lunes, 21 de marzo de 2022

 

SOBRE "LAS UVAS DE LA IRA"

THE GRAPES OF WRATH
John Steinbeck

Segunda entrega


Esta novela del autor estadounidense presenta en forma magistral lo que fue la migración por la desertificación de Oklahoma en los años treinta (la “dust bowl”).  Narra ese inmenso problema social apoyándose en el éxodo de la familia Joad desde Oklahoma hasta California.

En la primera entrega presenté apartes que corresponden, principalmente, al éxodo desde Oklahoma, a través de Texas, Nuevo México y Arizona.


Ahora, Cuando la familia Joad llega al ansiado paraíso californiano, vienen las dolorosas decepciones, derivadas de las condiciones de explotación de la tierra por los grandes terratenientes.


ONCE CALIFORNIA belonged to Mexico and its land to Mexicans; 

...and these things were possession, and possession was ownership. 

Then, with time, the squatters were no longer squatters, but owners; 

They imported slaves, although they did not call them slaves: Chinese, Japanese, Mexicans, Philippines.

California pertenecía antes a México y sus tierras a los mexicanos.

...y se trataba de posesión y la posesión constituía propiedad.

Con el tiempo, los invasores ya no eran invasores, sino propietarios; importaron esclavos, aunque no los llamaban así: chinos, japoneses, mexicanos, filipinos.



And it came about that owners no longer worked on their farms. They farmed on paper; and they forgot the land, the smell, the feel of it, 

He paid the men, and sold them food, and took the money back. And after a while he did not pay the men at all, 

Y luego se dio que esos propietarios dejaron de trabajar en sus granjas.  Eran agricultores en el papel y olvidaron la tierra, su aroma, su sentido.  Pagaban trabajadores y les vendían la comida y así recuperaban el dinero y poco después no les tuvieron que pagar nada.



Los inmigrantes, principalmente de Oklahoma, eran indeseables y fueron duramente explotados y perseguidos.


We got to keep these here people down or they’ll take the country. They’ll take the country. Outlanders, foreigners. 

Tenemos que sacar a esta gente o se apoderarán del país.  Se adueñarán de él estos forasteros, estos extraños.



How can you frighten a man whose hunger is not only in his own cramped stomach but in the wretched bellies of his children? 

¿Cómo es posible que intimides a un hombre cuya hambre no está solo en su acalambrado estómago, sino en las miserables panzas de sus hijos?



Three hundred thousand, hungry and miserable; if they ever know themselves, the land will be theirs and all the gas, all the rifles in the world won’t stop them. And the great owners, who had become through the might of their holdings both more and less than men, ran to their destruction, 

Trescientos mil hambrientos y miserables; si se conocieran entre sí, la tierra sería toda suya y no los podrían detener toda la gasolina, todos los rifles del mundo.  Y los grandes propietarios, convertidos por el poder de sus posesiones al tiempo más y menos que hombres, se precipitarían a su destrucción.



Pray God some day kind people won’t all be poor. Pray God some day a kid can eat.

Quiera Dios que un día la gente buena no sean todos pobres.  Quiera Dios que algún día un niño pueda comer.


Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.

Se aceptan observaciones y discusiones.



miércoles, 16 de marzo de 2022

Lejano alter ego

Relato

Publicado en Café Literautas, marzo 2022


        De regreso a casa, fui detenido por un agente que me exigía el pase; lo entregué extrañado, pues no creía estar cometiendo infracción (¿ todavía se me notaba el guayabo?).

–Aquí dice que usted debe manejar con lentes.

(Este tipo quiere mordida).

–Llevo lentes de contacto –grité furioso.

–Si no se pone unas gafas le elaboro un comparendo y además llamo a un policía para llevarlo a la inspección por ofender a la autoridad.


Debí quitarme uno para convencerlo. 


Fueron dos agobiantes horas hasta llegar al apartamento, a donde entré soltando madrazos.  Mi mujer preguntó “¿Qué te tiene tan piedro?”


–Primero, pelotera con un agente; después, allí en la acera intenté recoger un frasco que se me quebró y me he cortado en un dedo.


Me puso una curita, sirvió un pocillo de café y me prodigó algunas caricias. Prendí el televisor para observar el noticiero; lo único diferente a los chismes del medio día fue el caso de una culebra en la terraza de una casa, que causó varias horas de despelote.


–¿Qué me tienes para la comida, cariño? – pregunté.

–Sudado de carne y papas

–Lo mismo que me dieron al almuerzo. Prepárame, aunque sea, un tocino con huevos.

–Pero mira qué acompañamientos: un plato de caldo de hueso recién bajado de la hornilla, una coca de ensalada fresca, un vaso de sorbete de banano recién licuado y, de dulce, un exquisito arequipe.

–Bueno, en todo caso, tengo mucho filo.


Apurando el caldo, se me cayó el lente, que seguramente me había quedado flojo en el apuro, fue a dar entre los ojos de grasa y se confundió con ellos.


–Maldita sea! Auxilio!  Debo rescatar este hijuemadre.  Si no lo encuentro no puedo salir mañana en mi carro.  Tráeme una lupa.

–Voy por ella, serénate.


Encontrado el lente, me fui a mi pieza, me puse la piyama, entré al computador y cuál no fue mi sorpresa al hallar en la red social esta narración de quien parecía ser mi alter ego español:


De regreso a casa, fui detenido por un guarda que me exigía la licencia; la entregué extrañado, pues no creía estar cometiendo infracción (¿ todavía se me notaba la resaca?).


–Aquí  pone que usted debe conducir con lentes”.

 (Este tío quiere coima).

–Llevo lentes de contacto –grité furioso.

 –Si no se pone unos anteojos le elaboro un informe y además llamo a un guardia civil para llevarlo a la comisaría por ofender a la autoridad.


Debí quitarme uno para convencerlo.


Fueron dos agobiantes horas hasta llegar al piso, en donde entré soltando tacos.  Mi mujer preguntó “¿Qué te tiene tan cabreado?”


–Primero, mogollón con un guarda; depués, allí en la vereda intenté recoger un frasco que se me rompió y me he  baldado en un dedo.


Me puso una bandita, me sirvió una taza de café y me prodigó algunas caricias. Encendí la TV para observar el informativo; lo único diferente a los chinchorreos del medio día fue el caso de una serpiente en la terraza de una casa, que causó un follón de varias horas.


–¿Qué me tienes para la cena, cariño? – pregunté.

–Estofado de carne y patatas.

–Lo mismo que me dieron en la comida. Prepárame, aunque sea, un beicon con huevos.

–Pero mira qué acompañamientos: una escudilla de consomé de hueso recién bajado de la placa, un bol de ensalada fresca, un vaso de batido de banana recién licuado y, de postre, un exquisito dulce de leche.

–Bueno, en cualquier caso, tengo mucha gazuza.


Apurando el consomé, se me cayó el lente, que seguramente me había quedado flojo en el apuro, fue a dar entre los ojos de grasa y se confundió con ellos.


–¡Hostia!  ¡Ayuda!  Debo rescatar este concha de su madre.  Si no lo encuentro no puedo salir mañana en mi coche.    Tráeme una lupa.


–Voy a por ella, serénate.


Encontrado el lente, me fui a mi cuarto, me puse el pijama y entré al ordenador para revisar novedades en mi red social favorita, hasta quedarme dormido.

jueves, 13 de enero de 2022

 Apocalipsis a la medida

Relato

Presentado a Café Literautas en enero 2022


Caen cenizas todavía ardientes sobre la pequeña ciudad y se anuncia un fuerte incremento de radiación para las horas siguientes; los pobladores corren a refugiarse en los sótanos, cargados de provisiones conseguidas con premura.  Todo ello ocurre en la fértil imaginación de Saturnino Martel, quien cada día está más aterrorizado por las predicciones de guerra nuclear, que no vienen propiamente de los agoreros de fin de año, sino de los comentaristas políticos de la prensa.

Creen haberlo convencido sus parientes del poco crédito que hay que dar al sensacionalismo de los medios y ya cae en pánico por el próximo impacto de un asteroide con el planeta.  Su primo, físico y estudioso de la astronomía, le indaga si la causa de su pavor está en la película de moda.

–No es por eso.  Mira que últimamente nos han anunciado con frecuencia el paso de asteroides a poca distancia de la Tierra.

–Esa pequeña distancia es relativa; son millones de kilómetros, que parecen poco en comparación con el tamaño del sistema solar.  Digamos que han pasado frente al dintel de nuestra ventana, pero no han tocado la casa.

–Entonces, ¿por qué la NASA ha enviado a DART a destruir un meteorito que viene hacia nosotros?

–Ante todo, no es un meteorito, sino un asteroide y no venía hacia nosotros; sigue su trayectoria lejana, pero fue seleccionado para experimentar el desvío artificial de un cuerpo celeste.

–Si hacen ese experimento es porque saben que ya se aproxima uno.

–Eso no es tan preciso.  Por ahora, no se sabe de alguno que venga rumbo a nosotros.

–¿Y por qué no los detectan con esos telescopios tan poderosos que tienen?

–Hallar un astro que venga a nuestro encuentro es como buscar un alfiler en un pajar.  En la inmensidad del Universo son encontrados diariamente miles de nuevos cuerpos y consume mucho tiempo estudiar la posición y la órbita o trayectoria de cada uno.

–¿No sabemos, pues, cuándo aparecerá uno que haga colisión con esta bolita en que vivimos?

–Así es, pero el experimento se está haciendo para perfeccionar la tecnología necesaria para el evento.  Puedes confiar en que el bólido será detectado con tiempo suficiente para enviarle su kamikaze.

Saturnino pareció salir calmado de este diálogo, pero al día siguiente lo horrorizaron las noticias del cuarto pico del virus; consultó con un biólogo amigo y este le recomendó aislarse por un tiempo para evitar contagios, así que decidió ir a refugiarse en el sótano de su vivienda.

El hombrecito había hecho cavar y acondicionar un espacio amplio en ese sótano para protegerse de la guerra nuclear y ahora le serviría para eludir todos los contactos y hasta evitar corrientes de aire que pudieran llegarle con el virus a sus vías respiratorias.  Se acomodó a sus anchas en un mullido sillón, encendió la TV y se estaba quedando dormido cuando se le derrumbó la casa encima.

–¿Bomba atómica?  ¿Asteroide?  ¿Qué chiste es este? –Fue lo que alcanzó a preguntar, antes de quedarse para siempre sin respuesta.

En su paranoia, Saturnino había mandado a construir un nuevo techo con poderosos refuerzos de acero, pretendiendo que resistieran el golpe de un meteorito y ocurrió que las considerables fuerzas transmitidas columnas abajo no fueron soportadas por los cimientos, que habían sido debilitados por la socavación en el sótano y toda la estructura cedió para darle gusto al ansia de desastre de este desgraciado habitante.

jueves, 30 de diciembre de 2021

 Hallazgo navideño

Relato


Este muchacho de catorce años había dejado su casa la noche del 24 de diciembre y andaba por las calles buscando algo que él no sabía qué era, pero sí sabía que tenía que ver con la Navidad.  En la tibia noche, solitaria porque las gentes estaban reunidas en casa, el joven medía con sus botas nuevas una calle y otra, recorría un parquecito y el otro escudriñando, deteniéndose, volviendo a andar…

¡Nada!  No encontraba lo que anhelaba.  Pensaba en regresar al hogar, a la reunión familiar, pero no desistía de su empeño.  Total, no tengo que huirle a ningún frío; no soy habitante de los tradicionales cuentos de Navidad con hielo y nieve; aquí tenemos  un bello clima tropical, aquí la noche del 24 invita a salir, aunque nadie sale; que celebren ellos allá, que me guarden algo de la cena y muchos dulces; ya me daré gusto.

Una niña que lloraba llamó su atención.  Se acercó a ella acucioso y se llevó una decepción cuando supo que su llanto provenía de una rabieta porque no le gustó el color del costoso juguete que le regalaron.  Más adelante, quiso socorrer a un perrito que lloraba con aullidos lastimeros; cuando se estaba acercando y el animalito se alegró, creyó que vendría a sus brazos y se decepcionó de nuevo al verlo ir veloz hacia el ama que venía a su encuentro.

Pasando por la calle más oscura y estrecha, encontró una iglesita abierta y solitaria, en donde entró con pasos vacilantes y mirada ansiosa.  Al fondo, junto al altar, estaba armado un pobre pesebre, lleno de vegetación, luces y figuritas; se acercó, lo examinó detenidamente, se quedó un rato expectante y nada sucedió.  Volviose hacia la puerta; cuando la cruzaba, escuchó una música dulce y se regresó rápidamente; la música se cortó, mas volvió en otro tono y melodía; descubrió que no se trataba de ningunos acordes celestiales, sino del ensayo del organista, allá arriba en un pequeño armonio, para la próxima ceremonia.

Saliendo defraudado, lo deslumbró el brillo de la luz lunar en los árboles de la zona verde del frente; alzó la vista hacia el astro, una llena esplendorosa que estaba rodeada de chispeantes estrellas y, un poco retiradas, tímidas, las nubes que un rato antes le ocultaran el espectáculo.  Esto era lo que yo buscaba; ningún milagro, ningún ser desamparado a quien, movido de compasión, le ofreciera salvación, tampoco personajes celestiales que viniesen a encantarme.  La Navidad la tenía yo mismo adentro; la excursión, la búsqueda, el anhelo la despertaron y la belleza de la noche la hizo invadir mi corazón.  Ya puedo volver a casa.


 Ilusión traviesa

Relato

Presentado al Café Literautas, diciembre 2021


Voy andando bajo un sol caliente por las sombras de los muchos árboles de esta calle, absorto en cosas baladíes, cuando ella surge de la nada y me interrumpe.  Me cautiva el océano de sus ojos que me miran sin verme.  Cruza airosa a mi lado entre ráfagas balsámicas y arrastra mi vista tras de sí, para enloquecerme con la cumbia de sus caderas.  Mis ojos ordenan a mis piernas dar la media vuelta y la sigo a prudente distancia mientras me marean dulces sensaciones.

La encantadora muchacha entra en un cafecito que me invita con un guiño cómplice.  Antes de decidirme, la miro a través del cristal, tomándome un ratito para calcular mi estrategia, tiempo que aprovecha un muchacho para colarse; la aborda y es premiado con una mágica sonrisa.  Me paraliza la decepción y no sé cuánto tiempo pasa hasta que sale sola y continúa apurada por el andén.  Ya la estoy siguiendo de nuevo, pero un bus le abre la puerta y me la arrebata.

Nueva frustración y tardío impulso de abordar la máquina que ya huye burlona.   Ahora mis pasos lentos me llevan sin ganas a mi morada solitaria, donde me sirvo un trago y me quedo ¿cuántas horas? componiendo fantasías con la chica evadida.

Llega un nuevo día, gris y tristón como mi ánimo, y voy por la misma calle con la mirada perdida, que súbitamente es capturada por la muy tibia de la diosa de la víspera.  Ella está a la entrada de un centro comercial, indecisa, y yo me aproximo indagándole qué busca; me acepta el ofrecimiento y la acompaño a un puestecito donde compra una bagatela.   La invito a un helado en el puesto vecino; lo degusto extasiado por la dicha de haber recibido aceptación.

No voy a relatar las encantadoras conversaciones, pero sí la embriagante felicidad que me invade cuando me acepta una rosa en la venta de flores por donde maliciosamente la hago pasar.  Ya para salir de la bulla de ese comercio, me dice que debe dejarme para proseguir su camino pero, a la altura que he llegado, ¿cómo voy a caer?  Angustiado buscando algún recurso, una lluvia cómplice me induce a abrir el paraguas y atraerla a mi lado para llevarla; ella me indica, con resignación, una parada de buses.  Las gotas que nos rodean son alegres y cantarinas; el gris de la tarde es rosado para mí; el andar de mi compañerita es música.  Avistamos la parada, donde un hombre joven, casi tan bello como ella, la reconoce con una amorosa mirada y luego ella me abandona con un “hasta aquí llego, gracias”.

Saluda al hombre con un cálido beso en los labios, le obsequia ¡mi rosa! y se van juntos, prácticamente danzando bajo el agua.  Cierro contrariado el paraguas y las crueles gotas que me empapan son llanto desconsolado; el gris del atardecer es negro fúnebre; la noche que se aproxima, un sepulcro.

sábado, 20 de noviembre de 2021

SOBRE "LAS UVAS DE LA IRA"

THE GRAPES OF WRATH
John Steinbeck

Esta novela del autor estadounidense presenta en forma magistral lo que fue la migración por la desertificación de Oklahoma en los años treinta (la “dust bowl”).  Narra ese inmenso problema social apoyándose en el éxodo de la familia Joad desde Oklahoma hasta California, tierra prometida, rebosante de cultivos, especialmente frutales, en donde ansiaban encontrar trabajo y progresar económicamente, pero chocaron con la dura explotación y la xenofobia contra los hermanos americanos de los estados pobres.


Cuando se presenta la sequía y se pierden las cosechas, tienen estas duras reflexiones sobre el rechazo de los bancos a prestarles dinero.

A man can hold land if he can just eat and pay taxes; he can do that…

…he can do that until his crops fail one day and he has to borrow money from the bank…

…a bank or  a company can’t do that, because those creatures don’t breathe air, don’t eat side-meat.  They breathe profits; they eat the interest on money.

Un hombre puede conservar su tierra mientras le dé para comer y pagar impuestos; lo puede…

…es capaz hasta que un día las cosechas se van a pique y tiene que prestar dinero en el banco…

…un banco o una compañía no puede hacerlo, porque esas criaturas no respiran aire y no comen carne.  Respiran ganancias; comen intereses.


Los funcionarios bancarios eluden responsabilidad.


We’re sorry.  It’s not us.  It’s the monster.  The bank isn’t like a man.


Lo sentimos.  No se trata de nosotros, sino del monstruo.  El banco no es gente.


It happens that every man in a bank hates what the bank does, and yet the bank does it.  The bank is something more than men…

Todos los que trabajan en el banco odian lo que este hace, pero el banco lo hace, de todos modos.  El banco es más que su gente.



La familia tendrá que abandonar su casa, que será demolida por los prestamistas, para irse a buscar suerte a California.  Salen a vender implementos usados que no se pueden llevar y les ofrecen sumas ridículas.


You’re not buying only junk, you’re buying junked lives. And more—you’ll see—you’re buying bitterness. Buying a plow to plow your own children under, buying the arms and spirits that might have saved you. 


No nos compras chatarra; estás comprando unas vidas chatarrizadas.  Mas aun, lo verás, estás comprando amargura.


You’re buying a little girl plaiting the forelocks, taking off her hair ribbon to make bows, standing back, head cocked, rubbing the soft noses with her cheek. You’re buying years of work, toil in the sun; you’re buying a sorrow that can’t talk. 


Estás comprando una niñita que le trenza los crespos a la mascota, que se quita la cinta del pelo para ponerle lazos mientras se deja frotar las naricitas en su mejilla.  Nos compras años de trabajo, faenas al sol, compras una pena que no es capaz de hablar.


The anger of a moment, the thousand pictures, that’s us. This land, this red land, is us; and the flood years and the dust years and the drought years are us. 


La furia momentánea, los mil casos, eso somos.  Esta tierra, tierra roja, es nosotros; y los años de inundación, los años de polvo y de sequía somos nosotros. 


Fella in business got to lie an’ cheat, but he calls it somepin else. 

...he tried to steal your four dollars for a busted tire. They call that sound business. 

El hombre de negocios se dedica a mentir y embaucar, pero le da otro nombre a eso … trató de arrancarte cuatro dólares por una llanta rota.  Eso lo llaman negocio redondo.


Cuando Tom Joad llega buscando a su familia, encuentra la casita abandonada y se topa con un viejo conocido que está dedicado a merodear, porque también se quedó sin nada.


“I been walkin’ aroun’ in the country. Ever’body’s askin’ that. What we comin’ to? Seems to me we don’t never come to nothin’. 


He estado rondando por la comarca.  Todos preguntan lo mismo.  ¿A qué vamos a llegar?  Me parece que a nada vamos a llegar.


Movin’ ’cause they got to. That’s why folks always move. Movin’ ’cause they want somepin better’n what they got. 


Desplazándose porque tienen que hacerlo.  Por eso se mueve la gente.  Se van porque quieren algo mejor que lo que tienen.


They’s folks dyin’ all aroun’. Maybe you’ll die pretty soon, but you won’t know nothin’. 


Hay gente muriendo por todas partes.  Tal vez vas a morir pronto, pero no lo sabrás.


This here fella says, ‘I’m payin’ twenty cents an hour.’ 


Buscando trabajo y pasando necesidades.


Este de aquí dice “pago a 20 centavos la hora”.


can’t tell ya about them little fellas layin’ in the tent with their bellies puffed out an’ jus’ skin on their bones, an’ shiverin’ an’ whinin’ like pups, an’ me runnin’ aroun’ tryin’ to get work…


Para qué te cuento de esos chicos echados en la tienda con sus buches hinchados y la piel pegada a los huesos, temblando y gimiendo como cachorritos y yo volteando en busca de trabajo…


“If he needs a million acres to make him feel rich, seems to me he needs it ’cause he feels awful poor inside hisself


Si necesita un millón de acres para sentirse rico, se me hace que lo necesita porque se ve terriblemente pobre de espíritu.


Traducción libre, con base en mi percepción de lo leído.

Se aceptan observaciones y discusiones.


jueves, 7 de octubre de 2021

Noches estrelladas, ¡miau!

Relato

Una noche fría, oscura y medio lluviosa, me fui al bar a buscar el calorcito de unos brandys y opciones para repensar algunas cosas.  Al poco, ya había entablado conversación con una atractiva muchacha, muy risueña, de lacios cabellos oscuros, ojos verdes saltones y unos labios rojos que parecían invitar permanentemente.  (¡Al diablo las planeadas reflexiones!).  Tras los infaltables por qué te gusta ese trago, a qué te dedicas, donde vives, qué vienes a buscar por aquí, vienes con frecuencia, nunca te había visto, te me pareces a… logré entrar en más confianza y me hizo una confidencia sobre el novio que la dejó.

–Pero yo no me doy al dolor; ya estoy acostumbrada a dejarlos y a que me dejen –dijo, con falsa seguridad.

–A mí, muchas me han dejado y siempre me duele como si fuera la primera vez.

–No creo que a un hombre tan buen partido lo dejen fácil.

No alcancé a contestarle que se ahorrara los piropos, porque un temblor de tierra nos robó la atención y nos metió un tremendo susto, agrandado este porque cayeron algunas copas que se hicieron pedazos y se cerró con gran estruendo una puerta interior.  Lo delicioso del caso fue que ella se agarró de mí, como si con ello la protegiera de alguna plancha de concreto que le cayera encima.

Después del apretón, de las disculpas pedidas y maliciosamente no concedidas, el tema general y el de nosotros dos, después de un brindis por la suerte de haber salido ilesos, fue el de los terremotos.  Me contó que su gata presentía los temblores; que ya le había ocurrido tres veces ver al animal plantarse sobre sus cuatro patas y mirar a todos lados con los ojos muy abiertos y las orejas bien izadas, para unos segundos después sentirse el suave mecimiento del edificio.

No se me ocurrió contarle de mi gato blanco y negro que sonríe como el de Alicia, porque tenía el juicio más ocupado en pensar la táctica para ganarme toda su confianza.  Tiempo perdido, pues al momento cortó la conversación, echó mano de su celular, de su bolso y de cualquier disculpa para perderse más allá de la puerta, después de regalarme una enigmática sonrisa.

–Espero que nos volvamos a encontrar aquí –alcancé a decirle, para más tarde arrepentirme de no haberle pedido su número.

–Seguro que sí –respondió y se evaporó rápido.

Me tomé otro trago en soledad, meditando sobre mi poca suerte con las mujeres, pagué mi cuenta y salí por la misma puerta, bueno, la única, y qué buena sorpresa me llevé al ver completamente despejada esa noche que había empezado tan lúgubre.  Había un bello cuarto creciente, nos regalaban su intenso brillo los dos planetas de mayor magnitud y posaban sin pudor las constelaciones más conocidas.  Bueno, supongo que también las desconocidas, pero yo no las distinguía.

En casa, me esperaba el gato tras la puerta, como siempre; ellos son muy ladinos: están echados haciendo su pereza sobre una cama, un sofá o entre una caja vacía que se nos ha quedado por descuido en cualquier rincón y cuando escuchan que la llave gira en la cerradura se dirigen a la puerta con el sigilo y velocidad de que son capaces para hacernos creer que han estado todo el tiempo a nuestra espera.  El mío enseguida me miraba, maullaba suave y se frotaba contra mis piernas, con lo que me veía obligado a darle unas caricias y dirigirme a renovarle el agua y completarle la comida; lo que se repitió, religiosamente, esa noche.  Luego me fui a buscar mi lectura, mi piyama y un agua aromática.

A esta la dejó solamente un novio; a mí me han despreciado muchas mujeres; esta soltería me tiene aburrido.  ¿Llamo de nuevo a Olga Tatiana?  ¿Para qué?  Ya me hizo un desplante cuando la invité a una fiesta.  ¿Le escribo a Viviana?  Con ella chateaba delicioso.  ¡No!  Hace treinta y cuatro días que no me contesta; ya se cansó de mí.  ¿Le digo a Roberto que me invite una amiga?  No, me lo tengo que aguantar haciendo alarde de sus conquistas…

Hasta que me quedé dormido…

La noche siguiente fue igual de hermosa desde el principio; me subí a la azotea de mi edificio de veinte pisos a observar el deslumbrante panorama y me tocó ver el paso de un satélite artificial y los fuegos de artificio con que celebraban en algún barrio lejano al santo patrono de la parroquia o celebraba un triunfo el non sancto patrono de esa vecindad.  A continuación, cuando extasiado de cielo me disponía a bajar a mi nido, me llamaron la atención los reclamos de una pareja felina que se enamoraban sobre un tejado cercano.

Una noche más y me dio por salir a pasear por las calles arboladas y parquecitos floridos del barrio.  Estaba observando a unos niños que jugaban, cuando una voz no desconocida se dirigió a mí.

–¡Qué sorpresa encontrarte!

–¡Hola!  Qué gusto me da.  Pensé que no te volvería a ver.

–Claro, si no vuelves al bar donde nos citamos, no nos volvemos a encontrar.

–No nos hemos citado.

–Así son los hombres.  Propusiste, veo que muy falsamente, volver a encontrarnos allí.  No he faltado estas noches pero, ni rastro tuyo.

–Vámonos ahora mismo para allá.  Te invito.

–No puedo.  Estoy buscando a mi gatita.  Se me escapó una vez más.  Es muy callejera.

–Yo sé donde está: en aquel tejado –dije señalando y le conté de la escena vista dos noches antes, que seguramente se estaba repitiendo.

No había nada que hacer; ¿qué persona cuerda se sube a un tejado a bajar un gato, y más cuando está en ocupaciones tan importantes?  Así que la convencí de irnos al bar, que la gata encontraría de nuevo el camino a casa y allí la aguardaría, agazapada esperando el ruido de la cerradura para saltar sobre ella.

Pasamos un rato muy largo en el bar hablando de nuestros dos gatitos, imitando su ronroneo, su frotarse contra las piernas, sus maullidos y su tierno arrebujamiento contra nuestro cuerpo cuando estamos en cama.  La llevé a mi apartamento a mostrarle mi minino y nuevamente imitamos el ronroneo, frotación y arrebujamiento, con la noche estrellada observándonos por la ventana abierta.


En un tiempo sin tiempo Qué habría ocurrido si lo hubiera sabido antes Wanda se enteró en 2025 del descubrimiento del viaje cuántico al pasa...