viernes, 15 de septiembre de 2017


MIEDOS Y MIEDITOS



¡Cómo nos asaltan los miedos a cada rato cuando estamos pequeños!  Aquí no me voy a referir a los que nos siguen acompañando de mayores, sino a esos casi tiernos y coloridos temores que sentíamos en la niñez, espontáneos o infundidos.

En mi vecindario, un barrio nuevo de la ciudad, había pocas casas, rodeadas de muchas “mangas” (pastizales), donde salíamos a jugar largos ratos todos los chiquillos de la cuadra.  Solía pasar por allí, ocasionalmente, la “vaca topa”, una vaca negra, grande y gorda, y sin cuernos.  El aviso de “viene la vaca topa” nos hacía desaparecer en una exhalación, pues alguien nos había metido el cuento de que los vacunos “topos” eran más bravos que los que tenían sus cuernos.

En forma similar, se aparecía de repente por allí un perro callejero que tenía algunos rasgos de bulldog; no ladraba ni nos perseguía, simplemente se paseaba por el entorno, pero le teníamos un temor irracional y a la primera alerta de “¡el perro de las narices negras!” salíamos despavoridos a escondernos en las casas o en donde bien pudiéramos y considerábamos un valiente al primero que salía a otear para dar el aviso de “¡ya se fue!, ya se fue!”.

¿Sería que la asociación de perro con demonio nos condicionaba?  Porque todas nuestras madres contaban el caso aquel de la señora que se trasnochaba planchando ropa hasta que se le apareció un perro negro echando fuego por las fauces y diciendo “trabaja de día que la noche es mía”.  Esas historias terroríficas que escuchábamos de los mayores en las noches que ellos estaban reunidos en el hogar (especialmente cuando se iba la luz y la llamita de la vela atraía al grupo y soltaba las lenguas; porque cortaban la electricidad con mucha frecuencia) nos inducían un miedo subterráneo que afloraba cuando teníamos que enfrentar lo desconocido, lo sorpresivo o simplemente lo que presentaba rasgos extraños.

Los relatos de espantos o “aparecidos” eran un recurso morboso de los mayores en esas noches de oscuridad; más de un tesoro enterrado se mencionaba con los pelos y señales del lugar donde se aparecía el alma en pena que estaba atada a esa posesión material y que seguiría allí sufriendo hasta que alguien hiciera el hallazgo y “rompiera el hechizo”.  Nos íbamos a la cama temblando de miedo y rezando para que no se nos sentara una bruja en el pecho o se nos aparecieran las ánimas del purgatorio que, según nuestras madres y sus comadres, gustaban de asustar a los niños en los lugares más solos y oscuros, en especial a aquellos que no se habían portado bien en el día o tenían pecados sin confesar.

Nos manteníamos, entonces, en una especie de trance porque siempre estaban sobre nosotros, como espada de Damocles, uno o dos pecadillos recientes, como la mentirita dicha de afán para eludir un castigo, la sustracción de una de las rosquillas que la mamá tenía contadas en un tarro o los famosos “tocamientos”, que así los llamaban madres y sacerdotes; las puertas del infierno estaban abiertas para nosotros si no corríamos a la iglesia a dar confesión.  El infierno y el purgatorio eran dos “temperaderos” a donde podíamos ir a dar en el turismo final de la vida, y su administrador, el diablo, se mantenía dando vueltas por nuestro entorno para hacernos “caer en tentación”.

En el día, lejos de los terrores de la oscuridad y de los rincones donde podían surgir las horrendas apariciones (la Patasola, los duendes, los fantasmas), estábamos despreocupados asistiendo a clases o muy alegres jugando por las calles, pero tampoco faltaban las amenazas, como los mencionados perro de las narices negras y vaca topa o los casos de Milruanas y Villita.

“Milruanas” era un hombre no muy viejo que pasaba siempre arropado en una ruana, hiciera frío o calor; una ruana larga casi hasta los pies y muy amplia, y al hombre solo se le veía su cabeza, de cabellos ralos muy pegados al cuero cabelludo, y una cara rosada, de nariz aguda y cachetes caídos, con un gran lunar carnoso arriba del labio superior, al lado de una aleta de la nariz, y una mirada penetrante acompañada de una falsa sonrisa.  Esta expresión nos aterraba a niños y niñas, pues nos hacía pensar que estaba tratando de atraernos con esos propósitos perversos sobre los que siempre nos prevenían en casa y por eso le guardábamos distancia cuando lo veíamos llegar.  El ni intentaba acercársenos, seguía su camino calle arriba y luego lo veíamos seguir, lento y pensativo por la avenida superior, quizá rumiando necesidades y frustraciones que no le conocíamos.

“Villita” sí era un viejito; ignorábamos el origen de ese nombre, pero quizá se debía a que su apellido fuera Villa.  Pobremente vestido, pasaba lento y cansado y le temíamos simplemente porque en esa figura veíamos encarnado al “viejo” que iba a llegar a raptarnos si nos portábamos mal, si no nos comíamos toda la comida, si nos daba pereza hacer las tareas, si decíamos palabras feas y todo aquello con lo que nos amenazaban los mayores.  Sobra decir que lo evitábamos; a la advertencia de “ahí viene Villita” nos retirábamos, no a escondernos, sino a esperar que pasara, como en el caso de Milruanas.

El dictador militar de la época no era como un “Villita” ni un “Milruanas” para nosotros, tan lejano en Bogotá, pero las consecuencias de sus medidas sí nos afectaban. Una cómica disposición suya fue la prohibición del uso de pantalones largos para los menores de 17 años.  Nuestras madres, con alguna terquedad, nos compraban o nos mandaban a hacer de vez en cuando algún pantalón largo, “tan lindo que se ve el niño como un señorcito”, pero sufríamos cuando nos tocaba salir a la calle luciendo esa prenda, porque imaginábamos que ya nos iba a detener un policía y nos llevaría a la cárcel.  No valía que el papá dijera “va conmigo y no le va a pasar nada”.

Y hablando de dictadura y uniformados, un día ocurrió que hice un comentario contra los militares en mi grupito de amigos, pues los chicos acostumbran repetir en su círculo lo que oyen comentar en casa, y en todos los hogares se estaba denostando del dictador militar y su ejército; uno de los amiguitos que allí estaban me dijo que su tío Fulano era teniente y que, cuando viniera a visitarlos, le iba a contar de lo que dije para que me mandara a capturar y llevar a la cárcel.  ¡Qué tremendo miedo el que me invadió!  No valió dorar la píldora; lo dicho, dicho estaba.  Dejé el juego y me fui a casa muy preocupado.  Durante muchos días no salí a jugar con los amigos y cuando tenía que salir a estudiar o a hacer un mandado evitaba pasar por la casa de aquel amigo, no fuera que allí estuviera el teniente y me agarrara de una vez.

Precisamente el servicio militar era otro “coco” que nos atemorizaba desde tan corta edad, pues se contaban muchos percances ocurridos a los pobres reclutas, de familias cercanas, que estaban en cumplimiento de esa “obligación patria” y nos imaginábamos a nosotros mismos, a la vuelta de 10 o 12 años sufriendo las mismas humillaciones, las palizas en pleno frío de la madrugada, las mil vueltas en cuclillas al terreno del batallón, los largos trotes en calzoncillos en medio de fríos aguaceros, la ingesta de sopa con cucarachas, arroz vinagre y carne podrida, las temporadas de calabozo a pan y agua y muchas más, verdaderas o no, que las mamás de aquellos muchachos nos relataban maliciosamente.

Rusia, Cuba, el comunismo eran otro espanto que nos presentaban en las tertulias caseras, en las admoniciones de maestros y profesores, en los sermones de las misas y en los comentarios de los noticieros.  Las versiones de arbitrariedades y privaciones, no muy falsas por cierto, en los regímenes de aquellas geografías, les servían a nuestros mayores para hablarnos de paraísos por perder, unos terrenales, para los unos, y otros celestiales, para los otros.  El padre Manuel se transfiguraba en unas pláticas interminables, en las que no vacilaba en medir con igual rasero a los comunistas y a los partidos y movimientos progresistas o con tendencia a la izquierda.  Y nosotros temblábamos de miedo imaginando que si estos ganaban las elecciones quedaríamos sometidos a una aberrante esclavitud idéntica a la que veíamos que se daba bajo los faraones en la película “Los diez mandamientos”.

Y hablando de la URSS y Cuba, el siempre latente temor a la bomba atómica se exacerbó con la denominada “crisis de los misiles” en 1962, cuando los Estados Unidos descubrieron bases soviéticas de cohetes en Cuba y dieron un ultimátum para su desmonte.  Vivimos días de angustia, con descripciones de los horrores de una guerra nuclear, reiterativas instrucciones sobre como improvisar un refugio antinuclear en los sótanos, como inventar filtros anti-radiación en puertas y ventanas, como acumular provisiones no contaminables; prédicas de los curas sobre el castigo nuclear de Dios a la humanidad por su depravación y sobre el inminente fin del mundo; filas interminables en las iglesias buscando la absolución de los pecados; cantaleta de los políticos sobre los peligros en que el comunismo estaba poniendo al mundo.


Por supuesto que no ha desaparecido en toda una vida nuestro temor a una guerra nuclear, como tampoco a los regímenes totalitarios, del color político que sean.  Y, al menos en mi caso, sigue vivo el miedo de los años de niñez a los terremotos, pero este tiene una base muy racional, por irracionales que digan que son los miedos; porque nos tocó sentir varias veces esas fuertes sacudidas, salir corriendo de la casa, que quedó a un centímetro de caer derrumbada, y ser testigos de los destrozos en el vecindario y en toda la ciudad.  Pero es el momento de concluir, porque estoy a punto de entrar en el terreno de los miedos actuales que, dije al comienzo, no iba a mencionar.

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