Juego de palabras
Anagramas de la prosaica sartén
TERNAS
El presidente quería designar como Fiscal General de la Nación a su íntima amiga Celina Moscoso, pero sus asesores le recordaron que según lo establecido en la constitución él debía enviar una terna a la Corte y de allí esta designaría al Fiscal, así que no tiene más remedio señor presidente que mandar tres nombres.
¡Ah!, otra vez las benditas ternas. ¿Por qué debo proponer a tres si considero que la única apta para ese cargo es Celina?; señor presidente, porque así lo manda la constitución, entienda por favor; bueno, junto a Celina voy a proponer los nombres de mi nietecito Julio Andrés y mi sobrinita Valentina; señor, son unos niños, todavía no pueden ocupar cargos públicos; ustedes sí me ponen muchos obstáculos; entienda señor que hay límites legales para todo y nosotros estamos para colaborarle en la toma de decisiones acertadas.
Llamó el presidente al secretario privado y le encargó la elaboración del decreto de destitución de los asesores presidenciales. Le costó mucho trabajo al acucioso secretario convencerlo de que la calentura no está en las sábanas, mostrarle por dónde va el agua al molino, hacerle ver que no se puede luchar contra molinos de viento.
Recordó entonces Gus que su dilecta amiga tenía por nombre completo María Celina Antonia Moscoso Calle y estaba casada con un señor de apellido De los Ríos y procedió a destituir a su secretario privado, remplazarlo con un abogadillo recién graduado de una universidad de mala calidad y obligarlo a escribir la postulación ante la corte de las señoras María Moscoso, Antonia de De los Ríos y Celina Moscoso Calle como terna para el honroso cargo de Fiscal General de la Nación.
SENTAR
Esmaragdo quería sentar cátedra sobre arte y criticaba agriamente esos mamarrachos de los cubistas, dadaístas, surrealistas y demás sinvergüenzas que no sabían pintar. Cierto día, extasiado en el museo frente a La persistencia de la memoria de Salvador Dalí, espiando de reojo que no lo pillaran en su arrobo, fue tocado en el hombro y al volverse vio que el reloj de la sala se ablandaba y colgaba desfigurado. Caminó hacia allí, se quedó viéndolo andar hasta que dio las seis y la vigilante le ordenó salir por hora de cierre y le pidió ir con ella a la puerta; él la siguió dócil, pero al atravesar el marco se le abrió al frente un lago azul sereno y la mujer se transformó en una mosca que voló hacia el reloj de la mesa de atención que también se derretía. La puerta se le cerró detrás y Esmaragdo quiso huir pero tuvo que enfrentar a una multitud de elefantes de larguísimas patas delgadas como alambres; para salvarse debió caminar sobre las aguas sin reparar en los cisnes de cuyo reflejo surgían los elefantes. Brotó de pronto el maestro y le vino al encuentro con sus delgados y largos bigotes y con una sonrisa sarcástica, diciéndole si tengo el poder de hacerte caminar sobre lo líquido también puedo cambiar la realidad a mi amaño, mejor vete a sentar en tu poltrona a mirar programas de concurso en televisión.
ENTRAS
Me fascina cuando entras le decía Lucía con entusiasmo a Santiago. Y era que él lo hacía con un arrojo como pocos. No desaprovechaba momento para acercarse con tacto pero con resolución. Le ponía todo el empeño y nada le quitaba el impulso. Iba de frente con la vista fija, con la respiración acezante y no paraba hasta que lo lograba. Entonces lanzaba un grito jubiloso coreado por los espasmos de ella regados por lágrimas de emoción.
Después lo comentaban gozosos, él encendía un cigarrillo y ella se componía el alborotado cabello al tiempo que le reprochaba que fumara, vas a perder capacidad, te vas a enfermar, eso es muy dañino; no lo puedo dejar, me hace falta para aplacar las emociones fuertes; tú sabrás, pero yo preferiría que las energías restantes las acabes de apaciguar con besos y caricias.
Sus compañeros le celebraban esos inspirados, contundentes, mágicos goles que mantenían al equipo en lo más alto, él era el alma de la agrupación. Lo sacaban en hombros después de cada partido, todavía acezante y Lucía lucía como una reina al lado del ídolo de la afición, todavía emocionada hasta las lágrimas.
RENTAS, RESTAN
Le dio a Orlando por vender un ganado que tenía en la finca de un amigo y poner el dinero en un fondo de inversión nuevo que estaba muy atractivo. Eso de lidiar con ganado en terreno ajeno es muy complicado, la res que se mata por un barranco siempre es la mía, las vacunas que se vencen son las de mis animales y los precios en feria siempre bajan cuando llevamos mis novillitos.
El nuevo fondo de inversión, del Banco Ganadero, ¡qué ironía!, ofrecía tasas variables, con ventajas: al inicio eran muy buenas y después no fluctuaban con los caprichos del mercado, sino en una forma muy novedosa: según la variación mensual de la temperatura. Esto lo animó mucho porque contaba con que el calentamiento global garantizaría que las tasas subieran permanentemente y sus rentas crecerían.
El primer mes le llegó un extracto con crecimiento, y el siguiente también y el siguiente, lo que le hacía repetir con euforia mis rentas suman y suman.
Se dejó venir una temporada de lluvias y frío y las tasas empezaron a bajar. Después de tres meses el hombre lloraba: ¡restan y restan!, pero se consolaba pensando en que los aumentos se reanudarían en uno o dos meses, pero pasaba el tiempo y las tasas seguían bajando. Al final del año los meteorólogos confirmaron un prolongado fenómeno de la Niña.
Orlando iba perdiendo ya mucho dinero cuando los expertos en clima anunciaron la inminente llegada de una nueva era de glaciación global. Bajo el frío permanente, Orlando retiró del fondo el poco dinero que le quedaba y se emborrachó con él: mejor ahogarme en alcohol que dejar que mi platica se ahogue en ese fondo.
TENSAR
El ingeniero Parada trabaja en una compañía que tiene los contratos de varias vías importantes de la gran ciudad. A diario sale de casa por la mañana y regresa al comienzo de la noche a donde su mujer.
Una noche recibe una llamada urgente y dice a su esposa que lo necesitan en la obra por un problema en un puente. Al regresar le explica que uno de los cables no tenía suficiente tensión y la labor de tensado exigía su permanente supervisión in situ como ingeniero. En las noches siguientes lo llaman con frecuencia y tiene que salir de afán a supervisar el cable; ella intenta protestar, él solo contesta hay que tensar el cable. Y la pobre mujer se queda sola hasta la mañana, cuando él llega y pide desayuno… y no pide nada más.
La esposa admira la dedicación del hombre a su trabajo, pero lamenta el cambio de su conducta amorosa, ignorando la existencia de la sensual tecnóloga de obras civiles que se encarga de tensarle el cable siguiendo sus precisas instrucciones.
TRENZA Y TRANCE
La trenza de Pili era el encanto de Caliche. La conoció cuando ese apéndice tenía veinticinco centímetros y ahora ya pasaba de los cincuenta. El color castaño dorado del cabello de Pili le daba un atractivo brillo a la trenza y el minucioso trabado que ella le hacía más los coquetas cuentas diminutas que le insertaba la hacía lucir conquistadora. Caliche se le arrimaba cara con cara y se pasaba la fragante trenza por su rostro en arrebato de amor. De allí seguían los besos, caricias y palabras tiernas.
Un feliz día adoptó la costumbre de llevarle bellas y brillantes cintas de color, ella las entrelazaba primorosamente en la trenza y él se enloquecía frotándola sobre sus labios y gustándola dentro de la boca, antes de pasar a los actos más amorosos.
Un amargo día llegó a visitarla el chico y la encontró de cabello corto. ¡Sorpresa, querido!; ¿cómo se te ha ocurrido?; quería presentarte una nueva imagen de mí; ¡no!, con tu antigua imagen se ha ido mi amor; cuánto lo siento, ¿cómo puedo recuperarlo?; dame tu trenza, espero que la hayas guardado. Ella sacó una cajita donde tenía la trenza muy bien puestecita y perfumada, se la entregó y él salió huyendo sin darle siquiera un beso.
Caliche entró en trance. No volvió a salir, no volvió visitar a su Pili. Se quedaba horas en su cuarto contemplando la trenza, pasándola por su cara, besándola, destrabando y volviendo a trabarla y escuchando repetidamente aquel bambuco que hacía referencia a las trenzas, que él le había dedicado a la chica alguna vez.