miércoles, 14 de agosto de 2019


Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com


Matriochka macabra
Relato

Federico Hildebrando levanta la tapa del ataúd de su amigo Leonardo para expresarle un adiós con su mudo rostro melancólico, esperanzado en que lo percibirá desde el más allá, a través de sus ojos cristalinos.  Le llama la atención una caja marcada “para Fed-Hil”; la toma, cuidando de que nadie lo note, y sale con ella bajo el saco, antes de que se la reclamen.

En casa, abre la caja misteriosa y encuentra un cofrecillo cerrado con llave.  No se atreve a forzarlo, pues se siente como violentando el cadáver de su íntimo amigo.

–¿Ahora cómo lo abro?

Le da muchas vueltas en la cabeza hasta que, como inspirado desde el más allá, le llega el recuerdo de un llavero que su amigo dejó una vez, muy misteriosamente, en una oquedad de la cabaña que frecuentaban en días de holganza.

Se le hace eterna la espera hasta el fin de semana y se va madrugado a la cabaña, encuentra el llavero en el sitio preciso, abre el cofre y adentro solo hay un elemento de memoria electrónica.  No había llevado computador y, aunque tenía previsto pasar allí los dos días, se regresa con una picante intriga por explorar la memoria para encontrar el secreto que le dejó su muy querido amigo.

–¡Cómo ha querido Leo prolongar, hasta más allá de su propia vida, los excitantes ratos en que nos dedicábamos a descifrar misterios!

La dichosa memoria solo contiene algunas imágenes sin importancia y muchos cuentos.  Se lleva Federico la sorpresa de que Leonardo escribía y nunca le hizo partícipe de su producción.  Lee un primer cuento que relata una idílica historia de amor en un bosquecillo solitario; el segundo es el relato de las travesuras de un mago excéntrico…

–No encuentro ninguna clave.  ¿Cuándo voy a terminar de leer doscientos cincuenta cuentos?  ¡Tengo que hallar otra manera de llegar al secreto!

Se  le ocurre que la lista de nombres puede formar un acróstico, mas está en orden alfabético; la ordena por tamaños, cronológicamente… de ninguna manera se forma el acróstico.  De repente recuerda que en todas las revisiones le llamó la atención uno que se llamaba “Matriochka”, como las muñecas rusas.  Es el único con nombre extraño y breve; todos se llaman “Amanecer encantado”, “Confesiones de unos amigos fieles”, “No me recuerdes por mi nombre sino por mi irreverencia”, etc.  Se pone a leer ávidamente Matriochka; al final de la narración, la mujer con quien el protagonista ha pasado una noche de amor, le dice que la volverá a encontrar únicamente si va al sitio indicado en la memoria electrónica.  ¡Una memoria que nunca fue mencionada para nada en esa historia!

Se dedica Hildebrando a examinar todos los documentos grabados en la memoria, buscando una referencia a un tal sitio, sin encontrarla.  Se pone entonces a revisar todas las imágenes y al mucho rato encuentra una foto del dichoso llavero.

–¡Esta tiene que ser!

Razona entonces:  De las tres llaves, una es la ya utilizada, se descarta; hay que investigar las dos restantes.  Empieza verificando con la familia de su amigo; una es la llave de su apartamento, pero la tercera es completamente desconocida.

Regresa, pues, a la cabaña y se pone en la labor de ensayar la llave en todo lo que tenga cerradura:  puertas, ventanas, compartimientos…  El último que abre contiene un papelito que dice “falso fondo”.  No tiene que meditar mucho; se tiene que referir a un falso fondo en el cofrecillo.  Corre a buscarlo, pues, en el cofre y lo halla, muy bien camuflado; lo remueve y se topa con una pequeña cerradura, que abre fácil con la llavecita.

Encuentra una foto marcada por detrás “Aradia”.  Representa a una linda mujer, que Federico no conoce; nunca supo de amistades o amoríos de su amigo con una Aradia, ni reconoce este rostro en ninguna de aquellas con las que algunas veces la hubiera visto.  No le queda más remedio que salir a buscarla en los lugares que Leonardo frecuentaba.  ¡Vaya tarea!

Once meses después, un sábado, ingresando a una sala de cine, se la encuentra después de haber desistido de la infructuosa búsqueda; está sola y la aborda de inmediato; ella lo atiende sonriente, como si se conocieran, le confirma llamarse Aradia y que conoció a Leonardo; se lamenta de su muerte, que ignoraba.  

Miran la película juntos y luego se van a tomar una copa.  Ella le cuenta muchas cosas de Leonardo que él, tan buen amigo, no sabía.  Hablan toda la noche y Aradia se ve feliz de habérselo encontrado.  Intiman tanto que, al momento de despedirse, él intenta darle un beso, que ella rechaza con suavidad, pero a continuación le dice:

–Es muy poco un beso callejero.  Te invito a visitarme el viernes próximo.

Pasa toda la semana ansioso por verla.  Parece que el tiempo se estancara.  Por fin, el sábado, se acicala cuidadosamente, toma las flores y el vino, pero a punto de salir del apartamento, un pequeño tropezón lo hace mirar involuntariamente hacia su calendario de pared.  Es el 24 mayo, fecha de la muerte de su amigo.

–¿Por qué al año preciso de su muerte voy a verme con su amada amiga?  Es como traicionarlo al lado de su féretro.

Súbitamente se llena de pánico.  Se ve regresando al ataúd y se percata de estar desandando todo el camino:  En la caja, un cofrecito; en el cofre, una memoria; en la memoria, un cuento; en el cuento, lo mandan de regreso a la memoria; en la memoria, la fotografía de unas llaves lo envía de vuelta a la cabaña; esta lo remite de regreso al cofre, que lo manda hacia una mujer; esta, necesariamente, va a ser el paso final para retornar… al sarcófago, ¡que ahora sería el suyo propio!

miércoles, 31 de julio de 2019

MAGIA EN LA FOTO
Relato


Catalina duda de su novio; tiene motivos para pensar que se encuentra con otra; ella sostiene que es olfato femenino, pero la realidad es que le escuchó una conversación telefónica y también el prosaico olfato de la nariz, en cierta ocasión, le hizo notar que el hombre venía de algún contacto con dama.  Quiere confirmar sus fundadas sospechas, pero no sabe cómo.  Por supuesto que no va a tontear contratando un detective.

En la universidad, visitando a un amigo en su laboratorio, este le quiso mostrar los avances que estaba logrando en una investigación que el llamaba de “rastreo por elementos sensibles”.  Se trataba, según le describió, de sensibilizar una fotografía para que fuera capaz de “ver” lo que había en su ambiente cercano; en términos un poco más precisos, la fotografía debía ser imprimida con unas tintas especiales que contenían un sustrato altamente sensible a los tonos e intensidades de luz, y sobre un papel con una minuciosa rejilla electrónica que digitalizaba la imagen y la transmitía en tiempo real.

¡Fabuloso descubrimiento!  ¡Era justo lo que necesitaba para su espionaje!  Le ofreció a su amigo toda la colaboración que requiriera para las pruebas de campo.

–Espero hacerlas muy pronto.
–¡Qué bueno!  ¿Cuándo?
–Dentro de unos cuatro meses.
–¿Eso te parece pronto?
–Sí… En comparación con los tres años del cronograma.
–Tocará esperar…  Pero no me olvides.
–Y ¿Cuál es la prueba que quieres que hagamos?
–Ya te lo contaré.  Te va a fascinar, porque será la que pueda mostrar que tu engendro efectivamente funciona.
–¿Cómo lo estás calificando?  ¡Qué descaro!
–Ya lo veremos; me vas a agradecer.

Se llega el día en que el amigo la llama a preguntarle si sigue interesada en la prueba, pues ya está listo para implementarla.  Ella le dispara entonces lo que ha maquinado: montar una foto suya en un portarretratos, para ella ponerla en su aposento, con el fin de verificar quién está ingresando en su ausencia, porque tiene sospechas.  Al hombre le parece muy interesante la propuesta, pero ella sabe que la foto no estará en su propia vivienda, sino en el apartamento de Emilio.

Imprimida la foto, Catalina la monta en un atractivo marco y aprovecha algún motivo de celebración para hacer el regalo a su novio y pedirle que la ponga en su propia habitación, para que siempre la tenga presente.  Él, muy complaciente (y muy complacido con el regalo) sitúa la foto sobre una mesita que da frente a su cama.  Cata establece una rutina de observación que cumple religiosamente, pero solo lo ve en actividades normales como leyendo sentado en la cama, sufriendo con un partido de fútbol televisado, escogiendo vacilante la ropa que se va a poner para algún asunto importante…  Una noche que él sospechosamente se le despide temprano por estar “un poco indispuesto”, la pantalla se lo muestra (por fin) entrando a otra a su cuarto y, (¡lo que no podía faltar!), se pixela de inmediato, cosa que ella no sabe corregir.  Catalina entra en estado de ira, cosa que tampoco sabe corregir.

Busca a su amigo investigador muy temprano el día siguiente, en procura de solución a la terrible falla.

–Tienes que traerme la foto.
–¿No puedes componer el daño a distancia?
–No, querida.  No es un computador que se pueda diagnosticar y reparar en línea.
–Pero ¿Cómo haré para pedirle la foto a Emilio?
–No entiendo.
–Está en su pieza; hay que sacarla de allí.
–¿La pusiste allí para espiarlo?  ¡No puedo ser cómplice!
–Yo veré cómo me la traigo y tú vas a hacer como que no sabes nada del uso que le estoy dando.
–Eso no va conmigo.

Hace uso de sus argucias femeninas para convencerlo de que le siga colaborando, pero ahora tiene que enfrentar el reto de recuperar la foto que regaló a su novio.  Cuando se la pide, él se niega a desprenderse del preciado recuerdo.  Le suplica, entonces, a su amigo repetir el proceso para sacar una nueva foto, que ella pagará los gastos; pero se va de espaldas cuando él le informa del costo.  Por fin un día que Emilio sale de viaje, ella convence a su madre de que le retire la fotografía, que ya está un poco ajada, para cambiarla por una renovada.

Su amigo logra hacer la reparación; ella le aplica una capa de barniz a la imagen para simular que es una nueva copia; la lleva a la madre del novio y la colocan de nuevo en su sitio.  Sale satisfecha del éxito de la misión y esa noche, con la intención de probar el buen funcionamiento, ubica la señal en su celular y la asombra un movimiento de cuerpos en la cama de Emilio, a media luz; aguza la vista, calibra bien la calidad de la imagen e identifica a la señora en ajetreo con… ¡el mejor amigo de Emilio!  ¡Cómo es que profanan la cama de este!  Muy a su pesar, tiene que abstenerse de informárselo a Emilio, pues delataría su propio secreto.

Cuando el muchacho regresa de su viaje, reorganiza la alcoba y pone la foto de su chica sobre la estantería, desde donde no enfoca un buen ángulo, y su novia se queda con medias imágenes en su espionaje; cuando ve a una persona sentarse junto a él en la cama, se queda sin saber si era un amigo con quien conversaba y observaban alguna revista o una mujer con quien se daba ciertas confianzas; cuando cree ver a la madre tendiendo la cama, se queda sin saber si le hace un favor al hijo o si un momento antes estuvo repitiendo lo de antes. 

Ahora tiene que lograr bajar la foto al sitio que ocupaba antes.  Lo visita en su casa y le dice, como sin querer queriendo…

–¿Por qué no pones mi foto donde estaba?
–Allá arriba también te veo y estás más iluminada, más cerca de la luz.
–No me gusta estar allá; pásame para abajo.
–¿Por qué te gusta estar abajo?
–Porque así te observo más de cerca.
–Está bien.  Te daré gusto, mañana, cuando reorganice la mesita.

Le cumple la promesa, pero queda intrigado: “¿Me observa?”  No lo entiende, pero empieza a cubrir la foto en momentos en que no quiere que ella se entere de lo que hace.  “Estoy loco; los ojos de una foto no ven”.  Así y todo, la sigue cubriendo, especialmente cuando lo visita una amiguita con quien se tiene mucha “confianza”.  Un día esta amiga se le roba la fotografía; cuando el se percata, no logra entender el por qué.  

Catalina se sorprende cuando, después de algún rato de oscuridad, la habitación que se le aparece es una completamente diferente a la de Emilio, con ambientación femenina.  Más sorpresa le causa la intensa mirada de una mujer que se acerca mucho a la foto, que la mira con lascivia, que le lanza besos.  Todavía más sorprendente será la escena del día siguiente, cuando la consabida chica tiene un encuentro muy ardiente con otra muchacha.  Catalina no sabe qué hacer.  ¿Qué le va a decir a Emilio?  ¿Con qué le va a salir al investigador?

En fin, después de mucho cavilar, decide que, en sus encuentros con Emilio, va a buscar la imagen hasta que logre pillar a la chica en uno de los suyos con pareja femenina.  No demora mucho en presentarse el momento esperado y le pone el aparato a su novio bien al frente de sus ojos.

–Mira en lo que anda tu adorada amiguita.
–¿Cuál amiguita?  ¿De qué hablas?  ¿Qué está pasando ahí?
–Se entretiene tu dichosa Paola.  (Ella había averiguado el nombre; no sabemos cómo; astucia femenina).
–Yo no conozco a ninguna P- ¿Quién está con ella?  Ah…  ¡Es Constanza!  ¿Desde cuándo estas dos…?
–Pero qué bien las conoces.
–Tú las conoces mejor, puesto que te mandan estos videos.
–No es un video, es una toma en directo, a través de la foto mía que le regalaste.
–Yo no se la regalé, ella la tomó… Eh… quiero decir… Tiene que haber entrado subrepticiamente a mi pieza para robarla.
–Sí…  Tan subrepticiamente como la recibes tú con frecuencia.
–Yo no la recibo en mi habitación.  ¡Nunca!  Pero… ¡Un momento!  Me acabas de decir que a través de tu foto haces tomas en vivo y en directo.  Quiere decir que me espiabas en mi intimidad desde hace tiempo.  Por eso querías que la foto estuviera colocada en cierta posición…  No te voy a demandar ante la justicia, pero no te quiero ver nunca más.  ¡Adiós!

No lo ha vuelto a ver, no ha podido recuperar la foto y se le esconde a su amigo el investigador.

Carlos Jaime Noreña

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viernes, 19 de julio de 2019

MICAEL SE SALE CON LA SUYA
Relato


Micael ve aproximarse una linda chica, de maravillosas piernas; brotan estas de una diminuta minifalda, bien ajustada arriba; es de color negro brillante y a su borde inferior le falta solo un milímetro para dejar ver el vértice inferior de un triángulo.  Estas preciosidades, montadas sobre unos zapatos rojos, andan rítmicamente y Micael se embelesa, más que con su armonía, con la contemplación de esas firmes extremidades que ostentan unas redonditas y maravillosas rodillas.

Apenas sí cuando la chica pasa frente a él, se acuerda de subir los ojos a su rostro; de paso admira unos seductores pechos forrados por una camiseta blanca y luego encuentra una carita que nada desdice de toda la belleza inferior, con unos brillantes ojos verdes que lo miran fugazmente y unos rojos y carnosos labios que no se dignan regalarle una sonrisa.

No decepcionado con el desplante, antes bien, con más gusto, gira su cabeza para ser testigo del alejamiento de la muchacha de lacios cabellos castaños, apenas largos hasta donde termina la nuca; pero queda más gratamente sorprendido con el redondo y firme trasero que se mueve acompasadamente, como llevando el ritmo de la canción que entonan el caminado y el movimiento de hombros.

La mantiene enlazada con la vista hasta que se le fuga tras una esquina y ahora es una fuga la que suena en su cerebro, una consonancia entre la imagen, el movimiento y la fragancia de la admirada personita.  Lo saca de su marasmo el atronador ruido de una motocicleta que le recuerda las contradicciones del medio en el que le tocó vivir.

Al atardecer del día siguiente, Micael Rojas llega al bar donde suele encontrarse con sus amigos; allí ya está uno de ellos; piden una primera bebida mientras esperan a los demás y comienzan una animada charla.  A los pocos minutos, el muchacho queda con la mirada fija, como en trance, al ver entrar a la tan pronto olvidada chica, esta vez con jean, camiseta roja y lindos tenis, que al pasar le obsequia, junto con una breve mirada como la del día anterior, una radiante sonrisa que le deja el corazón a punto de un infarto.

Petrificado con el sorpresivo regalo, no alcanza a reaccionar y seguirla, y ella tiene tiempo de sentarse a una mesa donde la esperaba otra persona que está de espaldas.  El chico aguza la mirada para tratar de distinguir en la media luz del lugar quién es la compañía de la joven; solo percibe el cabello oscuro y medianamente largo, no muy peinado, que podría corresponder a un hombre o bien a una de las chicas que acostumbran ese look informal; el espaldar alto y amplio de la silla no le deja estimar el ancho de su espalda y de sus caderas para sacar conclusiones y las mangas largas de los brazos corresponden a un tipo de camisa que puede ser masculina o femenina.

Ya no dialoga tranquilamente con sus amigos (otro acaba de llegar), ocupado de mirar hacia la mesa que lo atormenta.  ¿Será hombre o mujer?  Sigue hurtándosele a la tertulia para lanzar miradas y nota que a ratos se toman de la mano.  Debe de ser su novio; no, quizá su amiga de confianza; las mujeres suelen tomarse de la mano, lo que no hacemos nosotros.  Ahora sus compinches lo llaman al orden.  ¿Qué es lo que tanto busca?  ¿Por qué no les presta atención?  ¿A quién espía?  ¡Ahhh!  Ya se dan cuenta: a la chica de los ojos verdes; es nueva en la zona y es muy bonita, pero no ha querido “pararle bolas” a nadie.  No, no conocen a quien se encuentra con ella y tampoco alcanzan a “sexarle”.

Cuando Micael se levanta al baño, se va directo a pasar junto a esa mesa y resolver el enigma; con tan mala suerte que la chica está sola; él no vio cuándo se ausentó su compañía; bueno, se levantó para el baño y si la encuentra o no en el de hombres, el enigma está resuelto.  ¡Eureka!  No es el novio, es la amiga, porque no está allí, tuvo que haberse ido al baño femenino.  Suspira aliviado el chico.  Al regresar, todavía no está a la mesa; claro, las mujeres se demoran en el baño.

Sus amigos lo desinflan: 

–Si fuera “la amiga” habrían ido juntas al servicio; las damas nunca van solas allí, dice uno.
–El que estaba con ella tiene que ser “el amigo” y salió para otro lugar, dentro o fuera del local, dice el otro.

Ahora habrá que esperar a que regrese; ¡mucha atención!  Pero a poco llega Federico, el compinche que siempre se los lleva a su casa, donde tiene cantidad de maravillosos aparatos que los deslumbran.  Y llega acosando; ni siquiera pide algo de consumir; hay que salir ya, por no sé qué y no sé qué…  Obedecen fielmente y el misterio se queda sin resolver.  Micael ha hecho amago de quedarse, pero el “combo” lo arrastra consigo.

Toda la semana, el chico se planta ratos largos en el andén, da pasadas por el barcito, se asoma al balcón de su casa, pero el encanto de mujer no se deja ver.  Cuando queremos ver a alguien que nos gusta, creemos que tiene la obligación de desfilar para nosotros.  Está obsesionado pensando en “la mujer de mi vida”; busca las canciones que de alguna forma se refieren a ella; cuando nos estamos enamorando, cada canción nos dice algo del ser ansiado.

El viernes por la tarde está Micael en el centro comercial cercano, buscando algo que necesita; va andando taciturno, pensando en regresar pronto a casa a seguir practicando con su instrumento.  De repente, sin buscarla, ¡se le presenta la chica!  ¡Está frente a él!  “Yo te conozco”, escucha que le dice, pero cree que esa voz salió de su imaginación y no sabe cómo reaccionar.  Cuando ella le dice que lo ha visto muchas veces, él atina a preguntarle su nombre y tenderle una mano para saludar; el apretón es caluroso y prolongado, como su nombre, Alejandrina.  Está con un primoroso short amarillo fuerte y un camiseta ombliguera azul oscura.  Va volviendo el chico del arrobamiento, se da cuenta de que tiene los pies bien puestos en el suelo y la invita a comer helado.  Ella no le puede aceptar; la espera su primo “allí a la vuelta”.  Él le pide su número telefónico y le promete no llamarla cuando se encuentre con el primo.

  –Descuida, es primo y nada más; de eso no pasa.

Micael no se lo puede creer.  No puede creer que se encontró con ella y que le habló; no puede creer que ya tiene su teléfono; no puede creer el cuento del primo; tiene que ser un novio, un amigo íntimo.  Regresando a casa y después mientras come y luego mientras busca conciliar el sueño por la noche, va elaborando las más locas fantasías; se ve en una larga conversación telefónica con Alejandrina y va preparando el cuestionario que le va a formular; pero la ve abrazada y besándose con ese “primo”, comiendo el helado que no quiso tomar con él; rechaza la idea y se representa con ella en cine, en una película muy romántica, tiernamente abrazados; ahora está acostada en la cama del primo, quien la seduce; hace trizas esta imagen y se imagina caminando con ella por la playa, dejándose mojar los pies por las olas y dejándose mojar el cuerpo de ansiedad…

No espera que sea muy tarde el sábado para marcarle al teléfono.  Contesta entredormida.  “¿Micael?  ¿Cuál Micael?”  Él se acuerda de que no le dijo su nombre y le refiere el encuentro de la tarde anterior.  Ella cree que se trata del empleado de un negocio, que le coqueteaba y le propuso un helado.  Él le recuerda la sonrisa que le lanzó en el bar.  “¡Ah!  ¿Eres tú?  ¡Qué maravilla!  Creí que no me llamarías”.  Eso muestra que se quedó esperando la llamada; eso muestra que sí se interesa en él.  Le propone encontrarse esa tarde, pero ella se disculpa porque se va al medio día con su hermano y sus padres a la finca de unas amistades y no regresa hasta el domingo por la noche; y es inútil que la llame, pues la finca está en un lugar recóndito donde no llega señal.  Se podrán ver el miércoles, porque lunes y martes estará estudiando para un examen parcial…

Ahora todo le suena a disculpas.  Queda desinflado.  Se despide casi sin entusiasmo, pero este le vuelve cuando ella le manda un beso por el teléfono.  ¡Qué espera tan larga va a tener!  ¡Hasta el miércoles!  Pero el miércoles se llega por fin y la llamada se produce.  Que en el examen le fue muy bien, que el profesor es un amor, que el parcial del viernes es más suave, que el fin de semana la pasó muy bien con su familia y amistades y que por allá le presentaron un chico extraordinario.

¡Hay chicos extraordinarios en su vida!  ¿Cómo puede ser?  Segundos de silencio que parecen horas.  Ella le pregunta si todavía está en la línea.  Él confirma y le dice que se tienen que encontrar esa misma noche.  “¡Por fin me lo pediste!  Encantada”.  A él le vuelve el alma al cuerpo.  El encuentro se realiza el mismo bar aquel; conversan animadamente hasta que Micael le inquiere por el “chico extraordinario”.  Ella le dice que lo extraordinario es que toca magistralmente la flauta y lo invita a acompañarla a un recital que él dará el sábado.

Entrando a la sala del recital, Micael ve adelante de ellos un muchacho con el mismo motilado del extraño del bar y su misma camisa; trata de eludirlo, pero es tarde; el hombre se lanza a abrazar y besar a Alejandrina; ella lo recibe con gran entusiasmo y los presenta; Micael sigue fríamente el protocolo y no presta atención al nombre del muchacho.  Tienen que sentarse juntos y la chica habla mucho más con el otro que con él.

Terminada la ejecución, van los tres a felicitar al músico; este abraza y besa también efusivamente a la chica y ella invita a una copa.  Llegan al bar y la chica se emociona al ver allí a un hermoso muchacho que de inmediato se levanta a saludarla; ella lo presenta como su primo, él saluda muy amable y se disculpa para volver a donde sus amigos.  Micael ya se está autodescartando cuando se llega el brindis y Alejandrina pregona…

–Por el hombre más bello y más extraordinario que he conocido.

Se lanza hacia él, le estampa un apasionado beso en la boca y todos quieren morirse de la envidia.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com


jueves, 27 de junio de 2019


AMENAZA EN EL ESPACIO
Relato


Es el año 2040.  El asteroide 2035CJ11 sigue una trayectoria que, a juzgar por los astrónomos, cruzará la órbita de la Tierra.  No ha sido posible determinar si habrá colisión, pues el meteorito hace extraños cambios de rumbo, pero siempre dentro del mismo plano orbital.  Los científicos no han podido hallar la causa de esos cambios, ni han identificado un patrón que permita predecirlos; son completamente aleatorios.  Algún astrónomo ha propuesto un nombre femenino para este cuerpo celeste, por causa de su “comportamiento” y de inmediato le han llovido las más agrias críticas de todas partes del mundo, por su “machismo”.

Lo que sí está claro es una alta probabilidad de choque con nuestro planeta en un plazo de 18 a 19 meses.  Las máximas autoridades aeroespaciales de los países más avanzados en esa tecnología han estado evaluando todas las posibilidades de solución a la inminente catástrofe.  Nunca antes se había visto tanta unidad de objetivos entre los gobiernos de Estados Unidos, Rusia, Unión Europea, Canadá, China, India, Irán, Corea y Japón en pos de una salida apropiada a tan grave problema.  Se comenta que si hubieran ostentado la misma empatía para manejar el problema del hambre en el mundo, ya estaríamos viviendo el cielo en la tierra.

Una opción es fragmentar el cuerpo espacial  en miles de pedazos, muy pequeños y suficientemente lejos de la Tierra, de tal manera que se minimice la posibilidad de que lleguen hasta acá y, si algunos llegan, que ardan en la atmósfera igual a los que ingresan en ella todos los días.  Otra opción es la de “empujar” el asteroide, con explosiones cercanas a él, hacia una nueva órbita.  

Cualquiera de las dos misiones se tendría que llevar a cabo con misiles, pero no hay seguridad de acierto, por los súbitos cambios de trayectoria del monstruo.
Su masa ya ha sido estimada con buena precisión y por lo tanto se puede calcular el volumen necesario de explosivos nucleares, en especial para la primera opción; sobre la segunda, todavía hay diferencias entre los diversos grupos de ingenieros, pero se cree que se podrá llegar a algo confiable.  Lo que los tiene locos a todos es cómo desarrollar los algoritmos necesarios para recalcular sobre la marcha la trayectoria de los misiles cuando se presenten los caprichosos cambios de recorrido del intruso.  Muchísimo más fácil atrapar una bola lanzada con efecto.

Por fin, el resultado de muchos cálculos, innumerables simulaciones y acaloradas discusiones es que no se deben lanzar los misiles desde la Tierra, sino hacer el disparo desde una distancia de diez mil kilómetros del asteroide, es decir, en términos astronómicos, a un paso.  Las correcciones de rumbo se decidirán, entonces, en la nave o naves portadoras de los misiles, pues no se puede incurrir en los retrasos inherentes a examinar la órbita del asteroide desde Tierra y luego enviar la orden de corrección a las naves.

Nueva discusión para elegir entre naves inteligentes y naves tripuladas.  Se considera finalmente que los márgenes y frecuencias de error todavía presentes en la IA hacen riesgoso dejar en sus “manos” la misión y se decide utilizar naves tripuladas.  Se comisiona a Estados Unidos y Rusia para seleccionar los astronautas, por su ya larga tradición de colaboración en vuelos tripulados.

El astronauta norteamericano escogido, Warren White, reconoció a la prensa que su colega rusa era muy atractiva.  Esta, Valentina Yustinova, realmente muy bella, dijo que le habían asignado un compañero de misión muy hermoso y simpático; que un consultorio sentimental no le habría elegido uno mejor para esposo.

–¿Está previsto que se encuentren en la misión o después de ella?  ¿Aprovechará para hacerle ojitos a White?
–Lamentablemente, no está programado. –Respondió secamente.

Los “héroes” fueron lanzados del Centro Espacial Kennedy y de Baikonur en la misma fecha, con horas de diferencia y con rumbos divergentes, pues tenían que seguir dos trayectorias distintas, para aproximarse al asteroide desde puntos casi opuestos y así incrementar el efecto destructivo o bien, si uno fallaba, que fuera poco probable que fallara el otro.  El mundo estuvo expectante y el entusiasmo fue general cuando se informó del éxito de ambos lanzamientos y de su ingreso con precisión a sus respectivas órbitas.
No tardaron en saludarse ambos viajeros, en forma fría y protocolaria al comienzo, pero luego muy cálidamente:

–… (Saludo protocolario)
–… (Respuesta protocolaria)
…
–Atractiva compañera de aventura, ¿estás lista para lo que se nos deja venir?
–Interesante colega, ojalá se deje venir siempre todo lo bueno.
–Para el planeta será una inmensa dicha.
–Y para nosotros dos también.
–Bueno… No había pensado en eso… Será un maravilloso subproducto.
–Te recomiendo a Jonaas.
–¿Quién es él?
–Toma en cuenta la doble a.
–A ver… ¡Ya caigo!  Premio Abel.
–Por supuesto.  Tienes gran agilidad mental.

El estonio Jonaas Salulaid había ganado el premio Abel de matemáticas seis años antes por la creación de un código que él llamó de autocifrado pleno, porque para cada nuevo valor (mensaje) creaba automáticamente una nueva clave que se transfería junto con el objeto en cuestión a un solo destinatario y solamente este, sin haberla conocido previamente, la podía romper, procedimiento cuya explicación está por fuera de los propósitos de este escrito.

Demoró un poco el gringo para activar un algoritmo basado en código de autocifrado pleno de Jonaas, por su exigencia de semilla inteligente, pero lo logró y comenzó un diálogo que únicamente ellos dos podían leer (con muchos minutos de retraso, por la distancia que los separaba, pero esta dilación le ponía más ansia a la respectiva espera de cada respuesta).

–Hola, bella cosmonauta.
–Hola, guapo astronauta.  ¿Por qué te tenían que asignar a mi misión?
–¿“Tu” misión?
–No empecemos a discutir.  No lo decía en sentido posesivo.
–Tienes razón.  Vale la pena poseer algo mucho más valioso.
–Si poseer viene de tomar posesión, no me interesa.
–Lo digo en el sentido de poseer una esperanza.
–Ya comprendo.  Pienso lo mismo.
–Dime qué esperanza tengo de tomar un café contigo después de la destrucción de la que seremos culpables.
–Café con brandy, porque será todo un brindis.
–¡Enhorabuena!  Veo que mis deseos se cumplirán.
–Y ya nos están saboteando la plática desde Tierra pidiéndonos informes.  
–¡Qué insistencia!  Continuaremos dentro de un rato.

La tediosa misión de once meses siguió su marcha, pero los dos astronautas tenían el aliciente de sus charlas, a veces muy largas porque estaban muy compenetrados; se trataba, sencillamente de otro de esos amores por red; una red de solo dos puntos.  Por supuesto que ambos tenían un intenso programa de actividades, trazado por sus agencias espaciales, con gimnasia, observación astronómica, fotografía, experimentos a bordo, comunicaciones con Tierra y solución de problemas y crucigramas.  Casi todos los ratos libres los dedicaban a sus conversaciones, pero aun les quedaba tiempo para pintar y escribir versos, ella, y ensayarse en la redacción de cuentos, él.

Se va llegando la hora, ya se le han aproximado, cada uno, a unos 250.000 kilómetros por lados opuestos.  Sorpresivamente el asteroide hace explosión y se fragmenta en millones de pedazos.  Se sienten bruscamente sacudidos, por las perturbaciones gravitacionales generadas, pero no pierden el control.  La comunicación sí se pierde, pero no tienen tiempo de intentarla porque detectan que algunas rocas inmensas y ardientes se dirigen hacia ellos; ambos logran dispararles para destruirlas y momentáneamente sienten el rumbo perdido.

Cuando logran eludir todos los bólidos y comunicarse de nuevo entre sí (todavía está perdida la conexión con Tierra) deciden modificar sus respectivas órbitas para encontrar un camino expedito de regreso en el que puedan estar muy cercanos entre sí.  Cuando logran ese acercamiento, reciben la orden de seguir a uno de los fragmentos mayores, que va directo a la Tierra y destruirlo lo más pronto posible.  Ellos, decepcionados pero obedientes, acuerdan seguir dos trayectorias diferentes para tener mayor probabilidad de éxito.  Al llegar a la distancia apropiada, dispara él primero, según habían convenido, y acierta; pero uno de los nuevos fragmentos pasa rozando la nave de la rusa y la lanza lejos de su trayectoria.

El americano hace infructuosos intentos por comunicarse con ella y tampoco logra localizarla con sus instrumentos; recibe la orden de continuar su camino a Tierra, que ya se encargarán, desde todo el planeta, de encontrarla y prestarle la ayuda posible.  Warren sufre mucho durante los dos meses de recorrido sin información alguna sobre Valentina y ya piensa que la pobre mujer quedó vagando ad infinitum por el éter.

Cuando White está cercano a ingresar a la atmósfera recibe la buena noticia: ella pudo calcular una trayectoria de regreso, tuvo éxito en restablecer comunicación con su centro espacial y también está próxima a ingresar.  La cosmonauta logra aterrizar en las estepas rusas y él, en el desierto de Mojave, en California.

Paradójicamente estaban más cercanos uno al otro en el espacio que en la Tierra.  El revuelo de los periodistas, la cuarentena, la presentación de informes, no les han permitido moverse de sus respectivas bases y casi ni comunicarse.  Quieren verse; en sus declaraciones ante la TV lo dejan saber abiertamente.  Los respectivos presidentes manifiestan ante los micrófonos su “satisfacción” por esta relación que consideran una buena expresión del “acercamiento entre los pueblos”; pero parece que el viaje para reencontrarse va a ser más complicado que su travesía por el espacio, por las trabas que les ponen, unas tras otras, las burocracias de ambos países.  Es más fácil conquistar el espacio que conseguir moverse libremente en la Tierra.
Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com

domingo, 23 de junio de 2019



SEGUIR UNA LUZ
Relato




Eugenio se aliena con frecuencia; fuma de esa hierba; sus trabas son cada vez peores y su familia no sabe qué hacer por él. Tenía una enamorada y la dejó sin causa aparente; tal vez la perdió por dedicarle más tiempo a su vicio. Sus amigos lo rodean para tratar de alejarlo de su adicción, pero él no se deja ayudar. Parece que prefiere quedarse sin amigos.

Un día, llega a la tertulia muy fresco, muy lúcido y con un aire de alegría.

–¡Hola, Eugenio! ¿Por qué estás hoy tan distinto? Siempre llegas sombrío y hoy te vemos muy bien y muy contento.
–He visto una luz resplandeciente, deslumbrante, y la he seguido. Por eso me ven así.  Salí cambiado, soy otro. La Luz ha hecho milagros conmigo.
–(La traba de este, hoy, es diferente. ¿Qué estará consumiendo?).

Otro día, sus camaradas le inquieren por los cambios que han notado en él; están muy intrigados; tiene días en que está completamente lúcido, despierto y animado; con iniciativas, con ganas de trabajar; eso les gusta mucho, pero no lo entienden.

–Cuando me siento mal, voy en busca de la luz; la luz me inunda y me fortalece. Ya les dije que salgo cambiado, que me siento otro.

El muchacho sigue en franca mejoría; su familia está feliz porque ha retomado en serio sus estudios y ha empezado a dar buen rendimiento. Sus amistades le preguntan si es que todavía sigue la luz.

–Ella nunca pierde el brillo, nunca tiene sombras, siempre es radiante y cálida; me acoge dulcemente y me hace sentir dichoso.

A pesar de todo, Eugenio recae al poco tiempo; otra vez perdido, taciturno, de mala cara, de trato hosco. Su familia y amigos se descorazonan; estaban muy ilusionados; ahora piensan que el muchacho no tiene salvación. Un día llegan a casa dos amigos a avisarle que unos agentes de policía lo están buscando.

–Voy a refugiarme en mi luz –y se va corriendo.

Reaparece al cabo de tres días y, por toda explicación dice…

–Seguí la luz y encontré amparo.

Lo positivo es que no vuelve a la droga. Él dice que se lo debe a la luz, sin más
explicaciones. Pasan los días, pasan los meses y el muchacho sigue muy dedicado, termina su bachillerato, empieza a trabajar y todo va muy bien. Un día anuncia que se va a casar; convoca a todos en casa en cierta fecha, para que conozcan a su novia y llegado el día aparece del brazo de una hermosa mujer…

–Les presento a Luz Amparo.


domingo, 9 de junio de 2019


JOHNNY
Relato


Le gusta que le digan Johnny, pero se llama Juan.  Es un pintoresco asistente a la tertulia literaria a la que voy con unos amigos; es de mediana edad, pero aparenta ser más viejo, por su exigua salud y siempre va descuidadamente afeitado, mal vestido, con ropa muy usada y mal cuidada.  Cuando le dan la palabra dice cualquier incoherencia y cuando solicitan el pequeño trabajo asignado en la sesión anterior, siempre tiene una disculpa para no entregarlo.  Pero es sonriente, amistoso y conversador y se ha hecho al cariño de todos, que incluso le facilitan copias del texto de trabajo, pues nunca tiene con que comprarlo o sacarle una copia.

En lo poco que ha contado sobre su vida personal, ha dado a entender que es muy solitario y que no le atrae la idea de buscar trabajo, pues esa esclavitud no va con su talante “intelectual”.  Siempre está con libros viejos y revistas ajadas bajo el brazo, como para confirmar esa categoría, y si le inquieren sobre su contenido sale con un galimatías.  En una ocasión que le pidieron mostrar los ejemplares, se negó rotundamente.

Se mete en todas las actividades que no tienen costo.  Se inscribió en una de acuarela, donde siempre promete que comprará elementos y entre tanto le prestan paleta y pinceles, una y otra vez.  En el curso de inglés, pronuncia letra por letra y no le valen todas las indicaciones de la profesora; cuando hay que hacer ejercicios, se une al mejor del grupo, para que le dé las respuestas.  Va a los aeróbicos matinales de los domingos, siempre con su eterna ropa sucia de calle y sus zapatos rotos; algunos asiduos le insisten en llevar ropa ligera y tenis, para siempre recibir por respuesta que un amigo le prometió que se los regalaría “un día de estos”.

Cuando en Inglés o Acuarela recogen para un piscolabis colectivo, él nunca tiene dinero, pero sí traga de lo que se consume.  Le han ido cogiendo fastidio y lo esquivan por fuera de clase.  En una ocasión, una compañera que va en su vehículo para el curso, lo ve por la calle, no lo recoge y lleva el carro adrede hacia un charco, para salpicarlo.  Él la distingue a ella y ella nota que él se dio cuenta, mas no siente ningún remordimiento.

Un domingo, la plataforma de aeróbicos está con varias tablas sueltas; el hombre pide un martillo y se pone en acción, la deja firme y todos pueden disfrutar de la actividad.  Allí, siempre recoge todas las basuras, igual que en la tertulia y en las clases de salón.  El hombre es de buen corazón y de mucho sentido cívico.  En una ocasión, llegando a clase de inglés, Josefina, que acostumbra llevar su perrito, pide auxilio porque el animal está atragantado.  Johnny, con fría calma, le abre las fauces y le extrae una astilla de hueso.

Otro día, en plena clase, Félix sufre un desmayo, le aflojan las ropas e intentan darle agua, mas no responde.  Johnny se abre paso y ante la mirada incrédula de todos, se luce con un masaje cardíaco que revive al desgraciado.  Este se deshace en agradecimientos y le pide que lo acompañe en la ambulancia, que ya fue llamada.

En fin, otras acciones generosas y espontáneas del hombre le cambian los corazones a sus accidentales compañeros  y, en algún momento,  la Josefina, que ahora sí tiene complejo de culpa, los mueve a organizar una celebración para Johnny, aprovechando que se enteraron por casualidad de su fecha próxima.  Recogen el dinero y Josefina y Félix se encargan de adquirir la torta y demás consumos y de organizar el salón.  Finalmente, le hacen saber que el día de su cumpleaños se lo celebrarán en la clase de acuarela como una manifestación de gratitud.

Los organizadores, sabedores de su asidua asistencia a otras actividades, se ponen en la tarea de convidar a todos los inscritos en ellas, para que el homenaje al hombrecito salga mucho más pomposo.  Todos prometen asistir y efectivamente allí llegan el día señalado.  Diez minutos después de la hora, empiezan a preocuparse, pero algunos les recuerdan que Johnny no es nada puntual; podrá llegar a la media hora o a los tres cuartos.  Finalmente, todos tienen que consumir el banquete, sin cantar el happy birthday, y rifan entre ellos el regalito que le tenían comprado al Johnny, quien a partir de ese día no volvió a ninguna de las actividades.

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

jueves, 9 de mayo de 2019


EL ZAPATO COMPAÑERO

Relato


Sergio Andrés perdió un zapato y estaba muy contrariado.  Había dejado el par sobre el alféizar de la ventana para secarlo al aire, porque estaba humedecido por una llovizna que tuvo que soportar llegando a casa.  No aceptaba la idea de no poder ponerse ese par de tenis de marca que le costó un dineral hacía apenas un mes y que gustaba de lucir vanidoso ante las chicas y los amigos.

–Puede haberse caído afuera –le dijo su hermanita.

Salió a buscar en la zona verde bajo la ventana, sin éxito.  ¿Dónde más podría estar?  ¡Ah!  La mamá acostumbraba llevarse al cuarto útil, en el sótano, todos los elementos que él dejaba por ahí tirados; buscó la llave y se fue a esculcar en el dichoso rincón, pero solo se topó con objetos viejos, como aquel aparato de videojuegos que tanto disfrutó a sus trece años y que luego fue relegado para adquirir uno más novedoso que imponía la sociedad de consumo.

–¿Para qué quiero más esto?  Lo voy a regalar a Fernando, que es pobre y ni siquiera uno de estos ha podido tener.

Le confesó a la madre la pérdida de la prenda y le inquirió si se la había escondido en otro lugar, en su manía por el orden.

–Lo mío no es manía, es disciplina, que quiero que ustedes también aprendan; y si los zapatos estaban bien colocados, secándose, no habría visto eso como un desorden y no necesitaría aplicarte el acostumbrado correctivo.
–Entonces, ¿dónde puede estar el ridículo zapato?
–No eran nada ridículos cuando te dio la fiebre por adquirirlos.  ¿No sería que Rufo se llevó esa “garra” para aumentar su tesoro?

El perro de Esperanza, su hermanita, acostumbraba robarse algunos objetos y llevarlos al rincón más oscuro de su casita.  Lo que era útil, se lo retiraban y le daban una reprimenda pero, con lo que quedaba, estaba acumulando un preciado tesoro.  Se fue Sergio Andrés, linterna en mano, a revisar la guarida del intruso, el que pareció entender la sugerencia de la mamá y se puso alerta para no dejarse despojar.  Debió llamar a Esperancita para que se hiciera cargo del animal, que se había adelantado a meterse en la casita y le mostraba los dientes para que no introdujera la mano.  Sin embargo, el valioso zapato tampoco apareció allí.

Salió aburrido el muchacho para el colegio, caminando lento y con una sola imagen en la cabeza, porque lo que perdemos se queda con nosotros; nos persigue a mañana, tarde y noche.  Suspiraba y se miraba con desgano los zapatos “viejos”, de siete meses de uso.  En el primer descanso, le entró llamada de la mamá y se alegró pensando en una buena noticia.

–Voy a aprovechar que hace días no limpio bien debajo de tu cama; muevo todas esas cajas que mantienes ahí, para aspirar a fondo, y quizás encuentre tu zapato.
–Yo nunca meto los zapatos debajo de la cama.
–Ustedes siempre lo ven todo muy simple.  Deducciones a lo Sherlock Holmes; “si el señor X nunca ponía los zapatos bajo la cama, el zapato hallado debajo de la cama pertenece al asesino”.  Te informaré si lo encuentro.

Intento fallido.  En lugar del tenis, apareció una media que había dejado muy triste a su compañerita nona.  También se topó con la caja de un rompecabezas de 5000 piezas, otrora fascinación del chico, ahora llena de polvo.  Le preguntó qué hacer con eso y él le respondió que podía regalárselo al primito José Elías, que andaba entusiasmado con los rompecabezas.

Una semana después, su amiga Magdalena le dijo que había visto su zapato.

–¡¿Cómo puede ser?!  ¿En dónde?
–En el sitio más increíble, pero más natural, que puedas imaginar.  ¿No das?
–Ahora no estoy resolviendo adivinanzas.
–¡Huy, qué humor!  Vi tu zapato en un pie.
–¿En el pie de quién?  ¡Voy y le arranco mi zapato; con pie y todo!
–Del vago que ronda por el barrio.  El que duerme en los antejardines, en el separador central de la avenida…
–¿El de los calzones anchos, amarrados con una cabuya?
–Ese mismo.  Tiene otro tenis muy distinto en el otro pie, pero se contonea orgulloso luciendo sus zapatos de marca.  ¡Y no me vengas a decir que te robó el tenis!  Lo encontró en la calle, tiene derecho a quedárselo.

Ahora el problema se convirtió en un reto moral para el muchacho; ¿descalzar a un miserable?  ¿Qué podría hacer para recuperar su zapato?  Lo discutió con Magdalena y a ella se le ocurrió que le ofreciera compra; por el valor de un desayuno, el hombre le entregaría el tenis y el muchacho quedaría libre de remordimientos.  El día siguiente se fue a buscarlo.

–Oiga, hombre, le compro el tenis izquierdo por cinco mil pesos; es para juntarlo con uno derecho que tengo igualito a ese, porque el compañero se me rompió.  
–Yo le compro más bien el suyo con siete mil que llevo recogidos hoy.  Me quedo sin comer, pero ¡qué importa!  Se justifica para lucir buena pinta.

Esperó hasta el día siguiente y regresó para ofrecerle diez mil pesos.

–Anoche me fue bien cuidando carros y recogí con que darle veinte mil.  Después veré cómo como.

Se conmovió el chico, fue a casa por el zapato y se lo regaló al indigente.  Regresó con los ojos encharcados, no se sabe si por compasión o por haber perdido definitivamente su precioso par de tenis.



Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
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