jueves, 6 de septiembre de 2018

SI PUDIERA HACERLO COMO QUIERO
Relato
I would prefer not to.

Herman Melville, Bartleby el escribiente.


Juan Diego, profesional joven, está muy satisfecho en su nuevo trabajo, donde lleva cuatro semanas.  Está a cargo de la sección de Externalidad, que se relaciona con la atención a los clientes: herramientas de servicio y los espacios en que se les recibe físicamente.  Su jefe, Alexa, bonita mujer, directora de Operaciones, le solicita un informe de realizaciones del mes, como es costumbre en la empresa.  Elabora Juan Diego un informe práctico y conciso, donde se refiere a: una mejora de procedimiento que implantó; cantidades de clientes y de reclamos; consumos de suministros; un breve viaje que le tocó realizar, y concluye con algunas sugerencias.

Alexa lo llama a su oficina y lo hace sentir como un escolar desaplicado por ese informe “tan simple y escueto”; le exige que lo refiera exclusiva y exhaustivamente a los indicadores adoptados en los protocolos de planeación y desarrollo de la compañía (una cantidad inconmensurable e incomprensible…), que son ‘los que sirven de guía para mantenerse bajo las normas ISO y para preparar la próxima certificación’; que eso de las mejoras, viajes y sugerencias no tiene peso frente a las pautas de recertificación.

–¡Ah! Y nada de cuatro paginitas; un informe jugoso, de siquiera veinticinco.

No lo quisiera, pero le toca cancelar una salida que tenía con sus amigos para esa noche y pasársela de claro en claro estudiando los indicadores de la empresa y planeando como va a calcular los que corresponden a su sección. 

Dos meses después, con base en un minucioso estudio del funcionamiento de la zona de atención a clientes, elabora Juan Diego una propuesta para ampliarla y redistribuirla, con inclusión de equipos informáticos, le hace un cuidadoso presupuesto y plan de implementación y la presenta al comité del departamento.  No disimula Alexa una sonrisita irónica cuando le dice, delante de todos, que el proyecto está muy cojo, que le falta mucho, que ese manojo de ocho páginas lo va a devolver la gerencia hasta sin mirarlo.  Le recorre un frío de pies a cabeza y contesta que entonces lo retira (diciéndose para sus adentros que va a renunciar y buscarse otro empleo).

–¡No señor!  Usted lo va a reelaborar hasta que le dé cuerpo y lo podamos presentar para aprobación, le dice, lanzándole una mirada que es más de admiración que de reproche; él no la alcanza a detectar y se retira turbado.

Samanta se entera y lo busca…

–No te dejes asustar de Alexa; ella posa de muy exigente, pero es por pura inseguridad; cuando le replican, cede.  Te recomiendo que vuelvas a ella y le digas, muy seguro de ti, que tu propuesta es fruto del conocimiento de tu sección y está bien sustentada.  Verás cómo cambia.

Juan Diego le agradece con una sonrisa que ilumina su rostro varonil; ella le devuelve otra sonrisa, coqueta, y un guiño malicioso.  Se aleja triunfante porque por fin se ha acercado a este muchacho que tanto le gusta, se ha atrevido a hablarle y ha sentido empatía de su parte.  Él se encamina hacia su jefe, aunque no lo quisiera hacer.

Lo recibe su jefe muy amable, casi cariñosa; él se siente desarmado pero acopia fuerzas para mostrarse tan seguro y contundente como le recomendaron.  Después de la diatriba, ella le dice que le disculpe lo dicho antes, que la propuesta es muy buena y por eso le pidió rehacerla, para, precisamente, convertirla en algo más parecido a un proyecto.

–Mire, mi querido, hay que configurarla con protocolo de proyecto para que sea acogida.  El hábito no hace al monje, pero el monje tiene que vestirse de hábito.  Vaya a la dra. Lucila, la directora de Planeación; ella le da las pautas.

Ahora J. D. sale respirando descansado, está muy agradecido con Samanta y no se le quita la imagen de Alexa de la mente.

El encuentro con la dra. Lucila es decepcionante; queda Juan Diego con esta pesadilla despierto:  Definición, naturaleza, antecedentes, objetivos, propósitos, metas, marco conceptual, resultados esperados, beneficios, población beneficiada, metodología…  Y, lo más grave, las ocho páginas se tienen que multiplicar ¡hasta cuatrocientas!  Porque el proyecto se le debe presentar a la Financiera del Desarrollo y tiene que impresionar por su tamaño.  Él recuerda que le interpeló:

–¿Por qué la Financiera del Desarrollo?  Este es un proyecto de una empresa privada.

–Tenemos buenos nexos en el ministerio.  En la ‘naturaleza’ hay que destacar su carácter social, porque aporta al bienestar de los clientes que se acercan a la empresa, al atenderlos con más comodidad y en menor tiempo y, en ‘población beneficiada’, hay que mostrar la cifra de solicitantes mensuales y destacar que pertenecen a estratos sociales medios y bajos.

Aterrado, regresa al día siguiente a donde la dra. Lucila a decirle que no sabe cómo definir todo eso…

–Vaya a Margarita, ella tiene los modelos; ella le ayuda a elaborar todos esos numerales del proyecto.  No se asuste, verá que va a ser muy fácil.

…Con eso lo despacha.  Él preferiría no hacerlo, pero va.  La Margarita lo recibe recelosa, pero cambia casi inmediatamente de actitud al contemplar esa ‘estampa de hombre’.

–No te preocupes, le hacemos juntos y nos va a quedar muy bueno.

–Bien, dime entonces qué puede ser la tal definición, si el título ya define el proyecto.  

–¿Cómo se te ocurre?  El título no es sino un título; a quien quiera que vaya a leer el proyecto hay que definirle claramente de qué se trata.  Mira, ¿qué te parece ‘El proyecto actual propende por la ampliación, redistribución y modernización informática de las salas de recepcionamiento de usuarios de la compañía Producciones Siglo 21 en su acostumbrado lugar de concurrencia y con mejor feeling’?  Da en el blanco, ¿no?

–¡No!  Empecemos con que la palabra ‘recepcionamiento’ no es castiza y feeling es un vocablo inglés.

–Son términos técnicos, te vas a ir acostumbrando.

Salió corriendo… No aguantaba más…

Cuando se le asentaron todos los pelitos erizados y volvió Juan Diego a donde Margarita, tuvo nuevos tragos amargos con la naturaleza, objetivos, propósitos, razón de ser… Cada uno se repetía en los otros, pero para cada cual ella esgrimía una justificación, apoyada en extraños sofismas.

–Es que los objetivos son más precisos, en cambio los propósitos dejan traslucir lo intencional; mira: ‘Objetivo: redistribución y modernización informática de las salas de recepcionamiento de usuarios de la compañía Producciones Siglo 21 sin traslado del lugar de concurrencia y con mejoramiento de la percepción del usuario’ - ‘Propósito: causar a los usuarios de la compañía Producciones Siglo 21 una mejor identificación con la misma al ofrecerles unas salas de recepcionamiento redistribuidas, modernizadas e informatizadas’.  ¿Ves la diferencia?
  
–¡Horror de los horrores!  No solo son idénticos, sino también iguales a la definición; es más, veo que también coinciden con la naturaleza sugerida por la dra. Lucila y, por supuesto, con el título.  ¿En eso se la pasan ustedes, en la repetición de la repetidera, con eso justifican su salario?

–No seas malito, Juan Diego; otra ya te habría lanzado un zapato a la cara, pero a un papacito tan lindo no se le puede hacer eso.

Más disgusto le dio el piropo y salió hacia su oficina tan turbado que no pudo trabajar más en todo el día.

Comentándolo con sus amigos, al son de las cervezas nocturnas, estos disfrutaban más de los lances femeninos que de los galimatías laborales.  “Déjate llevar”, le decían.  Se iba a la cama con el dilema de capitular o hacerse notar; no le veía valor alguno a las propuestas de Margarita, mas no encontraba una vía para imponerse.  En sus sueños defendía su proyecto ante un comité de evaluación, compuesto íntegramente por mujeres, que le hacían más preguntas sobre sus gustos, sobre su ropa interior, sobre su experiencia sexual, que sobre el proyecto.  Despertaba excitado y sudoroso y le costaba reanudar el sueño.

En fin, regresó a primera hora a donde Alexa a pedir auxilio y ¡qué recibimiento!  Más amable aun que la última vez, le dijo que le iba a pedir a Margarita escribir toda la literatura del caso, para que él solo se encargara de los pasajes puramente técnicos.

–Verás el ‘lujo’ de proyecto que vamos a presentar.  Con la calidad de tu propuesta y los adornos que le sabe poner esa chica, van a quedar convencidos en la financiera y nos lo van a aprobar sin ningún reparo.

…y empezó a indagarle por su equipo de fútbol favorito (“¡huy! Vas a tener que hilar delgado con el gerente, que es hincha del otro equipo de la ciudad”), por su familia y poco a poco fue entrando al campo de la música, el cine y otras aficiones.  Terminaron conversando animadamente toda la mañana, aplazando ella todos los compromisos de la agenda. 

Las revisiones y pruebas, lápiz rojo en mano, de lo elaborado por Margarita más algunos detalles que aportaron de otras secciones fueron motivo de varias interesantes charlas con Alexa, que despertaron celos de aquella (y de Samanta) e intriga entre todas las secretarias y auxiliares.  En Juan Diego también se despertaron algunas cosillas, como el entusiasmo por verla, el interés por saber más de su vida, el angustioso deseo de conocer si estaba enamorada, comprometida con alguien; pero poco después se ahuyentaron sus dudas cuando ella comenzó a aceptarle invitaciones a salir, primero a “cafecito”, después a comer, a espectáculos, a bailar, y se dieron los primeros besos y vino la fascinación y el enamoramiento y la identificación en todo y la exclusividad y la locura y la irresponsabilidad compartida…

Los chismes corrieron por toda la empresa; Samanta se enfureció y se puso a planear un desquite.  Al día siguiente echó a rodar el rumor de que Juan Diego había dormido con ella; le puso nombre al sitio de encuentro y dio algunos detalles que hacían muy creíble el cuento; Margarita, también defraudada, le llevó la especie a la propia jefe Alexa y salió con ese gozo que produce el causar mal a quien nos ha dado un motivo; todas empezaron a comentar el caso y a elaborar las más diversas conjeturas sobre el desenlace, que siempre era desfavorable al muchacho, desde un agrio desplante de Alexa hasta una expulsión de la empresa.

Entre tanto, llegó la noticia de la aprobación del proyecto, con la asignación del total del monto solicitado, y fue un motivo más de celebración íntima por Alexa y Juan Diego.  Al brindis llegó él con la noticia de un nuevo proyecto que estaba planeando.

–Genial, Juandi, pero lo podremos discutir en la oficina, no en este momento.

–No…. Yo quiero que sea ya, porque es el proyecto de mi vida.  Te voy a decir el objetivo: ‘consolidar una pareja’; el propósito: ‘alcanzar la felicidad juntos’; los beneficios: ‘enriquecer nuestras vidas’; los resultados esperados: ‘amor por cien años’.  El resto del proyecto lo podemos construir juntos, pero sin Lucila ni Margarita; es exclusivo de nosotros.

–¿Y qué hacemos con Samanta, querido?”

El derrumbe del ‘nuevo proyecto’ de Juan Diego lo dejó muy amargado, pues Alexa se negaba a creer en su inocencia y, aunque no le dio calabazas, sí le planteó las cosas como para seguir sólo con algunos encuentros agradables cuando estuviera en ‘vacaciones’ de aquella.  Esto le producía aun más disgusto, pues él no veía a Alexa como una ‘suplente’.  Pero la oportunidad del desquite de todas las chismosas se le presentó inesperadamente cuando el propio gerente general terció en el asunto; llamó a Juan Diego y Samanta a su oficina y los conminó a decir la verdad; cada uno se afirmaba en lo suyo; entonces les dijo que uno de los dos se tendría que ir de la empresa.

–Samanta, ¿tu, quién piensas que se debe ir?

–Por supuesto que Juan Diego, pues se ha aprovechado de mi.

–Ahora, Juan Diego, ¿tu piensas que debe ser así?

–Preferiría no decir nada.  Me voy.  No tengo manera de probar que ella miente.  

–Asunto resuelto; Samanta, recoge tus cosas y vienes mañana por tu liquidación; personas de tu baja moral no le hacen bien a la empresa.  Juan Diego, tienes toda mi confianza.

Preferiría no relatar cómo se compuso la relación de Juan Diego y Alexa, qué maravillosas cosas hicieron juntos y con qué cola de muchos metros se quedó la Margarita.


Carlos Jaime Noreña
Ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

domingo, 2 de septiembre de 2018

JORGE LUIS, EL MEMORIOSO
Relato


Son muchas las vueltas que da Jorge Luis para encontrar el sitio donde debería verse con Manuela, pero no recuerda en donde fue que se citó con ella.

– ¡Esta memoria!  ¿Cómo es el nombre de ese cafecito?  ¡¿Por qué no lo apunté?!  Porque “Es muy lógico, no se me va a olvidar”…

No es la primera vez que el muchacho se pierde de algo importante o placentero por causa de su volátil memoria.  Cuando era adolescente se le olvidaban las fechas u horas de los partidos que más le interesaban y se los perdía.  Ahora, acabando de conocer a esta linda chica, Manuela, ya olvidó por completo en qué lugar se citaron y se perdió del encuentro.

Las duras lecciones del colegio, apoyadas en aprendizaje de nombres y fechas al pie de la letra, eran su dolor de cabeza; pero aun más problemático era que no lo podían encargar de nada porque lo olvidaba.  No llevaba la casaca para representar a un héroe de la patria, a pesar de haber asegurado que en su casa había una, colgada en un ropero viejo; no conseguía la media libra de permanganato de potasio para el experimento de Química; olvidaba qué día le tocaba el uniforme de Educación Física.  Sus compañeros lo bautizaron ‘Funes, el memorioso’.

Cuando tuvo su primera noviecita, salió despedido después de haber olvidado, primero, su cumpleaños; después, la celebración de los primeros seis meses y, por último, ¡su nombre!  Se dispuso, entonces, el muchacho a realizar unos ejercicios de mnemotecnia que estaban de moda y algo progresó porque pasaron meses sin que volviera a olvidar los encargos de la mamá ni las fórmulas químicas y matemáticas.

En la universidad, comenzaron de nuevo los traspiés; ya sin una rutina fija en el día, como la del colegio, donde los timbrazos anunciaban el cambio de clase y el plan de cursos era prácticamente ejecutado por los profesores; empezó a equivocarse del aula, la hora y hasta del día de sus cursos; no recordaba cuando le tocaba una prueba y hubiera perdido todas las asignaturas del semestre de no ser por la encantadora compañera con la se trenzó en amistad (por llamarla solo así), con quien hacía los trabajos, iba a cine y a fiestecitas y preparaba los exámenes y hasta las trampitas. 

Un día vio en la librería una obra que recordó haber leído en edición resumida en su adolescencia y la compró para releerla completa.  ¡Cuál no fue su desazón al ir encontrando en su lectura que no recordaba nada de los personajes, nada sobre las situaciones, sobre el argumento general ni sobre el desenlace!  “¿He perdido el tiempo leyendo durante tantos años?”  Hizo el ejercicio de evocar libros leídos y tratar de recordar sobre ellos, pero a lo sumo recuperaba algunos rasgos de la esencia de la obra, sin detalles por completo.  Se trazó el plan de releer algunos de los libros con un máximo de atención, pero también buscar alguna terapia para la memoria.

Un concurso de declamación que lanzaron por esos días le pareció una excelente oportunidad para ejercitar esa facultad y adquirir buenas rutinas de recordación.  Consultó los requisitos, se inscribió y, en los primeros ejercicios, memorizó poemas de métrica precisa y rima muy consonante de un autor que le gustaba desde joven, por recomendación de uno de los asesores.  Pasó la primera selección y ahora se mudó a otro autor con formato más libre, con el que tuvo serias dificultades al no contar con la guía de la rima.  Su amiga querida le dio mucho apoyo y en su familia también se le pusieron al pie.

Se llegó el día de la semifinal; Jorge Luis, muy nervioso, pero bien acompañado, hizo lo que le tocaba y se llevó la gran dicha de salir seleccionado para la final.  Un gran beso se ganó y una exigencia de redoblar la intensidad de los preparativos, para salir victorioso de la ronda final.  Se dedicó muchos días a estudiar a fondo nuevos poemas del autor predilecto, más intensos, quizá por ello más difíciles, pero no quería ser inferior al reto; después de entenderlos muy bien (si es que se logra llegar a entender la poesía) comenzó la memorización y hasta pidió varios permisos en el trabajo, para dedicarle todo el tiempo necesario.

La presentación en la final fue toda una jornada épica.  Su madre le exigía que se presentara vestido “de pingüino”, como él decía; su padre menospreciaba el evento y le repetía que todo ese esfuerzo lo podía haber dedicado a algo más productivo; sus cinco tías querían invitaciones, pero él disponía de tres que eran para su novia, su mejor amigo y su mamá; las viejas se pusieron a llamar al director del concurso y solo lograron poner en ridículo al pobre Jorge Luis.   En camino al acto, el automóvil falló y debieron esperar a la grúa; la novia estalló en llanto, porque no iban a llegar a tiempo.  En fin, entrando al teatro, la chaqueta de Jorge se atoró en un gancho y salió con una pequeña rasgadura.  Nada de esto lo conmovió y llegó muy seguro a dar su declamación; salió triunfador y le anunciaron la entrega del premio para el día 30, con presencia del gobernador y el ministro de cultura.

Jorge Luis llegó dichoso a su trabajo, contando que el último día del mes le entregarían el premio de declamación 2018, dentro de la clausura de las jornadas culturales metropolitanas.  Dado que tenía algo de trabajo atrasado por los permisos obtenidos, se dedicó por esos días a cumplir el compromiso con su jefe de poner todo al día.  También se puso al día con su amiga del alma, con quien no había vuelto a hacer salidas mientras estuvieron juntos, o a ratos él solo, en las intensas jornadas de memorización.  Casi que se puso al día también consigo mismo y con su familia, pues estuvo cumpliendo con todo, sin olvidar el más mínimo detalle de las rutinas y de los compromisos.  “Y no olviden ustedes que el viernes me van a acompañar a recibir el premio”.

El viernes a primera hora, estando en su oficina, recibió el muchacho una llamada de la Secretaría de Educación y Cultura.

–Señorita, no tienen que recordarme que esta noche debo ir a recibir mi premio.

–La premiación fue anoche y usted no se presentó.  Por cortesía, lo llamamos a su teléfono celular y parece que lo tenía descargado.

–¡Qué horror!  ¿No era el último día del mes?

–No, señor.  Era el 30 de agosto, ayer.

–Pido mil disculpas.  Confundo los meses de 30 con los de 31.  ¿A dónde puedo pasar a reclamar el premio?

–No señor.  Ayer mismo  se le concedió el galardón a quien había quedado en segundo lugar y hoy salió la resolución anulando el premio suyo.

–Pero, señorita, un olvido lo tiene cualquiera.

–Los olvidos son imperdonables en la declamación, señor.  Hasta pronto, que tenga un buen día.

Carlos Jaime Noreña

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martes, 28 de agosto de 2018

PASAPORTE AL EXOPLANETA
Relato

Elaborado para participar en la actividad de agosto 2018 de Literautas


Mientras otea el horizonte nocturno, Alejandro sueña con un viaje espacial para ir a conocer un fascinante planeta que le hace el cortejo a una remotísima estrella.  Sueña que con los avances de los telescopios orbitales se logra identificar un planeta en Trappist-1e que exhibe con orgullo un manto vegetal salpicado de alegres corrientes de agua que van a desembocar en un océano lleno de sirenas, pero no se han podido identificar otras formas de vida y se le ha encomendado la misión de exploración en compañía de la bella astronauta Artemisa, bajo el mando del gruñón capitán Armando.

Por otra parte, los avances de la Astrofísica han hecho posible a los ingenieros la construcción de una nave que se mueve mediante la absorción de antimateria, lo que la sacará de las tres dimensiones básicas y la catapultará a través del espacio sin recorrer en sucesión todos los puntos de una trayectoria convencional hacia el destino.  Así, los cuarenta años luz al sistema Trappist-1e se convierten en un viaje de nueve meses, que llegará a feliz término si la ingeniosa programación del rumbo de la nave, elaborada por un equipo de ingenieros y astrofísicos, efectivamente sirve de hilo de Ariadna en el  laberinto multidimensional que atravesará.

El día del lanzamiento, transmitido por TV a miles de millones de personas, el director de la misión revela que la selección del capitán Armando, entre candidatos intensamente entrenados, obedeció al significado de su nombre, derivado del germánico Hard-mann, ‘hombre fuerte y valeroso’, porque “es necesario hacer énfasis en la valentía de nuestros astronautas y la fuerza de nuestra nación”.  Recordó Alejandro la no casual selección de Neil Armstrong para la conquista de la Luna, porque con arm-strong se quiso mostrar, en la época de la primera guerra fría, el fuerte brazo norteamericano.

Las sensaciones durante el ‘vuelo’ son inéditas:  físicamente, los recorre por todo el cuerpo una especie de cosquilleo muy agradable y los invade una arrobadora emoción, que no alcanzan a distinguir bien si es la propia de la aventura que viven o es algo inducido por el despegue hacia otras dimensiones.  Además, aunque se les había indicado que siempre observarían plena negritud en el exterior de la nave por causa de su ‘secuestro’ dimensional son testigos de un espectáculo de luces extraordinario; parecen viajando a través de brillantes volutas luminosas que cambian continuamente su coloración, disposición, formas; están tan desconcertados como niños que observan por vez primera unos juegos pirotécnicos; Alejandro siente un intenso deseo de unirse a Artemisa, no se reprime, la abraza y ella no lo rechaza, antes bien, se le pega a su cuerpo y así continúan absortos frente al espectáculo, sin percibir que Armando los observa turbado.

“¿Sabes que ya entiendo por qué fui seleccionada frente a tan meritorias candidatas? –le dice ella– por el significado de mi nombre: la diosa helénica de la caza, los animales salvajes, el terreno virgen… Eso es lo que buscaremos en aquel planeta”.  No alcanza Alejandro a preguntarle si a él lo enviaron al remoto astro como una reencarnación del conquistador macedonio, porque el capitán les ordena regresar inmediatamente a sus puestos de trabajo.  Ella sí alcanza a susurrarle al paso “nuestro pasaporte y visa fueron nuestras etimologías”.

De allí en adelante, los encuentros entre Alejandro y Artemisa son furtivos, mas el capitán logra rastrearlos con los instrumentos de a bordo, a pesar de los trucos con que ellos han intentado engañarlos.  Finalmente, se llega el momento en que Armando, presa de los celos (aunque se engaña diciéndose que es por mantener la disciplina del personal) interviene el complejo programa rector de la trayectoria con la intención de provocar unas fuertes sacudidas de la cápsula espacial que atemoricen a la pareja.  Logra su objetivo, mas el artefacto no deja de vibrar, el resplandeciente panorama exterior se pierde, la temperatura interna comienza a bajar y al cabo de unas horas los tres están a punto de congelarse.

Con restos de energías, Artemisa se abraza estrechamente con Alejandro y poco después pierden la consciencia.  El errático viaje de la nave continúa, pero súbitamente despiertan, ignorantes del tiempo que ha pasado; el control automático les informa que se acercan al destino de la misión.  Intrigados, le indagan las causas de lo ocurrido y reciben por respuesta que hubo ‘desajustes’ que fueron algo difíciles de corregir, pero que el modo automático del artefacto logró demostrar el éxito de la inteligencia humana que lo creó.

Carlos Jaime Noreña

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lunes, 27 de agosto de 2018

MARCELO ESCOGE
Relato


Dos chicas del barrio le encantaban a Marcelo.  Una era Sofía, trigueña, pelinegra, de atractivo caminado, aficionada a la poesía y con mucha agilidad mental; conversaban de vez en cuando en la esquina… encuentros casuales, al llegar ambos de sus estudios o al salir a desembotarse un poco de intenso videojuego o chateo.  “Me gusta la inteligencia de Sofía… y el fuego que tiene en esos ojitos”.  “Me encanta el trato desenvuelto de Cintia, su facilidad de conversación… ¡y ese cuerpazo!”  “Me seduce Sofía con las firmes posiciones que defiende frente a tantos patanes de las redes”.

¿Quién era Cintia? La chica con que ‘hablaba’ más frecuentemente a través de la mensajería instantánea y algunas veces en los descansos de clases del colegio, donde se conocieron; era deportista, su bien formado cuerpo nada desdecía de esa condición y atraía mucho a Marcelo.  No sabía el chico con cual de las dos establecer una relación más estrecha, uno de esos noviazgos juveniles.  Se atrevió a hacer la confidencia a Felipe, depositario de sus ‘secretos de confesión’, quien le recomendó coquetear con ambas.  “No te amarres de una vez; cuando una no pueda salir, no te quedas plantado, sales con la otra; cuando una se enfurruñe, te solazas con la otra, y con el tiempo las estudias mejor y vas viendo cual es la que te conviene”.  No le gustó nada el consejito, solo decidió aplazar su decisión y frecuentarlas más para conocerlas mejor.

Después de ver la película Paterson, discutió con Cintia sobre la sosa poesía del protagonista; ella le habló del poeta modelo de este hombre, el norteamericano William Carlos Williams, cuyo estilo tampoco la convencía.  “Es de una simpleza rayana en la tontería.  Considero que la poesía debe tener algo de filigrana, invocar sensaciones que penetren el alma.  Es verdad que no son obligatorias la rima y la métrica, pero hay que evitar el desequilibrio entre los versos, entre las palabras y tiene que llevar inmersa una música sutil”.  Más bellezas le expresó la chica con mucha sabiduría y salió Marcelo encantado de la calidad de esta mujer.  También con Cintia tuvo una animada conversación, esta sobre el deporte; su significado en la formación de la persona, su aporte a la fortaleza de las sociedades, su actual explotación por las multinacionales…  Total, con las cualidades intelectuales, espirituales y los atractivos físicos de ambas, seguía el muchacho muy, muy indeciso. 

Para estudiar inglés, encontró opciones en dos  centros de excelente calidad, bien situados, con precios costeables para su padre y entró en una nueva indecisión, ¿el Ameri-latino o el International Center?  Conversando con Sofía, se enteró de que la matricularon en este último.  “Dos problemas resueltos, escojo a Sofía y el International Center”.  Clasificó para un nivel diferente, pero se hizo inscribir en el curso de ella para acompañarla (¿estar acompañado?).  No habían pasado dos semanas de clase cuando ya se le había declarado a la muchacha.

El profe de Educación Física les dio plazo hasta el viernes para escoger el deporte que practicarían durante el año.  A Marcelo le gustaban el basketball (soñaba haciendo increíbles canastas después de unos cuantos asombrosos quiebres de cintura) y el volleyball (se imaginaba enviando bolas muy altas sobre una red, con efecto, para engañar a los oponentes y, sobre todo, se veía en un juego de volley-playa distraído con las encantadoras piernas y provocativos traseros de las jugadoras).  Todavía el jueves no se decidía; por la noche buscó a Cintia, quien lo entusiasmó por el basket; “yo estoy en el equipo oficial de mi colegio y me encantaría que asistieras a los partidos en el coliseo; y siendo basketbolista, más vas a disfrutar los partidos y yo de que me veas”.  Se fue, pues, feliz el viernes a inscribirse en ese deporte.

Muy contento se sentía con su Sofía, su inglés, su deporte, pero lo empezó a buscar la Cintia; ella sabía que él tenía novia, pero esto le producía un saborcito más dulce en su empeño por conquistarlo.  El no sabía cómo escurrírsele, pero le aceptó unas pocas invitaciones por cortesía, lo que le causó dificultades con su chica; “¿le estás siguiendo la corriente a esa?” …  “¿con cuál de las dos vas a ver la película?” …  “si la Cintia te da permiso, ¿nos vamos este sábado para la finca?” …  Marcelo le pedía consejos a su amigo Valerio para quitarse a Cintia de encima;  “…deja de ser bonito y amable”.

Llegaron los días de revuelo con la selección de carreras y universidades.  Unos fantochaban con Medicina, otros se daban ínfulas con Ingeniería, los de más allá con las nuevas profesiones siglo-21.  El muchacho todavía no sabía qué le gustaba más; solo sabía que su papá y su mamá lo querían condicionar: “No te vayas a meter a Odontología, que esta profesión ya se empobreció – le decía él, que era odontólogo – con el nuevo sistema nacional de salud, los profesionales tienen que trabajar en las instituciones prestadoras por salarios mínimos”.  “Cuidado con seguir carrera de educador, para ganar un sueldo de miseria” le decía su mamá, profesora.  Comentaba con su novia y amistades: “mi papá me sugiere Ingeniería de Sistemas, dice que están pagando muy altos salarios; mi mamá, que Contaduría, porque un contador puede ponerse los ingresos que quiera con sus asesorías”.

A él le empezaban a llamar la atención las Matemáticas, la Física, la Geología y también, fruto de interesantes discusiones con Sofía y Guillermo, un amigo común, la Filosofía.  “Con cualquiera de esas carreras, vas a terminar maestreando” le dijeron papá y mamá cuando se los confesó.  No hizo caso; siguió acariciando las cuatro posibilidades, ¡pero con mayor angustia que en todas las indecisiones anteriores!  Sofía lo veía ansioso cuando salían juntos, él no le manifestaba la causa, ella tenía que hacer uso de los más imaginativos recursos amorosos para calmarlo y ‘ponerlo en sintonía’.

Una llamada de Cintia lo dejó perplejo: “entremos juntos al alma mater a estudiar Filosofía; allí hay un instituto muy reconocido, con excelentes profesores, que realiza muchos eventos con la participación de autoridades mundiales”.  ¿Cómo se enteró que él tenía esa opción?  ¿De dónde resultó interesada por la Filosofía una deportista?  Primera decisión tomada, nada de Filosofía.  “Le voy a presentar a Guillermo, para que se enganche con él”, y aprovechó la siguiente reunión de amigos para convidar a la una y al otro; los presentó y le pareció que se gustaron.  ¡Moñona!

Sofía le comunicó que le estaba gustando mucho la Física, que tal vez se inscribía para esa carrera.  “¡Qué extraño, pero qué maravilloso!  Una amante de la poesía enamorada de la Física.  No paro de asombrarme, pero si te resuelves por la Física, yo me decido por las Matemáticas.  ¿Sabes una cosa? La Física se sirve de las Matemáticas para sistematizar los fenómenos que estudia, y las Matemáticas se inspiran en la Física para proponer sus modelos.  Tu apoyada en mi y yo inspirado en ti… ¡Qué bonito!”

Ya en la universidad, cumplió sus dieciocho y tramitó su cédula de ciudadanía.  Al siguiente semestre serían las elecciones presidenciales; los candidatos ya estaban en plena campaña; sus compañeros más cercanos elogiaban sin parar a Ignacio Duarte y le insistían en darle su voto, por el progreso del país, la defensa de las tradiciones y la conservación del estatus de la clase media; pero su novia le advertía que sus propuestas coincidían con viejas políticas de anteriores presidentes que solo generaban desigualdad social y desempleo, que era el candidato de las fuerzas dominantes, sin arraigo popular y con votos amarrados por los gamonales.

A ambos, los empezaron a aleccionar los promotores de Gilberto Puerta, candidato popular, con propuestas por la justicia social, el enriquecimiento de la cultura, la educación masiva y de calidad, la salud para todos…  Estaban entusiasmándose, cuando sus amigos de semestres avanzados les hicieron ver las mañas muy criticables de dicho señor y el riesgo del desborde de movimientos violentos que podrían surgir de sectores cuestionables que lo apoyaban y generar situaciones como las de un país vecino.  Tuvieron largas discusiones, durante muchos días, indecisos entre uno y otro, hasta que en vísperas de la votación, en la cafetería de la universidad, se resolvieron por echarlo a la cara y sello; su amigo Renato, desde atrás, cazó la moneda en el aire y dijo “les toca votar en blanco”.  ¡Otra decisión tomada!  No lo pensaron dos veces y pusieron el domingo sus dos voticos blancos.

Cursando penúltimo semestre, Sofía empezó a dar clases de Física en un colegio.  La familia le sugirió a Marcelo seguirle los pasos y buscar un trabajo.  Nuevo reto para el muchacho, con nuevas indecisiones; la novia le proponía clases de Matemáticas en el colegio, su amigo Valerio le decía que en un banco necesitaban un matemático para modelación financiera y el papá le decía que lo conectaba con un conocido que trabajaba en propiedad raíz para que ganara buenas comisiones; él sopesaba oportunidades y desventajas de cada una de las opciones; dejaba pasar días y semanas sin decidirse, hasta que un día, un amigote le “confió” que había un tipo muy bien plantado y “de buena familia” coqueteándole a Sofía en el colegio y con eso se decidió de inmediato por las clases de Matemáticas para estar cerca y vigilarla.

Unos años después, Marcelo el matemático sigue en amores con Sofía la física y nada nuevo se avista.  Constanza, la prima, le indaga a Marcelo por planes de matrimonio; “no los veo”.  “¿Cómo? ¿Y es que vas a esperar que ella te lo proponga? Te veré viejo y solterón”. Ese mismo fin de semana, Marcelo le presentó el anillo de compromiso a Sofía.  Esta fingió emocionarse, por encima de la satisfacción por el éxito del plan urdido con Constanza.  Los preparativos fueron pomposos, la fiesta prometía ser todo un acontecimiento social.

El día de la boda caía una llovizna pertinaz; la humedad y el pantano deslucían todo a la entrada de la iglesia; Marcelo llegó en el carro de un amigo; al bajarse, otro vehículo que pasaba sobre un charco, lo salpicó de pies a cabeza; discutía con sus padres y amigos si volver pronto al apartamento a cambiarse por el mejor vestido que tuviera, pero no se decidía y finalmente recordó que no le plancharon su ropa las dos últimas semanas; entretanto pasaba la hora de la ceremonia y la novia no llegaba; “es tu oportunidad para fugarte, primo; ¡piérdete!” le decía su primo Pacho.  Una hora después, llegó Constanza llorando a informar que Sofía se había ido a pasar el fin de semana con su íntimo amigo Daniel Sebastián y que le sugería al novio reprogramar la boda para la semana siguiente; así tendría la oportunidad de seguir ‘indecidiendo’…

Carlos Jaime Noreña

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sábado, 25 de agosto de 2018

DON DARÍO Y LOS VIEJOS MÁS JÓVENES
Relato


Don Darío apuró un sorbito del tinto que hacía rendir toda la mañana, para seguir hablando de Pompilio.  “Ya está viejo.  ¿No ven que está presentando papeles para la jubilación?”  Lo que calla el Darío son sus ochenta y cinco años de edad.  Le replican que pensionarse no es envejecer.  “¿Que no?  Como estará de viejo Pompi, que fue padrino de bautizo de mi sobrina Candelaria”.  Lo que no dice es que Candelaria es su sobrina-nieta.

La miscelánea de Marulo, donde don Darío se toma su tintico diario, acoge a diversos personajes del barrio que, por variados motivos, tienen largos ratos libres y se van a pasarlos allí, tomándose algún café o cerveza.  Todos tienen que ver con don Darío, el ‘decano’ del lugar, que tiene una labia impresionante y se empareja con ellos en discusiones de política, de deporte, de religión, de economía… posando, por supuesto, de sabihondo.  Pero todos los días, los contertulios apuestan a que el viejo “no pasa de este año”, mas no cuentan con que él está muy aferrado a la vida y no se piensa morir nunca.  Cuando le sacan a relucir su edad, él les jura que los ‘va a enterrar’ a todos.

Pompilio está en la cafetería de la empresa en tertulia con sus compañeros y aprovecha que su subordinado José Luis se va de regreso al puesto de trabajo, para comentar lo barrigón y lo calvo que está.  “Ya se le vinieron los años encima.  Ya no aguanta un largometraje”.  Lo que no toma en cuenta es que José Luis todavía juega en el equipo de fútbol de la empresa, mientras que él ya dejó el deporte hace años porque se acalambraba y se le aceleraba la respiración.  Para no reconocer que envejecemos, hacemos envejecer a nuestros menores.

“El pobre don Pompilio, le dice José Luis por la noche a su joven esposa, está en carreras con los documentos para la jubilación porque no resiste trabajar más; anda contándonos de todas sus vueltas y diciendo que no labora ni un mes después de la edad de retiro; así de viejo se debe de sentir”.  Lo que no les cuenta Pompi es que está montando una empresita con sus ahorros y su afán de pensionarse es por la necesidad de ponerse al frente del negocio, porque “yo todavía tengo fuerzas para moler otros veinticinco o treinta años y voy a conseguir como empresario la plata que no conseguí trabajando como un burro”.

Daniela, esposa de José Luis, se asombra el día que ve entrar al salón de belleza a Juanita, su amiga del colegio, a quien no veía hacía varios años.  “Como estás de joven, Juanita; creí que eras tu hermanita menor (como está de revejida, creí que era su mamá)”.  “Tu también, Daniela; el matrimonio no te ha sumado años (¡Huy, como está de arrugada!)”  – Nos sentimos intactos mientras a los demás les pasan los mismos años que a nosotros.  La niña manicurista se ríe para sus adentros de la conversación de este par de ‘viejas’.  Ella apenas va por el último año de la secundaria y no juzga jóvenes sino a las personas de su edad; cualquiera con más de dos años de ventaja es viejo para ella – igual nos ocurre a todos, sea cual sea la edad que tengamos.  Mientras le va friccionando y embadurnando las uñas a Daniela, le pregunta si tiene hijos.  “Son dos: una niña de ocho y un niño de tres”.  “¡Santo Dios! piensa la chica, ¡Qué mujer tan curtida!”  “¿Y tu cuántos hermanitos tienes?”  “Tengo tres, pero tenemos cuatro papás distintos.  El mío se llama Pompilio y rara vez me da algunos pesitos”.  Daniela se espanta y no pregunta más.

Quince días después, José Luis acompaña a Daniela al salón, antes de seguir con ella a otras diligencias.  Esta le comenta que Janeth, la manicurista, es la hija de ‘ese don Pompilio’; él, por mera curiosidad (no exenta de malicia), le hace preguntas sobre el señor y le dice que lo conoce.  Cuando van a salir, la muchacha, se decide a pedirle, muy turbada, que interceda por ella ante su amigo, pues su situación es precaria y quiere tener la posibilidad de estudiar una carrera universitaria que la mamá no le puede financiar.  “No te puedo prometer nada, pero voy a ver cómo abordo al ‘cucho”.  La chica, feliz, les cuenta a sus compañeras que el ‘viejo’ le prometió ayudarle con su papá.

José Luis no quiere tocarle ese tema a su jefe, pero su esposa le insiste todos los días; “tenemos que ayudarle a esa pobre muchachita; que no se quede en ese oficio toda la vida; don Pompilio tiene con qué ayudarle; además, si se puso a tener hijos por ahí, que responda por ellos”.   Por fin, en un momento en que Pompi comenta que la resolución de pensión está por salir, se decide a echarle una ‘indirecta’: “Ahora sí le va a quedar buen tiempo para los hijos”.  “¡Nooo, ya están todos criados!  Yo me voy a dedicar a lo mío”.  No se atreve José Luis a decir nada más, teme enfrentar al jefe.

Se llega la fiesta de despedida de Pompilio en la empresa; desde el gerente general hasta la más humilde aseadora asisten esa noche a un restaurante, todos muy agradecidos con el ‘viejo’, que ha sido siempre muy amable.  Entre un trago y otro, mencionan lo generoso que fue Pompilio; nunca escatimó ayudarle a este o aquel cuando estaban en dificultades; les facilitó dinero a muchos para sacarlos de sus apuros…   Una secretaria relata como ayudó a educar a los niños de Dioselina, la del archivo, secreto muy bien guardado hasta ese momento.  “Esta es la mía”, piensa José Luis, que ya se siente valiente por las copas.  “Voy a hablarle ahora que está con tragos y lo comprometo porque lo comprometo”.  Se acerca y lo elogia por su buen corazón, le dice que, como esos, hay muchos jóvenes sin posibilidades de estudiar, que él conoce a una niña  Janeth que trabaja haciendo manicura y quiere estudiar… bla, bla, bla.  Pompilio se sorprende, se le ‘pasma’ la borrachera, “¿usted por qué la conoce?”.  “Ah, ¿es que usted la reconoce?”  Después de muchas vueltas, el Pompi le dice que la madre de la niña nunca le aceptó ayuda (José Luis lo duda); que ahora no le queda fácil, viviendo de una pensión; que no quiere que su familia se entere… “Pero, ¿sabe qué?  Déjeme pedirle consejo a don Darío; el ‘cucho’ es muy bueno para manejar estos casos; hablamos la semana entrante”.

Llega el hombre a decirle a la esposa que don Pompilio se salió por la tangente, que ya no sabe cómo lo va a convencer de ayudarle a la niña, “pero ya hice todo lo posible, no creas que no te hice caso”.  “Quién sabe cuánto trastabillaste y él se aprovechó de tu debilidad para disimular la suya.  Esta gente sí es muy floja; la una acude a un señor porque no es capaz de hablarle al papá; el señor teme enfrentarse al viejo y el viejo no sabe qué resolver y se tiene que apoyar en el más ‘cucho”.  Al fin se duermen muy abrazados porque tampoco se trata de reñir por eso.

Amanece el sábado con pleno sol y pícaras nubecitas blancas.  Pompilio se baña cantando y desayuna muy animado; sale a media mañana a hacer “unas vueltecitas” y cuando se está acercando a lo de Marulo recuerda lo que tiene pendiente con don Darío y siente un vacío en el estómago; no sabe cómo abordar el tema, se devuelve y da un rodeo para no pasar por allí, como si Darío supiera del caso y lo fuera a llamar desde su ‘balcón’ (el sitio que siempre ocupa).  Después de una de sus diligencias, resuelve afrontar el entuerto de una vez por todas y se dirige a la miscelánea; faltando media cuadra se topa con Nicanor, que viene de allá y le pregunta si está don Darío.  “Querido Pompilio, ¡qué tristeza!  Don Darío se quedó dormido sobre la mesa, como muchas veces, pero ahora fue para no despertar más.  Ya lo recogieron y esta tarde nos avisan donde será la velación”.  “Ahora nosotros somos los más viejos, querido Nicanor.  Nos toca tomar el relevo”.

Carlos Jaime Noreña

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lunes, 30 de julio de 2018

GASPAR ENTRE CÁNCER Y LEO
Relato


La biopsia de Gaspar no parecía informar nada bueno.  Asustado la llevó al médico y este le dio la mala noticia; sí había un cáncer incipiente y sería necesario el tratamiento radiológico.  “No lo ordenemos ya, le dijo Gaspar, deme un pequeño plazo”.  “Claro que hay plazo, porque tienes que hacer unos trámites del seguro de salud.  Eso no se ordena de inmediato”.

Salió Gaspar algo tranquilo del consultorio, porque el tratamiento no empezaría todavía (¡cobarde!), pero lo que ignoraba, y lo vamos a saber nosotros de una vez, es que en el laboratorio fueron puestos a su nombre los resultados del examen de otro paciente.  Volvió a la ‘realidad’ y, meditabundo, pasó 24 horas sin saber que hacer, trabajando como un autómata, andando como un zombi y conduciendo como un loco.

Por fin, la noche del día siguiente tiene el valor de informarlo a su esposa Leticia, lo que no la asombra ni poquito.  “¿Qué le pasará a esta?  ¿No es solidaria conmigo?  ¿No entiende la gravedad del caso?”  ¡Qué noche la que pasa Gaspar!  Se siente solo en el mundo, sin ningún apoyo.  Duerme muy pocas horas, se levanta con ojeras y todavía andando como un zombi.  Desayuna callado y ella tampoco le dirige la palabra.  Sale acobardado para su trabajo.  La causa de todo es que Leticia se la juega con Alfredo, un compañero de tenis en el club, y ya ha perdido todo interés por Gaspar, hasta el punto de no preocuparse por un asunto tan grave como es este del cáncer.

Volvió Gaspar muy nervioso al doctor.  “No te preocupes tanto, el caso no es tan serio, el mal está en su etapa inicial y con unas pocas irradiaciones será suficiente”.  No quedó satisfecho el hombre, siguió dándole vueltas al asunto y recordó que su amigo Enrique fue irradiado el año anterior.  Buscó a Enrique para informarse de pormenores; este, además de bebérsele cuatro cervezas en el bar más caro, le contó morbosamente sobre los aspectos mas crueles del tratamiento.  Gaspar, horrorizado, resolvió que esperaría un tiempo, para someterse a ello cuando acopiara fuerzas.  Pero, de momento, no las empezó a recoger; salió caminando cabizbajo por la larga avenida hacia su casa, imaginando sufrimientos y desdichas, derrumbando gratuitamente el mundo sobre sí y derrumbando también, descuidado, unos botes de basura y varias jardineras.

Entre tanto, su esposa Leticia comenta el caso en su tertulia de amigas, como por tener de qué hablar, y de una vez le llueven toda clase de sugerencias: baños con aguas de no-se-qué, bebidas de frutas exóticas, ungüentos amazónicos…  De vuelta a casa, le propone a Gaspar que se haga todos esos remedios; él le dice que no se va a prestar para esas hechicerías.  “Esas viejas son unas brujas y unas chismosas, ¿sabes qué fueron a decirme el otro día? que estabas saliendo con Alfredo”.  Ella palideció, cambió el tema y no le insistió más en los baños y bebidas.  Le picó el bicho de la desconfianza a Gaspar, se fue a espiarla al día siguiente y confirmó, para su dolor, la infidelidad; pero, por alguna razón, no se resolvió a enfrentar a su mujer.

Leticia siguió preocupada por lo que Gaspar podía estar descubriendo y cambió radicalmente; lo compadeció por su enfermedad, le preparó comidas especiales, le tendió trampas de seducción que no se veían desde los primeros años de casados…  Un día se fue a esperarlo a la salida del trabajo; la recepcionista le anunció que tenía visita femenina, él respondió “dile a Leo que ya bajo”.  Cuando se la encontró de frente se ‘tragó la lengua’ del susto y la saludó trastabillando.  “¿A quién esperabas?   ¿Por qué te asustaste?”  “A tí, mi amor, ¿a quién más?”  “Pues, a esa Leo… ¿Quién es Leo?”  “Ese es un diminutivo de tu nombre; Leticia empieza por Le”  “¿Y de donde sale la o?”  “Es un redondeo, no más; recuerda que nuestro amigo Fernando le dice ‘Teo’ a su esposa Teresa, no te pongas tan desconfiadita”.

Por la noche, hace Gaspar una consulta electrónica de su cuenta bancaria y por poco muere de infarto antes que de cáncer: el saldo no pasa de mil pesos.  “Pero me depositaron el viernes la quincena y ayer la prima y solo he pagado el mercado del sábado. – ¡Leti! ¿Este retiro  de la cuenta es tuyo?”  “Sí, mi amor (ahora sí es un amor), diez mil pesitos”.  “Aquí dice un millón”.  “Eso es un error del banco, tienes que hacer el reclamo”.  “¿Y todas estas compras?”  “Eran cosas necesarias para la casa”.  “¿Una cuenta astronómica de un salón de belleza también es necesidad de la casa?”  “Fue un cortecito de pelo; yo no puedo mantenerme como una escoba”; tienen que estar equivocados en el banco”.  “¡Y qué escándalo esta cuenta de hotel!”  “¿De hotel?  ¡¿Cómo que de hotel?!  ¡Muéstrame!”  Cae en cuenta de algo y replica “¡No, no!  Esto sí es un error del banco”.  No irá al banco a averiguar nada, para que ella no le indague por la cuentecita de hotel…

Al día siguiente, el médico dudó seriamente examinando los resultados de otro paciente: “Yo no creo en estos valores tan normales; el cuadro clínico apunta a otra cosa; averigüe en el laboratorio si no hay algún error o si le pueden repetir el análisis”.  Este se fue a reclamar allí y la laboratorista Berta le anunció la confusión de exámenes y envió las correcciones para el doctor.  La realidad es que Berta, quien sabía de Gaspar, quiso hacerle la maldad porque acababa de descubrir que este era el hombre que andaba en amoríos con su hermanita Leonilde.

También los devaneos con Leonilde eran la causa de que Leticia le hubiera aceptado los reclamos amorosos a otro hombre, para no volver a entregársele al pervertido de su marido.  Al comienzo, lo hizo solo por vengarse en silencio, por chismes de amigas que le aseguraban que él salía con ‘una’, pero indicios de Gaspar y delicias de Alfredo la acercaron más al último, la alejaron del primero y, finalmente, el lapsus de ‘Teo’ y la cuentecita de hotel la afianzaron en su aventura.

Gaspar sale feliz del consultorio el día que va a llevarle todas las autorizaciones al médico y este le dice que no eran necesarias y le explica sobre el ‘error’ del laboratorio.  Mas, al llegar a casa esa noche, su mujer le rinde minucioso informe del hotel donde, no ella, sino él, había estado una noche, en qué fecha fue y con quién pasó su amoroso rato.

Carlos Jaime Noreña

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