía a poner orden y se llevaron a nuestros queridos amigos, acusados por los hinchas violetas y los vecinos, a rendir cuentas en una inspección.

En la inspección, se encontraba el agente Campuzano y era el único a cargo de vigilar a los detenidos mientras el atareado inspector iba despachando los asuntos, no propiamente con agilidad; Campuzano los miró con una sonrisa socarrona y les buscó la celda más fría y oscura; les retuvo los teléfonos celulares y les deseó “una buena noche, pues el inspector no les alcanzará a resolver su caso; le tocará por la mañana al que tome el turno”.  Sebastián masculló un insulto cuando se retiraba y el agente se devolvió y sacó a Ramiro de la celda “para cobrarle el insulto” en aislamiento.


A las nueve de la mañana, comparecieron ante el inspector de turno, quien había encontrado que había una querella contra Sebastián por la destrucción de unas plantas de antejardín; lo dejó detenido mientras los demás, que quedaron libres, iban a buscarle a sus padres o a un abogado.  De camino al barrio, Ramiro les contó de los acosos que sufrió del agente Campuzano, que se le mostró muy ganoso y le hizo varios intentos, mas como él lo rechazaba le sentenció que lo seguiría persiguiendo.

El primero que emigró del vecindario fue Ramiro, cansado de eludir a su perseguidor, que con frecuencia lo detenía y lo acusaba de las cosas más absurdas; consiguió trabajo en otra ciudad.  Poco después lo siguió Sebastián, aburrido de la inquina del vecino, quien quedó amargado porque con testimonios de señoras de la cuadra se había resuelto a favor del muchacho la acusación; convenció a su madre, con la que vivía, de irse a un barrio del otro extremo de la ciudad. 

La desgracia se encargó de separar del grupo al tercero de ellos; Johnatan corría mucho en su moto y un día aciago fue aplastado por una tractomula.  No tan mal como a los anteriores les fue al cuarto y el quinto; uno se casó con su adorada novia y el otro fue admitido a estudios de maestría, con beca, en el exterior.

Quedó solo Agustín, quien optó por elaborar el duelo de la disolución del grupo visitando asiduamente la tienda de la esquina.  Allí no falta quien le pregunte por el uno y por el otro, y cuando no lo hacen los parroquianos, el tema lo pone don Jenaro, como haciéndose cargo de la obligación de consolar al muchacho.

miércoles, 14 de agosto de 2019


Carlos Jaime Noreña
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Matriochka macabra
Relato

Federico Hildebrando levanta la tapa del ataúd de su amigo Leonardo para expresarle un adiós con su mudo rostro melancólico, esperanzado en que lo percibirá desde el más allá, a través de sus ojos cristalinos.  Le llama la atención una caja marcada “para Fed-Hil”; la toma, cuidando de que nadie lo note, y sale con ella bajo el saco, antes de que se la reclamen.

En casa, abre la caja misteriosa y encuentra un cofrecillo cerrado con llave.  No se atreve a forzarlo, pues se siente como violentando el cadáver de su íntimo amigo.

–¿Ahora cómo lo abro?

Le da muchas vueltas en la cabeza hasta que, como inspirado desde el más allá, le llega el recuerdo de un llavero que su amigo dejó una vez, muy misteriosamente, en una oquedad de la cabaña que frecuentaban en días de holganza.

Se le hace eterna la espera hasta el fin de semana y se va madrugado a la cabaña, encuentra el llavero en el sitio preciso, abre el cofre y adentro solo hay un elemento de memoria electrónica.  No había llevado computador y, aunque tenía previsto pasar allí los dos días, se regresa con una picante intriga por explorar la memoria para encontrar el secreto que le dejó su muy querido amigo.

–¡Cómo ha querido Leo prolongar, hasta más allá de su propia vida, los excitantes ratos en que nos dedicábamos a descifrar misterios!

La dichosa memoria solo contiene algunas imágenes sin importancia y muchos cuentos.  Se lleva Federico la sorpresa de que Leonardo escribía y nunca le hizo partícipe de su producción.  Lee un primer cuento que relata una idílica historia de amor en un bosquecillo solitario; el segundo es el relato de las travesuras de un mago excéntrico…

–No encuentro ninguna clave.  ¿Cuándo voy a terminar de leer doscientos cincuenta cuentos?  ¡Tengo que hallar otra manera de llegar al secreto!

Se  le ocurre que la lista de nombres puede formar un acróstico, mas está en orden alfabético; la ordena por tamaños, cronológicamente… de ninguna manera se forma el acróstico.  De repente recuerda que en todas las revisiones le llamó la atención uno que se llamaba “Matriochka”, como las muñecas rusas.  Es el único con nombre extraño y breve; todos se llaman “Amanecer encantado”, “Confesiones de unos amigos fieles”, “No me recuerdes por mi nombre sino por mi irreverencia”, etc.  Se pone a leer ávidamente Matriochka; al final de la narración, la mujer con quien el protagonista ha pasado una noche de amor, le dice que la volverá a encontrar únicamente si va al sitio indicado en la memoria electrónica.  ¡Una memoria que nunca fue mencionada para nada en esa historia!

Se dedica Hildebrando a examinar todos los documentos grabados en la memoria, buscando una referencia a un tal sitio, sin encontrarla.  Se pone entonces a revisar todas las imágenes y al mucho rato encuentra una foto del dichoso llavero.

–¡Esta tiene que ser!

Razona entonces:  De las tres llaves, una es la ya utilizada, se descarta; hay que investigar las dos restantes.  Empieza verificando con la familia de su amigo; una es la llave de su apartamento, pero la tercera es completamente desconocida.

Regresa, pues, a la cabaña y se pone en la labor de ensayar la llave en todo lo que tenga cerradura:  puertas, ventanas, compartimientos…  El último que abre contiene un papelito que dice “falso fondo”.  No tiene que meditar mucho; se tiene que referir a un falso fondo en el cofrecillo.  Corre a buscarlo, pues, en el cofre y lo halla, muy bien camuflado; lo remueve y se topa con una pequeña cerradura, que abre fácil con la llavecita.

Encuentra una foto marcada por detrás “Aradia”.  Representa a una linda mujer, que Federico no conoce; nunca supo de amistades o amoríos de su amigo con una Aradia, ni reconoce este rostro en ninguna de aquellas con las que algunas veces la hubiera visto.  No le queda más remedio que salir a buscarla en los lugares que Leonardo frecuentaba.  ¡Vaya tarea!

Once meses después, un sábado, ingresando a una sala de cine, se la encuentra después de haber desistido de la infructuosa búsqueda; está sola y la aborda de inmediato; ella lo atiende sonriente, como si se conocieran, le confirma llamarse Aradia y que conoció a Leonardo; se lamenta de su muerte, que ignoraba.  

Miran la película juntos y luego se van a tomar una copa.  Ella le cuenta muchas cosas de Leonardo que él, tan buen amigo, no sabía.  Hablan toda la noche y Aradia se ve feliz de habérselo encontrado.  Intiman tanto que, al momento de despedirse, él intenta darle un beso, que ella rechaza con suavidad, pero a continuación le dice:

–Es muy poco un beso callejero.  Te invito a visitarme el viernes próximo.

Pasa toda la semana ansioso por verla.  Parece que el tiempo se estancara.  Por fin, el sábado, se acicala cuidadosamente, toma las flores y el vino, pero a punto de salir del apartamento, un pequeño tropezón lo hace mirar involuntariamente hacia su calendario de pared.  Es el 24 mayo, fecha de la muerte de su amigo.

–¿Por qué al año preciso de su muerte voy a verme con su amada amiga?  Es como traicionarlo al lado de su féretro.

Súbitamente se llena de pánico.  Se ve regresando al ataúd y se percata de estar desandando todo el camino:  En la caja, un cofrecito; en el cofre, una memoria; en la memoria, un cuento; en el cuento, lo mandan de regreso a la memoria; en la memoria, la fotografía de unas llaves lo envía de vuelta a la cabaña; esta lo remite de regreso al cofre, que lo manda hacia una mujer; esta, necesariamente, va a ser el paso final para retornar… al sarcófago, ¡que ahora sería el suyo propio!

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