viernes, 29 de junio de 2018

CATALEJO
Relato


Una linda chica iba sola de noche por la calle; aire puro, la luna brillando con esplendor.  Al doblar una esquina,  dos muchachos que fumaban con sendas piernas apoyadas en la pared, empezaron a seguirla a pocos pasos y le lanzaban piropos de mal gusto.   Iba muy angustiada la muchacha, mirando a todas partes con la esperanza de encontrar gente, pero todo estaba solitario.  De repente, uno de ellos alargó la mano hacia su trasero, mas la chica aceleró el paso; el hombre apenas sí alcanzó a rozarla y su compañero se burló a carcajadas.

Surgió, como de la nada, un tercer muchacho que se le acercó por un costado; ella se estremeció.  “No temas, le dijo en voz baja, te voy a proteger”.  Le pasó un brazo por la cintura, con toda suavidad, y la siguió acompañando.  Los otros dos se les acercaron.  El muchacho giró a hacerles frente.   Uno huyó, pero el otro le sostuvo la mirada.  Le dio entonces un empujón y el cobarde salió corriendo.  Ya tranquilos, le quitó la mano de la cintura; “te acompaño hasta tu casa”.  Ella le regaló una amplia sonrisa y lo tomó de una mano mientras caminaban.  Se preguntaron los nombres.  “Yo soy Alejandro”; “yo me llamo Catalina”.   Siguieron hablando de sus estudios, de por qué estaban cada uno tan tarde de noche por la calle… Llegados a casa, lo despidió con mucho agradecimiento, con un fuerte apretón.

Se encaminó Alejandro a su casa fascinado con el angelical encuentro.  Esta chica era de una belleza cautivante; tenía una linda carita, de facciones muy pulidas y piel muy tersa, con una tierna expresión de dulzura; naricita de niña buena, cabello lacio bien peinado, algunos mechones le caían coquetos a la frente; cuerpecito bien proporcionado, bellas piernas, caminado suave y elegante; voz dulce.  “Catalina, ‘la pura’; le dieron el nombre preciso” se dijo el muchacho, que conocía la etimología.

Tres meses después, en una fiesta de amigos, Alejandro se la volvió a topar; allí estaba Catalina bailando con un hombre varios años mayor; al muchacho se le iban los ojos hacia esa pareja, prendado de la belleza de ella e intrigado por el aspecto del tipo que casi ni la llevaba al ritmo de la música por apretarse ansioso contra ella.  En los descansos, notó Alejandro que el hombre no se sentaba con ella, se iba a hablar con amigos; aprovechó para acercársele; cuando intentó recordarle lo de aquella noche lejana, ella ni lo dejó terminar, pues lo reconoció no más abrir su boca; “qué rico verte aquí”.

Empezando a sonar una nueva tanda, el hombre ya venía, Alejandro le dijo “te dejo con tu pareja” y ella le alcanzó a pedir que conversaran de nuevo en el siguiente receso.  En el nuevo encuentro, ella le dijo que estaba desesperada con la incómoda insistencia de Esteban (que así se llamaba); “me invita mucho, me saca de la casa prácticamente a la fuerza y me ha hecho insinuaciones que no me gustan; él parece buscar solo buenos ratos; yo no soy una mujer fácil, pero mi amiga Diana le colabora mucho y yo no sé como quitármelo de encima”.  “Ya veo que te voy a tener que proteger de nuevo; déjalo de mi cuenta”.

Se buscó Alejandro la manera de inmiscuirse en la conversación de Esteban con un grupito y habló de “mi prima Catalina”.  “¡Cómo que es tu prima! ¿Por qué ella no nos había presentado?”  “Bueno… porque yo tengo una misión que a ella no le gusta… yo la vigilo desde que estábamos chicos”. “No es para menos.  ¿Así que eres un sapo?”  “Como un sapo aplastado han quedado todos los que han querido sobrepasarse con ella; a Mario le tumbé dos dientes”.  Esteban se disculpó “para ir al baño” y no se le volvió a ver.

Alejandro tampoco volvió a ver a Catalina, a pesar del favor que le hizo.  Ella se esfumó, igual que se le esfumó Esteban de su vida.  Alejandro se daba sus pasadas por el frente de su casa, por si coincidía con una salida de ella, pero nunca se atrevió a tocarle a la puerta.  Otros tres meses… yendo hacia el sitio de venta de entradas para un concierto, se la encontró; ella lo saludó muy sonriente y le hizo alusión a la desaparición del atorrante.  “Es un cobarde, dijo él; con decirle que era tu primo, salió corriendo”.  “Un poco más se habló, a mí me contaron”.  “Bueno, sí, era necesario, para asustarlo”.  Ella lanzó una carcajada, que cortó diciendo: “¡Ah! Allí está mi novio que me espera en la fila. Nos vemos, y de nuevo ¡muchas gracias!”  

Quedó estupefacto Alejandro; en esas lo alcanzó su amigo Armando.  “Noto que te plantaron”.  “No, yo no la pretendía”.  “¿Y por qué se te encharcan los ojos?  “Debe de ser el sol”.  “Buena disculpa; tan verdadera como que eres su primo”.  Nueva sorpresa para Alejandro.  “¿Y tú qué sabes de eso?”  “Quién no lo sabe en toda Latinoamérica? Es la mejor anécdota que ha circulado últimamente”.  “Bueno, si sabes tanto, cuéntame quien es ese con el que se abraza toda amorosa”.  “Es Emilio; se cuadraron a la semana siguiente de tu proeza, cuando Esteban la dejó en paz”.

Se prometió Alejandro a sí mismo que ahora sí se iba tras Catalina, porque este chasco le hizo ver con toda claridad que estaba enamorado de ella.  No más timidez, no más laissez passer… le iba a hacer frente a su rival, iba a pelear por ella.  Recordó haber descubierto que su amiga Ivonne era íntima suya y empezó a urdir un plan para que le llevara a ella.  Nada más salir del concierto, se fue directo a buscarla en el sitio en que acostumbraban reunirse después de los cines y espectáculos.  La muchacha le dijo que la oportunidad se presentaba de perlas para el sábado siguiente, en un paseo que tenían convenido, al que no podría asistir Emilio, por compromisos de trabajo.  “Yo te invito y me encargo de convencerla de que vaya, sin contarle que tu vas”.

El viernes lo llamó a decirle que Cata iba a acompañar a Emilio a su misión de trabajo y no iría al paseo.  Alejandro entró en depresión, se encerró, no quiso salir con unos amigos esa noche y además no pudo dormir.  A las seis de la mañana lo despertó el teléfono (sí, lo despertó, porque eso de ‘no poder dormir’ es una expresión; cuando una preocupación ‘quita’ el sueño, en realidad se duerme unos ratos dispersos; se despierta a darle vueltas al problema y se vuelve a dormir un poco).  “Cata sí va; me avisó a medianoche que Emilio no la puede llevar, pero no te quise despertar a esa hora”.  “¡Qué noticia me has dado!  Ya me visto y voy”.

A Catalina se le dibujó una inmensa sonrisa cuando fue sorprendida con la presencia de Alejandro en el grupo.  No se le despegó en todo el día, aunque cada rato trataba de disimular, para que las amistades comunes no juzgaran extraño su entusiasmo por alguien diferente a su enamorado.  También a cada rato, la asaltaba el diablillo de la duda al acordarse de Emilio, se sentía ‘infiel’, pero luego se decía “se trata solo de un amigo de un día; además, ¿para qué no me quiso llevar?”.  Entre tanto, Alejandro albergaba ilusiones, pero igual a cada rato lo asaltaban interrogantes: “esta me querrá disfrutar por un día y después volverá con ese regordete…  ¡pero no!  yo la veo muy interesada en mí y seré capaz de hacerla interesar aun más”.

El reclamo de Emilio no se hizo esperar: “me contaron que…”.  Vinieron el “no era nada – sí fue mucho – no creas en chismes – eso no me satisface – no vuelvo a prestarle atención a nadie – ojalá sea verdad – te lo juro, mi amorcito”.  Pero Alejandro ya estaba en plan de insistir; ella le había dado el número de celular y “llámame a cualquier hora del día o de la noche”.  Varias veces tuvo que correr ella a disimular una llamada entrante estando con Emilio.  Mas, por esas casualidades de la vida, Emilio también estuvo abortando llamadas, hasta que ella lo pilló.  Fue inteligente y se quedó en silencio, para urdir un plan: la siguiente vez que él desvió una llamada, ella le pidió el aparato prestado para jugar un juego que ella no tenía y, en una salida de él para el baño, buscó la última llamada entrante, anotó el número y lo que sigue se sabe: hace que una amiga llame y averigüe nombre de la que contesta; con otras amigas reconstruye su perfil; comienza a mentirle a Emilio de que conoció a esa chica y él cambia de colores…

Este, después del susto, reaccionó, se averiguó el teléfono de Alejandro y en el siguiente encuentro le dijo a ella de frente que quería ver en su móvil las últimas llamadas recibidas; ella, muy ingenua le dijo que no tenía nada que ocultar y se lo entregó.  “Estas llamadas son de Alejandro; seguiste con él”.  “Y tu saliste con Clarita el día del paseo; no fuiste a ningún trabajo; mis amigas te vieron”.  Lluvia de acusaciones, de explicaciones incoherentes, desfile de hipótesis, llanto, portazo, soledad…

Cuentan que a la parejita ahora le dicen “Catalejo”, porque es una fusión de Cata con Alejo; que Emilio se fue a vivir a un barrio alejado y que a Esteban no se le volvió a ver. 

Carlos Jaime Noreña
ocurr-cj.blogspot.com
cjnorena@gmail.com

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