domingo, 14 de octubre de 2018

ASCENSOR TESTIGO
Relato



Unos habitantes del Conjunto Residencial Balcones de Luna Nueva se quejaron en la inspección de policía de una medida que tomó la administración de la unidad prohibiendo a los visitantes hacer uso del ascensor.  Alegaban que el administrador era un viejo caprichoso y arbitrario y que no tenía derecho a hacer tres prohibiciones que ponían a sus parientes y amigos en fatigosos ascensos por escaleras.  Requerido don Gilberto, el emisor del “decreto”, alegó que la medida fue estrictamente necesaria, para poder vigilarlos con las cámaras que hay en los rellanos, porque…

–Los visitantes son los que nos están deteriorando el edificio.  Dejan basuras por todas partes, chorrean desconsideradamente el piso, rayan descaradamente el ascensor, juegan con sus controles y los enloquecen, tienen un comportamiento sexual censurable, roban…

–¿Y cómo lo sabe, si no los ve dentro del ascensor?

–Precisamente, aprovechan que no hay cámara para hacer sus cositas.  Por eso hay que mandarlos por las escalas para vigilarlos con las cámaras que hay allí.

–Bueno, los residentes también pueden hacer todo eso.

–Basuras no dejan ellos, porque tienen basurero en casa; chorreras no hacen, porque no se les permite consumir; tampoco rayan el ascensor, porque cuidan mucho sus bienes comunes; con los controles no tienen problema, porque a todos se les ha instruido muy bien; en cuanto a robos, no se ha visto en cámaras a ningún residente entrando a un apartamento ajeno.  Y vea, sexo no van a tener en ese espacio, porque unos están viejos para eso y los otros pueden llegar directamente a hacerlo en su apartamento.

–Afirmaciones muy discutibles, que solo se podrían confirmar si hubiera una cámara haciendo registro dentro de la cabina del ascensor.

Esta última afirmación le inspiró al administrador la feliz idea de colocar, muy en secreto, una cámara bien camuflada dentro del ascensor.  Se lo dejó saber únicamente a don David, presidente del consejo de administración y lo invitó a revisar con alguna frecuencia lo registrado.  Este le aceptó, si lo podían hacer los jueves a las cinco de la tarde, días que él regresaba directo del trabajo a casa, y así lo convinieron.

El primer jueves descubren que el viejo del octavo piso deja basuritas dentro del aparato y se esconde en un lugar estratégico para observar hacia el ascensor a la espera de que la empleada se agache a recoger lo que él arrojó, para deleitarse observándole el trasero, el viejo verde.  No son capaces de reprimir las ganas de contarle a la muchacha; lo hacen sin revelar que hay una cámara en el ascensor y ella se prepara para tomar desquite del viejo.  Poco tiempo después las cámaras muestran cómo el viejo es encendido a escobazos.

El jueves siguiente, el administrador le muestra a don David la señora del noveno  piso esperando que entre al aparato el muchacho veiteañero del apartamento del frente suyo y se mete a acosarlo.  Varias veces pasa lo mismo: él se hace el difícil, pero le gusta el juego y en el “forcejeo” se le derrama la gaseosa que lleva en la mano.  Esos son los regueros que supuestamente dejan los visitantes.  Lo más interesante, dice el administrador, está por venir; avanza la grabación hacia el día siguiente y pillan al muchacho ¡esperando que la señora llegue a esperarlo!

Otros descubrimientos de los jueves:

El chico del tercero y la chica del quinto, coinciden con frecuencia en el ascensor, le ordenan subir hasta el último piso y empiezan su sesión de besos con toqueteos apurados, pues saben que, en el ascenso, el aparato no se detiene a recoger a quienes lo pidieron para bajar.  En el ajetreo, se recuestan contra los controles, los enloquecen, y el elevador se queda un buen rato bloqueado.

Con observaciones sucesivas, se pudo establecer que los misteriosos rayones son marcas que deja el solterón del primer piso para llevar una morbosa cuenta de las veces que la esposa joven del séptimo lo recibe al salir el esposo para el trabajo. – Aquí se presenta una discusión entre administrador y presidente sobre si avisarle al esposo burlado o si ello sería una intromisión en vidas privadas.

Melody, la muchacha despampanante del cuarto piso, quien vive coqueteándole al administrador, hombre casado que nunca le hace caso a sus acosos, escribe en el espejo con lápiz labial “Muchachos del edificio:  Cuídense de Gilberto que es un viejo maricón”. – Furioso, el hombre quiere buscarla para cantarle la tabla, pero don David le dice “Esperá, más bien, para que le busqués el lado flaco.  Ella cae tarde o temprano”.  Casualmente, Gilberto la descubre a los pocos días cuando sube con una amiga, besuqueándose en la intimidad de la cabina, muy abrazadas, muy amorositas.  “Conque le gusta de lo uno y de lo otro? Ya verá la muy bandida!”

Enterados de tales habilidades de sus vecinos, don Gilberto y don David decidieron levantar la prohibición y lo comunicaron en una circular, donde, cuidándose de no revelar lo de la cámara, recomendaron no ocuparse en menesteres agitados mientras toman gaseosa para que no chorreen el ascensor; no visitar a las esposas de los vecinos; no hacer encuentros amorosos en el elevador ni bloquearlo para prolongar los dulces momentos; no acusar al administrador del homosexualismo que tiene la propia escritora de los “melodiosos” mensajes en el espejo.

Los vecinos quedaron furiosos con semejante diatriba, todos ellos sin excepción; unos, porque se veían directamente aludidos y otros, porque ingenuamente creían que se trataba de una descarada calumnia.  Rápidamente, al comentarse el asunto entre ellos, nació la idea de convocar asamblea para despedir al administrador y cambiar al presidente, por indebida intromisión en vidas privadas e injuriosas afirmaciones sin fundamento; todo alentado principalmente por la ofendida Melody y la asustada esposa infiel.  

La víspera del día señalado, el ingeniero del último piso, observando el vuelo de un insecto atrapado en el ascensor, detectó arriba, en una esquina, un pequeño objeto circular que no demoró en identificar como el lente de una cámara y llegó al día siguiente a la asamblea a informar a sus vecinos que los habían estado grabando dentro del  cubículo.  Los dos pobres acusados fueron apabullados en la reunión, quedaron ipso facto cesantes de sus funciones y fueron  inmediatamente remplazados.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

sábado, 6 de octubre de 2018

ENTRE GIRASOLES
Relato


El barrio La Mónica, de clase media, limita con la comuna occidental, donde con frecuencia se dan intensos combates entre las bandas que disputan su control territorial.  Cierto sábado, les toca en el barrio pasar el día encerrados en sus casas por temor a las balas perdidas  de los irregulares que ocasionalmente bajan hasta allí persiguiéndose a los disparos.  Hastiado, Fernando llama a Natalia a proponerle escaparse el domingo temprano en la moto, el día entero, lejos de la ciudad, para tener un respiro de esa guerra.

Fernando y Natalia, jóvenes universitarios, alegres y llenos de ilusiones, están enamorados hace varios meses, pero el padre de ella lo rechaza insistentemente y les interpone todos los obstáculos posibles.  Ella lo ha confrontado para saber la razón de su oposición; él, un negociante tradicionalista, muy estricto con sus siete hijos, siempre le ha respondido, como único argumento, que no le gusta ese muchacho, y ya; que ella merece uno mejor.

Ella le acepta de inmediato a Fernando y no avisa en casa. Se van por la carretera hacia oriente, parando aquí y allí y disfrutando del fresco paisaje de la tierra fría.  En cierto momento, se les antoja entrarse por las vías de penetración, rodeadas de amplios cultivos de girasoles y se extasían contemplando aquel mar amarillo; resuelven dejar la moto y caminar por entre las flores; mientras van cogidos de la mano, el le cuenta de la guerra de precios, originada en que dos años atrás los girasoles fueron muy bien cotizados en EEUU, todos los floricultores se dieron a sembrar esta planta y ahora hay sobreproducción.

Enterado de la fuga cuando salía para misa con la mujer, el “suegro” manda a Migdonio, su ayudante de confianza, a buscarlos, también en moto.  “Tienen que estar por el oriente.  Allá es donde le gusta ir a Fernando”.  Sale pues el emisario a toda velocidad y va guiándose por el camino con las acertadas preguntas que sabe hacer el muy malicioso a los que atienden los ventorrillos de esos lugares.  Parece todo un buen detective y va bien encaminado.

Está Fernando explicándole a su cariñito muy seriamente, con todo detalle, lo del problema comercial de los floricultores, cuando ella se pone a hacerle caricias en el pecho.  El tiene que ceder, ella baja hacia la cintura y sigue mas abajo.

–¿A donde vas?

–Estoy bajando como los precios de las flores, pero si tengo éxito se va a producir un alza.

El muchacho, nervioso, le pide dejar ese ‘jueguito’ para más tarde y la compensa con un beso; se la lleva, de la mano, hacia adelante, le sigue explicando su tema y le propone llegar hasta una casita que se ve a lo lejos sobre una pequeña colina.

Migdonio tiene la corazonada de que los muchachos se escondieron por entre los cultivos, así que toma también una vía de penetración, la sigue por varios kilómetros, mas se le acaba súbitamente, tras una curva, frente a un depósito, y tiene que dar marcha atrás, contrariado; ha perdido tiempo precioso, se le van a escapar.  Sale acelerando a toda máquina, mientras repite unas cuantas “bendiciones”.

Siguen su caminata nuestros enamorados, pero la chica, ansiosa, insiste de nuevo en sus caricias, en el mismo punto donde iba cuando fue interrumpida.  Por fin penetra hasta el lugar deseado y sigue acariciando; el pierde el control y reproduce sobre ella las caricias recibidas, en forma suave pero apasionada.  Cuando se acerca el éxtasis, se recuestan sobre el blando y acogedor piso, se aligeran de lo que les estorba y dejan que vayan pasando los minutos y las convulsiones.

Siguen tendidos un largo rato entre besos amorosos; va cayendo la tarde; el cielo, de un azul que va pasando a oscuro, está salpicado de nubecillas doradas, ocres y encarnadas; Natalia dice que los girasoles están fascinados con su amor porque se han inclinado a contemplarlos; el, sonriente, le responde, acariciándole suavemente los cabellos:

–Eso indica que es tarde; ya tenemos que emprender el regreso.

Se incorpora la chica con pereza (quisiera quedarse allí toda la noche), componiéndose el peinado y el ropaje y le suelta estas palabras: “Ya sé por qué mi papá te hace la guerra”.  Sin responder, se levanta el muchacho con prontitud, componiéndose con descuido y revisando por dónde deben caminar hacia la moto.

Volviendo hacia allá, escuchan el rugir de motores de una potente motocicleta.  “Parece la de Migdonio, apurémonos”.  No alcanza Fernando a arrancar la suya, cuando llega aquel a su encuentro.

–¡Hola!  Qué difícil encontrarlos a ustedes. ¿Qué hacían por aquí?

–No es de tu incumbencia, responde Natalia agriamente y se arregla mechones de pelo que todavía le caían a la cara.

–¿Tenemos que pedirte permiso para salir a dar una vuelta?  Dice Fernando y en ese momento cae en cuenta de que tiene ‘cojos’ los botones de la camisa y los reacomoda  turbado.

–¡Ahhh!  ¿No se han acabado de arreglar?  Creo que llegué en mal momento, pero deben de haberla pasado muy bien.  Después del gusto que venga el susto.  Tu papá te espera, Natalia.

La chica palideció, el muchacho tragó saliva, al emisario se le dibujó una sonrisa socarrona.

–¿Crees que te tenemos miedo, que yo le tengo miedo a don Rodolfo?  Se lo tendrá ella que es la hija, pero que no me la vaya a tocar.

–¿Muy valientico?  Don Rodolfo te da sopa y seco.

–¡Ay, mi amorcito!  Dijo ella, es un asunto entre mi papi y yo.  No intervengas.

–¿Qué tal si no te llevo a tu casa, sino a donde tu tía Verónica?

–¿Llevar?  Yo soy el que se la tengo que llevar a su papá, así me lo encargó.

–Ella no se va a bajar de mi moto.

Otra sonrisa socarrona y una sentencia final:

–Naty, voy a decir a tu papá que no los encontré.  Valió la pena la fuga.  Te envidio, Fernando.  ¡Chao!  ¡Disfruten del resto del día!

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com


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