miércoles, 18 de abril de 2018


MÚSICA Y RUIDOS
Relato

Miguel es un profesional como de 30 años, aficionado a la música; si a eso se puede llamar aficionado, pues ha estudiado varios instrumentos y teoría musical.  En su apartamento de soltero tiene varias guitarras, teclado, armónica, amplificador, micrófono y equipo de grabación.  Por razones obvias, necesita paz y silencio en su habitación y en todo el entorno, principalmente cuando está grabando, ya sea solo o con sus compinches de música.

La cruel realidad es que sus vecinos suelen ponerse a escuchar una música estridente y de mal gusto, amén de que las señoras, paisas y costeñas, cotorrean a todo volumen en sus apartamentos y todo ello viene a hacerle compañía al pobre Miguel, sumado a los aviones que pasan con frecuencia –pues el aeropuerto, situado prácticamente en el centro de la ciudad, no fue clausurado cuando se inauguró el moderno aeródromo distante, sino que fue dejado para “naves pequeñas de vuelos regionales” y hoy en día son muchos los ruidosos jets privados “pequeños” que salen y aterrizan a todas las horas del día–.  Agreguemos a esta ensalada los destartalados y ruidosos buses urbanos y las infaltables motos sin silenciador, que pasan bajo su ventana.

En los momentos más críticos, aprovecha Miguel para hablar por teléfono (también con alguna dificultad) con amigos y amigas.  Una amiga cercana es Melisa, bonita muchacha un poco menor que él, algo interesada en la música, pero con preferencia por la lectura de autores contemporáneos y las tertulias en las redes.  Ambos tienen frecuentes encuentros en lugares públicos, para discutir sobre sus temas de interés y sobre acontecimientos recientes, al calor (¿o más bien al frescor?) de unas cervezas.

Ahora hablemos de Brenda, profesora de literatura en un colegio de bachillerato.  Su cátedra tiene un sello particular: Brenda intensifica la lectura en voz alta; les lee trozos a sus alumnos y los pone a leer, también, por turnos.  Ella considera que, además de que incrementa la retención de lo leído, la voz alta permite dar vida al texto, combatir la timidez, prepararse para hablar en público y también posibilita al docente detectar la mala percepción de lo escrito y los vicios de pronunciación.

…Y otra cruel realidad, en este caso para Brenda, son las continuas interrupciones de las lecturas por causa de la desesperante pitadera de los vehículos que circulan por la amplia vía frente a la institución y los estridentes frenazos de los buses; también, la tempestad de pregoneros que circulan por el barrio anunciando a voz en cuello, y aun con megáfonos,  su comercio ambulante.  La entristecen estos atentados contra el serio ambiente que quiere propiciar en su clase, pero no encuentra una solución.

Se acuerda Brenda, en ocasiones, del relato de Italo Calvino “Un Rey a la Escucha”, que es todo un homenaje al sentido del oído y que nos cuenta de un rey afincado en su trono, en donde aprende a enterarse de todo lo que pasa en su palacio y controlarlo sin dar un paso, porque distingue a la distancia todos los sonidos propios de las más diversas actividades en los salones y corredores, en la cocina, en los jardines… Piensa ella cómo Calvino nos hace añorar las épocas de  actividades calmadas, nos hace valorar nuestros sentidos (también tiene un relato para el olfato y otro para la vista) y nos hace reflexionar sobre lo dependientes que somos de los demás para nuestra tranquilidad interior.

Ha querido la casualidad que Miguel y Brenda se topen una noche en un sitio de comidas rápidas en una avenida del barrio; sucede que a todo el frente del sitio llega a estacionarse un automóvil lujoso con su equipo de sonido a todo volumen en música urbana y sus ocupantes se bajan a comprar bocados en el local de enseguida, que vende por ventanilla, para sentarse en el andén a comer y escuchar sus estridencias; entonces nuestros dos amiguitos, todavía desconocidos entre sí, se lanzan una mirada desconsolada y acuerdan ir a buscar otro lugar.  Caminando, se van contando cosas simples, van percibiendo que vibran en la misma frecuencia y cada uno empieza a disfrutar mucho de la compañía del otro.

Un lugar que ellos juzgan con buena oferta está al lado de un cafecito lleno de gentes gritonas, otro tiene la música como a 80 decibeles…  Al fin encuentran un café algo sereno, donde pueden conversar tranquilamente… ¡y hasta qué tarde han conversado!  Después, él la acompaña hasta la puerta de su casa y la “vibra” en que se encuentran los “obliga” a darse un tímido, pero sentido, beso de despedida.

Al día siguiente van ambos al mismo tiempo para sus trabajos, pero en vehículos diferentes y por rutas distintas.  A ella le toca soportar un radio a todo volumen en el bus y, casualmente, a él también, un radio a todo volumen en un taxi, pero le pide al chofer rebajarle algo y por poco este señor se lo traga vivo.  En el lugar donde él se apea hay ruido de taladros neumáticos perforando el pavimento y ella, buscando un artículo antes de seguir para el colegio, debe pasar por una zona que, a pesar de no ser industrial, está plagada de talleruchos embutidos en pequeños locales, cuyo ruido de máquinas sale intacto a la calle.

Miguel la llama más tarde y quedan en encontrarse por la noche en el mismo sitio.  Allí comienzan la plática compartiendo sus experiencias de ruido y solo pueden reír irónicamente de las casualidades de ese día.  También comparten su disgusto por las diarias celebraciones con pólvora en la madrugada, que ambos escuchan con igual nitidez pues aunque viven separados unas 20 cuadras uno del otro, están equidistantes del barriecito popular donde unos dudosos negociantes celebran casi todos los días sus non sanctos éxitos en esa tormentosa forma.

El jueves por la noche, Miguel visita a Melisa en su casa; el sábado por la mañana, sale con Brenda a buscar unas cuerdas de guitarra y otros objetos que les dijeron se conseguían a mejor precio y de la misma calidad en el nuevo pasaje peatonal que va desde la plaza de Cisneros hasta las esculturas de Botero.    Él piensa con toda honestidad que mientras Melisa es una amiga de confianza, con quien el cariño llega hasta un punto, Brenda tiene un encanto tal que puede suceder que llegue a ser muy profunda la relación con ella.

Reconocen que el pasaje quedó bonito, bien organizado, con su piso en adoquines de ladrillo, grandes jardineras, románticos faroles, semáforos peatonales… y van disfrutando del entorno y de su mutua compañía.  ¡Pero vuelve la bulla!  empiezan a sonar las radiolas de los bares a todo volumen, los pregones a las puertas de los comercios, por hombres disfrazados de payasos, a viva voz y, en los cruces de vías, los anunciantes de las rutas de buses, que tratan de conseguir pasajeros (que de todos modos tendrán que llegar allí a tomarlos) por una mínima propina del conductor.

Al entrar a un negocio, se encuentran con Lorenzo, amigo de Miguel y acuerdan un encuentro por la tarde, con guitarra, música y vino.  Entre tanto, los dos almuerzan en casa de la mamá de Miguel y, al poner el tema de los ruidos, la señora se queja de los pregoneros de frutas, verduras, cachivaches, compra de chatarra, que pasan  a todas horas del día, los 7 días de la semana.  “Le tengo el aguacate madurito, si no se lo doy blando se lo cambio – tóqueme la papaya, señora”.  “¡Son enloquecedores!”

Ya por la tarde, en lo de Miguel, le preguntan sus amigos “¿no les hacemos bulla a los vecinos?”; “no se preocupen, tengo bien medida la intensidad de sonido y es apropiada para las horas diurnas; muy diferente a los parlantes del colegio de la otra cuadra”; “y del templo de mi vecindad” agrega Lorenzo.  Cuando Miguel va a la cocina por algún bocado para sus amigos, encuentra de regreso al Lorenzo coqueteándole a la Brenda, pero este se corta cuando lo ve; un poco más tarde va al baño y al regresar cree verlos tomados de la mano (“lo puedo jurar”) pero se contiene y no se les despega más.  Finalmente salen por la noche juntos, pero Miguel se ha encargado de llamar a una amiga para Lorenzo; así lo neutraliza y la noche pasa tranquila.

El lunes siguiente Mónica, antigua amiga de Miguel lo llama a pedirle ayuda en la traducción de algo que le llegó en inglés.  Al llegar a su casa por la noche, se sorprende al verse recibido con licor y buenos pasabocas, pero pronto recuerda otros momentos vividos con ella.  Ya haciendo la tarea, ella se pone melosa y logra inducirlo a hablar de temas distintos a la dichosa traducción, que parecía ser solo un anzuelo.  Miguel no se niega que ha pasado un buen rato, pero sale alterado, porque con ella la relación fue muy pasional y en este momento se siente otra vez locamente atraído; menos mal, se le presenta la prístina imagen de su nuevo encanto, que lo serena dulcemente.

Siguen los encuentros de Miguel con Brenda, pero Mónica lo sigue invitando y  él termina “jugando en las dos canchas”.  Lorenzo se entera de ello y vuelve a rondar a Brenda, cuidando de que Miguel no vaya ni a sospecharlo.  Ella, al comienzo, lo elude, pero el hombrecito es muy convincente y logra que salgan juntos un par de veces, con la mala suerte de que una amiga común los pilla sin que ellos lo perciban y, muy insidiosa, se las ingenia para que le llegue el runrún a Miguel.

Miguel, en un principio, no presta atención a lo que le ha llegado como un chisme bastante dudoso y sigue concentrado en su proyecto de aislar sonoramente la habitación de su apartamento donde tiene su estudio musical, para resolver de una vez por todas el  problema del ruido.  Una vez todo listo, lo inaugura con su amada Brenda, quien disfruta mucho de las estupendas sensaciones musicales y, por supuesto, del delicioso rato con su Miguel.  Este, muy animado con su creación, empieza a traer a todos sus amigos; enterada Mónica, se antoja de que él también la lleve; entonces el muchacho la “reinaugura” con ella y después se dice “también puedo invitar a Melisa”; la trae a conocer todos sus prodigios y ella queda maravillada.

Una tarde, están Miguel y Brenda relajados escuchando música y empieza a retumbar una fiesta tan bulliciosa en la vecindad que las vibraciones de los bajos y algunos altos muy estridentes logran penetrar en el “sagrado recinto”.  Se queja Miguel de cómo han logrado entrar estos ruidos; “tu también has metido ruido en nuestra relación” dice ella.  Miguel palidece y ella le habla de lo que ha sabido de Mónica y de Melisa.  “Bueno, el ruido viene de ambas partes, dice él, me he enterado de algunas cositas…”  Y cuando parecía que se trenzarían en una agria discusión, afloraron más bien reconocimientos de parte y parte y promesas de “nunca más”; se hicieron explícitas las declaraciones de amor que antes no habían aparecido y se entregaron a la construcción de ilusiones.

Carlos Jaime Noreña

cjnorena@gmail.com
ocurr-cj.blogspot.com


sábado, 14 de abril de 2018


EN EL BUS, MÁS Y MENOS
Relato

Me situé con mi amada en una esquina cercana a esperar el bus para ir a hacer unas diligencias.   Nos hemos puesto de acuerdo desde hace algún tiempo para utilizar más el bus, que, por ser un medio colectivo, contribuye a la descongestión de la ciudad. Mientras esperábamos, yo observaba los frondosos arbustos de la zona verde y, con disimulo, las exuberantes estudiantes y empleadas que pasaban hacia otro paradero. Les hacían contraste la magra y reseca hierba, el destruido bordillo y los deterioros del asfalto de la vía.

Llegó el vehículo por el segundo carril y no se molestó en acercarse a la acera a recogernos; paró en ese mismo carril, pero no nos quisimos subir a riesgo y le hice señas de arrimar.  “Si no quieren, no los llevo” y continuó su marcha.  Aguardamos diez minutos el siguiente bus.  En este, el chofer tenía sintonizado un programa radial de mal gusto, a todo volumen y profuso en expresiones obscenas.  Por fin, hubo un pasajero valiente que le reclamó y recibimos, todos, por respuesta: “el radio es mío y el que no quiera se baja”; una señora le pidió entonces cambiar a una emisora decente para respetar a los niños y las damas; “esto no es inmoral, mojigatos; ustedes sí se la juegan al conyuge, pero aquí vienen, dándoselas de muy moralistas, a censurar una emisora, irrespetando la libertad de expresión”.

A pesar del contratiempo, me comentó mi novia sobre la ventaja de conocer más la ciudad al uno no tener que estar absorto al volante y poder estar mirando por la ventanilla, y más al tomar en cuenta que por la altura del asiento se tiene mayor campo de vista.  Me mostré de acuerdo, mas acotando que en ese momento teníamos la ventaja de ir sentados; “si se puede llamar ventaja, dije, porque últimamente han estado cambiando todos los asientos por unos más angostos, para poder acomodar más gente de pie en el pasillo central; nosotros dos, que somos delgados, quedamos apretados aquí (aclaro que para mí es una ventaja estar bien apretado contigo)” y me gané un buen pellizco.

A poco, ingresó un muchacho de unos veinte años y repartió caramelos, como hacen los vendedores que con mucha frecuencia suben a los buses; luego, muy serio, se despachó con el consabido discurso: “Muy buenos días, damas y caballeros; como habrán podido observar, he pasado por sus asientos distribuyendo estos deliciosos caramelos La Columbina, que vienen en sabores de menta, chocolate y frambuesa.  No es su obligación comprarlos y no tienen precio; el precio es el que ustedes le quieran asignar para colaborarle a este venezolano necesitado, que por las razones ya muy conocidas por todos ustedes tuvo que salir de su patria.  Entré por Cúcuta hace dos semanas y al no encontrar trabajo allí, resolví venirme a esta acogedora ciudad y gracias a la colaboración de personas caritativas, como ustedes seguramente también lo son, pude llegar ayer aquí y, mientras encuentro un trabajo estable (pues sepan ustedes que soy tecnólogo mecánico) he empezado a distribuir estas golosinas para poder comer y pagar un oscuro cuartucho donde me alojo estrechamente junto con otros cinco compañeros.   Voy a pasar de nuevo por sus asientos para recoger la contribución que ustedes, comprensivos y solidarios, me sabrán dar”.

“Bien aprendido el libreto”, le dije a mi compañera; me miró interrogante; “sí, el parlamento está coherente y tiende a conmover al respetable público para que afloje la moneda, pero se le pasó un detalle: todavía no está bien entrenado en la entonación propia de los venecos, se le escapan acentos paisas; este es un venezolano chiviado, no le doy nada, lo utilizan los mafiosos de las limosnas”.

Continuando en la ruta, en ocasiones esta se desviaba de las avenidas principales e ingresaba por callejas de barrio, como para darnos una lección sobre el hábitat popular: la muchacha paseando al viejito en silla de ruedas por el andén; el tendero descargando el surtido acabado de traer en un carrito viejo con parches en la pintura, una luz de posición quebrada y calcomanías del corazón de Jesús y la virgen del Carmen; las señoras comprando arepas; los muchachos lamentablemente desocupados, sentados en el borde de la acera o en los escaños del parquecito, aspirando por turnos del vareto recién armado…

Nos sacó del embeleso una señora comentando sobre el atraco reciente a todos los pasajeros de un bus de la misma ruta en cercanías del río: “se subieron dos muchachos en el momento de tomar la oreja para desviar hacia la autopista, paraje muy solo, y se situaron, un gordito en la puerta de atrás y uno altote adelante, junto al chofer…”  Después de narrar cómo pasaron con el revólver por todos los puestos despojando a la gente de sus celulares, alhajas y dinero, se daba bendiciones agradeciendo que “yo no traía la camándula bendecida por el papa que me regaló mi sobrina, ni la fraccioncita de lotería, porque esta la puse tras el cuadro del Corazón de Jesús para implorarle suerte y aquella la dejé guardada pues algo me advirtió el corazón”.  “¿Y sí se ganó la lotería?” le preguntaron; “nada, ningún viernes me la gano”; “¡ah! entonces ese Chucho no te ayuda nada a vos y hasta deja que te atraquen”.

Nos asustamos con el relato, pero le dije a mi novia que le viéramos el lado amable a la comunicabilidad de los pasajeros en los buses; “son un noticiero ambulante, se entera uno de las cosas más increíbles y hasta le dicen por quién tiene que votar; un día que yo iba para el centro me contaron que estaba paralizado por una inmensa manifestación de protesta y pude regresarme a tiempo; otro día me contaron de la renuncia del vicepresidente (pero resultó falsa, je, je)”.

Llegando a nuestro paradero, el bus no ingresó a la bahía del sitio, sino que se detuvo unos metros más adelante, estorbando claramente a todos los vehículos que venían detrás.  Hubo un tímido reclamo mío y de los que iban a apearse conmigo, pero la respuesta fue “a nadie perjudico con esto”.  Y claro que sí nos perjudicó, porque había agua lluvia recogida al borde de la calzada y debimos dar un salto hacia el andén.  Un observador que se encontraba en la acera, al ver nuestros gestos de disgusto, expresó muy guasonamente: “agradezcan que los trajieron" (como dice el vulgo) “y no se pinchen”.

Allí teníamos que entrar a la administración municipal, para un tramite de impuesto predial, pero había completo bloqueo por causa de un paro de empleados oficiales y no pudimos hacer la diligencia.  “¡Ahhh! Tu ‘noticiero’ del bus no te informó de esto” me dijo ella y yo tuve que “tragarme la lengua” pues, además, estaba muy contrariado por el percance.

Nos montamos en un segundo bus que nos llevaría al sur de la ciudad, para otra “vuelta” pendiente.  Por congestión de la vía, el recorrido estaba demorado y por ratos nos quedábamos callados; al mirar por la ventanilla, solo se veían muchos vehículos y edificios y yo me abstraía en meditaciones simples o embelesado en la nada, hasta que ella me bajaba de la nube con algún comentario; en cierto momento me preguntó si estaba aburrido y le comenté sobre las oportunidades de reflexión que se presentan en esos momentos; “cuando se viaja largo, le dije, se tiene una buena oportunidad para divisar el panorama o meditar (no muy profundo, por cierto) o ‘todas las anteriores’; muchos dicen que los viajes son muy aburridores; es que no saben aprovechar esos momentos”.

De repente, nos asombraron los gritos de unas pasajeras por una ventanilla; estaban increpando a un conductor de taxi que sorprendieron orinando junto a una zona verde, tratando de ocultarlo con la portezuela entreabierta.  Este les contestó, muy campante, “quién me lo prohibe?”; “usted debe evitarlo por respeto”; “a ver si ustedes me lo pueden impedir, vengan!” casi sugiriéndoles que fueran a “disfrutar” de lo que él tenía en ese momento entre las manos.

Vueltos a la calma, pudimos concentrarnos en planear la salida que teníamos para el fin de semana a la finca de unos amigos; estábamos analizando hora de levantada, tiempo de viaje, provisiones y otros detalles, cuando nos sorprendió el chofer pidiéndonos pasarnos a otro bus de la misma ruta que nos esperaba adelante, pues él tenía “un percance”.  Nos tocó quedarnos de pies, pues todos los asientos se acabaron de ocupar en un santiamén.   Ahora sí empezó el viacrucis: arranques bruscos y frenadas súbitas del conductor, curvas a toda velocidad, apretuje con extraños sudorosos,  morbosos incomodando a las damas…

Llegados a nuestro destino, respiramos con alivio y se nos derrumbaron todos los elogios al bus.  Hicimos lo que teníamos que hacer y, para el regreso, propuso ella tomar el metro, que nos dejaba a pocas cuadras.  Le “obedecí” (así le decía muchas veces, cuando aceptaba sus sugerencias); nos tocó viajar de pies, porque a esa hora se movilizaba mucha gente, pero por suerte todavía no había el apretuje de las horas pico.  Me mostró cómo se veía de bonito, desde lo alto del viaducto, el ornato de navidad que estaban comenzado a instalar en riberas y avenidas.  Nos sacó del embeleso una parada brusca y luego debimos apearnos y caminar por un costado de la vía hasta la estación que, por fortuna, estaba cercana.  Nos enteramos de que se trataba de una falla más en una catenaria, que la interrupción podía ser de horas y bajamos a la calle a buscar un taxi; estaba lloviznando y todos pasaban llenos; dije que no había más remedio que esperar un largo rato, pero ella avistó un bus que se aproximaba y me propuso que lo tomáramos.  “Pero nos deja como a 10 cuadras”;  “¿Y qué? “estás enfermo acaso de los pies? – caminaremos!”

Sobra decir quién le obedeció a quién.  Dimos con un chofer amante de la música romántica de nuestra época y con eso nuestro rato en el bus fue más bien placentero; competíamos por acertarle al nombre de la canción y al del intérprete y nos reíamos abiertamente de nuestras equivocaciones.  El viaje se nos hizo una exhalación y tan animados estábamos que resolvimos entrar a tomar un buen café en un sitio conocido a mitad de camino.  Así rematamos muy bien la jornada con una conversación de esas que acostumbramos con las bebidas, que trasegan por lo íntimo, lo anecdótico, lo familiar, el cine, la literatura y hasta los chismecitos inocentes.

Carlos Jaime Noreña
cjnorena@gmail.com
ocurr-cj.blogspot.com




sábado, 7 de abril de 2018

COMO EN UN PUEBLO
Relato
1
Es un barrio que hace 40-60 años albergaba familias de clase alta, casi todas encabezadas por jóvenes profesionales, en casas amplias de exquisitos detalles arquitectónicos y sólidamente construidas. Desde sus inicios, tuvieron la suficiente visión para trazar calles amplias con anchas zonas verdes y no pocas avenidas con bien arborizados separadores centrales. Hoy, a pesar de que han sido demolidas muchas de esas casas para levantar edificios multifamiliares de 15 y 20 pisos, el barrio sigue teniendo su encanto; poco se ha perdido el verdor y hagamos caso omiso del nulo mantenimiento de andenes por parte de la administración municipal.

Cierto día en un minimercado del barrio, con mesas para servicio de café y refrescos, estaban reunidos cinco alegres amigos que con frecuencia coinciden allí; la una, porque llegó a comprar algo; el otro, porque vino a tomarse un tinto; el otro por no sé que causa... en fin, todos ellos, porque les encanta sentarse con frecuencia a conversar. Se trata de Honorio, profesor de bachillerato jubilado; Livaniel, comisionista, que se lucra de jugosos negocios; Josefina, una divorciada que fue secretaria y vive sola; Raquel, quien ya crio sus hijos y se aburre de esperar todo el día al marido, renombrado médico especialista, y Danilo, hijo de ricos, quien ha hecho de todo y nada en definitiva.

Esta curiosa mezcla de personas de diversas condiciones sociales y niveles de ingresos se da porque, debido a la emigración de muchas familias, desde hace unos 30 años, hacia nuevos espacios urbanos de naciente prestigio, se dio un fenómeno de cohabitación de clases sociales que, antes que deteriorarlo, oxigenó el barrio. Departen, pues, muy amigablemente estos compinches, tocando todos los temas: la política, la moda, las telenovelas, el fútbol, la farándula, la “degeneración de las costumbres”, las noticias sensacionales y, lo que no puede faltar, los chismecitos del barrio.

2
Contaba, pues, que estaban estos amigos en su cháchara, cuando apareció corriendo un paisano de mediana edad, que parecía venir perseguido por alguien, y se refugió en el lugar. “¿Qué te pasa Jenaro?” le preguntaron. “Un hombre me persiguió con su perro furioso porque le dije que recogiera los excrementos”. “¡Ay, Jenaro! ¿No vas a aprender que no te debes vivir metiendo con todo el mundo?”; “ahora sí voy a aprender; ¿me invitan a una gaseosita, que este carrerón me dio mucha sed?”

Jenaro es lo que las señoras llaman un “bajito de punto” y no está muchacho, pero lo parece; vive en una humilde casita marginal del barrio, de donde sale temprano por las mañanas porque le gusta mucho la calle; se entretiene mirando todo lo que pasa, les hace mandados a las señoras y con eso se gana algunos pesitos para llevarle “revuelto” a su mamá; se arrima a las tertulias de tienda y, además de llevar y traer chismes, opina de todo lo que estén hablando; es el “que más sabe” del equipo de fútbol profesional local, del que es hincha furibundo, y también mete la cucharada en política, aunque claramente se ve que no sabe nada de ese tema.

En tanto, pasó por allí Luciana, una jovencita muy gustadora y coqueta, y a los presentes se les fueron los ojos detrás de ella, sin excluir a las señoras, porque las mujeres no dejan de mirar a las otras mujeres, para compararse, para encontrar señales de cirugías plásticas, de liposucciones, de tinturas, de maquillajes; para juzgar, por la ropa, si el “gancho” donde está colgada es una “pobretona”, una buscona o una esclava de la moda. En fin, que Luciana les lanzó un saludo adornado por una amplia sonrisa, los hombres quedaron hechizados y las mujers no tanto se comenzó a comentar sobre su vida sin pedirle permiso a nadie.

Jenaro fue el primero en decir “me contaron, pero no me consta” que la han visto saliendo con el arquitecto que vive en un piso alto del edificio blanco. “Sí, él la ha traído en el carro por la noche; yo los he visto”, dijo Raquel, sin saber que él la transporta con
frecuencia porque trabajan en la misma empresa y ella vive allí cerca. “Los vieron entrar a cine juntos”, inventó Danilo, y... el cuento siguió creciendo.

Luciana, inocente de todos los comentarios que suscitó y los deseos que despertó, continuó su camino hacia la avenida cercana, donde iba a tomar un bus para irse a su universidad; saludó de lejos a Jefferson que pasaba en su bicicleta, quien le contestó el saludo entusiasmado, casi que enamorado.

3
Jefferson, el mandadero del mercadito, llegó en sus dos ruedas y les contó de lo que acababa de ver en la glorieta cercana: “Un altercado entre un policía y un hombre que estaba echado sobre unos cartones. Yo me acerqué a mirar y el tipo se estaba incorporando sin dejar de alegarle al policía; este le decía que no estaba permitido instalar elementos personales en la vía pública”; “vea, agente, no son elementos ni son personales; los elementos son el hidrógeno, helio, litio, berilio, boro, carbono... me los sé en el orden de la tabla, ¿se los recito todos? yo también estudié bachillerato como usted; dígame si el cartón está en la tabla periódica; ¿no es cierto que no está? bueno, entonces estos mugrosos cartones no son elementos; y... ¿personales? mire las impresiones: galletas Papá Noel, chocolatinas El Jet, leche La Quería... nada personal, todo es ajeno”. “Yo vi que la cosa iba para largo y recosté mi bicicleta a un poste”.

“El agente la emprendió, entonces, por lo de realizar actividades privadas en espacios públicos...” “Reconozco que privado sí estaba; no veía ni oía ni entendía con ese sueño tan verraco y usted me lo vino a interrumpir; si me lleva por eso, yo le digo al inspector que lo encierre a usted por violentar mi intimidad. Pero lo de espacio público, propiamente público, yo no sé... este pradito de la glorieta se mantiene completamente solo, aquí no hay ningún público; yo siempre duermo aquí solitario y nadie me acompaña; vea, le digo, nunca me despiertan aplausos del público...”

“Parece muy cómico así, dijo Honorio, pero les voy a contar esto: estaba en mi caminata matinal del domingo por el barrio. Hora temprana de mucha soledad, todo apacible. Vi aparecer al final de la cuadra a una señora paseando su perrito, la que empezó a lanzarle reclamos a alguien; pensé ‘esta vieja loca está hablando sola’, pero agucé la vista y noté a un vagabundo que se levantaba de defecar en la zona verde, apenas sí tras un arbusto que mal lo cubría, con el pantalón todavía abajo, con todo el culo a la vista. A los retos de ella, respondía el sinvergüenza “a una buena gana no hay nada más qué hacer, y por aquí no había nadie” y llevaba su mano atrás para malhacer la higiene con un papel sucio. Le grité que respetara, que hiciera su necesidad en algún lejano sitio escondido y el hombre frescamente me respondió ‘¿sabe qué? venga y recójala usted”. Carcajada general a costa del pobre Honorio.

Se encendió una discusión: que son unos sinvergüenzas con pereza de estudiar o trabajar y se dedican a la vida callejera; que no, que la descomposición moral de la sociedad les castró toda ilusión y viven así en manifestación de rechazo; que ellos solos fueron los que perdieron toda moral y los deberían castigar ejemplarmente; que la sociedad comete una injusticia con estos desamparados y debería tenderles la mano...

Los interrumpió Yesenia, que llegó con sus catálogos de productos populares y se le abalanzaron todos a revisar ávidamente las ofertas; hojeaban y hojeaban; la muchacha les resolvía todas las dudas; finalmente, Raquel le encargó un abrigo imitación visón; Josefina solicitó unas sombras para ojos, sugestivamente denominadas “50 sombras de Grey”; Honorio, una linterna con ventilador incorporado y con un juego de marcadores incrustado en un receptáculo; Livaniel, “una cosita, mamacita, que usted no tiene anunciada en el catálogo”; “¡eh! don Livaniel, deje, que usted sabe que yo soy una mujer muy decente”.

“¡Ay! ya viene ese marica tan cansón” dijo Danilo, refiriéndose a un muchacho que se aproximaba. “Ni marica ni cansón, saltó Raquel a refutarle; Mariano es un muchacho educado, que cuida mucho su presentación personal y que les puede dar clases de seriedad a ustedes”. No alcanzó a contestar Danilo antes de que entrara Mariano y los saludara, muy amable y muy sonriente, a todos. El dueño del local, mientras lo atendía, le picó un ojo a Danilo, como dándole la razón y este último no pudo reprimir una carcajada.

Mariano volteó a mirar intrigado y luego se sentó solo a consumir su pedido. En ese momento volvió a aparecer Luciana, quien también hizo un pedido y se sentó a la mesa de Mariano. El la saludó con toda naturalidad, ¿sería que ya se conocían?, y estuvieron discutiendo sobre canciones de moda. Danilo y Livaniel lo miraban seguido y Josefina les dijo que parecían enamorados del muchacho, lo que suscitó sus enérgicas protestas. Más extrañados quedaron cuando aquellos dos se despidieron de beso.

4
Un día después, los contertulios nuevamente en su sitio de encuentro, llegó el Jefferson con la noticia de un accidente de Jenaro. “¡¿Cómo?! ¿Qué le pasó al pobre hombre?” Y empezó Jefferson con su retahila, que siempre las tenía largas: “Cómo les parece que este Jenaro se mantiene por ahí revisando las obras públicas, ¿ustedes no sabían? –la audiencia, en medio de su suspenso, no respondió– Bueno, el hombrecito se pasea por las obras del Metromax, por la señalización de las ciclorutas, por el cambio de tuberías madre del acueducto, por los edificios en construcción...”

“¡Bueno, bueno, sí! ¿Pero qué le pasó?” “Paciencia, que no es tan fácil si no se conocen los antecedentes. Ocurre que Jenaro se para a observar y, de improviso increpa a los trabajadores ‘¿Por qué van tan despacio con esto? Empezaron el 3 de abril y no llevan ni 20 metros’ Otras veces busca a un jefe de cuadrilla o a un ingeniero residente y demanda ‘¿Por qué están cavando tan poco profundas estas fundaciones? ¡Así las columnas no van a soportar todo el peso de la estructura!’ Nadie sabe donde aprendió esos términos un señor que ni terminó la primaria, por causa de sus limitaciones mentales...”

“¡Por Dios! ¡Contanos de una vez por todas!” “Sí, bueno, ya les voy a contar qué le pasó al alcalde” “¿Alcalde? ¿No se trataba de Jenaro?” “Es que lo llaman ‘El Alcalde’, ¿ustedes no sabían? porque se mantiene supervisando las obras públicas, pidiendo explicaciones y dando órdenes – ¡hay que ver cómo se posesiona de su papel! Un día coincidió en un sitio donde esperaban al verdadero alcalde para inaugurar una obra (todavía no terminada, como es costumbre) y quisieron gozar a costa suya, así que lo subieron al estrado, llamaron gente, lo pusieron a hablar y lo interrumpían con aplausos cada minuto. En su perorata, halaba todas las orejas, por derroche de recursos, por pérdida de tiempo, por sobornos... y cuando estaba recriminando que se inaugurara una obra no concluida, como esta, llegó el señor alcalde y se tuvo que esconder hasta que bajaran “a ese loco”.

“¿No vas a acabar nunca, Jefferson?  ¿Cómo fue el accidente?” “Que se cayó a una zanja” “Pero, ¿cómo fue? danos detalles” “¿Y no están cansados de los detalles, pues?” “Nos interesa saber qué le pasó al pobre Jenaro y qué consecuencias tiene” “¿Y van a ir a visitarlo en la clínica?” “Puede que sí, pero contamos, ¡contanos!” “Bien, Jenaro llegó a una excavación a las 7 y media de la mañana, porque él madruga mucho, él todos los días tira las cobijas muy temprano, se baña, acosa por el desayuno y sale para la calle; se pasó las cintas de retención y se paró al borde a observar hacia abajo; el terreno cedió un poco y Jenarito rodó hacia el fondo y quedó medio sumergido en el agua retenida; lo sacaron con muchas raspaduras y magulladuras y parece que con fracturas; lo entraron en camilla a una ambulancia”.

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Pasando el tiempo, nuestros amigos seguían encontrándose asiduamente en lo que ya parecía su oficina y compartiendo información “muy valiosa”, siempre sobre alguno ausente en la reunión: Un día Josefina contó que vio a Raquel coqueteando con un viejo cerca de la iglesia. Otro día, Raquel vio a Danilo en tratos con “esos hombres que parecen traquetos, que se mantienen junto a la compra-venta de carros”. En otra ocasión, Danilo vio a Honorio buscando sardinitas a la salida del colegio. Honorio, en cambio, vio a Yesenia besuqueándose “y algo más” con un muchacho, al anochecer en la zonita más oscura del Primer Parque. Yesenia también tuvo reporte para entregar sobre Mariano; aseguró que lo vio paseándose, cogido de las manos con un muchacho, por el Segundo Parque.

Livaniel seguía llegando por sus cervecitas; Honorio, por sus tintos; Raquel, a buscar verduras, pero aceptaba, unas veces cerveza, otras, tinto; Danilo asomaba a ver a qué lo invitaban o qué negocito se atravesaba; Jefferson no faltaba con sus relatos cuando estaba libre del ir y venir de las entregas; Mariano y Luciana pasaban por allí con frecuencia, no juntos, pero cuando coincidían conversaban su buen rato; Josefina llegaba a esperar a Yesenia y sus ofertas.

Un día, llegó un pelado como de 15 o 16 años a comprar cigarrillos y el tendero se los vendió con toda frescura; Raquel le reclamó por fomentar el vicio entre jóvenes y él contestó sin alterarse “es que estoy en lo mío y aquí hago lo que yo quiera”. Le dijo Josefina que la leyestaba por encima de él y no le permitía expender ese producto a menores de edad; “me cago en la ley” dijo, ya muy alterado. Todos se indignaron, pero no se la tragaron: le echaron tremenda cantaleta al hombre; este les pido disculpas y prometió cumplir con el mandato.

Bueno, se llegó diciembre, con su alegría; los contertulios se encontraban cotorreando una tarde alrededor de una buena botella de licor y se apareció Jenaro, a quien casi ya habían olvidado. Gran saludo, brindis, muchas preguntas sobre su recuperación y promesas del personaje de “no volver a meterme en lo que no me importa”. Cuando ya iba cayendo el sol, comenzaron a emigrar hacia sus casas, o esa era la disculpa. De repente salieron Mariano y Luciana muy cogidos de la mano, muy cariñosos; Danilo y Livaniel dijeron en coro “pero este Mariano en qué equipo juega, pues”. Respondió Josefina “las apariencias engañan, lo que menos se cree, aparece de improviso” y se acercó a Yesenia y salieron ambas muy abrazadas y lanzando besos a todos (y todas).


Carlos Jaime Noreña
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domingo, 1 de abril de 2018

EN BLANCO FRENTE AL BLANCO
Relato

Enceguece menos la nieve a pleno sol, se dijo Renato y tomó un largo sorbo de su jugo de limón helado mientras pensaba qué carajo se le ocurría para manchar la hoja que tenía al frente.  Largos minutos con la mente más blanca que la hoja.  Jugó a pintar la página de color; primero, azul; después amarilla; rosada; verde…  Era fácil ir cambiando el color a ese folio “virtual” que aparece en la pantalla del computador tan pronto le decimos al aparatico que vamos a empezar un documento nuevo.  Hasta que entendió que su juego era solo un subterfugio para no aceptar la cruda realidad del no-se-me-ocurre-nada.

Decidió entonces que un lápiz y un papel verdadero le aportarían la inspiración que el monstruo electrónico le negaba.  Pero… “¿dónde diablos tengo un lápiz? – hace siglos que no uso esa herramienta prehistórica; hubo lápices en esta casa cuando la niña asistía al colegio y el último que quedaba por ahí rodó y rodó…  De hecho se me aparecía cuando buscaba otras cosas; se reía de mí cuando no encontraba un sujetador, una bandita elástica, un marcador; él siempre estaba allí cuando yo necesitaba cualquiera de estos objetos.  ¿Ahora en dónde se metió?”

Porque así son las cosas, no solo para Renato; cuando notamos una media nona al depositar la ropa en la lavadora, podemos inspeccionar toda la casa y el dichoso calcetín no aparece, “se fue de paseo”; después de lavar, buscando una bufanda en el ropero, encontramos al perdido allí, mirándonos de frente y desternillado de la risa.

Bien, nuestro querido amigo decidió darse una pausa en la búsqueda e ir mientras tanto por el papel, pero ¡oh, contratiempo!  ¡Agotado el papel de reciclaje!  Debió de habérselo llevado todo el sobrinito, quien gusta mucho de “las hojitas de un solo ladito” para hacer sus obras artísticas.  Bueno, quizás algún día exponga en un museo, aunque sea nada más una instalación constituida por un reguero de hojas usadas sobre el piso; al fin las tales instalaciones son el furor de la moda, son las que están consagrando a los “grandes artistas” del siglo 21.

“Si no hay de reciclaje, toca gastar una o dos hojitas limpias – es solo un motor de arranque para la inspiración, luego vuelvo a la máquina” se dijo Renato y se dirigió con pasos decididos hacia la gaveta donde tenía guardada su resma de papel bond, esta vez con gran suerte: allí reposaba ella; muchas hojas en puro blanco, cual inmaculada lencería; pudo sacar sus dos pliegos y regresar triunfal al escritorio… ¿Triunfal? ¡A medias! Recordó que le faltaba el lápiz.  “No me varo, ¿por qué tiene que ser exactamente un lápiz? ¡tengo un bolígrafo!”  Buscó en su mesita de noche la esferográfica que permanecía allí la mayor parte del tiempo, porque poco la usaba, dado que podía usar notas electrónicas y ya no tenía que llenar formas en los bancos.  

Ahora sí, con éxito completo, se sentó, rodeado de un aura gloriosa, listo a vaciar sobre la virgen superficie toda la cascada de ideas que ya sentía que se le iban a venir atropelladamente a la cabeza.  Estaba presto a escribir “Yo, Renato…” para comenzar un relato en primera persona, giró la parte superior para sacar la punta, la deslizó sobre el papel… ¡Surco incoloro!  ¿Sin tinta?  Hizo espirales sobre la hoja, en vano; con impaciencia, sobre la suela del zapato, en vano…  Llamó a su hija por el móvil a pedirle permiso para buscarle algún lápiz en su gaveta.  “Tal vez lápiz labial, papá; hace tiempo que no uso lápices”;  “¿pero… algún bolígrafo?”; “debe de haber uno rojo, si te sirve”; “pues, en ese caso, me inspiraré sobre asesinatos; ya se me viene una idea”.

Vuelto a su puesto de trabajo, encontró Renato que… mejor dicho, no encontró Renato los folios, pero un vientecillo que movía la cortina le dijo que él había decidido jugar con las hojas y llevárselas a la calle.  Poco faltó para que derramara lágrimas (no de tristeza, ¡de furia!) nuestro muchacho (sí, aunque tenga una hija universitaria, los 40 años de Renato no le han quitado ninguna energía juvenil, es un muchacho).  Bajó las escalas de tres en tres y se abalanzó sobre las hojas que ya había localizado desde la ventana.  Un estridente frenazo lo puso a temblar de pies a cabeza; su “ángel de la guarda” ganó muchos puntos en su cuenta celestial, pues el señor Renato Mendoza salió ileso y solamente con unos “hijueputazos” encima.

Por poco tuvo que abrir un mapa de localización en su celular, para reubicar las hojitas que, con la turbulencia causada por el vehículo, habían danzado vertiginosamente y se refugiaron quién-sabe-donde.  Cruzó, pues, la calle, ahora sí mirando cuidadosamente hacia ambos lados y esquivando las miradas de espanto, de sorna, de reproche, (según el temperamento de cada quien) que le lanzaban los transeúntes, para entrar a un parquecito y, después de rodear un seto, vio los papeles, uno de ellos en el regazo de un ciego sentado en un escaño, que lo palpaba para investigarlo y el otro, más atrevido, al lado de una pareja que, tendidos en la hierba y ya a medio desvestir, se acariciaban y besaban apasionadamente.

“Lo del ciego lo recupero con facilidad, pero cómo me le arrimo a aquellos tiernos pichoncitos sin pasar por inoportuno?” caviló el cuarentón.  Caminó primero hacia donde el ciego, el “fácil”, para tener tiempo de pensar algo más.  Puso la mano sobre el trozo de papel y el hombre rezongó: “¿qué le pasa a usted?”; “nada, solo vine por esta hojita que es mía”; “no señor, es mía, porque me cayó del cielo”; “y ¿para qué le sirve?”; “voy a armar un barco de papel y a ponerlo a navegar en el lago”; “se le pierde de inmediato, pues no lo ve”; “no señor, no sea pretencioso porque tiene vista; yo dirijo los barquitos con mi bastón; tengo mucho sentido del tacto y muy buena orientación”.  Tuvo que aceptarlo Renato y se sentó a observar cómo plegaba de ágilmente el papel este hombre y culminaba un precioso navío; entre tanto le puso conversación y el invidente le contó mucho de su vida.

Ahora, a recuperar la única hoja que le quedaba.  La pareja seguía en sus ocupaciones y nuestro amigo les llegó con el bastón del ciego, que pidió prestado “por un momento nada más”, pensando que así, un poco retirado, sin importunar, atraía la hoja con la varilla.  Tratando de tocar la hoja, tocó al hombre en una pierna y este, muy concentrado en lo suyo, estiró un brazo sin siquiera mirar, agarró a Renato de la chaqueta y lo hizo caer, pero este fue a dar directo sobre el cuerpo de la muchacha quien, asustada, salió corriendo, gritándole "descarado" y acomodando como podía sus prendas, y el chaval emprendió carrera tras Renato, quien apenas logró lanzar el bastón al ciego, aprovechando que el otro también se enredaba un poco en sus necesarios acomodos; ganó la calle y, tras un nuevo frenazo, se sintió a salvo en la puerta de su casa.

Ya no necesitaba nuestro “héroe” las hojas que perdió, ya podía sentarse directamente al computador a digitar todo lo que a borbotones le llegaba a la mente.  Solo que ahora el problema era con cual cuento comenzar, ¿uno sobre los objetos perdidos?  ¿sobre recursos para la escritura?  ¿sobre los artistas contemporáneos?  ¿sobre accidentes de tránsito?  ¿sobre las vicisitudes de un ciego?  o bien, ¿un romance bien picante?

Carlos Jaime Noreña
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sábado, 31 de marzo de 2018

DORMIDOS SOBRE LOS LAURELES
Relato

Jerónimo y Alejandro, dos adolescentes que viven en el barrio Belén, querían dar una sorpresa a sus padres y les pareció que sería muy de su gusto un paquete de parva fina y fresca, bien variada.  (Parva llamamos por aquí a un surtido de panes).  Ellos mismos saldrían ganando con el regalo, pues les tocaría degustarlo al desayuno y al algo.  Averiguaron entonces por una panadería nueva en el barrio Laureles, de la que una visita había hablado maravillas en su casa.  Les dijeron que tomaran, en la esquina, la buseta que bajaba hacia la carrera 76 y se apearan junto a la bomba Los Almendros.

Se fueron los muchachos en la buseta y se bajaron en el lugar indicado; caminando de frente por la misma 76, se toparon con un local que tenía un letrero que invitaba a conocer intimidades del barrio Laureles; entraron y empezaron a apreciar una cantidad de fotografías, artísticamente dispuestas en las paredes, que contaban la historia del barrio y su transformación urbanística.  Se veían allí la primera casa del barrio, las Avenidas Nutibara y Jardín recién abiertas, ansiosas de agrupar una comunidad alrededor; los primeros edificios de  lo que llegaría a ser una muy importante universidad… Era el taller de un arquitecto Jorge Hernán; ellos empezaron a formularle preguntas y él se las atendía muy amablemente.

En cierto momento se dieron cuenta de que ya estaba cayendo el sol, se apuraron a continuar por la 76 y giraron una cuadra a la izquierda, como bien se les dijo. Encantados con la parva, eligieron una buena variedad y, una vez pagada y empacada, resolvieron sentarse a tomar un café y lo pidieron con unos pastelitos que se les antojaron.  Consumiendo lentamente, se entretuvieron mirando videos y haciendo chismes por WhatsApp, entre risas,  sobre las novias de sus amigos y los novios de sus amigas, en el teléfono celular de uno de ellos, pues el otro olvidó traer el suyo.

 Cuando oscureció, salieron sin averiguar por la ruta.  Desorientados, en lugar de bajar por la calle hacia la 76, se fueron buscándola por la carrera 77 (sin saber su nomenclatura); se les terminó apenas a una cuadra de andar, pero vieron que allá a la izquierda pasaba una avenida, que tomaron por 76, se dirigieron hacia ella, la siguieron, pero era la Av. Jardín, con sus falsos laureles, sus cauchos y otros inmensos árboles, que los llevó al Segundo Parque, donde se aceptaron mutuamente que estaban perdidos.

Al dicho parque, que tiene forma circular, le caen varias vías en estrella; los muchachos nunca habían estado allí, no sabían cuál de ellas tomar e indagaron a una señora por la buseta para llegar a Belén; ella les indicó cuál vía debían tomar, directo hacia arriba, hasta llegar “a la carrera 78 o 79, no recuerdo bien”, para abordarla allí.  Se fueron muy agradecidos, siguiendo el camino indicado, pero una cuadra más adelante vieron que cruzaba la circular 76.  “Esta tiene que ser una prolongación de la carrera 76, giremos aquí, que esta nos lleva” y voltearon a la derecha.  ¡Equivocada decisión!  Por la izquierda, esa circular gira hasta cruzar la carrera 76, pero por la derecha se aleja y más allá se convierte en otro tramo de carrera 76 que va en sentido opuesto al de Belén.

Aquí obliga una explicación.  Quienes la encuentren pesada, pueden saltar este párrafo, que no se van a extraviar en el resto del relato.  El mejor sistema de direcciones urbanas del mundo es el de Colombia: dado que las poblaciones fundadas por los colonizadores españoles están conformadas por calles que, muy sumisas, corren paralelas y se entrecruzan perpendicularmente con otras que corren, también, paralelas, se ha establecido un sistema de coordenadas cartesianas, donde las vías que van en un sentido se llaman “carreras” y están numeradas consecutivamente; las que las cruzan se llaman “calles” y también se numeran consecutivamente; así, con los números de calle y carrera se puede localizar con gran facilidad cualquier punto de la ciudad.  Pero hay morbosas excepciones al esquema y la más notable, tal vez, es la del barrio Laureles de Medellín.  Aquí superpusieron, a las calles y carreras, unas vías semicirculares paralelas, denominadas “circulares” y trazaron también unas “transversales” que son diagonales a las calles y carreras.  Es asombrosa la variedad de embrollos que surgen de allí, pues una circular se puede cruzar con calles, transversales y carreras; además, hay cruces de circular con circular, de transversal con transversal… y entonces la localización de una dirección se vuelve una locura. 

Avanzando por la circular 76, llegaron los muchachos al cruce con la Avenida Nutibara y se dijeron que esta no podía ser la carrera 76, porque estaba más amplia y con árboles muy frondosos; preguntaron de nuevo y los dirigieron hacia arriba hasta que llegaran a la carrera 78, por donde pasaría la buseta.  Llegados a un punto donde confluyen, según placas de nomenclatura, la calle 41, la carrera 79 y la propia Av. Nutibara (transversal 39B), resolvieron devolverse una cuadra pues por allí debería pasar la 78; llegaron a la esquina y giraron a la derecha por la carrera 77, que ellos suponían 78, hasta que arribaron al cruce de una vía de doble calzada donde, ya tarde de noche, muy cansados y con hambre, se sentaron en la zona verde a comer de los panes que llevaban en la bolsa y a llamar al papá por celular para que los recogiera pero, nada más marcar, se apagó el aparato; por haber chismoseado en la panadería, la batería los castigó descargándose.

Jerónimo propuso llamar a casa desde un teléfono público; “¿y te sabes el número? porque yo nunca me lo he grabado”; “yo tampoco; como siempre llamamos por celular…”  Se les ocurrió pedir prestado el directorio telefónico en un negocio abierto, mas no encontraron el nombre del papá; “¡Ah! ya recuerdo, dijo Alejandro; mi papá solicitó número privado cuando lo estuvieron amenazando”.

Siguieron, pues, averiguando más, bastante angustiados, hasta que fueron a dar a un sitio donde había un hostal barato y resolvieron pasar allí la noche para seguir buscando con la luz del día sin angustia ni cansancio.  Preguntaron el precio, revisaron sus bolsillos y propusieron que los dejaran dormir  ambos en una cama porque no les alcanzaba para pagar por dos; por poco los lanzan por la ventana: “¡aquí no admitimos parejas gay!”; explicaron que eran hermanos y habían dormido juntos cuando pequeños; mostraron documentos, rogaron mucho y por fin se los aceptaron.

Al día siguiente, desayunaron con los panes que les quedaban y una aguapanela;  ya no les restaba siquiera con que pagar un taxi, sino justo los dos pasajes en bus; pidieron las señas para llegar a la dichosa buseta y les dijeron que, de la esquina, siguieran 2 cuadras y giraran una a la izquierda.  Salieron, pues, hasta la esquina, interpretaron equivocadamente que la debían doblar para andar las 2 cuadras y girar y se perdieron de nuevo: se pararon allí largo rato a esperar el paso de la buseta, en la calle 34, por donde no pasa ninguna.

Al cabo de un rato, vieron pasar unas señoras con bolsas de la panadería, supieron que estaba a dos cuadras y se fueron hacia allá, pues recordaban haber visto pasar buses por allí; cuando pasó uno de la ruta de Laureles, le vieron en la plaqueta que pasaba por una IPS conocida; “la que queda cerca a nuestra casa” e ingresaron.  Al rato, el bus se aproximó a la Avenida Bolivariana y ellos reconocieron que esta iba hacia el parque de Belén, terreno muy conocido, cercano a la casita; pero el cacharro giró hacia el puente que lleva al centro de la ciudad.  Tuvieron que apearse, entonces, para irse caminando en el sentido contrario.

Un rato después, cansados, vieron acercarse una patrulla de policía y se les ocurrió una idea: “llévennos detenidos, nos robamos unos panes”.  Los policías, sospechando de algo extraño, comenzaron a indagarles; ellos les contaron toda su odisea y su necesidad de llegar a casa, así que salieron a llevarlos.  En el camino comentaron los agentes sobre el chiste aquel de un hombre que quería deshacerse de su gato, lo dejaba abandonado en las partes más lejanas y, al regresar, encontraba el gatico en la casa; un amigo le recomendó abandonarlo en el barrio Laureles y un día que se encontraron le preguntó si había llevado el gato; el otro le respondió “lo llevé a Laureles y, de no ser por ese maldito gato, todavía estaría tratando de salir de allá”.

Gran susto se llevó la mamá al ver a sus muchachos en manos de la policía.  Además de las explicaciones de rigor, una buena reprimenda le dieron los agentes por dejar salir solos a unos adolescentes; ella no sabía qué contestar y los pillitos, ya recuperados de sus angustias, gozaban a costillas de la mamá.

Carlos Jaime Noreña
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miércoles, 7 de marzo de 2018

REMIGIO
Relato

Incontables años de edad... Antes de disolverse la Unión Soviética, ya se veía a este viejo desocupado, con su tez morena y su cara muy seria, pero no hosca, andando por las calles del occidente de esta villa de Aná, a paso pausado, mirando detenidamente a cada transeúnte que se le cruzaba, como si ya lo conociera o quisiera indagarle algo... o tal vez esperando una autorización de saludo.

Parece que se llama Remigio, a juzgar por conversaciones escuchadas “sin querer queriendo”; el hecho es que mucha gente sí lo conoce, pero eso no significa que tenga muchos amigos, porque se le ve sentado solo a la mesa de una tenducha o en una banqueta al lado de algún negocio, mirando aleladamente el tráfago callejero, completamente silencioso, como si meditara con profundidad o esperara a alguien... alguien que nunca llega.

El negro Remigio es bajo de estatura, de orejas grandes, ojos negros, cejas muy pobladas y todavía muchas hebras de cabello sobre su amplia cabeza; sorprendentemente negras todavía esas cejas y esos cabellos; cualquiera juraría que se los tiñe, pero no debe de tener ni dinero para esos lujos, ni interés en hacerlo. El pobre y ajado ropaje que siempre lleva, sus zapatos gastados, muestran que no tiene esos recursos ni le interesa mejorar su presentación personal, pero sí lleva siempre sus hebras tan estrictamente peinadas hacia atrás, que se nos antojan engominadas.

Algunos clientes de las mismas tiendas o cafeterías donde él se instala horas enteras lo tratan con sorna; dado que es tan callado y tan viejo, unos dicen que es un jubilado del cine mudo; otros, aseguran que jugaba bolas (canicas) con el niño Jesús; otros, que le ensillaba el caballo Palomo a Simón Bolívar. Pero el hombre es impermeable a la burla y sigue imperturbable en su asiento o en su caminada, quizá perdido en serias meditaciones; ¿qué vamos a saber?

Una señora del barrio afirma que lo conoce desde que estaba pequeña; que a la salida del colegio siempre estaba este señor en la esquina lanzándoles miradas a las niñas más bonitas, pero que nunca se propasó con ninguna, ni les lanzó tan siquiera piropos. Otro señor acota que los vecinos lo llamaban “el sardinero”, por su manía de buscar a las señoritas, que en la época se les decía “sardinas”.

Un agente de policía jubilado aseguró un día, en un corrillo de la panadería, que Remigio fue sargento de la institución, que en las filas le tenían pavor por lo estricto; que no le perdonaba nada a nadie, que le encantaba asignar misiones difíciles y que se regocijaba cuando llegaban a rendirle informe de las azarosas aventuras vividas en esas misiones; eso sí, que él también se iba, y muy resuelto, a enfrentar a los maleantes cuando era necesario, sin un ápice de vacilación.

“¡No, señor! dijo otro; el negro era maestro; les dio clases a mis hermanitos en la escuela pública; sabía mucho y era exigente, sobre todo en disciplina, y castigaba con una regla, en esa época en que estaban permitidos los castigos físicos, los que incluso eran reclamados por los padres de familia, para que sus hijos ‘crecieran rectos’. Los muchachos le decían ‘don Regligio’; él se enfurecía, los perseguía y se armaba la de Troya”.

“Pues a mí me asegura mi mamá, intervino el menor del grupo, no muy joven que digamos, que el Remigio era tendero; que tenía su negocio muy bien surtido por allí abajito, cerca de la iglesia, donde ahora se levanta un edificio de veinte pisos; que allá iban todas las señoras a comprar los ajustes de mercado y algunas chucherías de arreglo personal, como pinzas para el cabello, ligas y laca para el peinado; que también acudían los niños a comprar bolas, trompos (que en otras partes llaman peonzas), cocas (los baleros o boliches), laminitas de coleccionar (mal llamadas caramelos) y, por supuesto, toda clase de golosinas y helados; los señores tampoco salían de la tienda de Remigio, donde tenían su encanto: las cervecitas que el hombre les servía en un apartado, fuera de la vista de los niños, donde se entretenían discutiendo sobre los caballos de las carreras del domingo siguiente, hacían sus apuestas del ‘5 y 6’ y también armaban sus garroteras por el fútbol”.

Sin saber lo que se estaba comentando de él, llegó Remigio al humilde y deteriorado restaurante del frente y se sentó en la misma silla de siempre, la que parecía tener escriturada y que nadie le arrebataba; el dependiente, como por no dejar, le preguntó qué deseaba, aunque ya sabía la respuesta (“no, más tardecito”) y el negro le contestó “no, más tardecito”, con lo que el muchacho ya se fue tranquilo a seguir limpiando mesas con un trapo, acomodando vasos en la repisa y atendiendo a los pocos clientes que llegaban.

Remigio esta vez no se demoró y cuando salió calle arriba, paso entre paso, “como perdonando el tiempo”, tomó la palabra un hombre curtido y canoso; les dijo a los presentes que ninguna de las versiones era correcta, que él sí conocía toda la historia de la vida del viejito y que se las podía relatar si tenían paciencia. Recibida la venia, comenzó el hombre su versión...

“Este señor era marinero y no se llamaba (no se llama) Remigio, sino Apolinar. Empezó en la Flota Mercante Grancolombiana como simple grumete y le tocaba trabajar muy duro. Viajó el equivalente a muchas vueltas al mundo; conoció grandes puertos, como el de Barcelona, el de Hamburgo, el de Rotterdam, El Pireo, El Callao... Y en cada uno de ellos tuvo su amor. Se sabe de unas pocas, como una Ingrid, una Calista, una Esperanza... ¡Lo llamaban el terror de los siete mares! Al cabo de los años, un agrio altercado con un superior lo sacó del servicio y se vino a probar suerte en Cartagena.

“No tardó en alistarse en la armada nacional, donde necesitaban un baquiano para ciertos oficios en el buque escuela Gloria; algún tiempo después, le asignaron unos grumetes, pero fallaba en imponer disciplina, toleraba fugas con frecuencia y hasta él mismo se escapaba con una cocinera, de la que estaba perdidamente enamorado. Con todo esto, pronto se ganó otra trifulca con los superiores y debió calificar servicios.

“Se sabe que después trabajó con el capitán Ospina Navia en Santa Marta; lo que no se sabe es si también el capitán lo despidió o si él consiguió platica y se despidió del capitán; el hecho es que compró una lancha y empezó a pasear turistas por todo el litoral; lo buscaban mucho, porque era muy amable, conocía muchos lugares, relataba muchas historias y tenía un fino sentido del humor. Lamentablemente, la afición por la bebida le cogió ventaja, se vino a menos, de un momento a otro resultó debiéndole dinero a todo el mundo, también le achacaban hijos, pero no se lo habían podido demostrar aún, y terminó volándose para el interior del país”. Apuró un trago, los miró detenidamente a todos y salió.

Amagaron a irse, pero otro contertulio alzó la voz para decirles: “No le crean una palabra. Este es un teatrero y se mantiene elaborando fantasías como esa. Remigio vive con su viejita desde hace muchos años, allá en el barrio más encumbrado del occidente, ese que está coronado por una iglesita blanca; nunca ha sido aventurero ni tiene tanto recorrido de mundo. A la vieja, no la saca a la calle porque es tullida la pobre; él se encarga de arreglar la casa, y salir por todo lo necesario”. Todos quedaron perplejos e incrédulos frente a tantas historias distintas.

Una nueva mañana y regresa Remigio con su paso de tortuga a sus lugares acostumbrados; se vuelve a sentar horas en cada sitio, sigue con su calladera, su mirada penetrante y su pasado misterioso. No se sabe en qué cavila tanto el hombrecito, mientras todo sigue transcurriendo a su alrededor, igual que un día antes, dos días antes, mil días antes...
Carlos Jaime Noreña
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En un tiempo sin tiempo Qué habría ocurrido si lo hubiera sabido antes Wanda se enteró en 2025 del descubrimiento del viaje cuántico al pasa...