lunes, 25 de junio de 2018

LEONARDO, MUY RECONOCIDO
Relato

Sic itur ad astra
Virgilio

La tía Beatriz vio en las estrellas que el niño recién nacido sería un gran creador; su otra tía, Ligia, le adivinó dedos de músico y testera de intelectual.  De todos modos, era un bebé muy activo; desde recién nacido fijaba una mirada escrutadora en quienes lo observaban y ellos juraban que les sonreía; después empezó a agitar bracitos y piernitas como muestra de regocijo por la cercanía de los suyos y muy pronto aprendió a recibir con una risa franca las monerías que le hacían padres y abuelos.  “Este muchacho tiene futuro”, decían los viejitos.

Llegaba de la escuela primaria, volaba con sus tareas y se ponía a escribir cuentos, que se inspiraban en los de hadas, de aventuras que le leían desde muy pequeño: …Un jovencito que salía al bosque, armado de una cauchera (honda) a buscar a la niña de capita roja para advertirle del lobo, asegurándole que él estaría atento a derribarlo con su arma si se le acercaba…  …Un ave inmensa que transportaba a un marinero que iba en busca de un amor lejano, con la mala suerte de encontrarla encadenada por un ogro, pero con su valentía la liberaba…  Animado, los mostraba a su madre. “Deja de escribir esas bobadas; ponte a estudiar aritmética para mejorar tus notas.  Después buscas un pasatiempo más interesante”.

Su musa le recomendó no hacer caso de la imprudente mamá y le sugirió seguir escribiendo a escondidas; le hizo caso, pero también buscó otra afición, el deporte.  Hacía progresos en tenis de mesa, les ganaba a todos sus compañeros de estudio, ganaba torneos de barrio, lo llamaron a integrar un equipo municipal… En contravía, su hermana María Inés le dijo que ese deporte era de niñas y que dejara de ser iluso, que nunca iba a ser un campeón; debía dedicarse más bien al estudio para obtener buenos premios en el acto de clausura escolar;  él era un brillante estudiante y debía mantener alto el listón; más adelante podría buscar una actividad más gratificante.

En el bachillerato, siguió con el ping pong, mas, haciendo caso a su hermana, buscó otra actividad: se dedicó a aprender guitarra con un compañero y fue tal su progreso que resolvió pedir una de regalo a su papá, quien se la dio a regañadientes; “ya tiene una disculpa para no estudiar – pero si le va mal, se las verá conmigo”.  Practicaba la música cuando el padre no estaba; su complaciente musa intervino de nuevo y lo animó a hacer composiciones.  Aunque hacía unas muy inspiradas, se las guardaba, pues ya todos lo tenían acostumbrado a creer que sus habilidades no valían.  Cuando el papá lo sorprendía practicando, le decía que no se volviera un vago guitarrero, que explorara algo más productivo, que la dura vida exigía mucho estudio y mucha dedicación al trabajo.

Al poco tiempo de casarse, para hacer caso a las insistencias de su esposa de adoptar alguna afición intelectual para emplear su tiempo libre (como si tuviera mucho…), se decidió a estudiar pintura, actividad que le venía llamando la atención.  No lo abandonó la fiel musa, tuvo sorprendentes progresos, comenzó a producir obras de misterioso colorido, sorprendente expresividad, mágico encanto.  Su maestro le recomendaba exponerlas, pero su conyuge le decía que no se atreviera a mostrar en público “esos mamarrachos”; que tenía que buscar algo para lo que fuera “realmente bueno”.  No echó en saco roto la recomendación; en secreto disfrutó maravillosamente de la intimidad con una amiga que lo buscaba por algo para lo que lo consideraba muy bueno…

Su amigo Giovanni le pidió prestada la guitarra un fin de semana; en un bolsillo interno del estuche se fueron unas composiciones que ya no recordaba tener allí guardadas; el colega le retornó el instrumento el lunes, muy cumplidamente.  Un mes después, asistió Leonardo a una presentación del grupo de su amigo y de improviso escuchó unos acordes muy familiares; comenzó a dar vueltas en la cabeza a sus compositores predilectos, sin identificar al posible dueño de la música, hasta que reconoció que se trataba de sus lejanas creaciones, lo que le produjo amargura y resquemor.  A la salida misma del concierto, se fue directo tras Giovanni y le reclamó muy disgustado.  “Te íbamos a dar el crédito, pero Frank, el presentador, lo olvidó”.  “Pues yo no voy a olvidar entablarles una demanda”.  “No tienes manera de demostrar tu autoría”.  “Con esa frase me demuestras tu mala fe”.  Esa misma semana lo buscaron para proponerle una conciliación y pedirle nuevas obras; así comenzó a figurar como compositor y a devengar los ínfimos pagos que se derivan de los derechos de autor. 

En alguna ocasión, un cuñado que les ayudaba en una mudanza, rompió con torpeza un sobre lleno de papeles viejos; se desparramaron los cuentos que Leonardo conservó clandestinos por muchos años; el imprudente cuñado los leyó y se quedó asombrado, le propuso que los publicara, pero el hombre se negó con mil argumentos.  “Este tan creído; no le voy a rogar”.  Un tiempo después, fue lanzada una nueva versión de un prestigioso concurso de cuento; el cuñado buscó a Leonardo y le insistió tanto durante semanas, con tal variedad de razones, que lo dejó sin disculpas y se animó a presentarse en la modalidad de cuento corto, no con los escritos infantiles, sino con uno de nueva inspiración; resultado: ganador absoluto.

Su antiguo maestro de pintura se enteró de sus éxitos literarios y musicales y lo buscó para empujarlo a exponer.  “Esos cuadros están todos empolvados en un sótano”. “De allá los sacamos  y te ayudo a restaurar lo deteriorado”.  “Estoy muy endeudado, no puedo invertirle a eso”.  “No es mucho; yo te consigo dinero prestado con un amigo”…  La recuperación fue laboriosa, no solo era de cepillar; unos rostros ajados por el exceso de humedad tuvieron que ser cuidadosamente ‘maquillados’; unas flores marchitas por efecto de la luz fueron mágicamente revividas; los abstractos ya eran casi concretos, por la capa de tierra.  Finalmente, la exposición fue visitada por miles, obtuvo elogios de la crítica especializada y Leonardo vendió muchas obras.  Se hizo, pues, a fama como hombre polifacético, lo invitaban a dar conferencias, a exponer sus obras en varias ciudades, hasta a apadrinar niños, como se dice jocosamente.

En la conmemoración de una efeméride importante de su ciudad, se le hizo un homenaje y se le otorgó la máxima condecoración de la región.  Emocionado, expresó en su discurso los agradecimientos a sus ‘ilusos’ descubridores y ‘desinteresados’ promotores, a sus ‘pacientes’ lectores y ‘tolerantes’ espectadores y a los ‘generosos’ organizadores del ‘inmerecido’ homenaje.  “…Y no puedo terminar esta oración sin resaltar el valor de la búsqueda permanente, fiel aliada del esfuerzo.  No hubiera llegado a donde estoy si no hubiera explorado siempre algo diferente.  Por eso, debo hacer mención de aquellos que siempre me empujaron a buscar más, siempre me acosaron, nunca estuvieron satisfechos: mis padres, ya fallecidos, mi hermana, ahora tan lejana, y Amparo, quien fuera mi esposa”.


Carlos Jaime Noreña
Ocurr-cj.blogspot.com

cjnorena@gmail.com

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