miércoles, 18 de abril de 2018


MÚSICA Y RUIDOS
Relato

Miguel es un profesional como de 30 años, aficionado a la música; si a eso se puede llamar aficionado, pues ha estudiado varios instrumentos y teoría musical.  En su apartamento de soltero tiene varias guitarras, teclado, armónica, amplificador, micrófono y equipo de grabación.  Por razones obvias, necesita paz y silencio en su habitación y en todo el entorno, principalmente cuando está grabando, ya sea solo o con sus compinches de música.

La cruel realidad es que sus vecinos suelen ponerse a escuchar una música estridente y de mal gusto, amén de que las señoras, paisas y costeñas, cotorrean a todo volumen en sus apartamentos y todo ello viene a hacerle compañía al pobre Miguel, sumado a los aviones que pasan con frecuencia –pues el aeropuerto, situado prácticamente en el centro de la ciudad, no fue clausurado cuando se inauguró el moderno aeródromo distante, sino que fue dejado para “naves pequeñas de vuelos regionales” y hoy en día son muchos los ruidosos jets privados “pequeños” que salen y aterrizan a todas las horas del día–.  Agreguemos a esta ensalada los destartalados y ruidosos buses urbanos y las infaltables motos sin silenciador, que pasan bajo su ventana.

En los momentos más críticos, aprovecha Miguel para hablar por teléfono (también con alguna dificultad) con amigos y amigas.  Una amiga cercana es Melisa, bonita muchacha un poco menor que él, algo interesada en la música, pero con preferencia por la lectura de autores contemporáneos y las tertulias en las redes.  Ambos tienen frecuentes encuentros en lugares públicos, para discutir sobre sus temas de interés y sobre acontecimientos recientes, al calor (¿o más bien al frescor?) de unas cervezas.

Ahora hablemos de Brenda, profesora de literatura en un colegio de bachillerato.  Su cátedra tiene un sello particular: Brenda intensifica la lectura en voz alta; les lee trozos a sus alumnos y los pone a leer, también, por turnos.  Ella considera que, además de que incrementa la retención de lo leído, la voz alta permite dar vida al texto, combatir la timidez, prepararse para hablar en público y también posibilita al docente detectar la mala percepción de lo escrito y los vicios de pronunciación.

…Y otra cruel realidad, en este caso para Brenda, son las continuas interrupciones de las lecturas por causa de la desesperante pitadera de los vehículos que circulan por la amplia vía frente a la institución y los estridentes frenazos de los buses; también, la tempestad de pregoneros que circulan por el barrio anunciando a voz en cuello, y aun con megáfonos,  su comercio ambulante.  La entristecen estos atentados contra el serio ambiente que quiere propiciar en su clase, pero no encuentra una solución.

Se acuerda Brenda, en ocasiones, del relato de Italo Calvino “Un Rey a la Escucha”, que es todo un homenaje al sentido del oído y que nos cuenta de un rey afincado en su trono, en donde aprende a enterarse de todo lo que pasa en su palacio y controlarlo sin dar un paso, porque distingue a la distancia todos los sonidos propios de las más diversas actividades en los salones y corredores, en la cocina, en los jardines… Piensa ella cómo Calvino nos hace añorar las épocas de  actividades calmadas, nos hace valorar nuestros sentidos (también tiene un relato para el olfato y otro para la vista) y nos hace reflexionar sobre lo dependientes que somos de los demás para nuestra tranquilidad interior.

Ha querido la casualidad que Miguel y Brenda se topen una noche en un sitio de comidas rápidas en una avenida del barrio; sucede que a todo el frente del sitio llega a estacionarse un automóvil lujoso con su equipo de sonido a todo volumen en música urbana y sus ocupantes se bajan a comprar bocados en el local de enseguida, que vende por ventanilla, para sentarse en el andén a comer y escuchar sus estridencias; entonces nuestros dos amiguitos, todavía desconocidos entre sí, se lanzan una mirada desconsolada y acuerdan ir a buscar otro lugar.  Caminando, se van contando cosas simples, van percibiendo que vibran en la misma frecuencia y cada uno empieza a disfrutar mucho de la compañía del otro.

Un lugar que ellos juzgan con buena oferta está al lado de un cafecito lleno de gentes gritonas, otro tiene la música como a 80 decibeles…  Al fin encuentran un café algo sereno, donde pueden conversar tranquilamente… ¡y hasta qué tarde han conversado!  Después, él la acompaña hasta la puerta de su casa y la “vibra” en que se encuentran los “obliga” a darse un tímido, pero sentido, beso de despedida.

Al día siguiente van ambos al mismo tiempo para sus trabajos, pero en vehículos diferentes y por rutas distintas.  A ella le toca soportar un radio a todo volumen en el bus y, casualmente, a él también, un radio a todo volumen en un taxi, pero le pide al chofer rebajarle algo y por poco este señor se lo traga vivo.  En el lugar donde él se apea hay ruido de taladros neumáticos perforando el pavimento y ella, buscando un artículo antes de seguir para el colegio, debe pasar por una zona que, a pesar de no ser industrial, está plagada de talleruchos embutidos en pequeños locales, cuyo ruido de máquinas sale intacto a la calle.

Miguel la llama más tarde y quedan en encontrarse por la noche en el mismo sitio.  Allí comienzan la plática compartiendo sus experiencias de ruido y solo pueden reír irónicamente de las casualidades de ese día.  También comparten su disgusto por las diarias celebraciones con pólvora en la madrugada, que ambos escuchan con igual nitidez pues aunque viven separados unas 20 cuadras uno del otro, están equidistantes del barriecito popular donde unos dudosos negociantes celebran casi todos los días sus non sanctos éxitos en esa tormentosa forma.

El jueves por la noche, Miguel visita a Melisa en su casa; el sábado por la mañana, sale con Brenda a buscar unas cuerdas de guitarra y otros objetos que les dijeron se conseguían a mejor precio y de la misma calidad en el nuevo pasaje peatonal que va desde la plaza de Cisneros hasta las esculturas de Botero.    Él piensa con toda honestidad que mientras Melisa es una amiga de confianza, con quien el cariño llega hasta un punto, Brenda tiene un encanto tal que puede suceder que llegue a ser muy profunda la relación con ella.

Reconocen que el pasaje quedó bonito, bien organizado, con su piso en adoquines de ladrillo, grandes jardineras, románticos faroles, semáforos peatonales… y van disfrutando del entorno y de su mutua compañía.  ¡Pero vuelve la bulla!  empiezan a sonar las radiolas de los bares a todo volumen, los pregones a las puertas de los comercios, por hombres disfrazados de payasos, a viva voz y, en los cruces de vías, los anunciantes de las rutas de buses, que tratan de conseguir pasajeros (que de todos modos tendrán que llegar allí a tomarlos) por una mínima propina del conductor.

Al entrar a un negocio, se encuentran con Lorenzo, amigo de Miguel y acuerdan un encuentro por la tarde, con guitarra, música y vino.  Entre tanto, los dos almuerzan en casa de la mamá de Miguel y, al poner el tema de los ruidos, la señora se queja de los pregoneros de frutas, verduras, cachivaches, compra de chatarra, que pasan  a todas horas del día, los 7 días de la semana.  “Le tengo el aguacate madurito, si no se lo doy blando se lo cambio – tóqueme la papaya, señora”.  “¡Son enloquecedores!”

Ya por la tarde, en lo de Miguel, le preguntan sus amigos “¿no les hacemos bulla a los vecinos?”; “no se preocupen, tengo bien medida la intensidad de sonido y es apropiada para las horas diurnas; muy diferente a los parlantes del colegio de la otra cuadra”; “y del templo de mi vecindad” agrega Lorenzo.  Cuando Miguel va a la cocina por algún bocado para sus amigos, encuentra de regreso al Lorenzo coqueteándole a la Brenda, pero este se corta cuando lo ve; un poco más tarde va al baño y al regresar cree verlos tomados de la mano (“lo puedo jurar”) pero se contiene y no se les despega más.  Finalmente salen por la noche juntos, pero Miguel se ha encargado de llamar a una amiga para Lorenzo; así lo neutraliza y la noche pasa tranquila.

El lunes siguiente Mónica, antigua amiga de Miguel lo llama a pedirle ayuda en la traducción de algo que le llegó en inglés.  Al llegar a su casa por la noche, se sorprende al verse recibido con licor y buenos pasabocas, pero pronto recuerda otros momentos vividos con ella.  Ya haciendo la tarea, ella se pone melosa y logra inducirlo a hablar de temas distintos a la dichosa traducción, que parecía ser solo un anzuelo.  Miguel no se niega que ha pasado un buen rato, pero sale alterado, porque con ella la relación fue muy pasional y en este momento se siente otra vez locamente atraído; menos mal, se le presenta la prístina imagen de su nuevo encanto, que lo serena dulcemente.

Siguen los encuentros de Miguel con Brenda, pero Mónica lo sigue invitando y  él termina “jugando en las dos canchas”.  Lorenzo se entera de ello y vuelve a rondar a Brenda, cuidando de que Miguel no vaya ni a sospecharlo.  Ella, al comienzo, lo elude, pero el hombrecito es muy convincente y logra que salgan juntos un par de veces, con la mala suerte de que una amiga común los pilla sin que ellos lo perciban y, muy insidiosa, se las ingenia para que le llegue el runrún a Miguel.

Miguel, en un principio, no presta atención a lo que le ha llegado como un chisme bastante dudoso y sigue concentrado en su proyecto de aislar sonoramente la habitación de su apartamento donde tiene su estudio musical, para resolver de una vez por todas el  problema del ruido.  Una vez todo listo, lo inaugura con su amada Brenda, quien disfruta mucho de las estupendas sensaciones musicales y, por supuesto, del delicioso rato con su Miguel.  Este, muy animado con su creación, empieza a traer a todos sus amigos; enterada Mónica, se antoja de que él también la lleve; entonces el muchacho la “reinaugura” con ella y después se dice “también puedo invitar a Melisa”; la trae a conocer todos sus prodigios y ella queda maravillada.

Una tarde, están Miguel y Brenda relajados escuchando música y empieza a retumbar una fiesta tan bulliciosa en la vecindad que las vibraciones de los bajos y algunos altos muy estridentes logran penetrar en el “sagrado recinto”.  Se queja Miguel de cómo han logrado entrar estos ruidos; “tu también has metido ruido en nuestra relación” dice ella.  Miguel palidece y ella le habla de lo que ha sabido de Mónica y de Melisa.  “Bueno, el ruido viene de ambas partes, dice él, me he enterado de algunas cositas…”  Y cuando parecía que se trenzarían en una agria discusión, afloraron más bien reconocimientos de parte y parte y promesas de “nunca más”; se hicieron explícitas las declaraciones de amor que antes no habían aparecido y se entregaron a la construcción de ilusiones.

Carlos Jaime Noreña

cjnorena@gmail.com
ocurr-cj.blogspot.com


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