miércoles, 25 de octubre de 2017


LOS RETOS DE JAIME ALBERTO
Relato


Jaime Alberto es un muchacho de 25 años que no hace mucho terminó su carrera universitaria y ya acumula unos dos años de experiencia en su trabajo. Allí en la empresa maneja buenas relaciones con sus compañeros, a saber, Teresa la misteriosa, que siempre lo saluda amablemente; Jairo el seudosicólogo, que lo estima mucho, según lo dice; Nicolás el pragmático que no lo mira muy bien, pero mucho le habla; Blanca la administradora de profesión, bonita y femenina, que le atrae fuertemente; Mauricio el estadístico que lo mira como con ganas y Rafael el abogado, muy místico, que vive dándole consejos.

Salen juntos con frecuencia a almorzar y ello ha ido consolidando un grupito muy amistoso. En la mesa se hacen chanzas, se ríen del jefe, se carcajean recordando chascos de otros funcionarios, comentan sobre fútbol, películas y música y también, en ocasiones, hablan en serio. Rafael, por ejemplo, ha insistido varias veces en la importancia de la meditación; “le hace aseo a la mente, refresca, predispone para cosas grandes”, y Jairo, el seudosicólogo, remata insistiendo en el “conócete a ti mismo”; “antes de meditar tengo que encontrarme a mí mismo, conocerme, solo así recibiré correctamente los beneficios de la meditación”.

Jaime Alberto ha intentado varias veces el ejercicio del autoconocimiento; se ha plantado frente al espejo del baño preguntándose “¿quién soy yo?” y se contesta “Jaime Alberto Barreneche Jaramillo, con cédula número 20.205.405”; “ahora ¿qué más me pregunto? – ah... ¡sí! dirección y teléfono – son tal y tal”; “mi edad, mi profesión,... mis gustos: el fútbol europeo, las baladas, el jazz, el rock sinfónico, el pescado y los mariscos, el ron y el brandy, las mujeres bonitas... ¿qué más? ¡No se, no se!, mas bien le digo a un amigo que me cuente todo lo que conoce de mi; los amigos lo conocen a uno mejor que uno mismo”. Y hasta ahí llegaba el intento.

En fin, a nadie tenía que darle razón de sus reflexiones, entonces seguía departiendo con sus compañeros, al lado de la cafetera y a la hora del almuerzo. Un día, comentando sobre aquel deportista que dejó el fútbol para dedicarse al ciclismo, hablaron Mauricio y Jairo de la importancia de trazarse un proyecto de vida, para andar seguros en busca del éxito. Quedó Jaime Alberto pensando, aparte de en las, para él fastidiosas, miradas que le dirigía Mauricio, en su falta de un proyecto de vida y ahí fue donde se le ocurrió que para encontrarlo debería hacer el ejercicio de meditar.

Se tendía en la cama, relajado y con luces apagadas, en plan de meditar, pero no sabía como empezar; trataba de dejar la mente en blanco, como le habían indicado, pero pronto ese blanco se pintaba de Blanca, la que tanto le gustaba; se pintaba de Bayern München, Mónaco, selección Colombia; se pintaba del informe sin elaborar en el trabajo; del dinero que le debía a un amigo; del carro que ansiaba comprar; del paseo que debía planear para vacaciones... Perdido, pasaba a pensar en el proyecto de vida; “¿que importa que me salte un paso?; un proyecto es algo concreto, la meditación es muy abstracta”. Después de muchas vueltas en la cabeza, lo vencía el sueño, se despertaba a las 2, se empiyamaba y ahora sí dormía “como un angelito” hasta el momento de castigar al despertador por inoportuno.

Comentó en el almuerzo sobre su frustrado intento de formular su proyecto; Jairo hizo una perorata que quizá ni él mismo se entendió; Nicolás lo llamó a ser práctico, a adoptar como proyecto algo concreto que quisiera conseguir a lo largo del tiempo, ya en bienes materiales, ya en progreso personal; Rafael le recomendó partir de su propia consciencia del objeto de su existencia, el que encontraría por medio de la meditación; Blanca le dijo que, sin dar tantas vueltas, tomara en cuenta sus propias capacidades y atributos, combinados con sus mejores sueños; fue la oportunidad de Mauricio para hablarle de “los tesoros que tú tienes; están a la vista y no eres consciente”; Teresa doró la píldora hablándole de los múltiples potenciales del alma, pero Blanca lo volvió a aterrizar en que debía partir de lo que el mismo se sentía capaz de hacer para conseguir con ello las aspiraciones personales mas significativas.

Se moría por Blanca, pero no era capaz de hablarle, más allá de los asuntos de trabajo y de las charlas en grupo. Era ella una morena bien proporcionada y con una linda carita de mirada juguetona y sonrisa conquistadora; hasta los adminículos de ortodoncia le lucían de maravilla. Ese martes llegó ella con su negro, lacio y brillante pelo cogido en dos trenzas que la hacían ver como una chiquilla traviesa, con una mirada coqueta en sus saltones ojos negros, luciendo un suéter rojo vivo muy ajustado, que hacía resaltar su par de lujosas delanteras, y un pantalón blanco forrado y reluciente que no permitía desviar la mirada de esa redonda retaguardia. Jaime se puso pálido al verla y tuvo que salir corriendo a tomar agua; recuperó los arrestos y se dirigió a buscarla en su escritorio, mas cuando lo fulminó con su mirada solo atinó a preguntarle como iba con el informe que le habían asignado para el miércoles.

Llegó por la noche frustrado a casa y sacó de una gaveta las revistas de Playboy que allí mantenía, para consolarse contemplando a aquellas a quienes no tenía que dirigirles la palabra, mas en pocos minutos recordó aquello de “alejar las tentaciones” y dejó las revistas junto a la puerta de salida con el firme propósito de llevarlas a la mañana siguiente, de salida para el trabajo, al depósito de elementos reciclables del edificio. Blanca merecía toda su atención, no se iba a desviar e iba a ser capaz de hacerle la corte. Quizás ella iba a ser la esencia de su proyecto de vida.

Salió temprano con las revistas bajo el brazo, las dejó sobre el material reciclable y debió devolverse al apartamento a recoger el teléfono celular, que había dejado olvidado. Al volver al primer piso, lo esperaba Gladys, la empleada del aseo del edificio, otro churro, menos pulido que Blanca, pero igual de joven y deseable; con una sonrisa socarrona, le preguntó si podía disponer de “esas” revistas; “claro, las he descartado”; “¿es que prefiere pasar de las virtuales a las reales?”; se sonrojó Jaime y dijo, como por salir del paso, “exactamente”; “yo puedo hacerle un contacto, conozco a alguien muy especial”; “ya veremos, voy de afán”.

Todo el día estuvo distraído en el trabajo; pensaba en la tentadora oferta, pero se le atravesaba Blanca, bien fuera pasando por el corredor o pasando por su mente; se decía que debía alejar las tentaciones, trabajaba algún rato y volvía a pensar en lo de Gladys. En el almuerzo, casualmente, Blanca no pudo estar porque salió para alguna diligencia personal y el tema que planteó Teresa fue el del autodominio, “llave de la vida espiritual, requisito para el contacto con los seres del más allá y buen compañero para lograr lo que se debe conseguir con esfuerzo”. Todos se preguntaban entre carcajadas si fue autodominio lo que les faltó a los jugadores de la selección Colombia, que no pudieron ganar el partido de la víspera.

Al final del día se dirigió a su apartamento decidido a buscar a Gladys a la mañana siguiente y aceptarle lo ofrecido. Pero al entrar a su recinto, de repente, se dijo “domínate, no hagas locuras”. Se preparó una comida ligera y se acostó, pero dio vueltas en la cama toda la noche, pensando a ratos que debía aceptar la oportunidad que Gladys le ofrecía y, a ratos, que debía ser prudente y practicar el autodominio. Saliendo del ascensor por la mañana, se encontró a Gladys de frente; “¡que casualidad!, dijo esta, acabo de entrar y me lo encuentro” (había llegado temprano para esperar a Jaime Alberto y aún no se había cambiado, para aparentar estar apenas entrando); estaba vestida de minifalda y buso apretado, sobre unos pechos sin sostén, muy maquillada y de uñas pintadas de rojo intenso. Al muchacho se le vino al suelo el “autodominio” y le disparó: “dame los datos del contacto”; “el contacto lo hacemos tu y yo, si te gusto”; “ehhh,... pues... pues sí, mamita, pero... ¿como hacemos?”.

Ella le pintó todo el plan en un instante, pues ya lo tenía bastante bien tramado: el iba a llegar temprano del trabajo como todos los jueves y se iban a su apartamento; para que nadie los viera juntos, el subía primero y después ella, que iba a tener aisladas las cámaras del primer y sexto piso, para que no quedara registro de su entrada y salida del apartamento. A el le pareció genial, le dijo que se encontrarían, pues, a las 5 de la tarde y se despidió picándole un ojo.

A las 10 debieron pasar a un pequeño auditorio para la charla de un asesor de la empresa sobre misión, visión y valores. Después de las consabidas pautas para la definición de la misión y la visión, se centró el hombre en una interesante discusión con Teresa y Jairo sobre los valores, a los que daban la mayor importancia porque serían los determinantes para no ostentar una misión vacía ni una visión anodina; el no comprometerse con unos valores claros y positivos impediría formular una misión válida o, incluso si se formulaba, no se cumpliría con un significado humano y social; y el no ser fieles a los valores a lo largo del tiempo impediría el llegar a materializar correctamente la visión.

Nueva preocupación para Jaime Alberto, quien resultó identificando su misión en la vida con su proyecto de vida y concluyó que para llegar a conquistar a Blanca tendría que adoptar unos limpios “valores morales”. Salió a almorzar resuelto a no concretar con Gladys lo pactado para esa noche y estuvo toda la tarde autoconvenciéndose de que iba a hacer gala de pleno autodominio e iba a despachar a aquella mujer sin mas explicaciones y le iba a dedicar la noche a la meditación.

Al abandonar la oficina por la tarde, pensó un momento en irse a un cine y llegar tarde al apartamento, de modo que la chica se hubiera ido, cansada de esperarlo, mas su talante honesto le hizo pensar que era mejor hablarle de frente y explicarle que no estaba dispuesto a correr esas aventuras; “encontraré las palabras adecuadas y la convenceré”. Apenas entrando al edificio, la encontró en el seductor atuendo de la mañana, con una cara de encanto y una pose incitante, y todas sus precauciones se le vinieron al suelo mientras la libido era la que se le alzaba. Solo supo decir “espera un ratico para subir; no conviene que nos vean juntos; te dejaré la puerta entreabierta”.

Entró Jaime Alberto a su guarida, cerró tras de sí la puerta, físicamente con el trasero, y se quedó recostado a ella pensativo; “¿que hago?; ¡esta mujer está muy buena! ¡No, no! No le puedo abrir” y le echó doble llave a la cerradura. Se fue a su habitación a descargar sus objetos personales. No mas ponerlos en su sitio, sonó el timbre. “¿Que hago? ¡Cómo la dejo afuera, eso no es de caballeros!”. Se dirigió a abrirle, ella lo miró entre asombrada y disgustada, el le dio la mano y la entró prácticamente arrastrada, pero al cerrar la puerta un impulso lo llevó a pegarse a ella y rodearla con sus brazos; comenzaron a besarse y, a partir de allí, el autodominio de Jaime Alberto se disolvió como azúcar en el agua.

El viernes, el jefe propuso un paseo dominical a un embalse cercano, para disfrutar de un bote inflable que se había comprado y ofreció su propio vehículo para llevar a algunos. Salieron pues el domingo muy temprano ocho personas, incluida la esposa del jefe, distribuidas en los carros del jefe y de Jairo, e iban llenos de fiambres y elementos de juego. El día estuvo muy bonito, pleno de sol y se situaron en una ribera empradizada, colocaron las cosas sobre la hierba y armaron una pequeña carpa que serviría para protegerse del sol o de una eventual lluvia; unos caminaron
hacia un punto de la orilla desde donde se podía pescar; el jefe salió con su esposa en el bote a remar un poco por las serenas aguas pues, como propietario y anfitrión, le correspondió el honor de ser el primero; se quedaron los demás, que eran Jaime Alberto, Blanca y Rafael, jugando sobre la hierba, primero con unos boliches plásticos, después con una pelota. Cerca del medio día regresaron los del bote hablando bellezas del paisaje aguas adentro y de los interesantes animales que se observaban; se animaron Teresa y Jairo a salir a su ronda por las aguas y los demás se quedaron empezando a preparar el almuerzo, incluyendo unos pequeños pescados que los improvisados pescadores se habían cobrado de la represa.

Después del almuerzo, todos hicieron una medio charla, medio siesta, sobre la mullida hierba y luego empujaron a Blanca y Jaime a salir juntos en el bote; no se hicieron rogar y salieron haciendo chanzas y recibiendo “recomendaciones”: “no muchos besos”, “no se queden en la isleta”; “no vayan a naufragar por estar entretenidos en lo que no se debe”... Por la forma del embalse, pronto quedaron fuera de la vista del grupo, entre bosques de pinos, y Blanca se mostraba algo nerviosa, pues indudablemente el Jaime le gustaba mucho, pero no se atrevía a demostrarlo; se lanzaban manotadas de agua; amagaban, en broma, a lanzar el uno al otro fuera de borda, se reían a carcajadas y así en ese gozo, como de niños pequeños, sin nada de romance explícito, avanzaron muy lejos dentro de la laguna y súbitamente empezaron a encontrar piedras y turbulencias y tuvieron que esforzarse para enderezar el rumbo y volverse hacia el punto de partida.

Todavía se extraviaron por uno de los brazos de la laguna y estuvieron muy solos en medio del apabullante silencio... Se miraban por largo rato y ninguno de los dos tomaba iniciativa alguna, Blanca por timidez, o tal vez pensando que la iniciativa la debe llevar el hombre, y Jaime porque la carga del “pecado” reciente le hacía pensarse indigno de esta mujer; también el susto de que empezaba a oscurecer y debían encontrar pronto el camino de regreso los inhibía completamente. Por fin llegaron y sus compañeros, que tenían todo preparado para salir y ya estaban preocupados por la larga ausencia, los miraron maliciosamente y les hacían preguntitas capciosas.

Durante las semanas siguientes, Blanca y Jaime se saludaban muy cálidamente en la oficina y buscaban oportunidades para conversar, aunque fueran meros asuntos de trabajo. Jaime Alberto volvió a sus intentos de meditación, ya no para encontrar el objeto de su existencia sino para hallar la manera de dar el paso con Blanca sin cargar con el consabido remordimiento.

Un viernes tenían celebración en grupo de la septembrina fiesta de “Amor y Amistad” a las 5 de la tarde en la oficina. Estuvo muy animado el intercambio de obsequios, deliciosas las bebidas y muy rica la tertulia; ese día parecían estar todos muy relajados, amigables y dispuestos. Cuando ya oscureció, propuso el jefe irse juntos a una atractiva tasca recién inaugurada para continuar las animadas conversaciones y comer. Ni cortos ni perezosos salieron todos para el sitio y ocuparon una mesa larga muy bien dotada. Al calor de los brindis y el gusto de las viandas, se animaron mas las conversaciones en los grupitos que se fueron conformando de acuerdo con la cercanía en la mesa (cercanía no muy casual, pues mas de uno buscó quedar situado junto a alguien).

El jefe se trenzó, sorprendentemente, en conversaciones de temas místicos con Teresa; de la cábala pasaron al horóscopo y de allí a las cartas astrales; Rafael empezó a discutir sobre reforma a la justicia con otro abogado de la empresa; hay quienes no se desprenden de los temas serios ni en los momentos de descanso; Jaime Alberto, Blanca y Nicolás continuaron una discusión sobre misiones y visiones que traían desde la tertulia en la oficina; Mauricio se las ingenió para buscarles charla a dos programadores jóvenes que se habían vinculado esa semana y se le veía muy animado con ellos.

Jaime, con los tragos, quería buscarle el lado a Blanca, pero no sabía como deshacerse de Nicolás, hasta que al rato un angelito lo salvó, Jairo, quien vino a proponerle una apuesta sobre fútbol; se fueron ambos a discutir lo suyo y la parejita quedó a sus anchas y, como los que los rodeaban estaban muy posesionados de sus respectivos temas, estos pudieron materializar el encuentro “a solas” que hacía tiempo quería cada uno volver a tener con el otro; pero se miraban y no sabían de que hablarse; tímidamente, cada uno le hablaba al otro del clima, de las bufonadas de un presidente extranjero, del ganador de los 60.000 millones con las balotas...

Similarmente Mauricio encontró que uno de los novatos programadores vibraba con él pero el otro era muy “serio”, y no pudo deshacerse del último ni con los mas ingeniosos subterfugios; así que siguieron charlando de temas generales, pero sin economizar dicientes miradas. Precisamente esto fue lo que les dio el motivo a Jaime y Blanca: esta le comentó “¿has visto como se miran aquellos?”; el contestó “así quisiera yo que me miraran”; “¿quién?”; “alguien que tengo cerca”. Con eso bastó para que ella le lanzara una tierna y conquistadora mirada y le tomara la mano; el enrojeció, pero le sostuvo la mano y se le soltó la lengua; volaron las confesiones sobre el reprimido amor de parte y parte y quedaron abstraídos del paso del tiempo.

Ya a media noche empezaron las despedidas y alguien que tenía vehículo ofreció llevar a casa a otro que era vecino suyo; entonces otros se pusieron de acuerdo para pagar juntos un taxi que los fuera dejando por el recorrido; Mauricio logró que el programador joven aceptara irse con el, y Jaime Alberto tuvo la valentía de invitar a Blanca a pasar juntos por otro lugar antes de volver a casa. 


viernes, 20 de octubre de 2017

Trozos de  "L’étranger" de Albert Camus


De esta obra que me fascinó, cuyo título ha sido, a mi juicio, mal traducido al español, destaco algunos pasajes que me impresionaron por las razones que allí expongo.
Digo que está mal traducido el título porque la palabra “étranger” tiene múltiples significados, tal vez todos con un mismo origen, pero ya muy diferenciados por el uso: extraño, ajeno, extranjero, forastero.  No encontré en la obra ningún extranjero, en el claro sentido que le damos en español a esta palabra: persona de otro país.  El protagonista desarrolla todas sus acciones, vive todas sus dichas y desgracias en su propio país, Argelia; en ningún momento es extranjero.  Su víctima tampoco es un extranjero; es de raza árabe, pero nada indica que venga de Arabia; más bien es uno de los muchos habitantes musulmanes del país, descendientes de remotos conquistadores árabes del norte del África.
En cambio, el protagonista sí es un hombre que desde el primer capítulo nos llama la atención por su extraño comportamiento, que no deja de serlo en los capítulos siguientes y aun mas extraño en la forma como se da su acción en el momento crucial de la obra.
Así que el libro en español no se debería llamar “El extranjero” sino algo así como “El extraño”.

I.

En este capítulo, nos narra el protagonista su asistencia al entierro de su madre.  Me llama la atención la manera como el autor pone el paisaje y el clima a representar esa desolación, angustia y sofoco que se sienten ante la muerte de un ser cercano.  Y es tan hondamente descriptivo, no obstante ser tan llano y conciso que, leyéndolo, siente uno el mismo calor y desespero que sintió alguna vez en cortejos fúnebres en tardes calcinantes.

Le ciel était déjà plein de soleil.  Il commençait à peser sur la terre et la chaleur augmentait rapidement.  Je ne sais pas pourquoi nous avons attendu assez longtemps avant de nous mettre en marche.  J’avais chaud sous mes vêtements sombres.
Ya estaba el cielo a pleno sol.  Comenzaba a asentarse sobre la tierra y el calor aumentaba muy rápido.  No sé por qué esperamos tanto tiempo antes de ponernos en marcha.  Sentía calor bajo mi ropa oscura.


À travers les lignes de cyprès qui menaient aux colines près du ciel, cette terre rousse et verte, ces maisons rares et bien dessinées, je comprenait maman.  Le soir, dans ce pays, devait être comme une trêve mélancolique.  Aujourd’hui, le soleil débordant qui faisait tressaillir le paysage le rendait inhumain et déprimant.
A través de las hileras de cipreses que llevaban a las colinas lindantes con el cielo, esta tierra colorada y verde, estas raras casas bien diseñadas, yo comprendí a mamá.  La vespertina en este país debía ser como un reposo melancólico.  Hoy, el desbordante sol que hacía reverberar el paisaje lo volvía inhumano y deprimente.


Je me suis aperçu qu’il y avait déjà longtemps que la campagne bourdonnait du chant des insectes et de crépitements d’herbe.  La sueur coulait sur mes joues.  Comme je n’avait pas de chapeau, je m’éventait avec mon mouchoir.
Caí en cuenta de que hacía ya rato que la campiña bullía con el canto de los insectos y el crujir de la hierba.  Me corría el sudor por las mejillas.  Como no tenía sombrero, me aireaba con el pañuelo.


J’étais un peu perdu entre le ciel bleu et blanc et la monotonie de ces couleurs, noir gluant du goudron ouvert, noir terne des habits, noir laqué de la voiture.
Me sentía perdido entre el cielo azul y blanco y la monotonía de los respectivos negro pegajoso del asfalto cuarteado, negro soso de las ropas y negro lustroso del coche.




Traducción libre con base en mi percepción de lo leído.  Se aceptan observaciones.

domingo, 15 de octubre de 2017


JACINTO Y SUS TRIBULACIONES
Relato

Jacinto Cuartas tenía una pequeña cafetería en el barrio Laureles, sobre una vía arteria, y siempre llegaba a abrir antes de las 7 de la mañana. Allí se le veía muy hacendoso disponiendo las mesitas de color, cada una con sus cuatro asientos de madera pintados de tonos suaves, limpiándolas muy bien todas con un trapo, barriendo, enderezando los cuadros que adornaban el local y colocando pequeños individuales y bonitos servilleteros, todo ello en la más completa soledad, pues no llegaban clientes a esa temprana hora, no obstante estar cercano a instituciones universitarias, centros de exámenes clínicos y una iglesia muy concurrida en la misa matinal.

La situación no mejoraba mucho en el transcurso de la mañana; alguien llegaba a tomar un café, alguien una gaseosa; algún pastel se vendía, unos chicles, pero hacia el medio día, a la caja habían entrado muy pocos billetes. Jacinto se rascaba la cabeza y se preguntaba por qué estaban tan malas las ventas si sus capuchinos eran más baratos que los de Doña Lolita, sus pasteles a mejor precio que los de Los Tejados, los jugos de fruta como a la mitad del precio de Cosechitas, sus ensaladas de frutas salían más favorables que las del Exitoso, y todo ello de igual o mejor calidad.

Durante la tarde, todo seguía igual; la melancolía lo iba invadiendo pero se le disipaba un poco cuando le llegaba algún amigo a hablar de fútbol o a rajar del gobierno. Un amigo muy frecuente era Roberto, el único con quien se atrevía a comentar sobre el mal estado de la cafetería, porque este sí se le había mostrado comprensivo e interesado en lo suyo, no como el común de los amigos que solo quieren mostrarse, en el sentido mas amplio de la palabra. Roberto le insistía en que cambiara de negocio, pues tenía una competencia muy afianzada y muy despiadada. Alguno de esos competidores es de larga trayectoria, le decía, y tiene una clientela cautiva que ni se da cuenta del alto precio relativo de su oferta; los otros son eslabones de cadenas también muy consolidadas, que igual tienen como hipnotizados a sus clientes haciéndoles creer que adquieren los productos de mejor calidad a un buen precio, y cuando logran percibir que es alto se engañan pensando que están pagando por una buena marca, calidad y “punto”; “por eso será que les dicen cadenas, porque tienen encadenados a sus compradores”.

Persistió muchos meses Jacinto, ilusionado con que lo iban a conocer poco a poco y mejoraría sus ventas notablemente con el paso de los días. Tal vez estaba “metiéndose mentirillas a sí mismo”, por el temor a cambiar. Entretanto, llevaba por la noche a su mujer e hijos, para la comida nocturna y el almuerzo del día siguiente, los jugos y pasteles que no se habían vendido y seguía acumulando cuentas por pagar. Finalmente, ya ni el alquiler del local estaba pagando y le pidieron que lo desocupara. Vendió “por palos de tabaco” el mobiliario y con ello compró mercado para una o dos semanas.

Cuando era muchacho, de familia de clase media, estaba estudiando su carrera universitaria, pagada por su padre, pero este falleció repentinamente sin dejarles mayores recursos y Jacinto debió buscar trabajo para ayudar a su madre y sus hermanos. Empezó trabajando en un banco, pero a los tres años salió liquidado en una “reestructuración”; de esas que hacen las grandes empresas para incrementar la “productividad" y la “competitividad” disminuyendo los costos y buscando mayor eficiencia del recurso humano; es decir, Jacinto tuvo que enseñar su trabajo a sus compañeros, pues fue suprimido su puesto de trabajo y se distribuiría la carga entre los que quedaban, sometidos cada vez a mayores exigencias, pero con el fatuo estímulo de pertenecer al banco más grande y prestigioso del país, con las mayores utilidades (de billones de pesos, que desfilan gota a gota por sus manos).

No demoró mucho, afortunadamente, en encontrar un trabajo en una empresa de entregas de pequeño tamaño, repartiendo correspondencia, pero en su propia bicicleta y contratado por una intermediaria de servicios temporales, por el salario mínimo, que se le reducía casi a la mitad con todos los descuentos que le endilgaban. Además se sentía mal “haciendo mandados”, cuando ya había estado en menesteres de oficina. El día que tuvo un percance con la bicicleta y se presentó con raspaduras en piernas y brazos, su humilde vehículo casi destrozado y la correspondencia sin entregar, fue inhumanamente despedido, sin apelación posible.

Juzgó que el accidente fue una llamada de la suerte, pues al día siguiente fue recomendado por un pariente rico para un trabajo como auxiliar de oficina en una empresa de alimentos que se encontraba en pleno crecimiento; allí fue enganchado, se fue haciendo a la rutina y al cabo de un tiempo le propuso matrimonio a su novia María Elena. Unos meses después, todavía dotando el hogar, ocurrió que la empresa fue comprada por la gran compañía de alimentos de la región que ya se adueñaba del mercado nacional en varios ramos y progresaba absorbiendo a empresas más pequeñas, de galletas, de helados, de confites, de conservas, de carnes frías, de chocolates, de empaques, de distribución, después de hacerles jugadas de mercadeo que las ponían a tambalear. Tambaleando quedó también Jacinto con su despido por causa de la “racionalización” impuesta en la planta de personal por la compañía absorbente.

Ahí se dio la primera temporada familiar de privaciones y ansiedades. La madre de Jacinto les ofrecía algunas sopas a la semana y el padre de María Elena les ayudaba para el alquiler; esta empezó a colaborar por unos pocos pesos en el pequeño restaurante de una amiga, renunciando a sus estudios de secretariado y Jacinto seguía buscando desesperadamente empleo; muchas hojas de vida distribuyó y en muchas agencias de servicios temporales se registró y de a poco lo fue envolviendo la niebla de la depresión.

Toda la familia estaba ansiosa con la situación de Jacinto y María Elena y recurrían a amigos y conocidos en busca de una oportunidad de empleo, hasta que José Heriberto, primo segundo, le propuso al muchacho recomendarlo con una empresa de taxis de un amigo que estaba buscando conductores. Jacinto hizo, pues, los trámites de adquisición del pase de taxista, con dinero prestado, y comenzó a manejar un vehículo viejo y desajustado que le entregaron. No había día que no tuviera que arremangarse a limpiar el carburador o calibrar las bujías, tensionar la guaya o los frenos, ajustar las válvulas o cambiar algún cable y muchas veces le tocaba llevar el carro al taller para un arreglo de mayor complejidad; esto le valía discusiones con el propietario, quien se asustaba con los costos y lo acusaba de maltrato al aparato.

En fin, algún par de años estuvo manejando el taxi, hasta que el propietario, atravesando alguna dificultad económica y cansado de los gastos que le daba el viejo tiesto, resolvió venderlo y dejó a Jacinto nuevamente “en el asfalto”. Por suerte, en pocos días se enlazó Jacinto otra vez con un grande, una compañía de seguros orgullo de la región. De hecho, le tocaba trabajar una vez más como casi que mandadero, pues debía hacer muchas visitas para colocar nuevas pólizas de seguro y así devengar comisión, pero le pintaban el maravilloso panorama de la solvencia económica alcanzada por don Manuel y don Rigoberto (que llevaban 40 años con la compañía y ya tenían acaparada la mejor clientela). La prepotente compañía mostraba balances billonarios mientras Jacinto tenía que defenderse con unos pocos miles, esto cuando lograba vender o renovar pólizas que las águilas de la misma y de otras compañías no le arrebataban de las manos.

Se quejaba Jacinto de lo bajos e inestables que eran sus ingresos en los seguros, sobre todo desde que llegó al país la internacional “Mafdre”, y lo escuchó su amigo Gilberto, quien le sugirió entrar a estudiar programación en horario vespertino en un instituto. “Con la libertad de horario que tienes puedes ponerte a estudiar y dentro de un año vas a poder trabajar en sistemas; los sistemas son lo que está dando ahora”. Se metió pues el muchacho a estudiar programación y al cabo de un año, sin haber dejado sus seguros, salió muy diestro en desarrollar código en uno de esos lenguajes tipo “Visual”.

Como se le seguían agotando las “cuentas” que manejaba de seguros, buscó trabajo en las compañías de desarrollo de software, hasta que por fin fue enganchado como programador en una cuyos pomposos nombre y lema daban a entender que solucionaban problemas del cielo y de la tierra. Se sembraba Jacinto a las 7 de la mañana en su asiento frente al computador, contiguo a otros cuatro compañeros y delante y detrás de otras varias filas de laboriosos digitadores. La bella ilusión de crear soluciones ingeniosas en la mágica máquina se esfumó: tenía que limitarse a escribir instrucciones de código en formato preestablecido para desarrollar las operaciones indicadas por las especificaciones que ya venían definidas por el analista. El bello cuento de que los sistemas son los que “están dando” también se vino al suelo: salario mínimo por salir a las 6 de la tarde, después de la agotadora jornada, porque había que trabajar las 48 horas precisas de lunes a viernes para poder tomar el sábado libre y no le tomaban en cuenta la hora que podía utilizar para almorzar.

No llevaba más de un año Jacinto en este empleo y ya estaba casi a punto de buscar sicólogo, cuando Margarita, una amiga de la familia, lo ilusionó con la idea de las ventas por catálogo; ella tenía trayectoria de seis años con Armwave y nunca le habían faltado recursos para alimentarse junto con su hijita y darle el estudio y además “se pueden ganar premios fabulosos – yo ya hice dos viajes con la niña”. Y sin mucho insistirle lo convenció de renunciar a su trabajo y arrancar con las ventas y lo recomendó en la compañía. “Toma en cuenta además la libertad de movimiento que vas a recuperar – Tú manejas tu tiempo, como cuando vendías seguros”.

Empezó, pues, Jacinto con una sesión de entrenamiento en las técnicas de ventas: cuidado de la imagen personal, ofrecer ventajas y no productos, saber convertir las negativas en aceptaciones, conservar la calma... Al día siguiente salió a visitar con sus folletines a sus antiguos colegas de trabajo en la compañía de alimentos, el banco, los seguros, etc. Solo logró colocar revistas en algunas manos, con la promesa de que las estudiarían cuidadosamente para definir qué les interesaba. Llegó desanimado a donde María Elena, pero ella lo tranquilizó explicándole amorosamente que así funcionaba ese sistema, que nadie compraba de una vez, y le prodigó algunas tiernas caricias que al fin los llevaron a la cama.

Continuó el hombre con la campaña, revisitando amigos que se habían mostrado dudosos, visitando amigas de María Elena, recorriendo toda la familia de el y de ella y hasta aventurándose con desconocidos. Además, hizo más cursillos apuntando a mejorar su efectividad vendedora. El hecho es que después de muchas fatigas le comenzaron a caer pedidos; cositas baratas, pero “por algo se empieza”. Un tiempo después, se iba consolidando, pero también iba creciendo la cartera porque comenzó a dar “fiados”, es decir, vender a crédito, mientras le tenía que pagar en efectivo a la compañía promotora. María Elena le rogaba que no fiara mas, pero el era muy confiado y, con tal de colocar productos, daba largos plazos para el pago. Al final, en lugar de sacarle ganancias a las ventas, tuvo que comenzar a hacer préstamos para cumplirle a la compañía, hasta que reventó y no pudo vender mas.

Fue un viejo amigo, Bernardo, quien hacía tiempo no lo veía y lo encontró al borde del suicidio, por así decirlo, quien se compadeció y le propuso montar la cafetería con dinero que el mismo le prestó. Se animó y buscó local en un punto que parecía muy estratégico, arrancó con el negocio y a duras penas fue librando muy despacio la deuda con el amigo, pues las ventas no “despegaban” en forma; siguió malcomiendo con su familia hasta que llegó a la situación que ya conocemos y quedó nuevamente desocupado y desprovisto de medios, buscando angustiosamente un empleo o una nueva oportunidad en este medio donde su iniciativa privada no prosperaba por las pobres condiciones del mercado y el alquiler de su capacidad de trabajo no le producía justas contraprestaciones; y, en ambos casos, las causas se podrían hallar en la fuerte distorsión introducida por los poderosos acaparadores. 




miércoles, 11 de octubre de 2017

DE ERNESTO SABATO, EN "ABADDÓN, EL EXTERMINADOR"



Encontrando justificaciones para escribir, después de profundas vacilaciones:

Alguna vez le había dicho a Martín que podía haber cataclismos en tierras remotas y sin embargo nada significar para alguien…  Y de pronto el simple canto de un pájaro, la mirada de un hombre que pasa, la llegada de una carta son hechos que existen de verdad, que para ese ser tienen una importancia que no tiene el cólera en la India.  No, no era indiferencia ante el mundo, no era egoísmo, al menos de su parte: era algo más sutil.  Ahora mismo, se decía, niños inocentes mueren quemados en Viet Nam por bombas de napalm: ¿no era una infame ligereza escribir sobre algunos pocos seres de un rincón del mundo?…  Pero no, se rectificaba.  Cualquier historia de las esperanzas y desdichas de un solo hombre, de un simple muchacho desconocido, podía abarcar a la humanidad entera, y podía servir para encontrarle un sentido a la existencia…  Claro, era lo bastante honesto para saber (para temer) que lo que el pudiese escribir no sería capaz de alcanzar semejante valor.  Pero ese milagro era posible…

Haciendo últimas correcciones a una novela suya, antes de su publicación:

Hacía la tarea con descreimiento, tanto me daba esa página como cualquier otra: todas eran imperfectas y torpes; en cierta medida porque cuando escribo ficciones operan sobre mí fuerzas que me obligan a hacerlo y otras que me retienen o me hacen tropezar.  De donde esas aristas, esas desigualdades, esos contrahechos fragmentos que cualquier lector refinado puede advertir.

Una de sus tantas protestas:


Esas idioteces inventadas por el humanismo abstracto: todos los hombres son iguales, todos los pueblos son iguales.   Había hombres grandes y hombres enanos, pueblos gigantescos y pueblos chiquitos, así.

Profunda reflexión sobre el arte:

…el arte es liberador y el sueño no, porque el sueño no sale.  El arte sí, es un lenguaje, un intento de comunicación con otros.  Gritas tus obsesiones a otros, aunque sea con símbolos.

Otra sabia reflexión sobre como nos representa nuestro rostro:

…no bastan los huesos y la carne para construir un rostro… es algo infinitamente menos físico que el resto del cuerpo, ya que está calificado por ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se manifiesta o trata de manifestarse a través de la carne.

Sobre la literatura y su significado político:

El dilema no es literatura social y literatura individual… El dilema está entre lo grave y lo frívolo.

Su desencanto con las revoluciones:

Las revoluciones parecen preferir siempre el arte reaccionario y superficial.
Porque toda revolución, por pura que sea,y sobre todo si lo es, está destinada a convertirse en una sucia y policial burocracia, mientras los mejores espíritus concluyen en las mazmorras o en los manicomios.

Varias frases sueltas:

  • El infierno es la mirada de los otros.
  • Tengo vergüenza, por lo tanto existo.
  • Lo esencial en la obra de un creador sale de alguna obsesión de su infancia.
  • Pocas soledades como la del ascensor y su espejo.



viernes, 29 de septiembre de 2017


DON CUSTODIO, EL VENDEDOR


Tiene ochenta años, “la edad se le vino encima, sin carnaval ni comparsa”. Todos los días espera el bus de Laureles en una esquina, con varios libracos bajo el brazo. Se trata de don Custodio, con oficio de vendedor de libros ambulante. Son textos de derecho, humanidades y alguito de literatura. Antes los cargaba en un maletín grande y ajado, pero quizá ya no puede con el peso y solo sale con tres o cuatro libros que puede aguantar.

Don Custodio es grueso y barrigón, de tez morena, facciones toscas y escasos cabellos. Suele vestir ropa de paño de colores sobrios y zapatos convencionales. Siempre le asoma una mirada de hombre tranquilo pero cansado y no parece apurado por que le llegue el bus. “Qué afán tenemos para morirnos un día”.

Logró comprarse un apartamento hace unos años en el barrio Laureles, un barrio de clase acomodada, y allí vive con su “vieja”, mujer ya muy achacosa pero muy buena con el. Los hijos ya se fueron todos y poco se acuerdan de los viejos. A los pocos nietos casi ni los conocen, pues como viven en otras ciudades se los han traído apenas algún par de veces.

Sale en el bus hacia la universidad pontificia para visitar profesores y la biblioteca; les presenta las novedades editoriales y les cobra cuentas. A los profesores de esta y otras universidades usualmente les deja las muestras gratuitas de libros de texto recién salidos y ocasionalmente les vende un libro de literatura o les cobra otros que les dejó anteriormente. Estos “fiados” son un dolor de cabeza, porque normalmente recibe una negativa; “vuelva cuando nos paguen quincena”, “esta semana tuve que llevar el carro al taller y quedé sin cinco”...

Y necesita recoger esas platicas porque vive de eso y de algunas comisiones, cada vez más exiguas, que le pagan las editoriales; también tiene unos ahorros en un fondo, pero ya se le están agotando, porque hace años que dejó de invertir y ya está en la época de los retiros (no propiamente espirituales). No logró una pensión, pues como vendedor ambulante no tenía, durante muchos años, derecho a afiliarse a la seguridad social y cuando habilitaron la línea para los trabajadores independientes no fue aconsejado a tiempo y solo ya viejo se afilió, pero al cabo de unos pocos años decidió solicitar el total ahorrado porque nunca iría a llegar a acumular el tiempo necesario para tener derecho a la pensión permanente.

Cuando sale de su visita a esa universidad, se dirige al centro de la ciudad a las oficinas de alguna de las editoriales para gestiones de esas que tiene que hacer con frecuencia; se toma un tinto en un cafecito y se sube a algún bus de los de rutas circulares que pasan por varios centros educativos, para seguir con sus visitas. En alguna cafetería universitaria compra un almuerzo barato y luego hace cualquier visita más, o una diligencia pendiente, y se regresa temprano hacia casa, pues ya se agota muy fácilmente en esos trajines callejeros.

Va en el bus recordando las dificultades cotidianas para ser atendido. “¡Dígale a ese viejo que yo salí y que hoy no vuelvo!”; “El doctor está en una reunión y va para largo”; “No nos han asignado más presupuesto para libros”; “No me gusta nada de la oferta”; “¡No sea insistente!; ¿vino el martes y ya vuelve?”; “Lleve esa basura a otra parte”. Ha escuchado cien mil veces frases como estas y ya sabe muy bien como manejar cada una. Lo que ahora no sabe como manejar es el pago que se aproxima por la cirugía que requiere su mujer; ya averiguó en la EPS y tendrá que cancelar un copago de dos millones de pesos, dinero que hace mucho tiempo no ve junto. Cavila a quien pedirlo prestado y no encuentra. En fin, ya llegó al paradero y va a entrar a casita; mañana seguirá buscando alternativas.

Con el nuevo amanecer, Custodio reanuda su rutina de baño, arreglo, desayuno amorosamente servido por Berta, su mujer; revisión de asuntos para el día y salida a tomar el bus. Sentado de nuevo en el monstruo de seis ruedas, el hombre se abstrae en sus recuerdos. ¡Cómo era de fácil recorrer la ciudad en aquellos tiempos y dar la vuelta en un día a todas las universidades (las pocas de entonces)! Las secretarias lo estimaban, le facilitaban la cita con el decano o el rector a pesar de sus múltiples ocupaciones; no lo dejaban ir sin tomarse un “periquito” con un pandequeso; los profesores lo hacían fungir casi de consultor sobre los temas de sus especialidades porque “usted seguro vive leyendo todo eso en sus libros” y no era falso, el se trasnochaba estudiando los temas que le parecían más interesantes; más de un tinterillo lo tentó a que dejara las agotadoras ventas y comenzara a llevar pleitos pues el estaba muy capacitado con todo lo que había leído de Derecho, pero Custodio estaba muy satisfecho con los emolumentos de su actividad y, aunque antes había albergado la ilusión, ahora no se atrevía a arriesgar en otro terreno.

Esas ganancias le dieron para pagar la luna de miel y hacer la primera dotación del “nidito de amor”; para comprar un automóvil; sí, de segunda mano, pero en muy buen estado y no muy pasado de modelo; le daban para pagarse unas buenas vacaciones cada año con su mujer y para ahorrar para la compra de una casita. Este sueño se concretó pronto, gracias a los préstamos fáciles de pagar del banco hipotecario de la época; casa nueva, de unas construidas en serie por ese banco en un barrio nuevo de la ciudad, todavía con calles sin pavimentar, pero que no demorarían mucho tiempo en recibir su carpeta de concreto y lo más demorado era conseguir la línea telefónica, pero algún día llegó.

También llegó el viejo a su parada de destino; el bus apenas le dio tiempo de saltar al andén y por muy poco no se torció un tobillo; “estos choferes cada vez más bruscos y maleducados, y estos alcaldes nunca van a ser capaces de organizar como se debe el servicio público de transporte – se dejan ‘mangonear’ de los ricos y poderosos dueños de estas destartaladas carachas”. Entró al banco a cobrar un chequecito de una universidad y averiguó por el saldo de su fondo de ahorro, muy menguado ya; siempre lo tiene que averiguar y también cobrar sus cuentas en
cheques pues nunca aprendió a manejar eso por computador, ni siquiera un correo electrónico, porque esa tecnología llegó cuando ya estaba viejo y no “le entraba” y por eso tampoco tiene computador en casa.

Saliendo del banco se encontró con su viejo amigo Jeremías y entraron a un café a tomarse “el tintico”, que resultó convertido en aguardiente porque “unito tonifica y es muy bueno para el corazón”. Con Jeremías se había conocido cuando todavía era estudiante; jugaban billar después de las clases y algunas cervezas se tomaban; a veces iban a cine y allí empezaron los coqueteos con las que en poco tiempo serían sus respectivas esposas. Jeremías llegó casi a terminar su carrera de contador, pero Custodio solo hizo dos años de Derecho, porque fue tentado por la oportunidad de vender libros y resolvió dedicarse a ello para conseguir facilidades económicas para casarse, pensando que algún día reanudaría sus estudios, pero leyendo en los libros que le tocaba vender creyó estar incrementando sus conocimientos de leyes mejor que en una universidad y pensó que con el tiempo podría empezar a llevar negocios, en aquella época en que todavía no estaban reglamentadas las profesiones y cualquiera con mínimos conocimientos podía ejercer de contador, de abogado, hasta de ingeniero.

Antes de despedirse de su amigo que sí se había dedicado por muchos años a llevar contabilidades y había logrado amasar alguna fortunita de cuyos rendimientos ahora vivía, le preguntó si le podía prestar el dinero para la operación, que le reconocería buenos intereses, pero el hombre se deshizo en explicaciones sobre la poca liquidez con que contaba, porque el capital lo tenía repartido entre unas inversiones a largo plazo y algunas divisas que ahora estaban a la baja y no podía liquidarlas porque les perdería mucho. Se fue pues Custodio a continuar sus andanzas, nuevamente preocupado por la necesidad de ese dinero.

Por la noche en la comida y después, como sobremesa, estuvieron Custodio y Berta conversando sobre cosas de aquellos viejos tiempos. Y siempre tienen, por cierto, tiempo para conversar, libres de computador y celular, libres de WhatsApp, Facebook, Twitter, etc. y no muy enviciados a la televisión. Le dieron un repaso a la vida de los hijos, tan lejanos; deseaban saber algo de los nietos; se preguntaban por algunos amigos que no habían vuelto a ver y terminaron pensando cuando tendrían la oportunidad de hacer la cirugía y de cambiar unos muebles. Luego se fueron a la cama y durmieron más o menos bien.

Al día siguiente salió el viejo decidido a retirar de sus menguados ahorros los dos millones para no hacer esperar más a la vieja por esa cirugía. Al llegar a la parada prevista, en lugar de dirigirse al banco decidió asomarse a las oficinas de la editorial, ahí cercanas, a averiguar para que lo necesitaban, pues le habían dejado razón en casa de que “pasara” por allí. La secretaria le lanzó una enigmática mirada y lo hizo pasar a gerencia. Allí, la asistente del gerente lo hizo sentar y le comunicó al gerente en voz baja, misteriosa, “llegó don Custodio”. Después de una corta espera, el ejecutivo lo recibió y lo saludó como turbado, aclarando varias veces la garganta. “Don Custodio, la editorial está implementando una nueva política de ventas...” Bueno, de lo que se trataba era de prescindir de sus servicios, pero como no era un empleado a sueldo, simplemente le cerraban su cartera y no le entregaban más libros. Tragó saliva el viejo, pero a continuación vino la buena noticia: la empresa, en reconocimiento a su larga trayectoria y considerable cantidad de ventas que generó, había decidido otorgarle un lujoso certificado de reconocimiento (“un papelito”, pensó) y además ¡un premio de dos millones de pesos!

Salió contento don Custodio con lo que justo necesitaba para la operación de la vieja. El diablillo de la conciencia le reprochó el haber recibido sumiso esa patada y le preguntó de que iba a vivir en lo sucesivo. El viejo no se inmutó y le respondió: “Se verá. Nunca me he varado en la vida”.

viernes, 15 de septiembre de 2017


MIEDOS Y MIEDITOS



¡Cómo nos asaltan los miedos a cada rato cuando estamos pequeños!  Aquí no me voy a referir a los que nos siguen acompañando de mayores, sino a esos casi tiernos y coloridos temores que sentíamos en la niñez, espontáneos o infundidos.

En mi vecindario, un barrio nuevo de la ciudad, había pocas casas, rodeadas de muchas “mangas” (pastizales), donde salíamos a jugar largos ratos todos los chiquillos de la cuadra.  Solía pasar por allí, ocasionalmente, la “vaca topa”, una vaca negra, grande y gorda, y sin cuernos.  El aviso de “viene la vaca topa” nos hacía desaparecer en una exhalación, pues alguien nos había metido el cuento de que los vacunos “topos” eran más bravos que los que tenían sus cuernos.

En forma similar, se aparecía de repente por allí un perro callejero que tenía algunos rasgos de bulldog; no ladraba ni nos perseguía, simplemente se paseaba por el entorno, pero le teníamos un temor irracional y a la primera alerta de “¡el perro de las narices negras!” salíamos despavoridos a escondernos en las casas o en donde bien pudiéramos y considerábamos un valiente al primero que salía a otear para dar el aviso de “¡ya se fue!, ya se fue!”.

¿Sería que la asociación de perro con demonio nos condicionaba?  Porque todas nuestras madres contaban el caso aquel de la señora que se trasnochaba planchando ropa hasta que se le apareció un perro negro echando fuego por las fauces y diciendo “trabaja de día que la noche es mía”.  Esas historias terroríficas que escuchábamos de los mayores en las noches que ellos estaban reunidos en el hogar (especialmente cuando se iba la luz y la llamita de la vela atraía al grupo y soltaba las lenguas; porque cortaban la electricidad con mucha frecuencia) nos inducían un miedo subterráneo que afloraba cuando teníamos que enfrentar lo desconocido, lo sorpresivo o simplemente lo que presentaba rasgos extraños.

Los relatos de espantos o “aparecidos” eran un recurso morboso de los mayores en esas noches de oscuridad; más de un tesoro enterrado se mencionaba con los pelos y señales del lugar donde se aparecía el alma en pena que estaba atada a esa posesión material y que seguiría allí sufriendo hasta que alguien hiciera el hallazgo y “rompiera el hechizo”.  Nos íbamos a la cama temblando de miedo y rezando para que no se nos sentara una bruja en el pecho o se nos aparecieran las ánimas del purgatorio que, según nuestras madres y sus comadres, gustaban de asustar a los niños en los lugares más solos y oscuros, en especial a aquellos que no se habían portado bien en el día o tenían pecados sin confesar.

Nos manteníamos, entonces, en una especie de trance porque siempre estaban sobre nosotros, como espada de Damocles, uno o dos pecadillos recientes, como la mentirita dicha de afán para eludir un castigo, la sustracción de una de las rosquillas que la mamá tenía contadas en un tarro o los famosos “tocamientos”, que así los llamaban madres y sacerdotes; las puertas del infierno estaban abiertas para nosotros si no corríamos a la iglesia a dar confesión.  El infierno y el purgatorio eran dos “temperaderos” a donde podíamos ir a dar en el turismo final de la vida, y su administrador, el diablo, se mantenía dando vueltas por nuestro entorno para hacernos “caer en tentación”.

En el día, lejos de los terrores de la oscuridad y de los rincones donde podían surgir las horrendas apariciones (la Patasola, los duendes, los fantasmas), estábamos despreocupados asistiendo a clases o muy alegres jugando por las calles, pero tampoco faltaban las amenazas, como los mencionados perro de las narices negras y vaca topa o los casos de Milruanas y Villita.

“Milruanas” era un hombre no muy viejo que pasaba siempre arropado en una ruana, hiciera frío o calor; una ruana larga casi hasta los pies y muy amplia, y al hombre solo se le veía su cabeza, de cabellos ralos muy pegados al cuero cabelludo, y una cara rosada, de nariz aguda y cachetes caídos, con un gran lunar carnoso arriba del labio superior, al lado de una aleta de la nariz, y una mirada penetrante acompañada de una falsa sonrisa.  Esta expresión nos aterraba a niños y niñas, pues nos hacía pensar que estaba tratando de atraernos con esos propósitos perversos sobre los que siempre nos prevenían en casa y por eso le guardábamos distancia cuando lo veíamos llegar.  El ni intentaba acercársenos, seguía su camino calle arriba y luego lo veíamos seguir, lento y pensativo por la avenida superior, quizá rumiando necesidades y frustraciones que no le conocíamos.

“Villita” sí era un viejito; ignorábamos el origen de ese nombre, pero quizá se debía a que su apellido fuera Villa.  Pobremente vestido, pasaba lento y cansado y le temíamos simplemente porque en esa figura veíamos encarnado al “viejo” que iba a llegar a raptarnos si nos portábamos mal, si no nos comíamos toda la comida, si nos daba pereza hacer las tareas, si decíamos palabras feas y todo aquello con lo que nos amenazaban los mayores.  Sobra decir que lo evitábamos; a la advertencia de “ahí viene Villita” nos retirábamos, no a escondernos, sino a esperar que pasara, como en el caso de Milruanas.

El dictador militar de la época no era como un “Villita” ni un “Milruanas” para nosotros, tan lejano en Bogotá, pero las consecuencias de sus medidas sí nos afectaban. Una cómica disposición suya fue la prohibición del uso de pantalones largos para los menores de 17 años.  Nuestras madres, con alguna terquedad, nos compraban o nos mandaban a hacer de vez en cuando algún pantalón largo, “tan lindo que se ve el niño como un señorcito”, pero sufríamos cuando nos tocaba salir a la calle luciendo esa prenda, porque imaginábamos que ya nos iba a detener un policía y nos llevaría a la cárcel.  No valía que el papá dijera “va conmigo y no le va a pasar nada”.

Y hablando de dictadura y uniformados, un día ocurrió que hice un comentario contra los militares en mi grupito de amigos, pues los chicos acostumbran repetir en su círculo lo que oyen comentar en casa, y en todos los hogares se estaba denostando del dictador militar y su ejército; uno de los amiguitos que allí estaban me dijo que su tío Fulano era teniente y que, cuando viniera a visitarlos, le iba a contar de lo que dije para que me mandara a capturar y llevar a la cárcel.  ¡Qué tremendo miedo el que me invadió!  No valió dorar la píldora; lo dicho, dicho estaba.  Dejé el juego y me fui a casa muy preocupado.  Durante muchos días no salí a jugar con los amigos y cuando tenía que salir a estudiar o a hacer un mandado evitaba pasar por la casa de aquel amigo, no fuera que allí estuviera el teniente y me agarrara de una vez.

Precisamente el servicio militar era otro “coco” que nos atemorizaba desde tan corta edad, pues se contaban muchos percances ocurridos a los pobres reclutas, de familias cercanas, que estaban en cumplimiento de esa “obligación patria” y nos imaginábamos a nosotros mismos, a la vuelta de 10 o 12 años sufriendo las mismas humillaciones, las palizas en pleno frío de la madrugada, las mil vueltas en cuclillas al terreno del batallón, los largos trotes en calzoncillos en medio de fríos aguaceros, la ingesta de sopa con cucarachas, arroz vinagre y carne podrida, las temporadas de calabozo a pan y agua y muchas más, verdaderas o no, que las mamás de aquellos muchachos nos relataban maliciosamente.

Rusia, Cuba, el comunismo eran otro espanto que nos presentaban en las tertulias caseras, en las admoniciones de maestros y profesores, en los sermones de las misas y en los comentarios de los noticieros.  Las versiones de arbitrariedades y privaciones, no muy falsas por cierto, en los regímenes de aquellas geografías, les servían a nuestros mayores para hablarnos de paraísos por perder, unos terrenales, para los unos, y otros celestiales, para los otros.  El padre Manuel se transfiguraba en unas pláticas interminables, en las que no vacilaba en medir con igual rasero a los comunistas y a los partidos y movimientos progresistas o con tendencia a la izquierda.  Y nosotros temblábamos de miedo imaginando que si estos ganaban las elecciones quedaríamos sometidos a una aberrante esclavitud idéntica a la que veíamos que se daba bajo los faraones en la película “Los diez mandamientos”.

Y hablando de la URSS y Cuba, el siempre latente temor a la bomba atómica se exacerbó con la denominada “crisis de los misiles” en 1962, cuando los Estados Unidos descubrieron bases soviéticas de cohetes en Cuba y dieron un ultimátum para su desmonte.  Vivimos días de angustia, con descripciones de los horrores de una guerra nuclear, reiterativas instrucciones sobre como improvisar un refugio antinuclear en los sótanos, como inventar filtros anti-radiación en puertas y ventanas, como acumular provisiones no contaminables; prédicas de los curas sobre el castigo nuclear de Dios a la humanidad por su depravación y sobre el inminente fin del mundo; filas interminables en las iglesias buscando la absolución de los pecados; cantaleta de los políticos sobre los peligros en que el comunismo estaba poniendo al mundo.


Por supuesto que no ha desaparecido en toda una vida nuestro temor a una guerra nuclear, como tampoco a los regímenes totalitarios, del color político que sean.  Y, al menos en mi caso, sigue vivo el miedo de los años de niñez a los terremotos, pero este tiene una base muy racional, por irracionales que digan que son los miedos; porque nos tocó sentir varias veces esas fuertes sacudidas, salir corriendo de la casa, que quedó a un centímetro de caer derrumbada, y ser testigos de los destrozos en el vecindario y en toda la ciudad.  Pero es el momento de concluir, porque estoy a punto de entrar en el terreno de los miedos actuales que, dije al comienzo, no iba a mencionar.

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