POBRE PABLO ENTRE NEGOCIANTES

Relato

Esta ciudad es de negociantes. Aunque posa de ser industrial y turística, es principalmente una cuna de mercachifles y, por cierto, de todos los pelambres. En esta región, la principal enseñanza de los padres a sus hijos es “Consiga plata m’hijo, pero consígala honradamente. Y si no puede honradamente, ¡consiga plata m’hijito!”

Pablo es casi un ser extraño en este medio; nació en una familia clase media comandada por un hombre trabajador y de enseñanzas rectas, culminó sus estudios universitarios pagados con los esfuerzos de su padre y ahora como profesional funge de mando medio en alguna empresa de poca monta. En su trabajo, todo marcha muy bien, pero en su vida personal ha vivido curiosas experiencias y presenciado hechos de colores extraños.

El año pasado, Pablo decidió junto con su mujer vender el carrito de varios años de uso y puso un anuncio en el periódico; casi de inmediato le llegaron a casa dos señores muy amables a proponerle negocio; bien trajeados y perfumados con fragancias muy varoniles, se presentaron como “ejecutivos comerciales” de la agencia “AutosYa”, situada a tres cuadras de allí; examinaron y probaron el vehículo, transaron una pequeña rebaja y le dijeron que se encargaban de toda la tramitología (la desesperante tramitología de este país que cada 10 años aprueba una nueva ley antitrámites, de efectos anodinos). Después de trazar unas firmas y empegotar los papeles con sus huellas digitales, Pablo entregó el cachivache, recibió su dinero y quedó como en la gloria celestial.

La venta de carros “AutosYa” ocupa un galpón donde antes funcionó alguna pequeña industria y mantiene en exhibición numerosos vehículos que ya prácticamente no caben allí y frecuentemente los peatones se tiene que bajar a la calzada, por los coches que invaden el andén, y cuando no es esto, también los obligan a retirarse las salpicaduras del lavado que les hacen con mangueras. Miguel, el que cuida carros de los clientes del gimnasio de enseguida, alerta a los peatones cuando ve venir el chorro. Se mantienen allí unos muchachones robustos, cuajados y morenos, de mirada altanera, ataviados de jeans de marca, camisetas finas, zapatos de tenis de los más costosos y gruesas cadenas de oro al cuello, que cuando no están negociando un vehículo se están gozando a los peatones mojados por las mangueras o que están saltando para esquivar un bus que por poco los atropella al bajarse de la acera.

Aún antes de vender, ya estaban Pablo y Manuela, su esposa, perdidamente enamorados de un modelo muy demandado; concluido el negocio se fueron a buscarlo en las concesionarias y se encontraron con que debían ingresar a una lista de espera y que el promedio de demora era de cuatro meses. Andaban algo desencantados cuando recibieron una llamada de alguien que dijo haberse enterado de su demanda y les recomendó llamar a doña Herminia Gallego, quien tenía uno “como nuevo” para la venta. Corrieron a llamarla, ella los invitó a su casa para conversar el negocio y allí les dijo que el “segundazo” era tan nuevo que ni tan siquiera había salido de la agencia; ella había pagado allí la cuota inicial y esperado el tiempo necesario, pero tuvo gastos clínicos imprevistos y ahora que la llamaban a retirar el carro no tenía con que pagar el resto; les podía ceder el cupo si le reconocían su cuota inicial y un “excedentico”. Estaban tan enloquecidos ellos por tener el aparato que accedieron y en cosa de pocos días estaban con la señora en el concesionario haciendo, con un cauteloso empleado y en forma muy misteriosa, el trámite de “cesión del cupo” al que tan “generosamente” ella había accedido.

Mientras estuvo sin vehículo, Pablo se movía en bus urbano y tenía que soportar a los destemplados cantantes que se apoderaban del pasillo, con reproductor de pistas musicales a la mano y usualmente les daba una moneda para que no “lo miraran feo” y también por un poco de compasión hacia estas personas desamparadas; les daba también a las señoras que, casi llorando, pintaban un cuadro familiar desgarrador y salía conmovido hacia el trabajo, hasta el día que se bajó en un paradero diferente al usual y vio que la “miserable” mujer le entregaba, en un sitio poco visible, el dinero recaudado a un hombre fornido, con cara de pocos amigos, adornado con cicatrices en la cara, que se quedó en el lugar esperando y se le acercaron niños vendedores de dulces que se bajaron de otro bus y le entregaron el producido. Todos ellos son explotados por una tenebrosa mafia y siguen viviendo pobremente.

Por fin empezó Pablo a viajar en su flamante vehículo nuevo hacia el trabajo y siguió siendo mudo testigo de tantos negocios subterráneos: los vendedores callejeros de golosinas que se acercan a la ventanilla con su cajoncito y ofrecen sotto voce los pequeños sobres con polvo o yerba; los vendedores de plumillas para el limpiaparabrisas, espejos retrovisores, tapas para las ruedas, todo robado, y de películas VHS, DVD musicales y best sellers, todo copiado ilegalmente. “Mafias por todas partes”, pensó Pablo.

Un día, le llegó a casa uno de los hombres que le habían comprado el carro y le dijo que, tramitando el traspaso al nuevo comprador, habían derramado un café encima de los documentos e iba a ser necesario repetirlos, pero para que no perdiera tiempo llenando de nuevo esas formas tan engorrosas, solo se las firmara al pie, con su huella digital y ellos llenarían todos los datos. Ingenuamente, Pablo firmó y el tipo se deshizo en agradecimientos.

No siempre sale Pablo motorizado; cuando va a ir a los mercados y comercios a pocas cuadras de casa se va caminando, con el sano criterio de hacer ejercicio y de no contribuir a la ya seria congestión de las vías. En ese paseo, nuestro amigo es testigo de muchas “curiosidades”, como el caso de la tienda mixta de Marcelo, donde siempre están en las mesas los mismos jubilados haciendo rendir un cafecito toda la mañana o una cerveza toda la tarde, chismorreando de todo el que pasa y discutiendo de política, pero con invariables posiciones de desprecio hacia las nuevas medidas igualitarias y de protección de derechos, hacia las negociaciones de paz, hacia la implementación de los respectivos acuerdos, y pidiendo cárcel para “Raimundo y todo el mundo”.

Una cuadra más allá, en una esquina, en la panadería y cafetería de Sinforoso Acosta, se encuentran también las mesas ocupadas por hombres que ya pasaron por los 50 y los 60, que criaron panza, voz gruesa y de alto tono y actitud autosuficiente, siempre hablando de negocios, y no pequeños negocios... “yo le quité esa finca de la mano con unos pesos que el hombre necesitaba de mucha urgencia y ya le acabaré de pagar cuando le saque producción”; “yo estoy esperando que confirmen la alarma de aftosa para comprar unas mil o dos mil reses bien baratas”; “a mi me nombraron secuestre de esa belleza de edificio, le hago unas mejoritas, le saco millones mientras se resuelve el pleito y después cobro las mejoras – hay que saber tener jueces amigos”; “yo a esa lindura me la compro con alhajas, le hago dejar ese novio y me la llevo para la cama”.

Y cuando llega al mall, no falta en la zona de comidas alguna mesa con un grupo de unos seis hombrazos, también gruesos y mal encarados, no con ropa tan fina, pero pregonando con sus vozarrones, y aderezados con los términos más soeces, los negocios que están haciendo o van a hacer, más bien oscuros a juzgar por sus términos: “oiga papá, ¿por donde viene? ¿como está la carretera? aquí estoy esperando el encarguito”; “mamita, yo le garantizo que con ese man no le pasa nada, confíe en él y verá lo bien que le va”;“a ese güevón lo cogieron en el aeropuerto, ahí nos vamos a tener que perder mientras eso se resuelve”; “Dayro avisó que ya hizo el mandato y viene por lo que le toca”; “dígale a Ismael que se mueva con la plata porque yo no lo espero más y ya sabe que yo sí le caigo”. “Avivatos por todas partes”, pensó Pablo.

En fin, un día estaba Pablo muy relajado en su apartamento y llegaron a la puerta dos agentes de la policía de investigaciones con una orden de captura. Se enteró de que estaba acusado de vender un vehículo robado, pero no el que había sido suyo, sino otro que él no conocía. Pronto cayó en cuenta de la treta que le habían jugado con los documentos que firmó en blanco, pero sus explicaciones no convencían y su abogado no encontraba la manera de demostrar su inocencia.

Como Pablo seguía detenido, Manuela se empezó a ver en apuros para sostener el hogar con sus pequeños ingresos y comenzó a ofrecer el carro entre conocidos, pues no se atrevía a recurrir a las agencias de compraventa. Pronto su peluquera le ofreció un préstamo que su novio le podía facilitar; lo aceptó sin vacilar y le sirvió para salir de dificultades por unos días, hasta que el sujeto le empezó a exigir el pago diario de unos exorbitantes intereses pactados en el documento que ella, afanada, le había firmado sin leer. Poco después le tocó traspasar el vehículo a su nombre para cubrir el alto monto al que había llegado la obligación.

Pablo y Manuela tenían un vecino en el piso de abajo, Yorlany, quien parecía tener negocios boyantes, a juzgar por los lujos que se daba y las fiestas retumbantes que ofrecía en su apartamento, a donde traía amigotes y a las que concurrían muchas mujeres de “dudosa ortografía”, como decía doña Encarnación, la de la puerta del frente de Yorlany, que las veía entrar y salir. La administración siempre multaba a Yorlany, quien pagaba el dinero con toda facilidad y siempre prometía no causar más problemas; además, el hombre era de excelente trato con todos los vecinos, lo que suavizaba la situación.

Este señor se enteró un día, por boca del portero, de la angustiosa situación de Manuela y corrió a buscarla; “querida, ¿por qué no me lo habías contado?; yo tengo contactos y puedo sacar a Pablo de ese problema; dame toda la información – yo no voy a dejar que un vecino mío pase por esas”. Ella vaciló, pues no le gustaba nada ese tipo y pensaba que en cosas peores los pedía meter; dio vueltas en la cama toda la noche, pero al día siguiente se fue derecho al apartamento de Yorlany y le dio toda la información. No se sabe qué movió Yorlany, pero en tres días estaba Pablo en casita, libre de todo cargo.

Muy entristecido por su injusta prisión y descontento con las inmorales condiciones reinantes en el medio, Pablo resolvió irse del país y su esposa le ofreció todo su apoyo. Con sus conocimientos técnicos podría conseguir fácilmente un empleo en un área tan necesitada de personal calificado como era la suya. Empezó, pues, a hablarlo con todos sus parientes y conocidos en busca de un contacto en los Estados Unidos o Europa. Pocas semanas después se le presentó una oportunidad para trabajar en New Jersey y comenzó a reunir los documentos necesarios para solicitar la visa.


Dura sorpresa se llevó Pablo cuando le negaron la visa y se encontraba bastante desanimado cuando un pariente lejano lo llamó por teléfono y le dijo que se había enterado y que le podía ayudar, que tenía muy buenos contactos, que se encontraran para indicarle todo lo que debía hacer. El desespero llevó a Pablo a aceptar la propuesta; tuvo que pagar un buen puñado de dólares a los “tramitadores” que su pariente le presentó y finalmente viajó solo, despidiéndose de su familia con mucho dolor, pero con la promesa de “pedirlos” muy pronto.

A todas luces se trataba de documentación falsificada y Pablo iba en el avión muy turbado, y muy arrepentido de que para huir de la corrupción aceptó caer en las manos de la corrupción; sentía inmensos deseos de volverse al país desde el mismo aeropuerto de destino, pero sabía que eso no será posible y sufría por la familia que dejó sola.

Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com
ocurr-cj.blogspot.com

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