martes, 31 de octubre de 2017


LA METAMORFOSIS DE UN NEGOCIO
Relato


Adalberto Castañeda atendía su profusamente surtida tienda en un barrio de clase media de la ciudad; estaba muy bien situada cerca a la iglesia y en medio de la farmacia y el salón de billares. La clientela desfilaba sin cesar, demandando víveres, productos de aseo, golosinas, cigarrillos,elementos de escritura, pegantes, papeles de regalo, refrescos, tintos y “pericos” (pequeñas tazas de café con leche); también vendía Adalberto, en los últimos tiempos, minutos de teléfono celular y hasta boletas de rifas por encargo de algunos amigos.

Vivía holgadamente Adalberto con su familia y decía que no necesitaba “pedirle más a la vida”, hasta que se le aparecieron dos plagas: primero, la “vacuna”; un día le llegaron de visita un par de muchachos que le empezaron a hablar de los peligros que lo acechaban y de la protección que ellos podían darle mediante una cuota “insignificante”, así el y su familia podrían dormir tranquilos y los muchachos, con su “combo”, tendrían “con que comer” gracias a las contribuciones de todos los negocios del entorno; poco después abrió, en un local de la esquina, el mercadillo “Expreso” de una conocida cadena de supermercados que estaba imponiendo este nuevo formato para quitarles la porción de mercado a las tiendas de barrio.

Nada se ganó Adalberto con acudir a hablar con sus vecinos de la carnicería, el cafecito, la legumbrería, la otra tiendita, la peluquería... Todos le contaron que ya estaban pagando la contribución desde hacía tiempo y que los combos se las arreglaban violentamente con los que se negaban al pago. Tampoco pudo, con sus compinches de la tiendita y la legumbrería, encontrar una estrategia para hacerle contrapeso al “Expreso” y, por el contrario, se fueron viendo cada vez más acorralados por las “promociones” de ciertos productos clave de primera necesidad, por debajo del costo.

Echándole cabeza al problema, se decidió Adalberto a liquidar la tienda y reformar el local y alquilarlo para algún comercio de moda. Así podría vivir de la renta que le darían ese alquiler y los intereses sobre los ahorros que le había dejado la tienda, depositados en un fondo. Arregló, pues, el local con piso nuevo, mostrador de lujo, servicios de aseo y energía renovados y no tardaron en tomárselo, a condición de hacerle otras adaptaciones menores, para una tienda de alquiler de películas, negocio que estaba en furor en esa época. La dotaron muy bien, quedó preciosa y comenzó a llenarse de gente. Le pagaban el arrendamiento cumplidamente y el se sentía pleno con sus ingresos, que le daban para pagar holgadamente los gastos del hogar y darse algunos gustos con su esposa y los niños.

El primer gran gusto fue un paseo al mar, que disfrutaron bastante. En una salida a la playa, se prendó Adalberto de una muchacha pocos años menor, que estuvo cercana a ellos toda la tarde, con quien entablaron conversación y, aunque estaban en grupo, ambos se daban furtivas miradas. Resultó que ella vivía en la misma ciudad de origen y no fue difícil pedirle, pero sí muy disimuladamente, el número de teléfono, para “cualquier charla un día por allá en la ciudad”. De regreso, estaba el hombre muy entusiasmado pensando en la muchacha, pero en pocos días la olvidó y siguió muy dedicado a sus deberes familiares y a la búsqueda que había emprendido recientemente de alguna actividad para estar ocupado, generar más ingresos y dejar de hacerle mandados a la señora y de ayudarle con la escoba.

Comenzó a vender artículos de papelería por una ventana de la casa, aprovechando el hecho de que por allí pasaban los colegiales a mañana y tarde y tuvo suerte, pues no le faltaban la muchachada comprando cartulinas, carpetas, hojas de papel carta, ganchos legajadores, lápices, bolígrafos, borradores, pegantes, forros transparentes, y comenzaron a demandar servicio de fotocopia, lo que lo llevó a comprarse una fotocopiadora a crédito. Nuevamente le sonrió la suerte con la venta de copias, pero a sus inquilinos les dejó de sonreír el alquiler de películas: los clientes se los llevaron, primero la multinacional Bloobooster y después la TV por cable y los “piratas” que empezaron a vender copias a la mitad del precio de un alquiler; decidieron, entonces, cerrar y le devolvieron el local.

Su mujer le recomendó trasladar para allá la papelería. “Ha crecido mucho y casi no cabe en la casa y a toda hora se ve muy desordenada”. “Pero si me instalo allá me vuelven a vacunar”. “No, esa gente no ha vuelto – ya te hubieran vacunado aquí, viendo el movimiento que tiene el negocio; ese desfile permanente de muchachos lo nota cualquiera”. “Bueno, déjame pensarlo”. Y no lo pensó mucho; al lunes siguiente estaba instalando todo en el local y mandó a elaborar un vistoso anuncio. La clientela lo empezó a buscar allí y el movimiento, lejos de bajar, se incrementó.

El tamaño del negocio ya no le permitía defenderse solo y de nuevo su esposa intervino, para recomendarle tomar la ayuda de un empleado; “el sobrino de don Felipe te podría dar una buena mano y se le ayuda a ese muchacho que no está haciendo nada”. Pero, consultando esa noche con la almohada, le vino a la mente la imagen de Clarita, la muchacha que conoció en la playa; “sería la oportunidad de tenerla cerca, se dijo, todavía debo de tener su teléfono”. Al salir para la papelería por la mañana iba pensando que eso sería una locura; “solo por verla, ¿traerla a trabajar en algo de lo que no debe tener ni idea? – bueno, pero el sobrino de Felipe tampoco – ah, pero a Clarita no le va a interesar el tal trabajo, quien sabe en qué estará ocupada – bueno, puede que sí, nada se pierde con proponérselo”. Total que llegando al local fue marcando el número de Clarita y la chica se alegró al saber quien la llamaba; más se animó él y se decidió a soltarle la propuesta. “¡Ay! no estoy haciendo nada ahora y me caería de perlas... pero... en fin, ¿por qué no nos encontramos esta tarde en El Dinosaurio y lo discutimos?”.

A las seis cerró el negocio Adalberto y tomó el bus para el centro. Clarita ya estaba esperándolo en El Dinosaurio, muy arreglada y perfumada, y lo recibió con una cara radiante de felicidad. A Adalberto se le enfrió el estómago y la saludó emocionado. Si bien hablaron más de recuerdos del viaje al mar, de sus actividades desde entonces, de por qué no se volvieron a ver, de música, cantantes y películas, de planes para salir a cine o a bailar, no dejaron de concertar los términos de la relación de trabajo, con la promesa de Adalberto de entrenarla muy cuidadosamente y quedaron en que ella se presentaría el siguiente jueves en la papelería.

Al principio no le gustó a la esposa que no le hubieran aceptado colocar al muchacho, pero resultó tan eficiente Clarita que pronto la aceptó y empezó a confiar mucho en ella. La Clarita ya tenía algo de experiencia en venta de misceláneos, pero también algo de experiencia en novios y fue envolviendo sutilmente a Adalberto, quien en el momento menos pensado se vio dedicándole más atención que a su mujer, pero tuvo la precaución de no programar salidas amorosas con ella, solo cines, algún baile alguna vez y largos encuentros en un cafecito cercano.

Los malosos de un “combo” de la zona que habían detectado las salidas de Adalberto con su empleada, aprovecharon algún momento en que ella se ausentó y le plantearon el chantaje de frente: tuvo que empezar a pasarles dinero para que no le llevaran las noticias a Luz Elena, su mujer. Pasados unos meses empezó a sentir el hombre una doble carga: los pagos a los malandrines y el tormento de conciencia por el doble juego amoroso. Aunque hubiera llevado hasta ahora una relación muy “inocente”, si así se puede decir, con la muchacha, ella ya estaba pidiéndole dar pasos mas atrevidos, pero el quería seguir guardando “fidelidad” a su esposa. Se decidió entonces a terminar con Clarita y despedirla de su puesto, seguro de que así se libraría de ambas cargas.

La ruptura con Clarita fue dura para ambos; le pagó una liquidación jugosa por su trabajo y no se volvieron a buscar; pero el combito ya estaba muy contento con sus ingresos regulares y le advirtieron que aunque la muchacha ya no estuviera, ellos tenían fotos y era fácil inventar cuentos para llevarle a Luz Elena. Así que Adalberto decidió vender la casa, irse a vivir a otro barrio y empezar a ofrecer nuevamente el local en alquiler. Ante las inquisiciones de su esposa por tan extrañas decisiones, le decía que era tiempo de hacer un buen cambio; “dicen que a los 40 se cambia de trabajo, de casa o de mujer... ¿No prefieres que cambie de casa y de trabajo y nada mas?”

Le tomaron el local para una disquera. Hicieron un montaje lujoso y pusieron en venta todos los formatos: al frente, destacados, los LP y las cintas de casette; al lado los compactos de vinilo y atrás unos pocos ejemplares de dos tecnologías que estaban recorriendo caminos opuestos; los CD, que apenas estaban entrando y aún se vendían poco y los discos láser, que no habían logrado penetrar mucho en el medio y parecían estar condenados a la desaparición, pero todavía algunos los adquirían. También se encontraban allí los limpiadores de discos, los estuches y
aparadores para los mismos, las agujas, las cintas vírgenes y otros adminículos. No mucho tiempo después, comenzaron a vender tornamesas, grabadoras y equipos de sonido y se veía boyante el negocio.

Entre tanto, Adalberto volvió a vender en casa; esta vez se dedicó a ofrecer a bajo precio los discos y casettes que la disquera estaba descartando por cambio de temporada y se los cedían casi que en donación para su reventa. No significaba seria competencia para ellos, no solo por razones de la moda, sino también porque la casa estaba muy retirada del negocio. No está de más contar que nuestro amigo volvió a su “vieja temporada” con su esposa, después de haber cancelado del todo sus aventurillas con Clarita; el dinero del arrendamiento mas el de las ventas le daban suficiente para sacarla a comer con frecuencia, llevarla de paseo con los hijos, invitarla a bailar, comprarle ropa y alhajas...

Otra vez el destino le hizo una mala jugada: la tienda “Torres Discos” abrió varios puntos de venta en sitios estratégicos y rápidamente hizo morir por inanición a toda su competencia. El local volvió a manos de Adalberto y esta vez se quedó sin sus dos fuentes de ingreso simultáneamente. Tuvo que empezar a gastar de sus ahorros, que no tenía muchos. Luz Elena resolvió buscar trabajo para prevenir momentos peores; discutieron entre ellos si de ayudante en la boutique de una amiga o si de secretaria suplente a través de alguna agencia de empleos temporales; averiguando un poco en una agencia conocida encontró que empleaban secretarias por horas y le pareció la mejor opción porque le daba mas libertad de movimiento. Empezó el martes siguiente en el despacho de un abogado veterano, de 9 a 12 todos los días, principalmente asignando citas a clientes y mecanografiando documentos.

Una semana después, un cliente del abogado le propuso que le trabajara algunas tardes en unos encargos que el no podía atender. “¿De qué encargos se trata?”; “ya lo verás, si aceptas venir a mi casa mañana por la tarde; por supuesto que te pago el rato”. Se asustó Luz Elena, pero aceptó y al día siguiente se presentó en la dirección que le fue dada, que correspondía a un lugar muy remoto de la ciudad. Después de atenderla caballerosamente y ofrecerle un exquisito café, el hombre le explicó que su tarea consistiría en ir cada día, muy discretamente, a distintos lugares, que el le indicaría, a entregar unos encargos cuyo contenido ella tendría que desconocer. No se atrevió a contárselo a Adalberto, lo pensó toda la noche, rezó todo lo que sabía, pero al día siguiente se presentó a cumplir su primera misión.

Salió temblando de susto de la casa del misterioso señor a llevar un pequeño paquete a la dirección que el le dio. Estaba muy bien sellado, pero ella se resguardó tras un corpulento árbol a olerlo, pensando que podría detectar si contenía marihuana o drogas heroicas (olores que ella no conocía y curso de acción que tampoco sabría tomar ante el supuesto descubrimiento). La tranquilizó un poco el no sentir aroma alguno y siguió camino al paradero de buses; llegó en 50 minutos al sitio donde se tenía que apear en un barrio del otro extremo de la ciudad y caminó unas tres cuadras hasta encontrar la dirección. Timbró a la puerta, nuevamente temblorosa, pero la alivió que salió una adolescente bonita y de aspecto decente a recibir el paquete y le firmó sin reparos la boleta de entrega.

Muy similares siguieron siendo todas entregas, en sitios siempre muy diferentes, pero de paquetes también muy diferentes entre sí; unos de aristas muy rectas y constitución dura, otros irregulares y blandos; unos grandes y otros pequeños;pesados y livianos... “Esto no es droga, pensaba, mas bien será mercancía de contrabando; el hombre la pide al exterior y la redistribuye”. Un día sintió que la seguían y le dio gran susto, pero se volvió rápidamente, sin suerte para pillar al perseguidor. Al día siguiente pasó lo mismo y se decidió a no continuar con las entregas, pues creía estar en peligro. El viejo lamentó que le renunciara tan inesperadamente, pero la despidió con un buen premio en dinero.

Nunca se enteró de que era su esposo, Adalberto, quien la había empezado a seguir, pues sospechaba que se la estaba jugando con un hombre que le hacía buenos regalos; esto porque ella había comenzado a aparecer con atuendos, zapatos y adornos nuevos que se compraba con los jugosos pagos que recibía y a llevar buen dinero a casa, algo inexplicable con el supuesto oficio de auxiliar del abogado unos ratos de mañana y otros ratos de tarde, pues en ningún momento le contó del oficio de entregadora de paquetes, por temor a que el no se lo permitiera. (Tampoco se llegaría a enterar nunca Luz Elena de la naturaleza del tráfico del hombre misterioso).

Los celos ya se le estaban trasluciendo a Adalberto, su trato hacia ella cambió, respiraba desconfianza y la relación fue haciéndose difícil, pero un hecho vino a paliar la tensión: El local por fin se alquiló; fue tomado por una de las panaderías en boga. Montaron los inquilinos la panadería con sus mostradores de grandes vidrieras para los panes, postres y refrescos y otros giratorios para las muy decoradas tortas de cumpleaños y celebraciones; había profusión de mesas metálicas atornilladas al piso y grandes refrigeradores llenos de bebidas gaseosas y cervezas. Apostaban los vecinos a que la panadería no iba a durar mucho, acosada por las vacunas, pero el negocio se sostenía y las malas lenguas comenzaron a asegurar que pertenecía a una mafia y que entre malandrines no se “pisaban las mangueras”. Se sostuvo unos dos años, vendiendo mucho y al fin se le llegó la hora cuando en la cuadra siguiente montaron otra, más grande y engalanada, que comenzó a vender con precios inferiores, si bien con productos de dudosa calidad; se decía que pertenecía a una mafia competidora en el mismo sector y, de hecho, los llevó a desmontar el negocio y entregar el local.

Adalberto y su mujer sufrieron de nuevo, pues ya los ahorros no eran nada jugosos, por tener que estar sosteniendo los estudios de los hijos; Adalberto logró emplearse como administrador de una cafetería y su esposa se fue, en secreto, a buscar al hombre de las entregas misteriosas para ofrecerle de nuevo sus servicios, pero buena sorpresa se llevó al encontrar la casa abandonada, casi derrumbándose, y enterarse por vecinos de que el viejo desapareció sin dejar rastro. Esa misma semana, se logró arrendar el local para un salón de belleza, la moda del momento (o quizá de todos los tiempos). El salón ofrecía desde los motilados normales para hombres y mujeres, los cepillados y tinturas, hasta spa de uñas (que no arreglo de uñas) y masajes relajantes. Luz Elena resultó haciendo buena amistad con la manicurista y esta empezó a enseñarle el oficio, a condición de no hacerle competencia; le permitía atender a algunos clientes para que practicara y un buen día empezó un cliente ejecutivo a coquetearle; azuzada por las muchachas, Luz le aceptó una invitación a salir, con el mayor misterio. Dio la casualidad de que al día siguiente vino Adalberto a atender cualquier asunto relativo al local y lo “movió de foco” una bella masajista recién empleada; se las ingenió para pedirle el teléfono y no tardó en hacer una cita con ella.

Las empleadas del lugar disfrutaron morbosamente de las mutuas infidelidades de los dos esposos, pero estos no las materializaron, veamos por que. Luz Elena había quedado con su amigo en avisarle cuando podía salir, pues esperaba que Adalberto le informara de algún compromiso para ella escaparse; ese momento se llegó para el jueves siguiente, pues Adalberto le dijo el miércoles que tendría “una reunión con los de la agencia de arrendamientos”. Así que Adalberto salió a las 5 de la tarde para su “reunión” (con la masajista) y Luz Elena se voló a las 6, después de decirles a los hijos que iba a tomar un vino con su vieja amiga Margarita.

El esposo, camino a su cita, repensaba el asunto y se decía que no debería volver a las jugadas, como cuando estuvo saliendo con Clarita, pero el recuerdo de la imagen de la nueva chica, muy parecida a aquella, lo hacía reanimar; la esposa iba hecha un mar de nervios y haciendo amagos de devolverse, pero reconstruía en su mente al “churro” que la había invitado y reanudaba el camino. Llevaba un buen rato Adalberto en el cafecito esperando a la chica que no llegaba, cuando Luz Elena se frenó en seco faltando pocas cuadras para llegar al sitio de su compromiso, dio media vuelta y emprendió camino de retorno; pocos minutos después, llegó un hombre al mismo café donde se encontraba Adalberto, pidió algo de tomar y se sentó a esperar ansiosamente; los dos hombres en inquieta espera cruzaban miradas ocasionalmente y cada uno pensaba “a este lo van a dejar plantado, pero a mí, no”; a las 9 de la noche resolvieron simultáneamente, como si se hubieran puesto de acuerdo, no esperar mas y volver a casa.

El salón de belleza ganaba fama y crecía; Adalberto seguía administrando la cafetería, pues no quería repetir las dificultades económicas y además necesitaba estar ocupado; Luz Elena estuvo yendo muy poco al salón, para evitar un encuentro con aquel señor; el agua siguió corriendo bajo los puentes y el hijo mayor terminó bachillerato. Vino entonces la decadencia del salón de belleza, no se sabe por qué, será porque las damas se cansan de lo mismo, y entonces la clientela bajó a su mínima expresión; el local volvió, pues, a manos de Adalberto, y de nuevo se inició la ansiosa espera de un buen cliente.

Pero la situación económica general no estaba nada buena y pasaron varios meses en que tocó volver a apelar a los ahorros; por fortuna Adalberto había conservado su ocupación y Luz Elena empezó a arreglar uñas en casa. Por fin llegó una empresa interesada en tomar el local, pero en compra; se trataba de “Gananciosa”, la empresa de apuestas convertida en pulpo voraz; le dijeron a Adalberto “puede seguir disfrutando de su local desocupado o nos lo vende por lo que le ofrecemos; no subimos un peso”. Aceptó, pues, nuestro hombre que el monstruo ganara una más, después de haber hecho quebrar a muchos manejadores de apuestas y acaparado el monopolio respaldada por el gobierno de turno que le otorgó una concesión muy favorable y a largo plazo y de haberse convertido prácticamente en un banco al asumir el recaudo de cuotas de pago de créditos comerciales y el recaudo de impuestos, los giros monetarios y hasta la concesión de préstamos a particulares.

Por esas vueltas del destino, Adalberto perdió en malos negocios el dinero de la venta del local y poco después perdió el empleo en la cafetería, y a Luz Elena se le acabó su clientela de uñas y ambos terminaron como empleados de Gananciosa, con salario mínimo, trabajando en el local que había sido suyo.


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