lunes, 14 de enero de 2019


ESTE MUNDO Y EL OTRO
Relato


La cirugía de Juan Guillermo no era compleja ni riesgosa; se trataba de un tumor benigno, pero este crecía y podía afectar órganos vecinos.  Su tranquilidad para afrontar la “sentencia” médica no la tenía Rocío, su hermana; ella estaba hecha un mar de nervios; lo acompañó a todos los trámites y exámenes y a la cita definitiva en el quirófano, no sin regalarle algunas retahílas por su frescura respecto a un hecho tan vital, según ella.  “¿Cómo eres tan impasible?  Mira que puede suceder que nos dejes para siempre”.  Un “nos” que significaba “me”.

En instantes perdió la cuenta del soporífero, hizo efecto la anestesia y fue un objeto inerte para el cirujano.  Pero al cabo de unos segundos (¿minutos?  ¿horas?), lo sorprendió un hermoso resplandor, situado al final de un pasadizo brillante que infundía una dulce serenidad y emitía unas suaves armonías; todo invitaba a recorrer el pasadizo en dirección a los destellos.  Se puso, pues, en marcha sobre un piso que resultó ser deliciosamente blando y, a medida que avanzaba, la música se hacía más dulce y penetrante.  “Esto, pensó, es igual a los relatos que publican de personas que supuestamente han estado en el ‘túnel’ hacia el más allá”.

Llegado al origen del resplandor, después de una caminata que le pareció bastante prolongada pero nada agotadora, se vio situado como sobre un podio, desde donde observaba una verde y tersa llanura, atravesada por un caminito serpenteante que partía del podio mismo y se perdía en lontananza.  Juan Guillermo se sintió atraído hacia ese camino, con una fuerte pulsión a recorrerlo; en eso se puso.  La vía se sentía tan suave como el corredor previo; el piso era como de una arenilla blanda; el cielo, resplandeciente y al mismo tiempo salpicado de estrellas, como si fuera de noche; la llanura, de un verde fértil, con profusión de flores multicolores.

Después de un largo rato, el sendero se empinó hacia una colina y ahora el muchacho sí comenzó a sentir algún leve cansancio, similar al de sus caminadas matinales; mas empezó a sonar un canto lejano que le servía de bálsamo.  Al proseguir, el canto se hizo más nítido, distinguió en él las voces de un coro que, muy armónica y afinadamente, entonaba cantatas como las de Bach.  
Embelesado como estaba con esta música, demoró en notar una muchedumbre que, a lo lejos, ascendía por la pendiente del mismo sendero.

Intrigado, llegó a la cima de la colina y vio que hacia abajo se extendía un inmenso teatro al aire libre, ya completamente lleno por la muchedumbre que había llegado un poco antes que él.  Una linda mujer se corrió un poco y le hizo señales para que se sentara a su lado; la acompañó y se extasiaron por largo tiempo escuchando a los impecables coros que allí cantaban.  Al terminar, la multitud caminó en descenso para retomar el sendero, que continuaba más allá del teatro.  Le inquirió a la muchacha para dónde iban todos y ella le dijo que en busca de Dios y su cielo.  “Será que estoy muerto?”  Se preguntó aterrado.

Como atontado, siguió tras la heterogénea masa, al lado de la chica.  Eran hombres y mujeres de todas las edades, todas las razas, todas las expresiones, desde las más dulces hasta las más agrias.

–No todos van a entrar al cielo, le decía a ella y le provocaba sonrisas.

La tomaba de la mano y le provocaba rubores; le decía lisonjas y le provocaba confusión.  En cierto momento, le dijo ella:

–¡Allá va él!  ¡Míralo!  ¡Qué hermoso!

Un viejo de luenga barba y prístina sonrisa, una túnica blanca descuidada, un hacha en una mano y un haz de leña en la otra…

Se horrorizó Juan Guillermo al recordar el Dios viejito y humilde del cuento “La eterna sonrisa” de Lagerkvist y huyó a toda velocidad por un deshecho; no quería afrontar el reto de la vida eterna; no quería enfrentar la desazón que se apoderó de aquellas gentes que buscaron por una eternidad al todopoderoso, mas luego, cuando creyeron encontrarlo, quedaron desconcertados.

Estuvo vagando por las breñas, buscando con ansia las verdes planicies, sin suerte.  Ahora sí sentía agotamiento y, cuando estaba a punto de echarse a descansar, encontró un camino empedrado, que le dio nuevos ánimos.  Andando por este, en un recodo, se encontró con una bella y sensual mujer y el corazón le dio un salto; ella se le acercó suavemente y él sintió su exquisita fragancia; la mujer le habló con una voz musical y Juan Guillermo sintió que perdía el control de sí mismo; se lanzó hacia ella, que lo recibió en sus brazos abiertos; era toda una hembra, vibraba, le comunicaba calor, lo abrazaba con fuerza, lo besaba con pasión; se dejaron desplomar al suelo y se fundieron en uno solo.  Apenas sí el frío de la noche los obligó a cubrirse de nuevo.  En el tibio amanecer, turbado, Juan Guillermo le preguntó su nombre.

–Soy todos los nombres, le respondió ella; escoge el que más te guste y esa, la que porta ese nombre, soy yo.

–¿Quién te ha enviado a mí?

–El gran guía.

–Y ¿él qué quiere de mí?

–Solo que disfrutes.

–Contigo disfruto la vida.  Contigo he tenido el cielo.  Quiero ver a tu guía.

–No podemos ir a buscarlo.  Solo cuando él pase cerca de nosotros, podrás unirte a su cortejo.

–¿Es un predicador?

–¡No!  Él es Virgilio, el guía del infierno.

–¡No puede ser!  ¿Por qué he caído al infierno?

–Al infierno no se cae, allí se entra.  Pero está tranquilo, que no has entrado.  El guía te conducirá a través de él para que lo conozcas y hagas tu elección.

–¡Qué extraño!  ¿Puedo elegir?  ¿No es una condena?

–Nadie te condena.  Tú mismo eliges en cual círculo mereces quedarte.

–¡No!  ¡Yo no quiero círculos!  Deseo toda la geometría de tu cuerpo.

–La tienes a tu alcance.

Así siguieron pasando deliciosos momentos juntos, viviendo de exquisitos frutos que se producían como en un paraíso terrenal, conociéndose íntimamente y discutiendo sobre importantes temas que eran del interés de Juan Guillermo y que la muchacha parecía dominar.

Unos días después, apareció en las cercanías un grupo itinerante, encabezado por un adusto hombre vestido con túnica, quien les hablaba ceremoniosamente.  La mujer sin nombre le dijo que se trataba de Virgilio, quien estaba guiando a este grupo hacia el averno y que ahora sí se le podían unir.

–Vamos, entonces.  ¡Estoy ansioso!

–¿Cómo es que has cambiado tan fácil?  Tenías temor de aquel lugar.

–Yo sé por qué lo hago.  Vamos a seguirlo.  No perdamos tiempo.

Anduvieron por caminos pedregosos tras el poeta, que les hablaba de la virtud, de la felicidad, de lo que el hombre debe buscar más allá de su imperfección, de no dejarse perturbar por las pasiones, para marchar con paso firme hacia la verdad, guiados por la luz de la razón.

Pararon muchas veces en el camino, para reponer energías, para comer frugalmente, para escuchar los armoniosos cantos de los pájaros, para concentrarse mejor en sus discusiones con el maestro.  Este alternaba sus prédicas con bellos poemas de su propia cosecha; ellos le manifestaban su admiración y le pedían que siguiera siendo siempre su guía.

–No olvidéis que en algún momento os vais a quedar en el círculo escogido, les decía.

–Solo queremos estar siempre contigo, replicaban.

El momento esperado se presentó para Juangui cuando llegaron frente a un ancho río, donde el poeta les pidió esperar con paciencia la llegada del barquero.  Todos, muy obedientes, buscaron sitios donde sentarse cómodamente y pronto fueron una sumisa multitud expectante.  El muchacho alzó la voz y dijo claramente:

–Yo solo deseo el encuentro con Beatriz.

–Beatriz está muy lejos aún, respondió Virgilio.

–Tú puedes llevarme a ella.  Yo no quiero penetrar en el infierno.

–No puedo dejar la grey sola para ir a llevarte.

–Ellos te esperarán.  Todos son muy sumisos.

–No puedo alterar mi derrotero.

–Me tienes a mí, le dijo la hermosa mujer sin nombre.

–Yo tengo a Beatriz.  ¡Yo quiero a Beatriz!  ¡Yo quiero a Beatriz!

Retumbaba el reclamo en la unidad de cuidados intensivos a donde había sido llevado Juan Guillermo para intentar recuperarlo del coma de anestesia en que ya llevaba una semana y estaba en ese momento acompañándolo Beatriz, su novia, quien se emocionó al escuchar estas palabras, le tomó la mano y le dio un suave beso que sirvió de resucitación; el muchacho abrió los ojos, la reconoció y “colorín colorado”…
  • Carlos Jaime Noreña
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domingo, 9 de diciembre de 2018

Una Navidad amarga y dulce
Relato


Catorce años tiene Mauricio, cumplidos poco antes de la época navideña, esa temporada en la que hay tantas reuniones alegres con la disculpa de las festividades religiosas y paganas.  En una de estas celebraciones en casa, Mauricio se siente extraño entre los suyos y lo invade una tormentosa nostalgia de niñez.  Escucha a los mayores hablando animadamente al calor de las copas, riendo y cantando.  El muchacho envidia la alegría de ese grupo en el que todos se olvidaron de él; allí no encaja; todavía no toma licor ni maneja los temas que ellos, morbosamente, manosean.  Tampoco siente el menor interés en irse a jugar con los niños en el patio; eso ya no es para él.

No están allí los pocos primos y amigos de su edad.  Los imagina divirtiéndose y los envidia.  Se siente solo y triste.  Se encharcan sus ojos color miel y traga saliva con amargura.  Desesperado, intenta retomar una de sus lecturas, pero no lo asiste el ánimo para enfrascarse de la manera en que suele hacerlo.  Toma el teléfono para llamar a unos amigos y no halla a ninguno; les manda mensajes y nadie le contesta.  Se va al computador, pero este parece hacerle muecas de desprecio; no se le antoja ningún juego, no lo captura video alguno, no se le ocurre una búsqueda interesante.  La depresión lo tiene embotado.

El muchacho se decide entonces a salir a caminar; como si el cuerpo le reclamara ejercicio para producir endorfinas que le levanten el ánimo.  Sale arrastrando los pies, casi con deseos de regresarse inmediatamente.  La tarde está muy fresca, la calle más bien sola; a la triste luz del crepúsculo inviernoso se acentúan sus melancólicas sensaciones.  ¡Quiere volver a ser niño!  Para estar jugando, alegre, despreocupado.  No entiende por qué tiene esta edad en que los niños no lo quieren consigo y lo rechazan los mayores.  Sigue andando y rumiando aflicciones.

Se encienden las luces navideñas que la ciudad y sus comerciantes han repartido en parquecitos, fachadas, pasacalles.  El muchacho se deslumbra, pero no sabe si esto lo pone alegre o más triste; la pugna niño-hombre revive en su corazón.  Se siente casi mareado, mas sigue su caminata e intenta concentrarse en las figuras y mensajes luminosos.  Hay Papás Noel con renos, que le recuerdan las incursiones con sus padres por los centros comerciales; hay niños Jesús con María y José, ovejas, camellos, pastores y reyes, que lo retrotraen a sus navidades de pequeño, esperando con ansia la llegada del Niño Dios con el regalito debajo de la almohada.  Todo ello le produce más nostalgia.

Una chica que pasea un perrito lo distrae; ella le sonríe, él no se atreve a acercársele; lo llama; tiene unos trece años, es casi una niñita, pero con porte de mujer y muy linda; lo sigue mirando y él vacila, es muy tímido; se toma unos momentos, como pensando si se justifica acercarse.  Al fin se decide a acariciar el perro, se inclina a sobarle la cabecita y ella, a su vez, le acaricia a él sus hermosos cabellos ondulados; se levanta inmediatamente, con un sonrojo que compite con las luces navideñas, pero la chica le regala tiernas sonrisas y le ofrece una mano; él se la toma y luego se la aprieta ligeramente y la trae hacia una banca a la vera del sendero.

Ella tiene cabellos castaños oscuros, lacios, que caen hasta los hombros, y ojos verdes muy vivos; dice llamarse Marcela, le pregunta su nombre y, sin parar, también le pregunta por sus estudios, su familia, si tiene mascota, a dónde irá de vacaciones… Conversan animadamente por un rato largo; a Mauricio le llega luz al corazón, ya ve caer la melancolía hecha trizas y saborea la dulzura que irradia Marcela: no siente más frío, no ve que ha oscurecido totalmente, no añora volver a casa, no le hace falta ninguno de sus amigos.

Dialogan sobre cómo se celebrará en sus hogares la noche de Navidad.  Ella le cuenta de la reunión de la gran familia; la cena, las canciones, juegos, sorteos, aguinaldos, manjares…  Al día siguiente se irá con toda la familia a un largo paseo al mar lejano.  Él no sabe a dónde irá; en su casa no han mencionado ningún viaje todavía.  “Qué bueno sería llevarte conmigo”, dice ella.  Mauricio empieza a soñar despierto paseándose con la chica por la playa, recogiendo conchitas para ella, invitándola a un helado, jugando a lanzarse agua…

La chica le propone seguir paseando el perro un ratito.  Se levantan y lo van llevando por un sendero del parque, tomados de la mano.  Esa mano le arde en la suya; es la primera vez que tiene contacto femenino; él siente como que le ha entregado todo su ser y lo invade la dicha.  Ahora sí se ve a sí mismo en Navidad; en esa Navidad de él, que tiene derecho a vivir y que ya no es de niños.

Ven acercarse a un hombre; es el hermano mayor de Marcela, que va camino a casa; la convida y ella acepta irse con él.  Mauricio se queda paralizado.  Después de unos pasos, ella se vuelve a sonreírle, le agita la mano y él se descongela.  Está encantado, quisiera quedarse allí plantado guardando el recuerdo y esperando todo el tiempo necesario hasta que ella vuelva, pero tiene que regresar a casa, ¡qué decepcionante!

Resuelve, más bien, caminar otro poco y se va por el andén, sin pensar siquiera desde dónde se regresará.  Paso entre paso, lo invade nuevamente la tristeza .  “¿La volveré a ver?  Dijo que se iba por varias semanas; cuando vuelva ya no se acordará de mí.  No le pedí su teléfono, no le di el mío.  Va a encontrar a otro muchacho allá en la costa, se va encantar con él y se van a seguir encontrando”.

“¡No! –piensa enseguida– no voy a desistir”.  Se le ocurre que el 19, un día después del regreso de ella, esperará en el parquecito hasta que llegue paseando a su mascota, para hablarle de nuevo, para pedirle más datos, para invitarla a algún refresco y entablar una relación en forma.  Para hacerle olvidar al posible amigo que le ha imaginado.  Ahora el paso es firme, ahora está regresando a casa, con ánimos, viviendo esos momentos del futuro 19 de enero; pero por ratos se le escapan hondos suspiros de desencanto por no tenerla ahora mismo con él.  ¡Qué contraste entre la ilusión y las sensaciones!

Carlos Jaime Noreña
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domingo, 25 de noviembre de 2018

FELINICIDAD
Relato
Presentado al taller Literautas en noviembre de 2018

Aída y Carlos Alberto dormían plácidamente abrazados, cuando unos gritos que parecían venir del sótano los hicieron despertar con sus corazones acelerados.  Lo primero en que pensaron fue en violación y asesinato y temían que hubiera sido dentro de su propia casa; pero en pocos minutos Aída razonó y le contó a su esposo que, cuando estaba pequeña, en el sótano de su casa paterna, la gata de la familia estuvo emitiendo gemidos dolorosos, similares a los humanos, cuando un gato vagabundo llegaba de madrugada a hacerle la consabida compañía amorosa.
Esa noche siguieron durmiendo tranquilos, pero los sobresaltos se repitieron en las madrugadas siguientes; el sueño se les fue perdiendo y horrendas ojeras les adornaron sus bellos rostros.  Antes de terminar la semana, se apareció Carlos con un perro embalsamado, de raza fiera, con grandes colmillos en sus fauces abiertas.  Se veía aterrador.  Lo colocaron en un punto estratégico del sótano, seguros de que ahuyentaría a los felinos.
A eso de las dos o tres de la madrugada, Aída despertó a su pareja:
–El experimento no funcionó, querido.  Ahí están gimiendo las gatas.
–Pongámonos tapones en los oídos y esperemos que mañana sí vean el perro.
Por la mañana, se le ocurrió conseguir unas grabaciones de ladridos y antes de anochecer bajó al sótano a instalar una grabadora y programarla para que “ladrara” de la 1:30 a las 4:30, muy seguro de que ahora sí verían al perro con “vida” esos intrusos.
Se fueron a la cama; él, seguro de su invento; ella, muy ansiosa.  Pero el experimento falló una vez más:  No solo los gatos siguieron haciendo de las suyas, sino que los vecinos se quejaron de que el nuevo perro no los dejaba dormir con sus estridentes ladridos.  Dos días después se volvió a aparecer Carlos Alberto con cuatro potentes reflectores, los que instaló en las cuatro esquinas del sótano, confiado en que la luz espantaría a los gatos.
De nuevo a las tres de la madrugada…  Esta vez Carlos despertó a Aída:
–Este experimento tampoco funcionó, querida.  Casi que tengo ganas de llorar.
–Pongámonos tapones en los oídos y esperemos que mañana se nos ocurra otra solución.
Por la mañana, sin darle tiempo a servir desayuno, Carlos le tenía a Aída el remedio “bendito”:  
–Cocinar coles.  A eso huelen los repelentes de gatos y perros.
–Yo no me pongo en eso; se impregna ese olor en toda la casa; no nos deja dormir.
–No será en la cocina.  Ponemos una estufilla en el sótano, con temperatura y tiempo controlados y protegemos la entrada al sótano para que no se nos filtre el olor.
La primera noche no se escucharon los alaridos, pero sí se sintió un cierto tufillo dentro de la casa, que a Aída no le gustó nada, pero que según Carlos no valía la pena.
Y ¡qué sorpresa a la hora del desayuno!  Les tocó la puerta su vecina, furiosa con el repugnante olor que le hicieron soportar toda la noche; las ventanillas de respiración del sótano le enviaron los vapores directamente hacia las ventanas de su primer piso.  Si se presentaba el aromita nuevamente, los demandaría.
–¡Renuncio!  Dijo Carlos Alberto.  Voy a poner esta casa en venta.
–Paciencia, querido.  Déjame tramar algo.
Ese atardecer, al sentarse a tomar un café, ella le tenía la propuesta: Con los muebles de sala viejos que tenían arrumados en el garaje secundario, organizar una sala en el sótano.  Él rio irónicamente, pero ella le insistió en que los gatos se encantarían arañando la gruesa tela de los forros y olvidarían el motivo que los trajo al sótano.  Carlos le propuso una apuesta y ella la aceptó, ni corta no perezosa.  De una vez se fueron a instalar la lujosa sala de muebles raídos; Carlos Alberto hasta tuvo la ocurrencia de tenderle en el centro un tapete roto, colocarle una mesita vieja y un florero agrietado con unas flores artificiales desteñidas.  “Para que se hagan la visita en una sala formal antes de pasar a la habitación”.

La amenaza de demanda se conjuró, el sueño nocturno no se volvió a interrumpir, los muebles de la “nueva sala” ganaron en hilachas.  Claro que no se sabe si los gatos dejaron de llorar por estar entretenidos con los muebles o si resolvieron que después de las sesiones de arañaduras se iban a gozar de sus encuentros de pareja en unos viejos vagones recién abandonados en un lote vecino.
Carlos Jaime Noreña
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domingo, 14 de octubre de 2018

ASCENSOR TESTIGO
Relato



Unos habitantes del Conjunto Residencial Balcones de Luna Nueva se quejaron en la inspección de policía de una medida que tomó la administración de la unidad prohibiendo a los visitantes hacer uso del ascensor.  Alegaban que el administrador era un viejo caprichoso y arbitrario y que no tenía derecho a hacer tres prohibiciones que ponían a sus parientes y amigos en fatigosos ascensos por escaleras.  Requerido don Gilberto, el emisor del “decreto”, alegó que la medida fue estrictamente necesaria, para poder vigilarlos con las cámaras que hay en los rellanos, porque…

–Los visitantes son los que nos están deteriorando el edificio.  Dejan basuras por todas partes, chorrean desconsideradamente el piso, rayan descaradamente el ascensor, juegan con sus controles y los enloquecen, tienen un comportamiento sexual censurable, roban…

–¿Y cómo lo sabe, si no los ve dentro del ascensor?

–Precisamente, aprovechan que no hay cámara para hacer sus cositas.  Por eso hay que mandarlos por las escalas para vigilarlos con las cámaras que hay allí.

–Bueno, los residentes también pueden hacer todo eso.

–Basuras no dejan ellos, porque tienen basurero en casa; chorreras no hacen, porque no se les permite consumir; tampoco rayan el ascensor, porque cuidan mucho sus bienes comunes; con los controles no tienen problema, porque a todos se les ha instruido muy bien; en cuanto a robos, no se ha visto en cámaras a ningún residente entrando a un apartamento ajeno.  Y vea, sexo no van a tener en ese espacio, porque unos están viejos para eso y los otros pueden llegar directamente a hacerlo en su apartamento.

–Afirmaciones muy discutibles, que solo se podrían confirmar si hubiera una cámara haciendo registro dentro de la cabina del ascensor.

Esta última afirmación le inspiró al administrador la feliz idea de colocar, muy en secreto, una cámara bien camuflada dentro del ascensor.  Se lo dejó saber únicamente a don David, presidente del consejo de administración y lo invitó a revisar con alguna frecuencia lo registrado.  Este le aceptó, si lo podían hacer los jueves a las cinco de la tarde, días que él regresaba directo del trabajo a casa, y así lo convinieron.

El primer jueves descubren que el viejo del octavo piso deja basuritas dentro del aparato y se esconde en un lugar estratégico para observar hacia el ascensor a la espera de que la empleada se agache a recoger lo que él arrojó, para deleitarse observándole el trasero, el viejo verde.  No son capaces de reprimir las ganas de contarle a la muchacha; lo hacen sin revelar que hay una cámara en el ascensor y ella se prepara para tomar desquite del viejo.  Poco tiempo después las cámaras muestran cómo el viejo es encendido a escobazos.

El jueves siguiente, el administrador le muestra a don David la señora del noveno  piso esperando que entre al aparato el muchacho veiteañero del apartamento del frente suyo y se mete a acosarlo.  Varias veces pasa lo mismo: él se hace el difícil, pero le gusta el juego y en el “forcejeo” se le derrama la gaseosa que lleva en la mano.  Esos son los regueros que supuestamente dejan los visitantes.  Lo más interesante, dice el administrador, está por venir; avanza la grabación hacia el día siguiente y pillan al muchacho ¡esperando que la señora llegue a esperarlo!

Otros descubrimientos de los jueves:

El chico del tercero y la chica del quinto, coinciden con frecuencia en el ascensor, le ordenan subir hasta el último piso y empiezan su sesión de besos con toqueteos apurados, pues saben que, en el ascenso, el aparato no se detiene a recoger a quienes lo pidieron para bajar.  En el ajetreo, se recuestan contra los controles, los enloquecen, y el elevador se queda un buen rato bloqueado.

Con observaciones sucesivas, se pudo establecer que los misteriosos rayones son marcas que deja el solterón del primer piso para llevar una morbosa cuenta de las veces que la esposa joven del séptimo lo recibe al salir el esposo para el trabajo. – Aquí se presenta una discusión entre administrador y presidente sobre si avisarle al esposo burlado o si ello sería una intromisión en vidas privadas.

Melody, la muchacha despampanante del cuarto piso, quien vive coqueteándole al administrador, hombre casado que nunca le hace caso a sus acosos, escribe en el espejo con lápiz labial “Muchachos del edificio:  Cuídense de Gilberto que es un viejo maricón”. – Furioso, el hombre quiere buscarla para cantarle la tabla, pero don David le dice “Esperá, más bien, para que le busqués el lado flaco.  Ella cae tarde o temprano”.  Casualmente, Gilberto la descubre a los pocos días cuando sube con una amiga, besuqueándose en la intimidad de la cabina, muy abrazadas, muy amorositas.  “Conque le gusta de lo uno y de lo otro? Ya verá la muy bandida!”

Enterados de tales habilidades de sus vecinos, don Gilberto y don David decidieron levantar la prohibición y lo comunicaron en una circular, donde, cuidándose de no revelar lo de la cámara, recomendaron no ocuparse en menesteres agitados mientras toman gaseosa para que no chorreen el ascensor; no visitar a las esposas de los vecinos; no hacer encuentros amorosos en el elevador ni bloquearlo para prolongar los dulces momentos; no acusar al administrador del homosexualismo que tiene la propia escritora de los “melodiosos” mensajes en el espejo.

Los vecinos quedaron furiosos con semejante diatriba, todos ellos sin excepción; unos, porque se veían directamente aludidos y otros, porque ingenuamente creían que se trataba de una descarada calumnia.  Rápidamente, al comentarse el asunto entre ellos, nació la idea de convocar asamblea para despedir al administrador y cambiar al presidente, por indebida intromisión en vidas privadas e injuriosas afirmaciones sin fundamento; todo alentado principalmente por la ofendida Melody y la asustada esposa infiel.  

La víspera del día señalado, el ingeniero del último piso, observando el vuelo de un insecto atrapado en el ascensor, detectó arriba, en una esquina, un pequeño objeto circular que no demoró en identificar como el lente de una cámara y llegó al día siguiente a la asamblea a informar a sus vecinos que los habían estado grabando dentro del  cubículo.  Los dos pobres acusados fueron apabullados en la reunión, quedaron ipso facto cesantes de sus funciones y fueron  inmediatamente remplazados.

Carlos Jaime Noreña
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sábado, 6 de octubre de 2018

ENTRE GIRASOLES
Relato


El barrio La Mónica, de clase media, limita con la comuna occidental, donde con frecuencia se dan intensos combates entre las bandas que disputan su control territorial.  Cierto sábado, les toca en el barrio pasar el día encerrados en sus casas por temor a las balas perdidas  de los irregulares que ocasionalmente bajan hasta allí persiguiéndose a los disparos.  Hastiado, Fernando llama a Natalia a proponerle escaparse el domingo temprano en la moto, el día entero, lejos de la ciudad, para tener un respiro de esa guerra.

Fernando y Natalia, jóvenes universitarios, alegres y llenos de ilusiones, están enamorados hace varios meses, pero el padre de ella lo rechaza insistentemente y les interpone todos los obstáculos posibles.  Ella lo ha confrontado para saber la razón de su oposición; él, un negociante tradicionalista, muy estricto con sus siete hijos, siempre le ha respondido, como único argumento, que no le gusta ese muchacho, y ya; que ella merece uno mejor.

Ella le acepta de inmediato a Fernando y no avisa en casa. Se van por la carretera hacia oriente, parando aquí y allí y disfrutando del fresco paisaje de la tierra fría.  En cierto momento, se les antoja entrarse por las vías de penetración, rodeadas de amplios cultivos de girasoles y se extasían contemplando aquel mar amarillo; resuelven dejar la moto y caminar por entre las flores; mientras van cogidos de la mano, el le cuenta de la guerra de precios, originada en que dos años atrás los girasoles fueron muy bien cotizados en EEUU, todos los floricultores se dieron a sembrar esta planta y ahora hay sobreproducción.

Enterado de la fuga cuando salía para misa con la mujer, el “suegro” manda a Migdonio, su ayudante de confianza, a buscarlos, también en moto.  “Tienen que estar por el oriente.  Allá es donde le gusta ir a Fernando”.  Sale pues el emisario a toda velocidad y va guiándose por el camino con las acertadas preguntas que sabe hacer el muy malicioso a los que atienden los ventorrillos de esos lugares.  Parece todo un buen detective y va bien encaminado.

Está Fernando explicándole a su cariñito muy seriamente, con todo detalle, lo del problema comercial de los floricultores, cuando ella se pone a hacerle caricias en el pecho.  El tiene que ceder, ella baja hacia la cintura y sigue mas abajo.

–¿A donde vas?

–Estoy bajando como los precios de las flores, pero si tengo éxito se va a producir un alza.

El muchacho, nervioso, le pide dejar ese ‘jueguito’ para más tarde y la compensa con un beso; se la lleva, de la mano, hacia adelante, le sigue explicando su tema y le propone llegar hasta una casita que se ve a lo lejos sobre una pequeña colina.

Migdonio tiene la corazonada de que los muchachos se escondieron por entre los cultivos, así que toma también una vía de penetración, la sigue por varios kilómetros, mas se le acaba súbitamente, tras una curva, frente a un depósito, y tiene que dar marcha atrás, contrariado; ha perdido tiempo precioso, se le van a escapar.  Sale acelerando a toda máquina, mientras repite unas cuantas “bendiciones”.

Siguen su caminata nuestros enamorados, pero la chica, ansiosa, insiste de nuevo en sus caricias, en el mismo punto donde iba cuando fue interrumpida.  Por fin penetra hasta el lugar deseado y sigue acariciando; el pierde el control y reproduce sobre ella las caricias recibidas, en forma suave pero apasionada.  Cuando se acerca el éxtasis, se recuestan sobre el blando y acogedor piso, se aligeran de lo que les estorba y dejan que vayan pasando los minutos y las convulsiones.

Siguen tendidos un largo rato entre besos amorosos; va cayendo la tarde; el cielo, de un azul que va pasando a oscuro, está salpicado de nubecillas doradas, ocres y encarnadas; Natalia dice que los girasoles están fascinados con su amor porque se han inclinado a contemplarlos; el, sonriente, le responde, acariciándole suavemente los cabellos:

–Eso indica que es tarde; ya tenemos que emprender el regreso.

Se incorpora la chica con pereza (quisiera quedarse allí toda la noche), componiéndose el peinado y el ropaje y le suelta estas palabras: “Ya sé por qué mi papá te hace la guerra”.  Sin responder, se levanta el muchacho con prontitud, componiéndose con descuido y revisando por dónde deben caminar hacia la moto.

Volviendo hacia allá, escuchan el rugir de motores de una potente motocicleta.  “Parece la de Migdonio, apurémonos”.  No alcanza Fernando a arrancar la suya, cuando llega aquel a su encuentro.

–¡Hola!  Qué difícil encontrarlos a ustedes. ¿Qué hacían por aquí?

–No es de tu incumbencia, responde Natalia agriamente y se arregla mechones de pelo que todavía le caían a la cara.

–¿Tenemos que pedirte permiso para salir a dar una vuelta?  Dice Fernando y en ese momento cae en cuenta de que tiene ‘cojos’ los botones de la camisa y los reacomoda  turbado.

–¡Ahhh!  ¿No se han acabado de arreglar?  Creo que llegué en mal momento, pero deben de haberla pasado muy bien.  Después del gusto que venga el susto.  Tu papá te espera, Natalia.

La chica palideció, el muchacho tragó saliva, al emisario se le dibujó una sonrisa socarrona.

–¿Crees que te tenemos miedo, que yo le tengo miedo a don Rodolfo?  Se lo tendrá ella que es la hija, pero que no me la vaya a tocar.

–¿Muy valientico?  Don Rodolfo te da sopa y seco.

–¡Ay, mi amorcito!  Dijo ella, es un asunto entre mi papi y yo.  No intervengas.

–¿Qué tal si no te llevo a tu casa, sino a donde tu tía Verónica?

–¿Llevar?  Yo soy el que se la tengo que llevar a su papá, así me lo encargó.

–Ella no se va a bajar de mi moto.

Otra sonrisa socarrona y una sentencia final:

–Naty, voy a decir a tu papá que no los encontré.  Valió la pena la fuga.  Te envidio, Fernando.  ¡Chao!  ¡Disfruten del resto del día!

Carlos Jaime Noreña
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lunes, 24 de septiembre de 2018

CASO RESUELTO
Relato


La fiscalía fue llamada para reportarle de un hombre asesinado en el piso 13 del edificio Bureau 85, en plena avenida 85, centro de actividad financiera y de negocios de la ciudad.  Mientras esperaban, los empleados de las oficinas del piso hacían las más diversas especulaciones sobre lo que pudo pasarle a aquel hombre externo al edificio que venía de visita ocasionalmente.  Fue encontrado en el corredor, junto a la puerta de los baños femeninos, sangrando por la región occipital sin señales de vida.

–Trató de propasarse con alguna y ella le dio un golpe en la cabeza.

–¿Sí?  ¿Quién?  ¿Cuál de ustedes, chicas, fue la ofendida?

–La que hubiere sido, no lo va a reconocer tan fácilmente, porque la procesarían por asesinato.

–Pero la delataría el nerviosismo y yo no veo a ninguna de ustedes ‘salida de la ropa’.  No veo respiraciones agitadas, palidez, ojos llorosos, temblores…

–Bueno don detective, ¿por qué no espera a que llegue el verdadero o nos cambia la hipótesis?

–Mi hipótesis es que lo hizo alguien de afuera, o de otro piso, y huyó rápidamente.

–La mía es que el asesino está entre nosotros.

–Esto parece un juego de roles.  ¿Quién hace de asesino, quién de investigador, quiénes de testigos?

Los llamados de los jefes a retomar el trabajo disolvieron la macabra tertulia; un auxiliar de oficina fue encargado de no abandonar el cuerpo hasta la llegada de la policía y a una empleada del aseo le ordenaron limpiar con cuidado el piso alrededor de la cabeza, sin mover esta ni el resto del cuerpo.  Al cabo de un rato, al llegar los agentes, se formó nuevamente el corrillo, pero estos pidieron silencio y retirarse varios pasos atrás.  Después de verificar posición, tomar medidas y hacer fotos, comenzaron las preguntas de parte del detective Régulo Forero…

“¿Cómo se llamaba…”  “trabajaba aquí…”  “quién lo conocía…”  “a qué vino aquí?”

Claudio Posada informó que se llamaba Jimmy Albarracín, vendedor, que venía ocasionalmente a ofrecerle seguros y planes de viaje; que a eso vino por la tarde y aparentemente también a cobrar dinero a un cliente.

–¿Quién lo encontró en el piso?  ¿Se sabe quién lo atacó?

Hubo un breve silencio hasta que alguien dijo que Rebeca fue la que lo encontró y lanzó un grito llena de pánico.  Rebeca relató que salió para el baño y al llegar a la puerta encontró ese “muñeco” ahí tendido y sangrante bloqueando la entrada y gritó tan angustiosamente que todos acudieron asustados e intrigados.

–¿No arrastró usted el cadáver?

–No lo toqué siquiera, ¡qué horror!

–Este cuerpo fue arrastrado desde otro lugar y limpiaron muy bien la sangre.

Ante esta afirmación, Melisa se desmayó; un compañero logró asirla en el aire y la llevaron a un sofá a airearla y hacerle aspirar un poco de alcohol, hasta que volvió en sí.

Un jefe dijo que él había ordenado a una aseadora limpiar la sangre alrededor sin mover el cadáver.  El detective adujo que todo parecía indicar que habían limpiado desde los baños de hombres, antes del descubrimiento por parte de Rebeca.

–¿Quién tiene algo que agregar?

Completo silencio.

–Todos le dan, por favor, sus nombres y datos personales a mi asistente.  Los podremos buscar en cualquier momento.  Entre tanto voy a solicitar ayuda técnica, para aclarar lo del arrastre del cuerpo.  Absténganse de barrer o trapear los baños y el corredor, hasta que hagamos la prueba fluoroscópica.

Al día siguiente, a primera hora, llegó el detective a donde el jefe de oficina y le pidió convocarle a Hortensia, la señora del aseo, en un lugar privado, para entrevistarla.  Al preguntarle si ella había encontrado el cuerpo en otro lugar y lo había arrastrado al corredor, ella respondió, con serenidad que vio el muerto por primera vez cuando acudió al grito de Rebeca.  Pidió, entonces, hablar con Claudio, mas el jefe le informó que este se debía de encontrar en la sucursal del sur, pues tenía encomendada una tarea a primera hora allí y le prometió hacerlo llamar de inmediato.  Mientras llegaba Claudio, solicitó a Melisa.

–¿Por qué te desmayaste?  ¿Qué te impactó tanto?

–Soy muy impresionable.  Usted recordará que yo estaba detrás de todos, porque no quería ver el cuerpo; solo que la curiosidad no me dejó quedar en mi escritorio y quise, al menos, escuchar lo que se decía.

– ¿Quién nos podrá contar sobre otra escena tuya de “impresiones”?

Tal vez mi jefe.  Una vez me le estaba desmayando cuando nos relataba, muy gráficamente, de un accidente suyo con heridos graves.

–Veo que tu puesto de trabajo está junto a la salida al corredor.  Quizá recuerdes quién salió tras el señor Albarracín ayer.

–Salió Claudio.  Ellos estaban discutiendo; el señor Jimmy se despidió muy disgustado; luego Claudio dijo “voy al baño” y parece que fue tras él, que también iba camino al baño.

–¿Quién más pudo haber salido?

–Nadie más en un rato.

–¿Claudio volvió pronto, como en el tiempo normal de una orinada?

–No… Me parece que demoró más.

–¿Lo viste regresar asustado, nervioso, pálido, extraño?

–Lo vi entrar muy tranquilo, revisando su celular, como si nada.

–¿No fuiste al baño de mujeres?  ¿No viste a la aseadora por allí?

–No, Lida Yaneth ya había terminado turno y salido.

–La señora del aseo se llama Hortensia…

–Esa es la otra.  Tenemos dos para todo el piso, pero Lida ya había terminado turno ayer.

Pidió hablar de inmediato con Lida Yaneth; le dijeron que llamó a informar que estaba solicitando una cita médica por atención prioritaria porque amaneció muy enferma.  “Ya sanará, si es que en verdad lo está”.  Pasó luego a verificar con el jefe lo del nerviosismo de Melisa.

Cuando llegó Claudio, el detective le indagó por la otra persona a quien Albarracín supuestamente iba a cobrar una cuenta; este le respondió que creía se trataba de un gordito de Contabilidad que le compraba mucho y le debía bastante.  Le preguntó luego si se encontró con Jimmy en el baño.

–Cuando iba para allá, alcancé a ver que él se dirigía al mismo lugar; quise evitar un nuevo encuentro con él, porque acabábamos de tener una discusión muy caliente, y tomé las escaleras hacia el piso de arriba, para usar un baño diferente.

–¿Quién puede atestiguarnos que usted entró al baño de ese piso?  ¿Encontró usted a alguien allí?

–Déjeme pensar… ¡Claro que sí!  Ya recuerdo que estuve comentando sobre el partido del domingo con Armando, que se encontraba en ese baño.

–¿Concordaron en el análisis o también tuvieron ‘discusión acalorada’?

–Un poco acalorada, pero amigable.  Somos hinchas de los dos equipos de fútbol de la ciudad y, por lo tanto, rivalizamos.

–¿Hablaron un buen rato o solo mientras se aliviaban de su necesidad?

–Seguimos la discusión un ratico en el corredor.

El detective le ordenó a Claudio no retirarse hasta que viniera Armando, a quien mandó a llamar.  Llegado este, comenzó a interrogarlo en privado sobre su conversación de la víspera y encontró que no había contradicciones sobre lo discutido, el lugar y hora del encuentro casual, los lugares de conversación y su duración aproximada.  Enseguida, pidió al jefe de oficina notificarle tan pronto regresara a trabajar Lida Yaneth y se despidió.  Mientras descendía en el ascensor, barajaba sus hipótesis…  Originalmente fueron Melisa por su desmayo, una aseadora por haber limpiado el piso, Claudio porque siguió a Albarracín al baño, pero cada uno tenía buenas coartadas.  Quedaban la Lida, quien tenía que tener muy perfecta coartada, y el pompito de Contabilidad.

Por la tarde, regresó a buscar a este último; averiguó con el jefe de Contabilidad si había un empleado que tenía negocios con Jimmy Albarracín y este lo dirigió inmediatamente al “gordo Montejo”.  Se asustó el muchacho al presentársele Forero como detective, pero pronto se aclaró, con testimonio de todos los compañeros, que ese señor no lo había visitado la víspera, ni anunciado siquiera visita; además, Montejo ya no le debía nada; la información que tenía Claudio era ‘trasnochada’. 

El día siguiente, Forero recibió llamada del jefe de oficina y se fue acucioso a indagar a Lida Yaneth.  La encontró muy nerviosa, trató de calmarla lo mejor que pudo y la invitó a tomarse un agua aromática antes de entrar en materia.

–¡Yo no lo maté!  Lo encontré muerto en el piso del baño pero entré en pánico imaginando que me lo iban a atribuir.  Lo que se me ocurrió fue sacarlo de ese lugar para que no sospecharan de mi porque soy la que entro con frecuencia a asear allí.  ¡Qué tonta!  Como si no aseara también el corredor.

–Y ¿por qué limpió?

–Aterrada viendo ese rastro de sangre corrí a lavar para quitar toda huella de que estuvo en el baño, hacer creer que lo mataron en el corredor y que no fui yo.

–Hacer creer que no fue usted… O sea que sí fue usted.

–¡No!  ¿Cómo se le ocurre?  Ya le dije que lo encontré ya muerto.

–¿Cómo estuvo tan segura de que sí había fallecido?  Podría tener alientos todavía y usted hubiera pedido ayuda para salvarlo.

–Yo me acerqué a su cara y sentí que no respiraba en absoluto.

–Así que, en medio del pánico, tuvo tiempo de reflexionar y buscarle signos vitales.

–¿Signos? ¿Qué es eso?  Busqué respiración.  Pero ahí fue cuando me asusté, cuando verifiqué que no respiraba.

–¿Por qué no le avisó a nadie?

–¿Para que me lo achacaran?  En mi pánico, solo pensé en salir corriendo; ya había terminado turno y estaba arreglada para salir cuando me dio por entrar a ese baño a revisar una última cosita y en ese momento fue cuando lo vi.  Así que lo moví, limpié y salí directo para mi casa, temblorosa.  Hasta tomé un bus equivocado en la avenida y llegué muy tarde.

–¿Por qué faltaste al trabajo el día siguiente?

–Amanecí muriéndome del más intenso dolor de cabeza, con náuseas y mareo; la hija me llevó como pudo a urgencias; me diagnosticaron migraña de origen desconocido, me dejaron reposando en camilla, con suero, y me dieron incapacidad por todo el día.  Se lo atribuyo a la horrible experiencia del lunes.  En manos de la secre de la sección dejé la boleta de incapacidad y el extracto de la historia clínica.

Al llegar a su oficina, el detective era esperado por un funcionario del laboratorio, quien le preguntó si había tomado en cuenta lo del jabón.  Cuando este, intrigado, le pidió aclaración, el hombre le recordó que en el informe de fluoroscopia había una nota al pie que hacía referencia a una sustancia alcalina similar al jabón que venía mezclada con la sangre.  Sin responderle, salió corriendo Forero con el informe en una mano y la chaqueta en la otra, tomó el ascensor, fue releyendo el informe mientras se aproximaba al primer piso y tomó un taxi para llegar a Bureau 85.  Subió apurado y esperó que Lida Yaneth saliera de arreglarse, pues había terminado turno.

–Oye, mujer, sacaste el cadáver del baño y trapeaste con jabón para eliminar las evidencias.

–No, para eliminar la sangre, pero no fue con jabón, sino con Fantasioso, el líquido para limpiar pisos.

–¿Por qué tan empeñada en quitar el rastro de sangre y hacer creer que lo mataron en otro lugar?

–Ya le dije que entré en pánico e hice esa locura.

–¿Y qué puede explicar la presencia de jabón en las muestras?

–¡Ah!  Será tal vez del charquito de jabón que se forma en el piso porque hay una filtración desde el dispensador que no ha sido reparada.

Le pidió acompañarlo al sitio y, efectivamente, ya había un pequeño charco de jabón frente a uno de los lavamanos.  Forero se apoyó en el hombro de Lida y, dejando el pie izquierdo firmemente afianzado en el piso, trató de deslizar el derecho en el jabón y comprobó que sí deslizaba con toda facilidad.

¡Caso resuelto!  Tras unas comprobaciones con los forenses y un análisis de las suelas de los zapatos del occiso, Forero validó la hipótesis que construyó después del descubrimiento del jabón:  Jimmy Albarracín entró a los servicios, no se percató del jabón en el piso, resbaló en él, se fue de espaldas, golpeó muy fuerte el piso con la parte de atrás de la cabeza, sangró un rato y ya había muerto cuando la aseadora lo encontró.


Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
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