LORENZO Y EL DRAGÓN
Relato


(Elaborado para participar en la actividad de mayo 2018 del grupo de escritura “Literautas”)


Lorenzo tenía un secreto, sabía dónde estaba la cueva del dragón y no se lo contaba a nadie.  Se tenía este Lorenzo tanta confianza con el monstruo que allí, en su cueva, guardaba miles de cosas.  Cuando le decían que sus tenis ya se veían viejos, suela desgastada, una incipiente peladura por un costado, decía “me los llevo a la cueva del dragón y me compro unos nuevos”.  Cuando se cansaba de salir con una amiga y, al no verlos juntos, le preguntaban por ella, “la mandé para la cueva del dragón”.

Desde que tenía 13 años, estaba Lorenzo frecuentando la cueva; siempre salía muy sigilosamente hacia allí, para que nadie lo siguiera, pues quería mantener el misterio.  Apenas se sabe que la descubrió una tarde que lo dejaron solo los amigos con los que había salido de caminada.  Después de varias horas de recorrido, descubriendo esas magníficas cosas sencillas que se encuentran en compañía en esa edad y por esos lugares, de haber comido al mediodía las provisiones de alimentos secos y en conserva, jugos y frutas, empacadas con ayuda de mamá, los acosaron negros nubarrones y un amenazante “viento de agua” y sus compañeros propusieron regresar con prontitud a sus casitas.

“Las señoritas, que corran a buscar la falda de mamá, replicó Lorenzo, y los hombres siguen explorando conmigo”.  “Las señoritas se quedan con Lorenzo y los machos que saben correr vienen conmigo a buscar refugio”, contestó otro y con ello neutralizó ese amenazante cuestionamiento de la virilidad, tan determinante en la adolescencia.  Sobra contar quién se quedó solo en medio de las breñas, pero sintiéndose el más valeroso de todos y explorando el terreno con ánimo reforzado.  Llegó a su cuadra ya anocheciendo y escurriendo agua y comenzó a describir a sus amigos los detalles de una fascinante cueva que descubrió, su recorrido y también su angustiosa huida cuando vio llegar a un dragón buscando su refugio y arrojando humo por los ollares.  Impresionables como son los muchachitos, le creyeron todo el cuento y le pidieron llevarlos a la cueva; él se negó: “¡Ustedes me dejaron solo! así, solo, voy a disfrutar de mi descubrimiento”.  Le siguieron rogando por mucho tiempo, pero nunca los llevó.

En los cursos del bachillerato, en lugar de olvidar al dragón, se afianzó en su devoción por él.  Estudiaba para los exámenes en su cueva, porque allí adquiría la mayor concentración; mas, para las matemáticas, como los amigos buscaban su ayuda, nunca los llevó a estudiar allí; “los puede atacar, solo a mí me respeta y me quiere” y los reunía en casa.  Una vez llegó a clase con una pequeña chamuscadura en el pelo y su explicación fue que el dragón estaba de mal genio y le había respirado fuego en la cabeza.  Su madre, muy religiosa, siempre le insistía en que se confesara para el primer viernes; él, por toda respuesta le decía “mis pecados, nadie los puede saber; yo los llevo a la cueva del dragón”.

Ya maduro, con solvencia económica, le recomendaban sus amigos ahorrar y también se lo proponían de mil formas los promotores bancarios, pero él contestaba que sus ahorros los guardaba en la cueva del dragón, allí estaban más seguros bajo las fauces del fiero guardián.  “Un banco me paga un interés ridículo y me lo saca cien veces en comisiones; mi dragón no me cobra nada”.  Cuando su madre y las tías lo acosaban para que se casara, “solo me sirve una esposa que viva conmigo en la cueva del dragón”.

Cuando ganaba su equipo favorito se iba, después de celebrar un rato con los amigos, a compartir su alegría con el dragón y, cuando tenía motivos de tristeza por partidos perdidos, por malos momentos en el trabajo, por fiascos amorosos, corría a refugiarse en la cueva para consolarse con “mi dragoncito, el único que me entiende”.  Algunas veces trataron de seguirlo sus camaradas, ansiosos de conocerle su secreto, mas tuvo buen olfato, los supo esquivar y nunca lo encontraron.

En alguna oportunidad, Lorenzo se sintió enfermo; al principio, no les prestó atención a los síntomas; siguió viviendo su vida, que era muy agradable, con buenas amistades, amor, familia muy cariñosa, trabajo estable y bien retribuido; pero se llegó el momento de acudir al médico; lo hizo muy veladamente, no dejó que se enterara ninguno de los suyos y siguió el tratamiento en una forma cuidadosa y callada.  Sin embargo, el mal seguía avanzando, hasta que perdió la confianza en la medicina, abandonó consultas y tratamiento y siguió soportando calladamente la dolencia.  En algún momento, empezó a comentar con familia y conocidos sobre la extraña enfermedad de su dragón y a decirles que lo tenía que visitar con más frecuencia, que no lo podía dejar solo; ellos, acostumbrados ya al misterioso compañero de Lorenzo, le seguían la corriente, le preguntaban por su estado de salud y hasta le mandaban algunos saludos y unas uvitas, como se acostumbra con los enfermos.

Un día, Lorenzo dijo que el animal se encontraba muy delicado y se iba a ir a cuidarlo toda la noche; los amigos se sonrieron; en casa pensaron que sería otra de sus escapadas, por las que, prudentemente, nunca le averiguaban.  Cuando pasaron tres días que no aparecía ni en el trabajo ni en su casa, se alarmaron y comenzaron a buscarlo, primero ellos mismos en los lugares que frecuentaba y con todas las amistades que se le conocían; después acudieron a la policía y ni así volvió a aparecer el Lorenzo.  Pereció con su dragón. 

Carlos Jaime Noreña

Ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com


Comentarios

  1. Hola, Carlos, me ha encantado tu cuento. Lleva buen ritmo, mantienes el suspenso en cada etapa de la historia y el lenguaje es natural, sin palabras muy rebuscadas ni metaforas extravagantes que luzcan como adornos de mal gusto. Creo que todos deseamos tener un escondite donde se pueda uno explayar o tener un amigo o guia espiritual que nos aconseje. Enhorabuena por el buen trabajo. Hay por ahi un pronombre que deberias cambiar de se a le. Nada del otro mundo. Un abrazo y gracias por las buenas sensaciones que me has regalado con tu narración. Un abrazo.

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  2. Muchas gracias, Juan Cristóbal. Ese ha sido mi propósito, no escribir muy barroco (pero me fascina la música barroca, valga la aclaración). Buscaré el pronombre. Saludos.

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  3. Buen relato, Carlos. La cueva como centro y el dragón que nunca se ve. Te deja dudando de todo. Se disfruta leyéndolo. Gracias.

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  4. Muchas gracias, Diego. Eso me gusta a mí en mis cuentos, entre otras cosas; fomentar las dudas, los interrogantes y los rechazos.
    Felicidades.

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  5. Buenas, Carlos.

    Un relato fácil de leer que te deja con la pregunta de no saber qué era realmente la cueva del dragón, si quiera de la existencia de la misma y del animal.

    Me ha gustado.

    Un saludo.

    IreneR

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  6. <hola Carlos:
    He leído tu relato con interés y sin soltar la atención que me ha llevado por caminos muy interesantes. Hay muchas posibles lecturas y como ya te ha dicho Irene, te deja con muchas preguntas.
    Asimismo es convincente y atrapante.
    Un saludo

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