domingo, 21 de junio de 2015

Otra de Sandor Marai en la obra mencionada, que coincide con lo que me quedó en el alma después de vivir dos años en Alemania (hace muchos ya). Y lo que dice allí de Berlín (que lamentablemente nunca conocí) lo digo de München, donde viví seis inolvidables meses.

En Alemania nunca había pasado miedo y lamentaba tener que abandonar ese mundo más o menos conocido en el que nos movíamos con facilidad: las ciudades alemanas, la lengua alemana, las costumbres alemanas
...Su buena disposición para todo me seducía una y otra vez. Ese gran pueblo respetaba a los extranjeros…
y, sin embargo, yo, con veintiún años, atosigado por mis primeras impresiones aquella primera noche en Berlín, tuve la sensación de haber llegado a una enorme ciudad provinciana.
...En cuanto pisé Alemania me invadió un extraño sentimiento de seguridad: pensaba que nada malo podía ocurrirme, que la gente era igual en todas partes, que era extraña en sus sentimientos y en sus manías, en sus gustos y en sus temperamentos, pero que aparte de eso existía una comunión de tipo ambiental entre el hogar abandonado y esa Alemania grande y misteriosa, aunque no hubiese lazos «sanguíneos» o «raciales» ni nada parecido, aunque no hubiese un parentesco declarado, sino unos lazos más secretos y al mismo tiempo más sencillos.

...aquel tren que marchaba despacio en la oscuridad nos alejaba de un mundo exótico y familiar, de una Alemania que, en cierto modo, había sido nuestro hogar.

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