El jibarito
Los viajes en bus tienen un hechizo especial sobre uno, no importando las incomodidades, los malos olores, el calor, el frío, el maltrato, los riesgos, los olvidos, la basura y el desespero por llegar. Es que estar sintiéndose llevado sin mover los pies, sin tener unas alas para volar, sin el poder de la teleportación, ya es una sensación muy positiva a pesar de que no seamos conscientes y la despreciemos.
Puedo ir cómodamente sentado sobre una silla acojinada o con el trasero soportando las talladuras de una superficie dura y con una forma que no respeta la de esa parte sagrada de mi anatomía; puedo estar amplio o, como sucede en los buses urbanos recién acondicionados de las empresas transportadoras de mi ciudad, que redistribuyeron silletería reduciendo espacios, comprimido entre la ventana y la señora gorda del lado o bien entre el obrero sudoroso que disfruta (es un decir) de la ventanilla y la muchacha que va de pie en el pasillo apretada entre un viejo verde por delante y un muchacho confianzudo por detrás y apretándose ella contra mí para esquivarlos, yo sufriendo por que sus jóvenes y apetitosas carnes no me despierten la libido y no me produzcan movimientos involuntarios que ella tome por mal intencionados y me haga un escándalo para no hacérselo a los que sí la aprietan con deseo. Puedo ser, muchas veces, uno de los pasajeros sostenidos en los pies y colgados de una barra, balanceado hacia delante, hacia atrás y hacia los lados en cada frenazo, arrancada o curva, y en cada uno de estos casos quedar empujado por las tetas de la que está detrás; puedo tener que soportar que alguno me sobe el pecho o los muslos con el voluminoso paquete de compras que lleva mientras se abre paso para llegar a la puerta de salida.
Por encima de todas las incomodidades, el sentirse llevado, repito, por la ciudad, mirando como perrito de rico a través de la ventanilla, admirando la vegetación de las avenidas, descubriendo el inicio de nuevas obras, viendo pasar chicas bonitas de semblante alegre y piernas bien forradas en jean o bien destapadas por la tentadora minifalda, presenciando desde la protección del espacio cerrado reyertas callejeras, recibiendo el sol que se cuela por las ventanillas, es algo gratificante y educativo.
Incomodidad destacable es la del ruido: frenos mal mantenidos que chirrían agudo, cercanía de obras con martillos neumáticos, tráfico congestionado, radio que el chofer pone a todo volumen en alguna emisora chabacana e irrespetuosa. Otras veces me atormentaban cantantes de esos que abordan de improviso y nos acompañan por el resto del camino. Pero un día me hizo cambiar de opinión un hombre humilde, menudo, de unos cincuenta a sesenta años, de canoso bigotito bien recortado, ojos claros, camisa barata muy limpia, sombrero ajado pero impecable y guitarra que a pesar de estar muy afectada por el uso se encontraba juiciosamente afinada. El hombre pidió el consabido permiso para presentarnos sus canciones y espero no molestarlos y que comprendan que por mi difícil situación económica debo dedicarme al arte ambulatorio, pues el grupo al que pertenecía se disolvió y en ningún lado me reciben. Enseguida nos deleitó o atormentó con tú quieres que te cante mujer idolatrada y luego sale loco de contento con su cargamento para la ciudad y después si es verdad lo que me dices que tu amor tan solo es mío no comprendo por qué tardas en unirte junto a mí y más de esas tonadas populares. A mí no me molestó, voz bien timbrada, guitarra bien afinada y sobre todo ese espíritu bonachón, campechano y tristón.
Además, me trajo a la memoria la noche que terminé con mi primera novia sentados en un barcito, que pusieron a sonar como adrede ...si es que alguna duda tienes o quizá ya no me quieres, puede ser que otros quereres te hagan proceder así...
Mientras él canta yo veo pasar las paradas y pienso con László "Simplemente observo pasar las estaciones, y siento que he pensado en todo, y he dicho todo sobre lo que pienso acerca de la rebelión, la dignidad humana, los ángeles, y sí, tal vez sobre todo, incluso la esperanza".
Los viajantes se apeaban en una parada y en otra sin darle nada o le lanzaban una moneda que tenía que agacharse a recoger. Antes de llegar a mi lejano destino, el juglar dio por terminado su recital espero que haya sido de su agrado y les encarezco me lo hagan saber con su pequeño "óvulo" no importa si es de escaso valor, Dios nuestro señor se lo multiplicará. Le extendí un billete de cinco mil, me miró con esos ojos tristes e inocentes y preguntó ¿todo esto?, ¿está seguro?, ¿cuánto le tengo que devolver? Con mi respuesta se deshizo en agradecimientos y me dio todas las bendiciones que Dios no alcanza a procesar en un día. Yo me apeé un poco después nimbado de la gracia simple y buena del hombre que me hizo mirar distinto hacia los parias del sistema que tienen que fastidiarnos o violentarnos para sobrevivir.