lunes, 29 de enero de 2018


LAS TRAVESURAS DE ANGELITO

Relato


Se llamaba Ángel Ángel Ángel.  Sí, así como suena.  Su padre José Ángel y su madre Dolores Ángel lo llevaron a bautizar y el sacerdote, maravillado de la belleza del bebé, dijo “es un angelito”.  Iniciando la ceremonia, el cura le dijo “Angelito, qué buscas en la iglesia de Dios?”; después, “yo te bautizo, Angelito, en el nombre del Padre y del Hijo…”  La madre le susurró “padre, es Fernando”, pero él no le prestó atención.

Solo cuando fueron a solicitar la partida de bautismo para inscribir al Fernandito para la confirmación en su colegio católico se dieron cuenta de que estaba registrado como un triple ángel.  Corrieron al párroco, que era el remplazo del difunto viejito que bautizó al niño, y les dijo que el sagrado documento no se podía alterar y que el niño se llamaría así por el resto de su vida; acudieron al obispo, en la capital del departamento, y recibieron igual respuesta, total que al niño que todos llamaban “Nando” se le tuvo que cambiar por Ángel.

Cuando los compañeritos del colegio se enteraron del fabuloso nombre triple comenzaron a gozárselo inmisericordemente; lo llamaban “arcángel”, “cohorte celestial” y hasta llegaron a decirle “triple demonio”.  El chico, en venganza, comenzó a hacerles bromas pesadas: les amarraba el cordón de un zapato con el del otro para que se cayeran al tratar de dar un paso, les quitaba rápidamente la silla cuando se iban a sentar, les entregaba las “respuestas” del tema del examen del día siguiente, afirmando que se lo había copiado al profesor en un descuido, lo que, por supuesto, resultaba falso…

Así se fue perfilando el muchacho como astuto bromista con el paso de los años, como si la broma bautismal del curita hubiera sido un mandamiento para su conducta futura.  Entrado a la enseñanza secundaria, no pasaba una semana sin que le hiciera una chanza pesada a alguno de sus compañeros.  La más inocente consistía en devolver a la biblioteca, en un descuido del interesado, el libro que había prestado para consultas académicas o para lectura; el perjudicado se encontraba de repente con que el libro no estaba en su pupitre ni en su maletín, no lo había encontrado ningún compañero y empezaba a dudar si lo había dejado en casa; al no hallarlo allí, se presentaba compungido a la biblioteca a informar el extravío del libro; “usted lo devolvió ayer” le decían y salía entre aliviado por no tener que pagarlo y disgustado por la broma de que fue objeto.

Un día, un compañero estaba comentando sobre el derroche de su papá en billetes de lotería y Angelito le dijo “¿cómo? y es que ¿no sabes que con las fracciones no premiadas se puede montar en bus? Hay un convenio entre la Lotería y la compañía de buses, aprovéchalo”; “¿y debo presentar el carné de estudiante?”; “¡nada! la sola fracción de lotería”.  Al día siguiente, el furioso muchacho tuvo que ser contenido por los demás compañeros, pues quería moler a golpes a Ángel.  “¡Qué ridículo el que hice en el bus! Todo el mundo me miró raro. Y eso no es nada, ¡a mi mamá también le pasó lo mismo!”  Y Ángel estaba que no podía de la risa. 

En el barrio, en la tienda de Argemiro, Ángel y su primo Guillermo eran reconocidos como buenos estudiantes y muchachos juiciosos.  Un día estaban sentados tomando refresco y vieron que Argemiro iba a arrojar un par de focos a la basura; no se lo permitieron y le dijeron que ellos los podían reparar; el hombre, asombrado pero también incrédulo, se los entregó.  Una semana después se le aparecieron los muchachos con las bombillas y le pidieron que las pusiera a alumbrar; él, convencido de que les iba a hacer pasar un chasco, corrió a ensayarlas y ¡qué sorpresa se llevó! alumbraban perfectamente bien.  “¿Y cómo lo lograron?”; “nosotros las tratamos con un líquido que nos traen de Estados Unidos – en nuestras casas no se han vuelto a comprar focos”.

El tendero comenzó a ofrecer a todos los clientes comprarles las bombillas fundidas, pensando en que después se las vendería como nuevas, y la gente lo miraba extrañada, pero allí se las llevaban.  Pasadas unas semanas, Argemiro les dijo a los muchachos que les tenía una caja llena de bombillas para que le arreglaran; que negociaran el precio.  Ellos le contestaron que esperara un poco, pues se les agotó el líquido y estaban aguardando que se lo trajeran de EEUU.  Todavía pasó un buen tiempo hasta que Argemiro se dio cuenta de que no debía seguir comprando las bombillas viejas, que nunca les iba a sacar la jugosa utilidad que había previsto.

En una ocasión, comprando provisiones en la tienda, se les ocurrió decir que eran para el terremoto.  “¿Cuál terremoto?”; “hay uno anunciado para mañana por la mañana”; “eso no lo predice nadie”; “aquí en el país, no; pero salió en un periódico de Estados Unidos que le llega a mi tío, y la tía nos mandó a comprar todo esto”.  Al día siguiente, a las 12 pasadas, ellos ni se acordaban de su profecía y, pasando por el lugar les reclamaron por su falsedad; “esperen, que se retrasó un poco; esas predicciones tienen un margen de error”.  Y esa tarde, por casualidad, hubo un temblor de 4,8 grados que asustó a todos y alcanzó a agrietar algunas paredes viejas y nuestros héroes ganaron muchos puntos de popularidad, pero empezaron a decir “esperen el grande”.

A la semana siguiente, dos viejas beatas detuvieron a Ángel y Guillermo en una de las calles del pueblo, angustiadas por la premonición del terremoto grande; “¿en qué fecha dice la revista que va a ocurrir?”; “no tiene fecha fija aún – todavía está en investigación”, dijo Guillermo, y al angelito le dio por agregar: “pero nosotros les podemos conseguir las estampitas de un santo a quien se le reza para ahuyentar los movimientos sísmicos”.  Ellas se fueron esperanzadas y Guillermo le preguntó a su primo “¿en qué nos vas a meter ahora?”; “espera, para que veas”.

Llevó Ángel a su compinche a la pieza de la abuela, en ausencia de esta; le abrió el baúl y sacó un fajo de estampas de un extraño santo, con una hoja de palma en una mano y un gallito en la otra, marcadas “Vitus”; “este es San Vito, el bailarín, según me contó la vieja; vamos a hacer negocio con estas imágenes”; “¿se las vas a sacar? ¿y si te pilla?”; “ella no se acuerda de todos los chécheres que tiene en ese cajón”.  Esperaron una semana, buscaron a las señoras y les dijeron que, en la capital, habían comprado estas sagradas imágenes benditas del santo tembloroso y que rezándole se ganaban indulgencias para evitar los temblores (ni siquiera conocían el verdadero significado de las indulgencias en el catolicismo, pero las beatas tampoco).  Lograron que se las compraran en paquete, “con una rebaja”, para que ellas se encargaran de venderlas entre sus correligionarias, porque ellos no conocían a todo el mundo, y que con todas las mujeres fervorosas del pueblo orándole al santo se evitaría el terremoto.

Envalentonado con lo del fenómeno geológico, otro día, Ángel le dijo al primo que ahora había que explotar los fenómenos atmosféricos; “¡¿quéeee?!”; “sí, ahora vamos a hacer llover; ¿no ves la sequía en que estamos?” (hacía como dos meses que no caía una gota y el sol estaba calcinante). “¿Cómo se te ocurre que puedes atraer la lluvia? para esa sí no cuentes conmigo”; “¡miedoso! ya vas a ver”.

Estaban empezando a llegar los computadores a la pequeña ciudad; el tío tenía uno de ellos y estaba pagando una costosa conexión a internet; su angelito sobrino ya había encontrado una página de un servicio meteorológico de Estados Unidos, solía mirar las predicciones para nuestro país y comprobaba un buen grado de acierto.  Le descubrió el secreto a Guillermo y lo convenció de ir a hablar con el finquero más rico de la zona, que estaba muy angustiado por el deterioro de sus cultivos, para proponerle un negocio.

“Si le hago llover antes de diez días, ¿me da el caballo canelo?”; “¿estás loco? con este verano tan largo, ya cualquier día llueve y me vas a hacer creer que fue un milagro tuyo”; “no son rezos ni milagros; tengo los equipos necesarios para hacer llover, pero me costaron dinero”; “yo no creo en esos cuentos”.

Una vez más la casualidad favoreció a Ángel: el día siguiente, en el noticiero, pasaron un informe del acreditado meteorólogo Máximo Enrico que decía que la sequía se podía prolongar por otro mes; un día después, don Coriolano buscó a Ángel para que le explicara sobre los aparatos que tenía y que, si lo convencía, le podía ofrecer el potro próximo a nacer de la yegua alazana.  El muchacho sacó de una caja un grupo de antenas “para emitir ondas hacia la atmósfera” y le dijo que había que instalarlas cuanto antes y quedaron para el día siguiente.

Por la noche, el muchacho consultó la página gringa y pudo confirmar que el frente frío del norte seguía avanzando hacia el sur y ganando amplitud y potencia; ya podría llover aquí en el país antes de una semana.  Se presentó en la finca a la hora convenida y, con ayuda de peones, instaló las antenas en postes equidistantes del alambrado y luego distribuyó a lo largo, bajo la alambrada, un polvo blanco.  “Y ¿eso qué es?”; “un químico higroscópico que también hice traer de Estados Unidos”.  Había leído el terminacho en algún artículo científico de prensa, referido a otra cosa muy distinta, pero lo usó para deslumbrar al viejo montañero que a duras penas habría estudiado la escuela primaria; el “químico” era una mezcla de sal de cocina con almidón y un polvo que usaba la mamá para hacer crecer las tortas.  Cinco días después empezó a llover a cántaros y un mes después el muchacho recibió su potrillo, que se llevó a la finca del tío.

Guillermo no fue capaz de terminar la secundaria, pero Ángel sí se pudo ir a hacer estudios universitarios en una ciudad grande.  No tardó en sumarse a las bromas que se hacían a los “primíparos”, aun siendo él mismo uno de tales.  En una ocasión convenció a una pobre niña de que se podía recargar tiempo del teléfono celular con oraciones; la puso a rezar una extraña fórmula por él escrita, seguida de una sucesión de Padrenuestros y Avemarías y mientras tanto se fue con su número a recargarle en un lugar cercano.  El ridículo fue que la incauta estudiante debió hacer las oraciones en voz alta delante de todos los asistentes a la cafetería.

En su residencia estudiantil, pronto empezó también a gastarles bromas a sus nuevos amigos; a uno que había pedido un perro caliente y una bebida gaseosa por teléfono, corrió a modificarle el pedido fingiendo su voz: ¡una gran pizza y varias cervezas!  Ya se sabrá imaginar el lector quien disfrutó de la pizza y las cervezas con sus compinches.  Publicó desprendibles en la universidad con el número telefónico de la casa de un compañero, haciéndola pasar como restaurante chino y a la familia no le quedó mas remedio que solicitar cambio de número. 

Más crítica fue la “travesura” que le hizo a Dayana, la novia de su amigo Sergio.  Usó para ello a una amiguita que era poco decorosa y que le permitía con frecuencia ciertas licencias non sanctas, Viviana.  Publicó Ángel en una página de servicios sexuales el nombre de Dayana con unas fotos tomadas del teléfono celular y con el número de Viviana.  Cuando a esta la llamaban requiriendo a Dayana, ya sabía qué contestar, cómo endulzarle el oído al interlocutor y qué dirección dar para ir a buscarla: la del apartamento de Dayana.  Pues se llevó esta última sus dos o tres chascos y gozaban mucho Ángel (sabiendo) y otros amigos del grupo (sin conocer el origen de la pilatuna) cuando la chica, muy ofendida, les contaba los sucesos; en lugar de mostrarse solidarios, hacían del caso toda una fiesta.

Ya en un semestre avanzado, se antojó Ángel de intentar una nueva aventura remunerada, como las de las lluvias y los temblores, y le dio por el no del todo desconocido negocio de los exámenes de admisión.  Este consistía en ofrecer a bachilleres incautos el modificarles el puntaje en el examen de admisión de la universidad, para que pasaran a la carrera que aspiraban, por una “módica” suma de dinero.  “Yo tengo una conexión de alto nivel en Admisiones y Registro; además, te doy garantía: me adelantas solo el 10% de mi precio y, si no pasas, no me pagas el resto”.  Ángel no hacía absolutamente nada, ya había recaudado un dinero no reembolsable y, si por suerte el muchacho tenía éxito, le pagaba otra buena suma.  Esto, que a él le parecía otra travesura más, ya estaba en el terreno del delito.

Siguió haciendo “travesuras” el angelito, hasta que en el último semestre una de ellas por poco le cuesta líos con la justicia.  Salían con frecuencia varios amigos de jolgorio en el carro de uno de ellos; un día, estacionados en un lugar de diversión, le dio a nuestro amigo por aflojar un poco los pernos de una de las ruedas del vehículo, pensando en que solo tendrían un susto al arrancar, pero las cosas salieron de otra manera: arrancaron bien, Ángel olvidó lo de los pernos y ya viajando a velocidad el carro se desestabilizó, la rueda se zafó y en su loca carrera por poco tumba a varios motociclistas.  El carro se fue a la cuneta, pero no tuvieron lesiones personales, solo algunas abolladuras del vehículo.  Ángel palideció considerablemente, continuó casi mudo el resto del día, solo hablando para ofrecerse a todo tipo de colaboración para salir del problema.  Su amigo quedó con una duda muy fundada sobre la identidad del autor de la broma.

De profesional, ya devengando, se dedicó a ensayar con sus amigos diversiones estrambóticas y deportes arriesgados.  Cierto día, que fueron a volar en parapente, el angelito quiso darle un nuevo susto a Agustín, el mismo amigo del accidente de la rueda del coche.  “Si le suelto un mero sujetador, sentirá una sacudida en el aire y un susto, pero no se va a caer”, y lo hizo, aprovechando cualquier distracción en los preparativos.  Lo que no miró bien fue que el artefacto era apropiado para dos ícaros y su amigo lo invitó a acompañarlo; trató de excusarse, pero las acusaciones de cobarde lo obligaron a aceptar.  La sacudida en el aire fue brusca y el aterrizaje fue muy forzoso.  Tuvo que confesar su travesura y salir con el rabo entre las patas.

Entre las extrañas diversiones que acostumbraban estos amigotes, les dio por empezar a jugar a una “falsa ruleta rusa”, en la que extraían todas las balas del tambor del revólver para solo disfrutar del morboso placer de jugar, pero no de verdad, con la muerte y, quizá, quizá, “sin querer queriendo”, entrenándose para llegar a jugar en un futuro la verdadera ruleta.  Cierta noche, estando en el jueguito, se le ocurrió a Agustín un desquite de las pesadas bromas de su amigo: “Los distraigo y le meto una bala al tambor, le digo a Ángel que comience y después de su fallido tiro tomo el arma y la martillo de seguido hasta que ocurra la explosión y este hombre palidezca del susto; así me las habrá pagado todas”.

Esta vez la casualidad no estuvo de parte de nuestro protagonista: por un mal cálculo de Agustín, el primer martilleo del burlado disparó la bala real y el hombrecito cayó muerto de inmediato.  ¡Sí que se las “pagó todas” de una vez!


Carlos Jaime Noreña



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viernes, 19 de enero de 2018


POBRE PABLO ENTRE NEGOCIANTES

Relato

Esta ciudad es de negociantes. Aunque posa de ser industrial y turística, es principalmente una cuna de mercachifles y, por cierto, de todos los pelambres. En esta región, la principal enseñanza de los padres a sus hijos es “Consiga plata m’hijo, pero consígala honradamente. Y si no puede honradamente, ¡consiga plata m’hijito!”

Pablo es casi un ser extraño en este medio; nació en una familia clase media comandada por un hombre trabajador y de enseñanzas rectas, culminó sus estudios universitarios pagados con los esfuerzos de su padre y ahora como profesional funge de mando medio en alguna empresa de poca monta. En su trabajo, todo marcha muy bien, pero en su vida personal ha vivido curiosas experiencias y presenciado hechos de colores extraños.

El año pasado, Pablo decidió junto con su mujer vender el carrito de varios años de uso y puso un anuncio en el periódico; casi de inmediato le llegaron a casa dos señores muy amables a proponerle negocio; bien trajeados y perfumados con fragancias muy varoniles, se presentaron como “ejecutivos comerciales” de la agencia “AutosYa”, situada a tres cuadras de allí; examinaron y probaron el vehículo, transaron una pequeña rebaja y le dijeron que se encargaban de toda la tramitología (la desesperante tramitología de este país que cada 10 años aprueba una nueva ley antitrámites, de efectos anodinos). Después de trazar unas firmas y empegotar los papeles con sus huellas digitales, Pablo entregó el cachivache, recibió su dinero y quedó como en la gloria celestial.

La venta de carros “AutosYa” ocupa un galpón donde antes funcionó alguna pequeña industria y mantiene en exhibición numerosos vehículos que ya prácticamente no caben allí y frecuentemente los peatones se tiene que bajar a la calzada, por los coches que invaden el andén, y cuando no es esto, también los obligan a retirarse las salpicaduras del lavado que les hacen con mangueras. Miguel, el que cuida carros de los clientes del gimnasio de enseguida, alerta a los peatones cuando ve venir el chorro. Se mantienen allí unos muchachones robustos, cuajados y morenos, de mirada altanera, ataviados de jeans de marca, camisetas finas, zapatos de tenis de los más costosos y gruesas cadenas de oro al cuello, que cuando no están negociando un vehículo se están gozando a los peatones mojados por las mangueras o que están saltando para esquivar un bus que por poco los atropella al bajarse de la acera.

Aún antes de vender, ya estaban Pablo y Manuela, su esposa, perdidamente enamorados de un modelo muy demandado; concluido el negocio se fueron a buscarlo en las concesionarias y se encontraron con que debían ingresar a una lista de espera y que el promedio de demora era de cuatro meses. Andaban algo desencantados cuando recibieron una llamada de alguien que dijo haberse enterado de su demanda y les recomendó llamar a doña Herminia Gallego, quien tenía uno “como nuevo” para la venta. Corrieron a llamarla, ella los invitó a su casa para conversar el negocio y allí les dijo que el “segundazo” era tan nuevo que ni tan siquiera había salido de la agencia; ella había pagado allí la cuota inicial y esperado el tiempo necesario, pero tuvo gastos clínicos imprevistos y ahora que la llamaban a retirar el carro no tenía con que pagar el resto; les podía ceder el cupo si le reconocían su cuota inicial y un “excedentico”. Estaban tan enloquecidos ellos por tener el aparato que accedieron y en cosa de pocos días estaban con la señora en el concesionario haciendo, con un cauteloso empleado y en forma muy misteriosa, el trámite de “cesión del cupo” al que tan “generosamente” ella había accedido.

Mientras estuvo sin vehículo, Pablo se movía en bus urbano y tenía que soportar a los destemplados cantantes que se apoderaban del pasillo, con reproductor de pistas musicales a la mano y usualmente les daba una moneda para que no “lo miraran feo” y también por un poco de compasión hacia estas personas desamparadas; les daba también a las señoras que, casi llorando, pintaban un cuadro familiar desgarrador y salía conmovido hacia el trabajo, hasta el día que se bajó en un paradero diferente al usual y vio que la “miserable” mujer le entregaba, en un sitio poco visible, el dinero recaudado a un hombre fornido, con cara de pocos amigos, adornado con cicatrices en la cara, que se quedó en el lugar esperando y se le acercaron niños vendedores de dulces que se bajaron de otro bus y le entregaron el producido. Todos ellos son explotados por una tenebrosa mafia y siguen viviendo pobremente.

Por fin empezó Pablo a viajar en su flamante vehículo nuevo hacia el trabajo y siguió siendo mudo testigo de tantos negocios subterráneos: los vendedores callejeros de golosinas que se acercan a la ventanilla con su cajoncito y ofrecen sotto voce los pequeños sobres con polvo o yerba; los vendedores de plumillas para el limpiaparabrisas, espejos retrovisores, tapas para las ruedas, todo robado, y de películas VHS, DVD musicales y best sellers, todo copiado ilegalmente. “Mafias por todas partes”, pensó Pablo.

Un día, le llegó a casa uno de los hombres que le habían comprado el carro y le dijo que, tramitando el traspaso al nuevo comprador, habían derramado un café encima de los documentos e iba a ser necesario repetirlos, pero para que no perdiera tiempo llenando de nuevo esas formas tan engorrosas, solo se las firmara al pie, con su huella digital y ellos llenarían todos los datos. Ingenuamente, Pablo firmó y el tipo se deshizo en agradecimientos.

No siempre sale Pablo motorizado; cuando va a ir a los mercados y comercios a pocas cuadras de casa se va caminando, con el sano criterio de hacer ejercicio y de no contribuir a la ya seria congestión de las vías. En ese paseo, nuestro amigo es testigo de muchas “curiosidades”, como el caso de la tienda mixta de Marcelo, donde siempre están en las mesas los mismos jubilados haciendo rendir un cafecito toda la mañana o una cerveza toda la tarde, chismorreando de todo el que pasa y discutiendo de política, pero con invariables posiciones de desprecio hacia las nuevas medidas igualitarias y de protección de derechos, hacia las negociaciones de paz, hacia la implementación de los respectivos acuerdos, y pidiendo cárcel para “Raimundo y todo el mundo”.

Una cuadra más allá, en una esquina, en la panadería y cafetería de Sinforoso Acosta, se encuentran también las mesas ocupadas por hombres que ya pasaron por los 50 y los 60, que criaron panza, voz gruesa y de alto tono y actitud autosuficiente, siempre hablando de negocios, y no pequeños negocios... “yo le quité esa finca de la mano con unos pesos que el hombre necesitaba de mucha urgencia y ya le acabaré de pagar cuando le saque producción”; “yo estoy esperando que confirmen la alarma de aftosa para comprar unas mil o dos mil reses bien baratas”; “a mi me nombraron secuestre de esa belleza de edificio, le hago unas mejoritas, le saco millones mientras se resuelve el pleito y después cobro las mejoras – hay que saber tener jueces amigos”; “yo a esa lindura me la compro con alhajas, le hago dejar ese novio y me la llevo para la cama”.

Y cuando llega al mall, no falta en la zona de comidas alguna mesa con un grupo de unos seis hombrazos, también gruesos y mal encarados, no con ropa tan fina, pero pregonando con sus vozarrones, y aderezados con los términos más soeces, los negocios que están haciendo o van a hacer, más bien oscuros a juzgar por sus términos: “oiga papá, ¿por donde viene? ¿como está la carretera? aquí estoy esperando el encarguito”; “mamita, yo le garantizo que con ese man no le pasa nada, confíe en él y verá lo bien que le va”;“a ese güevón lo cogieron en el aeropuerto, ahí nos vamos a tener que perder mientras eso se resuelve”; “Dayro avisó que ya hizo el mandato y viene por lo que le toca”; “dígale a Ismael que se mueva con la plata porque yo no lo espero más y ya sabe que yo sí le caigo”. “Avivatos por todas partes”, pensó Pablo.

En fin, un día estaba Pablo muy relajado en su apartamento y llegaron a la puerta dos agentes de la policía de investigaciones con una orden de captura. Se enteró de que estaba acusado de vender un vehículo robado, pero no el que había sido suyo, sino otro que él no conocía. Pronto cayó en cuenta de la treta que le habían jugado con los documentos que firmó en blanco, pero sus explicaciones no convencían y su abogado no encontraba la manera de demostrar su inocencia.

Como Pablo seguía detenido, Manuela se empezó a ver en apuros para sostener el hogar con sus pequeños ingresos y comenzó a ofrecer el carro entre conocidos, pues no se atrevía a recurrir a las agencias de compraventa. Pronto su peluquera le ofreció un préstamo que su novio le podía facilitar; lo aceptó sin vacilar y le sirvió para salir de dificultades por unos días, hasta que el sujeto le empezó a exigir el pago diario de unos exorbitantes intereses pactados en el documento que ella, afanada, le había firmado sin leer. Poco después le tocó traspasar el vehículo a su nombre para cubrir el alto monto al que había llegado la obligación.

Pablo y Manuela tenían un vecino en el piso de abajo, Yorlany, quien parecía tener negocios boyantes, a juzgar por los lujos que se daba y las fiestas retumbantes que ofrecía en su apartamento, a donde traía amigotes y a las que concurrían muchas mujeres de “dudosa ortografía”, como decía doña Encarnación, la de la puerta del frente de Yorlany, que las veía entrar y salir. La administración siempre multaba a Yorlany, quien pagaba el dinero con toda facilidad y siempre prometía no causar más problemas; además, el hombre era de excelente trato con todos los vecinos, lo que suavizaba la situación.

Este señor se enteró un día, por boca del portero, de la angustiosa situación de Manuela y corrió a buscarla; “querida, ¿por qué no me lo habías contado?; yo tengo contactos y puedo sacar a Pablo de ese problema; dame toda la información – yo no voy a dejar que un vecino mío pase por esas”. Ella vaciló, pues no le gustaba nada ese tipo y pensaba que en cosas peores los pedía meter; dio vueltas en la cama toda la noche, pero al día siguiente se fue derecho al apartamento de Yorlany y le dio toda la información. No se sabe qué movió Yorlany, pero en tres días estaba Pablo en casita, libre de todo cargo.

Muy entristecido por su injusta prisión y descontento con las inmorales condiciones reinantes en el medio, Pablo resolvió irse del país y su esposa le ofreció todo su apoyo. Con sus conocimientos técnicos podría conseguir fácilmente un empleo en un área tan necesitada de personal calificado como era la suya. Empezó, pues, a hablarlo con todos sus parientes y conocidos en busca de un contacto en los Estados Unidos o Europa. Pocas semanas después se le presentó una oportunidad para trabajar en New Jersey y comenzó a reunir los documentos necesarios para solicitar la visa.


Dura sorpresa se llevó Pablo cuando le negaron la visa y se encontraba bastante desanimado cuando un pariente lejano lo llamó por teléfono y le dijo que se había enterado y que le podía ayudar, que tenía muy buenos contactos, que se encontraran para indicarle todo lo que debía hacer. El desespero llevó a Pablo a aceptar la propuesta; tuvo que pagar un buen puñado de dólares a los “tramitadores” que su pariente le presentó y finalmente viajó solo, despidiéndose de su familia con mucho dolor, pero con la promesa de “pedirlos” muy pronto.

A todas luces se trataba de documentación falsificada y Pablo iba en el avión muy turbado, y muy arrepentido de que para huir de la corrupción aceptó caer en las manos de la corrupción; sentía inmensos deseos de volverse al país desde el mismo aeropuerto de destino, pero sabía que eso no será posible y sufría por la familia que dejó sola.

Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com
ocurr-cj.blogspot.com

miércoles, 3 de enero de 2018

AMOR Y AMISTAD EN CIUDAD CALAMIDAD

Relato

La avenida fluía normalmente a esa hora de la tarde en la que no era usual esperar represamientos del tráfico (“tacos” en nuestra tierra, “trancones” para los capitalinos). De repente, al empezar una cuadra, esta se encontraba llena y muy lenta; un poco después se pararon todos los carros; “es por el semáforo de allí adelante”, dijo Matías. Pasados unos seis minutos, le dijeron sus compañeros que eso no era por el semáforo, pues ya podría haber cambiado unas tres o cuatro veces, pero seguían en el mismo punto. Total, otros 15 minutos, por fortuna entretenidos con las atractivas minifaldas que pasaban por el andén, tuvieron que esperar, para encender de nuevo el vehículo cuando la fila se movió; si se puede llamar a eso “moverse”: media hora más demoraron, ahora discutiendo de política, para avanzar aproximadamente un kilómetro hasta llegar a la causa del atranque, que era un gran hueco que estaban abriendo en la vía los empleados de la empresa de acueducto, para reparar un daño.

Corta fue la reunión que pudieron sostener los hombres del carro con otros dos que los esperaban alrededor de la mesa de trabajo de una pequeña oficina. “Yo les dije que no se vinieran en el carro, que en esta ciudad ya no se puede andar en vehículo particular”; “igual, en taxi hubiéramos llegado al mismo taco y sufrido la misma demora”; “sí y no, porque los taxistas buscan por donde meterse”; “eso es verdad, ellos no respetan nada; los taxistas, en esta ciudad, se suben al andén, se pasan los semáforos en rojo y se meten por cualquier huequito”; “¿y qué dicen de los buseros?”; “¡no, eso es capítulo aparte!; otro día hablamos de ellos; vámonos que ya es hora de la comida o los compromisos privados”.

No hablemos de la otra hora y media que demoró Matías para llegar en su carro a recoger a la novia en el sitio en que se citaron, apenas a dos kilómetros de allí, pues ese ya es el tiempo normal de desplazamiento en las horas pico. Hablemos más bien de lo bueno que la pasaron ambos en aquel lugar; sí, en ese lugar, porque decidieron quedarse allí y no ir al cine, pues no llegarían a tiempo con los tacos que imaginaban encontrar. Conversaron delicioso, con ese dulce tono de voz de los enamorados y sobre esos temas íntimos que ellos no se cansan de manosear; tomaron unas cervezas, las de Matías sin alcohol, y degustaron tablas de quesos y de carnes frías. Concertaron una salida para un fin de semana, a la que convidarían a otras dos parejas amigas, y a las 11 se fue Matías a llevarla a su casa y regresó encantado y relajado a su apartamento.

Esteban iba al día siguiente en un taxi rumbo al trabajo por una de las vías de circulación rápida, aquí denominadas “autopistas”, que a esa hora tampoco era propiamente rápida. Al llegar a una bifurcación, debieron tomar la calle secundaria que de allí partía, pues la continuación de la principal estaba cerrada; “¿y eso, cuándo cerraron?”; “ayer, dijo el taxista, ¿no vio los anuncios en la prensa?”; “no les presté atención, creí que era en otra parte”; “no, señor; en la autopista van a abrir dos carriles adicionales y construir un separador central”; “¿por cuánto tiempo?”; “anunciaron que tres meses, o sea tres años, al ritmo que avanzan las obras aquí”; “sí, más o menos... ¿y ahora cómo nos vamos defender de estos tacos?” (ya había una tremenda congestión en esa vía, a pesar de tener sus cuatro carriles en un mismo sentido de circulación); “eso no es nada, las calles aledañas están peor, porque para allá desviaron los dos carriles que invirtieron de esta”; “¡qué locura!”.

No más llegar Esteban, bastante retrasado, a su oficina, lo hicieron pasar a donde su jefe que, visiblemente disgustado, le informó que debería irse a la sucursal del Parque Bolívar para ayudarles a resolver dificultades que se les estaban presentando con la nueva aplicación de cartera. Ya de espaldas al jefe, torció los ojos en señal de contrariedad, regresó por sus efectos personales a la oficina, solicitó los vales para taxis a la secretaria y le encareció pedirle uno. “Ya imagino las peripecias para entrar al centro”; “es más fácil llegar a donde no me has querido llevar”, le contestó ella, pues habían salido juntos algún par de veces, casi por casualidad y desde entonces le insistía en que la llevara a una discoteca muy afamada en el medio, pero él, que no tenía interés en cultivar alguna relación estrecha con esa niña, siempre salía con evasivas.

“Lo esperábamos temprano”, le dijeron quienes debían recibir su asesoría. “Primero: no sabía que venía para acá, el jefe me lo anunció por sorpresa cuando llegué, y segundo: fue como de película la atrancada por este centro”; “es cierto; esas calles tan estrechas y les da por romperlas todos los años”; “dizque para la renovación de redes, pero es increíble que una red, sea ella de acueducto, energía, teléfonos, dure tan poco”; “yo pienso que se trata más bien de la renovación de fondos para las redes de corrupción”; “bueno, no rajemos más y aprovechemos la horita, que son las 11”.

Trabajaron el rato y compartieron la hora del almuerzo en un restaurante cercano, para continuar toda la tarde desenredando ese misterioso sistema de cartera. Allí comentaron gozosos sobre la reciente clasificación nacional, muy sufrida por cierto, para el campeonato mundial de football; enlazaron con la pifia de un árbitro que tuvo como resultado la clasificación de la selección inexperta de un pequeño país y encadenaron esto con las todavía más o menos recientes pifias de maestros de ceremonias que se equivocaron anunciando la corona de Miss Universo y la concesión de un premio Oscar. José Luis se atrevió a decir que el software de cartera estaba resultando también muy pifiado y Esteban respondió “que no conste en el acta; yo diré que no lo dije, pero la verdad es que, por buscar costos bajos, contrataron con una empresa poco conocida que tiene profesionales de sistemas graduados en instituciones de muy dudosa categoría, y ahora nosotros estamos pagando las consecuencias”.

Carolina, la novia de Matías, salió por su barrio El Laurel en busca de una pomposa panadería, muy afamada, recién establecida en una esquina cercana a la iglesia, según le contó su tía Carmenza, y planeó su recorrido eludiendo una calle donde había dos edificios en construcción que se apoderaron de los andenes y pusieron sendos letreros que le pedían al peatón circular por la acera “del frente”; y como ambos estaban frente a frente, no había acera por donde circular y tocaba andar por la calzada. ¡Cuál no fue su sorpresa cuando, al pasar por la calle alterna escogida, se encontró con la demolición de una de las pocas casas señoriales que aún quedaban en el barrio y ocupaban todo el andén y un carril de la calzada con las volquetas que estaban retirando los escombros! “Esta ciudad no la van a terminar de construir nunca”.

En la panadería se encontró con su amiga Johana, tan bonitas ambas y tan distintas entre sí; Carolina, alta y gruesa, pero bien contorneada, de tez broncínea, el pelo y los ojos muy negros y brillantes, mirada coqueta y sonrisa conquistadora; Johana, mediana y delgada, pero con buenas formas y más llenita donde mejor se nota; pelo y ojos castaños, estos muy vivos, mirada inquisidora y sonrisa dulce; se sentaron a tomarse un café y comentaron sobre la barbarie de los inversionistas en construcción, que se dieron a la tarea de echar por el suelo las joyas arquitectónicas del barrio; ningún respeto por esas casonas que en la segunda mitad del siglo 20 hicieron historia; ninguna consideración a las edificaciones levantadas con rigor estilístico, enriquecidas con arte y llenas de detalles que daban gusto. Aprovechó Carolina para proponerle a Johana que los acompañara con su novio a la salida de fin de semana que estaban planeando y esta recibió la propuesta con mucho entusiasmo.

Matías también estaba promoviendo el paseo y llamó al amigo común Alejandro quien, al solo saludo de “¿cómo estás?” se le dejó venir con su angustiosa queja que a todos les repetía: “yo muy mal; estoy prácticamente encarcelado en este barrio; nos tienen bloqueados con la construcción del tal ‘Parque de las Riberas’ y...”; “no te preocupes tanto, eso será por un corto tiempo”; “¿corto? la obra era para 12 meses, ya llevan 18 y no van en la mitad; nos bloquearon todas las entradas al sector y nos tienen transitando por una brecha improvisada que cada nada se tapona porque los carros que van no les dan paso a los que vienen”; “¡¿Ajá?!”; “y lo peor es que está previsto en los planos que perderemos casi todos los accesos y nos quedarán solo dos, que son: uno de los antiguos y el de la actual brecha...” “tienes que entender, Alejandro, que la ciudad está en construcción”; “sí, desde que la fundaron y por siempre, porque permanentemente se les ocurre arrasar con lo que hay, dizque para construir algo mejor, con criterios ‘futuristas’, pero...” “Pensándolo bien, tienes razón, Alejandro, y me haces recordar las palabras del escritor Pablo Montoya en un evento reciente en París, hablando de para donde va la ciudad; allí se refirió a ‘un modelo urbano lleno de improvisaciones y abocado a una peligrosísima contaminación ambiental’, fruto de un ‘lobby automotriz, inmobiliario e industrial’ en pos de una loca apertura económica”.

Lina María llegó al medio día de la universidad con su compañera Madelén, para estudiar toda la tarde para el examen parcial del día siguiente; almorzaron muy a su gusto la deliciosa comida preparada por la madre de Lina, charlaron unos minutos más en la mesa y luego subieron a la pieza de Lina, bromeando en las escalas sobre una llamada que debían hacer a un amigo para comprometerlo con la salida del viernes por la noche a celebrar la terminación de los exámenes. La chica se fue directo a abrir la ventana, para ventilar, pues hacía calor; no había dado la media vuelta cuando las envolvió una bocanada de humo negro y maloliente vomitado por la chimenea de un inmenso camión diésel que pasaba en ese momento por el viaducto que cruzaba frente a la ventana; por poco se les daña la tarde, la habitación quedó impregnada de mal olor, pero ellas, por fortuna, pudieron irse a la alcoba de su hermana mayor Carolina, quien se encontraba en el trabajo.

Le explicó Lina a Madelén que la otrora cómoda, bonita y apacible vivienda, que tenía una espléndida vista hacia el cerro cercano, había quedado hace pocos años estrangulada por un viaducto que sirvió para montar la vía, muy transitada, por sobre una importante avenida, pero también “sirvió” para dejar la casita sin vista al frente y llena de humo y de ruidos. No la única: igual les ocurrió a unas 20 viviendas en dos cuadras, a un costado de la vía. Aquellos “adalides” del urbanismo solo veían este en función de la circulación automovilística y nada les importaba la calidad de vida de los vecinos.

Empezando la noche, llegó la hermana mayor de su trabajo y, muy animada, les contó del paseo a Villa Santafé; Madelén le advirtió que no se fueran a ir por la avenida Calasanz para tomar la autopista al golfo; “están construyendo un paso elevado, hay un solo carril habilitado por ratos y los tacos son de horas; tienen que meterse por las calles del barrio Robledal, estrechas y también hay demora, pero nunca tan desesperante”; “al menos, el año entrante tendremos salida franca hacia la nueva autopista para la Villa”.

“No lo creas, dijo su hermano Felipe, que acababa de llegar y estaba de ‘metido’, no estará lista el año entrante, pues ya tuvieron que renegociar los plazos, y de una vez los costos, lo que no es nada extraño en nuestro medio; además, conozco muy bien el trazado de la obra y no quedará con todos los lazos necesarios para garantizar flujos correctos en todos los sentidos; entonces, habrá iguales congestiones, solo que no sobre la avenida, para los que salen hacia la Villa, sino en las vías accesorias y puedo apostar que para los que ingresan desde Villa Santafé se presentarán los mismos tacos de siempre; total van a trasladar los líos de un punto a otro”. A Madelén se le iban los ojos mirando a Felipe, atlético, alto, de ojos almendrados color miel, nariz y crespos de escultura griega, glúteos destacados y firmes, mirada dulce y voz de tenor bien afinada; y le fascinaba esa propiedad con que hablaba de las cosas.

Otro día y otros afanes. Diego Andrés salió a la avenida Colombia a tomar el bus que su amiga Norma Clemencia le había indicado, para un encuentro que habían pactado en Los Diamantes, un centro comercial de ropas deportivas y de marcas escasas, perfumería, tecnología de imagen, sonido y telefonía, juguetería fina y pequeños electrodomésticos, donde ella le iba a ayudar a escoger un regalo para su novia. Caminando hacia un sitio a la sombra donde podría esperar el bus, encontró los andenes en estado deplorable: cemento resquebrajado, yerbajos creciendo por las grietas, huecos sorpresivos, desniveles a cada pocos pasos.

Llegó Diego en el bus al lugar indicado y allí lo esperaba ansiosa Norma. En una pausa para tomar un café, le contó a ella sobre sus peripecias con los andenes; “... y en cierto momento, para esquivar un charco del ancho de la acera, miré hacia atrás por el carril solo-bus, no venía ninguno y me metí para poder adelantar; de repente me sobrepasó a centímetros una moto que estaba invadiendo el carril; quedé muy contrariado por el riesgo que me hizo pasar ese imprudente, pero luego, detenido esperando el bus a la sombra, se estacionó frente a mí un automóvil particular y salió su conductor muy campante a buscar algo en algún negocio y me tuve que desplazar un poco atrás, a pleno sol, para esperar donde pudiera parar el bus”; “ni las motos, ni los taxis, ni los particulares respetan el carril de los buses y, mas grave, los buses se salen a los otros carriles”; él le mató un ojo y ella le respondió con un radiante sonrisa.

Caminando de nuevo por los corredores, dijo Norma Clemencia que sería mejor que se extendiera el sistema del Metromax, y llegara a remplazar completamente los buses tradicionales, pues con sus vehículos amplios y articulados y carriles sí verdaderamente exclusivos, se podría viajar en forma más rápida, cómoda y segura. “De acuerdo, le contestó Diego Andrés, pero deben ejecutar el proyecto mas éticamente, no con las marrullas que construyeron los ramales actuales”; “¿qué marrullas?”; “conozco a una familia, y dicen que no fue la única, que súbitamente les reclasificaron su propiedad en un estrato mas bajo, les redujeron el avalúo catastral y se sintieron favorecidos pues así les bajó considerablemente el impuesto predial; al cabo de un tiempo, les decretaron expropiación para construir la vía del Metromax y les reconocieron un valor rídiculo por su casa; interpusieron pleito y entonces se demoraron mas de 10 años para pagarles, pero les dedujeron todo el valor de arrendamiento de la casa donde los habían alojado en ese tiempo y les quedó prácticamente una limosna”.

Por fin salió Diego con el deslumbrante regalo para su novia Johana, que Norma escogió como si fuera para ella, porque el muchacho le gustaba mucho, y que él pagó con gran gusto porque la Norma le gustaba mucho. Se despidieron de caluroso abrazo y casi beso y se fueron, cada uno pensando en lo heroico que era al respetarle al otro su condición y ponerse por encima del sentimiento y los deseos.



El viernes por la tarde, el aguacero fue como para la historia; los vientos huracanados arrancaron vallas publicitarias, elevaron hojas de cinc de algunos techos y tumbaron árboles sobre las calzadas. El paso deprimido del crucero conocido como Bullerengue se colmó hasta los bordes y varias personas debieron ser rescatadas, casi que heroicamente. Uno de los salvados de las aguas fue Alejandro, quien llamó, entonces, por la noche a disculparse del paseo, pues además de la conmoción que todavía sentía por el suceso, debía apersonarse de todas las diligencias para conseguir la reparación de su carrito que había sido llevado al taller y debería ser transformado nuevamente de submarino en coche decente; su novia, por supuesto, se iba a quedar también, acompañándolo solidariamente. Matías, coordinador del programa, convidó a Felipe, hermano de Carolina; “pero no tengo novia y qué me voy a ir a hacer yo solo en medio de las parejas”; “invita a una amiga, no me vas a decir que no tienes ninguna”. Se acordó Felipe de esa niña que estaba estudiando con su hermana que, pensándolo bien, le había caído en gracia; averiguar su teléfono, invitarla y recibir una efusiva aceptación, fue cosa de millonésimas de segundo.

El sábado amaneció esplendoroso y nuestros amigos salieron muy puntuales para su paseo, en los automóviles de Matías y Diego Andrés. Iban muy alegres y muy amorosas las parejas y por esto no prestaron mucha atención a la pronosticada demora que se presentó saliendo de la ciudad. Estuvieron a media tarde en el lugar de veraneo de Villa Santafé, se reunieron en mesitas alrededor de la piscina y estuvieron en animada tertulia. Fue tema obligado el percance de Alejandro y hubo comentarios sobre la deficiencia de los desagües de Bullerengue, una obra con múltiples inundaciones a lo largo de sus treinta años de existencia, donde nunca se ha emprendido la construcción de una solución efectiva. Felipe se dejó venir con una nueva crítica, aparentemente fundamentada, esta vez sobre los túneles del parque de las Riberas; estos, que ya uno está en servicio y otros ya se comenzaron a construir y que tendrán varios kilometros en total, estarán por debajo del nivel del río y sus afluentes y si se llegaren a inundar en una de esas tardes de voluminosas precipitaciones, la tragedia será de grandes dimensiones. Finalmente lo callaron todos como “ave de mal agüero” y comenzaron con las patanerías propias de los alegres paseos juveniles.

Después de la comida, estuvieron en el salón de juegos. Regresaron más bien temprano a una de las cabañas a tomar un traguito más y, cuando Felipe quiso montar el tema de los arboricidios para construir unidades residenciales y centros comerciales le cayeron todos encima con sus reproches; “¡no nos dañes el paseo!” Pronto se fueron retirando, cada pareja a su cabaña, a disfrutar de una cálida noche y olvidar las calamidades de la ciudad.

Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com
ocurr-cj.blogspot.com

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