UN RELATO MAS:  ILUSIÓN FRUTAL


En la callecita del barrio, siempre jugábamos los muchachos y muchachas los mas imaginativos juegos, hasta quedar rendidos del cansancio o salir llamados desde nuestras casas porque era hora de comer o porque debíamos dar cuentas de nuestras tareas escolares.  O quizá se nos antojaba ver televisión y nos íbamos todos a la casa del Doctor Londoño, única donde había el maravilloso aparato en todo el entorno.

Recuerdo que yo siempre era el papá y Marta Lucía, la mamá; pues éramos los mayorcitos del grupo; les tocaba a Luz Elena, Carlos Enrique, Silvio, José Fernando, Julio César y no recuerdo quienes mas, hacer el papel de hijos o a veces uno de ellos era el médico que venía a ver a un niño enfermo o era el hombre malo que quería robarse a uno de nuestros hijos.  Eso cuando no jugábamos a policías y ladrones.

Un día estábamos solos mi amiguito Jorge y yo (teníamos unos siete años), tal vez discutiendo que podíamos jugar juntos o pensando a quienes llamar para un juego mas sustancioso y apareció, subiendo por la calle que cruzaba la nuestra, una señora que nos hizo señas y cuando nos acercamos nos pidió acompañarla a llegar hasta una casa, pues le daba temor seguir sola; vacilábamos y entonces nos prometió traernos unas “fruticas” la próxima vez que pasara por allí.  Le inquirimos que tan lejos deberíamos ir y respondió que eran pocas cuadras; argüimos que nuestros padres no nos permitían salir del entorno, pero nos dijo que nada nos podía suceder por allí cerca.  Al fin fue tan insistente que nos fuimos con ella calle arriba.

Al llegar al “Carretero”, la avenida principal que cruzaba al final de esa cuadra, giró por esa vía y debimos seguirla, con temor por el flujo vehicular, pero ella nos animaba; ya no recuerdo de que nos conversaba, pero se mostraba, de todos modos, amable y fuimos entrando en confianza hasta que, varias cuadras más allá, tocó a la puerta de una casa y nos despidió, deshaciéndose en agradecimientos y renovando su promesa de las frutas.

Regresar a nuestro territorio no fue ninguna proeza; habíamos memorizado bien la ruta y además en esa pequeña ciudad la avenida principal corría por el lomo de una colina y le desembocaban en pendiente todas las calles accesorias, entonces solo se trataba de subir al Carretero, regresar hasta la “Panadería Nueva” y de allí descender hasta nuestra calle.

Estuvimos un buen rato ilusionados pensando en la inmensa canasta de frutas que esta señora nos traería uno de los días siguientes; que si zapotes, que si bananos, piñas, granadillas, mangos, guayabas, mamoncillos, nísperos, mandarinas, uvas, pitahayas, peras, granadas, manzanas, cañafístulas, guamas, cocos, algarrobas, ciruelas, uchuvas, grosellas, papayas, brevas, guanábanas, corozos, fresas, cerezas, tomates de árbol, lulos, moras…

Guardábamos el secreto frente a nuestros amiguitos porque queríamos darles una sorpresa de frutas el día menos pensado y, entre tanto, participábamos animadamente en los juegos y a cada rato nos mirábamos maliciosamente cuando recordábamos lo de las “fruticas”.  Éramos un grupito sui generis: no jugábamos fútbol, lo que jugaban todos los niños del barrio, de la ciudad, del país.  Sí teníamos el juego de pelota, entre muchos otros, pero pocas veces con los pies y con una portería donde hacerla entrar.  Y no nos sentíamos extraños por eso, no nos veíamos diferentes a los demás niños.

Empezaron a pasar los días y seguimos en nuestra “rutina” de ir a las clases, hacer las tareas y salir a jugar.  Jorge y yo nos preguntábamos por las frutas, pero nos integrábamos con los demás y lo olvidábamos.  Un día estábamos todos correteando por uno de los muchos terrenos sin construir en nuestro barrio nuevo, que se conservaban con pastizal y donde en ocasiones eran llevadas algunas vacas a alimentarse; el terreno era pendiente y en la parte de abajo había unas casas cuyos patios estaban en un nivel inferior al pastizal.  Una de las niñas pequeñas perdió el equilibrio, tal vez asustada por una vaca cercana, tal vez por un paso mal dado, y cayó al patio de una casa.  Gran susto, pero mucha risa cuando vimos que nada le pasó.  En el mismo patio correteaba un perrito blanco lanudo, llamado “Niño”, que le empezó a ladrar, quizá también asustado, y la niña consternada comenzó a llorar y a suplicarnos que la sacáramos de aquella casa ajena; tratábamos de idear maneras de sacarla de allí, hasta que alguien tuvo la brillante idea de dar la vuelta y tocar la puerta de la casa para que dejaran salir a la chica.

Las frutas todavía no llegaban.

Una tarde estaba solo con Jorge, no encontrábamos más amigos y nos sobrepasaba el aburrimiento; subíamos por la calle empinada y nos topamos con una piedra que estorbaba por allí, redonda y algo más grande que un balón, y nos dio por investigar como rodaba esta piedra falda abajo; con un esfuerzo no muy grande la empujamos, comenzó a bajar y nos sentíamos gozosos; de repente se desvió hacia un lado y por poco choca contra la puerta de una casa, mas providencialmente enderezó su rumbo y siguió cuesta abajo, pero ganando cada vez más velocidad y dando botes; el estómago se nos empezó a enfriar; unos señores salieron de una tienda a observar el fenómeno y nos lanzaron terribles miradas y denuestos.  Al llegar la piedra a la siguiente calle, plana, perdió impulso pero pasó a centímetros de un automóvil que por allí circulaba (nuevo susto para nosotros) y finalmente se detuvo al subir al andén y entrar a un terrenito plano cubierto de prado.  Qué alivio sentimos.

Y las frutas sin aparecer.

Una mañana de vacaciones, andaba por aquel terrenito plano con José Fernando y Silvio y encontramos que habían descargado allí un tanque viejo que perteneció a un carrotanque… ¡Gran reto! trepar a lo alto de esa mole; no sin esfuerzo lo logramos, empujándonos uno al otro por los traseros y, una vez arriba, hallamos que tenía los accesos superiores sin tapas; José F. vio entonces un nuevo reto: introducirse a uno de los depósitos; entró primero los pies, siguió con las piernas para adentro, apoyado firmemente en el borde con sus dos brazos, pero al poco comenzó a sentirse agotado y no lograba hacer flexión de sus brazos hacia arriba para sacar el cuerpo; la angustia empezó a pintarse en su rostro; tratamos de ayudarle, pero el orificio era estrecho y no lográbamos entrar las manos para halarlo hacia arriba; tratamos de darle alientos para que acopiara fuerzas para levantarse; tenía pánico de caer dentro del hueco y nos lo contagió; comenzamos a gritar, hasta que llegó un hombrazo fuerte, trepó ágilmente y, de alguna manera izó al muchacho.  Nos volvió el alma al cuerpo y juramos no volver a meternos en huecos…

¡Y nada de las frutas!

Otra tarde, estábamos todos jugando en la escalinata de la calle empinada y mi hermanito Julio César recogía tierra, la echaba dentro de un tarro de lata para preparar “chocolate” y revolvía y revolvía con un palito mientras nosotros nos entreteníamos con algo diferente.  De repente, perdió el equilibrio, rodó por las escalas, vino a dar con el mentón contra el borde del tarro y se abrió una fea herida que sangraba mucho.  Aterrorizados, corrimos a llevarlo a casa en medio de una gritería y unos hermanos mayores se apuraron a llevarlo al “hospitalito” (el hospital infantil) donde le suturaron la herida.  Nosotros nos ganamos unos buenos regaños por no haber cuidado al niño.

¡Y nada de las frutas!

Otra caída memorable fue la de Luz Elena, en medio de otro de nuestros juegos: una de las exploraciones que hacíamos dentro de las casas en construcción en nuestro barrio nuevo, cuando los trabajadores se iban a casa; en esa época era tanta la seguridad que no dejaban vigilantes en las construcciones y los chicos aprovechábamos para osadas exploraciones.  En algún paseo de equilibrio por algún muro a medio levantar, la chica tropezó y cayó, en medio de nuestra algarabía.  Se levantó tan adolorida que sus padres la llevaron a revisar y regresó con el brazo enyesado y completamente inmovilizado por medio de un curioso soporte metálico, de tal manera que parecía con un ala abierta; nos reíamos mucho de ella y la llamábamos “la avioneta”.  Al final de una tarde, nos encontrábamos jugando y llegó su papá del trabajo; ella corrió gozosa a saludarlo, pero él la recibió con tremendo repelo y unas palmadas en las posaderas por andar corriendo por la calle, no sin antes levantarle la batica para que le doliera más la azotaina; “¡te vuelves a caer, muchacha y te acabas de fracturar por todas partes!”  En la pandillita nos debatíamos entre el susto por la reacción del señor y las risitas de burla por la pela en las nalgas.

¡Y todavía nada de las frutas!

Seguíamos ilusionados mi amiguito y yo imaginando los dulces y postres que elaborarían nuestras madres con las frutas aquellas: el dulce de mora con espeso almíbar; el de tomate de árbol, de una acidez exquisita; el queso de coco, dulcecito; las brevas cristalizadas, más dulces aún; el cernido de guayaba, para chuparse los dedos… Un día la familia de Jorge se mudó a un barrio lejano, no nos volvimos a ver y…


¡La señora de las frutas nunca más apareció!

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