INVISIBLE
Relato


Aquí quiero enseñarles a los dos
lo que a estas horas pasa en la Calle Mayor de Madrid,
que esto solo un demonio lo puede hacer, y yo. 
“El Diablo Cojuelo”, Luis Vélez de Guevara


Un propósito extraño.
Leandro se antojó de hacerse invisible.  Andar por todas partes sin ser notado era retador.  No tener figura, no tener nombre; no dejar huella quizá; no incidir en nada quizá.  Pero ¿qué sentido tenía ser un completo desconocido? ¿qué le dejaría esta experiencia?  ¡Ah, mucho!  En tanto estaría en un mundo en donde él no estaba y conocería lo que no conocía.  Qué bueno sería tener una experiencia como la del estudiante Don Cleofás Pérez, quien pudo penetrar en las intimidades de la sociedad madrileña del siglo XVII, gracias a que un diablito le levantaba todos los techos, le mostraba escenas de la vida real en un espejo mágico… 

“No puedo invocar ningún diablo en este siglo 21; no existe tampoco un espejo ni una pócima mágica; han informado de experimentos todavía primitivos que producen la invisibilidad en el nivel atómico, pero no me puedo sentar a esperar que la tecnología produzca los artefactos útiles; además, no tendrá ningún atractivo jugar a ser invisible cuando todo el mundo lo pueda hacer”.  Cavilando, se le ocurrió lograrlo con la imaginación; el poder de la imaginación rompe todas las barreras; si se imaginaba invisible, podría “penetrar” en diversos recintos y “ser testigo” de múltiples hechos.

La primera escena la construyó cuando pasaba por un templo; se le ocurrió presentarse invisible al lado del confesionario.  Entró, entonces, y se puso en fingida actitud de oración, pero observando a las personas que se acercaban a la casilla del sacerdote.  Arrimó un muchacho con porte de estudiante, mirando receloso a todas partes; “me acuso, padre, de que le sustraigo dinero a mi papá de su billetera cuando entra a bañarse y deja todas sus cosas sobre la cama” –construyó Leandro– “hijito, no debes hacer eso con un hombre que vela por tí, que te da lo que necesitas”; “pero, padre, es que no me alcanza para nada lo poco que él me da; a todos mis compañeros, su mesada les alcanza para refrescos, mecato, recarga del celular, compra de láminas para el álbum del mundial y para ir a cine con una amiga; mi papá es muy tacaño”; “tú no puedes poner la medida de las erogaciones de tu papá; él puede tener dificultades y te da lo que justamente puede”; “pero sí le alcanza para salir con esa vieja; porque tiene una querida que visita cuando sale dizque de correría; yo me lo he pillado”; “mira hijo, los pecados de tu papá los tiene que confesar él; no me puede mandar razones contigo; y no hagas juicios temerarios porque alguna vez lo viste conversando con una compañera de trabajo; recuerda, Jesús dijo ‘tu ojo izquierdo no sepa lo que está mirando el derecho’; si no tienes más qué confesar, arrepiéntete y voy a proceder con la penitencia”.

A continuación, se arrodilló frente a la rejilla una señora como de cincuenta años.  “Acúsome, padre bendito, de que estoy tragada del muchacho que me trae los encargos del mercadito”; “¿eres casada?”; “sí, padre, por eso me atormenta mi pecado”; “pero concrétame: ¿qué has hecho con el muchacho?”; “nada, padre; yo lo miro y lo miro… ¡con unas ganas!  Y, bueno, le digo cositas… y también le he acariciado esa cabellera mona, lacia y abundante tan hermosa que tiene”; “a ver, pero son ‘cositas’ morbosas y caricias insinuantes ¿o qué?”; “ay, yo no sé, padre, yo me siento enloquecer cuando llega ese muchacho tan bello y siempre con alguna disculpa lo hago entrar un ratico; claro que él es muy esquivo y se me escapa muy rápido”; “entonces, ¿todavía no se han ido a los hechos?”; “ay, no, padre, pero mantengo unos deseos pecaminosos”; “hija, con el deseo también cometes adulterio; recuerda  que se peca por pensamiento, palabra u obra”…

Salió encantado de la iglesia después de su primera experiencia de hombre invisible y tan extasiado que un pito estridente lo reubicó, pues estaba tratando de cruzar la calle sin percatarse del tráfico.  “¡Huy! Afortunadamente estoy muy visible”.  Esto le dio la inspiración para el siguiente caso:  “colocó” en el crucero una de las antiguas atalayas de policía de tránsito y “se montó” en ella a detectar infractores.  “Pilló” primero a un motociclista que se metió al carril exclusivo de buses y transitó por allí más de cien metros para adelantarse al atascamiento del tráfico; sopló mucho su silbato, pero el atrevido piloto no le prestó ninguna atención.  Ahora el que no estaba prestando atención a la vía y por poco estrella a su vecino fue un (imaginario) automovilista que llevaba la mano (y la mente) puesta en su compañera de viaje de excitante minifalda, precisamente varios centímetros arriba del ruedo, por debajo de de la faldita.  ¡Pero si era Domingo, su compañero de trabajo!  Y ella, ¡nada menos que Carmenza, la jefe de ambos!  Algo sospechaba ya Leandro desde hacía días…

Una nueva modalidad.
“Mi próxima experiencia de invisibilidad tiene que ser menos morbosa”.  Pero fue espeluznante:  Estaba lloviendo; nuestro personaje se resguardó bajo un techito improvisado de una construcción y no pudo evitar escuchar una conversación tras el vallado protector de la obra… “Con esto te la afloja toda.  Se lo pones en un costado y de inmediato te suelta la lana.  Pero si no hace caso, empujas suave y firme”  Se le fueron los ojos por un pequeño orificio de la falsa pared y ahí estaba un hombre curtido entregando un largo y brillante puñal a un joven rudo.  Bastó esto para que Leandrito se alejara a pasos suaves pero ágiles, sin importarle recibir el baño que la naturaleza le regalaba.  “Ahora si fui un verdadero hombre invisible; pero ¡afortunadamente invisible!”.

Al día siguiente, yendo en el bus, dos muchachas venían parloteando en los asientos detrás del suyo; ingresó otra que les produjo completo silencio y se sentó adelante.  “Esta Jessica tan engreída, ni saluda”, “desde que tiene a ese novio platudo no determina a nadie, se cree la más ch…”, cuchicheaban.  “Y saber que el man tiene negocios como raros”; “¡ah! ¿si?”; “eso andan diciendo en el barrio, que está como medio enredado en un combo de traficantes y por eso llega en esas motos y luciendo esas joyas”; “pero a mí me dijo la misma Jessica que él tiene una venta de perfumería, contrabandeada sí, pero a lo sano”; “no seas bobita y no te creas todo; esos pachulís son de fachada y no le dan ni para tomar tinto; Néstor Johnatan se saca todo es con otras vueltas; me contaron”… ¡Qué sorpresa para el invisible Leandro!  Él le compraba perfumes a un Néstor Johnatan y sabía que su novia se llamaba Jessica, porque lo oyó hablarle por teléfono.

Le quedó gustando mucho la experiencia de la escucha “invisible” y empezó a buscar sitios y personas a los que pudiera pescarles chismes interesantes.  En los pasillos del supermercado se iba detrás de algún par de comadres que veía muy posesionadas del chismorreo; en los bares, se sentaba en la mesa de enseguida de algún grupito de amigos que parecieran muy posesionados de un chisme y se hacía el desentendido, fingía estar muy absorto en la revisión de todas esas cosas que nos llegan al celular.

Desencantos de la invisibilidad.
Para un sábado por la tarde, organizaron una fiestecita los compañeros de trabajo en la casa de uno de ellos.  Leandro no faltó, porque esperaba tener oportunidad de estar un buen rato al lado de Irene, que le gustaba mucho.  En cierto momento en que ella y otra compañera iban a entrar a hacer algo en la cocina, tuvo la ocurrencia de esconderse en un guardaescobas amplio desde donde las podría escuchar, para saber si Irene hacía comentarios sobre él.  “Ese negro es divino” dijo de pronto Irene a su amiga (“pero yo soy todo pálido”); “y te ha invitado a sitios chévere” (“ese soy yo, pero nunca me acepta las invitaciones”); “sí, las discotecas más lanzadas” (“yo no la he invitado a discotecas, me muero del miedo que nos vean y le cuenten a mi mujer”); “mañana me va a llevar a un lugar que dice que nunca voy a olvidar; ¡negro precioso!”  (“Que se quede con su pinche negro, yo no vuelvo ni a saludarla”).  Y media hora más se tuvo que quedar encerrado, asfixiándose de calor, llorando frustración y oyéndolas sufrir y gozar con su experimento culinario.

Al salir, ya cayendo el sol, lamentó haber estado invisible para su mujercita toda la tarde y se encaminó directo a casa, con remordimiento por lo de Irene, rechazando las tentaciones de los compañeros para ir a rematar a un bar.  Llegó a casa, entró directo a su habitación; allí estaba ella, en la cama, profundamente dormida, con un gesto de gran placidez en la cara; tenía solo una sábana encima de su desnudez.  “Me está esperando ansiosa, mi María Fernandita; esa placidez del rostro lo demuestra”.  Se descalzó, comenzó a aligerarse de ropa y escuchó un ruido que venía del jardín; corrió para allí, pero recogiendo de paso una escoba en la cocina para “defenderse”.  Vio a un hombre que de inmediato se puso a revisar una de las plantas; le preguntó qué hacía allí.  “Es que Mafe… Perdón, doña Mafe me pidió revisarle las maticas, porque yo soy jardinero”;  “ahhh, ¿sí? ¿un jardinero en ropa limpia de calle, zapatos lustrosos, mal amarrados, pantalón mal cerrado, camisa mal abotonada?  Te voy a romper la cabeza, ¡sinvergüenza!

La carrera fue veloz.  En una exhalación ganaron la calle y Leandro lo siguió persiguiendo por varias cuadras.  La gente no contenía la risa al ver a este hombre corriendo en medias, con la camisa sin abotonar, blandiendo una escoba, detrás de otro con ropa mal compuesta, que perdió un zapato, y luego el otro, en la carrera.  Al voltear una esquina, el extraño se perdió y Leandro se sentó en la acera, casi asfixiado, pensando tristemente en que por estar tan invisible para su mujer, esta había encontrado a uno muy visible.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
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