sábado, 26 de mayo de 2018

NOCHES LLENAS DE SUSPIROS,
DÍAS LLENOS DE ILUSIONES

Relato

Ese día, a las 5:30 de la mañana, apagó Juan Carlos el despertador cuando apenas empezaba a campanear, porque el ansia que tenía de acompañar a Lilia Jimena al aeropuerto le hizo percibir el sonido de inmediato, no obstante haber pasado muy mala noche.  Saltó de la cama al baño y luego se fue a la cocina a buscarse una fruta y después una bebida caliente; se tomó esta última con el desespero que da el tener que pasar despacio un líquido a alta temperatura cuando se está afanado.

Había dormido muy mal, pensando repetidamente, angustiosamente, intensamente, en la desfortuna de haberle pedido un beso esa noche en el momento menos oportuno.  “Creí que eras distinto, que no ibas a correr tras besos acabando de conocerme”.  Luego lo despachó fríamente desde la puerta de su casa, a donde él “gentilmente” (pero en realidad porque le había gustado la muchacha) la había acompañado después de la fiesta.

“Muy bien que lo paré en seco”, se decía la chica formalmente, pero anímicamente deseosa de aquel muchacho con quien había bailado ganosa, contenta, suelta, y que era tan cortés y tan suave en sus expresiones.  Y no dormía, no sabía por qué.  “Hice lo correcto” y su cuerpo le decía otra cosa.  Tal vez durmió media hora, cuando tuvo que apagar el despertador ya casi terminando de campanear.

Al terminarse la fiesta que tuvieron en casa de unos amigos, cada quien salía por su lado, pero J. C. sentía que se quería quedar toda la vida allí, conversando tan delicioso con esa chica.  La vio salir del baño después de sus retoques femeninos, ya lista para emigrar y le propuso acompañarla.  Se dieron los consabidos “no te voy a poner a voltear – no es ningún inconveniente – yo me sé cuidar sola – mejor que te cuide un hombre pero no te compliques por mi – ¿dónde vives? – por la… – ¡ah! yo muy cerca de ti, será muy fácil – bueno, ya por eso”.

En el taxi, ella se sentía vibrar; este muchacho le había encantado; ahora le proponía temas románticos y ella se fascinaba más; recordaba cómo se le pegó bailando y también cómo lo apartó suave y discretamente, pero sin querer hacerlo; deseaba devolver el tiempo, seguir bailando y permitirle todo.

En el taxi, el se sentía hervir; esta muchacha era encantadora; empezó a mencionarle los pasajes más románticos de las canciones bailadas, preguntándose y preguntándole si de verdad se podían vivir esos momentos tan lindos, esas experiencias tan excitantes con otra persona y la respuesta muda de ella, acercándosele, mirándolo con calidez, lo sacaba de foco.  Ya iba a tomarla suavemente de las manos cuando el taxista paró y anunció llegada.

Le sorprendió que no le permitiera un inocente beso de despedida.  “Es una impostora”, pensó enseguida, cambiando la sorpresa en rabia.  “Se muestra muy recatada, como aquellas vampiresas que después nos clavan sus colmillos.  No vale la pena volver a verla”.  Acababa de cerrar tras de sí la puerta de casa y le cayó encima un baño de sensatez otorgado por el ambiente familiar:  “Es un amor, es un hada fantástica.  ¿Por qué no quiere conmigo?”  Y se fue con los ojos encharcados a la cama.

“¿Tras de qué venía este galán pervertido? Siempre quieren empezar con un besito ‘amistoso’… ¡Pero no! Estoy confundida; es muy diferente a los que han tratado de sobrepasar mis límites, es bueno.  ¡No! ¡bueno para qué?  para tratar de darle satisfacción a eso que tiene ahí abajo, como todos”  Y con estas confusiones, la muchacha se fue a la cama.

La fiesta empezó muy animada.  Gustavo Z., el anfitrión, había invitado a Juan Carlos porque el muchacho estaba trasegando por los terrenos de la decepción amorosa; muy duro le había dado aquella hermosa mujer que solo estuvo jugando con él y todos los amigos querían sacarlo de esa hondura.  Lilia Jimena llegó convidada por Graciela, invitada de Gustavo, azuzada por las compañeras de aquella, que querían sacarla del ostracismo en el que llevaba un año, después de una traumática decepción amorosa.  Aún no los habían presentado, pero cuando él, de lejos, la vio sentada en el sofá con sus amigas y le lanzó el dardo de su mirada, ella le respondió con tal chispa en los ojos, que de inmediato vino a sacarla al ruedo y bailaron toda la noche.

Llegó Juan Carlos, pues, en el taxi, a las 6:45 de la mañana a recoger a Lilia Jimena para llevarla al aeropuerto.  Corazón palpitante, los tumbos se podrían escuchar kilómetros a la redonda.  “¿Me estará esperando?  ¿Se fue más temprano para no encontrarme?  ¿Llamo a la puerta o me devuelvo por donde vine?”  Se decidió a oprimir el timbre, más por temor a la cuenta creciente del taxímetro que por valentía.  No bien puso el dedo sobre el botón, se abrió la puerta y la chica, con fingida cara de asombro… “Ya salía, ¡qué casualidad! No contaba contigo…”

Había estado vacilante durante su tibio baño y su fresco desayuno.  “¿Lo espero?  ¡No! mejor me le voy antes de la hora que le dije”.  Lavar vajilla del desayuno.  “Pero… ¿cómo defraudarlo si viene?  Últimos toques de maquillaje.  “El no vendrá, ya le frustré sus intenciones”.  Teléfono para pedir un taxi, línea ocupada.  “Esas intenciones son bellas, algo me lo dice; lo voy a esperar.  ¿Pero por qué no me avisa que viene en camino?”  Sentada en la salita, maleta al lado, mirando la calle por un resquicio de la cortina…

Saludo muy cortés, de apretón de manos.  Llevada de maleta atrás y se sientan juntos.  “Confirmado; al aeropuerto, por favor”.  “¿Cómo que confirmado?  ¿Estabas dudando?”  “No… ¡Si! dudaba si alcanzaría a llegar antes de que salieras a pie con esa maleta para el aeropuerto”.  “¿Qué te hace pensar en ese absurdo?”  “Los hechos concretos: cuando llegué ¿no salías ya con la maleta sin ningún taxi pedido?”  “Sí lo pedí, pero no llegaba”.  “Y, desesperada, resolviste salir de maleta en mano para el aeropuerto y” “¡Cállate! Y más bien cuéntame de tu vida, que es toda una incógnita para mi”.

J. C. le contó cosas bonitas como la carrera que estaba estudiando, el deporte en el que estaba haciendo progresos, las lecturas y la música que le gustaban, pero no le contó de las tres veces que estuvo locamente enamorado y no correspondido antes de aquella fiesta: Carmenza, Viviana, Lina Patricia…  Luego, Lilia Jimena, en su “turno”, que le tocó ya estando en el aeropuerto, le contó también de lo bonito: su afición por el violín, sus premios académicos, sus viajes…  Calló la aterradora experiencia que tuvo un año atrás con ese que le destrozó el corazón.

Caminando hacia un punto de consumo de café, se les cruzaba un muchacho muy bien parecido, que cuando la vio le dio un efusivo saludo con estrecho abrazo y con beso y conversaron unos minutos sobre cosas comunes, mientras él lo miraba de pies a cabeza, receloso y le notaba ese redondo trasero, que es lo que más gusta a ellas de ellos.  “Es Juan Guillermo, mi amigo del alma”;  “ahhh, no sabía que tenías novio”;  “¡no es mi novio! su novia es Tatiana, pero él y yo somos amiguitos desde hace años y nos queremos mucho”;  “quiérete, pues, bastante con tus amigos”.  Siguió pensativo unos minutos y ella lo miraba maliciosa, pero ya tomando el café tuvieron de nuevo una charla muy animada.

Después entraron a una revistería, donde Juan Carlos necesitaba buscar algo, y la chica que atendía lo saludó muy alegre de verlo.  “¡Hola, Luz Amparo! ¿Cuánto hace que trabajas aquí?”  Nueva conversación de largos minutos sobre cosas comunes y expresión impaciente de Lilia Jimena, no dejando de mirarle a ella el trasero, la pomposa delantera, el coqueto motilado.  “¿Vienes con frecuencia a verla en la revistería?”; “no sabía que estaba aquí”;  “me refiero a donde ella trabaja; que no supieras del traslado es otra cosa”:  “¿celos?”  “¿por qué voy a tener celos?  tu y yo no somos nada”  Chaparrón de agua helada para J. C.

Más callados que animados, continuaron en la espera del avión, que ya fue breve.  Llegando a la puerta de embarque “bueno, un feliz viaje, que encuentres bien a tu familia”; “y ¡no hay un besito?” Se le salieron los ojos de las órbitas a Juan Carlos; la tomó por la cintura con ambas manos, la acercó a su cuerpo y le dio un beso en la boca, que ninguno de los dos quería dar por terminado.  Hubo rápido pedido de datos para comunicarse “porque se me van a hacer eternas tus vacaciones”, “porque no sé qué voy a ir a hacer con mi familia, me debería quedar contigo”.  Agitación de manos a lo lejos, besos lanzados al aire.

El dulzor con que quedó Juan Carlos fue asaltado esa noche por la imagen del tal Juan Guillermo; “¿y si tienen algo entre ellos? es muy fácil fingir; ella lo saludó muy efusivamente; amorosamente, más bien; sí debe de ser una embaucadora; pero se ve tan linda y es tan amorosa conmigo… ¡yo no sé!”  El embeleso de Lilia Jimena se le pasó cuando se acostó por la noche en su casa: “seguro se fue directo a buscar a Luz Amparo en la revistería; allá se besaron; de eso estoy segura; tal vez no está sino por disfrutarnos a cada una de nosotras; pero este hombre tan bello, tan especial… ¡ay! ¡no sé qué pensar!”

Larga separación de vacaciones espera a estos dos muchachos, con anhelos y dudas, con bellos recuerdos y turbias amenazas.  Seguirán jugando cada cual su papel, cuando hablan, cuando intercambian mensajes; seguirán albergando cada uno sus resquemores y vacilaciones cuando enfrentan la soledad de la noche.


Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

jueves, 24 de mayo de 2018

A PUNTO DE PERDERLO TODO

Relato enviado en abril de 2018 a La Aventura de Escribir


¡En buena se metió! Apostó lo que llevaba en la billetera a que podía escribir allí mismo, en media hora, un cuento sobre alguien que estaba a punto de perderlo todo. Le prestaron el computador y llevaba un buen cuarto de hora sin que nada se le ocurriera. Súbitamente, empezó a escribir sobre alguien que apostó a que podía hacer un relato sobre un hombre que estaba a punto de perderlo todo en un casino, pero completamente diferente a los miles de historias que se hacen sobre ese trillado caso, y el relato de marras empezó hablando de una mujer que estaba a punto de perder su vida porque su esposo, maniático del juego, se quedó en el garito y no llegó a suministrarle la droga que requería para salir de una crisis asmática. El hombre tuvo un rápido golpe de suerte, decidió conservar lo ganado, corrió a casa y, en el último minuto, salvó a su mujer que ya entraba en agonía y le hizo ganar la apuesta a quien escribió sobre él, que con ello salvó la billetera de nuestro prosaico protagonista.



EL MAGO FRUSTRADO

Relato corto enviado el 6 de mayo de 2018 a “La aventura de escribir”


Nilrem, el mago más temido y más venerado de todo el reino, estaba en una encrucijada, pues había extraviado el libro de los conjuros, no lo encontraba después de remover toda su guarida y había olvidado precisamente el conjuro para hacer aparecer las cosas perdidas. De nada le valió rezarle mucho a San Antonio. La varita mágica se le había convertido en escoba, porque en su ofuscación confundió el conjuro de hallazgo de objetos con el de transubstanciación. Menos mal, todavía tenía una utilidad esta (ahora larga) vara: la teleportación; sí, al agitarla con ambas manos, manteniendo las cerdas que le nacieron en un extremo en contacto con el piso, asombrosamente trasladaba más adelante todos los residuos caídos allí y, si se continuaba la labor pacientemente, se podían reunir todos en un mismo sitio para recogerlos. El aprendiz que lo acompañaba estaba defraudado porque el mago no tenía un conjuro para convertir esa escoba en un sirviente que trajera el agua desde el pozo y le tocaba esa ingrata tarea que le tomaba horas y no le dejaba tiempo para irse a buscar a un príncipe que pareciera un gemelo suyo y cambiarse las ropas con él.


martes, 22 de mayo de 2018

INVISIBLE
Relato


Aquí quiero enseñarles a los dos
lo que a estas horas pasa en la Calle Mayor de Madrid,
que esto solo un demonio lo puede hacer, y yo. 
“El Diablo Cojuelo”, Luis Vélez de Guevara


Un propósito extraño.
Leandro se antojó de hacerse invisible.  Andar por todas partes sin ser notado era retador.  No tener figura, no tener nombre; no dejar huella quizá; no incidir en nada quizá.  Pero ¿qué sentido tenía ser un completo desconocido? ¿qué le dejaría esta experiencia?  ¡Ah, mucho!  En tanto estaría en un mundo en donde él no estaba y conocería lo que no conocía.  Qué bueno sería tener una experiencia como la del estudiante Don Cleofás Pérez, quien pudo penetrar en las intimidades de la sociedad madrileña del siglo XVII, gracias a que un diablito le levantaba todos los techos, le mostraba escenas de la vida real en un espejo mágico… 

“No puedo invocar ningún diablo en este siglo 21; no existe tampoco un espejo ni una pócima mágica; han informado de experimentos todavía primitivos que producen la invisibilidad en el nivel atómico, pero no me puedo sentar a esperar que la tecnología produzca los artefactos útiles; además, no tendrá ningún atractivo jugar a ser invisible cuando todo el mundo lo pueda hacer”.  Cavilando, se le ocurrió lograrlo con la imaginación; el poder de la imaginación rompe todas las barreras; si se imaginaba invisible, podría “penetrar” en diversos recintos y “ser testigo” de múltiples hechos.

La primera escena la construyó cuando pasaba por un templo; se le ocurrió presentarse invisible al lado del confesionario.  Entró, entonces, y se puso en fingida actitud de oración, pero observando a las personas que se acercaban a la casilla del sacerdote.  Arrimó un muchacho con porte de estudiante, mirando receloso a todas partes; “me acuso, padre, de que le sustraigo dinero a mi papá de su billetera cuando entra a bañarse y deja todas sus cosas sobre la cama” –construyó Leandro– “hijito, no debes hacer eso con un hombre que vela por tí, que te da lo que necesitas”; “pero, padre, es que no me alcanza para nada lo poco que él me da; a todos mis compañeros, su mesada les alcanza para refrescos, mecato, recarga del celular, compra de láminas para el álbum del mundial y para ir a cine con una amiga; mi papá es muy tacaño”; “tú no puedes poner la medida de las erogaciones de tu papá; él puede tener dificultades y te da lo que justamente puede”; “pero sí le alcanza para salir con esa vieja; porque tiene una querida que visita cuando sale dizque de correría; yo me lo he pillado”; “mira hijo, los pecados de tu papá los tiene que confesar él; no me puede mandar razones contigo; y no hagas juicios temerarios porque alguna vez lo viste conversando con una compañera de trabajo; recuerda, Jesús dijo ‘tu ojo izquierdo no sepa lo que está mirando el derecho’; si no tienes más qué confesar, arrepiéntete y voy a proceder con la penitencia”.

A continuación, se arrodilló frente a la rejilla una señora como de cincuenta años.  “Acúsome, padre bendito, de que estoy tragada del muchacho que me trae los encargos del mercadito”; “¿eres casada?”; “sí, padre, por eso me atormenta mi pecado”; “pero concrétame: ¿qué has hecho con el muchacho?”; “nada, padre; yo lo miro y lo miro… ¡con unas ganas!  Y, bueno, le digo cositas… y también le he acariciado esa cabellera mona, lacia y abundante tan hermosa que tiene”; “a ver, pero son ‘cositas’ morbosas y caricias insinuantes ¿o qué?”; “ay, yo no sé, padre, yo me siento enloquecer cuando llega ese muchacho tan bello y siempre con alguna disculpa lo hago entrar un ratico; claro que él es muy esquivo y se me escapa muy rápido”; “entonces, ¿todavía no se han ido a los hechos?”; “ay, no, padre, pero mantengo unos deseos pecaminosos”; “hija, con el deseo también cometes adulterio; recuerda  que se peca por pensamiento, palabra u obra”…

Salió encantado de la iglesia después de su primera experiencia de hombre invisible y tan extasiado que un pito estridente lo reubicó, pues estaba tratando de cruzar la calle sin percatarse del tráfico.  “¡Huy! Afortunadamente estoy muy visible”.  Esto le dio la inspiración para el siguiente caso:  “colocó” en el crucero una de las antiguas atalayas de policía de tránsito y “se montó” en ella a detectar infractores.  “Pilló” primero a un motociclista que se metió al carril exclusivo de buses y transitó por allí más de cien metros para adelantarse al atascamiento del tráfico; sopló mucho su silbato, pero el atrevido piloto no le prestó ninguna atención.  Ahora el que no estaba prestando atención a la vía y por poco estrella a su vecino fue un (imaginario) automovilista que llevaba la mano (y la mente) puesta en su compañera de viaje de excitante minifalda, precisamente varios centímetros arriba del ruedo, por debajo de de la faldita.  ¡Pero si era Domingo, su compañero de trabajo!  Y ella, ¡nada menos que Carmenza, la jefe de ambos!  Algo sospechaba ya Leandro desde hacía días…

Una nueva modalidad.
“Mi próxima experiencia de invisibilidad tiene que ser menos morbosa”.  Pero fue espeluznante:  Estaba lloviendo; nuestro personaje se resguardó bajo un techito improvisado de una construcción y no pudo evitar escuchar una conversación tras el vallado protector de la obra… “Con esto te la afloja toda.  Se lo pones en un costado y de inmediato te suelta la lana.  Pero si no hace caso, empujas suave y firme”  Se le fueron los ojos por un pequeño orificio de la falsa pared y ahí estaba un hombre curtido entregando un largo y brillante puñal a un joven rudo.  Bastó esto para que Leandrito se alejara a pasos suaves pero ágiles, sin importarle recibir el baño que la naturaleza le regalaba.  “Ahora si fui un verdadero hombre invisible; pero ¡afortunadamente invisible!”.

Al día siguiente, yendo en el bus, dos muchachas venían parloteando en los asientos detrás del suyo; ingresó otra que les produjo completo silencio y se sentó adelante.  “Esta Jessica tan engreída, ni saluda”, “desde que tiene a ese novio platudo no determina a nadie, se cree la más ch…”, cuchicheaban.  “Y saber que el man tiene negocios como raros”; “¡ah! ¿si?”; “eso andan diciendo en el barrio, que está como medio enredado en un combo de traficantes y por eso llega en esas motos y luciendo esas joyas”; “pero a mí me dijo la misma Jessica que él tiene una venta de perfumería, contrabandeada sí, pero a lo sano”; “no seas bobita y no te creas todo; esos pachulís son de fachada y no le dan ni para tomar tinto; Néstor Johnatan se saca todo es con otras vueltas; me contaron”… ¡Qué sorpresa para el invisible Leandro!  Él le compraba perfumes a un Néstor Johnatan y sabía que su novia se llamaba Jessica, porque lo oyó hablarle por teléfono.

Le quedó gustando mucho la experiencia de la escucha “invisible” y empezó a buscar sitios y personas a los que pudiera pescarles chismes interesantes.  En los pasillos del supermercado se iba detrás de algún par de comadres que veía muy posesionadas del chismorreo; en los bares, se sentaba en la mesa de enseguida de algún grupito de amigos que parecieran muy posesionados de un chisme y se hacía el desentendido, fingía estar muy absorto en la revisión de todas esas cosas que nos llegan al celular.

Desencantos de la invisibilidad.
Para un sábado por la tarde, organizaron una fiestecita los compañeros de trabajo en la casa de uno de ellos.  Leandro no faltó, porque esperaba tener oportunidad de estar un buen rato al lado de Irene, que le gustaba mucho.  En cierto momento en que ella y otra compañera iban a entrar a hacer algo en la cocina, tuvo la ocurrencia de esconderse en un guardaescobas amplio desde donde las podría escuchar, para saber si Irene hacía comentarios sobre él.  “Ese negro es divino” dijo de pronto Irene a su amiga (“pero yo soy todo pálido”); “y te ha invitado a sitios chévere” (“ese soy yo, pero nunca me acepta las invitaciones”); “sí, las discotecas más lanzadas” (“yo no la he invitado a discotecas, me muero del miedo que nos vean y le cuenten a mi mujer”); “mañana me va a llevar a un lugar que dice que nunca voy a olvidar; ¡negro precioso!”  (“Que se quede con su pinche negro, yo no vuelvo ni a saludarla”).  Y media hora más se tuvo que quedar encerrado, asfixiándose de calor, llorando frustración y oyéndolas sufrir y gozar con su experimento culinario.

Al salir, ya cayendo el sol, lamentó haber estado invisible para su mujercita toda la tarde y se encaminó directo a casa, con remordimiento por lo de Irene, rechazando las tentaciones de los compañeros para ir a rematar a un bar.  Llegó a casa, entró directo a su habitación; allí estaba ella, en la cama, profundamente dormida, con un gesto de gran placidez en la cara; tenía solo una sábana encima de su desnudez.  “Me está esperando ansiosa, mi María Fernandita; esa placidez del rostro lo demuestra”.  Se descalzó, comenzó a aligerarse de ropa y escuchó un ruido que venía del jardín; corrió para allí, pero recogiendo de paso una escoba en la cocina para “defenderse”.  Vio a un hombre que de inmediato se puso a revisar una de las plantas; le preguntó qué hacía allí.  “Es que Mafe… Perdón, doña Mafe me pidió revisarle las maticas, porque yo soy jardinero”;  “ahhh, ¿sí? ¿un jardinero en ropa limpia de calle, zapatos lustrosos, mal amarrados, pantalón mal cerrado, camisa mal abotonada?  Te voy a romper la cabeza, ¡sinvergüenza!

La carrera fue veloz.  En una exhalación ganaron la calle y Leandro lo siguió persiguiendo por varias cuadras.  La gente no contenía la risa al ver a este hombre corriendo en medias, con la camisa sin abotonar, blandiendo una escoba, detrás de otro con ropa mal compuesta, que perdió un zapato, y luego el otro, en la carrera.  Al voltear una esquina, el extraño se perdió y Leandro se sentó en la acera, casi asfixiado, pensando tristemente en que por estar tan invisible para su mujer, esta había encontrado a uno muy visible.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
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viernes, 18 de mayo de 2018

LAS MIL Y UNA TARDES
Relato


Federico y su novia Virginia, en una tarde de holganza, estaban sentados en el sofá, hablando de lo uno y de lo otro, esperando qué programa se les ocurría para el anochecer, comentando y volviendo a comentar sobre la última película.  De pronto, Federico le dijo que iba a contarle “Las mil y una tardes”, pero no una tras otra, sino unas dentro de otras, y empezó:

Una tarde estaban Federica y Virgilio cómodos en el sofá, muy abrazados, tomando un exquisito vino con ricos pasabocas y les dio por empezar a elaborar este cuento entre ambos:  Francisco y Valeria estaban por la tarde en un café; degustaban deliciosos capuchinos con pastelitos; ya habían “repasado” todos los temas acostumbrados y estaban a punto de irse cuando vieron llegar a sus amigos Felicia y Valentín.  “Esta Felicia está engordando” dijo Valeria; “y Valentín sigue echando barriga” agregó Francisco.  Saludazo con fingidas o sinceras sonrisas, indagación por la gastritis del uno, por el atraso de la otra; por el trabajo de la una, por el hobby del otro…  “Y cuenten alguna cosita”…

Entonces, Felicia y Valentín contaron que la tarde del sábado anterior fueron a la finca de sus amigos Fabio y Viviana y hubo un juego donde la pena asignada a cada perdedor no era el ya muy desgastado despojo de prendas de vestir, sino hacer el esfuerzo de contar un cuento ideado sobre la marcha.  Que eso era muy difícil… “Por eso es una pena”.  Que no eran literatos… “Quizá surja aquí uno que no habíamos (ni se había él mismo…) descubierto”.  Total, Fernanda y Vicente, que fueron los primeros en perder una ronda, comenzaron a contar el siguiente cuento:

Los amantes Facundo y Viridiana buscando, una tarde muy tarde, un nidito de amor se extraviaron en un barrio de una lejana y fría ciudad y comenzaron a buscar con desespero como salir de allí.  Fauno y Venus pasaban por ahí, se ofrecieron a ayudarles, los llevaron a su casa a protegerlos del frío.  Después de un buen rato entre cobijas y un buen sueño, pusieron una intrigante película que encontraron sobre la mesa de noche, donde la parejita joven Friday y Viernes viajaban en una máquina del tiempo, pero solo podían llegar a los días (pasados o futuros) que fueran viernes.

Empezaron saltando al viernes anterior y encontraron a Fabio y Viviana muy concentrados pensando en las penalidades para el juego del día siguiente con sus amigos en la finca… No querían jugar a las prendas, pues ya sus amigos sabían ir llenos de pulseras, anillos, cadenas, ropa interior bajo la ropa interior, de modo que ya era imposible darse el gusto de ver a Fulana desnudita, haciéndose la avergonzada, o a Vexano malcubriéndose eso de adelante con las dos manos, todo sonrojado… 

Les sugirieron lo de los cuentos y los invitaron a viajar en su máquina una semana atrás.  Aceptaron con la condición de estar invisibles.  Se posó la máquina en el apartamento de Felicia y Valentín…  ¡Mejor que estaban invisibles! pues los sorprendieron en intensa escena de amor; Friday y Viernes querían alejarse con prudencia, pero los otros dos querían ver “la película”, así que los dejaron allí, recomendándoles esconderse bien, pues volverían a ser visibles cuando ellos partieran, y se devolvieron una semana más.  (¿Se sabrá cómo hicieron Fabio y Viviana para explicar su presencia a la amorosa pareja?).

Encontraron a Francisco y Valeria haciendo esfuerzos por salirse del cuento en que Federica y Virgilio los habían encerrado, pues no querían tener más migas con Felicia y Valentín, vaya usted a saber por qué…  Mas para romper el encanto era necesario, según los chicos de la máquina, contar un suceso real ocurrido a Federica y Virgilio.  “¿Suceso real? Nosotros no somos íntimos de ellos ni nos mantenemos fisgoneando, como para contar un chisme suyo”, dijo Francisco.  “Un momento, dijo Valeria, a mí sí me ha contado cositas Federica, pero… ¡ay! no sé…  son como muy personales”.  “Bien, decídanse, porque es la única forma de salir de su encierro literario”.

Después de una discusión en voz muy baja entre los de la pareja, se decidieron a contar lo siguiente, en voz de Valeria:  Un día estaban Virgilio y Federica muy disgustados, por alguno de esos encontrones de pareja; Federica, muy alterada, tuvo la ocurrencia de confrontarlo por una infidelidad de la que “se enteró”; él afirmó, entre ofendido y asustado, que nunca le había faltado con otra, preguntó cuál era el chisme y ella empezó con el cuento: “¿Te acuerdas de una vez que fuimos a comer al restaurante nuevo de la otra cuadra y nos atendió una chica muy trozuda y muy bonita, que no reprimiste las ganas de conversarle y preguntarle el nombre y dijo llamarse Victoria? – Bueno, ni me contestes, porque ya te veo mirándome con ojos de asesino.  El hecho es que, al rato, cuando regresaba del baño, te vi muy animado conversando con ella y guardándote un papelito.  Nada difícil saber qué numerito anotaste allí.   Cuando, en un descuido tuyo, revisé tu camisa, en el papelito figuraba un Fidel; otra nada difícil: cambiaste el nombre para evitar ser descubierto, Fidel es Victoria; Fidel Castro entró victorioso a La Habana en enero de 1959”. 

“Aplaudo a esta brillante detective, dijo Virgilio, ya develaste el secreto.  Pero lamento informarte que ‘Fidel’ es la raíz de ‘fidelidad’, a la que nunca te he faltado, y casualmente Fidel se llama el plomero que vino la semana pasada a solucionar una humedad; Victoria me lo recomendó”.  “¡Ahhh! ¿Si?  ¿Tan rápido entraste en confianza con esa desconocida, que hasta le pediste sugerencia de plomero?  ¿No le pediste, acaso, una recomendación de pantaloncillos?  Tu estrenaste unos muy a la moda esa misma semana”.  “Ya no sé qué decir; tu eres genial construyendo deducciones lógicas al estilo Sherlock Holmes, ‘Lord Shancklenton no vino ese día al club a tomar el te a las cinco, como todos los días desde hacía treinta y cinco años; por lo tanto milord estaba ese día a esa hora en la escena del crimen’.  Me doy por vencido”.  “Yo también, y sellaremos acuerdo de paz con un beso”.

“Han hecho méritos para romper la envoltura del cuento.  Quedan libres.  Ahora volveremos al futuro a tratar de sacar a Fabio y Viviana de una engorrosa situación”.

Y entonces Virgilio volvió a ser Federico, Federica volvió a ser Virginia, y se fundieron en un apasionado beso de amor.



Carlos Jaime Noreña
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lunes, 7 de mayo de 2018

LORENZO Y EL DRAGÓN
Relato


(Elaborado para participar en la actividad de mayo 2018 del grupo de escritura “Literautas”)


Lorenzo tenía un secreto, sabía dónde estaba la cueva del dragón y no se lo contaba a nadie.  Se tenía este Lorenzo tanta confianza con el monstruo que allí, en su cueva, guardaba miles de cosas.  Cuando le decían que sus tenis ya se veían viejos, suela desgastada, una incipiente peladura por un costado, decía “me los llevo a la cueva del dragón y me compro unos nuevos”.  Cuando se cansaba de salir con una amiga y, al no verlos juntos, le preguntaban por ella, “la mandé para la cueva del dragón”.

Desde que tenía 13 años, estaba Lorenzo frecuentando la cueva; siempre salía muy sigilosamente hacia allí, para que nadie lo siguiera, pues quería mantener el misterio.  Apenas se sabe que la descubrió una tarde que lo dejaron solo los amigos con los que había salido de caminada.  Después de varias horas de recorrido, descubriendo esas magníficas cosas sencillas que se encuentran en compañía en esa edad y por esos lugares, de haber comido al mediodía las provisiones de alimentos secos y en conserva, jugos y frutas, empacadas con ayuda de mamá, los acosaron negros nubarrones y un amenazante “viento de agua” y sus compañeros propusieron regresar con prontitud a sus casitas.

“Las señoritas, que corran a buscar la falda de mamá, replicó Lorenzo, y los hombres siguen explorando conmigo”.  “Las señoritas se quedan con Lorenzo y los machos que saben correr vienen conmigo a buscar refugio”, contestó otro y con ello neutralizó ese amenazante cuestionamiento de la virilidad, tan determinante en la adolescencia.  Sobra contar quién se quedó solo en medio de las breñas, pero sintiéndose el más valeroso de todos y explorando el terreno con ánimo reforzado.  Llegó a su cuadra ya anocheciendo y escurriendo agua y comenzó a describir a sus amigos los detalles de una fascinante cueva que descubrió, su recorrido y también su angustiosa huida cuando vio llegar a un dragón buscando su refugio y arrojando humo por los ollares.  Impresionables como son los muchachitos, le creyeron todo el cuento y le pidieron llevarlos a la cueva; él se negó: “¡Ustedes me dejaron solo! así, solo, voy a disfrutar de mi descubrimiento”.  Le siguieron rogando por mucho tiempo, pero nunca los llevó.

En los cursos del bachillerato, en lugar de olvidar al dragón, se afianzó en su devoción por él.  Estudiaba para los exámenes en su cueva, porque allí adquiría la mayor concentración; mas, para las matemáticas, como los amigos buscaban su ayuda, nunca los llevó a estudiar allí; “los puede atacar, solo a mí me respeta y me quiere” y los reunía en casa.  Una vez llegó a clase con una pequeña chamuscadura en el pelo y su explicación fue que el dragón estaba de mal genio y le había respirado fuego en la cabeza.  Su madre, muy religiosa, siempre le insistía en que se confesara para el primer viernes; él, por toda respuesta le decía “mis pecados, nadie los puede saber; yo los llevo a la cueva del dragón”.

Ya maduro, con solvencia económica, le recomendaban sus amigos ahorrar y también se lo proponían de mil formas los promotores bancarios, pero él contestaba que sus ahorros los guardaba en la cueva del dragón, allí estaban más seguros bajo las fauces del fiero guardián.  “Un banco me paga un interés ridículo y me lo saca cien veces en comisiones; mi dragón no me cobra nada”.  Cuando su madre y las tías lo acosaban para que se casara, “solo me sirve una esposa que viva conmigo en la cueva del dragón”.

Cuando ganaba su equipo favorito se iba, después de celebrar un rato con los amigos, a compartir su alegría con el dragón y, cuando tenía motivos de tristeza por partidos perdidos, por malos momentos en el trabajo, por fiascos amorosos, corría a refugiarse en la cueva para consolarse con “mi dragoncito, el único que me entiende”.  Algunas veces trataron de seguirlo sus camaradas, ansiosos de conocerle su secreto, mas tuvo buen olfato, los supo esquivar y nunca lo encontraron.

En alguna oportunidad, Lorenzo se sintió enfermo; al principio, no les prestó atención a los síntomas; siguió viviendo su vida, que era muy agradable, con buenas amistades, amor, familia muy cariñosa, trabajo estable y bien retribuido; pero se llegó el momento de acudir al médico; lo hizo muy veladamente, no dejó que se enterara ninguno de los suyos y siguió el tratamiento en una forma cuidadosa y callada.  Sin embargo, el mal seguía avanzando, hasta que perdió la confianza en la medicina, abandonó consultas y tratamiento y siguió soportando calladamente la dolencia.  En algún momento, empezó a comentar con familia y conocidos sobre la extraña enfermedad de su dragón y a decirles que lo tenía que visitar con más frecuencia, que no lo podía dejar solo; ellos, acostumbrados ya al misterioso compañero de Lorenzo, le seguían la corriente, le preguntaban por su estado de salud y hasta le mandaban algunos saludos y unas uvitas, como se acostumbra con los enfermos.

Un día, Lorenzo dijo que el animal se encontraba muy delicado y se iba a ir a cuidarlo toda la noche; los amigos se sonrieron; en casa pensaron que sería otra de sus escapadas, por las que, prudentemente, nunca le averiguaban.  Cuando pasaron tres días que no aparecía ni en el trabajo ni en su casa, se alarmaron y comenzaron a buscarlo, primero ellos mismos en los lugares que frecuentaba y con todas las amistades que se le conocían; después acudieron a la policía y ni así volvió a aparecer el Lorenzo.  Pereció con su dragón. 

Carlos Jaime Noreña

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