jueves, 12 de julio de 2018

JOSEFINA Y UN CUARTO
Relato
Elaborado para participar en la actividad de julio 2018 de Literautas


En una casita de un barrio de clase media, sobre una típica calle de viviendas de uno y dos pisos, con  andenes cuarteados que los vecinos disimulan con puertas y ventanas bien pintadas y macetas de bellas flores en los antepechos de estas últimas, vive Josefina, mujer que tiene que levantar cinco hijos que le dejó su esposo al morir.  Ellos se llaman Alejandra, Emilio, Irene, Ofelia y Urbano.  Josefina se defiende elaborando comestibles y le ayudan con las ventas los dos mayores y, de lejos, le colabora su mamá, otra Josefina, señora bastante robusta que mueve con dificultad todo ese cuerpo – le dicen Josefina y media.  Esta se consuela viendo engrosar también poco a poco a su hija, a quien ya le dicen Josefina y un cuarto.

Para ordenar su cocina, Josefina, que es muy metódica, empezó a utilizar unos tarros de cuarto de galón de pintura que se consiguió sin uso y, aunque luego agregó otros del mismo tamaño que originalmente contenían leche en polvo o algún otro alimento, a todos les dice los cuartos.  En unos guarda pequeños utensilios de cocina, en otros, confites; tiene uno secretamente habilitado como alcancía, sin ranura, para mejor ocultación; otro lo usa para lápices, en otros siembra plantas…  Los mantiene muy limpios y organizados, en concordancia con el orden de toda la casa; ha pintado unos de colores vivos, ha forrado otros con papeles policromos…  Se pone muy contenta cuando le llevan un tarro; “este cuartico me va a servir para guardar los moldecitos de cortar galletas”.

El día de la madre, sus hijos le regalaron cuatro recipientes de cristal muy transparente con tapa metálica roscada bien pulida “para que salga de todas esas latas”.  Ella les dio otro uso:   Uno para el cirio con que alumbra una imagen sagrada, así no lo apagan las corrientes de aire, y los demás en unas oquedades de la pared de su habitación que fueron abiertas para iluminación natural;  acostados ajustaron preciso; no entran bichos, no circula aire frío y no se pierde la luz.  Es que la construcción era originalmente muy oscura y, sin presupuesto para abrir una ventana, hicieron estas perforaciones “mientras tanto” para toda la vida.

Un día necesitaba dinero para comprar zapatos a uno de los niños.  Le pidió a la hija mayor, Alejandra, alcanzarle el cuarto decorado con florecitas amarillas.  “Mamá, alargué la mano a la tabla de los cuartos, tomé el de la alcancía, lo destapé y… ¡El cuarto estaba vacío!”  ¿Por qué lo abriste? ¿Por qué sabías que guardaba plata ahí?  La chica se ruborizó; alguna vez había visto a la mamá destapándolo y guardando un dinero allí.  Pero ¿qué pasó?  ¿Quién pudo ser?  Josefina hizo una extensa indagatoria a todos los hijos y a una muchacha que le ayudaba. Todos negaron haber sacado cualquier billete, desconocían la ‘alcancía’, pero se mostraban muy turbados.  “¡Ningún permiso de salida por todo el mes! ¡No pueden meter la mano al cuarto de los confites!  ¡No pueden mirar televisión!”

Al día siguiente, la buscó Irene, toda misteriosa, y le dijo en voz baja “mami, apuesto a que esa fue la plata que encontró Urbanito”.  El niño de tres años, un día que la mamá bajó los ‘cuartos’ para limpiar la cocina, cogió unos de ellos en un descuido, para jugar; eso lo vio Irene y al rato  le quitó los tarros y los tapó.  Dedujeron juntas que el niño destapó la alcancía de alguna manera y metió la plata en un carrito, porque unos dos días después sus cuatro hermanos le descubrieron el dinero en el juguete, no se intrigaron por el origen del mismo y decidieron comprar un regalo para celebrarle a mamá su fiesta; hasta les sobró para helados y quedaron todos muy felices.

Josefina apenas alcanzó a disimular unas lágrimas, regañó “sin querer queriendo” a Urbanito por jugar con los objetos de la casa y les dijo a todos que había tenido la mejor celebración de día de madres de toda su vida, que nunca la olvidaría. 



Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

viernes, 29 de junio de 2018

CATALEJO
Relato


Una linda chica iba sola de noche por la calle; aire puro, la luna brillando con esplendor.  Al doblar una esquina,  dos muchachos que fumaban con sendas piernas apoyadas en la pared, empezaron a seguirla a pocos pasos y le lanzaban piropos de mal gusto.   Iba muy angustiada la muchacha, mirando a todas partes con la esperanza de encontrar gente, pero todo estaba solitario.  De repente, uno de ellos alargó la mano hacia su trasero, mas la chica aceleró el paso; el hombre apenas sí alcanzó a rozarla y su compañero se burló a carcajadas.

Surgió, como de la nada, un tercer muchacho que se le acercó por un costado; ella se estremeció.  “No temas, le dijo en voz baja, te voy a proteger”.  Le pasó un brazo por la cintura, con toda suavidad, y la siguió acompañando.  Los otros dos se les acercaron.  El muchacho giró a hacerles frente.   Uno huyó, pero el otro le sostuvo la mirada.  Le dio entonces un empujón y el cobarde salió corriendo.  Ya tranquilos, le quitó la mano de la cintura; “te acompaño hasta tu casa”.  Ella le regaló una amplia sonrisa y lo tomó de una mano mientras caminaban.  Se preguntaron los nombres.  “Yo soy Alejandro”; “yo me llamo Catalina”.   Siguieron hablando de sus estudios, de por qué estaban cada uno tan tarde de noche por la calle… Llegados a casa, lo despidió con mucho agradecimiento, con un fuerte apretón.

Se encaminó Alejandro a su casa fascinado con el angelical encuentro.  Esta chica era de una belleza cautivante; tenía una linda carita, de facciones muy pulidas y piel muy tersa, con una tierna expresión de dulzura; naricita de niña buena, cabello lacio bien peinado, algunos mechones le caían coquetos a la frente; cuerpecito bien proporcionado, bellas piernas, caminado suave y elegante; voz dulce.  “Catalina, ‘la pura’; le dieron el nombre preciso” se dijo el muchacho, que conocía la etimología.

Tres meses después, en una fiesta de amigos, Alejandro se la volvió a topar; allí estaba Catalina bailando con un hombre varios años mayor; al muchacho se le iban los ojos hacia esa pareja, prendado de la belleza de ella e intrigado por el aspecto del tipo que casi ni la llevaba al ritmo de la música por apretarse ansioso contra ella.  En los descansos, notó Alejandro que el hombre no se sentaba con ella, se iba a hablar con amigos; aprovechó para acercársele; cuando intentó recordarle lo de aquella noche lejana, ella ni lo dejó terminar, pues lo reconoció no más abrir su boca; “qué rico verte aquí”.

Empezando a sonar una nueva tanda, el hombre ya venía, Alejandro le dijo “te dejo con tu pareja” y ella le alcanzó a pedir que conversaran de nuevo en el siguiente receso.  En el nuevo encuentro, ella le dijo que estaba desesperada con la incómoda insistencia de Esteban (que así se llamaba); “me invita mucho, me saca de la casa prácticamente a la fuerza y me ha hecho insinuaciones que no me gustan; él parece buscar solo buenos ratos; yo no soy una mujer fácil, pero mi amiga Diana le colabora mucho y yo no sé como quitármelo de encima”.  “Ya veo que te voy a tener que proteger de nuevo; déjalo de mi cuenta”.

Se buscó Alejandro la manera de inmiscuirse en la conversación de Esteban con un grupito y habló de “mi prima Catalina”.  “¡Cómo que es tu prima! ¿Por qué ella no nos había presentado?”  “Bueno… porque yo tengo una misión que a ella no le gusta… yo la vigilo desde que estábamos chicos”. “No es para menos.  ¿Así que eres un sapo?”  “Como un sapo aplastado han quedado todos los que han querido sobrepasarse con ella; a Mario le tumbé dos dientes”.  Esteban se disculpó “para ir al baño” y no se le volvió a ver.

Alejandro tampoco volvió a ver a Catalina, a pesar del favor que le hizo.  Ella se esfumó, igual que se le esfumó Esteban de su vida.  Alejandro se daba sus pasadas por el frente de su casa, por si coincidía con una salida de ella, pero nunca se atrevió a tocarle a la puerta.  Otros tres meses… yendo hacia el sitio de venta de entradas para un concierto, se la encontró; ella lo saludó muy sonriente y le hizo alusión a la desaparición del atorrante.  “Es un cobarde, dijo él; con decirle que era tu primo, salió corriendo”.  “Un poco más se habló, a mí me contaron”.  “Bueno, sí, era necesario, para asustarlo”.  Ella lanzó una carcajada, que cortó diciendo: “¡Ah! Allí está mi novio que me espera en la fila. Nos vemos, y de nuevo ¡muchas gracias!”  

Quedó estupefacto Alejandro; en esas lo alcanzó su amigo Armando.  “Noto que te plantaron”.  “No, yo no la pretendía”.  “¿Y por qué se te encharcan los ojos?  “Debe de ser el sol”.  “Buena disculpa; tan verdadera como que eres su primo”.  Nueva sorpresa para Alejandro.  “¿Y tú qué sabes de eso?”  “Quién no lo sabe en toda Latinoamérica? Es la mejor anécdota que ha circulado últimamente”.  “Bueno, si sabes tanto, cuéntame quien es ese con el que se abraza toda amorosa”.  “Es Emilio; se cuadraron a la semana siguiente de tu proeza, cuando Esteban la dejó en paz”.

Se prometió Alejandro a sí mismo que ahora sí se iba tras Catalina, porque este chasco le hizo ver con toda claridad que estaba enamorado de ella.  No más timidez, no más laissez passer… le iba a hacer frente a su rival, iba a pelear por ella.  Recordó haber descubierto que su amiga Ivonne era íntima suya y empezó a urdir un plan para que le llevara a ella.  Nada más salir del concierto, se fue directo a buscarla en el sitio en que acostumbraban reunirse después de los cines y espectáculos.  La muchacha le dijo que la oportunidad se presentaba de perlas para el sábado siguiente, en un paseo que tenían convenido, al que no podría asistir Emilio, por compromisos de trabajo.  “Yo te invito y me encargo de convencerla de que vaya, sin contarle que tu vas”.

El viernes lo llamó a decirle que Cata iba a acompañar a Emilio a su misión de trabajo y no iría al paseo.  Alejandro entró en depresión, se encerró, no quiso salir con unos amigos esa noche y además no pudo dormir.  A las seis de la mañana lo despertó el teléfono (sí, lo despertó, porque eso de ‘no poder dormir’ es una expresión; cuando una preocupación ‘quita’ el sueño, en realidad se duerme unos ratos dispersos; se despierta a darle vueltas al problema y se vuelve a dormir un poco).  “Cata sí va; me avisó a medianoche que Emilio no la puede llevar, pero no te quise despertar a esa hora”.  “¡Qué noticia me has dado!  Ya me visto y voy”.

A Catalina se le dibujó una inmensa sonrisa cuando fue sorprendida con la presencia de Alejandro en el grupo.  No se le despegó en todo el día, aunque cada rato trataba de disimular, para que las amistades comunes no juzgaran extraño su entusiasmo por alguien diferente a su enamorado.  También a cada rato, la asaltaba el diablillo de la duda al acordarse de Emilio, se sentía ‘infiel’, pero luego se decía “se trata solo de un amigo de un día; además, ¿para qué no me quiso llevar?”.  Entre tanto, Alejandro albergaba ilusiones, pero igual a cada rato lo asaltaban interrogantes: “esta me querrá disfrutar por un día y después volverá con ese regordete…  ¡pero no!  yo la veo muy interesada en mí y seré capaz de hacerla interesar aun más”.

El reclamo de Emilio no se hizo esperar: “me contaron que…”.  Vinieron el “no era nada – sí fue mucho – no creas en chismes – eso no me satisface – no vuelvo a prestarle atención a nadie – ojalá sea verdad – te lo juro, mi amorcito”.  Pero Alejandro ya estaba en plan de insistir; ella le había dado el número de celular y “llámame a cualquier hora del día o de la noche”.  Varias veces tuvo que correr ella a disimular una llamada entrante estando con Emilio.  Mas, por esas casualidades de la vida, Emilio también estuvo abortando llamadas, hasta que ella lo pilló.  Fue inteligente y se quedó en silencio, para urdir un plan: la siguiente vez que él desvió una llamada, ella le pidió el aparato prestado para jugar un juego que ella no tenía y, en una salida de él para el baño, buscó la última llamada entrante, anotó el número y lo que sigue se sabe: hace que una amiga llame y averigüe nombre de la que contesta; con otras amigas reconstruye su perfil; comienza a mentirle a Emilio de que conoció a esa chica y él cambia de colores…

Este, después del susto, reaccionó, se averiguó el teléfono de Alejandro y en el siguiente encuentro le dijo a ella de frente que quería ver en su móvil las últimas llamadas recibidas; ella, muy ingenua le dijo que no tenía nada que ocultar y se lo entregó.  “Estas llamadas son de Alejandro; seguiste con él”.  “Y tu saliste con Clarita el día del paseo; no fuiste a ningún trabajo; mis amigas te vieron”.  Lluvia de acusaciones, de explicaciones incoherentes, desfile de hipótesis, llanto, portazo, soledad…

Cuentan que a la parejita ahora le dicen “Catalejo”, porque es una fusión de Cata con Alejo; que Emilio se fue a vivir a un barrio alejado y que a Esteban no se le volvió a ver. 

Carlos Jaime Noreña
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lunes, 25 de junio de 2018

LEONARDO, MUY RECONOCIDO
Relato

Sic itur ad astra
Virgilio

La tía Beatriz vio en las estrellas que el niño recién nacido sería un gran creador; su otra tía, Ligia, le adivinó dedos de músico y testera de intelectual.  De todos modos, era un bebé muy activo; desde recién nacido fijaba una mirada escrutadora en quienes lo observaban y ellos juraban que les sonreía; después empezó a agitar bracitos y piernitas como muestra de regocijo por la cercanía de los suyos y muy pronto aprendió a recibir con una risa franca las monerías que le hacían padres y abuelos.  “Este muchacho tiene futuro”, decían los viejitos.

Llegaba de la escuela primaria, volaba con sus tareas y se ponía a escribir cuentos, que se inspiraban en los de hadas, de aventuras que le leían desde muy pequeño: …Un jovencito que salía al bosque, armado de una cauchera (honda) a buscar a la niña de capita roja para advertirle del lobo, asegurándole que él estaría atento a derribarlo con su arma si se le acercaba…  …Un ave inmensa que transportaba a un marinero que iba en busca de un amor lejano, con la mala suerte de encontrarla encadenada por un ogro, pero con su valentía la liberaba…  Animado, los mostraba a su madre. “Deja de escribir esas bobadas; ponte a estudiar aritmética para mejorar tus notas.  Después buscas un pasatiempo más interesante”.

Su musa le recomendó no hacer caso de la imprudente mamá y le sugirió seguir escribiendo a escondidas; le hizo caso, pero también buscó otra afición, el deporte.  Hacía progresos en tenis de mesa, les ganaba a todos sus compañeros de estudio, ganaba torneos de barrio, lo llamaron a integrar un equipo municipal… En contravía, su hermana María Inés le dijo que ese deporte era de niñas y que dejara de ser iluso, que nunca iba a ser un campeón; debía dedicarse más bien al estudio para obtener buenos premios en el acto de clausura escolar;  él era un brillante estudiante y debía mantener alto el listón; más adelante podría buscar una actividad más gratificante.

En el bachillerato, siguió con el ping pong, mas, haciendo caso a su hermana, buscó otra actividad: se dedicó a aprender guitarra con un compañero y fue tal su progreso que resolvió pedir una de regalo a su papá, quien se la dio a regañadientes; “ya tiene una disculpa para no estudiar – pero si le va mal, se las verá conmigo”.  Practicaba la música cuando el padre no estaba; su complaciente musa intervino de nuevo y lo animó a hacer composiciones.  Aunque hacía unas muy inspiradas, se las guardaba, pues ya todos lo tenían acostumbrado a creer que sus habilidades no valían.  Cuando el papá lo sorprendía practicando, le decía que no se volviera un vago guitarrero, que explorara algo más productivo, que la dura vida exigía mucho estudio y mucha dedicación al trabajo.

Al poco tiempo de casarse, para hacer caso a las insistencias de su esposa de adoptar alguna afición intelectual para emplear su tiempo libre (como si tuviera mucho…), se decidió a estudiar pintura, actividad que le venía llamando la atención.  No lo abandonó la fiel musa, tuvo sorprendentes progresos, comenzó a producir obras de misterioso colorido, sorprendente expresividad, mágico encanto.  Su maestro le recomendaba exponerlas, pero su conyuge le decía que no se atreviera a mostrar en público “esos mamarrachos”; que tenía que buscar algo para lo que fuera “realmente bueno”.  No echó en saco roto la recomendación; en secreto disfrutó maravillosamente de la intimidad con una amiga que lo buscaba por algo para lo que lo consideraba muy bueno…

Su amigo Giovanni le pidió prestada la guitarra un fin de semana; en un bolsillo interno del estuche se fueron unas composiciones que ya no recordaba tener allí guardadas; el colega le retornó el instrumento el lunes, muy cumplidamente.  Un mes después, asistió Leonardo a una presentación del grupo de su amigo y de improviso escuchó unos acordes muy familiares; comenzó a dar vueltas en la cabeza a sus compositores predilectos, sin identificar al posible dueño de la música, hasta que reconoció que se trataba de sus lejanas creaciones, lo que le produjo amargura y resquemor.  A la salida misma del concierto, se fue directo tras Giovanni y le reclamó muy disgustado.  “Te íbamos a dar el crédito, pero Frank, el presentador, lo olvidó”.  “Pues yo no voy a olvidar entablarles una demanda”.  “No tienes manera de demostrar tu autoría”.  “Con esa frase me demuestras tu mala fe”.  Esa misma semana lo buscaron para proponerle una conciliación y pedirle nuevas obras; así comenzó a figurar como compositor y a devengar los ínfimos pagos que se derivan de los derechos de autor. 

En alguna ocasión, un cuñado que les ayudaba en una mudanza, rompió con torpeza un sobre lleno de papeles viejos; se desparramaron los cuentos que Leonardo conservó clandestinos por muchos años; el imprudente cuñado los leyó y se quedó asombrado, le propuso que los publicara, pero el hombre se negó con mil argumentos.  “Este tan creído; no le voy a rogar”.  Un tiempo después, fue lanzada una nueva versión de un prestigioso concurso de cuento; el cuñado buscó a Leonardo y le insistió tanto durante semanas, con tal variedad de razones, que lo dejó sin disculpas y se animó a presentarse en la modalidad de cuento corto, no con los escritos infantiles, sino con uno de nueva inspiración; resultado: ganador absoluto.

Su antiguo maestro de pintura se enteró de sus éxitos literarios y musicales y lo buscó para empujarlo a exponer.  “Esos cuadros están todos empolvados en un sótano”. “De allá los sacamos  y te ayudo a restaurar lo deteriorado”.  “Estoy muy endeudado, no puedo invertirle a eso”.  “No es mucho; yo te consigo dinero prestado con un amigo”…  La recuperación fue laboriosa, no solo era de cepillar; unos rostros ajados por el exceso de humedad tuvieron que ser cuidadosamente ‘maquillados’; unas flores marchitas por efecto de la luz fueron mágicamente revividas; los abstractos ya eran casi concretos, por la capa de tierra.  Finalmente, la exposición fue visitada por miles, obtuvo elogios de la crítica especializada y Leonardo vendió muchas obras.  Se hizo, pues, a fama como hombre polifacético, lo invitaban a dar conferencias, a exponer sus obras en varias ciudades, hasta a apadrinar niños, como se dice jocosamente.

En la conmemoración de una efeméride importante de su ciudad, se le hizo un homenaje y se le otorgó la máxima condecoración de la región.  Emocionado, expresó en su discurso los agradecimientos a sus ‘ilusos’ descubridores y ‘desinteresados’ promotores, a sus ‘pacientes’ lectores y ‘tolerantes’ espectadores y a los ‘generosos’ organizadores del ‘inmerecido’ homenaje.  “…Y no puedo terminar esta oración sin resaltar el valor de la búsqueda permanente, fiel aliada del esfuerzo.  No hubiera llegado a donde estoy si no hubiera explorado siempre algo diferente.  Por eso, debo hacer mención de aquellos que siempre me empujaron a buscar más, siempre me acosaron, nunca estuvieron satisfechos: mis padres, ya fallecidos, mi hermana, ahora tan lejana, y Amparo, quien fuera mi esposa”.


Carlos Jaime Noreña
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cjnorena@gmail.com

jueves, 21 de junio de 2018

HÉCTOR LECTOR

Relato


Las palabras de los libros han construido mi vida, eliminarlas sería desaparecer.
Diego Aristizábal. 

“Etícor, vení a comer que se te enfrió” le decía la mamá cuando el muchacho, por estar pegado de un libro, no hacía caso del llamado a comer; estaba tratando de terminar un capítulo antes de bajar al comedor, pero la insistencia de la madre lo obligaba a dejar una señal para correr a tragarse el alimento lo más rápido posible y no desconectarse de ese mundo virtual que estaba viviendo.  Sí, virtual, porque la hoy llamada “virtualidad” no nació ayer con el registro y transmisión de imágenes y sonidos por medios electrónicos; nació hace muchos siglos, cuando la humanidad comenzó a representar la realidad en pinturas y en escritos.  Más especialmente estos últimos, porque cuando recorremos las líneas de una novela, un libro de historia, el recuento de un partido de fútbol, nos hacemos una representación mental y la vivimos como una realidad en ese momento.

De niño, Héctor seguía, en las imágenes de los cuentos infantiles, todas las peripecias de los coloridos personajes que los mayores le leían.  Esa fue la primera vez que aprendió a leer: leía los hechos del cuento en las expresiones faciales de los personajes, en el estado pictórico de la naturaleza y de los objetos.  Su imaginación fue potenciada de tal manera que podría seguir viviendo si le quitaran los alimentos, pero no viviría sin los cuentos.  Y podemos decir que desaprendió la lectura en los bancos escolares, cuando le enseñaron a juntar letras y lo pusieron a decodificar, obligado, incomprensibles retahilas.

Aprendió a leer por segunda vez a los 12 años, cuando lo capturó un libro de Julio Verne prestado, que empezó a revisar con pereza una tarde que no tenía nada más qué hacer.  En esta obra volvió a percibir las expresiones de los personajes, no solo las faciales, sino las anímicas; volvió a ver pintada la naturaleza, pero en las detalladas descripciones y cautivantes narraciones del autor francés.  Pasó a La Isla del Tesoro, los Viajes de Gulliver…  También devoró Corazón, de Edmundo de Amicis, de otro estilo muy diferente.  A partir de entonces, quedó atrapado por el hechizante silencio de los libros.

Volvió a las obras fascinantes de Verne que lo paseaban por la geografía mundial; lo entretenían con aventuras realistas vividas por personajes comunes, sin héroes fantásticos ni hechos sobrenaturales, y lo acercaban a los principios de la ciencia con, esos sí, asombrosos artefactos que salían de la potente imaginación del genio.  Obras tan diferentes entre sí como La Isla Misteriosa, 20.000 Leguas de Viaje Submarino, Los Náufragos del Johnatan, De la Tierra a la Luna, los Hijos del Capitán Grant, Viaje al Centro de la Tierra, Miguel Strogoff, La Jangada…

Cuando le regalaron La Vorágine, esta significó la oportunidad para pasar de las aventuras y la ficción científica, de los relatos idílicos y románticos, a las pasiones humanas.  Y esta obra fue un buen puente, pues lo trajo de las aventuras en tierras extrañas, con personajes idealizados, a los acontecimientos en nuestra propia geografía con personajes realistas, y lo trasladó de los mundos románticos al crudo romance del amor.  Aprendió, entonces, que podemos encontrar la mejor Historia en la Literatura, porque esta nos la trae desde los ojos y oídos, desde la pluma, de esas personas sensibles e interpretativas que se adueñaron de unos hechos, de unos personajes, y los reelaboraron para nosotros.

Pasados unos años, las visitas a librerías y también el cine le fueron abriendo su abanico de preferencias literarias; leyó La Montaña Mágica, Cumbres Borrascosas, El Retrato de Dorian Gray…  También se interesó por los cuentos; leyó a Poe, a Onetti, a Chéjov, a Cortázar, a Kafka, a Hemingway, a Andersen, a Asimov, a Borges, a Wilde… Con estas lecturas, se obsesionó por algunos de estos autores y se le abrió la puerta hacia Rayuela, La Metamorfosis, Por Quién Doblan las Campanas, Cien Años de Soledad, El Amor en los Tiempos del Cólera…. Empezó a pregonar, con Alberto Ruy Sánchez, que sin el amor de un lector, de uno por lo menos, los libros prácticamente no existen. 

Por cierto, el muchacho salía muy poco; la lectura le robaba tiempo a la calle; sus amigos lo tenían que arrastrar a un paseo callejero, a tomar una cerveza, a jugar billar.  Se incrementó el encierro cuando su primer intento de conquista amorosa resultó en un fracaso; la chica, después de haberle aceptado varias salidas juntos, de regalarle una foto, de invitarlo a un baile, sorpresivamente le salió, el día de la declaración amorosa, con que estaba interesada en otro muchacho que la estaba cortejando.  Él se quedó dudando de si fue su propia culpa porque el día anterior la había, prácticamente, obligado a quedarse leyendo con él toda la tarde un largo trozo de En Busca del Tiempo Perdido, precisamente en donde Proust se queda describiendo una visita a su amigo Robert de Saint-Loup en el cuartel, los detalles de la vida militar, las conversaciones con algunos de sus compañeros, los ejercicios marciales… algo realmente aburridor para una chica que solo miraba telenovelas.  Se remordía de haberlo hecho; “me le presenté como todo un latoso”, se decía y le asomaban lágrimas a los ojos.

En cierta ocasión, se les ocurrió a las entidades que manejaban la educación y cultura en la ciudad crear el reconocimiento de “El Lector Vector”.  Consistía en distinguir a la persona que más hiciera por difundir el hábito de la lectura.  Abrieron las postulaciones, que podrían ser hechas por bibliotecas y entidades culturales y educativas y deberían estar respaldadas en documentos y testimonios fehacientes que mostraran que la persona sí actuaba como todo un vector que llevaba el constructivo hábito de la lectura a personas y comunidades.  A nadie extrañó que Héctor se ganara el galardón, pues, además de ser conocido por su obsesiva afición a las letras, había estado también desplegando actividades de promoción de bibliotecas en muy diversos sitios y consecución de fondos de apoyo para las mismas, entre otras cosas.  Sus amigos lo bautizaron “Héctor-léctor-véctor”.

Seguía solterón Héctor porque su trabajo principal y su afición a la lectura no le daban tiempo para enamorar en serio, pero un día encontró en una estación del metro a una antigua conocida que lo recibió con una amplia sonrisa; conversaron animadamente en el tren y, entre otras cosas, cada uno de los dos se enteró de que el otro estaba muy “solterito y sin compromiso”.  Ella se bajó una estación antes y él quedó embelesado con la deliciosa conversación de esa mujer, su bella espiritualidad y su atractiva figura, que nada se había deteriorado en esos años.  Poco después la encontró de nuevo, para grata sorpresa; le preguntó si tomaba el tren con frecuencia en esa estación.  “Todos los días, desde que me pasé a vivir hace un mes a este barrio; me queda de perlas para ir a la universidad donde trabajo”.  Conversaron de nuevo animadamente en el trayecto y de allí en adelante se las arreglaba Héctor para encontrarla “por casualidad”, hasta que se decidió a invitarla a tomar café.

Tras el café vinieron más encuentros para ir a cine, al teatro, y terminaron enamorados.  Ya pasaban el fin de semana juntos y, para ampliar las opciones de disfrute del tiempo, ella le propuso la lectura de buenas obras, invitación que fue acogida con entusiasmo y le fue grato a Héctor descubrir en ella a una juiciosa y profunda lectora.  Además de las obras que recorrían juntos, comentaban sobre las lecturas individuales de cada uno y descubrieron que tenían gustos diferentes, pero se interesaba cada uno por lo que el otro estaba leyendo.  Él gustaba más de los autores ya considerados clásicos, especialmente del siglo 19 y principios del 20, mientras ella buscaba a los nuevos escritores de la época.  Él prefería obras que se detuvieran en las relaciones entre personas y ahondaran en las emociones y las pasiones, a más de describir minuciosa y poéticamente los lugares, mientras ella se inclinaba por aquellas que narraban acontecimientos, hacían historias de vida y manejaban intrigas.  Ambos coincidían en algo: estar leyendo varias obras al tiempo; ya no estaban en sus años de adolescencia, cuando uno se puede sentar a leer un libro de principio a fin en unas horas, incluso sin dormir; más bien, les proporcionaba descanso el cerrar un libro y retomar otro de tema muy diferente; y no les perdían el hilo.

 Cualquier día, en tertulia con la directora de una importante biblioteca de la ciudad, con la que había establecido buenos nexos, le presentó la idea de convocar una “maratón de lectura”, como estrategia para hacer mayor promoción de esta significativa actividad humana; obtuvo su apoyo y la fijaron para seis meses después.  Consiguieron una respuesta muy alentadora: cinco mil inscritos y quince patrocinadores con jugosos aportes.  No cabían en sí de la dicha.  La naturaleza de la competencia privilegiaba la lectura responsable: no se estimulaba de ningún modo la velocidad, sino la calidad; el participante debía leer una cierta cantidad de páginas dentro de un rango de tiempo fijado, dejando unos mínimos rastros de lo leído, cada cierto tiempo, y entregando al final un resumen muy corto, una apreciación personal en estilo libre y respuestas a un breve cuestionario; el ganador no sería quien terminara todo esto antes que todos los demás, sino con los mejores resultados, bajo la evaluación de un jurado.  Además de la satisfacción personal e institucional por el éxito del evento, recibieron un premio nacional y reconocimientos internacionales.

Lo decepcionante fue que, en este país de envidiosos, se dejaron venir una serie de críticas mordaces a través de todos los medios y hasta morbosas acusaciones de peculado, con la deplorable consecuencia de que Héctor y el equipo no lograron conseguir suficientes apoyos, ni institucionales ni empresariales, para lanzar una nueva maratón al año siguiente.  Se conformó, pues, Héctor con seguir practicando sus actividades de lectura personales y las compartidas con su novia, publicando en su blog sus análisis de aspectos diversos de las obras leídas y participando en algún par de tertulias que le pidieron tener el honor de su compañía.  Y, lo más importante de todo, se sentía pleno de contar con esa compañera de vida que había encontrado “en el camino” y que no solo compartía con él lo rutinario, las amistades, lo familiar, lo afectivo, lo sentimental, lo pasional, sino que también le daba pleno apoyo a sus aficiones intelectuales.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
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martes, 12 de junio de 2018



EL HOMBRE AFORTUNADO

Relato

Elaborado para participar en la actividad de junio de 2018 del grupo de escritura "Literautas".

Llevaba un hacha en la mano; la pequeña réplica del “hacha de los colonizadores”, simbólico reconocimiento que le acababan de entregar en un acto solemne, como personaje destacado de la región; bañada en oro y engastada en una base de ébano.  En la región, y especialmente en su capital, se sentían orgullosos de la gesta colonizadora del siglo XIX a través de los territorios del sur, se creían una raza superdotada y veían en el hacha descuajadora de bosques la pujanza y el progreso.  El hombre estaba radiante, sonreía para las fotografías mientras esperaba la oportunidad de fugarse al baño después de una espera angustiosa en una ceremonia tan prolongada, con tantos discursos vanos y prosopopéyicos.

Le habían anunciado un mes antes su afortunada selección entre múltiples candidatos; habían competido con él un obispo gordiflón, un condecorado general de la república, una matrona de esas que parecía que solo les faltaba acomodarse en un altar; un educador lleno de canas, arrugas y recuerdos de muchachitos y muchachitas que le habían gustado mucho; un melifluo poeta a quien tenían por un nuevo Darío y muchos otros extravagantes “personajes” de esta variopinta sociedad.

Su candidatura a tan eximio reconocimiento había sido propuesta por la junta directiva de la sociedad regional de empresarios, de la que él había sido presidente en el período anterior y donde prácticamente todos los miembros eran elegidos por guiños suyos.  A todos ellos, él les había sugerido, uno a uno, entre tragos de fiestas y cocteles, o tras concederles significativos favores, que pusieran su nombre en consideración “entre otros”, pero, muy reconocidos con el excelso personaje, habían tenido acuerdo unánime en el de don Jenaro Chavarriaga Chavarriaga.

Su esposa lo abrazó emocionada al bajar del escenario y sus dos amantes le hacían guiños desde asientos situados un poco más atrás, distantes, pues no se conocían entre sí porque el hombre siempre había tenido fortuna al intentar mantenerlas muy en secreto, de modo que “ninguna de las tres sabía” de las otras.  (La esposa sí estaba enterada por los chismes de sus comadres, pero sin los nombres ni mayores señas de esas dos mujeres de rechupete y decía aceptar resignadamente las escapadas, para “mantener la unidad familiar”).  Saliendo del evento, un hombre cuarentón se le aproximó; Jenaro se llevó instintivamente la mano a la región renal, donde mantenía enfundado su revólver (“llevo el hierro entre las manos, porque en el cuello me pesa”), pero sus guardaespaldas lo bloquearon con sus cuerpos y lo alejaron rápidamente; se trataba de Eutimio, hijo no reconocido, que lo mantenía asediado.

Don Jenaro, hombre afortunado, poseía mayoría de acciones en veintitrés de las empresas más prósperas de la ciudad y en otras cinco de la capital de la república; además, era dueño único de otra docena de pequeñas empresas que proveían de materias primas y otros suministros a las ya mencionadas; se daba el gusto de pasar cada fin de semana en una diferente hacienda de las de su propiedad; en una, montando sus finos caballos de paso; en otra, revisando sus soberbios toros sementales; en otra, recorriendo los extensos cultivos de café; en otras, los de caña de azúcar, los de cacao, los de aceite de palma, etc.  Lo único que lo atormentaba era ese hijo que él negaba y que tanto lo buscaba; “ni lo reconozco ni lo pongo en mi testamento; no va a oler mi herencia”.

Había escogido nacer en el hogar de don Filiberto Chavarriaga Restrepo, prohombre de la región, digno representante de la raza, casado con su prima doña María de los Milagros Chavarriaga del Valle, dechado de virtudes, defensora de la fe, pródiga matrona que arrojaba migajas a los pobres del pueblo, que la buscaban todos los viernes después del chocolate que ofrecía en su mansión a las distinguidas damas de la sociedad local.  De niño, doña Milagros no lo dejaba desprender de su falda, “no sea que me lo perviertan estos muchachos del pueblo”, y lo mandaba al colegio con la niñera, quien también lo volvía a recoger.  El papá lo llevaba a la finca, le enseñaba a montar a caballo y siempre le repetía “todo esto lo tienes que conocer muy bien y aprender a manejarlo, porque un día será tuyo”.

Para fortuna del muchacho, su padre murió joven y poco después su madre; obtuvo jugosas herencias de un lado y del otro y se quedó solo con ellas.  En verdad, no tan solo, porque tenía a Jacinta, una amante secreta y, ya amo y señor, se la llevó a vivir con él, no en la casa familiar, para no profanarla, sino en un palacete que se hizo construir en uno de los barrios residenciales de clase alta que comenzaban a crecer en la pujante ciudad.  Para no alargar, contaremos que al poco tiempo, cuando ella quedó imprudentemente embarazada (de quien se llamaría Eutimio), la repudió, la expulsó de casa y corrió a buscar una damisela de sociedad para casarse y volver a vivir en la casa paterna.

A punta de golpes de fortuna, hizo crecer la heredad.  La primera ocasión fue una creciente del río que atravesaba la finca; a Jenaro le tocó rehacer una cerca, nada más; los vecinos, en cambio, sufrieron la destrucción de casas, la pérdida de animales y de cultivos; no eran gente adinerada y Jenaro fácilmente les compró, por hacerles el favor, decía, a los damnificados, a las viudas, por precios irrisorios y así duplicó el tamaño de su propiedad.  Después le compró a uno de ellos su pequeña industria en el pueblo cercano, por palos de tabaco, porque lo acosaba la deuda que adquirió para el cultivo cuya cosecha nunca pudo recoger.  La industria era del mismo ramo de una que había heredado de su padre y con esto se animó a comprar otras de la misma línea, en pos de un monopolio.

No nos detengamos en la cadena de afortunadas adquisiciones, siempre aprovechándose de circunstancias más o menos insalvables, que lo llevaron en pocos años a ser tan rico y poderoso.  Parejo con ella estuvo también la cadena de accesos a círculos sociales, nada difícil, por su alcurnia y su dinero, el que además, hacía parecer mucho más abundante y le abría todas las puertas.  Y ni qué decir de la cadena de afortunadas conquistas amorosas, pues las mujeres se le rendían, más por su dinero que por su aspecto físico, sin que desmereciera por este último, que era la envidia de muchos amigos.

El día se llegó en que ni su suerte con las mujeres, ni su magnetismo personal, ni su habilidad para los negocios, ni siquiera su herradura de la buena suerte, lo libraron de la adversidad de un secuestro.  Fue noticia nacional, se movilizaron el ejército, la policía y los organismos secretos, pero pasaron muchos días, semanas, meses sin novedad alguna.  Por fin, un oscuro día muy lluvioso, en medio de rayos y truenos, llegaron los organismos de seguridad a la covacha donde se encontraba amarrado nuestro personaje y se desencadenó un tiroteo en el que fueron dados de baja todos los malhechores; pero también cayó don Jenaro…

Sobra describir los homenajes póstumos, el fastuoso cortejo, el acompañamiento a su viuda.  No sobra contar que bautizaron con el nombre de Jenaro Chavarriaga Chavarriaga una clínica a la que había dado algunos aportes (muy rogados y bien calculados para exenciones tributarias), también un intercambio vial que se inauguró por esos días en la ciudad, varias escuelas y colegios del departamento y muchos muchachitos pobres que nacieron en los meses siguientes; estos últimos sin la suerte de llevar los dos pomposos apellidos.

La investigación del delito no demoró mucho en arrojar resultados; Eutimio fue acusado como autor intelectual, se le condenó a muchos años de prisión y, además, se le desheredó por haber propiciado la comisión de delitos contra su propio padre.  ¡Afortunado aún después de su muerte don Jenaro!  No quería que su hijo lo heredara y la justicia se encargó de hacer cumplir su deseo.

Carlos Jaime Noreña

Ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

sábado, 26 de mayo de 2018

NOCHES LLENAS DE SUSPIROS,
DÍAS LLENOS DE ILUSIONES

Relato

Ese día, a las 5:30 de la mañana, apagó Juan Carlos el despertador cuando apenas empezaba a campanear, porque el ansia que tenía de acompañar a Lilia Jimena al aeropuerto le hizo percibir el sonido de inmediato, no obstante haber pasado muy mala noche.  Saltó de la cama al baño y luego se fue a la cocina a buscarse una fruta y después una bebida caliente; se tomó esta última con el desespero que da el tener que pasar despacio un líquido a alta temperatura cuando se está afanado.

Había dormido muy mal, pensando repetidamente, angustiosamente, intensamente, en la desfortuna de haberle pedido un beso esa noche en el momento menos oportuno.  “Creí que eras distinto, que no ibas a correr tras besos acabando de conocerme”.  Luego lo despachó fríamente desde la puerta de su casa, a donde él “gentilmente” (pero en realidad porque le había gustado la muchacha) la había acompañado después de la fiesta.

“Muy bien que lo paré en seco”, se decía la chica formalmente, pero anímicamente deseosa de aquel muchacho con quien había bailado ganosa, contenta, suelta, y que era tan cortés y tan suave en sus expresiones.  Y no dormía, no sabía por qué.  “Hice lo correcto” y su cuerpo le decía otra cosa.  Tal vez durmió media hora, cuando tuvo que apagar el despertador ya casi terminando de campanear.

Al terminarse la fiesta que tuvieron en casa de unos amigos, cada quien salía por su lado, pero J. C. sentía que se quería quedar toda la vida allí, conversando tan delicioso con esa chica.  La vio salir del baño después de sus retoques femeninos, ya lista para emigrar y le propuso acompañarla.  Se dieron los consabidos “no te voy a poner a voltear – no es ningún inconveniente – yo me sé cuidar sola – mejor que te cuide un hombre pero no te compliques por mi – ¿dónde vives? – por la… – ¡ah! yo muy cerca de ti, será muy fácil – bueno, ya por eso”.

En el taxi, ella se sentía vibrar; este muchacho le había encantado; ahora le proponía temas románticos y ella se fascinaba más; recordaba cómo se le pegó bailando y también cómo lo apartó suave y discretamente, pero sin querer hacerlo; deseaba devolver el tiempo, seguir bailando y permitirle todo.

En el taxi, el se sentía hervir; esta muchacha era encantadora; empezó a mencionarle los pasajes más románticos de las canciones bailadas, preguntándose y preguntándole si de verdad se podían vivir esos momentos tan lindos, esas experiencias tan excitantes con otra persona y la respuesta muda de ella, acercándosele, mirándolo con calidez, lo sacaba de foco.  Ya iba a tomarla suavemente de las manos cuando el taxista paró y anunció llegada.

Le sorprendió que no le permitiera un inocente beso de despedida.  “Es una impostora”, pensó enseguida, cambiando la sorpresa en rabia.  “Se muestra muy recatada, como aquellas vampiresas que después nos clavan sus colmillos.  No vale la pena volver a verla”.  Acababa de cerrar tras de sí la puerta de casa y le cayó encima un baño de sensatez otorgado por el ambiente familiar:  “Es un amor, es un hada fantástica.  ¿Por qué no quiere conmigo?”  Y se fue con los ojos encharcados a la cama.

“¿Tras de qué venía este galán pervertido? Siempre quieren empezar con un besito ‘amistoso’… ¡Pero no! Estoy confundida; es muy diferente a los que han tratado de sobrepasar mis límites, es bueno.  ¡No! ¡bueno para qué?  para tratar de darle satisfacción a eso que tiene ahí abajo, como todos”  Y con estas confusiones, la muchacha se fue a la cama.

La fiesta empezó muy animada.  Gustavo Z., el anfitrión, había invitado a Juan Carlos porque el muchacho estaba trasegando por los terrenos de la decepción amorosa; muy duro le había dado aquella hermosa mujer que solo estuvo jugando con él y todos los amigos querían sacarlo de esa hondura.  Lilia Jimena llegó convidada por Graciela, invitada de Gustavo, azuzada por las compañeras de aquella, que querían sacarla del ostracismo en el que llevaba un año, después de una traumática decepción amorosa.  Aún no los habían presentado, pero cuando él, de lejos, la vio sentada en el sofá con sus amigas y le lanzó el dardo de su mirada, ella le respondió con tal chispa en los ojos, que de inmediato vino a sacarla al ruedo y bailaron toda la noche.

Llegó Juan Carlos, pues, en el taxi, a las 6:45 de la mañana a recoger a Lilia Jimena para llevarla al aeropuerto.  Corazón palpitante, los tumbos se podrían escuchar kilómetros a la redonda.  “¿Me estará esperando?  ¿Se fue más temprano para no encontrarme?  ¿Llamo a la puerta o me devuelvo por donde vine?”  Se decidió a oprimir el timbre, más por temor a la cuenta creciente del taxímetro que por valentía.  No bien puso el dedo sobre el botón, se abrió la puerta y la chica, con fingida cara de asombro… “Ya salía, ¡qué casualidad! No contaba contigo…”

Había estado vacilante durante su tibio baño y su fresco desayuno.  “¿Lo espero?  ¡No! mejor me le voy antes de la hora que le dije”.  Lavar vajilla del desayuno.  “Pero… ¿cómo defraudarlo si viene?  Últimos toques de maquillaje.  “El no vendrá, ya le frustré sus intenciones”.  Teléfono para pedir un taxi, línea ocupada.  “Esas intenciones son bellas, algo me lo dice; lo voy a esperar.  ¿Pero por qué no me avisa que viene en camino?”  Sentada en la salita, maleta al lado, mirando la calle por un resquicio de la cortina…

Saludo muy cortés, de apretón de manos.  Llevada de maleta atrás y se sientan juntos.  “Confirmado; al aeropuerto, por favor”.  “¿Cómo que confirmado?  ¿Estabas dudando?”  “No… ¡Si! dudaba si alcanzaría a llegar antes de que salieras a pie con esa maleta para el aeropuerto”.  “¿Qué te hace pensar en ese absurdo?”  “Los hechos concretos: cuando llegué ¿no salías ya con la maleta sin ningún taxi pedido?”  “Sí lo pedí, pero no llegaba”.  “Y, desesperada, resolviste salir de maleta en mano para el aeropuerto y” “¡Cállate! Y más bien cuéntame de tu vida, que es toda una incógnita para mi”.

J. C. le contó cosas bonitas como la carrera que estaba estudiando, el deporte en el que estaba haciendo progresos, las lecturas y la música que le gustaban, pero no le contó de las tres veces que estuvo locamente enamorado y no correspondido antes de aquella fiesta: Carmenza, Viviana, Lina Patricia…  Luego, Lilia Jimena, en su “turno”, que le tocó ya estando en el aeropuerto, le contó también de lo bonito: su afición por el violín, sus premios académicos, sus viajes…  Calló la aterradora experiencia que tuvo un año atrás con ese que le destrozó el corazón.

Caminando hacia un punto de consumo de café, se les cruzaba un muchacho muy bien parecido, que cuando la vio le dio un efusivo saludo con estrecho abrazo y con beso y conversaron unos minutos sobre cosas comunes, mientras él lo miraba de pies a cabeza, receloso y le notaba ese redondo trasero, que es lo que más gusta a ellas de ellos.  “Es Juan Guillermo, mi amigo del alma”;  “ahhh, no sabía que tenías novio”;  “¡no es mi novio! su novia es Tatiana, pero él y yo somos amiguitos desde hace años y nos queremos mucho”;  “quiérete, pues, bastante con tus amigos”.  Siguió pensativo unos minutos y ella lo miraba maliciosa, pero ya tomando el café tuvieron de nuevo una charla muy animada.

Después entraron a una revistería, donde Juan Carlos necesitaba buscar algo, y la chica que atendía lo saludó muy alegre de verlo.  “¡Hola, Luz Amparo! ¿Cuánto hace que trabajas aquí?”  Nueva conversación de largos minutos sobre cosas comunes y expresión impaciente de Lilia Jimena, no dejando de mirarle a ella el trasero, la pomposa delantera, el coqueto motilado.  “¿Vienes con frecuencia a verla en la revistería?”; “no sabía que estaba aquí”;  “me refiero a donde ella trabaja; que no supieras del traslado es otra cosa”:  “¿celos?”  “¿por qué voy a tener celos?  tu y yo no somos nada”  Chaparrón de agua helada para J. C.

Más callados que animados, continuaron en la espera del avión, que ya fue breve.  Llegando a la puerta de embarque “bueno, un feliz viaje, que encuentres bien a tu familia”; “y ¡no hay un besito?” Se le salieron los ojos de las órbitas a Juan Carlos; la tomó por la cintura con ambas manos, la acercó a su cuerpo y le dio un beso en la boca, que ninguno de los dos quería dar por terminado.  Hubo rápido pedido de datos para comunicarse “porque se me van a hacer eternas tus vacaciones”, “porque no sé qué voy a ir a hacer con mi familia, me debería quedar contigo”.  Agitación de manos a lo lejos, besos lanzados al aire.

El dulzor con que quedó Juan Carlos fue asaltado esa noche por la imagen del tal Juan Guillermo; “¿y si tienen algo entre ellos? es muy fácil fingir; ella lo saludó muy efusivamente; amorosamente, más bien; sí debe de ser una embaucadora; pero se ve tan linda y es tan amorosa conmigo… ¡yo no sé!”  El embeleso de Lilia Jimena se le pasó cuando se acostó por la noche en su casa: “seguro se fue directo a buscar a Luz Amparo en la revistería; allá se besaron; de eso estoy segura; tal vez no está sino por disfrutarnos a cada una de nosotras; pero este hombre tan bello, tan especial… ¡ay! ¡no sé qué pensar!”

Larga separación de vacaciones espera a estos dos muchachos, con anhelos y dudas, con bellos recuerdos y turbias amenazas.  Seguirán jugando cada cual su papel, cuando hablan, cuando intercambian mensajes; seguirán albergando cada uno sus resquemores y vacilaciones cuando enfrentan la soledad de la noche.


Carlos Jaime Noreña
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jueves, 24 de mayo de 2018

A PUNTO DE PERDERLO TODO

Relato enviado en abril de 2018 a La Aventura de Escribir


¡En buena se metió! Apostó lo que llevaba en la billetera a que podía escribir allí mismo, en media hora, un cuento sobre alguien que estaba a punto de perderlo todo. Le prestaron el computador y llevaba un buen cuarto de hora sin que nada se le ocurriera. Súbitamente, empezó a escribir sobre alguien que apostó a que podía hacer un relato sobre un hombre que estaba a punto de perderlo todo en un casino, pero completamente diferente a los miles de historias que se hacen sobre ese trillado caso, y el relato de marras empezó hablando de una mujer que estaba a punto de perder su vida porque su esposo, maniático del juego, se quedó en el garito y no llegó a suministrarle la droga que requería para salir de una crisis asmática. El hombre tuvo un rápido golpe de suerte, decidió conservar lo ganado, corrió a casa y, en el último minuto, salvó a su mujer que ya entraba en agonía y le hizo ganar la apuesta a quien escribió sobre él, que con ello salvó la billetera de nuestro prosaico protagonista.

JOSEFINA Y UN CUARTO Relato Elaborado para participar en la actividad de julio 2018 de Literautas En una casita de un barri...