lunes, 14 de junio de 2021

 Vuelta a tierra por aire,
con fuego y… ¡con agua!

Relato

Presentado a Café Literautas, junio de 2021


La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse.

Oscar Wilde.


Dentro de su traje presurizado, medita mientras flota en el espacio.  No está en trance de muerte, pero su vida completa se atreve a desfilar por su mente, igual que las sombras platónicas sobre las paredes de la gruta.  Tiene que probar una nueva tecnología y, aunque ha realizado múltiples simulaciones y ensayos, todavía está dudoso y ya no puede echarse atrás: va rumbo a reingresar a la atmósfera terrestre en solitario, sin nave, solo protegido por el traje de astronauta.

Lo eligieron por su destreza en las denominadas caminatas espaciales y por su temple de acero.  Compitió con colegas que tenían experiencia de reingresos tormentosos y les ganó, no se sabe si por su amplio bagaje de maniobras en el espacio o por su amplia sonrisa que enamoraba a la directora.

Ahora esta solo frente a la inexperimentada aventura.  Desearía no haber competido limpiamente, para haber sido descalificado a tiempo; quiere ser salvado de su destino y ni su madre, que evoca con cariño, ni la directora, que le gusta mucho, le pueden dar una mano.  Él tampoco podría recibírsela, pues está completamente envuelto, como los bebés antiguos, para asumir la aerodinámica forma de huso que le permita ingresar sin choque en la amenazante capa gaseosa terráquea.

La envoltura exterior está elaborada con un textil recién desarrollado, más resistente al calor que la cerámica, que no arderá ni transferirá energía a las capas internas, resistentes a las radiaciones y trepidaciones.  Estas envuelven el uniforme impermeable del viajero, llevado sobre una tibia y relajante ropa interior.  Para la agencia espacial, el éxito de este traje significará inmensos ahorros, al no tener que incurrir en los costos de la cubierta cerámica de las naves y su readaptación después del reingreso.

Siguiendo con sus meditaciones, recuerda cómo lo atormentaron las intrigas urdidas por un par de compañeros que, al verlo tomar ventaja en los puntajes, lo acusaron de su supuesta conducta aviesa de colegial, de ligeras sanciones que tuvo en su carrera de aviador y hasta de un dudoso amorío. Se arrepiente de haber triunfado sobre ellos y no haber sido eliminado para no tener que enfrentar lo que se le aproxima.  Casi está en pánico; no deja de atender el reloj que se proyecta en su retina, esperando el momento estimado para el impacto.

Una ligera vibración le deja saber que ha penetrado; su vida se le vuelve a presentar a exagerada velocidad y unos segundos después respira aliviado al testimoniar, ¡qué ironía!, que no está ardiendo en la atmósfera, eso corroborado por los indicadores que le proyectan datos relativos al ostensible frenado en su descenso. Ya “solo” 1000 Km/h.  Poco después, el tirón de la apertura de los paracaídas se siente bruscamente; la envoltura exterior se abre y se desprende como estaba previsto y ya puede observar el espléndido paisaje terrestre.  Ahora desea echar hacia atrás toda la narración de su vida, para vivirla de nuevo tras su regreso.  Se siente renacer.

Al llegar a tierra, se le hace opaco el estruendoso recibimiento, por una causa contundente: está completamente empapado; se ha orinado en el traje. Los funcionarios intentan disimular el hecho y se lo roban pronto de la vista de los periodistas, pero estos ya han notado el suceso y corren a dar la primicia.  Llega turbado al cubículo de aclimatación; para calmarlo, le recuerdan que no es el primero en sufrir ese percance, que ya le había sucedido a uno de los pioneros de los viajes espaciales, pero nada le vale.  Solo cuando se ducha y se cambia completamente, siente “renacer” una vez más.

Todavía sentado en la sala de descanso evocando los momentos críticos del ingreso, llega la directora y lo felicita con un explosivo beso que lo hace vibrar de felicidad, olvidar definitivamente el percance y ¿por qué no? renacer por tercera vez; ahora, al amor.


jueves, 6 de mayo de 2021

LOS SECRETOS DE LA MONTAÑA

Relato

En algún sitio, algo increíble espera ser descubierto.

Carl Sagan


Ahí, al frente, está la montaña.  Me mira arrogante.  Muy alta y muy amplia, muy verde y muy fresca, se siente ama de este valle y de todos sus habitantes.  Me detengo a observarla detalladamente.  Le da la plena luz del sol, en este día despejado, y ella se siente alegre.  Mayormente cubierta de bosques, no teme daños del sol y tampoco de las fuertes lluvias de temporada, pero sí les teme, con pavor, a los incendiarios; le han robado extensos trozos, uno aquí, otro allí; este año, el anterior, el otro…

Retozan los animales en la foresta; se pierden por entre los árboles y no se sabe cuál reino tiene mayor variedad: el vegetal o el animal.  Porque allí podemos encontrar el árbol que nos soliciten, propio de esta latitud y este clima; no falta ninguno; la variedad del bosque es inmensa, en su mayor parte autóctono, incluso el nacido espontáneamente sobre las cenizas de los incendios.  Los animalitos (y animalotes) también están orgullosos de representar a todas las ramas de especies y subespecies tropicales.

Aguzando la vista, llegando a todos los rincones, podemos encantarnos contemplando las idas y venidas de los más diversos seres fantásticos…  ¡Sí!  Ellos están allí.  Nuestra mente racional los rechaza y se vuelve ciega cuando le pasan delante, pero ellos disfrutan de su vida silvestre, lejos de los humanos insolentes.  Un fauno corre tras una ninfa que lo elude.  Un duende se recrea retirando algunos travesaños de un puentecito que alguna vez fue construido sobre una corriente de agua y que esporádicamente es cruzado por algún explorador.

Estos habitantes han vivido en su montaña por siglos; sus ancestros estaban allí aún antes de que llegaran unos hombres lejanos fortalecidos por sus armas de fuego y prevalidos de una supuesta propagación de creencias salvadoras.  A estos los salva su habilidad para esconderse; quieren mantener su mundo aparte del nuestro, que ven tan corrupto; solo accidentalmente los ve alguien alguna vez.  No obstante, al enterarme de ellos por medios que no voy a delatar, me propuse hacer la excursión para conocerlos de cerca.

Llegué al borde del bosque, me despojé de ropas, las guardé bien protegidas y comencé a arrancar ramas de árboles y arbustos y a atármelas por todo el cuerpo hasta que quedé exacto al Hojarasquín del Monte (a mi idea del Hojarasquín del Monte).  Penetré más adentro, seguro de que los seres fantásticos me tomarían por uno de ellos y no se preocuparían por desaparecer.  Nada.  Solo pájaros, ranas, algún mico.  Despreciaba las bellezas naturales, por mi obsesión de encontrar a aquellas criaturas.  Al cabo de un rato tuve sed; me hinqué a la orilla de un arroyo, pues no quise llevar cantimplora, convencido de la pureza de las aguas dentro de la montaña.

Al incorporarme, enjugándome alrededor de la boca con el dorso de la mano, cruzó frente a mí un unicornio.  ¡Un unicornio!  ¡Qué belleza!  No era tan grande como un caballo, era un poco menor, pero de una hermosura sin igual; su tersa piel color arena brillaba; su cabeza enhiesta le daba un aire arrogante; sus ancas amplias daban nacimiento a una larga, frondosa y sedosa cola; y el apéndice sobre su testuz era un perfecto cono agudo y largo, muy lustroso.

Casi tan pronto como apareció, se perdió; y desapareció también la luz; se me había ido el día sin darme cuenta.  Debía tener sumo cuidado en la búsqueda del camino de salida; en la emoción exploradora no había registrado el recorrido en mi mente ni en huellas físicas que pudiera dejar a propósito.  Después de unos pocos pasos, unas lucecitas fugaces llamaron mi atención; lo que tomé por cocuyos fueron unas lindas figuritas femeninas que flotaban en el aire, muy pequeñas y casi desnudas; la luz brotaba de sus ojos y también un tenue canto salía de sus boquitas que cambiaban su forma con las notas, igual que cantantes profesionales.  Me quedé pasmado escuchándolas un buen rato y no huyeron como el unicornio; me miraban complacidas, danzaban en el aire alrededor de mí y ocasionalmente alargaban sus manitas para acariciar mis cabellos.

Desperté con hambre cuando unos rayitos del sol mañanero se colaban por entre las ramas.  Mis preciosas acompañantes ya no estaban.  Imaginé haber dormido con ellas en un mismo lecho, pero una punzada en el abdomen me sacó del embeleso: esa hambre acosaba.  No había tiempo de regresar a casa; tuve que buscar frutas y también algunas raíces, que mastiqué con desconfianza, esperando no me intoxicaran.  Ya saciado, me resolví a salir para volver al atardecer, suponiendo por lo ya visto, que eran las horas apropiadas para tener contacto con los fantásticos personajes.

Fascinado pensando en las apariciones de la víspera, seguí de largo por los prados de las estribaciones montañeras y de pronto me llamó la atención que los transeúntes se quedaban mirándome.  Caí entonces en cuenta de que andaba cubierto por la ramazón, que no me había puesto mi ropa, y regresé rápidamente por ella.  No la encontré con facilidad porque había salido por un lugar muy diferente al de mi entrada.  De una vez, hice una buena marca en el punto por donde debería volver a ingresar esa tarde.

La tarde fue muy lluviosa.  No me atreví a aventurarme al bosque y me quedé impaciente, desencantado, corajudo.  Mi desazón no me permitía concentrarme en nada; quise llamar a alguien y lo descarté; intenté dibujar las figuras conocidas la víspera, todavía muy nítidas en mi memoria, pero no soy dibujante; comencé a escribir la experiencia, mas vi que me faltaba hacer más visitas y entablar mejor conocimiento de esos extraños pobladores.  Dormí, pues, sin ganas, sin ánimo, solo pensando en la posible nueva oportunidad el día siguiente.

¡Gran recompensa tuve los tres días que siguieron!  Sol brillante, aire tibio, el arbolado fresco y amigable.  El primer atardecer, después de tomar mis sorbos de agua en el arroyuelo, presencié una danza de animalitos silvestres alrededor de la Madremonte, quien no era, para mi sorpresa, ese ser aterrador que describen los campesinos, huesuda, de largas extremidades y ojos que arrojan llamas, sino una mujer joven, hermosa y elegante, de sensuales formas, vestida de ramajes y flores, todo dispuesto con exquisito gusto, coronada de luces de origen incógnito y que exhalaba perfumes embriagadores.  Me quedé extasiado mucho rato y no busqué más.

En el segundo atardecer encontré el poblado de los Pitufos, construido en un amplio claro del bosque.  Estaban en esas actividades afanosas del final del día, unos guardando sus enseres y herramientas, otros descolgando mercancías exhibidas, los de más allá llevando sus animales a establos; después, fueron desfilando hacia sus casitas, bajo la mirada acechante de Gargamel, quien distraído en sus observaciones no se percató de la trampa que le tendían los siete enanitos de Blancanieves, amigos entrañables de los Pitufos, para hacerlo quedar prisionero toda la noche y evitar que ejecutara lo que estaba planeando de sorpresa en la oscuridad, fuese lo que fuese.

Al tercer día, buscando si Gargamel había salido del foso en que lo precipitaron los enanos, me llevé una sorpresa todavía mayor.  Por algún error, no llegué al claro de los Pitufos, sino a otro, donde se encontraban estacionadas unas navecitas brillantes, suspendidas en el aire, no asentadas, que emitían un leve zumbido.  Me acerqué con cautela y no vi a nadie alrededor; los pasajeros de las naves deberían de estar adentro o dispersos por el bosque.  Me agazapé tras unos arbustos a la espera de los que debían ser extraños tripulantes de las naves y, tras largo rato, el arrullo del zumbido me llevó a los reinos de Morfeo contra mi voluntad.

Me despertó el murmullo aumentado de las naves; las vi ascendiendo en formación, sus ocupantes mirándome por las escotillas, pero no distinguí muy bien los rasgos de los rostros, pues estaban a contraluz y el sol casi me cegaba.  Cuando se perdieron en el infinito, me percaté de que tenía en derredor muchas muestras de vegetación del bosque, extraídas con sus raíces intactas, pero al observarlas detenidamente noté que les faltaban yemas, cuidadosamente separadas, y algunas hojitas de las que podrían ser más tiernas.  Deduje que los extraterrestres estuvieron extrayendo muestras de lo que les pudiera ser más útil para estudiar de regreso en su mundo, igual que cuando astronautas y robots extraen muestras minerales de la Luna, planetas y cometas. 

Después de esto, no quise regresar a la montaña, no fuera a ocurrir que los extraños exploradores regresaran con la misión de llevarse consigo este ser vivo móvil, bípedo y quizá inteligente, para estudiarlo detenidamente.


martes, 23 de marzo de 2021

 ¿FUGAZ O NO FUGAZ?

Relato

Presentado a Café Literautas, marzo 2021

–Caminando en línea recta, no puede uno llegar muy lejos: te le fuiste directo al corazón.  Con ellas, tienes que gastar tiempo, seguir una trayectoria sinuosa, rodearlas, entrar poco a poco, desorientarlas y dar el golpe en el momento oportuno –le sentenció su amigo Jaime, cuando le contó su drama. 

Inquieto lo había dejado la chica del bus; en su mente quedó durante todo el día; plácido sueño el de la noche; al día siguiente, recuerdo esfumado.  Desprevenido, subió al vehículo y, desde el mismo asiento, ella y su sonrisa le llamaron.  Dulce sonaba el nombre de “María Patricia”.  Lo asaltaron los temas del fugaz encuentro de la víspera y volvió sobre ellos.

Confirmó que esta pelada de ojos grises y mirada intrigante, nariz respingada y pechos firmes degustaba el penúltimo semestre de sicología y le gustaban los ingenieros, como él, pichón en su profesión y novato en su trabajo, a donde la máquina lo llevaba.  Calló ella su interés por este hombre de porte resuelto, silueta delgada y cabellos negros.

El destino se la hurtó hasta el viernes. Él la llamó a su lado, esta vez, para encantarse haciendo hablar a esa fascinante boquita de labios no gruesos ni finos y dientes perlados; conversación que, claramente, ninguno de los dos quería eludir.  El sinuoso recorrido del bus urbano, enemigo de la línea recta, les permitió sumergirse en las melodías de una plática que concluyó con intercambio de números y promesa de “algún” encuentro.

El fin de semana, lo envolvieron los perversos compromisos y no lo dejaron llamarla.   El autobús no se la quiso mostrar los días siguientes.  El miércoles, Carlos se fue a recibir en la automoviliaria su ansiado nuevo vehículo.  Esa noche, en medio de la obligatoria exhibición a parientes y amigos, logró robar unos minutos para llamarla, ya no se le podía perder más.  Ella le pidió visitarla en casa el día siguiente y él aceptó gustoso.  (“Quiere presentarme con sus padres”).

Gran sorpresa de la muchacha y felicitaciones efusivas por el cachivache.  Le presentó brevemente a su padre (la madre no vivía con ellos y el hermano estaba lejos en el momento).  Dialogaron unos inquietos minutos en la sala, apurando un café tinto, tal el ansia de salir a dar un vueltón en el automóvil nuevo.  Aspiraron los perfumes de los paseos de la ciudad y culminaron con refrescos en uno de los concurridos sitios con vista panorámica, que igual podrían estar solitarios, tal era la exclusividad de cada uno con el otro.  Al dejarla en casa, sintió el dulce flechazo.

Ya en plan de conquista, Carlos invitó a María Patricia a un restaurante.  Una sola copa de vino, para no tener problemas con la conducción.  Pruebas mutuas de sus respectivos platos.  Animada tertulia, adornada con risas y miradas cautivantes, en las que él advertía un brillo enamorador;  Cupido se adivinaba en medio de ambos.  Sin embargo, las frases afectuosas las tomaba ella con desprecio y el pícaro diosecito huía.

Durmió mal toda la noche; la muchacha parecía estar atraída pero ponía una barrera.  Meditando sobre la conducta por seguir, decidió expresarle con franqueza sus sentimientos.  Para una nueva cita eligió un ambiente romántico, a media luz, con la música que a ambos gustaba.

Sentados muy juntos; cuerpo recostado al de ella, que lo disfrutaba; miradas a los ojos, pagadas con las cautivantes de siempre; le pasó el brazo por el hombro y le sintió ese temblorcillo que denota un placer morboso.  Se atrevió a acercar labios a labios y fue rechazado violentamente.

–¿Por qué te alejas?  ¡Yo te quiero mucho!  Deseo que pasemos a una relación más íntima, más amorosa.

–Me defraudas.  Te creía más serio.  Todos vienen tras lo mismo.  No me confundas.

Silencioso, el curvo camino de regreso.  Fría, la recta despedida.  Oscurísima, la noche para el pobre Carlos.  Llamada al día siguiente para proponer salida a cine…

–Tengo un mejor programa con mi ‘negro’…

Y colorín colorado.  “…Amor fugaz…”.


jueves, 11 de marzo de 2021

NUEVAS ANOTACIONES DE “EL TREN LLEGÓ PUNTUAL" (DER ZUG WAR PÜNKTLICH)

Del alemán Heinrich Böll, premio Nobel de literatura en 1972.  En esta novela nos pinta los horrores de la guerra a través de las tribulaciones del soldado nazi Andreas, que viaja con la tropa en un tren hacia un remoto destino en Galitsia.


Hoy, esos descubrimientos del amor…

 

La chica que ve al paso, desde el tren, y queda prendado.

…alle werden sie häßlich finden, und sie ist hübsch, sie ist schön…

Todos la verán fea, pero es bella, es hermosa…

Dieses reine, sanfte, müde, kleine, blasse Mädchengesicht,

Este rostro de muchacha puro, limpio, cansino, diminuto, pálido

Eine Zehntelsekunde haben unsere Augen ineinander geruht, vielleicht noch weniger als eine Zehntelsekunde, und ich kann ihre Augen nicht vergessen.

Nuestros ojos se han encontrado por una centésima de segundo, quizá menos, y ya no puedo olvidar los suyos.

Nur eine Zehntelsekunde lang oder weniger, und ich weiß nicht, wie sie heißt, nichts weiß ich, nur ihre Augen kenne ich, sehr sanfte, fast blasse, traurige Augen von einer Farbe wie dunkelgeregneter Sand;

Solo una centésima de segundo o menos y no sé cómo se llama; nada sé, solo conozco sus ojos, muy limpios, casi pálidos, tristes, de un color oscuro como de arena mojada;

 La chica con quien comparte en la posada.

Sie ist klein und sehr zart, zierlich und fein, und sie hat hinten hochgeknotetes, sehr schönes, blondes, loses Haar, goldenes Haar.

Ella es pequeña y muy tierna, grácil y fina y lleva atado detrás el cabello; cabello muy hermoso, rubio, lacio, de oro.

Er blickt sie an, und es ist schön, ihre Augen zu sehen. Graue, sehr sanfte, traurige Augen.

La mira y es hermoso ver esos ojos.  Son grises, muy puros y tristes.

…er wagt nicht, sie anzusehen, denn er hat Angst vor diesen grauen Augen, die ganz ruhig sind.

…no se atreve a mirarla porque teme a esos ojos grises tan serenos.

Sie blicken sich lange an, sehr lange, und ihre Augen versinken ineinander, und dann beugt Olina sich zu ihm, und da der Abstand zwischen den Sesseln zu groß ist, steht sie auf, kommt auf ihn zu und will ihn umarmen…

Se observan largamente, muy largamente, y sus ojos penetran en los del otro y después Olina se inclina ante él y, como las sillas están muy separadas, ella se incorpora, viene hacia él y quiere abrazarlo…

Sie spielt das sehr leise, so leise, wie der Dämmer jetzt durch den offenen Vorhang ins Zimmer sinkt. Sie spielt diesen sentimentalen Schlager ohne Sentimentalität, das ist seltsam. Die Töne wirken hart, fast punktiert, sehr leise, fast so, als mache sie unversehens aus diesem Bordellklavier ein Cembalo.

Ella toca suave, muy suave, como la penumbra que ya viene penetrando por la cortina antreabierta.  Toca esos acordes sentimentales sin sentimentalismo, cosa extraña.  Los sonidos salen duros, casi aislados, pero suaves, como si ella convirtiera, sin quererlo, este piano de cabaret en un cembalo.

Er schenkt wieder ein, stößt mit ihr an, und in dieser Sekunde, wo sie sich über den Rand der Gläser anblicken, lächelnd, nimmt er ihr schönes Gesicht ganz in sich hinein. Ich darf es nicht verlieren, denkt er, nie mehr verlieren, sie gehört mir.

El sirve de nuevo, brinda con ella y el segundo que se miran sonrientes sobre el borde de las copas, absorbe él todo su rostro para sí.  No puedo olvidarlo, piensa él, nunca más olvidar que ella me pertenece.

Kein Geheimnis darf bleiben zwischen ihr und mir, und ich hatte gehofft, ich würde es behalten dürfen, diese Erinnerung an ein unbekanntes Gesicht, diese Hoffnung, dieses Geschenk würde mein eigen bleiben, und ich würde es mitnehmen können.

Ningún secreto debe haber entre ella y yo, que había conservado la esperanza de retener el recuerdo de un rostro desconocido, que fuera un regalo que permaneciera mío y llevarlo para siempre.

Ich mußte, mußte hierherkommen in dieses Lemberger Bordell, um zu erfahren, daß es eine Liebe gibt ohne Begehren, so wie ich Olina liebe…

Tuve, tuve que llegar hasta este cabaret de Lemberg para encontrar que existe el amor sin deseo, como el que siento por Olina.

Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.

Se aceptan observaciones y discusiones.


viernes, 5 de marzo de 2021

 Descíframe

Relato

Presentado a Café Literautas, febrero 2021

La donna è mobile qual piuma al vento

Muda  d’accento  e  di  pensier

Rigoletto, Verdi

No te quiero por lo que tienes sino por lo que me significas, era el caballito de batalla de Paola frente a su hombre.  Faltando poco para la Navidad, ante una vitrina de joyería, ella se paralizó a la vista de una deslumbrante alhaja.  Si no puedes dármela, no te preocupes, lo importante es tener un regalo.  Cuando desempacó el ostentoso saco de lana, ¿para qué te molestaste, mi amor?  A mí nunca me da frío.

Llegó él de un viaje de negocios y se apresuró a buscar a su Paola, quien lo recibió examinándolo de arriba a abajo.  Él cayó en cuenta de que no le había traído ni tan siquiera una flor y se disculpó.  Yo no me pego de detalles; lo que vale es que volviste, mientras le salían un par de gruesas lágrimas, más del color de fiero disgusto que de tierna emoción.

Con el pago de las cuotas del apartamento, poco les quedaba para gastar en lo superfluo.  Un día podremos darnos el gusto, mi queridito; ahora estamos bien así.  Al día siguiente, no te has preocupado por la fiesta del Halloween; ¿qué disfraces vamos a conseguir?  ¿O es que no me quieres llevar?

Una vecina le hacía ojitos a Darío.  Las amigas, ponle mucho cuidado a tu esposo con Fulana.  No voy a pegarme de eso; él es muy recto y muy fiel.  Por la noche, ¿qué es lo que tienes con esa descarada de enseguida?  Yo no les voy a aguantar esa saludadera y las sonrisitas; si te quieres ir con ella, yo me quito de en medio.

Tu jefe no te aprecia en lo que vales; esa empresa progresa por todo lo que te mueves; tienes el genio fecundo para ese negocio.  Cuando le habló de independizarse, eres un pobre tonto que no sabe defenderse solo; no tienes iniciativa; nos podemos morir de hambre; no cometas la torpeza de dejar tu empleo. Sería funesto.

Interrogada por el destino predilecto para vacaciones, ahora no podemos gastar en un viaje, hay que ser prudentes con el presupuesto.  Queridas, este hombre me tuvo encerrada todas las vacaciones; no me quiso llevar a ninguna parte.

¿Qué te pasa?  Has estado muy callada.  ¡Nada!  No, algo tiene que haber, has cambiado mucho.  ¡Tú eres el que cambias!  Pero, ¿qué hice?  ¡Nada!  Entonces, ¿qué quieres que haga?  ¡Nada!  …Tan triste que estuve con tu desplante y ni te preocupaste por acercarte a consolarme.

No me dejo ver de nadie antes de mi cita del jueves en peluquería, ¡estoy que espanto!  …Nos quedamos como unas pelotas anoche aquí encerrados, mientras todas mis amigas iban con sus esposos al “Miércoles de Maravilla”; ¿así soy de fea que no me quieres mostrar?

Voy a tener mucho ajetreo hoy, estamos trabajando en un proyecto muy importante con la gerencia.  No te preocupes: si no llamas, sé que estarás muy ocupado.  Gracias por tu comprensión, cariño.  No te preocupes mi amorcito, estamos para apoyarnos uno al otro…  No me llamaste en todo el día y mira lo tarde que llegaste; ¿con quién andabas?

Has cambiado mucho; esa otra no te deja tiempo para mí; pero no te retengo, sé franco y dime que te vas con ella.  Así va a ser; encontré quien me consuele y me dé lo que me niegas.

jueves, 4 de febrero de 2021

 Curación bendita

Relato

Presentado a Café Literautas, enero 2021


Hortensia no se sentía bien y se decidió a consultar al médico.  Llamó a pedir cita con el doctor Barbián y se la dieron para el jueves a las 4 p. m.  El doctor Fabián Barrera, muy acertado en su oficio, era un joven serio y respetable con barba poblada, larga y muy acicalada, que le ganó el apodo de Barbián.

–Doctor, me preocupan los vagidos que me están dando.

–Usted no es un bebé, señora.  Serán vahídos.

Después de indagarle al detalle sobre esos síntomas y de examinarla como es debido, el doctor descartó cualquier enfermedad grave, le ordenó exámenes  y le formuló algunas medicinas para mantenerla estable.

Pasados unos días, el tratamiento no le estaba haciendo efecto y su amiga Rosalba le recomendó ir a donde Ruperto, un curandero muy reconocido.  “Nadie ha salido defraudado”.  Ella no lo pensó mucho y fue a donde “el tipo ese”.  Lo primero que la asombró fue la ambientación de la sala: afiches de astros, imágenes de dioses hindúes, representaciones de tigres, tiburones… “esto parece un circo”.  El hombre era de una labia impresionante y su esotérico discurso la convenció.  Salió de allí con un paquete de hierbas y bebedizos y se aplicó a seguir estrictamente las indicaciones del hechicero.

 Cualquier noche, el esposo la vio tomando las infusiones y se enteró de su origen… “¡¿cómo se te ocurre ir a donde ese orate?!”  “Pues, sabrás que sus remedios me hacen mejor efecto que los del médico”.  Aunque todavía estaba haciéndose el tratamiento médico de día; todo lo del brujo era por la noche.

Una mañana le apareció un brote en la piel.  El médico le recomendó que nada de aquello con el marido y tomarse unas pastillas.  Pero también fue al curandero, quien prescribió un menjunje para untar y una noche de cama, bien amorosa, “porque se te nota por encima tu estupenda libido; esta tiene gran poder sanador”.

–¡¿Cómo?!  Yo no me presto para esas cosas.

–Lo harás con tu marido, por supuesto.

Se fue muy preocupada con la contradicción entre ambos, pero tres noches después se decidió y amaneció curada.  Estaba feliz y casualmente ese día le tocaba la revisión con Barbián.

–Mire doctor como estoy de bien.  Me sirvió su recomendación de cama con mi esposo.

–¡¿Qué??  Yo le dije todo lo contrario.  ¿Usted también consulta a ese engreído charlatán?  A mi esposa le recomendó lo mismo y me tiene agotado pidiéndome la dosis todas las noches.


domingo, 24 de enero de 2021

UNA HISTORIA DE AMOR INCONCLUSA

Relato

Artemisa suspiraba por ese muchacho.  A sus dieciséis años, era la primera vez que se sentía tan atraída por un hombre.  Sí, en su infancia (es decir, hasta los quince) sintió atracción por un amiguito de juegos u otro; una atracción de mera identidad; le hacían falta solo para jugar y se concentraban en el juego, igual que si fueran dos amigas; pero ahora, ahora… Ahora sentía un ardor indefinible, una atracción gravitacional.

Él no la conocía, ella no lo había tratado; lo vio pasar un día frente a su casa y le gustó.  ¡Le gustó!  Se quedó mirándolo hasta que su figura se borró al pasar la plaza, que quedaba a varias cuadras de allí.  Se sentó en el primer sillón que encontró y se puso a repasar su cuerpo de pies a cabeza:  unos tenis de moda que calzan unos pies grandes, donde rematan las mangas de un jean ajustado, de un azul muy bello ligeramente desteñido; tan ajustado que se destacan esas piernas gruesas y musculosas, esas nalgas firmes y destacadas, esa delantera que parece esconder algo grande…

¡Artemisa! la llama su madre y tiene que dejar esa pintura mental para concluirla en otro momento.  Tiene que ayudar a desmontar la mesa del desayuno, porque ahora que está en vacaciones debe estar ocupada, no puede quedarse perdiendo el tiempo.  Lavando la vajilla, le vuelve la imagen de su encanto, se pregunta de dónde salió ese bello chico que nunca había conocido y se le desliza un pocillo que se hace mil pedazos en el piso.

Por la tarde, conversando con una amiga, se decide a contarle su secreto y esta le dice que se trata de un vecino nuevo que trabaja en un taller un poco más allá de la plaza, pero, “¿qué le ves? Es como todos”.  Se traga un suspiro para no traicionarse y dice que solo tiene curiosidad, por la novedad.  “¿Curiosidad?  Te veo tragada”.  “No, no…  No me interesa”.

A las cinco de la tarde, se instala en la ventana; él debe de regresar de su trabajo y allí lo va a esperar.  Dan las seis y ya desfallece, cuando se le aparece a lo lejos la misma estampa de la mañana, con su camiseta roja ceñida que deja traslucir unas protuberancias bien definidos y una musculatura firme; su pequeño morral, llevado como al desgano en una sola tiradera sobre el hombro y a medias cogido con una mano, una de esas manos que ella nota grandes y de dedos largos y finos cuando se acerca más, por cierto con uñas bien cuidadas.  El corazón le da tumbos, se le quiere salir.  El chico, al pasar cerca, la mira y sigue desentendido, ella se entra rápido porque está al borde de un infarto.

Todos los días, ella está en su ventana a la mañana y al atardecer, lo mira pasar, se sobrecoge, y más cuando él le da una mirada casual, pero a todas luces desinteresada.  Durante el día, se la pasa repasándolo, de pies a cabeza, de cabeza a pies, recorriendo todos los accidentes, los excitantes accidentes de su humanidad.  “Hoy sí que le irradiaba esa cara, sí que le sobresalía lo de adelante, sí que le lucía la camiseta anaranjada, esos ojos negros profundos…”.  “¿Cuándo voy a ser capaz de hablarle?”

Una mañana, ella toma una decisión “atrevida”:  sale a la calle unos dos minutos antes de la hora de paso del galán que no la galantea y empieza a seguir por adelantado su mismo recorrido, a paso lento, como para que él la alcance.  Se ha puesto su minifalda fucsia y una camiseta blanca que le forra sus pechos, ya grandes, en una forma muy incitante y se ha peinado, es decir, revuelto el cabello para darle una forma atractiva, se ha aplicado un coqueto lápiz labial, muy sutil, y se ha perfumado sin exagerar.  Al llegar a la plaza, extrañada porque él no la alcanza, mira hacia atrás y ¡está a dos pasos!  Aterrada, corre a refugiarse en la iglesia y cuando reacciona y sale a buscarlo, ya el chico está ingresando a su taller.

El viernes, su amiga le cuenta que ha invitado al chico a una fiestecita que ha organizado con sus amigas.  “Él no nos hacía falta; lo conocemos apenas de saludo al paso, pero lo invité para que te encuentres con él, Artemisa querida”.  “¿Y por qué?  ¿Quién te dijo que él me interesa?”  “Bobita, te he visto espiándolo todas las mañanas”.  “Bueno, nada se pierde con ir a esa fiesta; muchas gracias por invitarme”.

En el baile, él saca a danzar a muy pocas, excluida ella, a quien en ningún momento mira.  Ella sufre, pero disfruta siguiéndole el sensual movimiento de caderas y la forma como se le agitan los cabellos negros, largos y ensortijados que lo hacen ver más como un angelito que como un hombre.  La amiga, incluso, le sugiere a él invitarla y recibe por respuesta que ya está muy cansado.  Al salir, solo al salir a media noche, el chico le regala una mirada escrutadora y le dice unas bonitas palabras de despedida, un poco confusas, entre las cuales ella cree adivinar que le dice “por qué no te vi antes”.  No es capaz de responder nada; se le “comieron la lengua los ratones”.  Él le pica un ojo y se evapora.  Llega destrozada a casa.  “¿Por qué soy tan tímida?  ¡Qué desgracia la mía!  Otra se le hubiera colgado”.  No duerme en toda la noche.

A pesar de reprocharse su timidez, no es capaz en toda la semana de salir a “atisbarlo”.  Pero se queda todo el día en ascuas y siempre se promete que al día siguiente sí lo haría.  Llegado el momento, se pregunta qué hará si él le dirige la palabra y no se atreve a abrir la ventana.  La noche del domingo, en cama, sin sueño, siene algo como una fiebre que le viene de lo más íntimo y comienza a desvestir a su amor imposible; al quitarle la camisa, le acaricia con ternura esas tetillas turgentes; después le besa y succiona por un buen rato ese hondo y bien formado ombligo.  En ese momento siente que él le acaricia sus pechos con una suavidad enloquecedora.

Le desabrochó su pantalón e introdujo su mano hasta bien adentro, donde encontró algo que pedía ser cogido; lo asió bien y él en respuesta hizo penetrar también la mano hasta los lugares más recónditos de ella; le prodigó allí unas caricias placenteras que se hacían más intensas y profundas a cada momento… hasta que la chica explotó, suspiró profundo y luego se quedó dormida con honda placidez.

El lunes, amaneció resuelta.  Esperó un poco después de la hora de entrada a los trabajos y se fue por esa calle directo hacia el taller de su tormento, resuelta a entrar a paso firme y arrastrarlo hasta el rincón más oscuro del local, para entregársele toda.  Un tío que pasaba la saludó, no lo escuchó y él continuó intrigado; su amiga la llamó desde la ventana de su casa y no le respondió; los pajaritos cantaban en los árboles de la zona verde y ella los escuchaba como un canto que le dirigía su amado, reclamándola.  Así siguió de largo por la calle que conectaba su casa con el taller, prometiéndose que ese día sí lo tendría todo para sí…


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