En un tiempo sin tiempo
Qué habría ocurrido si lo hubiera sabido antes
Wanda se enteró en 2025 del descubrimiento del viaje cuántico al pasado; fue en la universidad de Surrey donde un equipo científico liderado por el profesor Andrea Rocco logró demostrar que, en el mundo microscópico de las partículas cuánticas, el tiempo no está obligado a seguir una única dirección, sino que puede fluir simultáneamente hacia adelante y hacia atrás. Wanda imaginó la posibilidad de devolverse en el tiempo a mostrarles a los descubridores, exploradores, conquistadores y artistas de todas las épocas lo que podrían lograr con su ingenio en el futuro.
La idea quedó retumbando en su cabeza y una noche soñó con un brujo que la enviaba al futuro a incorporarse en una excursión que hacía un viaje hacia el pasado en una nave del tiempo. Despertó muy perturbada, no desayunó, no se aseó, no se presentó a trabajar, se quedó repitiéndose ese sueño, rehaciéndolo, transformándolo, hasta que tuvo la inspiración acertada. Siete días completos duró su periplo hasta llegar a lo profundo de la selva del Vaupés, en donde encontró al hechicero indígena que con el uso del yagé la preparó para un profundo sueño del que despertaría al cabo de cincuenta años. Como un viaje al futuro. Al llegar a casa dio instrucciones, dejó unos escritos e ingirió la dosis definitiva.
Despertó y debió conocer a los cuatro nietos que nacieron durante su sueño y que ahora estaban a cargo de ella, que parecía más joven que ellos. También tuvo que entrar en conocimiento de los avanzados medios de transporte de la ciudad y los elementos de comunicación cutáneos e implantados, mucho más rápidos y potentes que los teléfonos celulares que antes le parecían maravillosos. Verificó que el ahorro depositado en una compañía fiduciaria sí había crecido lo esperado y que podría vivir sin privaciones. Se instaló en una vivienda independiente y se dio a la búsqueda de los aparatos de viaje en el tiempo. En la familia la miraban con compasión, pensaban que la brujería la había dejado loca, le seguían la corriente para no contrariarla y fingían que le buscaban esos artefactos y eran desconocidos. Hasta que se metió ella misma a hacer las averiguaciones a través de los dispositivos que ya se había incorporado en su piel y vestimenta y descubrió que una compañía extranjera asociada a una avanzada universidad estaba ensayando los dichosos viajes que le interesaban.
Estableció contacto y le informaron que buscaban voluntarios para retornos al pasado cercano, ida y vuelta; se inscribió y consiguió una autorización de teleportación para entrar en entrenamiento selectivo en la sede. Los breves viajes al año anterior le permitieron disfrutar de hechos que desconocía, hasta que se llegó el día del viaje largo; era una visita a la Francia de 1944, cuando De Gaulle estaba recuperando la república; se situaron en París porque el dispositivo viajaba en el tiempo, pero no en el espacio y el punto elegido fue una modesta callecita para evitar llamar la atención y con salidas a muchos lados, para permitir un escape, de ser necesario. Una multitud aclamaba con delirio al general y este se fajaba su discurso de la victoria, que Wanda degustaba. Vibró al escucharle decir "¡París! ¡París ultrajado! ¡París roto! ¡París martirizado! ¡Pero París liberado!”.
Tras unas horas pasó la fiesta, todos migraban hacia sus casas y ella tenía que regresar al futuro, pero no lo quería; pensaba en la delicia de los años veinte y deseaba estar allí; se aplicó a recordar en detalle las instrucciones de manejo, creyó tener claro el procedimiento preciso para retroceder unos años más y, si no, qué carajos, donde quiera que este armatoste me llevare encontraré algo sobre qué escribir. Pronunció unas órdenes y accionó qué contactos gráficos que la hicieron saltar veinte y tantos años atrás y apareció plantada frente a un señor de amplio mostacho, bien cuidado el motilado e impecable atuendo. Valida de sus conocimientos de francés conversó un buen rato con Marcel Proust, lo sorprendió al comentarle pasajes de “El tiempo recuperado”, que el autor apenas estaba comenzando a escribir y se atrevió a decirle que su inmortal obra, calificada como una de las máximas novelas del siglo XX, era despreciada por la juventud del siglo XXI que odiaba leer libros extensos al tiempo que se embelesaba con series de largos relatos sobre cursis aventuras de personajes que posaban de desentrañar misterios históricos y otros sobre niños que tenían contacto con hechiceros que los transportaban a lugares exóticos. Notó que el escritor se fatigaba de su perorata y se retiró con prudencia.
Se quedó pensando en qué habría escrito ella si hubiera vivido en esos comienzos del XX y sobre todo si hubiera sabido en ese momento de la admiración que ganarían el francés y Joyce y Kafka… Escuchó reclamos de sus tutores que la instaban a regresar cuanto antes al 2075, dijo sí en un momento llego pero emitió órdenes contrarias al aparato quiero tener contacto con los impresionistas. Ahora, el salto de cincuenta años la situó en el taller del fotógrafo Nadar, frente a las pinturas de Berthe Morisot, una de los rebeldes no aceptados en el salón oficial controlado por la Academia de Bellas Artes francesa. Se extasió observando los cuadros de Pissarro y pidió que alguien la presentara con el director de la academia, lo que logró fácilmente para su sorpresa. En la conversación con el director se enteró de los argumentos estéticos idealistas e historicistas, los motivos ético-políticos y las acusaciones de tratar en esas obras temas considerados inconvenientes social y moralmente. En cierto momento lo interrumpió y le espetó con cierto disgusto ¿qué habría hecho usted si se hubiera enterado de que Morisot, Pissarro, Monet, Manet, Renoir y todos estos réprobos impresionistas serían universalmente admirados durante todo el siglo XX? Fue retirada a la fuerza por los guardas llamados por el director. Corrió a la callejuela y le ordenó al dispositivo devolverla setenta años, hasta la época napoleónica.
Aterrizó a finales del año 1804, algo después de la autocoronación de Bonaparte como emperador. Había euforia en París a pesar del frío. El emperador acertó a pasar cerca de la callecita y Wanda se le lanzó, la guardia le rechazó, pero le clamó al magnate y él ordenó dejar pasar a esta atractiva mujer después de una requisa; tuvo que someterse a toda la humillación de los maliciosos tocamientos, pero resistió con tal de dialogar con el personaje. El hombre le habló de las leyes del nuevo código y de las determinaciones sobre pesos y medidas tomadas en 1801, pero Wanda lo llevó con cautela hacia las batallas; él habló con tristeza de las derrotas Bassano, Caldiero y Acre, mas se mostró optimista por todas las demás victorias y la consolidación de su imperio. Wanda le preguntó qué haría si supiera que años más tarde, después de brillantes victorias, sería definitivamente derrotado en Waterloo por los ingleses. El guerrero entró en furia y ordenó llevar a esta impertinente a la prisión. Sus piernas le ayudaron a huir de los gendarmes, no logró acercarse a la máquina del tiempo, esta fue confiscada y tuvo que seguir en veloz carrera a lo largo de esas calles hasta refugiarse bajo la oscuridad de un puente del Sena. Durmió toda la noche, por la mañana buscó su refugio de la calleja y se percató de que el aparato había sido retirado. Se dedicó a vagar y mendigar por las calles parisinas con la esperanza de que sus mentores encontrarían la manera de volverle a traer a su cómodo siglo XXI.
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