jueves, 27 de junio de 2019


AMENAZA EN EL ESPACIO
Relato


Es el año 2040.  El asteroide 2035CJ11 sigue una trayectoria que, a juzgar por los astrónomos, cruzará la órbita de la Tierra.  No ha sido posible determinar si habrá colisión, pues el meteorito hace extraños cambios de rumbo, pero siempre dentro del mismo plano orbital.  Los científicos no han podido hallar la causa de esos cambios, ni han identificado un patrón que permita predecirlos; son completamente aleatorios.  Algún astrónomo ha propuesto un nombre femenino para este cuerpo celeste, por causa de su “comportamiento” y de inmediato le han llovido las más agrias críticas de todas partes del mundo, por su “machismo”.

Lo que sí está claro es una alta probabilidad de choque con nuestro planeta en un plazo de 18 a 19 meses.  Las máximas autoridades aeroespaciales de los países más avanzados en esa tecnología han estado evaluando todas las posibilidades de solución a la inminente catástrofe.  Nunca antes se había visto tanta unidad de objetivos entre los gobiernos de Estados Unidos, Rusia, Unión Europea, Canadá, China, India, Irán, Corea y Japón en pos de una salida apropiada a tan grave problema.  Se comenta que si hubieran ostentado la misma empatía para manejar el problema del hambre en el mundo, ya estaríamos viviendo el cielo en la tierra.

Una opción es fragmentar el cuerpo espacial  en miles de pedazos, muy pequeños y suficientemente lejos de la Tierra, de tal manera que se minimice la posibilidad de que lleguen hasta acá y, si algunos llegan, que ardan en la atmósfera igual a los que ingresan en ella todos los días.  Otra opción es la de “empujar” el asteroide, con explosiones cercanas a él, hacia una nueva órbita.  

Cualquiera de las dos misiones se tendría que llevar a cabo con misiles, pero no hay seguridad de acierto, por los súbitos cambios de trayectoria del monstruo.
Su masa ya ha sido estimada con buena precisión y por lo tanto se puede calcular el volumen necesario de explosivos nucleares, en especial para la primera opción; sobre la segunda, todavía hay diferencias entre los diversos grupos de ingenieros, pero se cree que se podrá llegar a algo confiable.  Lo que los tiene locos a todos es cómo desarrollar los algoritmos necesarios para recalcular sobre la marcha la trayectoria de los misiles cuando se presenten los caprichosos cambios de recorrido del intruso.  Muchísimo más fácil atrapar una bola lanzada con efecto.

Por fin, el resultado de muchos cálculos, innumerables simulaciones y acaloradas discusiones es que no se deben lanzar los misiles desde la Tierra, sino hacer el disparo desde una distancia de diez mil kilómetros del asteroide, es decir, en términos astronómicos, a un paso.  Las correcciones de rumbo se decidirán, entonces, en la nave o naves portadoras de los misiles, pues no se puede incurrir en los retrasos inherentes a examinar la órbita del asteroide desde Tierra y luego enviar la orden de corrección a las naves.

Nueva discusión para elegir entre naves inteligentes y naves tripuladas.  Se considera finalmente que los márgenes y frecuencias de error todavía presentes en la IA hacen riesgoso dejar en sus “manos” la misión y se decide utilizar naves tripuladas.  Se comisiona a Estados Unidos y Rusia para seleccionar los astronautas, por su ya larga tradición de colaboración en vuelos tripulados.

El astronauta norteamericano escogido, Warren White, reconoció a la prensa que su colega rusa era muy atractiva.  Esta, Valentina Yustinova, realmente muy bella, dijo que le habían asignado un compañero de misión muy hermoso y simpático; que un consultorio sentimental no le habría elegido uno mejor para esposo.

–¿Está previsto que se encuentren en la misión o después de ella?  ¿Aprovechará para hacerle ojitos a White?
–Lamentablemente, no está programado. –Respondió secamente.

Los “héroes” fueron lanzados del Centro Espacial Kennedy y de Baikonur en la misma fecha, con horas de diferencia y con rumbos divergentes, pues tenían que seguir dos trayectorias distintas, para aproximarse al asteroide desde puntos casi opuestos y así incrementar el efecto destructivo o bien, si uno fallaba, que fuera poco probable que fallara el otro.  El mundo estuvo expectante y el entusiasmo fue general cuando se informó del éxito de ambos lanzamientos y de su ingreso con precisión a sus respectivas órbitas.
No tardaron en saludarse ambos viajeros, en forma fría y protocolaria al comienzo, pero luego muy cálidamente:

–… (Saludo protocolario)
–… (Respuesta protocolaria)
–Atractiva compañera de aventura, ¿estás lista para lo que se nos deja venir?
–Interesante colega, ojalá se deje venir siempre todo lo bueno.
–Para el planeta será una inmensa dicha.
–Y para nosotros dos también.
–Bueno… No había pensado en eso… Será un maravilloso subproducto.
–Te recomiendo a Jonaas.
–¿Quién es él?
–Toma en cuenta la doble a.
–A ver… ¡Ya caigo!  Premio Abel.
–Por supuesto.  Tienes gran agilidad mental.

El estonio Jonaas Salulaid había ganado el premio Abel de matemáticas seis años antes por la creación de un código que él llamó de autocifrado pleno, porque para cada nuevo valor (mensaje) creaba automáticamente una nueva clave que se transfería junto con el objeto en cuestión a un solo destinatario y solamente este, sin haberla conocido previamente, la podía romper, procedimiento cuya explicación está por fuera de los propósitos de este escrito.

Demoró un poco el gringo para activar un algoritmo basado en código de autocifrado pleno de Jonaas, por su exigencia de semilla inteligente, pero lo logró y comenzó un diálogo que únicamente ellos dos podían leer (con muchos minutos de retraso, por la distancia que los separaba, pero esta dilación le ponía más ansia a la respectiva espera de cada respuesta).

–Hola, bella cosmonauta.
–Hola, guapo astronauta.  ¿Por qué te tenían que asignar a mi misión?
–¿“Tu” misión?
–No empecemos a discutir.  No lo decía en sentido posesivo.
–Tienes razón.  Vale la pena poseer algo mucho más valioso.
–Si poseer viene de tomar posesión, no me interesa.
–Lo digo en el sentido de poseer una esperanza.
–Ya comprendo.  Pienso lo mismo.
–Dime qué esperanza tengo de tomar un café contigo después de la destrucción de la que seremos culpables.
–Café con brandy, porque será todo un brindis.
–¡Enhorabuena!  Veo que mis deseos se cumplirán.
–Y ya nos están saboteando la plática desde Tierra pidiéndonos informes.  
–¡Qué insistencia!  Continuaremos dentro de un rato.

La tediosa misión de once meses siguió su marcha, pero los dos astronautas tenían el aliciente de sus charlas, a veces muy largas porque estaban muy compenetrados; se trataba, sencillamente de otro de esos amores por red; una red de solo dos puntos.  Por supuesto que ambos tenían un intenso programa de actividades, trazado por sus agencias espaciales, con gimnasia, observación astronómica, fotografía, experimentos a bordo, comunicaciones con Tierra y solución de problemas y crucigramas.  Casi todos los ratos libres los dedicaban a sus conversaciones, pero aun les quedaba tiempo para pintar y escribir versos, ella, y ensayarse en la redacción de cuentos, él.

Se va llegando la hora, ya se le han aproximado, cada uno, a unos 250.000 kilómetros por lados opuestos.  Sorpresivamente el asteroide hace explosión y se fragmenta en millones de pedazos.  Se sienten bruscamente sacudidos, por las perturbaciones gravitacionales generadas, pero no pierden el control.  La comunicación sí se pierde, pero no tienen tiempo de intentarla porque detectan que algunas rocas inmensas y ardientes se dirigen hacia ellos; ambos logran dispararles para destruirlas y momentáneamente sienten el rumbo perdido.

Cuando logran eludir todos los bólidos y comunicarse de nuevo entre sí (todavía está perdida la conexión con Tierra) deciden modificar sus respectivas órbitas para encontrar un camino expedito de regreso en el que puedan estar muy cercanos entre sí.  Cuando logran ese acercamiento, reciben la orden de seguir a uno de los fragmentos mayores, que va directo a la Tierra y destruirlo lo más pronto posible.  Ellos, decepcionados pero obedientes, acuerdan seguir dos trayectorias diferentes para tener mayor probabilidad de éxito.  Al llegar a la distancia apropiada, dispara él primero, según habían convenido, y acierta; pero uno de los nuevos fragmentos pasa rozando la nave de la rusa y la lanza lejos de su trayectoria.

El americano hace infructuosos intentos por comunicarse con ella y tampoco logra localizarla con sus instrumentos; recibe la orden de continuar su camino a Tierra, que ya se encargarán, desde todo el planeta, de encontrarla y prestarle la ayuda posible.  Warren sufre mucho durante los dos meses de recorrido sin información alguna sobre Valentina y ya piensa que la pobre mujer quedó vagando ad infinitum por el éter.

Cuando White está cercano a ingresar a la atmósfera recibe la buena noticia: ella pudo calcular una trayectoria de regreso, tuvo éxito en restablecer comunicación con su centro espacial y también está próxima a ingresar.  La cosmonauta logra aterrizar en las estepas rusas y él, en el desierto de Mojave, en California.

Paradójicamente estaban más cercanos uno al otro en el espacio que en la Tierra.  El revuelo de los periodistas, la cuarentena, la presentación de informes, no les han permitido moverse de sus respectivas bases y casi ni comunicarse.  Quieren verse; en sus declaraciones ante la TV lo dejan saber abiertamente.  Los respectivos presidentes manifiestan ante los micrófonos su “satisfacción” por esta relación que consideran una buena expresión del “acercamiento entre los pueblos”; pero parece que el viaje para reencontrarse va a ser más complicado que su travesía por el espacio, por las trabas que les ponen, unas tras otras, las burocracias de ambos países.  Es más fácil conquistar el espacio que conseguir moverse libremente en la Tierra.
Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com

domingo, 23 de junio de 2019



SEGUIR UNA LUZ
Relato




Eugenio se aliena con frecuencia; fuma de esa hierba; sus trabas son cada vez peores y su familia no sabe qué hacer por él. Tenía una enamorada y la dejó sin causa aparente; tal vez la perdió por dedicarle más tiempo a su vicio. Sus amigos lo rodean para tratar de alejarlo de su adicción, pero él no se deja ayudar. Parece que prefiere quedarse sin amigos.

Un día, llega a la tertulia muy fresco, muy lúcido y con un aire de alegría.

–¡Hola, Eugenio! ¿Por qué estás hoy tan distinto? Siempre llegas sombrío y hoy te vemos muy bien y muy contento.
–He visto una luz resplandeciente, deslumbrante, y la he seguido. Por eso me ven así.  Salí cambiado, soy otro. La Luz ha hecho milagros conmigo.
–(La traba de este, hoy, es diferente. ¿Qué estará consumiendo?).

Otro día, sus camaradas le inquieren por los cambios que han notado en él; están muy intrigados; tiene días en que está completamente lúcido, despierto y animado; con iniciativas, con ganas de trabajar; eso les gusta mucho, pero no lo entienden.

–Cuando me siento mal, voy en busca de la luz; la luz me inunda y me fortalece. Ya les dije que salgo cambiado, que me siento otro.

El muchacho sigue en franca mejoría; su familia está feliz porque ha retomado en serio sus estudios y ha empezado a dar buen rendimiento. Sus amistades le preguntan si es que todavía sigue la luz.

–Ella nunca pierde el brillo, nunca tiene sombras, siempre es radiante y cálida; me acoge dulcemente y me hace sentir dichoso.

A pesar de todo, Eugenio recae al poco tiempo; otra vez perdido, taciturno, de mala cara, de trato hosco. Su familia y amigos se descorazonan; estaban muy ilusionados; ahora piensan que el muchacho no tiene salvación. Un día llegan a casa dos amigos a avisarle que unos agentes de policía lo están buscando.

–Voy a refugiarme en mi luz –y se va corriendo.

Reaparece al cabo de tres días y, por toda explicación dice…

–Seguí la luz y encontré amparo.

Lo positivo es que no vuelve a la droga. Él dice que se lo debe a la luz, sin más
explicaciones. Pasan los días, pasan los meses y el muchacho sigue muy dedicado, termina su bachillerato, empieza a trabajar y todo va muy bien. Un día anuncia que se va a casar; convoca a todos en casa en cierta fecha, para que conozcan a su novia y llegado el día aparece del brazo de una hermosa mujer…

–Les presento a Luz Amparo.


domingo, 9 de junio de 2019


JOHNNY
Relato


Le gusta que le digan Johnny, pero se llama Juan.  Es un pintoresco asistente a la tertulia literaria a la que voy con unos amigos; es de mediana edad, pero aparenta ser más viejo, por su exigua salud y siempre va descuidadamente afeitado, mal vestido, con ropa muy usada y mal cuidada.  Cuando le dan la palabra dice cualquier incoherencia y cuando solicitan el pequeño trabajo asignado en la sesión anterior, siempre tiene una disculpa para no entregarlo.  Pero es sonriente, amistoso y conversador y se ha hecho al cariño de todos, que incluso le facilitan copias del texto de trabajo, pues nunca tiene con que comprarlo o sacarle una copia.

En lo poco que ha contado sobre su vida personal, ha dado a entender que es muy solitario y que no le atrae la idea de buscar trabajo, pues esa esclavitud no va con su talante “intelectual”.  Siempre está con libros viejos y revistas ajadas bajo el brazo, como para confirmar esa categoría, y si le inquieren sobre su contenido sale con un galimatías.  En una ocasión que le pidieron mostrar los ejemplares, se negó rotundamente.

Se mete en todas las actividades que no tienen costo.  Se inscribió en una de acuarela, donde siempre promete que comprará elementos y entre tanto le prestan paleta y pinceles, una y otra vez.  En el curso de inglés, pronuncia letra por letra y no le valen todas las indicaciones de la profesora; cuando hay que hacer ejercicios, se une al mejor del grupo, para que le dé las respuestas.  Va a los aeróbicos matinales de los domingos, siempre con su eterna ropa sucia de calle y sus zapatos rotos; algunos asiduos le insisten en llevar ropa ligera y tenis, para siempre recibir por respuesta que un amigo le prometió que se los regalaría “un día de estos”.

Cuando en Inglés o Acuarela recogen para un piscolabis colectivo, él nunca tiene dinero, pero sí traga de lo que se consume.  Le han ido cogiendo fastidio y lo esquivan por fuera de clase.  En una ocasión, una compañera que va en su vehículo para el curso, lo ve por la calle, no lo recoge y lleva el carro adrede hacia un charco, para salpicarlo.  Él la distingue a ella y ella nota que él se dio cuenta, mas no siente ningún remordimiento.

Un domingo, la plataforma de aeróbicos está con varias tablas sueltas; el hombre pide un martillo y se pone en acción, la deja firme y todos pueden disfrutar de la actividad.  Allí, siempre recoge todas las basuras, igual que en la tertulia y en las clases de salón.  El hombre es de buen corazón y de mucho sentido cívico.  En una ocasión, llegando a clase de inglés, Josefina, que acostumbra llevar su perrito, pide auxilio porque el animal está atragantado.  Johnny, con fría calma, le abre las fauces y le extrae una astilla de hueso.

Otro día, en plena clase, Félix sufre un desmayo, le aflojan las ropas e intentan darle agua, mas no responde.  Johnny se abre paso y ante la mirada incrédula de todos, se luce con un masaje cardíaco que revive al desgraciado.  Este se deshace en agradecimientos y le pide que lo acompañe en la ambulancia, que ya fue llamada.

En fin, otras acciones generosas y espontáneas del hombre le cambian los corazones a sus accidentales compañeros  y, en algún momento,  la Josefina, que ahora sí tiene complejo de culpa, los mueve a organizar una celebración para Johnny, aprovechando que se enteraron por casualidad de su fecha próxima.  Recogen el dinero y Josefina y Félix se encargan de adquirir la torta y demás consumos y de organizar el salón.  Finalmente, le hacen saber que el día de su cumpleaños se lo celebrarán en la clase de acuarela como una manifestación de gratitud.

Los organizadores, sabedores de su asidua asistencia a otras actividades, se ponen en la tarea de convidar a todos los inscritos en ellas, para que el homenaje al hombrecito salga mucho más pomposo.  Todos prometen asistir y efectivamente allí llegan el día señalado.  Diez minutos después de la hora, empiezan a preocuparse, pero algunos les recuerdan que Johnny no es nada puntual; podrá llegar a la media hora o a los tres cuartos.  Finalmente, todos tienen que consumir el banquete, sin cantar el happy birthday, y rifan entre ellos el regalito que le tenían comprado al Johnny, quien a partir de ese día no volvió a ninguna de las actividades.

Carlos Jaime Noreña
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jueves, 9 de mayo de 2019


EL ZAPATO COMPAÑERO

Relato


Sergio Andrés perdió un zapato y estaba muy contrariado.  Había dejado el par sobre el alféizar de la ventana para secarlo al aire, porque estaba humedecido por una llovizna que tuvo que soportar llegando a casa.  No aceptaba la idea de no poder ponerse ese par de tenis de marca que le costó un dineral hacía apenas un mes y que gustaba de lucir vanidoso ante las chicas y los amigos.

–Puede haberse caído afuera –le dijo su hermanita.

Salió a buscar en la zona verde bajo la ventana, sin éxito.  ¿Dónde más podría estar?  ¡Ah!  La mamá acostumbraba llevarse al cuarto útil, en el sótano, todos los elementos que él dejaba por ahí tirados; buscó la llave y se fue a esculcar en el dichoso rincón, pero solo se topó con objetos viejos, como aquel aparato de videojuegos que tanto disfrutó a sus trece años y que luego fue relegado para adquirir uno más novedoso que imponía la sociedad de consumo.

–¿Para qué quiero más esto?  Lo voy a regalar a Fernando, que es pobre y ni siquiera uno de estos ha podido tener.

Le confesó a la madre la pérdida de la prenda y le inquirió si se la había escondido en otro lugar, en su manía por el orden.

–Lo mío no es manía, es disciplina, que quiero que ustedes también aprendan; y si los zapatos estaban bien colocados, secándose, no habría visto eso como un desorden y no necesitaría aplicarte el acostumbrado correctivo.
–Entonces, ¿dónde puede estar el ridículo zapato?
–No eran nada ridículos cuando te dio la fiebre por adquirirlos.  ¿No sería que Rufo se llevó esa “garra” para aumentar su tesoro?

El perro de Esperanza, su hermanita, acostumbraba robarse algunos objetos y llevarlos al rincón más oscuro de su casita.  Lo que era útil, se lo retiraban y le daban una reprimenda pero, con lo que quedaba, estaba acumulando un preciado tesoro.  Se fue Sergio Andrés, linterna en mano, a revisar la guarida del intruso, el que pareció entender la sugerencia de la mamá y se puso alerta para no dejarse despojar.  Debió llamar a Esperancita para que se hiciera cargo del animal, que se había adelantado a meterse en la casita y le mostraba los dientes para que no introdujera la mano.  Sin embargo, el valioso zapato tampoco apareció allí.

Salió aburrido el muchacho para el colegio, caminando lento y con una sola imagen en la cabeza, porque lo que perdemos se queda con nosotros; nos persigue a mañana, tarde y noche.  Suspiraba y se miraba con desgano los zapatos “viejos”, de siete meses de uso.  En el primer descanso, le entró llamada de la mamá y se alegró pensando en una buena noticia.

–Voy a aprovechar que hace días no limpio bien debajo de tu cama; muevo todas esas cajas que mantienes ahí, para aspirar a fondo, y quizás encuentre tu zapato.
–Yo nunca meto los zapatos debajo de la cama.
–Ustedes siempre lo ven todo muy simple.  Deducciones a lo Sherlock Holmes; “si el señor X nunca ponía los zapatos bajo la cama, el zapato hallado debajo de la cama pertenece al asesino”.  Te informaré si lo encuentro.

Intento fallido.  En lugar del tenis, apareció una media que había dejado muy triste a su compañerita nona.  También se topó con la caja de un rompecabezas de 5000 piezas, otrora fascinación del chico, ahora llena de polvo.  Le preguntó qué hacer con eso y él le respondió que podía regalárselo al primito José Elías, que andaba entusiasmado con los rompecabezas.

Una semana después, su amiga Magdalena le dijo que había visto su zapato.

–¡¿Cómo puede ser?!  ¿En dónde?
–En el sitio más increíble, pero más natural, que puedas imaginar.  ¿No das?
–Ahora no estoy resolviendo adivinanzas.
–¡Huy, qué humor!  Vi tu zapato en un pie.
–¿En el pie de quién?  ¡Voy y le arranco mi zapato; con pie y todo!
–Del vago que ronda por el barrio.  El que duerme en los antejardines, en el separador central de la avenida…
–¿El de los calzones anchos, amarrados con una cabuya?
–Ese mismo.  Tiene otro tenis muy distinto en el otro pie, pero se contonea orgulloso luciendo sus zapatos de marca.  ¡Y no me vengas a decir que te robó el tenis!  Lo encontró en la calle, tiene derecho a quedárselo.

Ahora el problema se convirtió en un reto moral para el muchacho; ¿descalzar a un miserable?  ¿Qué podría hacer para recuperar su zapato?  Lo discutió con Magdalena y a ella se le ocurrió que le ofreciera compra; por el valor de un desayuno, el hombre le entregaría el tenis y el muchacho quedaría libre de remordimientos.  El día siguiente se fue a buscarlo.

–Oiga, hombre, le compro el tenis izquierdo por cinco mil pesos; es para juntarlo con uno derecho que tengo igualito a ese, porque el compañero se me rompió.  
–Yo le compro más bien el suyo con siete mil que llevo recogidos hoy.  Me quedo sin comer, pero ¡qué importa!  Se justifica para lucir buena pinta.

Esperó hasta el día siguiente y regresó para ofrecerle diez mil pesos.

–Anoche me fue bien cuidando carros y recogí con que darle veinte mil.  Después veré cómo como.

Se conmovió el chico, fue a casa por el zapato y se lo regaló al indigente.  Regresó con los ojos encharcados, no se sabe si por compasión o por haber perdido definitivamente su precioso par de tenis.



Carlos Jaime Noreña
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lunes, 29 de abril de 2019



TODOS LOS VIAJES
Relato


Viajar es conseguirse otro mundo.  Eduardo disfrutaba mucho de sus viajes porque a cada uno le ponía toda el alma; no los tomaba como una obligación ni como una mera necesidad de descansar.  Él se tomaba cada viaje, de trabajo o de vacaciones, como una oportunidad de ampliar su geografía personal y de agrandar su espíritu.

De chico, cuando sus padres lo llevaban de paseo a una ciudad vecina, sentía una exquisita tibieza y amplitud de miras; encontraba que la amabilidad de la gente no era una cualidad exclusiva de su patria chica; veía que todo era “parecido pero distinto” y con ello aprendió que moverse es buscar el cambio.  Ese cambio se perfiló claramente en su primer paseo a la capital de la república; la gran ciudad parecía no tener límites; el tímido provinciano encontró múltiples oportunidades de movimiento, amplia oferta cultural, ilimitadas vistas urbanas; comprendió por qué la gran urbe devora a las personas.

El día que tuvo la oportunidad de ascender hasta el majestuoso nevado que dominaba su región sintió un arrobamiento que solo sería igualado un tiempo después, cuando conociera el mar.  Pisando la nieve, tomándola a puñados, observando los carámbanos de hielo, comprendió el significado de la primera página de aquella obra cumbre de la literatura en lengua española, donde el coronel hace una remembranza de esa forma caprichosa y bella del elemento, escondida del alcance humano, símbolo de lo inalcanzable por alcanzar.

A la otra forma del agua, también glorificada por este autor nacido en sus dominios, tuvo la dicha de conocerla en una excursión juvenil, en la que hizo su primer vuelo en avión.  Un mar enturbiado por las sucias aguas del otrora imponente río de la patria fue el encargado de darle la bienvenida a Eduardo a esa otra mitad del mundo, que lo mantendría fascinado por el resto de su vida.  El día siguiente, lo pudo observar en su majestad azul verdosa, engalanada con crespos blancos, bajo un sol lujurioso, y le juró amor eterno.

Ese vuelo a la ciudad costera, sin sentir ni lo mínimo del temor que todos predicaban, disfrutando con sus camaradas, correteando por los pasillos de la nave, le hizo saber que había nacido para viajar, que nada lo haría retroceder.  De hecho, siempre disfrutaría con plenitud esa teleportación mágica que le ofrecían las máquinas aladas, así se sacudieran en medio de las tormentas, así se debieran quedar largos ratos en el aire, esperando no sé qué condiciones favorables o no sé qué oportunidad de precipitarse vertiginosamente a tierra.

Después se fue a buscar el verde sin azul del océano de vegetación que se extendía incontables kilómetros más allá de su terruño.  Fuertes ondulaciones inmóviles, como grandes olas a las que un extraño dios hubiera condenado a la quietud.  Le encantó viajar a través de esos territorios, por carreteras estrechas y polvorientas, donde su nada estrecha mente se embelesó contemplando las casitas de la vera del camino, con paredes de múltiples colores y adornadas de macetas floridas; los sembrados que las circundaban; el ganado paciendo en las colinas; los bosques montaña arriba.  Continuó absorto, siempre mirando a través de la ventanilla, en comunión con su querida tierra.  Vio dragones sobresalir de los innumerables guaduales, amenazando con una invasión, pero lo tranquilizaron los ángeles guerreros que en las nubes estaban vigilantes para responder al menor avance.

Siguió haciendo estos viajes porque llegar a un pueblo o ciudad situado en el extremo del eterno carreteable era coronar una conquista para empezar otra: calles, plazas, templos, edificios, cafés, mercados, mujeres de ojos de chocolate y fascinante caminado; también nuevo clima, nuevas costumbres, nuevos temores.  Si llegaba a donde amigos o parientes, se les entregaba; dejaba que hicieran con él lo que quisieran; pero les extraía todo el conocimiento posible y no pocas veces los ponía a descubrir el ambiente en que vivían, el que nunca se habían detenido a estudiar.

Salir de un nuevo lugar, acabado de conocer, era para Eduardo como salir de un relajante baño tibio, como culminar una exquisita cena, como llegar al final agotador y gratificante de un acto de amor.  También significaba ansiar un regreso, porque recordaba que “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

El salto a Europa, para realizar sus estudios superiores, significó disfrutar de múltiples recorridos que le supieron a abolengo, en los viejos palacios; a eternidad, en las catedrales; a paz, en las callejuelas; a libertad, en las amplias plazas; a cultura siempre viva, en los museos; a música perenne, en los teatros; a permanencia, en los amplios ríos; a belleza, en los parques naturales; a ignominia, en los viejos campos de concentración; a injusticia, en las esquinas llenas de inmigrantes; a decadencia, en las plazas llenas de manifestantes.  Los trenes que raudos lo llevaban le hablaban de la audacia humana para vencer las barreras; le hablaban de la riqueza de la tierra, aquí recostada esperando la intervención humana, allí sumisa al agricultor; le decían del eterno retorno de las estaciones; le pregonaban la diversidad de los pueblos; lo invitaban a meditar serenamente durante los largos trayectos.

Llegado a los hoteles, a esos hoteles de bajo costo que él buscaba, cumplía primero el deber autoimpuesto de tomar algunas notas y registrar los lugares y circunstancias de las fotografías; luego, se sumergía en meditaciones, remojadas con un buen vino, cerveza o café, sobre lo vivido en el día; sobre el peso específico de este componente en el total de su existencia; sobre el significado que a las fotografías y relatos le podrían dar sus parientes y amigos, sus futuros hijos, toda su descendencia.  “¿Por qué me apropio de este pedacito de mundo para mí solo?  Quiero compartirlo con todos los míos”.

Entre lo asentado en sus notas, daba particular importancia a la actitud (casi siempre positiva) de las personas que tenían que intervenir en sus movimientos por esas tierras extrañas.  El bávaro gordiflón y colorado que les preguntó en el metro de Munich si necesitaban ayuda para encontrar la ruta correcta; contrapuesto al hosco alemán que, en otra ciudad, los persiguió con un revólver porque no le gustó su hablado y su raza.  El griego del puesto fronterizo que, al revisarle el pasaporte, le habló en español porque le gustaba mucho estudiar nuestro idioma; contrapuesto al francés de un ventorrillo, también de frontera, que los trató de engreídos y soberbios porque intentaron hablarle en francés y se enredaron.  El conductor de tranvía croata que, cuando estaban un poco extraviados en su ciudad y nadie les respondía en los idiomas que intentaron, les dijo que él había trabajado en Alemania y, no solo les dio las indicaciones que necesitaban, sino que les propuso que, si esperaban quince minutos, para él terminar su turno, les haría una guía en alemán por la ciudad; el conductor de taxi ateniense que les indicó, prácticamente por señas, cómo llegar a un taller de automóviles para revisar una pequeña falla. 

Cuando recorrió Suramérica, lo conmovieron los gestos de los indígenas ecuatorianos que pasaban en una folclórica procesión al borde de la laguna de Yambo y les dieron a probar del aguardiente que llevaban en sus botijas; de la estudiante chilena que se pasó de su parada de bus para indicarles dónde apearse y qué camino seguir.

En alguna tertulia, le preguntaron por qué hablaba tanto de sus viajes, por qué mandaba tantas fotos.  Dijo que el estar en otros países, otros continentes, le inflamaba su espíritu, le ponía más horizontes a su mente, lo obligaba a modificar sus patrones de medición, no solo del dinero o de las distancias, también de la estampa del otro y del significado de los entornos.  Su terruño, su patria, se le hacían más grandes y más pequeños, más fríos y más cálidos, más cercanos y más lejanos, más propios y más ajenos.  Dijo que el caminar se le volvió el ejercicio más enriquecedor; que caminando aprendió a mirar viendo, a oír escuchando, a soñar conociendo.  Confesó que, al aprender idiomas con el propósito de entenderse cabalmente con los naturales de cada lugar visitado, se dio cuenta de que cada lengua es otro universo; que, con Flora Lewis, entendió que “Learning another language is not only learning different words for the same things, but learning another way to think about things”.

Unos amigos lo invitaron a una “experiencia diferente”, un viaje astral.  Allí, en medio de suaves aromas y siguiendo las pautas del guía, experimentó sensaciones placenteras, visitó lugares llenos de objetos deslumbrantes, habló y entró en contacto con seres bellos y serenos.  Extasiado, asistió a una segunda cita; después de esta, descubrió que fue drogado; el “incienso” ardiente que producía el aroma arrobador era marihuana o una hierba similar y la refrescante bebida, muy gustosa y adictiva, contenía algún estupefaciente.  Furioso, les dio un plantón a aquellos amigos y jamás volvió por allí.

Cualquier día, Eduardo se entusiasmó por los viajes espaciales privados; hizo contactos con esas compañías que están llevando excéntrico millonarios a recorrer órbitas alrededor de la Tierra; una de las posibilidades que encontró fue la de Virgin Galactic, con una tarifa prevista de 250000 dólares por el “paseíto”.  En su obstinación, empezó a ahorrar hasta en la alimentación, para tener un fondo que le permitiera, con un préstamo adicional, pagarse el ansiado viaje.  Estaba fascinado imaginando ver la Tierra desde el espacio; contemplar ese profundo azul salpicado de nubes, observar los continentes, los hielos polares, las luces nocturnas de las ciudades.  No hacía caso a sus parientes y amigos, que le advirtieron del costo de esta locura, de lo empeñado que quedaría de por vida, lo que no le permitiría volver a pagarse un solo viaje.  Él les respondía que después de ese extraordinario “secuestro espacial”, no le dolería privarse de otros recorridos “comunes y corrientes”.

Empezó los trámites con la compañía, pero los vientos de guerra entre Rusia y Estados Unidos, por la intervención de este último en un país vecino para “neutralizar” las bases instaladas por aquel otro, han conllevado una suspensión de todos los vuelos no militares por el espacio y dejan pendiente el sueño de Eduardo hasta que se resuelva la crisis.  Si es que se resuelve pacíficamente…

Carlos Jaime Noreña
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martes, 16 de abril de 2019

YOVANY ALQUILA-TODO
Relato


El nombre de Yovany Esthiven (sic) delata su origen humilde; vive en uno de esos lejanos barrios de bajo estrato, donde los padres dan a los bebés nombres extranjeros que los seducen por su sonoridad y, además, siempre compuestos, en unas combinaciones bastante llamativas, y registrados con la más atrevida ortografía.

El muchacho tiene una bicicleta vieja y desalineada, pero le saca provecho
alquilándola a sus vecinitos, a quienes la vida les ha negado el gusto de poseer una. Ahorra el dinero para comprarse una bicicleta nueva, hasta que por fin lo logra. Entonces, se desplaza todos los días a otro barrio de la ciudad, donde la alquila a universitarios que deberían llegar caminando hasta su institución o a chicos, chicas, en disfrute de exquisito ocio, que quieren darse una vueltecita.

Un terrible día, la ciudad establece el sistema de bicicletas en préstamo, denominado Con-Cicla, que tiene amplia cobertura y nuestro querido amigo se queda sin clientela. Echando cabeza sobre algún otro objeto que sirva para el disfrute de la gente, se le ocurre hablar con un conocido suyo que trabaja con imagen y sonido para que le reproduzca copias de películas exitosas y hace negocio alquilándolas, pero le dura poco tiempo la dicha, pues se generaliza la
venta de copias piratas a muy bajo precio y además entra el negocio del streaming.

Dentro del nuevo ocio forzoso, se va un domingo a quemar tiempo en un parque
natural cercano, donde nota que muchas personas sufren con el castigo del sol por haber olvidado traerse una gorra. Monta entonces el lucrativo negocio de alquiler de gorras a los paseantes, en que no se dan pérdidas de inventario porque la generalidad de las personas hacen de buena gana la devolución y porque, además, el parque tiene una entrada y salida única, por teleférico, y al chico le es fácil quedarse allí esperando el retorno del público.

El negocio es lucrativo solo los fines de semana, pero en los días laborales tiene
Yovany Esthiven otra fuente de ingresos: en eventos masivos, en estadios y coliseos, que siempre hay dos o tres en la semana, alquila prácticos cojines para evitar el sufrimiento de las nobles partes traseras condenadas al pavimento. Aquí tiene que esmerarse más en la recuperación; tiene que recorrer las graderías cuando faltan pocos minutos para la terminación del espectáculo, pero
no se le pierden muchos cojincitos.

Nuevamente se le esfuma la clientela al muchacho cuando a la gran compañía
aseguradora se le ocurre la fabulosa idea de distribuir gratuitamente gorras, viseras y cojines en las entradas de sitios de afluencia pública, con el lema “Esto te asegura contra incomodidad y lesiones. Nosotros te aseguramos contra muchas otras amenazas”.

No se da por vencido; “estos tontos no piensan en riesgos más importantes; no
regalan bastones”; y se planta en un andén de la avenida más caótica de la ciudad con un tarro lleno de bastones. ¿Qué será su locura? Cuando llegan personas temerosas de cruzar, las convence de usar el bastón (“por una suma ridícula”) para que los conductores les den paso, y que le dejen el bordón tirado al otro lado, que ya él lo recogerá. Por supuesto que le sirve de perlas el caos del tráfico de la desorganizada ciudad, donde no hay semáforos peatonales y los
escasos pasos de cebra no son respetados por los alocados conductores; solo los minusválidos despiertan alguna mínima consideración.

Empiezan a proliferar los semáforos para peatones y para ciegos y los pasos de cebra y el muchacho ve menguar rápidamente sus ingresos. Por casualidad, se encuentra un vestido de hombre en un depósito de reciclaje y se lo lleva a casa; le pide a su mamá que lo limpie bien y se va a ofrecérselo a su amigo John Jairo, quien debe ir a una entrevista de trabajo. Este le dice que no se lo puede comprar, que se lo alquile; transan un precio, John Jairo sale bien librado en su
entrevista y Yovany Esthiven recupera el traje que, tras una fácil cepillada, queda en condicionesde servicio y al día siguiente se va a ofrecerlo por el barrio. 

Se lo toma Rigoberto después de un forcejeo, pues el muchacho teme que este maloso no le pague y, además, se le quede con él. Alguna promesa convincente le hizo Rigoberto para que se lo dejara llevar y, muy cumplidamente, se lo retornó al día siguiente. Al preguntarle para que necesitaba un “cachaco”
de noche, le respondió que de esta manera hacía más fácil su “trabajo”, porque bien vestido no inspiraba desconfianza; que lo iba a seguir necesitando todas las noches.

Pero al día siguiente realizaron una batida policial en la cuadra; parecía que venían por Rigoberto y este le rogó al chico que lo escondiera; tras unos segundos de reflexión, se lo llevó a un lote donde había unas ruinas de una vieja construcción y lo condujo a través de un túnel que los llevó a una gruta
recóndita, donde le aconsejó quedarse hasta que volviera por él.

Al cabo de un par de horas, los “tombos” tuvieron que desistir de la búsqueda y
Yovany Esthiven, después de este exitazo, montó la nueva “línea” de escondites para los muchachos en aprietos con la ley. Daba cobijo a los que eran perseguidos por distribuir marihuana, por raponazos, por entrarse a casas ajenas… Recaudaba buen dinero, pero también le fue creciendo la cartera morosa. Un día, uno de los morosos le trajo a su hermanita como prenda de garantía; “puedes pasar un buen rato con ella – yo ya le di instrucciones”. No fue capaz de respetar, Yovany; ya metido en la senda de lo indebido, se aprovechó de la chica; claro que empezó con suavidad, pero solo por conseguir acceso con más facilidad. El “programa” no le disgustó a ella; parecía que ya había hecho algunos pinitos en esas actividades.

Antes de dejar ir a la muchacha, le indagó por sus amiguitas; le preguntó si ellas también podían “colaborar” de la misma manera que ella y si eran “bien bonitas, como tú”. Se comprometió a presentarle algunas el día siguiente y Yovany se quedó frotándose las manos; ya estaba concibiendo los detalles de una nueva “empresa”.

Una vez conocidas las candidatas y habiéndolas convencido de su plan, consiguió un par de camastros y los llevó a dos de los escondites; los cubrió con unos buenos tendidos y dotó los sitios con otros elementos necesarios para el tipo de encuentros que propiciaría allí. Muy pronto empezó a conseguir la clientela entre todos los malandrines que componían su círculo de conocidos, a quienes les hacía el cobro por adelantado y así no perdía un solo peso, como sí había estado perdiendo en la ocupación original de los escondites.

El chico que empezó alquilando bicicletas terminó “alquilando compañías”, lo que veía como un negocio muy normal, dentro de la escala de valores que se fue autoconstruyendo, sin la orientación de unos padres que lo descuidaron, la guía de unos maestros que no lo trataron como ser humano, las pautas de una sociedad diluida en el facilismo y el afán de lucro.




Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

lunes, 8 de abril de 2019


ADRIANA SABE CÓMO ES LA COSA
Relato


Adriana ha presentado dos renuncias:  Acaba de anunciar su retiro de la empresa donde lleva tres años como asesora profesional en auditoría; ha tomado esta decisión porque el gerente la tiene amenazada de revelar un secreto amoroso suyo, en retaliación porque ella le renunció al equipo profesional de basket ball que él también dirige.  Esta otra renuncia se motivó en que le descubrió al hombre sucios acosos pasionales a jugadoras compañeras suyas.

Con esto, la chica queda en la calle, en medio del actual marasmo económico nacional y el alto desempleo profesional; pero ella pone por delante su integridad personal y su sentido de la justicia y no se alarma, porque está segura de que, con sus capacidades y su arrojo, pronto encontrará buenas oportunidades. 

Es larga la historia de sus encontrones con la mediocridad, la falsedad, la imposición y la corrupción.  Durante la secundaria la preocupaba la mala calidad de muchos profesores.   Acusó a uno que los ponía a hacer tonterías toda la hora y a otro que inventaba datos cuando ignoraba algún tema y por poco la expulsan del colegio.  Además, en el equipo de basket ball, el entrenador, amigo de uno de los profesores de marras, se la puso difícil.  En la premiación final del décimo grado, no la tomaron en cuenta para el otorgamiento de reconocimientos, a pesar de que era una de las más destacadas de su grupo.

En el último grado, ingresó a jugar a la liga departamental.  Allí, pronto descubrió  que los pequeños auxilios concedidos para uniformes y balones se utilizaban para pagar comilonas de los directivos y se retiró decepcionada.  

Terminando bachillerato, eligió una universidad de la capital por el prestigio de los egresados de su carrera preferida.  Su padre se quiso oponer…

–No te me vas.  Esa ciudad es la perdición; allá te corrompen.
–Es que no tengo personalidad?
–Amparo Grajales tiene mucha personalidad y es una p…
–¡Qué descaro!  No califiques así a las personas que salen adelante con lo suyo.

Ganó el pulso la muchacha, pero el viejo la sometió a estrechez económica.  En la universidad, pudo volver a su deporte y no vio indicios de malos manejos.   Pero en algún momento volvió a tener motivos de inquietud con los profesores.  El de Estadística venía como cada dos semanas a clase;  les asignaba trabajos fáciles, para que todos ganaran y no lo acusaran.  El de Costos, un conquistador; unas le ganaban porque lo complacían; ella, muy buena estudiante, no tenía que prestarle atención al tipo ese.  En cambio, consiguió limpiamente una monitoría en otro curso, que le ayudaba a cubrir algunos gastos.

Comentando con los compañeros sobre aquellos docentes, fue invitada a unas reuniones donde supuestamente se trataría el asunto.  Allí, Eutimio y sus fieles seguidores empezaron a llenarle la cabeza con que los profesores burgueses contribuían a la reproducción del modelo dominante; la universidad como aparato ideológico; la necesaria unión de los explotados para derrumbar el sistema…

No tardó Eutimio en empezar a acosarla; ante sus rechazos…

–Tienes que despojarte de esa moral burguesa.
–Usted solo quiere despojarme de la ropa.  A mí no me vuelva a molestar.
–Todavía te falta mucha cartilla, hijita-de-papi.

En una ocasión  lo pilló robando de los fondos comunes del grupo; resolvió, entonces, no regresar al adoctrinamiento y el pelafustán no se atrevió a presionarla; por fin la dejó en paz.

Le tocó buscar trabajo por horas, pues su padre le reducía cada vez más los aportes.  En una entidad estatal le dieron un empleo, con el compromiso de pasar una cuota quincenal a un funcionario “para gastos del directorio”.  Soportó esto porque necesitaba dinero, pero estuvo haciendo denuncias soterradas.  Cuando finalmente fueron sancionados dos de los corruptos, juraron tomar desquite de la denunciante, cuyo nombre adivinaban a través de ciertos indicios.

Para su trabajo de grado, se buscó un director que tuviera excelente formación académica y una buena práctica empresarial.  El asesor del trabajo, doctor Peñaranda, se lo asignaron en la universidad y le gustó mucho por su experiencia.  Apenas comenzando, el director le hizo orientar su trabajo a la solución de cierto problema que parecía muy retador, pero descubrió, un tiempo después, que se trataba de uno específico de su empresa.  Por su parte, el asesor empezó con sus mañas; muy abrazador, muy tocador…  hasta que lo enfrentó y él descaradamente le propuso directamente que saliera con él, si no quería un mal informe.  Con un portazo lo dejó plantado; a la semana siguiente el bandido pidió cambio.

Recién graduada, la llamaron de un equipo profesional; buen dilema se le presentó: trabajar o jugar por un salario pírrico…  Un poco por desespero al no encontrar empleo, un mucho por su pasión por el deporte, decidió aceptar la propuesta del equipo y comenzó a disfrutarlo bastante.  Poco después, Gonzalo Vargas, el subdirector deportivo, le ofreció asesoría en auditoría por honorarios en una empresa que gerenciaba.  Le mejoró la vida, pudo alquilarse un pequeño apartamento y darse algunos gustos.  Poco a poco, el gerente le fue haciendo extrañas sugerencias…

–No pongas tantas objeciones a los movimientos de cartera; el jefe de ese departamento es un viejo muy experimentado y sabe cómo hace las cosas.
–OK.  (Se extraña mucho la chica, pero tiene que obedecer).
–No vigiles las cuentas por pagar de más de 90 días; yo sé por qué las dejo envejecer.
–Como diga, señor.  (Entra en estado de alerta).

Unas semanas después, estalló un escándalo en el equipo, de acoso sexual del director a uno de los auxiliares, un muchacho bonito y débil; después de la destitución, fue ascendido el subdirector Vargas y Adriana lo felicitó efusivamente.  Pero no había pasado un mes cuando ella se enteró de que él estaba enamorando a dos de las jugadoras y dándoles ciertas preferencias a cambio de sus “favores”.  Lo confrontó entonces; el hombre la amenazó con no incluirla en la titular del campeonato por iniciarse; ella le presentó renuncia.

En la empresa, el lunes siguiente, fue llamada a gerencia.  El Vargas fue al grano de inmediato.

–El doctor Peñaranda, miembro de nuestra junta directiva me ha hablado de tí.  No le gustas.
–¿Él qué puede tener conmigo?  (Palideciendo).
–Lo ignoro.  Quiere que te reemplacemos, pero te propongo un negocio: cállate algo que sabes del equipo y yo te protejo de Peñaranda.
–No le temo a usted ni a ese acosador.  Creo que ya me decidí a formular cierta denuncia que me tenía vacilante.
—Oye linda, yo puedo hacer saber de tu novio y tu familia detalles interesantes de  aquella situación en que te encontré hace poco en la oficina con uno de los de sistemas.

El hecho es que a la chica le fascinaba uno de los analistas, quien parecía no prestarle atención; pero un día él se le presentó en su oficina, muy sugerente; ella le aceptó conversación, piropos, insinuaciones; no fue capaz de evitar que el asunto pasara a unas acciones algo calientes y los sorprendió Vargas, que había llegado a buscarla en su puesto de trabajo para algo urgente.

–Cuente lo que quiera y tenga ya mi renuncia.  No tengo miedo.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

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