sábado, 10 de octubre de 2020

 ¿EN QUÉ MUNDO OCURRIÓ ESTO?

Relato

    En aquellos días de pasmosa quietud, me asomaba al balcón a observar ese fenómeno tan raro.  Los edificios que me cercaban desde el otro lado de la calle estaban quietos y mudos: no se dignaban saludarme; no mostraban nada.  Las plantas de antejardines y patios no querían ser agitadas por el viento; “todo tiene que estar quieto” le decían.  Los árboles más altos dejaron de celebrar gozosos las caricias del viento, el sol o, en veces, de la llovizna.  Las nubes estaban fijas en su cielo, mirando hacia abajo, buscando algo con qué entretenerse, ellas que antes solían estar cambiando de posición para tener mejor punto de mira, cambiando su forma y color para impedir ser reconocidas.

    Una tarde llegaron las loras de color verde intenso a conversar; muchas, muchas loras; se situaron, cada una, en su ramita de los árboles del vecindario, tan verdes como ellas.  No se les distinguía fácilmente, solo el copete amarillo de algunas las delataba.  La algarabía fue grande y duró un buen rato.  Se contaban sobre sus recorridos, sus hallazgos, sobre sus parejas; comentaban sobre el tiempo: la tormenta que las dispersó el martes, el frío del miércoles por la noche, el granizo de la semana anterior.  Apenas amagando  oscurecer, alzaron el vuelo al tiempo y se alejaron en densa nube a buscar sus escondites nocturnos.

    Al medio día siguiente, un gato se pasó del tejado vecino a mi balcón a coquetearme.  Nada tímido estaba; pasaba varias veces rozándome las piernas; no le prestaba atención, se iba para el tejado y volvía; se echaba en el piso y me miraba fijamente.  Parecía querer que lo adoptara.  Le dije “no te puedo recibir, yo tengo una mascota y no quiero peleas entre dos”.  Fingía no entenderme y me costó despreciarlo y conseguir que se fuera.

    Por la noche, salí a verificar de nuevo la fase de la Luna, que se había quedado en menguante desde hacía un mes.  La Luna se negaba a cambiar de fase, como mostrando solidaridad con los humanos.  Los dos planetas que la acompañaban desde entonces también se habían quedado fijos a ambos lados, siempre a la misma distancia, centinelas celosos.  “Esta quietud no me gusta” pensé, y me fui a la cama.

    Otro día y otras sorpresas: un hombre iba sin compañía y hablando a solas por la calle.  Agucé el oído; decía “esto no me pasa sino a mí”; me pregunté el qué; como respondiéndome, dijo “tantos días que estuve rechazando a todos y, ahora que los quiero conmigo, nadie está”.  Pero ahí no paraban sus lamentos; se quejaba del profundo silencio nocturno que ¡no lo dejaba dormir!, de animalitos que se le entraban a su casa, de negocios que encontraba cerrados…

    Cayendo la tarde, miré al frente, al edificio más cercano, al ventanal del apartamento donde había visto varias noches escenas de pareja un poco excitantes frente a su televisor; pero, estando de espaldas a mí, era más lo que tenía que completar mi imaginación.  Esta vez, se encontraba ella sola, una bella y bien proporcionada mujer, muy excitante; lo digo porque me la he cruzado varias veces en nuestra calle.  Ahora estaba con una prenda casera liviana que le llegaba apenas un poco más abajo de su centro de gravedad y dejaba ver esas provocativas piernas; se movía en su salita, acomodando objetos y recogiendo basuras.

    En una de esas recogidas, al agacharse, dejó al descubierto su trasero y luego se volvió de frente hacia mí.  Me hubiera retirado turbado, pero la luminosa sonrisa que me regalaba parecía decirme “mírame todo lo que quieras, estoy para tí”.  Y deslizó hombro abajo una de las tirantes, después la otra; pude ver sus magníficos pechos y me quedé sembrado en mi sitio; bajé la vista hacia su minúsculo pantaloncito, que ella no demoró en retirar, no sin antes rebajar la intensidad de la iluminación; otra vez, fue más la imaginación que la vista la que pudo gozar intensamente.  Se quedó unos momentos contoneándose frente a mí, sin borrar su sonrisa incitante y luego apagó la luz y bajó la cortina, que cayó e hizo caer lo que en mí pudiera estar alzado.

    Por la mañana, el primer lugar hacia donde miré fue su ventana.  ¡Oh sorpresa!  Su porción de fachada lucía un bello color rosado; los demás pisos tenían fucsia, aguamarina, solferino, crema…  Intrigado, bajé mi vista a la calle y los arbustos tenían todas sus hojas pintadas de lila.  Al momento pasaron un perro azul y un gato verde.  No podía dar crédito a mis ojos.  Descubrí, entonces, a unos niños coloreando, mas no en alguna cartilla, sino sobre el andén; le estaban dando un tinte naranja al concreto, blanco a los hidrantes y dorado a los muros.  ¡A todo le cambiaban el color!

    Huí hacia el interior, a tomar mi desayuno, cerciorándome bien del color negruzco del café humeante, blanco de la leche, amarillo de la mantequilla, moreno del pan, rojizo de la mermelada.  Ya estaba calmado disfrutando de mis manjares, sus colores y la música con que los acompaño, cuando escuché a un pregonero lejano.  “Viene ofreciendo frutas, ojalá no haga mucho ruido”.  Pero cuando llegaba cerca, oí que gritaba “¡inspiración!”, “¡serenidad!”, “¡alegría!”, “¡todo a bajo costo!”.  Quise asomarme a ver pasar a este pobre loco; mis vecinos no lo daban por loco, bajaban todos a comprarle: “Quiero una esperanza”, “Deme buen humor”, “¿Cuánto vale la serenidad?  Me encerré en mi pieza y no quise salir a nada, ni pensar en nada, no mirar noticieros y solo escuchar música muy calmada.  Esa sí me podía dar la serenidad que en la calle decían vender.

    Quince días después, me decidí a salir al balcón.  No podía dar crédito a mis ojos: las nubes adoptaban unas formas incitantes; había un grupo de ángeles, había una mano que señalaba hacia adelante, había una ronda de jóvenes bailando…  Un cielo bellamente azul al fondo y con un sol brillante que bautizaba todo con sus rayos.  No lo tomé en serio; estaba cansado de falsos anuncios, cansado de promesas.

    Por la tarde, comenzó a soplar el viento; un viento dulce, acariciante, que a todos nos llamó la atención; era distinto a todos los vientos, tenía espíritu.  Todos, desde los balcones, desde los andenes, nos plantamos a sentirlo, a buscar de dónde venía, a dónde iba.  Parecía esperar a que todos estuviéramos atentos y cuando estuvo seguro nos habló.  Nos dijo que perdiéramos el miedo; nos pidió marchar por la calle; nos aseguró que estábamos protegidos.  Nos convenció.

    Desfilando por la calle, exhibiendo sonrisas de todos los colores y tamaños, hicimos amigos, como si hubiéramos dejado de tenerlos; conseguimos novias, novios; conocimos lugares por donde antes pasábamos a diario; cantamos aun sin tener voz; bailamos aun sin saber llevar el ritmo y seguimos en vela toda la noche, porque había que ver nacer el nuevo día que marcaría una nueva era.


MI AMIGO ALFONSO

Relato

Su propia vida, con toda su anónima promiscuidad,

había  sido  bastante  convencional,  como

lo es  una vida  de pecado  sano y  normal.

Faulkner, Light in August.


Estaba haciendo fila para mi matrícula en la universidad, una universidad acreditada, de ciudad grande, a donde había venido como un humilde provinciano a comenzar una carrera de Economía, cuando se me acercó un muchacho y me indagó por el origen de mi segundo apellido; “es que yo tengo el mismo”.

–¿Tu apellido es Belásquez? –le pregunté.

–Es mi segundo apellido, como el suyo, y mi papá dice que, en el país, ese apellido, con tal ortografía, solo existe en la región cañera, con origen en un solo tronco familiar.

–¿Seremos primos, tal vez?

–Eso es lo que me intriga.  Pero ¿usted de dónde viene?

–De zona montañosa, al pie de los nevados.

Y empezamos una conversación en la que hablamos de lo que él conocía de mi tierra y yo de la suya, las razones para elegir la carrera (él se matriculaba en Veterinaria), el lugar donde íbamos a vivir en esta ciudad cuyo tamaño nos intimidaba.  Cuando nos llegó el turno, nos despedimos, sin pensar en que nos volviéramos a ver.  Él se llamaba Alfonso Ortega Belásquez.

Los primeros días de clases transcurrieron entre la intriga por saber si el profesor seriote iba a ser un tirano; el burlón, un impostor… y, por otra parte, la angustia por la ausencia de la propia familia, por el talante egoísta de los compañeros, por la diferencia de costumbres y modos de hablar.  Era difícil para un provinciano, además muy sano e ingenuo, abrirse camino por entre gente que “volaba con los motores apagados”, pero, poco a poco fui haciendo amistad con compañeros y compañeras que también venían de lejos y algunos de la ciudad que resultaron amables e igualmente desorientados que yo.

La casa donde me acomodé era vieja, pero bien tenida por doña Julia, señora ya entrada en años, viuda sin hijos y muy seria; esa pulcritud y seriedad le daban buena fama en el barrio, o quizá en toda la ciudad.  Allí estaba yo un sábado por la tarde, tratando de convencer al calor (doña Julia no tenía ventiladores) de que me dejara estudiar, cuando escuché la voz de un muchacho averiguando con la dueña la posibilidad de tomar un cuarto en su casa.

–Todos los cuartos son compartidos.

–Bueno, me someto a tener compañía, si es un muchacho juicioso.

–Aquí no tengo vagos ni viciosos.  Yo selecciono muy bien.

–Disculpe, no la quise ofender.

–¿Y usted de donde viene, quién lo conoce? –con tono de yo no lo quiero por aquí.

–Yo conozco muy bien a Alonso; somos viejos amigos –me metí a decir, porque, intrigado por la voz, me asomé a verificar mi sospecha y efectivamente era el del día de matrícula, que me había dejado bien impresionado.

–Bueno, vamos a verificar si se puede quedar con Berardo; es un buen muchacho.

Él me guiñó un ojo y se retrasó para decirme en un susurro “no repitas ‘Alonso’, soy Alfonso”.  Yo enrojecí, como si me avergonzara de haberle hecho una gran ofensa.  Él, riéndose de mi empacho, siguió tras doña Julia.

Muy pronto, con la catálisis de Alfonso, que fue admitido, consolidamos un buen grupo junto con Berardo, Jenaro y Roberto, todos de la misma residencia.  Cuando teníamos tardes de ocio y estábamos sin dinero por ser fin de mes, salíamos a andar por el centro de la ciudad, no lejano de la casa.  No perdíamos oportunidad de seguir a chicas que andaban solas o en grupitos de dos; mis compañeros les lanzaban sus buenos piropos, pero ellas, temerosas de tal pandilla, se nos perdían en un instante.  Jenaro no reprimía las ganas de rozarle las nalgas a alguna que pasara distraída y todos nos ganábamos el airado reclamo; Berardo decía que el insulto se diluía entre tantos, que no nos tocaba ni de a un “pendejo”.  El mismo Berardo se ponía a contarnos fantasías que aseguraba como experiencias verídicas, en las que se destacaba como todo un Don Juan.

El Berardo no comía en casa de doña Julia, sino en donde una señora Herminia, porque él aseguraba que tenía mejor sazón; motivo muy discutible tratándose de alimentación para estudiantes.  En ocasiones lo acompañábamos a la comida para quedarnos conversando con don José, esposo de ella, que tenía miles de historias de tiempos viejos y nos embelesaba con su manera de narrar; claro que ensartaba mentiras como las cuentas de una camándula y estaba convencido de que se las creíamos todas.  Una vez nos narró una cacería en que se le puso a tiro un conejo, él le disparó y cuando cobró su presa no le podía encontrar la herida de la bala; estaba la piel intacta, sin la más pequeña mancha de sangre; y nos juraba que, cuando fueron a cocinar el animal encontraron la bala dentro de los intestinos; que le había entrado directo por el ano.

Saliendo de las peroratas con don José, nos deteníamos en la tienda de Ambrosio, a mitad de camino hacia nuestro albergue, y nos tomábamos un café o, cuando nos sentíamos muy adinerados, a comienzos de mes, pedíamos cervezas.  Allí gozábamos riéndonos de los “cañazos” del viejo José y haciendo sonrojar con nuestros piropos a Estelita, la hija de Ambrosio, que le ayudaba en su negocio.  Claro que Roberto no se tomaba lo de los piropos en broma; le gustaba la muchacha y le decía unos muy insinuantes.  Jenaro aprovechaba la calentura para sacarle a la chica algún pastelito a escondidas del papá; si el viejo se daba cuenta, él le decía que se lo anotara, para pagarle cuando le llegara plata de casa.

A mí me enviaban lo suficiente para cubrir mis gastos y no tenía que estar pidiendo fiado, pero un día fui tentado con un ingreso adicional y sucumbí: Carlos Alberto, compañero en el curso de Econometría, me pidió que le elaborara “esos gráficos tan complicados” que había que entregar en papeles especiales (logarítmico y semi) y que valían por una porción del examen parcial; el pago ofrecido era tan tentador que le acepté, muy consciente del fraude.  Alfonso me sugirió no meterme con eso, pero no le hice caso.  Lo más grave fue que me quedé todo el semestre haciéndoles esos trabajos a él y a otros dos.

Ya avanzado el período, todos teníamos nuestras noviecitas; distintos tipos de “novias”; yo, el más tímido, le coqueteaba levemente a una linda chica de la capital de la república que la habían mandado a estudiar a esta ciudad “para alejarla del mal ambiente de la gran ciudad”; ella me aceptaba invitaciones a la cafetería, me conversaba un poco y el día que me atreví a invitarla a un baile vaciló mucho antes de aceptarme.  El Alfonso era el segundo “sano” del grupo; tenía una amiga íntima en una casa de la cuadra siguiente, hija de familia con padre malencarado y madre vigilante; le llevaba dulces y conversaban en la sala de la casa; cuando la llevaba al cine, tenía que pagarle entrada al hermanito que mandaban a cuidarlos.

Jenaro, tan avispado, decía “tengo mil novias”, como en la canción; cada sábado conquistaba a una distinta; con esta iba al cine; con aquella, a un baile; con la otra, a un parque; a todas les hacía creer que estaba locamente enamorado y con ninguna persistía.  Roberto, aunque le coqueteaba mucho a la hija de don Ambrosio, tenía otro “encantico” en uno de los municipios anexos y cuando no podía hacer programa con esta, se quedaba “molestando” con Estelita.  A Berardo no se le conocía novia, pero un día nos pusimos en plan de seguirlo y nos llevamos la gran sorpresa: salía con la joven profesora de Inglés.

Alfonso llegó una noche, ya a finales de clases, contándonos de su nueva experiencia en una casa “de esas”, a donde lo llevó un amigo; salió encantado de haber explorado aquello a lo que siempre había temido y dispuesto a repetirlo.  Yo, que había estado anhelando secretamente una de esas aventuras, le propuse no aplazar su segunda vez y le pedí acompañarme a la primera mía, en ese sitio que tanto le gustó.  Quedamos para el fin de semana, allá nos fuimos y nada mal que la pasamos.

A punto de terminar los exámenes finales, el Jenaro tenía tan malos resultados académicos que su asesor le anunció que iba a quedar en período de prueba.  El muchacho nos lo contó, muy agobiado.

–Ánimo, Jenaro; –le dije– el nuevo semestre tomas solo dos cursos, te les dedicas y te ayudamos todo lo que podamos.

–Este, que hace trabajos ajenos, te ayuda, pero no te debe cobrar –dijo Berardo y se ganó una mirada fulminante de mi parte.

–No, esta noche llamo a mi papá y le digo que me vuelvo para el pueblo, que la universidad no es lo mío, que allá puedo encontrar un trabajo.

–Claro, tu papá que es un viejo tan tacaño te lo acepta sin chistar –le dijo Alfonso– así se libra del gasto de educación del hijo; no le des esa gabela, ¡insiste, persiste y resiste!

–De todos modos, no quiero seguir estudiando ni quiero estar lejos de mi pueblito.

No hubo manera de convencer a Jenaro.  Al día siguiente hizo maletas y, despidiéndose, le recordamos la deuda con don Ambrosio; tantos fiados del semestre serían una cuenta ya grande.  Dijo que no tenía con qué pagar y que, además, el viejo no lo volvería a ver, no le podría cobrar; y se fue sin pagarle, aunque se tuviera que privar de mirar por última vez a la linda Estelita.  Pero más se preocuparía don Ambrosio por la cuenta perdida que su hija por ese tonto que no le interesaba, cuando el caso era otro…

–Tengo un embuchado que debo aliviar con ustedes –nos dijo Roberto una noche, faltando apenas dos días para irnos todos de vacaciones.

–Suéltalo –le dijimos, en coro.

–Se trata de Estelita.

–Ya caigo –le dijo Berardo– está preñada.

–Se preñan las vacas –dijo Alfonso– estará embarazada, más bien.

–Ningún bien, mi querido; fue un desastre.

–¿Desastre? ¿Por qué? –entonó el coro.

–Abortó, sin consultarme.

–¿No sabías del embarazo?

–Sí, pero ni le pedí abortar ni lo supe hasta que fue un hecho.

Y así nos volvimos todos a las casas, con el pesar de los sucesos de Jenaro y Roberto, pero con la ansiedad de disfrutar con las familias, alegrarlas con nuestros resultados académicos y volver para iniciar un nuevo semestre.

viernes, 14 de agosto de 2020

DALE TIEMPO AL TIEMPO

Relato


–¿Cómo que ya es jueves?  Hace nada que empezamos esta semana.

–¿Noventa y seis te parece nada?

–¿Eso a qué viene?

–Querida, vamos a completar 96 horas de esta semana y eso te parece nada.

–Es que el tiempo corre.

–Él corre siempre a la misma velocidad.  Tú juzgas así porque miras hacia atrás y comprimes todos los sucesos, pero si te devuelves a analizarlos detenidamente, vas a encontrar todo el tiempo allí escondido.

–¿Cómo es eso?  ¡Explícamelo!

Así dialogaban Malena, abogada, y su amigo Agustín, ingeniero.  Ella hacía una apreciación sentimental, él se despojaba de cualquier juicio inmaterial y la quería llevar a un terreno práctico, matemático.  Aunque, aquí entre nos, podríamos decir que ambos tenían razón.  En fin, Agustín, autorizado por la explicación que ella le pidió, se dejó venir con esto:

–Has trabajado estos cuatro días, ¿no?  Me mirarías muy feo si te dijera que todo lo que hiciste fue basura…

–¡Qué horror! –le interrumpió ella– mucho tiempo les tuve que meter a esos contratos.

–¿Lo ves?  ¡Tiempo!  Ya no lo cuentas, pero transcurrió, segundo a segundo, y te aseguro que, por ratos, te sentías cansada de todo lo elaborado en un documento o en otro.  Ese tiempo lo viviste y hoy lo estás despreciando.  Hayas logrado mucho o no, el tiempo no se ha ido en blanco.

–Te refieres a los ratos intensos; incluso los de sufrimiento también se vivieron segundo a segundo y ¡qué largos nos parecieron!  Los momentos de dicha… esos sí pasan muy rápido.

–Me haces recordar la película que vimos la semana pasada.  La disfrutamos tanto, estuvimos tan abrazados y tan tibios, que hoy nos parece que se acabó muy pronto.  Pero si te pido que me la cuentes, va a ser largo tu relato de todas las escenas y vamos a verificar que sí duró las dos horas (y eso haciendo caso omiso de todas las veces que te tengas que regresar a aclarar detalles que olvidaste, que es lo que suele suceder).

–¿Cuándo volvemos a hacer un programa juntos?  Es tan rico contigo…

–Estoy disponible.  Pero volviendo a lo serio, te digo: no desprecies el tiempo, porque desprecias la cantidad de momentos vividos.  Ese trámite tan demorado en el banco el martes pasado fue tiempo tuyo, como lo fue tu tertulia de ayer con tus amigas, que tanto disfrutaste; los ratos de lectura, las preparaciones culinarias que te fascinan, todos han sido vivencias, agradables o desagradables, que te han tomado tiempo.  Corrijo: en las que has puesto tu tiempo.

El sábado por la noche, para realizar el deseo de un buen programa juntos, se juntaron en casa de ella a leer un libro que ansiaban conocer, escuchando música clásica.  El vals No. 2 de Shostakovich parecía marcar el ritmo del tiempo.  De repente, se interrumpió la energía eléctrica; fueron a la ventana y toda la ciudad estaba en tinieblas; era un apagón general.  Se recostaron uno en el otro y estuvieron comentando la obra que leían.

–Qué buenas reminiscencias introduce el autor en el hilo de los acontecimientos.

–Sí, sabe sacarnos con destreza del momento que se vive en el relato para llevarnos, en palabras de un personaje, a revivir hechos de tiempos pasados.

–Los recuerdos de la muchacha me hicieron volver a mi época de colegio.  ¡Cómo pasaron fugaces esos once años!  La época más bonita de la vida.  Pero también, la más sufrida, por el equivocado concepto de disciplina de los profesores y la directora.

–Ahí tienes otro claro ejemplo de mi tesis de esta semana.  Estás comprimiendo todos esos años y dejando de examinar todas las experiencias, grandes y pequeñas, buenas o malas, cada una con su propia duración.  Vuélvete allá y detente a revivir todo lo hecho, lo presenciado, lo gozado, lo sufrido, lo anhelado…

–Tienes razón.

–Dice  Germán Espinosa, en su “Romanza para Murciélagos” que los minutos son largos y los años son breves, citando a su vez, a Madame d’Amiel-Lapeyre.  Continúa Espinosa diciendo “si diéramos en representárnoslo por años, el tiempo nos resultaría como un tenue soplo; mas, si revisamos los acontecimientos de esos años, se nos antojarán casi propios de una eternidad”.

–Es una eternidad este apagón; ¿cuánto dura ya?

–Sigues dándonos la razón a Espinosa y a mí; te detienes en cada minuto, cada segundo de oscuridad, con el agravante de que les pones una lente de aumento.  A propósito, ¿la estás pasando mal conmigo? Porque uno juzga largo el tiempo cuando está sufriendo.

–¡No!  Lo que me hace “sufrir” es la interrupción de nuestra lectura.

Todavía en los días siguientes tuvieron la ocasión de contrariarse por causa del tiempo: un vuelo demorado de Malena, la aprobación de un crédito que no le llegaba a Agustín.  Una noche, comentando sobre estos percances, él quiso dar un viraje al mal sabor y le declaró su amor; sí, como en una novelita rosa.  Ella lo aceptó extasiada.

–Podremos vivir bellos momentos juntos.  Seremos vistos como la pareja más amorosa –dijo, emocionado, Agustín.

–El tiempo lo dirá –respondió Malena, para evocar de nuevo a ese etéreo personaje.


lunes, 20 de julio de 2020

EL ROL DE LA VENTANA

Relato


Yo me asomo allí temprano, como a las siete o algo menos, todas las mañanas.  Por la calle hay algún movimiento, pero en las ventanas del vecindario no se ve a nadie; la gente duerme hasta tarde y no saben lo que se pierden.  El sol me saluda; las más de las veces, envuelto en brumas igual que yo, enredado todavía en jirones de sueño.  Después de abrir muy bien la persiana y el ventanal, me voy a buscar mi bocado de fruta matutina y procuro volver allí a comerla recibiendo el baño tempranero de luz y aire fresco.
Cierto amanecer, los intensos destellos de un sol radiante me hicieron volver la vista hacia otro lado para no enceguecer.  Me perdí, entonces, la visión del enjambre de navecitas que desfilaban frente al sol y descendían luego en un bosque allá en la montaña al amparo del deslumbramiento que impedía que se les notara.  Dentro del bosque húmedo tropical, esos extraños vehículos quedaban perfectamente camuflados y los seres que los tripulaban aprovecharon para salir y dispersarse sigilosamente por entre tallos y lianas para cumplir su misión exploradora.
Yo, ignorante de todo aquello, consumí mi fruta, pasé a mi ceremonia de aseo personal, preparé mi desayuno, dejé la vajilla lavada y salí a mis labores cotidianas.  En la calle me topé con mi amigo Carlos Alberto, a quien hacía muchos días que no veía, y lo invité a un café.  Durante la breve tertulia, mi amigo me preguntó si no sentía que este día era como diferente a todos.
–Tienes razón; el sol ha vuelto a salir esplendoroso, en un cielo azul sin nubes, y las mañanas con estas características son siempre muy alegres.
–Pues en mañanas similares no he sentido lo mismo.  Te voy a confesar un secreto que a nadie quería contar, para evitar burlas, pero creo que en tí sí puedo confiar.
–Me tienes intrigado.  Soy todo oídos.
–Temprano, bajando de mi casa (tú sabes que vivo en la zona alta del Oriente), cuando manejaba por la vía que bordea el bosque, escuché un curioso ruido arriba, a muchos metros de altura sobre mi carro.  Era como la suma de muchos zumbidos individuales, como cuando escuchamos un enjambre, pero más fuerte que abejas; parecía de máquinas voladoras, pero no aturdidor como los helicópteros.  Me orillé y paré, pues tenía gran curiosidad, mas las puertas no se abrieron; intenté en todas las formas e incluso los vidrios de las ventanillas no obedecieron.  Solo cuando el ruido se alejó se abrieron todas las puertas a la vez y ya no logré ver nada del fenómeno que me intrigaba.
–A mi juicio, el “fenómeno” fue alguna falla súbita de los mandos eléctricos del carro, la que produjo el zumbido y los bloqueos, y cuando se compuso, todo volvió a la normalidad.
–¿Y un sistema eléctrico falla y se compone solo?  No me convences.
Alcé los hombros y nos despedimos, pero debo reconocer que seguí intrigado hasta llegar a mi destino, ignorando que las que habían sobrevolado a mi amigo eran las navecitas invasoras.
El ajetreo del trabajo estuvo fuerte todo el día, llegué exhausto a casa y me dormí temprano, en medio de mi acostumbrada lectura nocturna; se trataba de una pequeña novela sobre un astronauta estadounidense y una cosmonauta rusa que fueron enviados en sendas naves con la misión de destruir con cargas nucleares un enorme asteroide que venía rumbo a la Tierra.  En el viaje de varios meses, las comunicaciones entre las naves fueron aprovechadas por ellos para entablar conversaciones personales que los fueron llevando a intimar y enamorarse a distancia, pero al regreso de la expedición, en la que por poco no perecieron, encontraron todos los obstáculos por parte de sus respectivos gobiernos para su ansiado encuentro personal.
Al día siguiente, el sol no quiso visitarme, pero un día después me volvió a deslumbrar y las naves aprovecharon para elevarse rumbo a su galaxia, portadoras de numerosas muestras recogidas.  Me fui a mi trabajo completamente inocente de la exótica visita de exploración y sigo despreocupado porque nunca me enteré de ella, a pesar de haber estado en la ventana, a todo el frente de los invasores.

viernes, 10 de julio de 2020

CREEN SER LIBRES
Relato

Matías llega del centro en su moto y la estaciona sobre el andén para entrar a la tienda de doña Rosa, donde pide su acostumbrada cerveza “y me la apunta”.
–Ya me debes mucho, Matías.
–Un día le voy a traer tal paquete de plata que se va a ir de espaldas.
Dos señores entran y le piden bajar la moto del andén.
–Bájenla ustedes, si les da la gana, no me molestaré si me hacen ese favor.
Llegan sus amigos Freddy y Candela.  Matías les ofrece cervezas y le arranca un beso a ella; Freddy se turba, pero no se atreve a protestar para que no lo acusen de zanahorio.
A doña Rosa le dice su amiga Mercedes, igual que todas las veces que entra a su tienda…
–Si la policía te pilla vendiendo trago vas a tener un problema.
–Tengo al inspector en el bolsillo; yo le fío mucho y le hago cuarto con su amiguita.
–Cuando su mujer se dé cuenta te va a masacrar
Hace un gesto de “me tiene sin cuidado”.
Llega Esperancita.  Matías se derrite por ella y no lo disimula.  De inmediato, le regala uno de esos conos rellenos de arequipe.  Como por cobrarle, le toca todo lo que se le antoja, sin importarle doña Rosa y las señoras que están comprando.
Sale Matías a toda velocidad y en contravía, con Esperancita al anca, sin casco; se pasa el semáforo en rojo y obliga a un frenazo al vehículo que pasaba por el cruce.
–¡Cuántas infracciones a la vez!  Cuando lo cojan…  –dice un hombre maduro.
–A estos barrios no se mete la ley, les da miedo; aquí hacemos lo que queremos, estamos en un país libre  –la respuesta de un muchacho.
–Ustedes creen ser libres porque salen cuando quieren y a lo que quieren,  aun con las restricciones de ahora; porque hacen gustosos lo que los demás consideran indebido; porque no piden permiso para nada.
–Y como es de confianzudo con esa niñita; vergüenza debería darle  –apunta una señora.
–No m’hija, ya no estamos en nuestra época; dizque hay que dejarlos, porque ahora todo se puede  –le responde su amiga.
En la cancha del barrio, polvorienta, juegan fútbol los chiquillos; 13 a 15 años tendrán.  Les tiene sin cuidado el sol calcinante.  Hay numeroso público sentado en los barrancos que rodean el irregular campo de juego; chicas de la edad de los niños o algo más; muchachos ya muy crecidos sin oficio conocido; otros mayores que vienen más por mirar a las muchachas que por el fútbol, pero también a buscar el vicio que hacen circular unos de los muchachos grandes, ya bien conocidos. Termina el partido, con un flamante marcador de 19-9; se van a celebrar a la tienda; varias chicas ya están de gancho con hombres de más edad.  A los niños, entre gaseosa y gaseosa, les ofrecen una que otra cerveza, uno que otro “aguardientico”, cigarrillos.  “Tienen que ir aprendiendo a ser verracos”.
Le preguntan a la tendera por su hijo Nicanor.
–Ese se fue a ayudar a organizar una comida en casa de un rico.  Son como cincuenta o sesenta invitados.
–¿Y esas reuniones sí se pueden hacer ahora?
–Ellos se las ingenian.  Así como ustedes, que están todos aquí, debiendo estar cuidándose en la casa.
Doblan a difunto las campanas de la iglesia del barrio; las mujeres se santiguan; los hombres hacen un brindis por el finado desconocido.  “Ese siquiera está descansando ya”.  Al rato, pasa el cortejo por el frente; es un féretro lujoso al que le han agregado una cantidad de adornos discordantes; lo acompaña un sol atorrante y una multitud; unas dos cuadras llenas; las mujeres, de minifalda forrada, cara empegotada y protuberancias de quirófano; los hombres, de tenis llamativos, jeans extranjeros, camisetas negras ajustadas al cuerpo, tatuajes exuberantes en los brazos y el “paquete” al costado, que no puede ser menos que un arma.  No lloran sino las que parecen ser madre y hermanas del muerto.
–¡Huy!  Pero si es el entierro del Zorro.
–¿Quién es ese?
–Sos la única que no lo conoce.  El man que mandaba en este barrio.
–Y tenía más de un protegido; por eso hay tanta gente  –dice otro.
–Pero también se echó muchos a las costillas.
–Claro, si le estorbaban para su negocio.
–Aquí entró varias veces a tomar cerveza y yo, muerta de miedo. –doña Rosa.
–¡¿Miedo?!  ¿Por qué?  Si nada le debías, nada temías.  Antes te podía proteger.  Él era muy generoso.  A mi tía le regaló una bicicleta para el niño.  Nada más porque un día lo dejó esconder un ratico en su casa.
–¿Pero esa multitud sí tenía permiso para desfilar?  –pregunta alguien.
–¡Que ose algún policía intervenir, para que vea!
Todo esto ocurre en ese barrio popular en época de plenas restricciones por cuarentena sanitaria.  Siguen circulando las motos; se sigue jugando fútbol; hay romerías diurnas y tertulias nocturnas.  De vez en cuando, escuadrones de policía que se atreven a ingresar imponen comparendos; multas impagables para esta gente de pocos recursos.   Hay hambre entre los informales y también en las familias de los que fueron despedidos de los negocios que cerraron.  Hay rapiña por los mercados que el municipio y algunas entidades caritativas distribuyen.   Hay controversia sobre si el barrio sí es tan pobre para que vengan a darle limosnas o si es mejor que les creen fuentes de trabajo.
En fin, caen enfermos los primeros y el vecindario dice que los contagiaron en otra parte, que el barrio es muy limpio.  Siguen llegando informaciones por televisión, datos de contagiados y fallecidos en diversas partes y a estos les parece que los desastres se van a presentar por allá lejos, en otro mundo.  Pero, de todos modos, se respira un desencanto, se percibe una zozobra y los que cumplen con el aislamiento les contagian un dejo de amargura que avanza, visita las casas, entra a las tiendas, se cierne sobre los indisciplinados.
A todas estas, un día caen en cuenta en la tienda:  “¿dónde está Matías?”, “¿quién lo ha visto esta semana?”, “¿quién tiene noticias de él?”.  Sus novias lo extrañan, sus compinches lo reclaman, no se le vuelve a ver.  Su mamá, cuando la encuentran en la lejana casita en donde vive, una tarde fría y de nubarrones negros, calla, se niega a decir nada y una lágrima le asoma. 

domingo, 28 de junio de 2020

LA APARICIÓN
Relato

Me desperté a la una de la mañana.  Súbitamente.  Sin causa aparente.  Todo estaba en orden.  Ningún ruido.   No hacía un calor de esos que nos sofocan y nos ahuyentan el sueño.  No hacía un frío de esos que nos obligan a levantarnos a buscar una cobija adicional.  Bebí un poco del agua de la mesa de noche y me quedé un rato quieto, sin encender la luz, sin poner música, confiando en dormirme pronto, con la facilidad acostumbrada.  Pasaron los minutos, que me parecían horas.  Pasaron muchos pensamientos por mi mente y los desechaba, en busca de conciliar el sueño.  Este, remiso, parecía hacerme muecas burlonas.
Finalmente, me decidí por la lumbre y allí lo vi a él, sentado frente a mí.  Todos mis pelos, mis barbas, mis vellos, se erizaron.  Entonces, me habló, con una maliciosa sonrisa en su rostro.
–No se asuste, soy su vecino, no le haré daño.
–Qué vecino?  Yo a usted no lo conozco.  Por dónde entró?
–No necesito entradas.  No tengo cuerpo material.  Ya superé esa etapa.
–Eres el espectro de quién?
–Serénese.  No vine a asustarlo.  Vine a conversar con usted.
–Pero, quién eres?  Por qué estás aquí?
–Soy Miguelucho.  Yo vivía en este terreno, que era todo mío.  En él me paseaba a mis anchas.  En él tenía mi choza, donde nada me faltaba.  Salía en el día a caminar por ahí; les hacía múltiples favores a las personas y ellas me retribuían con abundantes monedas.  Y cuando no había a quién colaborarle, pedía.  Y me daban.  Alguna vez usted me dio y no lo recuerda.  Con eso me compraba mis mendrugos, como dicen, y me bebía mis sorbos.  También conseguía con qué acicalarme, pues no me gustaba andar mal presentado.  Y leía, leía mucho.  Recogía todo periódico que dejaban por ahí y hasta libros olvidados.  Pero también empezaron a regalarme libritos las personas que ya me conocían.  No dejaba de escuchar música.  En un pequeño radio que encontré descompuesto, arrojado en las basuras reciclables y que hice reparar por un amigo, el del radiotaller del vecindario, a quien hacía favores.  Mire, pues, que yo vivía como un rey, nada me faltaba.
–Ya veo.  Y te tuviste que ir de por aquí cuando llegaron a construir este edificio.  No es así?
–Efectivamente, pero no me fui por mi propia voluntad.  Resulté “ido” de la forma menos pensada.  Porque eso era lo que querían, que me fuera, así sin más.  Un día, el señor que tenía escrituras del lote y por eso se sentía su propietario, vino a mostrarlo a unos negociantes y se los vendió.  No preguntaron cuánto valía mi choza.  Se las hubiera vendido, para no dañarles sus planes.  Poco después, llegaron las máquinas a despejar el terreno y cayó mi chocita derribada en un santiamén.  Desde una esquina lo presencié.  Ya había retirado mis tesoros: el radio, los libros, las cobijas y una olla.  Seguí durmiendo allí, al descampado, pero de día me ausentaba.  Cuando levantaron la ramada de las herramientas, me las ingeniaba para refugiarme allí después de caer el sol.  Mas una noche me dio por salir a observar la excavación para las fundaciones, con tal desacierto que resbalé en la tierra lisa, porque había llovido, caí a lo más profundo y quedé aprisionado entre las varillas de acero del alma para la columna, inconsciente por los golpes recibidos.  Llegaron al día siguiente a vaciar el concreto, no me vieron, no alcancé a gritar, todavía aturdido, y fue así como mi cuerpo quedó incorporado al alma de la columna y mi alma salió a buscar nuevos aires.
–Pero ¿cómo es posible?  ¿No se supone que ella se iría a ocupar el espacio que le tocara en el cielo o en el infierno?
–De eso no hay.  Yo quedé flotando por ahí.  Estuve muchos días vagando por toda la ciudad, hasta que decidí regresar a conocer el edificio.
Me contó que estaba visitando cada noche una vivienda diferente, para conocer la vida de sus “vecinos” y al enterarse de que yo escribía resolvió proponerme hacer los relatos de todas esas historias de vida.  Le dije que yo no me podía dedicar a hacer chismes sobre la vida de los demás.
–No son chismes, son testimonios; vamos a contar lo que yo veo y oigo en esas familias.  Y usted no les tiene que poner sus propios nombres; si les cambia estos y algún que otro detalle, no van a identificar fácilmente a quiénes está describiendo.
Confieso que me picó la curiosidad y le contesté:
–Bueno…  Está bien… ¿Cuándo empezamos?
–Mañana le traigo la primera historia.
La siguiente noche, al disponerme a buscar el lecho, recordé el compromiso con el extraño personaje y me ericé de nuevo.  ¿Cómo era posible que volviera a presentarse el espanto?  Mas, en un minuto creí serenarme, pensando en que el tal Miguelucho no regresaría.  Tengo que confesar que no concilié fácilmente el sueño, pero cuando ya estaba profundo y soñando algo muy delicioso, me tocaron el hombro.  Me incorporé como un resorte.
–Cálmese y prenda la luz si eso le da más tranquilidad.
–Pensé que no vendrías.
–Siempre pensamos en lo que deseamos y luego actuamos en consecuencia.
–Bien, vamos al relato, porque no puedo perder mucho sueño.
–Descuide; cuando se encuentre en mi estado no va a necesitar sueño ni le va a dar sentido al tiempo.
–No me alarmes.  No quiero pensar en eso.
–Nos negamos a pensar en lo que no deseamos y por eso tenemos sorpresas.
–Deja de filosofar y vamos al grano.
–El señor del primer piso tiene un pasado turbio.
–¿El del apartamento grande o el pequeño?
–El gordo del grande.  Él con sus negocios consiguió con qué comprar uno así de grande, aquí en este barrio de alto nivel, lo amobló con todo lujo y también compró otros dos en pisos más altos.
–Está bien que sepa invertir su dinero.
–Pero lo que no está bien es su dinero; nada bien habido.  Por eso se vino de su pueblo; allá le conocían sus andanzas y no le hacían buen ambiente.
–¿A qué se dedicaba, pues?
–No he ido a ese pueblo a averiguar, pero yo soy muy bueno para hacer deducciones.  Por todo lo que él habla, especialmente por teléfono, me doy cuenta de sus malas jugadas y de lo que lo obligó a huir de allá.
–No me convences.
–¿Por qué el tipo comenta “a Marco Tulio lo dejé sin una”?  ¿Por qué dice “a Careperro ya no le tengo que pedir más favores” y en otro momento comentan en casa que el tal Careperro mató a más de veinte?  Y cuando habla por teléfono, con mucho sigilo, con un amigote, a cada rato le advierte “que mi familia no se entere”.
Seguimos hablando un rato y me convenció de que ese señor fue de los que ampliaban la finca moviendo las cercas y amenazando a quien se los reclamaba; de los que tenían chanchullo con el comprador de la cooperativa para recibir pagos por mayor cantidad de arrobas de café, de panela… Que tiene algo que ver con la muerte de un paisano a cuya viuda le compró la finca y la casa por un valor mínimo y, además, nunca se lo terminó de pagar.  “Pero ya me di gusto halándole los pies y cantándole el nombre de esa pobre mujer”.
La noche siguiente, un relato nuevo, como Scherazada (pero sin quedarse en mi cama, lo aclaro).  Las chicas del segundo piso, donde se oye música con mucha frecuencia.  Son tres muchachas muy bonitas y simpáticas, que se les ve salir a diario hacia su universidad, y tienen un hermano menor, mas no niño, que da toda la apariencia de ser homosexual.
–Esas peladas hacen favores sexuales.  ¿No ha visto que allí llegan muchos jóvenes?
–Hombre, son compañeros de universidad que vienen a estudiar.
–No sea inocente.  ¿Yo entro o no entro a ese apartamento sin ser visto?
–No lo dudo, pero me asombra lo que me dice.
–Por su apariencia de universitarias fue que las eligieron para poder montar el negocio sin lugar a sospecha.  Y el mariconcito no es hermano, ni ellas son hermanas entre sí; él está contratado para cuidar de ellas, porque no ofrece riesgo.
–Pero parecen hermanas, son muy similares físicamente.
–Así las escogieron.  Todo está muy bien planeado.
En el rato que seguimos conversando, me contó detalladamente escenas que aquí no debo escribir, confesó travesuras que les hizo a los excitados visitantes y me dejó convencido de su noticia.
Aunque domingo, se apareció mi visitante la noche siguiente; no se dio descanso ni me lo permitió a mí.
–¿Cómo estás Migue?
–Podría decir que asombrado, si en mi actual estado existieran esas sensaciones.
–¿Y de qué se trata?
–La señora del séptimo piso, la que parece muy solvente, que mantiene a sus hijas como unos postres y mira a todos por encima del hombro, está en quiebra.
–¡Doña Maruja!  ¿Cómo es posible?
–Sí señor.  Hoy le estaba llorando a su ex-esposo por teléfono, al mismo que ella juraba que nunca iba a volver ni a saludar, y le rogaba que la salvara.  Yo sí era testigo, por mis entradas a mirar las muchachas, de que esta señora llamaba a pedirle prestado a un amigo para correr a pagarle a otro; a uno más le prometía que para el siguiente lunes le tendría la plata…
–Pero, ¿por qué cayó en eso, si tenía un negocio tan boyante?
–Por el juego.  Se dedicó a ir a los casinos y perdió hasta la vergüenza.  Esto lo supe apenas ayer, que la encontré diciéndole a su íntima amiga, por teléfono, que no volvía al casino porque ya no tenía ni crédito.
–Y, a ella, ¿qué lección le diste?
–Antes de la lección, pensaba ayudarle, pero parece que no se va a poder.  Me aprestaba a ir tras ella al casino, soplarle  al oído las cartas que debería jugar y que así recuperara su fortuna.  ¡Ya sé! No abras la boca.  Me ibas a decir que eso se llama juego tramposo.  ¿Tú crees que los otros no le han jugado sucio?  Me he solazado visitando casinos últimamente y soy testigo de las trampas más ingeniosas.
–Más asombrosas son las jugadas que hacen miles de políticos con los dineros públicos.
–Tiene toda la razón.  ¡Hasta mañana! 
Una noche más, una visita más del Miguelucho.  Esta vez llegó preguntándome si conocía a la pareja de hombres, muy bonitos y muy atléticos, del cuarto piso.
–Ya me vas a venir con una diatriba contra las parejas del mismo sexo.
–Todo lo contrario.  Ni siquiera cuando vivía en el barrio de ustedes, es decir, la vida terrena, tenía algún sentimiento contra ellos.  Pero le voy a contar lo que les sucede a diario a ese par de angelitos.
–Bien los has calificado; al menos a uno de ellos, que es una persona muy suave.
–Y es educado y respetuoso.  Lo que no convence a unos muchachos del octavo y del quinto que lo toman a burla y no lo dejan en paz.  Esos que salen con frecuencia a la terraza a tomarse unos tragos con las peladas del sexto y otras de la esquina y a escuchar música a todo volumen.
–¿Qué le han hecho?
–Cuando se lo topan en los corredores, le hacen preguntas incómodas, aun delante de las señoras.  Si viajan juntos en el ascensor, aprovechan el aislamiento para simular que lo tocan y que le quieren dar un beso y salen de allí a las carcajadas.
–Debería quejarse a la administración.
–Él no se atreve, pero sí lo ha comentado, compungido, con su compañero, el fuerte de la pareja, y este se limita a decir “que lo hagan conmigo y les pongo la mano”.
También esta vez seguimos un buen rato comentando el caso y ventilando nuestras opiniones, no opuestas en este caso, pero algo divergentes, en algunos detalles.  A propósito, me contó que ya hizo justicia por su propia mano: al muchacho que más suele vanagloriarse de su machera le empujó suavemente la cara hacia la del chico más bonito del grupo y logró juntarles los labios, esto dentro del ascensor en el momento en que se abría la puerta y se disponían a entrar sus dos amigas del sexto.  Ni hablar de la vergüenza del muchacho, las explicaciones esgrimidas (“algo me empujó”…) y la incredulidad y burla de las chicas.
Con esto, se despidió con un “hasta mañana”, pero no ha vuelto.  Ya llevo tres semanas esperando su visita, porque ya me tenía entusiasmado con sus historias y animado a escribirlas.  Por ahora, cuento esto y, si Miguelucho vuelve, ya podré escribir algo más sustancioso.

 ¿EN QUÉ MUNDO OCURRIÓ ESTO? Relato      En aquellos días de pasmosa quietud, me asomaba al balcón a observar ese fenómeno tan raro.   Los e...