lunes, 20 de julio de 2020

EL ROL DE LA VENTANA

Relato


Yo me asomo allí temprano, como a las siete o algo menos, todas las mañanas.  Por la calle hay algún movimiento, pero en las ventanas del vecindario no se ve a nadie; la gente duerme hasta tarde y no saben lo que se pierden.  El sol me saluda; las más de las veces, envuelto en brumas igual que yo, enredado todavía en jirones de sueño.  Después de abrir muy bien la persiana y el ventanal, me voy a buscar mi bocado de fruta matutina y procuro volver allí a comerla recibiendo el baño tempranero de luz y aire fresco.
Cierto amanecer, los intensos destellos de un sol radiante me hicieron volver la vista hacia otro lado para no enceguecer.  Me perdí, entonces, la visión del enjambre de navecitas que desfilaban frente al sol y descendían luego en un bosque allá en la montaña al amparo del deslumbramiento que impedía que se les notara.  Dentro del bosque húmedo tropical, esos extraños vehículos quedaban perfectamente camuflados y los seres que los tripulaban aprovecharon para salir y dispersarse sigilosamente por entre tallos y lianas para cumplir su misión exploradora.
Yo, ignorante de todo aquello, consumí mi fruta, pasé a mi ceremonia de aseo personal, preparé mi desayuno, dejé la vajilla lavada y salí a mis labores cotidianas.  En la calle me topé con mi amigo Carlos Alberto, a quien hacía muchos días que no veía, y lo invité a un café.  Durante la breve tertulia, mi amigo me preguntó si no sentía que este día era como diferente a todos.
–Tienes razón; el sol ha vuelto a salir esplendoroso, en un cielo azul sin nubes, y las mañanas con estas características son siempre muy alegres.
–Pues en mañanas similares no he sentido lo mismo.  Te voy a confesar un secreto que a nadie quería contar, para evitar burlas, pero creo que en tí sí puedo confiar.
–Me tienes intrigado.  Soy todo oídos.
–Temprano, bajando de mi casa (tú sabes que vivo en la zona alta del Oriente), cuando manejaba por la vía que bordea el bosque, escuché un curioso ruido arriba, a muchos metros de altura sobre mi carro.  Era como la suma de muchos zumbidos individuales, como cuando escuchamos un enjambre, pero más fuerte que abejas; parecía de máquinas voladoras, pero no aturdidor como los helicópteros.  Me orillé y paré, pues tenía gran curiosidad, mas las puertas no se abrieron; intenté en todas las formas e incluso los vidrios de las ventanillas no obedecieron.  Solo cuando el ruido se alejó se abrieron todas las puertas a la vez y ya no logré ver nada del fenómeno que me intrigaba.
–A mi juicio, el “fenómeno” fue alguna falla súbita de los mandos eléctricos del carro, la que produjo el zumbido y los bloqueos, y cuando se compuso, todo volvió a la normalidad.
–¿Y un sistema eléctrico falla y se compone solo?  No me convences.
Alcé los hombros y nos despedimos, pero debo reconocer que seguí intrigado hasta llegar a mi destino, ignorando que las que habían sobrevolado a mi amigo eran las navecitas invasoras.
El ajetreo del trabajo estuvo fuerte todo el día, llegué exhausto a casa y me dormí temprano, en medio de mi acostumbrada lectura nocturna; se trataba de una pequeña novela sobre un astronauta estadounidense y una cosmonauta rusa que fueron enviados en sendas naves con la misión de destruir con cargas nucleares un enorme asteroide que venía rumbo a la Tierra.  En el viaje de varios meses, las comunicaciones entre las naves fueron aprovechadas por ellos para entablar conversaciones personales que los fueron llevando a intimar y enamorarse a distancia, pero al regreso de la expedición, en la que por poco no perecieron, encontraron todos los obstáculos por parte de sus respectivos gobiernos para su ansiado encuentro personal.
Al día siguiente, el sol no quiso visitarme, pero un día después me volvió a deslumbrar y las naves aprovecharon para elevarse rumbo a su galaxia, portadoras de numerosas muestras recogidas.  Me fui a mi trabajo completamente inocente de la exótica visita de exploración y sigo despreocupado porque nunca me enteré de ella, a pesar de haber estado en la ventana, a todo el frente de los invasores.

viernes, 10 de julio de 2020

CREEN SER LIBRES
Relato

Matías llega del centro en su moto y la estaciona sobre el andén para entrar a la tienda de doña Rosa, donde pide su acostumbrada cerveza “y me la apunta”.
–Ya me debes mucho, Matías.
–Un día le voy a traer tal paquete de plata que se va a ir de espaldas.
Dos señores entran y le piden bajar la moto del andén.
–Bájenla ustedes, si les da la gana, no me molestaré si me hacen ese favor.
Llegan sus amigos Freddy y Candela.  Matías les ofrece cervezas y le arranca un beso a ella; Freddy se turba, pero no se atreve a protestar para que no lo acusen de zanahorio.
A doña Rosa le dice su amiga Mercedes, igual que todas las veces que entra a su tienda…
–Si la policía te pilla vendiendo trago vas a tener un problema.
–Tengo al inspector en el bolsillo; yo le fío mucho y le hago cuarto con su amiguita.
–Cuando su mujer se dé cuenta te va a masacrar
Hace un gesto de “me tiene sin cuidado”.
Llega Esperancita.  Matías se derrite por ella y no lo disimula.  De inmediato, le regala uno de esos conos rellenos de arequipe.  Como por cobrarle, le toca todo lo que se le antoja, sin importarle doña Rosa y las señoras que están comprando.
Sale Matías a toda velocidad y en contravía, con Esperancita al anca, sin casco; se pasa el semáforo en rojo y obliga a un frenazo al vehículo que pasaba por el cruce.
–¡Cuántas infracciones a la vez!  Cuando lo cojan…  –dice un hombre maduro.
–A estos barrios no se mete la ley, les da miedo; aquí hacemos lo que queremos, estamos en un país libre  –la respuesta de un muchacho.
–Ustedes creen ser libres porque salen cuando quieren y a lo que quieren,  aun con las restricciones de ahora; porque hacen gustosos lo que los demás consideran indebido; porque no piden permiso para nada.
–Y como es de confianzudo con esa niñita; vergüenza debería darle  –apunta una señora.
–No m’hija, ya no estamos en nuestra época; dizque hay que dejarlos, porque ahora todo se puede  –le responde su amiga.
En la cancha del barrio, polvorienta, juegan fútbol los chiquillos; 13 a 15 años tendrán.  Les tiene sin cuidado el sol calcinante.  Hay numeroso público sentado en los barrancos que rodean el irregular campo de juego; chicas de la edad de los niños o algo más; muchachos ya muy crecidos sin oficio conocido; otros mayores que vienen más por mirar a las muchachas que por el fútbol, pero también a buscar el vicio que hacen circular unos de los muchachos grandes, ya bien conocidos. Termina el partido, con un flamante marcador de 19-9; se van a celebrar a la tienda; varias chicas ya están de gancho con hombres de más edad.  A los niños, entre gaseosa y gaseosa, les ofrecen una que otra cerveza, uno que otro “aguardientico”, cigarrillos.  “Tienen que ir aprendiendo a ser verracos”.
Le preguntan a la tendera por su hijo Nicanor.
–Ese se fue a ayudar a organizar una comida en casa de un rico.  Son como cincuenta o sesenta invitados.
–¿Y esas reuniones sí se pueden hacer ahora?
–Ellos se las ingenian.  Así como ustedes, que están todos aquí, debiendo estar cuidándose en la casa.
Doblan a difunto las campanas de la iglesia del barrio; las mujeres se santiguan; los hombres hacen un brindis por el finado desconocido.  “Ese siquiera está descansando ya”.  Al rato, pasa el cortejo por el frente; es un féretro lujoso al que le han agregado una cantidad de adornos discordantes; lo acompaña un sol atorrante y una multitud; unas dos cuadras llenas; las mujeres, de minifalda forrada, cara empegotada y protuberancias de quirófano; los hombres, de tenis llamativos, jeans extranjeros, camisetas negras ajustadas al cuerpo, tatuajes exuberantes en los brazos y el “paquete” al costado, que no puede ser menos que un arma.  No lloran sino las que parecen ser madre y hermanas del muerto.
–¡Huy!  Pero si es el entierro del Zorro.
–¿Quién es ese?
–Sos la única que no lo conoce.  El man que mandaba en este barrio.
–Y tenía más de un protegido; por eso hay tanta gente  –dice otro.
–Pero también se echó muchos a las costillas.
–Claro, si le estorbaban para su negocio.
–Aquí entró varias veces a tomar cerveza y yo, muerta de miedo. –doña Rosa.
–¡¿Miedo?!  ¿Por qué?  Si nada le debías, nada temías.  Antes te podía proteger.  Él era muy generoso.  A mi tía le regaló una bicicleta para el niño.  Nada más porque un día lo dejó esconder un ratico en su casa.
–¿Pero esa multitud sí tenía permiso para desfilar?  –pregunta alguien.
–¡Que ose algún policía intervenir, para que vea!
Todo esto ocurre en ese barrio popular en época de plenas restricciones por cuarentena sanitaria.  Siguen circulando las motos; se sigue jugando fútbol; hay romerías diurnas y tertulias nocturnas.  De vez en cuando, escuadrones de policía que se atreven a ingresar imponen comparendos; multas impagables para esta gente de pocos recursos.   Hay hambre entre los informales y también en las familias de los que fueron despedidos de los negocios que cerraron.  Hay rapiña por los mercados que el municipio y algunas entidades caritativas distribuyen.   Hay controversia sobre si el barrio sí es tan pobre para que vengan a darle limosnas o si es mejor que les creen fuentes de trabajo.
En fin, caen enfermos los primeros y el vecindario dice que los contagiaron en otra parte, que el barrio es muy limpio.  Siguen llegando informaciones por televisión, datos de contagiados y fallecidos en diversas partes y a estos les parece que los desastres se van a presentar por allá lejos, en otro mundo.  Pero, de todos modos, se respira un desencanto, se percibe una zozobra y los que cumplen con el aislamiento les contagian un dejo de amargura que avanza, visita las casas, entra a las tiendas, se cierne sobre los indisciplinados.
A todas estas, un día caen en cuenta en la tienda:  “¿dónde está Matías?”, “¿quién lo ha visto esta semana?”, “¿quién tiene noticias de él?”.  Sus novias lo extrañan, sus compinches lo reclaman, no se le vuelve a ver.  Su mamá, cuando la encuentran en la lejana casita en donde vive, una tarde fría y de nubarrones negros, calla, se niega a decir nada y una lágrima le asoma. 

domingo, 28 de junio de 2020

LA APARICIÓN
Relato

Me desperté a la una de la mañana.  Súbitamente.  Sin causa aparente.  Todo estaba en orden.  Ningún ruido.   No hacía un calor de esos que nos sofocan y nos ahuyentan el sueño.  No hacía un frío de esos que nos obligan a levantarnos a buscar una cobija adicional.  Bebí un poco del agua de la mesa de noche y me quedé un rato quieto, sin encender la luz, sin poner música, confiando en dormirme pronto, con la facilidad acostumbrada.  Pasaron los minutos, que me parecían horas.  Pasaron muchos pensamientos por mi mente y los desechaba, en busca de conciliar el sueño.  Este, remiso, parecía hacerme muecas burlonas.
Finalmente, me decidí por la lumbre y allí lo vi a él, sentado frente a mí.  Todos mis pelos, mis barbas, mis vellos, se erizaron.  Entonces, me habló, con una maliciosa sonrisa en su rostro.
–No se asuste, soy su vecino, no le haré daño.
–Qué vecino?  Yo a usted no lo conozco.  Por dónde entró?
–No necesito entradas.  No tengo cuerpo material.  Ya superé esa etapa.
–Eres el espectro de quién?
–Serénese.  No vine a asustarlo.  Vine a conversar con usted.
–Pero, quién eres?  Por qué estás aquí?
–Soy Miguelucho.  Yo vivía en este terreno, que era todo mío.  En él me paseaba a mis anchas.  En él tenía mi choza, donde nada me faltaba.  Salía en el día a caminar por ahí; les hacía múltiples favores a las personas y ellas me retribuían con abundantes monedas.  Y cuando no había a quién colaborarle, pedía.  Y me daban.  Alguna vez usted me dio y no lo recuerda.  Con eso me compraba mis mendrugos, como dicen, y me bebía mis sorbos.  También conseguía con qué acicalarme, pues no me gustaba andar mal presentado.  Y leía, leía mucho.  Recogía todo periódico que dejaban por ahí y hasta libros olvidados.  Pero también empezaron a regalarme libritos las personas que ya me conocían.  No dejaba de escuchar música.  En un pequeño radio que encontré descompuesto, arrojado en las basuras reciclables y que hice reparar por un amigo, el del radiotaller del vecindario, a quien hacía favores.  Mire, pues, que yo vivía como un rey, nada me faltaba.
–Ya veo.  Y te tuviste que ir de por aquí cuando llegaron a construir este edificio.  No es así?
–Efectivamente, pero no me fui por mi propia voluntad.  Resulté “ido” de la forma menos pensada.  Porque eso era lo que querían, que me fuera, así sin más.  Un día, el señor que tenía escrituras del lote y por eso se sentía su propietario, vino a mostrarlo a unos negociantes y se los vendió.  No preguntaron cuánto valía mi choza.  Se las hubiera vendido, para no dañarles sus planes.  Poco después, llegaron las máquinas a despejar el terreno y cayó mi chocita derribada en un santiamén.  Desde una esquina lo presencié.  Ya había retirado mis tesoros: el radio, los libros, las cobijas y una olla.  Seguí durmiendo allí, al descampado, pero de día me ausentaba.  Cuando levantaron la ramada de las herramientas, me las ingeniaba para refugiarme allí después de caer el sol.  Mas una noche me dio por salir a observar la excavación para las fundaciones, con tal desacierto que resbalé en la tierra lisa, porque había llovido, caí a lo más profundo y quedé aprisionado entre las varillas de acero del alma para la columna, inconsciente por los golpes recibidos.  Llegaron al día siguiente a vaciar el concreto, no me vieron, no alcancé a gritar, todavía aturdido, y fue así como mi cuerpo quedó incorporado al alma de la columna y mi alma salió a buscar nuevos aires.
–Pero ¿cómo es posible?  ¿No se supone que ella se iría a ocupar el espacio que le tocara en el cielo o en el infierno?
–De eso no hay.  Yo quedé flotando por ahí.  Estuve muchos días vagando por toda la ciudad, hasta que decidí regresar a conocer el edificio.
Me contó que estaba visitando cada noche una vivienda diferente, para conocer la vida de sus “vecinos” y al enterarse de que yo escribía resolvió proponerme hacer los relatos de todas esas historias de vida.  Le dije que yo no me podía dedicar a hacer chismes sobre la vida de los demás.
–No son chismes, son testimonios; vamos a contar lo que yo veo y oigo en esas familias.  Y usted no les tiene que poner sus propios nombres; si les cambia estos y algún que otro detalle, no van a identificar fácilmente a quiénes está describiendo.
Confieso que me picó la curiosidad y le contesté:
–Bueno…  Está bien… ¿Cuándo empezamos?
–Mañana le traigo la primera historia.
La siguiente noche, al disponerme a buscar el lecho, recordé el compromiso con el extraño personaje y me ericé de nuevo.  ¿Cómo era posible que volviera a presentarse el espanto?  Mas, en un minuto creí serenarme, pensando en que el tal Miguelucho no regresaría.  Tengo que confesar que no concilié fácilmente el sueño, pero cuando ya estaba profundo y soñando algo muy delicioso, me tocaron el hombro.  Me incorporé como un resorte.
–Cálmese y prenda la luz si eso le da más tranquilidad.
–Pensé que no vendrías.
–Siempre pensamos en lo que deseamos y luego actuamos en consecuencia.
–Bien, vamos al relato, porque no puedo perder mucho sueño.
–Descuide; cuando se encuentre en mi estado no va a necesitar sueño ni le va a dar sentido al tiempo.
–No me alarmes.  No quiero pensar en eso.
–Nos negamos a pensar en lo que no deseamos y por eso tenemos sorpresas.
–Deja de filosofar y vamos al grano.
–El señor del primer piso tiene un pasado turbio.
–¿El del apartamento grande o el pequeño?
–El gordo del grande.  Él con sus negocios consiguió con qué comprar uno así de grande, aquí en este barrio de alto nivel, lo amobló con todo lujo y también compró otros dos en pisos más altos.
–Está bien que sepa invertir su dinero.
–Pero lo que no está bien es su dinero; nada bien habido.  Por eso se vino de su pueblo; allá le conocían sus andanzas y no le hacían buen ambiente.
–¿A qué se dedicaba, pues?
–No he ido a ese pueblo a averiguar, pero yo soy muy bueno para hacer deducciones.  Por todo lo que él habla, especialmente por teléfono, me doy cuenta de sus malas jugadas y de lo que lo obligó a huir de allá.
–No me convences.
–¿Por qué el tipo comenta “a Marco Tulio lo dejé sin una”?  ¿Por qué dice “a Careperro ya no le tengo que pedir más favores” y en otro momento comentan en casa que el tal Careperro mató a más de veinte?  Y cuando habla por teléfono, con mucho sigilo, con un amigote, a cada rato le advierte “que mi familia no se entere”.
Seguimos hablando un rato y me convenció de que ese señor fue de los que ampliaban la finca moviendo las cercas y amenazando a quien se los reclamaba; de los que tenían chanchullo con el comprador de la cooperativa para recibir pagos por mayor cantidad de arrobas de café, de panela… Que tiene algo que ver con la muerte de un paisano a cuya viuda le compró la finca y la casa por un valor mínimo y, además, nunca se lo terminó de pagar.  “Pero ya me di gusto halándole los pies y cantándole el nombre de esa pobre mujer”.
La noche siguiente, un relato nuevo, como Scherazada (pero sin quedarse en mi cama, lo aclaro).  Las chicas del segundo piso, donde se oye música con mucha frecuencia.  Son tres muchachas muy bonitas y simpáticas, que se les ve salir a diario hacia su universidad, y tienen un hermano menor, mas no niño, que da toda la apariencia de ser homosexual.
–Esas peladas hacen favores sexuales.  ¿No ha visto que allí llegan muchos jóvenes?
–Hombre, son compañeros de universidad que vienen a estudiar.
–No sea inocente.  ¿Yo entro o no entro a ese apartamento sin ser visto?
–No lo dudo, pero me asombra lo que me dice.
–Por su apariencia de universitarias fue que las eligieron para poder montar el negocio sin lugar a sospecha.  Y el mariconcito no es hermano, ni ellas son hermanas entre sí; él está contratado para cuidar de ellas, porque no ofrece riesgo.
–Pero parecen hermanas, son muy similares físicamente.
–Así las escogieron.  Todo está muy bien planeado.
En el rato que seguimos conversando, me contó detalladamente escenas que aquí no debo escribir, confesó travesuras que les hizo a los excitados visitantes y me dejó convencido de su noticia.
Aunque domingo, se apareció mi visitante la noche siguiente; no se dio descanso ni me lo permitió a mí.
–¿Cómo estás Migue?
–Podría decir que asombrado, si en mi actual estado existieran esas sensaciones.
–¿Y de qué se trata?
–La señora del séptimo piso, la que parece muy solvente, que mantiene a sus hijas como unos postres y mira a todos por encima del hombro, está en quiebra.
–¡Doña Maruja!  ¿Cómo es posible?
–Sí señor.  Hoy le estaba llorando a su ex-esposo por teléfono, al mismo que ella juraba que nunca iba a volver ni a saludar, y le rogaba que la salvara.  Yo sí era testigo, por mis entradas a mirar las muchachas, de que esta señora llamaba a pedirle prestado a un amigo para correr a pagarle a otro; a uno más le prometía que para el siguiente lunes le tendría la plata…
–Pero, ¿por qué cayó en eso, si tenía un negocio tan boyante?
–Por el juego.  Se dedicó a ir a los casinos y perdió hasta la vergüenza.  Esto lo supe apenas ayer, que la encontré diciéndole a su íntima amiga, por teléfono, que no volvía al casino porque ya no tenía ni crédito.
–Y, a ella, ¿qué lección le diste?
–Antes de la lección, pensaba ayudarle, pero parece que no se va a poder.  Me aprestaba a ir tras ella al casino, soplarle  al oído las cartas que debería jugar y que así recuperara su fortuna.  ¡Ya sé! No abras la boca.  Me ibas a decir que eso se llama juego tramposo.  ¿Tú crees que los otros no le han jugado sucio?  Me he solazado visitando casinos últimamente y soy testigo de las trampas más ingeniosas.
–Más asombrosas son las jugadas que hacen miles de políticos con los dineros públicos.
–Tiene toda la razón.  ¡Hasta mañana! 
Una noche más, una visita más del Miguelucho.  Esta vez llegó preguntándome si conocía a la pareja de hombres, muy bonitos y muy atléticos, del cuarto piso.
–Ya me vas a venir con una diatriba contra las parejas del mismo sexo.
–Todo lo contrario.  Ni siquiera cuando vivía en el barrio de ustedes, es decir, la vida terrena, tenía algún sentimiento contra ellos.  Pero le voy a contar lo que les sucede a diario a ese par de angelitos.
–Bien los has calificado; al menos a uno de ellos, que es una persona muy suave.
–Y es educado y respetuoso.  Lo que no convence a unos muchachos del octavo y del quinto que lo toman a burla y no lo dejan en paz.  Esos que salen con frecuencia a la terraza a tomarse unos tragos con las peladas del sexto y otras de la esquina y a escuchar música a todo volumen.
–¿Qué le han hecho?
–Cuando se lo topan en los corredores, le hacen preguntas incómodas, aun delante de las señoras.  Si viajan juntos en el ascensor, aprovechan el aislamiento para simular que lo tocan y que le quieren dar un beso y salen de allí a las carcajadas.
–Debería quejarse a la administración.
–Él no se atreve, pero sí lo ha comentado, compungido, con su compañero, el fuerte de la pareja, y este se limita a decir “que lo hagan conmigo y les pongo la mano”.
También esta vez seguimos un buen rato comentando el caso y ventilando nuestras opiniones, no opuestas en este caso, pero algo divergentes, en algunos detalles.  A propósito, me contó que ya hizo justicia por su propia mano: al muchacho que más suele vanagloriarse de su machera le empujó suavemente la cara hacia la del chico más bonito del grupo y logró juntarles los labios, esto dentro del ascensor en el momento en que se abría la puerta y se disponían a entrar sus dos amigas del sexto.  Ni hablar de la vergüenza del muchacho, las explicaciones esgrimidas (“algo me empujó”…) y la incredulidad y burla de las chicas.
Con esto, se despidió con un “hasta mañana”, pero no ha vuelto.  Ya llevo tres semanas esperando su visita, porque ya me tenía entusiasmado con sus historias y animado a escribirlas.  Por ahora, cuento esto y, si Miguelucho vuelve, ya podré escribir algo más sustancioso.

VIDA COLOR VIOLETA
Relato
Presentado a Café Literautas en junio 2020

Crisálida se jubiló después de treinta años de juicioso trabajo y se declaró
dichosa de disfrutar, por fin, de un descanso merecido. Pero, pronto, su familia denigró de la nueva vida que estaba llevando y le volvió la espalda.

Trabajó duro en esa empresa, con jefes cascarrabias, con compañeros
envidiosos, con compañeras irónicas, pero era amable con todos ellos y más con los clientes. También fue generosa y agradable con todos en su medio social, especialmente con las jóvenes. Y se quedó solterona… no se le conoció novio o amigo íntimo; ella decía que nunca tuvo tiempo, por dedicarse al trabajo y a la familia.  En la empresa, la despidieron con una gran fiesta y todos, hasta esos envidiosos y esas irónicas, la llenaron de halagos y le formularon hermosos deseos.

Conoció a Violeta unos seis meses antes de jubilarse. Eso ocurrió tomando un
café cerca del trabajo; esa tarde lluviosa, se refugió en el cafecito a esperar que amainase.  Saboreando el café, le sonrió una chica de la mesa siguiente y ella le devolvió ampliada la sonrisa; le pidió entonces permiso para acompañarla y Crisálida la acogió. La “chica” no era tan joven; acaso sería unos diez años menor, pero reflejaba juventud, tanto por constitución propia y actitud personal como por ayuditas cosméticas y de ropaje. Se entendieron muy bien, conversaron delicioso y terminaron intercambiando números telefónicos para invitarse “algún día”.

Familia y amigas le celebraron pomposamente su retiro; un te rico en
acompañamientos y ornamentación, música, dedicatorias, poemas, abundantes regalos.  Familia y amigas la condenaron agriamente un mes después, al enterarse de su amistad con Violeta.  Un prontuario rico en calificaciones, burlas, sarcasmos, acompañado de muchos “no volvemos a…”, “no vuelvas a…”. “No voy a cambiar –se dijo– tiernas caricias por afecto interesado”.

Con Violeta, la del café, se consolidó una bonita amistad, de esas que se afincan en confianzas mutuas de toda clase, empezando por las más simples, hasta que
una vibración mutua las lleva de la mano y sutilmente a tomarse de las manos, a acariciarse sutilmente, prolongar los besos de despedida, decirse cosas bonitas con voz que tiembla, dedicarse poemas, canciones…

Cuando empezó a vivir sola, le hacía falta compañía, se le hacían largos los
días, añoraba a su amiga y la llamaba con frecuencia. Esta multiplicó el número y la duración de las visitas en su casa y los encuentros por fuera. Entraron en mayor intimidad y ya dormían juntas varias veces a la semana. Descubrían en esa cama placeres que nunca habían tenido, al menos en compañía. Iban juntas a cine y conciertos y se les veía tomadas de la mano en los cafecitos y parques.

Las excomulgaron, pues, familia y conocidos, pero no les importó y siguieron
en su idilio; tuvieron que cambiar sus amistades, mas las nuevas eran mucho más interesantes y les abrían paso al disfrute de una vida completamente nueva. Hicieron pareja definitiva y nunca hubieran creído que en este mundo pacato podrían hallar un nuevo mundo para ellas. Las conquistas mutuas que todavía tímidamente se hacían, pasaron a ser arrasadora posesión; avanzaban sin recato sobre ese terreno nunca antes conquistado por hombres; acariciaban las colinas gemelas que ellos no acariciaron; caminaban por los trigales donde ellos no estuvieron, penetraban oquedades para ellos vedadas…

En la notaría, leyendo el testamento, todos han llorado. Ahora reconocen que
fue una hermana amorosa. Lamentan haberla despreciado por algo que correspondía a su pura intimidad. Pregonan que es una lástima que un infarto se la haya llevado tan pronto, pero íntimamente están dichosos porque su casita, el derecho en la finca, los dos taxis y los ahorros en el banco los dejó a sus hermanos y hermanas; a su amada, “solo” la biblioteca y la música.


viernes, 5 de junio de 2020

MIL VIDAS EN LA ENCRUCIJADA
Relato

Cruce de vías; dos amplias avenidas disputan jerarquía; innumerables lucecitas rojas, verdes y amarillas parecen configurar un árbol de Navidad callejero.  Frente al rojo, los conductores impacientes tienen toda su vitalidad puesta en el cercano instante del arranque veloz; no miran a sus lados, se pierden el verdor del separador central, la abigarrada vestimenta de los caminantes en el andén.  Los peatones afanados esperan al hombrecito verde para lanzarse sobre la cebra y no ven las flores encarnadas que cuelgan de los árboles que los abrigan con su sombra en este cálido medio día; tampoco reparan en el ciego que necesita una ayuda para cruzar.  Los colibríes siguen libando incógnitos allá arriba, las palomas pasan en busca del parquecito donde podrán asentarse a picotear.
El nervioso pie de Gilberto roza el pedal.  Listo a meter a fondo; no puede perder un milisegundo.  Ha dejado mil asuntos importantes en su despacho para salir a buscar un encargo de su mujer.  “Se le ocurren unas cosas…  Con lo ocupado que me mantengo”.  De paso, necesita apurar algún emparedado con bebida gaseosa, “para aguantar toda la tarde”.  Detrás de él, cuarenta conductores (y sesenta motociclistas) rumian también su impaciencia y hasta dan toquecitos al acelerador y hacen rugir el motor, como música calmante, para no pensar por un instante en la cita retrasada, la cola que se va a alargar, la castigadora mirada del jefe por llegar tarde, la comida que se enfría…
Magdalena salió de su cita médica y, en medio de su sensual caminado, va preocupada hacia la estación del tren, para regresar a la universidad, donde comerá alguna empanada en cafetería antes de seguir para sus clases de la tarde.  No es alentador lo que le dijo el médico sobre la lectura de sus exámenes.  A su rededor, un tumulto respira agitadamente en el leve descanso que les da el semáforo, pensando también en el tren, en el bus, en el otro impaciente que los aguarda, en que no los espere un aguacero en su destino, sobre el que se alcanza a percibir una nube negra…
Horacio sigue acomodando los chicles y golosinas en su cajoncito en una orilla del andén, mientras se quiebra la cabeza tratando de adivinar cómo va a pagar la cuenta de servicios públicos de dos meses consecutivos acumulados.  “Son injustas esas tarifas; no nos consideran a los de estratos bajos”.  No deja de mirar a todos los que pasan, no deja de detallar los modelos, las líneas, los colores de los carros; las piernas de las peladas, los jeans entubados de los muchachos, los tenis abigarrados de la juventud, porque se ha vuelto un agudo observador a fuerza de tener que pasar muchos ratos sin qué hacer.  Pasa y lo saluda el lotero amigo, quien le cuenta del “taco” que se formó a un kilómetro de allí, por un choque, que tiene desesperados a todos los choferes y pegados de sus estridentes pitos.  “Dichosos los que vamos a pie”.
Valentina cruza en su bicicleta; en mitad de la calzada, le cambia el semáforo; un conductor la deja pasar, pero el del carril siguiente le lanza el carro y la obliga a frenar; ella también tiene algo qué lanzarle, un “cariñoso” insulto, y sigue rodando frente a los vehículos que le abren paso… Los conductores le miran sus curvas deleitados y alguno alcanza a emitir un silbido melodioso.  Otros dos ciclistas la alcanzan, le manifiestan su solidaridad y, con palabras de esas disonantes se refieren a los múltiples atropellos que enfrentan, “especialmente de los buseros”, a la discontinuidad de sus vías de circulación, a la inseguridad…  Finalmente, le recuerdan la ciclotón del miércoles por la noche y le dicen que les encantaría verla allí (¡claro que sería todo un encanto verla de nuevo!). 
Magdalena sigue pensativa y se resuelve a comentar su preocupación de salud con una amiga; la que estudia Contaduría.  La buscará en un descanso de la tarde, en la cafetería donde casi siempre coinciden.  A ella le puede pedir consejo con tranquilidad, pues han compartido muchas intimidades.  Se conocieron en esa misma cafetería, casualmente, una tarde, comentando sobre decisiones tomadas por las directivas para evitar un paro; coincidían en que eran medidas que coartaban las libertades y ahí se prendió la chispa para conversar largo y seguir frecuentándose.  La Magda es muy madura y sabe vivir sola, como le toca, pues se vino desde lejos hace muchos años a estudiar a la ciudad; ha sido introvertida y desconfiada y por eso no tiene casi amistades; con esta amiga funcionaron las cosas porque en algo vibraban al unísono.  Comparten aficiones y preferencias y ninguna de las dos elabora un proyecto sin consultarlo con la otra.
Gilberto, después de arrancar como un cohete, se acuerda de su amiguita Liliana.  “¿Cómo le estará yendo en su trabajo en la costa?  Tan bueno que la pasábamos aquí”.  Su relación con su esposa está deteriorada; ella dice que por culpa de él, tan mujeriego; él, que por culpa de ella, de tan mal genio.  Es una mujer que todavía está en sus buenos años; no ha perdido formas, no se le han deteriorado sus rasgos y tiene la libido todavía muy viva, pero algo se quebró entre los dos.  Ahí siguen, viviendo juntos, levantando a sus dos consentidos hijos que ya están mostrando aversión al estudio.  Uno ya se retiró del colegio, a pesar de todos los ruegos de papá y mamá y lo tuvieron que matricular en clases de pintura y de computadores para que no esté por ahí vagando.  Duda de la calidad de los institutos que eligió pero “ahí lo mantienen ocupado, mientras sienta cabeza”.
Valentina para junto a Horacio y le compra unos chicles; también le pregunta si sabe a qué hora van a dar el especial por televisión y este le asegura que a las nueve, pero él lo va a ver donde un vecino porque su TV se quedó en blanco hace quince días y no ha tenido con qué pagar la revisión.  “La sola revisión vale dinero, niña.  ¡Cuánto no irá a costar el arreglo”.  El hombre tiene seis hijos y tiene que sostenerlos con el producido de su puestecito de golosinas.  Mucho le rogó a su mujer que planificaran la familia, pero ella le seguía la corriente al cura de su parroquia que la amenazaba con el castigo propio de la terrible naturaleza de ese “pecado".  La chica le pregunta algo más de su familia pero él le cuenta apenas pocas intimidades.  Ella retoma su ruta y se va pensando que en casa también son seis y su papá puede responder por todos.  “El viejo está resentido conmigo desde que me mando sola.  ¿Qué dirá si sabe quiénes son mis amigos?”.
Mientras Gilberto reflexiona en la cafetería sobre las estrategias del negocio, la conveniencia de cambiar el carro y las calificaciones que el hijo menor trajo del colegio, Horacio está al pie de su chaza embelesado en los recuerdos del chandoso que adoptaron en casa y preocupado por recoger los pesitos para el mercado del sábado.  Al mismo tiempo, Magdalena está sopesando decisiones para su caso, pero quiere, de todos modos, contar con el buen consejo de su confidente; en tanto que Valentina abriga serias dudas sobre el muchacho con el que ha estado en coqueteos mutuos.
Y, después de las cinco de la tarde, vuelven a pasar Magdalena, Valentina y Gilberto por el lado de Horacio, en el mismo crucero, con la misma congestión, en su camino de regreso, escoltados por los mismos, o distintos, conductores, motociclistas, peatones, ciclistas, trotadores, patinadores, ladrones, vendedores, policías, mendigos y por los animalitos vespertinos; cobijados por la frondosa vegetación que no ven e iluminados por un majestuoso crepúsculo que no miran.

martes, 5 de mayo de 2020

Para concluir los apuntes de
"Light in August" de William Faulkner.

Otro juego, en este caso más de sonidos que de palabras.
Have her who in her helplessness could neither alter it nor ignore it…
Abordarla a ella, que en su indefensión no podía disimulárselo ni desentenderse…

Excursiones de Joe (o Christmass).
The road curved on, moonblanched, bordered at wide intervals by the small, random, new, terrible little houses in which people who came yesterday for nowhere and tomorrow will be gone wherenot, dwell on the edges of towns.
La carretera se curvaba bajo la luz de la luna, pasando cada rato junto a casitas pequeñas, nuevas, variadas y terribles donde vivían, en las afueras de los pueblos, gentes que vinieron ayer sin rumbo y saldrían sin rumbo mañana.

…a silence which he at eighteen knew that it would take more than a person to make.
…un silencio que él, a los dieciocho sabía que tenía que ser hecho por más de una persona.


Cuando Joe mata a su padre adoptivo con una silla en medio de una acalorada discusión.

Then to Joe it all rushed away, roaring, dying, leaving him in the center of the floor, the shattered chair clutched in his hand, looking down at his adopted father.  McEachern lay on his back.  He looked quite peaceful now.  He appeared to sleep: blunt headed, indomitable even in repose, even the blood on his forehead peaceful and quiet.
Entonces todo se le iba a Joe, rugiendo, agonizando, abandonándolo en el centro del local, él agarrando la silla destrozada, mirando a su padre adoptivo ahí tendido.  McEachern yacía de espaldas.  Ya con una mirada muy pacífica.  Parecía dormir: terco, indomable hasta en el descanso, ahora con la sangre en su serena y apacible frente.


His own life, for all its anonymous promiscuity, had been conventional enough, as a life of healthy and normal sin usually is.
Su propia vida, con toda su anónima promiscuidad, había sido bastante convencional, como lo es una vida de pecado sano y normal.
It was summer becoming fall, with already, like shadows before a westering sun, the chill and implacable import of autumn cast ahead upon summer; something of dying summer spurting again like a dying coal, in the fall.
El verano se convertía en otoño, con el que ya era, como las sombras ante el sol poniente, el helado e implacable sello de un otoño montado sobre el verano; algo del verano agonizante suspirando todavía, como una brasa extinguiéndose, sobre el otoño.
Man performs, engenders, so much more than he can or should have to bear.
El hombre ejecuta, crea, mucho más de lo que puede o debe sostener.
…with planted on the dashboard before him the shoes… 
(Curiosa construcción):  Con plantados en el salpicadero ante él los zapatos.

Waiting, watching the street and the gate from the dark study window, Hightower hears the distant music when it first begins.  He does not know that he expects it, that on each Wednesday and Sunday night, sitting in the dark window, he waits for it to begin.  He knows almost to the second when he should begin to hear it, without recourse to watch or clock.  He uses neither, has needed neither for twentyfive years now.  He lives dissociated from mechanical time.  Yet for that reason he has never lost it.  It is as though out of his subconscious he produces without volition the few crystallizations of stated instances by which his dead life in the actual world had been governed and ordered once.
A la espera, mirando a la calle y la portezuela desde la ventana del oscuro estudio, Hightower oye la distante música que apenas empieza.  Él no sabe que la está esperando, que todo miércoles y domingo por la noche, sentado a la oscura ventana, la espera que comience.  Conoce casi al segundo cuándo debe empezar a escucharla, sin tener que usar relojes.  No usa ninguno, no ha necesitado ninguno en los últimos veinticinco años.  Vive desligado del tiempo mecánico.  Será por eso que nunca lo ha perdido.  Es como si desde su subconsciente produjera, sin quererlo, algunas cristalizaciones de eventos precisos por los que ha sido gobernada y ordenada de una vez por todas su apagada vida.


Otro maravilloso juego de palabras y sonidos.
…because he had heard of her before he ever saw her and when he did see her he did not see her at all because of the face which he had already created in his mind.
…porque él había oído de ella antes de siquiera verla y, cuando la vio, fue como no verla, por causa del rostro que él ya se había creado en su mente.


…the faces of old men lined by that sheer accumulation of frustration and doubt which is so often the other side of the picture of hale and respected full years.
…rostros de viejos marcados por esa nítida acumulación de frustración y vacilación que es con frecuencia el reverso de la imagen de sus años felices y respetables 


Un camionero le está contando a su esposa algo que le ocurrió en el camino.
I had done decided to get some gas and I was already slowing into the station when I saw this kind of young, pleasant faced gal standing on the corner, like she was waiting for somebody to come along and offer her a ride.  She was holding something in her arms.  I didn’t see what it was at first, and I didn’t see the fellow that was with her at all until he come up and spoke to me.  I thought at first that I didn’t see him before because he wasn’t standing where she was.  Then I saw that he was the kind of fellow you wouldn’t see the first glance if he was alone by himself in the bottom of a empty concrete swimming pool.“So he come up and I said, quick like: ‘I aint going to Memphis, if that’s what you want.  I am going up past Jackson, Tennessee.’  And he says,“ ‘That’ll be fine.  That would just suit us.  It would be a accommodation.’  And I says,“ ‘Where do you all want to go to?’  And he looked at me, like a fellow that aint used to lying will try to think up one quick when he already knows that he likely aint going to be believed.  ‘You’re just looking around, are you?’  I says.“ ‘Yes,’ he says.  ‘That’s it.  We’re just traveling.  Wherever you could take us, it would be a big accommodation.’”
Había decidido echar algo de gasolina y ya iba entrando despacio a la estación cuando vi a esta joven y carilinda muchacha en una esquina, como esperando que alguien llegara y la llevara a dar una vuelta.  La muchacha llevaba algo en los brazos. De entrada, no supe qué era y tampoco vi al muchacho que la acompañaba hasta que él arrimó a hablarme.  Primero pensé que no lo había visto porque no estaba junto a ella.  Luego vi que él no era la clase de tipo que no notarías a primera vista porque estaba solitario en el fondo de una piscina vacía.
“Entonces él subió y yo dije algo como ‘no voy para Memphis, si eso es lo que quieren.  Voy un poco más allá de Jackson. Tennessee’. Y él va diciendo ‘Eso está muy bien.  Nos sirve preciso.  Nos podríamos acomodar’.
Y yo digo,
“ ‘¿A dónde quieren ir todos ustedes?’  Y me miró, como alguien que no está acostumbrado a mentir y trata de pensar rápido en algo, temiendo que no le van a creer.  ‘No están sino buscando por ahí.  ¿No es así?’  Les digo.
“ ‘Sí’, dice él.  ‘Así es.  Vamos por ahí.  A donde nos pueda llevar, estará bien’”.

El hombre cuenta a su esposa.
It was because they were not married … It wasn’t even his child.  I didn’t know it then, though.  I didn’t find that out until I heard them talking that night by the fire, when they didn’t know I heard…
Era porque no estaban casados…  Y tampoco el niño era de él.  Pero yo entonces no lo sabía.  No lo adiviné hasta que los oí hablar esa noche junto al fuego, cuando pensaban que yo no los escuchaba…

Después de una discusión entre Lena y Byron, este se va y la deja con el niño en el camión.
Anyway he walked off into the dark and left her sitting there, with her face kind of bent down a little and that smile still on it.  She never looked after him, neither.  Maybe she knew he had just gone off by himself to get himself worked up good to what she might have been advising him to do all the time, herself, without saying it in out and out words…
De todos modos, él se fue en la oscuridad y la dejó ahí sentada, con su rostro medio inclinado y todavía sonriente.  Pero ella no lo miró más.  Tal vez sabía que se había ido nada más para convencerse de lo que ella le había estado aconsejando hacer todo el tiempo sin palabras…

Lo vuelven a hallar en el camino.
He was standing at the side of the road when we come around the curve.  Standing there, face and no face, hangdog and determined and calm too, like he had done desperated himself up for the last time, to take the last chance, and that now he knew he wouldn’t ever have to desperate himself again.
Estaba de pies al lado de la vía cuando tomamos una curva.  Ahí parado, mirando y no mirando, contrito y calmado también, como si se hubiera desesperado la última vez, decidido a aprovechar la última oportunidad y convencido de no dejarse desesperar más.

And he come around the back of it and he stood there, and her not even surprised.  ‘I done come too far now,’ he says.  ‘I be dog if I’m going to quit now’.?  And her looking at him like she had known all the time what he was going to do before he even knew himself that he was going to, and that whatever he done, he wasn’t going to mean it.
Y dio la vuelta hasta atrás y se plantó allí, y ella nada sorprendida.  ‘Llegué muy lejos esta vez’. Dice.  ‘¿Seré tan tonto de renunciar ahora?’  Y ella mirándolo como si siempre hubiera sabido lo que él iba a hacer, aun antes de que él supiera que lo iba a hacer, y que hiciera lo que hiciera, no lo haría intencionalmente.

Siguen el viaje.
…Setting back there in that truck, with him by her now and the baby that hadn’t never stopped eating, that had been eating breakfast now for about ten miles…
…sentada atrás en el camión, ahora con él junto a ella y el bebé que no había parado de alimentarse, que estaba tomando el desayuno desde hacía como diez millas…

Y un abrupto final.
…after a while I says, ‘Here comes Saulsbury’ and she says,“ ‘What?’ And I says,“ ‘Saulsbury, Tennessee’ and I looked back and saw her face.  And it was like it was already fixed and waiting to be surprised, and that she knew that when the surprise come, she was going to enjoy it.  And it did come and it did suit her.  Because she said,“ ‘My, my.  A body does get around.  Here we aint been coming from Alabama but two months, and now it’s already Tennessee.’”
…al rato, yo digo ‘Aquí tenemos a Saulsbury’ y ella dice,
“ ‘¿Qué?’  Y yo digo,
“ ‘Saulsbury, Tennessee’  y miré atrás y vi su cara.  Y era como si ya estuviera preparada esperando la sorpresa y supiera que cuando la sorpresa llegara la iba a disfrutar.  Y la sorpresa llegó y le sirvió.  Porque dijo,
“ ‘¡No, no!  Estamos viajando.  No llevamos sino dos meses viniendo de Alabama y ya estamos en Tennesee’”.

Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.

Se aceptan observaciones y discusiones.

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