jueves, 9 de enero de 2020

EL PRIMO AMARILLO

Relato

Presentado a Literautas en enero de 2020



Peleaba con la cuchara, para demorar lo más posible la ingesta de la sopa de cebolla que me servía la tía María del Carmen todos los lunes.  Ella nunca me la perdonaba, porque coincidía con el tío Nicanor en que el triángulo de la salud lo conforman el ajo, la cebolla y el aguardientico.  Aquel, porque evita el colesterol; esa, por antioxidante y antidiabética y este último, porque reconforta, activa la circulación y destruye los gérmenes y parásitos.  Me decía todos los días que no descansaría hasta quitarme el amarillo (por el color cetrino de mi piel); que la cebolla debería ayudar a ello y también la remolacha, la que me hacía engullir por kilos.

En esas, se me acercó mi prima María Victoria, niña poco agraciada, pero muy viva.
–¿Está muy maluquita la cebolla, primo?
–Horrible, prima.  Tú sabes cómo la odio.
–¿Quieres que te libre de ella?
–Cuanto antes.
–¿Y me das lo que te pida?
–Cualquier cosa, primita.

Se comió la sopa en un santiamén, lo que me provocó náuseas ajenas, y me citó para las seis de la tarde en su pieza.  Cavilé toda la tarde, pues era muy respetuoso de los espacios de la casa en que mis tíos me habían acogido gustosamente para que pudiera realizar mis estudios de bachillerato  –en mi lejano pueblo solo había escuela primaria.  No quería abusar de su confianza ingresando a un lugar tan privado, y más porque ya sospechaba algo, conocedor como era de los atrevimientos de la chica.

Mi tía salía siempre unos minutos antes de las seis para la misa y regresaba aproximadamente a las siete a despachar la comida, después de haber recogido a su esposo en el comercio que tenía en la Calle Real.  Quedamos, pues, solos en casa y me le presenté a mi prima, como convinimos, ya un poco tranquilo, pensando que solo me haría algunas confidencias o me declararía algo que sintiera por mí.  ¡La declaración fue con manos y labios!  No pude escapar de su embate y en pocos minutos estaba siguiéndole la corriente, pues algunas partes de mi organismo me lo exigían.  Poco antes de las siete, tendimos la cama y salimos al balcón a fingir una inocente conversación familiar.

El lunes siguiente, María Victoria me exigió que el encuentro se hiciera en un bosquecito cercano “a donde me lleva mi novio y pasamos delicioso”.  Otros lunes, ensayamos nuevos lugares y formas de hacer la tarea, pero yo todo lo aceptaba con tal de no tragar más cebolla.  Además, me gustaba bastante el ejercicio.  Lo que no me gustaba mucho era el abanico de hombres con los que se veía la muchacha; cada vez me sorprendía con un “así lo hace Fulano” o con un humillativo “Zutano es más niño y lo hace mejor que tú”.

Durante la comida de cierto día, doña María del Carmen nos informó a todos que su hija estaba en embarazo y que no quería decir quién era el padre.  Don Nicanor se ahogó con su bocado y hubieron de socorrerlo; pero no perdió energía para caerle a la chica con una lluvia de recriminaciones y después la conminó con furia a que le informara quién era el “sinvergüenza” que se había aprovechado de su inocencia.  Me costó contener una carcajada; tuve que simular que tosía.

–Si no confiesas, te voy a quitar todos tus privilegios.  –Dijo el padre–.
–De todos modos, al nacer el bebé, sabremos de quién es.  –Dijo la madre–.  Si nace amarillo, es de este mosquita-muerta.  –Me señaló–
–Si es gordiflón –dijo el papá– será de ese noviecito gordana que no me gusta nada.  Y si es morenito, que se tenga fino el negro del almacén.

Llegado el día, ni amarillo, ni negrito, ni gordiflón; el bebé tenía puras facciones indígenas; todos quedaron desorientados; solo yo sabía de los encuentros de mi prima con un indio del pueblo vecino, dizque para hacerse leer el destino y conjurar los malos espíritus.

Sobra decir que respiré aliviado.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Un cuento para la Navidad

CARMENCITA SOLITA

Relato



Doña Carmencita mora sola en su casita, que antes fue nido de amor, cuando vivía su esposo, y que fue cálido hogar, cuando su hijo los acompañaba.  Ahora está viuda y el hijo vive lejos, muy lejos y ya no viene a verla; tampoco le escribe, pero la vieja no ha dejado caer la casa: todavía están bien pintadas las paredes, les saca brillo a las puertas de madera, mantiene muy limpio el piso, deslumbrantes la cocina y los baños y no faltan los adornos y las plantas.

Su soledad se atenúa un poco con las visitas que recibe.  Los niños del barrio vienen con frecuencia a conversarle, a escuchar sus cuentos y a deleitarse con las exquisitas galletas que les reparte, acompañadas de leche o jugo de frutas.  Han aprendido también a hacerle algunas compras y ayudarle con pequeñas tareas de jardín.  Callan sobre el visitante que no falta los jueves: un señor ya maduro que ella hace entrar por la puerta trasera, siempre por la puerta de atrás, y que pasa toda la tarde allí; cuando él está, ellos no se presentan; es un pacto tácito.

¿A qué viene ese señor maduro que casi siempre trae unas flores o un paquetico?  Vaya usted a saber; es el secreto más guardado; ni siquiera los chicos, con la curiosidad propia de su edad, le preguntan por él o se asoman a hurtadillas.  Y el que esto escribe es mil veces más prudente, nunca lo ha sabido ni lo quiere averiguar.

Por las noches, piensa en su hijo, que se fue a buscar mejor vida en Australia, después de la muerte del padre, y le prometió no abandonarla; al principio la llamaba cada semana, después le escribía cada semana y venía a verla cada año, después cada dos años y le escribía cada mes y ahora ni llama, ni escribe ni la visita.  Dejó de mandarle cartas porque él no se las contestaba; los vecinos le sugerían comunicarse por esa mensajería instantánea, pero no sabía el número de su teléfono y se cansó de pedírselo.  Ella no deja de confiar en que al muchacho le va muy bien, no se comunica porque se mantiene muy ocupado y algún día se le aparecerá de sorpresa.

Se iba acercando la Navidad y los niños venían a ayudarle a engalanar la casa, costumbre que nunca perdió.  El árbol, las luces, las guirnaldas… y además los manjares que les preparaba.  Y ellos lo disfrutaban a mares, hacían qué algarabía y ofrecían más ayuda y pedían más de comer y se quedaban hasta la noche y solo se iban cuando los llamaban de sus casas y salían brincando, bailando y cantando.

La víspera de la víspera de Navidad, día viernes por más señas, al anochecer, los niños jugaban afuera y vieron una sombra junto a una de las ventanas de atrás; de momento no le prestaron atención, pero luego se acercaron, encontraron la ventana abierta y escucharon algunos ruidos adentro; vacilaron un momento, pero se decidieron a enviar a Gaspar, el mayor de ellos, a inspeccionar; en un minuto les estaba gritando, entraron todos por la ventana y encontraron a un hombre amarrando a la vieja, que ya estaba amordazada; le cayeron al tipo como hienas a su presa, lo imposibilitaron, lo amarraron con el mismo cordel con que quería atar a la señora y llamaron a la Policía.

La fiesta de Navidad que ofreció Carmencita a los niños y sus padres fue memorable; les elaboró los más deliciosos manjares; les ofreció las bebidas que más le gustaban a cada cual, incluidos el vinito y el ron para los mayores; les obsequió pequeños recordatorios elaborados con sus propias manos y se declaró madrina honoraria de todos los menores.  En los infaltables comentarios, con miles de detalles, sobre lo acaecido, Juanita mencionó que, al comienzo, no se atrevían a intervenir, porque pensaban que se trataba del señor que la visitaba, pero Sebastián los hizo caer en cuenta de que él nunca venía los viernes.  ¡Así se reveló el secreto mejor guardado!




jueves, 19 de diciembre de 2019

ELOGIO DE LA REDONDEZ
Relato



“Apenas un cinco, como por reconocer tu esfuerzo, pero no hay mérito para más; yo no veo ninguna elaboración geométrica que valga la pena en este trabajo.  Preséntalo al profesor de arte…  O al de literatura; eso es pura poesía, pero de la barata”.  Le dijo, arrogante, el profesor a Carolina cuando le devolvió su trabajo sobre el círculo, figura geométrica que le había tocado en suerte.  “¿Por qué no le reclamaste?” Le indagó su novio.  “No le ruego a nadie.  Mis méritos saldrán a flote”.

Las “dos bolitas del ocho” era lo que a la niña de cinco años más le atraía de los números que le enseñaban sus hermanos mayores; ella decía que representaban al Sol y la Luna, astros que le intrigaban, sobre los que no cesaba de formular interrogantes.  No es necesario describir el encanto que sintió cuando conoció ese mágico instrumento llamado compás que sacaba círculos de la nada y la fascinación que sentía en las clases de geometría en la primaria.

Con las órbitas de los astros comenzaba el malogrado trabajo de Carolina.  “Eran circulares para Tolomeo, Copérnico y Galileo, hasta que Kepler descubrió que son elípticas; al fin, de la misma familia”.  Me salto los detalles con que acompañó la chica estas afirmaciones, pero destaco su comentario sobre el parentesco de la circunferencia y la elipse, tema que desarrollaría más adelante.  No puedo pasar por alto su referencia a la esfera, sólido geométrico que resulta de la rotación de la circunferencia y que, para los mencionados astrónomos, era la matriz que contenía al sistema planetario.

Pasaba la muchacha a mostrar cómo el carácter cíclico del tiempo y la repetición de las estaciones provienen de la (aproximada) circularidad de las órbitas.  “Siempre volvemos a empezar cada año con un enero porque la Tierra ha completado su curva cerrada alrededor del Sol y luego volvemos a vivir un febrero, un marzo…  Denominamos las horas de la 0 a la 24 en una inagotable repetición porque la Tierra vuelve a empezar una rotación tras otra.  Las estaciones también vuelven gracias a un balanceo del planeta; balanceo este que también es cíclico, es decir, puede ser proyectado hacia un recorrido repetitivo a lo largo de una circunferencia”.

Los besos y caricias de la chica con su novio Nicolás (a quien llamaba Copérnico), sus peleítas y reconciliaciones, también mostraban un matiz cíclico, que era ajeno a sus conciencias pero siempre estaba ahí presente.  Nicolás, por cierto un tanto apartado de las matemáticas, le hacía la segunda a su queridita, cuando ella se lo pedía, entrando a consultar en la web, trayéndole libros de la biblioteca, ayudándole a trazar gráficos…

Se atrevió Carolina a formular la hipótesis de que los hombres primitivos no “inventaron” la rueda: la adaptaron de sus observaciones de la naturaleza; de la revolución de los astros en el cielo, del giro de los objetos que caían por una pendiente; pero, sobre todo, porque descubrieron que girando se puede avanzar linealmente; lo que no hallaron de la noche a la mañana, sino después de largo tiempo de maravillarse con las estrellas, de embelesarse con los atardeceres, de amarse a la luz de la Luna.

“Los deportes más entretenidos, más gratificantes, son los que se juegan con lo redondo” era otra intrépida afirmación de la muchacha en su tesis.  “El fútbol, basquetbol, voleibol, tenis… se juegan con esferas.  La libertad de movimiento de estos cuerpos, la dinámica de sus ‘efectos’, les introducen variantes inesperadas y emoción desbordada.  Con círculos se practica el ciclismo, el lanzamiento de disco, el frisbee, el hockey sobre hielo y no son menores las emociones.  Hasta circular es la forma de la medalla con la que son condecorados los triunfadores.  Siempre está ahí la redondez dándonos grandes satisfacciones”.

A propósito de una observación que le hizo Nicolás sobre la forma oblonga, nada circular, de los balones para algunos deportes, le respondió Carolina “también algunas partes del cuerpo que idealizamos como esferas son realmente oblongas, u ovoides; no te sientas aludido.  Ellas y los balones que mencionas son unos elipsoides; al fin, el círculo está jugando su papel: para producir un sólido de revolución hay que hacer un giro circular”.

Y aprovechó la chica este tema para pedirle algo al enamorado, cosa nada extraña en ellas:  “Invítame a un cono y te doy una clase muy interesante”.  Llegaron a la heladería y ella pidió dos bolas sobre el cónico barquillo (siempre las dos bolitas del ocho), una de limón y una de cereza.  Al terminar el muchacho su bola de coco, ella le arrebató el barquillo y lo puso bajo el suyo, punta con punta.  “Aquí está el cono completo; tiene dos cuerpos opuestos por un vértice”.  Acto seguido, pidió plazo para terminar su gélido placer; luego tomó prestada la navaja de Nico y empezó a dictar cátedra…

“Una línea que atraviese los conos por su centro y pase por el vértice se llama eje.  El borde de nuestros barquillos está en un plano perpendicular al eje y, como ves, tiene  forma de circunferencia; ahora, si hago un corte un poco inclinado respecto al eje (va cortando…) tendrás una elipse, pero cuando el corte se inclina más, se llega un momento en que la curva no es cerrada sino abierta y se llama parábola y cuando el corte se hace paralelo al eje, tendrás dos curvas opuestas y abiertas, una en cada cuerpo del cono; esas dos curvas forman la denominada hipérbola”.  “No me aburras más, dijo el muchacho, comamos los restos de las galletas y vamos a jugar algo”.

En su trabajo escrito, propuso la atrevida estudiante no buscar estas curvas en los tediosos cortes geométricos sino, más bien, en imágenes llenas de vida.  “En El Nacimiento de Venus, de Boticelli, viva y sensual pintura que perdurará milenios, nos llenan los ojos las circunferencias que rodean los pechos de la diosa; círculo, símbolo de la perfección; la forma de su vientre, una elipse no muy excéntrica, como las órbitas planetarias, símbolo del eterno retorno del tiempo; pubis, trazado en hipérbola, en rama  única, sin compañera, símbolo de soledad humana; en el traje florido de la Hora a su diestra, en la región púbica se hace un pliegue de bella parábola, símbolo de recolección”. 

“Sin conocer las matemáticas que posteriormente describirían a estas bellas formas, Sandro las sembró en todos los rincones de sus cuadros.  Una espléndida elipse es la concha que transporta a la diva.  En los mantos de Céfiro,  Cloris y la Hora, hay profusión de hipérbolas y parábolas.  En los mismos mantos, en las olas del mar, en la costa y la vegetación abundan las curvas más caprichosas que solo la geometría analítica podría describir más tarde”.

Sugerencias de Nicolás hicieron saltar a la chica a un artista contemporáneo que hizo suya la redondez en su más atrevida expresión.  “Fernando Botero supo juntar la redondez y lo pesado en sus creaciones, resaltando lo primero y redimiendo lo segundo.  Puede que no sea completamente original en su propuesta, pues los críticos le encuentran similitudes con su admirado Piero della Francesca, pero significó un radical cambio en el rumbo que tenía el arte en el siglo 20:  ante lo abstracto, hizo pensar de nuevo en lo figurativo; ante la necesidad de adivinar representaciones en las imágenes, mostró directamente lo que quería representar, pero nos puso a pensar en el significado que  él quería le diéramos a esas representaciones (lo que no es nuevo en el mundo del arte, por supuesto); sobre todo, puso a la redondez en el centro, como si quisiera producir un salto cualitativo de la manera aguda, cuadriculada de ver el mundo y sus problemas a una forma más suave pero más abarcadora; eso sin renunciar a la denuncia que claramente se da en sus obras.  Concluyo esta pequeña reseña llamando la atención hacia sus gafas de aros redondos, su barba haciendo círculo alrededor de boca y mentón, su figura corporal toda, ya redondeada por los años: él mismo es un personaje de Botero”.

Por la afición de su padre a la música clásica, le tocaba a la chica escuchar muchas piezas de ese género y, después de un concierto de obras de Beethoven al que él la invitó, ella quiso comentarle a Nicolás sobre la redondez en las sinfonías del genio alemán; él le pidió que lo dejaran para otro día y se fueran, más bien, al parque de diversiones a montar en la rueda.  Allí disfrutaron de esta y todas las demás redondeces que ofrecen en estos parques; disfrutaron de la dicha de estar juntos y de todos esos planes de los muchachos.


domingo, 15 de diciembre de 2019

OSWALDO Y SUS RUIDOS

Relato



Oswaldo vive solo en un apartamento espacioso y se da ínfulas, pero, en lo más íntimo, se mantiene en zozobra por los frecuentes ruidos y sombras que lo rondan cuando se encuentra allí solo.  Él no es supersticioso ni de creencias religiosas, pero le intrigan los crujidos que escucha cuando está en silencio, el sonido de una puerta que nadie ha abierto, la sensación de que alguien se ha sentado en su sofá, la idea de haber visto por el rabillo del ojo a uno que pasaba detrás de él, los maullidos angustiosos del gato.

Por las noches, concentrado al computador, le parece escuchar que caminan sobre el piso de tablas de la zona social; piso nuevo, que colocó para enlucir ese ambiente y darse tono frente a sus visitantes.  Apaga la música, para diferenciar bien el sonido; este cesa, vuelve a poner la música y vuelven los pasos.  Se levanta rápidamente y se va, prendiendo luces, a recorrer la vivienda; encuentra todo en paz, todo en orden; el gato está plácidamente dormido sobre su pequeño tapete.  “Fue mi imaginación; tal vez me he excedido en vino”, piensa, igual que todas las veces anteriores, y vuelve a su puesto.

Ha pensado en reclamar a los que le instalaron el piso, porque pueden ser desajustes de las tablas, pero también se le ha ocurrido que quizás algún antiguo habitante del apartamento, muerto trágicamente, esté haciendo rondas por sus lugares queridos.  “Lástima que ya no existe mi mamá, que tenía tan buena sensibilidad para esos fenómenos de ultratumba; ella sí me sacaría de la duda”

Entre tanto, se siguen presentando los hechos extraños; con frecuencia siente, de día o de noche, desde el dormitorio o desde la cocina, que alguien se sienta en el sofá, que descarga el cuerpo con energía, como si viniera muy cansado de la calle.  Oswaldo corre hacia la salita, pero no encuentra ningún visitante y todo está en orden.  Ha comprado el sahumerio que le recomendó su amiga Teresita, lo enciende y vuelve a su interrumpida ocupación, no completamente tranquilo.  Con Teresita coincide en que no se trata de almas del purgatorio ni de espíritus malignos, sino solamente incomprensibles energías que los humos incensales ayudan a disipar.  Por fin, la concentración en el trabajo le hace olvidar el ruido, vuelve la serenidad, se va a la cama a media noche y duerme plácidamente.

Otra noche es el turno de la puerta.  La puerta principal del apartamento.  Como si se hubiera quedado desasegurada y chirreara un poco al tratar de abrirse lentamente.  Oswaldo se apresura, llega a la entrada y encuentra que la puerta está muy bien cerrada; lo verifica con sus propias manos, para estar bien seguro.  Entonces, la indaga con los ojos.  Ella le responde en un susurro…

–Yo anhelo dejar salir a todos los que rechazas.
–¿A quién voy a rechazar si estoy solo?
–Me refiero a sentimientos, condiciones, lo negativo que llevas dentro.
–¿Cuáles no rechazo?
–En primer lugar, tus miedos.  No has querido deshacerte de ellos.  Deseo dejar salir uno cada noche.
–Yo no le temo a nada.
–Temer es otra cosa.  Pero sí tienes temores, aparte de miedos; yo los veo entrar, también, uno por noche; no sé cómo no te enloquecen.
–¿Y qué más quieres despachar, sabihonda?
–Tus culpas.  Son muchas y no las quieres abandonar.
–¡Qué tan servicial eres!  ¿Qué otros visitantes tengo?
–Tus dudas.  No me digas que no vives lleno de vacilaciones.

Oswaldo suda y tiembla y se abstiene de continuar el diálogo.  Abre su bar y se toma un trago fuerte.  Vuelve al estudio a retomar la tarea interrumpida.  Hace un rato estaba tratando de programar algo, pero ya no se concentra.  “¡Qué carajo!  Le perdí el hilo.  ¿Ahora qué pasa?  ¿Por qué chilla esta noche ese gato?”.  Sale furioso y le grita a su lustroso gato negro, llamado Tizne, pero este se queda mirándolo a los ojos, muy mansamente, con esa expresión de solicitud que saben mostrar ellos; el hombre, ya calmado, se va a revisarle sus recipientes de cuido y agua.

–Tenías comida, Tizne.  ¿Qué es lo que te pasa?
–Me ha visto a mí, dice una voz que viene de atrás.
–¿Quién está ahí?  Dice Oswaldo, girándose bruscamente, mas no ve a nadie.
–Soy tu ángel.
–¡¿Quéee?!  ¿Ángeles a mí?  ¿Quién quiere hacerme una broma?  ¡Salga de donde esté!
–Estoy alrededor de tí.  Te acompaño a todas partes.
–Mira, el ángel de la guarda era un cuadrito que mi mamá me tenía colgado en mi cuarto, pero ya lo lancé a la basura hace mucho tiempo.  Allá deberías estar.
–Quítale el contexto religioso.  No soy un ángel de la guarda.  Soy un espíritu gemelo al tuyo; él es interno, yo soy externo.  Pero nacimos contigo y moriremos contigo.
–¿Y para qué me eres útil?
–¿Por qué juzgarlo en términos utilitarios?  Yo voy a tu lado y estoy en todo momento coordinando con tu espíritu lo que son tus percepciones sobre lo que captas con tus sentidos; también indago, de los ángeles de las personas con las que entras en contacto, sobre la esencia de ellas y sus intenciones; por eso tu espíritu alcanza a formarse una idea de su naturaleza y su conveniencia para tí.
–No sé qué decir…
–Yo sí sé qué decirte sobre los ruidos y sucesos de los últimos días, que te han quitado la paz. 
–Ahora resulta que tengo guardián en mi heredad.
–No seas cínico.  Aunque llores, nunca me podrás desprender de tí.
–Háblame, pues, de mis tormentos.
–Empecemos por la puerta: ella es un ser inerte y no habla; te hablé yo; nunca debería intervenir en tu vida, pero quiero ayudarte a superar tu lado negativo.  Aproveché que te asustabas con los chirridos de la puerta del vecino.  También un vecino, el de arriba, descarga objetos en el piso que en lo tuyo se sienten como sobre un sofá.  ¡Mira las que te juega tu imaginación!
–Pero esos pasos en el entablado…
–Desajustes.  El trabajo no quedó bien hecho; las dilataciones por temperatura, el paso del gato, pequeñas vibraciones del edificio, producen esos crujidos que interpretas como pasos.  Sí debes hacer el reclamo antes de que se venza la garantía.

Con esto, Oswaldo se despojó de recelos y se atrevió a preguntarle por los miedos, culpas y otros asuntos íntimos.  Conversaron largamente, hasta que el muchacho quedó en un sopor y perdió toda noción de sí.

Despertó en el sofá, con la cara bañada por la luz del sol que se filtraba por entre las cortinas.  Estirando los brazos y bostezando larga y escandalosamente, le vino el recuerdo de aquel extraño ser, sus recomendaciones de quererse menos a sí mismo, dejar el egoísmo, salir más a la calle, tener verdaderos amigos, amar de verdad a su novia, dejar las aventuritas, convertir sus aficiones informáticas en proyectos productivos…  “¡Qué consejero espiritual me he conseguido!  Ojalá no empiece a echarme cantaleta todos los días.  Pero… ¿sí sería real?  ¿no fueron sueños?  ¿cuánto vino tomé anoche?”.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

PATRIOTAS TRASHUMANTES
Relato


Alguna  vez  le  había  dicho  a  Martín  que  podía  haber  cataclismos
en  tierras  remotas  y  sin  embargo  nada  significar  para  alguien…  
Ernesto Sábato
“Abaddón, el Exterminador”

Estrellita trabajaba en una pequeña venta de arepas rellenas.  Era eficiente en sus labores, pero tenía la mirada perdida y la expresión de aquellos que están insatisfechos con una situación que no saben cómo cambiar.  Armando llegó allí como por casualidad y le gustó la oferta del local; mucho más le gustó la chica y se volvió asiduo cliente.  Por el acento, adivinó que ella era del país vecino; se lo preguntó, por preguntar, y ella le confirmó.  “Allá no tenemos posibilidades de desarrollo; yo soy tecnóloga y pasé dos años desempleada; aquí, al menos, puedo trabajar de mesera”. La vez siguiente, la invitó a salir.  “Yo no me estoy vendiendo”.  “Esa no es mi intención; me gustas y te propongo un rato de charla y refrescos, para conocernos mejor”.

La segunda vez que la invita, vienen los besos.  Régulo, compatriota de la muchacha, los ve cuando la está dejando en la casa en que se aloja.  Es amigo de su hermano, que se quedó al otro lado; la busca para decirle “Ese hombre no te conviene; aquí están prostituyendo a las chamas; no seas ilusa, no te vayas con el primero que te hace ojitos”.

La vida sigue su marcha en la Ciudad de la Primavera; el calor de la temporada seca agobia a los transeúntes, quienes pronuncian la habitual queja “esta ciudad se volvió muy caliente ¡nos vamos a derretir!”; el ruido también pone su cuota para el estrés en las congestionadas avenidas, en cuyos cruceros intentan ganarse la vida los limpiadores de vidrios, los venteros de películas piratas y los frustrados saltimbanquis.

En el cruce de la Avenida Pobladillo, Luis toca el fagot y lo hace con maestría.  Se formó en la red de escuelas de música de aquel país.  Sus compatriotas Johnny, que estudió saxofón en el Conservatorio Superior de Música, Tomás, que se formó en violoncello y Jean Pierre, que ejecuta brillantemente la guitarra, tocan en conjunto en un miniparque adyacente a la misma avenida.  Transeúntes sensibles a la música o a la necesidad de estos exilados, les arrojan monedas y billetes de poco valor, que es inmenso en comparación con el valor de los billetes de su patria.

Armando va en el bus, de regreso del trabajo; los que suben a vender confites ya no tienen el acento tan peculiar de las comunas marginales; su entonación es la propia del país vecino; exponen su miserable caso y piden la colaboración ciudadana.  El muchacho se desprende de un pequeño billete sin aceptar la golosina y sigue absorto en la imagen de la linda Estrellita, quien le ha pedido tener la siguiente cita a escondidas.  Al parar frente a un semáforo, observa el cartel que exhiben los cuatro miembros de una familia empobrecida, también inmigrante.

El encuentro es en un cafecito alejado de la zona en donde viven, para eludir a Régulo.  Están embelesados conversando y los interrumpe un amigo de Armando, para saludarlo.  Al enterarse de la nacionalidad de la chica, le recomienda estar pendiente de la próxima feria de empleo para inmigrantes; “en la de hace unos meses ofrecieron mil doscientos empleos legales; claro que se presentaron a competir más de cuatro mil, pero tienes que hacer el intento, para que no te quedes vendiendo arepas”.  A continuación, Armando comentó que para la cosecha cafetera se estaban necesitando miles de recolectores; esto les podría servir, al menos, a los no calificados.

Los dos enamorados quedan en encontrarse el día siguiente para buscar toda la información en el computador portátil de Armando.  “Podemos buscar, no solo la feria de empleo, sino oportunidades en tu especialidad; puedes competir porque tienes tu PEP en regla”.  Aprovechan que ella tiene la tarde libre y que él puede pedir unas horas de permiso compensatorio y se dedican a buscar minuciosamente, mas saben hacer de ello una fiesta, porque el cielo está donde uno quiere; no faltan los besos, los diálogos dulces y los planes ambiciosos.

Allí cerca, Régulo salió de una entrevista de trabajo en un taller, se paró un rato a escuchar al conjunto compatriota, vio pasar a Estrella con su novio y los siguió.  Iban tomados de la mano y volando sobre las nubes, lo que puso a Régulo a todo vapor y continuó persiguiéndolos.  En un recodo, Armando atrajo a Estrellita para un beso; estaban todavía muy pegados cuando el otro la llamó a voces y la hizo estremecer.  Le reclamó por las “confiancitas” que se estaba tomando con ese “desconocido” y lo insultó delante del corrillo que se había formado.

Armando reaccionó, se giró y enfrentó decidido al intruso; este le sostuvo la mirada y le mostró los puños; el otro se puso también en posición de pelea; iban y venían los duros golpes; el corrillo crecía y las voces de aliento al uno y al otro retumbaban en toda la cuadra.  Cayeron pronto a la escena dos agentes de policía que detuvieron la trifulca y retuvieron a los púgiles hasta que llegó la radiopatrulla.  Se los llevaron, y también a Estrella, que estaba interviniendo con mucho empeño a favor de los muchachos.

En la inspección de policía, la chica miente que Régulo es su compañero sentimental, para tratar de evitar que lo deporten; de todos modos, los hacen pasar la noche allí “guardados”, incluso a la chica, porque no tiene a la mano el Permiso Especial de Permanencia.  Por la mañana, los dejan salir, tras la firma de una conminación para no enfrentarse de nuevo con violencia.  Régulo hace las paces con Armando, les desea suerte a ambos y se despide.  El chico y la chica se van caminando pensativos.

Entre tanto, los noticieros muestran que el presidente usurpador se afianza con el respaldo de potencias orientales y que al presidente que reclama el poder no le sirve de nada el respaldo de la potencia occidental.  Los ciudadanos de aquel país siguen llegando por miles, a diario, al nuestro y no son mal recibidos, en general.  La más suertuda es Estrellita, que ya tiene propuesta de matrimonio de Armando.  Y este relato va a terminar como los cuentos de hadas, con un feliz matrimonio, con gran fiesta y muchos regalos.

viernes, 15 de noviembre de 2019

RENATO ES BLADE Y TAMBIÉN RUNNER
Relato


Despertó y se asombró de la profusión de aparatos a los que estaba conectado.  Sentía molestia por los cables y tubos que salían de todas las partes de su humanidad.  Miró alrededor en busca de alguien que lo socorriera y vio a un médico que revisaba datos en las pantallas de aquellos artilugios.  El doctor, al verlo moverse, se sorprendió y de inmediato le manipuló los párpados para revisar sus movimientos oculares.

–¡No soy un replicante!
–¿Replicante?  ¿Qué es…?  ¡Ah, ya caigo!  Olvídate de Blade Runner; ya regresaste al mundo real.
–¿Qué hora es?
–¿Hora?  ¡Je, je, je!  Estabas en coma desde 1983.

Intenta preguntar el año actual, pero el médico ya está hablando solo y tiene  una pequeña cajita apoyada en una oreja.  Por el diálogo, cae en cuenta de que se trata de un teléfono inalámbrico en miniatura.  Le está informando a algún especialista sobre su despertar y su estado y le promete unas fotos.  (“¡Qué curioso!  Una conversación tan seria y se desvían hacia unas fotos de algún paseo o quizás de una fiesta”).

El médico se gira con el teléfono puesto a la altura de sus ojos y parece oprimir alguna tecla; repite la operación varias veces y también lo hace frente a algunas de las pantallas.  (“Este se enloqueció.  Está confundiendo el teléfono con una cámara”).

–No pongas esa cara de asombro.  Mando estas fotos y paso a explicarte todo lo tuyo.
–¿Usted cree que tomó unas fotos y cree que las puede enviar por un teléfono?  Es más, ¿sin siquiera pasarlas por el proceso de revelado?  Todavía estoy algo zonzo, sí, pero no soy ningún tonto.
–Hay muchas cosas que ignoras.  Ya te voy a explicar.

Mientras los auxiliares y enfermeras van desconectando y conectando, tomando muestras, aseando, según órdenes del médico, este le relata a Renato sobre los intensos cuidados a los que ha sido sometido desde que quedó en coma profundo, por un accidente, y lo oportunos que han sido todos los avances tecnológicos “de todos estos años” para la misión de mantenerlo con vida y culmina describiéndole cómo los teléfonos celulares han permitido que los especialistas se enteren entre ellos de su evolución, reciban datos, envíen comandos a los dispositivos… gracias a que ese aparatico no solo transmite conversaciones, sino también datos, imágenes, señales; hace consultas en bases de datos, mantiene un minucioso control de tiempos, nos recuerda compromisos…

Él se asombra, mas no mucho, porque ya sabía de una tal internet y, sobre todo, había leído fantasías futuristas.  Por la tarde, lo pasan a una habitación, todavía bajo el control de algunos dispositivos, pero con relativa libertad de movimiento.  Por la ventana, observa una tarde oscura, fría y lluviosa.

–Asegúrenme que no es la lluvia ácida.  Dice, consternado, a las enfermeras.
–Es el clima de noviembre.
–De qué año?
–Estamos en 2019.
–El año de los desastres!  Estaba previsto.
–Olvídate de Blade Runner,  le dice el médico, que acaba de entrar.  Ya estamos en el 2019 real, muy diferente al de la película.

“¿Qué estoy haciendo en un siglo que no es el mío?  Se preguntaba.  “¿Por qué no llegué aquí tras un proceso de vida de muchos años?  ¿Por qué no fui testigo de cada cambio tecnológico?  No quiero ni pensarlo.  Mejor me distraigo con la televisión; tiene que haber comedias como las que veía”.

Le enseñan a manejar el control de la TV y escucha que comentan, en un noticiero, sobre la clonación de gatos y perros en China y Corea.  Ellas le cuentan que todo había empezado con la oveja Dolly en los 90 y que ya se han clonado algunas mascotas desde los dos mil.  Él se acuerda de un libro previo a Blade Runner “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que se desarrolla en un mundo lleno de polvo radiactivo después de una guerra nuclear que terminó matando a la mayoría de los animales, lo que llevó a que la gente tuviera mascotas eléctricas.

Quiere buscar un programa diferente y, manipulando el control, se le aparece la posibilidad de pasar a correo.  (“¿Es que se puede llamar al cartero?”).  Activa la opción, incrédulo, y se le solicita cuenta y contraseña; averigua con las enfermeras y le dicen que sí puede mandar mensajes a través de la red, pero primero debe tener una cuenta.

–¿Por qué debo tener cuenta bancaria para poder enviar correo?
–No es una cuenta bancaria.  (Y, entre risas, le explican todo).
–A propósito, ¿Cómo informo a mi familia para que vengan a verme?
–De eso se está encargando la administración.  Ya pronto vendrán.

Veinticuatro horas después, llega un hombre de casi su misma edad, acompañado por un señor de cara muy seria.
–Hola, Renato.  Soy tu primo Luis Miguel.  ¿No me reconoces?
–De momento, no.  Pero, ¿dónde están mis papás y Consuelo?
–No están cerca, le contesta el otro señor.  ¿Quisieras irte a casa de tu primo, mientras tanto?
–¿Cuánto tiempo?  ¿Dónde están ellos?

Y da comienzo la estrategia del sicólogo, apoyado por el primo, para hacerle saber que sus padres y hermana murieron en el mismo accidente en el que quedó en estado de coma hace treinta y seis años.  El primo le agrega que no tiene más familia cercana, porque los tíos (padres del primo) murieron pocos años más tarde, de sus achaques.

Después del natural desconcierto del hombre, el sicólogo y el médico autorizan el traslado de Renato a casa de su primo, para reconstruir desde allí su vida.  Llegado allá, conoce a Mariana, la esposa, y los dos hijos, que nacieron por fecundación in vitro, según le cuentan los primos, y se maravilla de que esa técnica, que era casi ciencia-ficción, se haya desarrollado exitosamente.  También se intriga con la atracción que se le despierta hacia la mujer de su primo e intenta evitarla todo lo posible, para no traicionar la hospitalidad recibida.

Vuelven a asaltarlo las inquietudes.  “¿Por qué tuve que caer a una casa extraña y no pude seguir mi vida con mis padres?  ¿Por qué me atrae una mujer tan mayor y no una joven como a todos mis amigos?  Pero, ¿Cuáles amigos?  ¿Dónde están ahora?  ¿Cómo voy a empalmar en una vida normal?  ¿Cuánto tiempo voy a estar como prisionero en esta casa?”.

Pasando los días, las pantallas que encuentra por toda la vivienda le siembran inquietud y les indaga mucho a Luis Miguel y Mariana sobre su utilidad.  Empezando por las de los televisores (¡uno en cada recinto de la casa!), que aunque estén apagados muestran lucecitas de colores (le explican lo de los LED) y exhiben unos letreros (anuncios de pre-programación, estado del tiempo, etc.); además, son unos aparatos asombrosamente planos, colgados de la pared como cuadros.  Los niños juegan con unas especies de libretas que son, básicamente, pantallas, tienen todo el colorido y sonido de los televisores y además permiten traer información desde cualquier lugar del mundo, escuchar música, ver películas, divertirse con unos juegos multicolores.  Un martes, poco le faltó para desmayarse al ir a la nevera por algún vaso de agua y encontrarse con una pantalla que no solo exhibía la temperatura interna, sino también la lista de víveres que se debían reabastecer.  Se dirigió preocupado a Mariana:

–¿Es posible que los aparatos de casa me estén grabando, analizando y trasmitiendo información sobre mí?
–No te preocupes, no tenemos cámaras instaladas.  Las de los celulares y demás te las tienen que poner de frente y accionarlas y te darías cuenta de inmediato.
–La nevera, lavadora, citófono… ¿No nos registran?
–¡Ja, ja, ja!  Podríamos darnos un beso apasionado al frente de ellas y Luis Miguel no se enteraría.  Esos dispositivos no tienen cámaras.
–¿Por qué nos besaríamos?  Dice él con voz trémula, tocado en su fibra.
–Bueno, por cualquier causa que lo merezca.  Responde ella maliciosa.
–¿Serías capaz de…?

Ella le interrumpe dando un paso hacia él y en ese momento suena la cerradura.  Es Luis Miguel que regresa de una gestión que hacía en un banco cercano.  Se separan rápidamente, él se dirige tembloroso a su habitación y ella recibe al esposo muy melosa.   Renato se queda el resto del día encerrado y no baja a comer.  Se excusa diciendo que está un poco indispuesto.

El miércoles, Mariana le lleva el desayuno a su cuarto, lo saluda muy cariñosamente, y cuando él baja a la cocina a llevar la vajilla, lo asalta con un abrazo y un beso que lo hacen enrojecer y la mujer le manifiesta todo lo que le ha gustado desde el primer momento.  El hombre disfruta del beso y prolonga un poco más el momento con algunas caricias excitantes, pero luego huye a su pieza y se encierra, más desorientado que antes.  “¿Por qué se me propone esta mujer?  Tiene que ser por mis miradas; no he sido prudente y, aunque no le he expresado una palabra sobre lo que me gusta, se lo he dejado saber con la mirada; no la he buscado, pero la he invitado a buscarme”.

Por la tarde, cuando toda la familia sale junta para alguna diligencia, Renato aprovecha para escaparse, llevando algunas prendas y objetos personales que sus primos le han procurado, dentro de un morralito que ha tomado “prestado” del ropero de Luis Miguel y se va caminando por un sendero peatonal, calculando que ellos no le pasarán cerca en el vehículo; logra adentrarse en un parque boscoso, donde lo primero que se le ocurre es echar un sueño sobre el césped.  Despierta todavía abrumado, ya anocheciendo, y consume unas provisiones que extrajo de la despensa.  Sigue pensando cómo escapar de los riesgos de traición amorosa al primo y dónde buscar medios para sobrevivir y decide, por ahora, pasar la noche allí escondido.

Por la mañana, andando por el parque, dándoles vueltas a sus interrogantes, tiene la suerte de toparse con un hombre que está leyendo en un escaño y tomando café con emparedado, quien le ofrece compartir su desayuno; le parte un trozo, le sirve del termo y le indaga por su aspecto deteriorado y su palidez.  Le inventa que vino de otra ciudad a un encuentro académico y fue asaltado en la calle.

–Me robaron todo el dinero, pero afortunadamente me dejaron mi morral con la ropita.
–Hay muchos malandrines por aquí.  Ya no se puede andar con tranquilidad por estos parques como en los ochenta.
–Sí, recuerdo muy bien como eran las cosas en los ochenta.  (El hombre lo mira extrañado).
–Y ¿cuál es el tema del encuentro académico?
–Ehhh…  (Hace un esfuerzo para recordar algo de la profesión de su papá).  Las técnicas de grabación de cintas magnetofónicas con alta calidad de sonido.
–¿Cintas magnetofónicas?  ¿Eso todavía se usa?

Renato no sabe qué responder, pero en ese momento los distrae un pequeño zumbido arriba de sus cabezas.  Es un dron que se acerca tomando fotos y el extraño exclama algo contra las intromisiones en la vida privada, lo que asombra a su contertulio, quien le pide explicaciones.

–¿Todavía no le ha tocado?  Está uno tranquilo con su familia o amigos y le toman fotos con celular o con estos drones, sin pedir ningún permiso.
–¿Son helicóptero en miniatura?  ¿Para qué sirven?

Cae en cuenta de que ha cometido una torpeza y, al mismo tiempo, el acompañante entra en sospechas sobre este hombre tan extraño y se despide.  Se queda con la mirada hacia el vacío, sin saber qué rumbo tomar, qué hacer, cómo va a vivir y para quién; lo sacan del marasmo unas palomas que llegan a buscar migajas y a cortejarse, luego unos niños que pasan corriendo y haciendo creer que juegan a la pelota, quienes se detienen un momento a mirarlo como cosa rara y prosiguen diciéndose algo y lanzando risotadas.  Ahora su mirada se concentra en los pequeños que se alejan y le hacen evocar su niñez cercana; sí, cercana, porque el paréntesis de treinta y seis años no cuenta…

De repente se percata de dos agentes de policía que se le han plantado al frente.  Estos le inquieren si su nombre es Renato Valderrama.

–Sí, yo soy ese sujeto.
–Señor Valderrama, lo hemos hallado con la ayuda del dron y queremos que nos acompañe.
–¡No soy un antisocial!  ¿De qué me acusan?
–No se preocupe.  Solo ha sido reportado como desaparecido y lo llevamos al inspector para levantar un acta y que usted exprese si es su voluntad volver con ellos.
–¡Cómo les hago de falta! Dice, pensando en la tentadora Mariana.  Voy con ustedes.  Supongo que no me van a esposar.  (Risotadas).

El sicólogo encuentra que, aunque su edad física está alrededor de los treinta años (se desarrolló un poco mientras estuvo en coma), la mental no pasa de los dieciséis que tenía al momento del accidente y propone a los primos hacer un trabajo cuidadoso, para que no se sienta mal.  Entre todos, lo convencen de hacer validación del bachillerato, pues ya está muy revaluado lo que aprendió en sus pocos años de estudio; también propician que tome un trabajo en la empresa de un amigo, para que se relacione con personas de alrededor de treinta años.  Mariana piensa distinto y cree que, en lugar de mujeres muy jóvenes, lo que necesita es que una veterana como ella lo ponga pronto al día porque el muchacho antes de los dieciséis solo habrá tenido experiencias consigo mismo.

Los compañeros de trabajo, después de conocer su historia, comienzan a inquietarlo con su herencia, el seguro de vida de sus padres, el del automóvil y lo motivan a hacerle averiguaciones a su primo.  Este le dice que solo sabe que sus padres adquirieron su primer auto gracias al seguro del que quedó en pérdida total, pero que nunca se enteró de herencias y seguros de vida porque solo tenía doce años.  Entre tanto, Mariana, desinteresada en esos “asuntos terrenales”, sigue trabajándole el “ánimo” a Renato, con la coartada de que está colaborando con la terapia.

Los apurados progresos de Mariana inducen los correspondientes progresos en su “protegido”, pero este deja de interesarse en ella cuando se entusiasma con una compañera de trabajo que ha estado haciéndole ojitos.  Es bonita, sensual, tiene unos veintidós años, es inteligente y de mucha solvencia en sus funciones y ha sido bastante amable con él, le colabora mucho y le va concediendo toda la confianza que él se ha querido tomar.  Pasan las semanas y se consolida un idilio que parece contribuir a su maduración; pero súbitamente la muchacha le trae la noticia de un embarazo.

Entre tanto, los compañeros de trabajo han comenzado a intrigarlo con que el patrón (el amigo de su primo) le está pagando menos del salario mínimo, escudado en que “le está haciendo el favor”; que note que cuando hubo aumento de salarios no le subió a él; que siempre le asigna los trabajos difíciles; le sugieren demandarlo, pero va a consultárselo a Luis Miguel.  Este le dice que no se le vaya a ocurrir poner una demanda contra su amigo, quien solo lo ha favorecido; que trate de imaginar en dónde lo hubieran empleado en sus condiciones

Decide hablar directamente con el patrón, para evitar líos, pero él se disgusta notoriamente y le recomienda buscar dónde le paguen mejor.  “Yo le conservo su empleo, mientras tanto”.  Sale aburrido de allí; lo está esperando un compañero que ha sido amable y colaborador y le dice que la muchacha lleva mucho tiempo saliendo con Sergio Andrés y también les coquetea a otros; que no se deje “acomodar” tan fácilmente ese bebé; le sugiere la prueba de ADN; ante su ignorancia, se lo explica muy bien y Renato queda ahora con nuevas tareas que se le hacen difíciles.

En fin, Renato madurará “a los golpes” con los cuatro objetivos en que se concentrará con mucha dedicación: conseguir que la chica acepte la prueba de ADN (tal vez con ruptura incluida); encontrar trabajo, sin pedir ayuda de los primos, que lo tienen hastiado; investigar sobre su posible herencia, y buscar a donde irse a vivir, para no seguir de miembro de familia, con la dicotomía de sentirse tratado como un niño y simultáneamente asediado por la prima.

Este mes de noviembre de 2019 fue el escogido en 1982 por Ridley Scott
para  el  escenario  de  su  película  de  ciencia  ficción  "Blade Runner".

jueves, 24 de octubre de 2019

Seguimos con "Light in August"
William Faulkner

Presento algunos pasajes de la obra, sin intención de hacer un resumen o una crítica.  Solo son, así como en otras obras que he tocado en este blog, trozos que me llamaron la atención, por su belleza o por algún significado que muy subjetivamente les atribuyo.


They say that it is the practiced liar who can deceive.  But so often the practiced and chronic liar deceives only himself; it is the man who all his life has been selfconvicted of veracity whose lies find quickest credence.

Dicen que el ladrón experimentado es el que sabe engañar.  Pero con frecuencia ese ladrón consuetudinario se engaña solo a sí mismo; del hombre convencido toda la vida de su veracidad es de quien se creen fácilmente las mentiras.



And even a liar can be scared into telling the truth, same as a honest man can be tortured into telling a lie.

Y hasta a un ladrón se le puede amenazar para que diga la verdad, así como a un hombre honesto se le puede torturar para que mienta.

Byron listened quietly, thinking to himself how people everywhere are about the same, but that it did seem that in a small town, where evil is harder to accomplish, where opportunities for privacy are scarcer, that people can invent more of it in other people’s names.
Byron escuchaba en silencio, pensando cómo las gentes son iguales en todas partes, pero le parecía que en un pueblito, donde es más difícil hacer el mal, donde hay menos opciones de intimidad, es donde la gente puede inventar más sobre otras personas.



Faulkner lo supo mucho antes de que, en el siglo 21, los científicos descubrieran que la memoria reelabora y hace aportes a los recuerdos:



Memory believes before knowing remembers.  Believes longer than recollects, longer than knowing even wonders.

La memoria se convence antes de que el saber recuerde.  Cree más de lo que recoge, más allá de lo que el saber indaga.


Ahora, algunos de los atrevidos y ricos juegos de palabras del autor…
They seemed to enclose him like bodiless voices murmuring talking laughing in a language not his.
Parecían rodearlo como incorpóreas voces que murmuraban, hablaban y se reían en un lenguaje que no era el suyo.
(Suprime las comas para potenciar la mezcla de las tres acciones).

Womanpinksmelling
Algo así como “femenina fragancia rosa”.

He believed that that was what was happening to him now.
Una deliciosa cacofonía.
Él creía que eso era lo que le estaba pasando ahora.
…out there somewhere where that house is burning.

Otra sonora cacofonía.
Por allá en alguna parte donde está ardiendo esa casa. 

…strangers come here and hear about it…

Más cacofonía musical.
…llegan los extraños y oyen de ello…
…hills and trees and cows and such…
…colinas y árboles y vacas y tal...
Repetición de “and” que no repugna.

Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.
Se aceptan observaciones y correcciones.



A propósito, su obra “Requiem para una Mujer” está llena de fabulosas repeticiones.  Aquí una muestra de repeticiones de la conjunción “y”, en español, pues solo tuve acceso a una traducción.

…la ordenada y lenta rotación de las estaciones, lluvia y nieve y escarcha y deshielo y sol y sequía…
…empujando cada año más y más el erial y sus pobladores: el oso salvaje y el venado y el pavo y el hombre salvaje… 
…reconstruyeron el muro de la cárcel y cortaron nuevos troncos y abrieron atronaduras en las tablas y levantaron sobre ellas el pequeño cobertizo sin piso y trasladaron el cofre de hierro… 
“Volved las mulas hacia el oeste”, dijo ella, y alguien lo hizo, y ella tomó la pluma del agente y trazó su cruz sobre el papel y devolvió la pluma, y la carreta se puso en marcha… 
…levantándose hacia el sol y hacia el aire por sobre las marismas y las ciénagas, embistiendo y arrasando ellos mismos la maleza y la manigua, riachuelo y cauce y bosque… 
…estrella polar y polo guiando al pueblo: los hombres y mujeres y niños, las doncellas, las muchachas casaderas y los mozos, manando, fluyendo allí con sus herramientas y mercaderías y ganados y esclavos y monedas de oro… 
…en un bosque de encinas y fresnos y nogales y sicomoros y florecientes catalpas y cornejos e higueras y nísperos y ciruelos silvestres, teniendo a un lado la vieja taberna de Alec Houston y la parada de postas y un poco más allá el correo-almacén de Ratcliffe y la herrería y diagonal a ellas, en face y solitaria…

EL PRIMO AMARILLO Relato Presentado a Literautas en enero de 2020 Peleaba con la cuchara, para demorar lo más posible la ingest...