miércoles, 11 de mayo de 2022


Esa sombra

Relato

Fuente para el relato "Historia de dos o La sombra"

presentado a Café Literautas en mayo de 2022


Cuando se decidieron a realizar plenamente su amor, ella siguió siendo su sombra; dispuesta a lo que él le hiciera, haciéndole lo que él le pedía.  Era una dicha para él, porque lo tomaba como pura comprensión mutua.  Lo hicieron por primera vez en el lugar que él sugirió, ella no conocía ninguno; él tampoco, pero los amigos hablaban de tal y cual sitio.  No era muy cómodo ni muy bonito, pero les pareció magnífico para esa, su primera aventura sexual completa.  Tampoco fue que hicieran nada novedoso, igual muy turbados estaban.  Ya se conocían parcialmente sus zonas íntimas, en particular con el sentido del tacto; ahora el avance fue descubrirlas del todo y ponerlas en pleno contacto; contacto que llevó, por supuesto, al furor, pero sin salirse de lo convencional; parecían creer que había una fórmula que se debía seguir al pie de la letra y cuando terminaron, se vistieron y salieron.  Iban satisfechos, porque llegaron al culmen, o eso creían; iban frustrados, porque pensaban que tenía que haber formas más excitantes.  Él la dejó en su casa y cada uno de los dos se fue a su propia cama a proporcionarse en solitario el poquito o mucho de placer que les había quedado faltando.

Se habían conocido en una fiesta, se habían gustado, se habían dicho tímidos piropos; él la llevó a casa, ella no quería, pero él impuso su deseo.  Al llegar, él le pidió una bebida aromática, ella temía despertar a la familia, pero le indicó cómo hacer todo, para evitar los ruidos, y ella obedeció al pie de la letra.  Hablaron de encontrarse de nuevo y el muchacho definió en dónde, cuándo y cómo, mientras la chica aceptaba todo con la docilidad de una sombra.  Se despidieron con un leve beso en la mejilla y, mientras él se alejaba, ella lo cubría con su mirada, enamorada y medio oculta tras la puerta, bajo la luz apagada, como una sombra viviente.

Nuevos encuentros, disfrute del cine, los helados, los cafés, las cervezas, los juegos, los conciertos, las caminadas, los paseos, siempre ella siguiéndolo como una sombra; siempre aceptando todo lo que le proponía; siempre riendo al unísono, como si su risa fuera una sombra de la del chico.  Un día, salieron en el carro del padre del muchacho a visitar un bello y antiguo pueblito, conformado por casas de uno y dos pisos hechas de bahareque, calles todavía empedradas, iglesia de tipo barroco, alcaldía en casona colonial, profusión de árboles inmensos.  No era fácil perderse en pueblo tan pequeño, pero ella no se le desprendía para nada; él parecía cogido de la mano de su sombra, que no lo abandonaba, como no nos abandona nunca nuestra sombra.  Solo para ingresar al baño la sombra aceptaba estar al otro lado de la puerta.

Llegaron los momentos de buscar los besos y caricias en la soledad, a media luz; los disfrutaron intensamente, llevando él siempre la iniciativa y siguiéndolo ella como sombra.  Llegaron las invitaciones de las amistades y ella no lo dejaba ir solo a ninguna parte, siempre tenía que estar tras él como la sombra.  Para salir a las compras, la sombra tenía que estar ahí, a su lado; para preparar los exámenes, ella lo tenía que acompañar; para ir al médico, para entrenar con su equipo, para comprar camisetas, para renovar la licencia de conducción, para presentarse al servicio militar, donde no lo seleccionaron, por fortuna.  El chico la empezó a llamar, cariñosamente, sombrita.

Y llegó aquella noche de amor, decidida de común acuerdo, en lo que puede tener de acuerdo el aceptar lo que el otro propone; buscada con ansia y planeada con minucia, evitando que cualquiera se enterara, guardando con sigilo el secreto, como si estuviesen planeando un crimen.  Sobra decir que le siguieron otras noches iguales, cada una o dos semanas; ¿qué digo iguales?: muy diferente cada una, porque buscaron (buscó él) mejores sitios; porque exploraron (guió él la exploración) diversos lugares del cuerpo, nuevas técnicas amorosas; porque salieron cada vez más satisfechos, más plenos, menos necesitados de completar; porque se atrevieron (se atrevió él) a hacer la confidencia de sus escapadas a los amigos más cercanos y a comparar las experiencias, pues resultó, lo que no debía ser ninguna sorpresa, que aquellos también tenían las mismas prácticas.

Proponer matrimonio ya fue como un corolario de la consolidada relación; fue recibido con alborozo por las familias y se celebró con estruendosa fiesta.  Tras la luna de miel, las rutinas hogareñas se fueron acomodando y se fueron dando los cambios: él ya no la guiaba en las “locuras”; él ya salía solo y ella lo empezó a seguir en secreto, como la sombra que no vemos porque va atrás de nos.  Primero fue por las noches; si salía a un entrenamiento, lo seguía, como sombra proyectada por la luna; cuando salía a algún agasajo entre compañeros de trabajo, lo seguía; si era para algún espectáculo que a ella no le interesaba, lo seguía.  Se aguantaba, de ser necesario, horas en una esquina o bajo un árbol, con tal de averiguar con quién andaba y volver a hacerle sombra oculta en su regreso; siempre se las ingeniaba para entrar a casa antes que él.

Después, se atrevió a volverse sombra del sol; lo seguía para el trabajo y llegaba tarde al suyo; iba tras él cuando salía a jugar un partido; lo espiaba si se iba a hacer diligencias al centro de la ciudad.  ¡Las resolanas que aguantó!  A punto estuvo de accidentarse por ignorar los veloces vehículos con tal de no perderlo de vista.

Una vez la vio, por casualidad, reflejada en una vitrina; en otra ocasión, por el espejo retrovisor; en las siguientes, porque ya estaba atento a sus persecuciones.  Nunca le reclamó; sufrió en silencio su decepción, hasta que un día, cuando una compañera de trabajo le propuso celebrarle el cumpleaños en privado, le aceptó y le sugirió el bar a donde lo podría invitar; no porque la considerara otra sombra, sino porque el sitio se prestaba para que aquella espiara todo lo que deseara.  Vinieron las cogidas de mano, los besos, la mano bajo la falda, la mano bajando el cierre, los afanes y suspiros, pero no aceptó ir con ella al lugar que lo invitó; le pareció que ya le había hecho tragar suficiente medicina a su sombra, a quien no había dejado de mirar de reojo.

Las veladas en casa siguieron siendo tan fingidas como ya se acostumbraba; los saludos, de beso frío; las caricias, sosas; las palabritas medio dulces, el sainete en la cama, las insinuaciones que no pasaban a más, las ocasionales reyertas y el contentamiento posterior.  Ella no le mencionaba nunca lo que había visto, él se mostraba muy fresco, como si nada hubiera pasado.

Un domingo por la noche, subieron a la azotea del edificio para observar un eclipse que se anunciaba muy bello.  Mientras miraban el fenómeno, ella le metió mano; primera vez que tomaba la iniciativa; él, asombrado, le dejó hacer y ella lo fue llevando hacia la baranda y allí se recostaron; indeciso el muchacho entre disfrutar de la vista o del tacto, no percibió que lo presionaba contra la baranda pero sí le intrigó que lo corría un poco más allá, como buscando un punto; esta cedió, pero antes de caer al vacío, él logro asirse a una de las barras y, para ganar equilibrio, apoyó su otra mano en su pareja, que perdió el apoyo y se precipitó abajo.  ¡Quedó como un hombre sin sombra!


miércoles, 13 de abril de 2022

SOBRE "LAS UVAS DE LA IRA"

THE GRAPES OF WRATH
John Steinbeck

Tercera entrega



Esta novela del autor estadounidense presenta en forma magistral lo que fue la migración por la desertificación de Oklahoma en los años treinta (la “dust bowl”).  Narra ese inmenso problema social apoyándose en el éxodo de la familia Joad desde Oklahoma hasta California.

En la primera entrega presenté apartes que corresponden, principalmente, al éxodo desde Oklahoma, a través de Texas, Nuevo México y Arizona.  En la segunda, la llegada al ansiado paraíso californiano y las dolorosas decepciones, derivadas de las condiciones de explotación de la tierra por los grandes terratenientes.

En la tercera, vienen algunos párrafos que muestran crudamente la honda diferencia entre los explotadores de la tierra y los desgraciados desposeídos por el capitalismo; los voraces métodos de los primeros y el desespero y odio que se incuba entre los últimos.



…great owner bought a cannery. And when the peaches and the pears were ripe he cut the price of fruit below the cost of raising it. 

…el gran propietario compró una enlatadora.  Y cuando los duraznos y peras maduraron, rebajó su precio por debajo del costo de cultivo.


And as cannery owner he paid himself a low price for the fruit and kept the price of canned goods up and took his profit. And the little farmers who owned no canneries lost their farms, and they were taken by the great owners, the banks, and the companies who also owned the canneries. 

Y como propietario de la enlatadora, se pagaba a sí mismo muy bajo por las frutas y mantenía alto el precio de los enlatados y así obtenía su ganancia.  Y los pequeños cultivadores que no poseían enlatadoras perdieron sus granjas, que pasaron a poder de los grandes propietarios, los bancos y compañías con enlatadoras.


This little orchard will be a part of a great holding next year, for the debt will have choked the owner. 

Esta huertecita será parte de una gran propiedad el año entrante, porque la deuda habrá estrangulado a su dueño.


The great companies did not know that the line between hunger and anger is a thin line. And money that might have gone to wages went for gas, for guns, for agents and spies, for blacklists, for drilling.

Las grandes compañías no sabían que la frontera entre hambre e ira es difusa.  Y los fondos que debían ir a salarios se fueron a combustible, a armas, agentes y espías, listas negras y entrenamiento.


…they reassured themselves that they were good and the invaders bad, as a man must do before he fights. 

…estaban convencidos de que ellos eran buenos y los invasores, malos; como hay que hacerlo antes de pelear.


These goddamned Okies are dirty and ignorant. They’re degenerate, sexual maniacs. These goddamned Okies are thieves. They’ll steal anything. They’ve got no sense of property rights. 

Estos malditos Okies son sucios e ignorantes.  Son degenerados, maniáticos sexuales.  Estos malditos Okies son ladrones.  Se roban todo.  No tienen sentido de la propiedad privada.  


…and in the eyes of the hungry there is a growing wrath. In the souls of the people THE GRAPES OF WRATH are filling and growing heavy, growing heavy for the vintage.

…y en los ojos de los hambrientos va creciendo la ira.  Las almas del pueblo se van llenando de LAS UVAS DE LA IRA que crecen y crecen para la vendimia.


Did you ever see a deputy that didn’ have a fat ass? An’ they waggle their ass an’ flop their gun aroun’. 

¿Viste alguna vez un policía que no tuviera un culo grande?  Y contonean ese culo y agitan el revólver.


They’ll find you in a ditch, with the blood dried on your mouth an’ your nose. Be one little line in the paper— know what it’ll say? ‘Vagrant foun’ dead.’ An’ that’s all. You’ll see a lot of them little lines, ‘Vagrant foun’ dead.’ 

Te encontrarán un día en una zanja con la sangre ya seca en tu boca y nariz y con una leyenda en un papel qué dirá “vago hallado muerto”.  Y ya.  Vas a encontrar muchos letreros “vago hallado muerto”.


And under the begging, and under the cringing, a hopeless anger began to smolder.

Y tras los ruegos y súplicas, empezó a surgir una ira desesperada.


And in the little towns pity for the sodden men changed to anger, and anger at the hungry people changed to fear of them. Then sheriffs swore in deputies in droves, and orders were rushed for rifles, for tear gas, for ammunition. 

Y en los pueblitos, la compasión por los desgraciados se cambió en furia y la furia por los hambrientos se cambió en temor.  Entonces los alguaciles prometieron manadas de policías y abundaron los pedidos de rifles, gas lacrimógeno y municiones.


“I’m learnin’ one thing good,’’ she said. “Learnin’ it all a time, ever’ day. If you’re in trouble or hurt or need— go to poor people. They’re the only ones that’ll help—the only ones.’’ 

Voy aprendiendo algo bueno, dijo ella.  Aprendiendo a diario.  Si tienes un problema, dolencia o necesidad, acude a los pobres.  Ellos son los únicos que te socorrerán – los únicos.


Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.

Se aceptan observaciones y discusiones.


Por las denuncias en sus escritos, John Steinbeck fue implacablemente perseguido por el macartismo en los años cincuenta.


lunes, 21 de marzo de 2022

 

SOBRE "LAS UVAS DE LA IRA"

THE GRAPES OF WRATH
John Steinbeck

Segunda entrega


Esta novela del autor estadounidense presenta en forma magistral lo que fue la migración por la desertificación de Oklahoma en los años treinta (la “dust bowl”).  Narra ese inmenso problema social apoyándose en el éxodo de la familia Joad desde Oklahoma hasta California.

En la primera entrega presenté apartes que corresponden, principalmente, al éxodo desde Oklahoma, a través de Texas, Nuevo México y Arizona.


Ahora, Cuando la familia Joad llega al ansiado paraíso californiano, vienen las dolorosas decepciones, derivadas de las condiciones de explotación de la tierra por los grandes terratenientes.


ONCE CALIFORNIA belonged to Mexico and its land to Mexicans; 

...and these things were possession, and possession was ownership. 

Then, with time, the squatters were no longer squatters, but owners; 

They imported slaves, although they did not call them slaves: Chinese, Japanese, Mexicans, Philippines.

California pertenecía antes a México y sus tierras a los mexicanos.

...y se trataba de posesión y la posesión constituía propiedad.

Con el tiempo, los invasores ya no eran invasores, sino propietarios; importaron esclavos, aunque no los llamaban así: chinos, japoneses, mexicanos, filipinos.



And it came about that owners no longer worked on their farms. They farmed on paper; and they forgot the land, the smell, the feel of it, 

He paid the men, and sold them food, and took the money back. And after a while he did not pay the men at all, 

Y luego se dio que esos propietarios dejaron de trabajar en sus granjas.  Eran agricultores en el papel y olvidaron la tierra, su aroma, su sentido.  Pagaban trabajadores y les vendían la comida y así recuperaban el dinero y poco después no les tuvieron que pagar nada.



Los inmigrantes, principalmente de Oklahoma, eran indeseables y fueron duramente explotados y perseguidos.


We got to keep these here people down or they’ll take the country. They’ll take the country. Outlanders, foreigners. 

Tenemos que sacar a esta gente o se apoderarán del país.  Se adueñarán de él estos forasteros, estos extraños.



How can you frighten a man whose hunger is not only in his own cramped stomach but in the wretched bellies of his children? 

¿Cómo es posible que intimides a un hombre cuya hambre no está solo en su acalambrado estómago, sino en las miserables panzas de sus hijos?



Three hundred thousand, hungry and miserable; if they ever know themselves, the land will be theirs and all the gas, all the rifles in the world won’t stop them. And the great owners, who had become through the might of their holdings both more and less than men, ran to their destruction, 

Trescientos mil hambrientos y miserables; si se conocieran entre sí, la tierra sería toda suya y no los podrían detener toda la gasolina, todos los rifles del mundo.  Y los grandes propietarios, convertidos por el poder de sus posesiones al tiempo más y menos que hombres, se precipitarían a su destrucción.



Pray God some day kind people won’t all be poor. Pray God some day a kid can eat.

Quiera Dios que un día la gente buena no sean todos pobres.  Quiera Dios que algún día un niño pueda comer.


Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.

Se aceptan observaciones y discusiones.



miércoles, 16 de marzo de 2022

Lejano alter ego

Relato

Publicado en Café Literautas, marzo 2022


        De regreso a casa, fui detenido por un agente que me exigía el pase; lo entregué extrañado, pues no creía estar cometiendo infracción (¿ todavía se me notaba el guayabo?).

–Aquí dice que usted debe manejar con lentes.

(Este tipo quiere mordida).

–Llevo lentes de contacto –grité furioso.

–Si no se pone unas gafas le elaboro un comparendo y además llamo a un policía para llevarlo a la inspección por ofender a la autoridad.


Debí quitarme uno para convencerlo. 


Fueron dos agobiantes horas hasta llegar al apartamento, a donde entré soltando madrazos.  Mi mujer preguntó “¿Qué te tiene tan piedro?”


–Primero, pelotera con un agente; después, allí en la acera intenté recoger un frasco que se me quebró y me he cortado en un dedo.


Me puso una curita, sirvió un pocillo de café y me prodigó algunas caricias. Prendí el televisor para observar el noticiero; lo único diferente a los chismes del medio día fue el caso de una culebra en la terraza de una casa, que causó varias horas de despelote.


–¿Qué me tienes para la comida, cariño? – pregunté.

–Sudado de carne y papas

–Lo mismo que me dieron al almuerzo. Prepárame, aunque sea, un tocino con huevos.

–Pero mira qué acompañamientos: un plato de caldo de hueso recién bajado de la hornilla, una coca de ensalada fresca, un vaso de sorbete de banano recién licuado y, de dulce, un exquisito arequipe.

–Bueno, en todo caso, tengo mucho filo.


Apurando el caldo, se me cayó el lente, que seguramente me había quedado flojo en el apuro, fue a dar entre los ojos de grasa y se confundió con ellos.


–Maldita sea! Auxilio!  Debo rescatar este hijuemadre.  Si no lo encuentro no puedo salir mañana en mi carro.  Tráeme una lupa.

–Voy por ella, serénate.


Encontrado el lente, me fui a mi pieza, me puse la piyama, entré al computador y cuál no fue mi sorpresa al hallar en la red social esta narración de quien parecía ser mi alter ego español:


De regreso a casa, fui detenido por un guarda que me exigía la licencia; la entregué extrañado, pues no creía estar cometiendo infracción (¿ todavía se me notaba la resaca?).


–Aquí  pone que usted debe conducir con lentes”.

 (Este tío quiere coima).

–Llevo lentes de contacto –grité furioso.

 –Si no se pone unos anteojos le elaboro un informe y además llamo a un guardia civil para llevarlo a la comisaría por ofender a la autoridad.


Debí quitarme uno para convencerlo.


Fueron dos agobiantes horas hasta llegar al piso, en donde entré soltando tacos.  Mi mujer preguntó “¿Qué te tiene tan cabreado?”


–Primero, mogollón con un guarda; depués, allí en la vereda intenté recoger un frasco que se me rompió y me he  baldado en un dedo.


Me puso una bandita, me sirvió una taza de café y me prodigó algunas caricias. Encendí la TV para observar el informativo; lo único diferente a los chinchorreos del medio día fue el caso de una serpiente en la terraza de una casa, que causó un follón de varias horas.


–¿Qué me tienes para la cena, cariño? – pregunté.

–Estofado de carne y patatas.

–Lo mismo que me dieron en la comida. Prepárame, aunque sea, un beicon con huevos.

–Pero mira qué acompañamientos: una escudilla de consomé de hueso recién bajado de la placa, un bol de ensalada fresca, un vaso de batido de banana recién licuado y, de postre, un exquisito dulce de leche.

–Bueno, en cualquier caso, tengo mucha gazuza.


Apurando el consomé, se me cayó el lente, que seguramente me había quedado flojo en el apuro, fue a dar entre los ojos de grasa y se confundió con ellos.


–¡Hostia!  ¡Ayuda!  Debo rescatar este concha de su madre.  Si no lo encuentro no puedo salir mañana en mi coche.    Tráeme una lupa.


–Voy a por ella, serénate.


Encontrado el lente, me fui a mi cuarto, me puse el pijama y entré al ordenador para revisar novedades en mi red social favorita, hasta quedarme dormido.

jueves, 13 de enero de 2022

 Apocalipsis a la medida

Relato

Presentado a Café Literautas en enero 2022


Caen cenizas todavía ardientes sobre la pequeña ciudad y se anuncia un fuerte incremento de radiación para las horas siguientes; los pobladores corren a refugiarse en los sótanos, cargados de provisiones conseguidas con premura.  Todo ello ocurre en la fértil imaginación de Saturnino Martel, quien cada día está más aterrorizado por las predicciones de guerra nuclear, que no vienen propiamente de los agoreros de fin de año, sino de los comentaristas políticos de la prensa.

Creen haberlo convencido sus parientes del poco crédito que hay que dar al sensacionalismo de los medios y ya cae en pánico por el próximo impacto de un asteroide con el planeta.  Su primo, físico y estudioso de la astronomía, le indaga si la causa de su pavor está en la película de moda.

–No es por eso.  Mira que últimamente nos han anunciado con frecuencia el paso de asteroides a poca distancia de la Tierra.

–Esa pequeña distancia es relativa; son millones de kilómetros, que parecen poco en comparación con el tamaño del sistema solar.  Digamos que han pasado frente al dintel de nuestra ventana, pero no han tocado la casa.

–Entonces, ¿por qué la NASA ha enviado a DART a destruir un meteorito que viene hacia nosotros?

–Ante todo, no es un meteorito, sino un asteroide y no venía hacia nosotros; sigue su trayectoria lejana, pero fue seleccionado para experimentar el desvío artificial de un cuerpo celeste.

–Si hacen ese experimento es porque saben que ya se aproxima uno.

–Eso no es tan preciso.  Por ahora, no se sabe de alguno que venga rumbo a nosotros.

–¿Y por qué no los detectan con esos telescopios tan poderosos que tienen?

–Hallar un astro que venga a nuestro encuentro es como buscar un alfiler en un pajar.  En la inmensidad del Universo son encontrados diariamente miles de nuevos cuerpos y consume mucho tiempo estudiar la posición y la órbita o trayectoria de cada uno.

–¿No sabemos, pues, cuándo aparecerá uno que haga colisión con esta bolita en que vivimos?

–Así es, pero el experimento se está haciendo para perfeccionar la tecnología necesaria para el evento.  Puedes confiar en que el bólido será detectado con tiempo suficiente para enviarle su kamikaze.

Saturnino pareció salir calmado de este diálogo, pero al día siguiente lo horrorizaron las noticias del cuarto pico del virus; consultó con un biólogo amigo y este le recomendó aislarse por un tiempo para evitar contagios, así que decidió ir a refugiarse en el sótano de su vivienda.

El hombrecito había hecho cavar y acondicionar un espacio amplio en ese sótano para protegerse de la guerra nuclear y ahora le serviría para eludir todos los contactos y hasta evitar corrientes de aire que pudieran llegarle con el virus a sus vías respiratorias.  Se acomodó a sus anchas en un mullido sillón, encendió la TV y se estaba quedando dormido cuando se le derrumbó la casa encima.

–¿Bomba atómica?  ¿Asteroide?  ¿Qué chiste es este? –Fue lo que alcanzó a preguntar, antes de quedarse para siempre sin respuesta.

En su paranoia, Saturnino había mandado a construir un nuevo techo con poderosos refuerzos de acero, pretendiendo que resistieran el golpe de un meteorito y ocurrió que las considerables fuerzas transmitidas columnas abajo no fueron soportadas por los cimientos, que habían sido debilitados por la socavación en el sótano y toda la estructura cedió para darle gusto al ansia de desastre de este desgraciado habitante.

jueves, 30 de diciembre de 2021

 Hallazgo navideño

Relato


Este muchacho de catorce años había dejado su casa la noche del 24 de diciembre y andaba por las calles buscando algo que él no sabía qué era, pero sí sabía que tenía que ver con la Navidad.  En la tibia noche, solitaria porque las gentes estaban reunidas en casa, el joven medía con sus botas nuevas una calle y otra, recorría un parquecito y el otro escudriñando, deteniéndose, volviendo a andar…

¡Nada!  No encontraba lo que anhelaba.  Pensaba en regresar al hogar, a la reunión familiar, pero no desistía de su empeño.  Total, no tengo que huirle a ningún frío; no soy habitante de los tradicionales cuentos de Navidad con hielo y nieve; aquí tenemos  un bello clima tropical, aquí la noche del 24 invita a salir, aunque nadie sale; que celebren ellos allá, que me guarden algo de la cena y muchos dulces; ya me daré gusto.

Una niña que lloraba llamó su atención.  Se acercó a ella acucioso y se llevó una decepción cuando supo que su llanto provenía de una rabieta porque no le gustó el color del costoso juguete que le regalaron.  Más adelante, quiso socorrer a un perrito que lloraba con aullidos lastimeros; cuando se estaba acercando y el animalito se alegró, creyó que vendría a sus brazos y se decepcionó de nuevo al verlo ir veloz hacia el ama que venía a su encuentro.

Pasando por la calle más oscura y estrecha, encontró una iglesita abierta y solitaria, en donde entró con pasos vacilantes y mirada ansiosa.  Al fondo, junto al altar, estaba armado un pobre pesebre, lleno de vegetación, luces y figuritas; se acercó, lo examinó detenidamente, se quedó un rato expectante y nada sucedió.  Volviose hacia la puerta; cuando la cruzaba, escuchó una música dulce y se regresó rápidamente; la música se cortó, mas volvió en otro tono y melodía; descubrió que no se trataba de ningunos acordes celestiales, sino del ensayo del organista, allá arriba en un pequeño armonio, para la próxima ceremonia.

Saliendo defraudado, lo deslumbró el brillo de la luz lunar en los árboles de la zona verde del frente; alzó la vista hacia el astro, una llena esplendorosa que estaba rodeada de chispeantes estrellas y, un poco retiradas, tímidas, las nubes que un rato antes le ocultaran el espectáculo.  Esto era lo que yo buscaba; ningún milagro, ningún ser desamparado a quien, movido de compasión, le ofreciera salvación, tampoco personajes celestiales que viniesen a encantarme.  La Navidad la tenía yo mismo adentro; la excursión, la búsqueda, el anhelo la despertaron y la belleza de la noche la hizo invadir mi corazón.  Ya puedo volver a casa.


 Ilusión traviesa

Relato

Presentado al Café Literautas, diciembre 2021


Voy andando bajo un sol caliente por las sombras de los muchos árboles de esta calle, absorto en cosas baladíes, cuando ella surge de la nada y me interrumpe.  Me cautiva el océano de sus ojos que me miran sin verme.  Cruza airosa a mi lado entre ráfagas balsámicas y arrastra mi vista tras de sí, para enloquecerme con la cumbia de sus caderas.  Mis ojos ordenan a mis piernas dar la media vuelta y la sigo a prudente distancia mientras me marean dulces sensaciones.

La encantadora muchacha entra en un cafecito que me invita con un guiño cómplice.  Antes de decidirme, la miro a través del cristal, tomándome un ratito para calcular mi estrategia, tiempo que aprovecha un muchacho para colarse; la aborda y es premiado con una mágica sonrisa.  Me paraliza la decepción y no sé cuánto tiempo pasa hasta que sale sola y continúa apurada por el andén.  Ya la estoy siguiendo de nuevo, pero un bus le abre la puerta y me la arrebata.

Nueva frustración y tardío impulso de abordar la máquina que ya huye burlona.   Ahora mis pasos lentos me llevan sin ganas a mi morada solitaria, donde me sirvo un trago y me quedo ¿cuántas horas? componiendo fantasías con la chica evadida.

Llega un nuevo día, gris y tristón como mi ánimo, y voy por la misma calle con la mirada perdida, que súbitamente es capturada por la muy tibia de la diosa de la víspera.  Ella está a la entrada de un centro comercial, indecisa, y yo me aproximo indagándole qué busca; me acepta el ofrecimiento y la acompaño a un puestecito donde compra una bagatela.   La invito a un helado en el puesto vecino; lo degusto extasiado por la dicha de haber recibido aceptación.

No voy a relatar las encantadoras conversaciones, pero sí la embriagante felicidad que me invade cuando me acepta una rosa en la venta de flores por donde maliciosamente la hago pasar.  Ya para salir de la bulla de ese comercio, me dice que debe dejarme para proseguir su camino pero, a la altura que he llegado, ¿cómo voy a caer?  Angustiado buscando algún recurso, una lluvia cómplice me induce a abrir el paraguas y atraerla a mi lado para llevarla; ella me indica, con resignación, una parada de buses.  Las gotas que nos rodean son alegres y cantarinas; el gris de la tarde es rosado para mí; el andar de mi compañerita es música.  Avistamos la parada, donde un hombre joven, casi tan bello como ella, la reconoce con una amorosa mirada y luego ella me abandona con un “hasta aquí llego, gracias”.

Saluda al hombre con un cálido beso en los labios, le obsequia ¡mi rosa! y se van juntos, prácticamente danzando bajo el agua.  Cierro contrariado el paraguas y las crueles gotas que me empapan son llanto desconsolado; el gris del atardecer es negro fúnebre; la noche que se aproxima, un sepulcro.

  El jibarito Los viajes en bus tienen un hechizo especial sobre uno, no importando las incomodidades, los malos olores, el calor, el frío, ...