jueves, 3 de agosto de 2017

ANDANZAS EN METRO


Todos los días me movilizaba en el metro de la casa al trabajo y de regreso, durante muchos años.  Nunca me aburría viajando entre la estación Floresta y la estación Universidad, con transbordo en San Antonio, pues disfrutaba siempre, no solo de las vistas panorámicas desde la vía elevada, sino también de los personajes y sucesos pintorescos que nunca faltaban.

Personajes estos como Ramiro, un hombre algo menor que yo, más bajo pero no pequeño, porque yo soy alto; muy sonrosado, de nariz afilada y un rostro redondo, siempre perfectamente rasurado y con mentón bien definido.  Caminaba descomplicadamente y a buen ritmo e iba siempre formalmente trajeado, pero sin corbata.  Usaba la misma estación cercana a mi casa, pero no transbordaba hacia Universidad; seguramente trabajaba en el centro de la ciudad.  En qué trabajaría Ramiro?  Inicialmente pensé que tendría un bufete de abogado, pero observando que nunca andaba con portafolio, ni siquiera libros sueltos o sobres con papeles, lo descarté y comencé a imaginármelo de empleado bancario.

Otro interesante personaje era Octavio, el ingeniero, moreno, alto, de boca grande, ojos vivos, mostacho y una calva apenas rodeada por mechas negras que se dejaba un poco largas como para demostrar que sí tenía cabellos; parecía venir siempre desde la estación anterior, la de Santa Lucía, siempre tomado de las barras aunque hubiera puestos disponibles. Lo recuerdo por su pintoresca figura y digo que era ingeniero porque, además de tener la desenvoltura y mostrar la seguridad propias de los ingenieros civiles, en ocasiones viajaba con grandes rollos, como de planos, y un día que anduve por calles del centro en las horas de inicio de jornada, lo encontré ingresando al edificio donde tiene su sede una prestigiosa compañía de consultoría y proyectos de ingeniería.

Silvia tenía que ser una ejecutiva, porque siempre iba de traje elegante y muy bien arreglada.  Era bonita, pero se le empezaban a notar ligeramente las arrugas; tenía el cabello rubio, largo mas no hasta los hombros, con un peinado que lo hacía lucir algo lacio; ¿teñido? quizás no, porque concordaba con el color claro de la piel y con los ojos de un color azul grisáceo.  Miraba amigablemente y posaba de persona tranquila.  Abordaba siempre en la estación Estadio y alcancé a ver alguna vez que la despedía en el andén un hombre que debería de ser su esposo, también con pinta muy ejecutiva.

En contraste con esta elegantosa ejecutiva, José, un humilde vendedor de confitería y cigarrillos, vestía un pantaloncito viejo, pero limpio y su camisa ajada y cargaba la caja abatible de madera y su soporte de tijera firmemente amarrado a ella con tiras de caucho.  Se incorporaba al pasaje en la estación Floresta y siempre llevaba su caja muy bien cerrada, no ofrecía los dulces ni en el vagón ni el andén, porque era muy respetuoso de las normas del metro.

Desde las barandas del andén elevado de la estación, veía yo con frecuencia llegar a “Brutus”, que así lo llamaba secretamente, pues por su aspecto tosco y complexión robusta, sus brazos firmes y gruesos, su cara grandota, su barba negra redonda y su caminar lento y pesado, era como una encarnación del personaje pendenciero y fortachón de las tiras cómicas de Popeye el Marino.

Otro cómico personaje era Gamaliel, funcionario o profesor de una de esas instituciones universitarias que abundan, a juzgar por lo que conversaba con un compañero el doble de alto que el y que se subían juntos en la estación Suramericana.  Era pequeñito, pero grueso y erguido y calvo, o más bien calvo-tuso, a la chocante usanza de estos últimos años; se daba un aire de persona muy importante y para confirmarlo hablaba frecuentemente por el teléfono celular, mirándonos altivamente a todos sus accidentales acompañantes, como para que siguiéramos con atención sus importantes conferencias.

Cuando Patricia, una bonita veinteañera, comenzó a usar el tren, Gamaliel no le quitaba los ojos de encima; siempre, al subir en su estación, la buscaba con la vista, pues ella ya venía acomodada, y comenzaba a desplazarse por entre los pasajeros, arrastrando casi a la brava a su compañero, para estar cerca de esta alegre jovencita, empleada de alguna oficina del centro, trigueña, peinada de “cola de caballo”, con ojos negros intensos y también negras sus largas pestañas; más bien alta, con cuerpo escultural, en particular sus atractivas piernas y vestida muy sensualmente.

El padre Jacinto también le daba sus miraditas furtivas a Patricia, no menos que el autor de estas líneas.  El curita barrigón debía de trabajar en una remota parroquia de las barriadas, pues tenía puro aspecto de sacerdote pobre, nada preferido por la curia arzobispal:  sotana lustrosa por el prolongado uso, zapatos viejos, barba rala y pelo desordenado.  Seguramente venía en bus de su misa y deberes pastorales en una lejana parroquia de un barrio popular y seguía en el metro al centro para gestiones en la Curia o compra de suministros para su templo.

Antes que Gamaliel se decidiera con Patricia, Octavio y Silvia nos dejaron ver, “sin querer queriendo”, algo que nos fue oculto por un tiempo; una de esas mañanas, después de despedirse Silvia del hombre que la acompañaba hasta subir al vagón, buscó con la mirada a Octavio y comenzó a acercársele con disimulo hasta que el tren dejó la estación y entonces sí se saludaron en silencio con un tibio y prolongado apretón de manos y chispas en la mirada; después, sueltos, estuvieron conversando en voz muy baja, supongamos que sobre temas muy dulces para ellos, y en San Antonio descendieron juntos y se perdieron en la multitud que suele llenar el andén a esas horas.

Continuaban los encuentros casi silenciosos de Octavio y Silvia y las tímidas miradas de Gamaliel a Patricia, intercaladas entre su diálogo con el compañero de viaje y sus múltiples llamadas por teléfono, miradas no ignoradas del todo por ella, pero un día, un acontecimiento nos robó la atención al que habla y a todos los pasajeros del coche: una señora le preguntó a José si llevaba chocolatinas en su cajoncito y este le respondió que sí, mas no podía venderle por razón de la prohibición de ventas dentro del sistema; ella le insistía y José se negaba, pero al final cedió a los argumentos de “nadie nos ve”, “nadie va a informar”, “nada nos va a pasar”; con tan mala suerte que al momento de la transacción estábamos entrando en estación y uno de los agentes de vigilancia y coordinación alcanzó a verlos, hizo detener el tren y le pidió a José apearse; este palideció, la señora dijo que solo le estaba cambiando un billete, algunos pasajeros la respaldaron, pero ambos fueron detenidos en la estación y nosotros continuamos el viaje comentando la mala estrella del respetuoso José.  Solo Ramiro permaneció completamente callado, con la mirada perdida a través de las ventanillas.

Sí, tal vez Ramiro era un empleado bancario de labores muy rutinarias que no le exigían llevar y traer documentos y se aburriría mucho en esas rutinas de encierro.  Tal vez debido a eso era que mantenía una cara adusta y una mirada poco inquieta a pesar de ostentar unos ojos pardos brillantes y vivos.  O no sería un eterno aburrido, sino un personaje muy tímido?  Porque en varias ocasiones, saliendo por la estación y a raíz de que estábamos con frecuencia muy cercanos, esbocé amagos de saludo a los que nunca respondió. 

Pero el suceso de José fue la oportunidad para romper el hielo, si lo había, entre Gamaliel y Patricia.  Ellos dos y también el compañero de aquel estuvieron intercambiando juicios éticos y comentarios algo burlones, pero muy pronto el y ella dejaron al otro a un lado y se bajaron juntos en la estación de transbordo, comentando que era una feliz coincidencia que tuvieran que abordar en la misma dirección.

Otro día, al regreso, venía yo asido a la barra, cerca de Ramiro, quien venía sentado, se quedó dormido y no se percató de la llegada a la estación donde nos apeábamos; lo toqué suavemente en el hombro y le dije “¿usted no se queda aquí, en la estación Floresta?”; mostró sorpresa, se levantó y sin darme las gracias salió rápidamente, sin mirar atrás, como avergonzado por una falta cometida.  Y no pocas veces caminamos, casi acompañándonos el uno al otro, unas seis cuadras hasta que yo me entraba a mi casa y el continuaba más allá. Aunque ya lo estaba imaginando un tipo hosco e inculto, sin intereses en nada, empecé a llevarme gratas sorpresas cuando me lo fui encontrando en algunos conciertos de música clásica a los que me gusta asistir; sobra decir que allí también esquivó mis saludos, pero al menos me llevé una mejor impresión suya.

Un día descendí con mi novia desde la estación San Antonio a los comercios de cachivaches situados alrededor a buscar algo que ella necesitaba para un pequeño regalo.  Andando de cubículo en cubículo, a ella le llamaron la atención los objetos que atiborraban uno de esos puestecillos; nos acercamos y qué sorpresa me llevé al ver que era atendido por “Brutus”; lo saludé y le recordé que éramos frecuentes compañeros de viaje; supe que se llamaba Gilberto, que caminaba doce cuadras desde su casa hasta la estación Floresta y que tenía esposa y cinco hijos para alimentar.  Se quejó de lo malas que estaban las ventas, como hacen siempre los comerciantes, y nos pidió volver por allí para que conociéramos mercancía nueva que estaba por llegarle.  Me contó que se enteró de que al pobre José le decomisó la Policía todos los dulcecitos y lo tuvieron arrestado de un día para otro y también contó que había atendido el día anterior a Gamaliel y Patricia que andaban de compras.  ¡Cómo se notaba que yo no era el único observador de los viajeros!

Sin embargo, la relación de Gamaliel y Patricia duró poco.  Se les empezó a ver distanciados y Gamaliel nuevamente muy conversador con el amigo.  Incluso, en muchas ocasiones, ella se devolvía de la puerta del vagón y se pasaba al siguiente para no topárselo; hasta la dejó el tren alguna vez en esos intentos.  Ella, tan bonita y atractiva, había sido seguida y conquistada por un chico mucho más joven y apuesto que Gamaliel, según nos contó otro “observador”, y le dio calabazas al calvito.

Octavio siguió viajando con nosotros, pero muy pronto no supimos más de Silvia, desde que un día, al regreso, en su estación de llegada, vino a recogerla el hombre que siempre la acompañaba y comenzó como a reñirla.  Algunas malas lenguas estuvieron asegurando que su esposo se enteró de sus devaneos con Octavio y no le permitió volver a tomar el tren; otros, que le hizo cambiar su horario de viaje; otros, que sencillamente se fue a ocupar un mejor cargo en otra empresa, situada muy lejos de las líneas del metro.

En una ocasión, posterior a la época de los viajes en metro, andando por el barrio Santa Lucía, me topé a Octavio a la puerta de uno de los graneros típicos del barrio, sentado a la mesa tomando cerveza con unos amigos, lo saludé fugazmente y él sí me contestó el saludo, también fugazmente.  Pero no me atreví a preguntarle por Silvia.







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